Acá
estamos. Consternados. Rabiosos. Así decía
Benedetti al enterarse que habían asesinado al
Che. Acá estamos. Consternados. Rabiosos. No
podemos ni queremos estar de otra manera. El dolor y
la bronca son las dos hermanas que, en esta travesía
institucional por áridas tierras y oscuras noches,
nos acompañan, una de cada mano. Consternados.
Rabiosos. Así caminamos. Juntos. Con miradas
que acarician. Con abrazos que nos miran. Con silencios
que nos hablan. Con palabras que nos miman. Consternados.
Rabiosos. Cada cual tiene el derecho, como Ignacio Silone
escribe en Fontamara, de contar la historia a su manera.
Con la convicción que el pasado es apenas un
futuro que viaja en los recuerdos. Y seguimos caminando.
Por las calles. Y cada uno de nosotros, en la soledad
mas acompañada que jamás ha tenido. En
la noche más luminosa que ha vivido. En el silencio
más musical que jamás hubiera escuchado.
Porque algo de la más lacerante intimidad rehusará
por siempre jamás ser transmitida. Jirones de
intimidad que han quedado para siempre en un horror
de humo y de llamas. Dolor con nombres. El dolor que
más duele, y que será para siempre el
dolor que no vamos a anestesiar, ni vamos a dominar,
ni mucho menos resilenciar. Por que en ese dolor estará
también latiendo la vida. Algunos podrán
encontrar cobijo en la máxima de Epicuro: “de
los dioses nada hay que temer: de la muerte nada hay
que temer; podemos soportar el dolor; podemos alcanzar
la felicidad”. Podemos soportar todo nuestro dolor,
porque nuestro dolor está siendo soportado, sostenido,
acompasado, acariciado, por aquellos que también
sienten dolores tan parecidos al nuestro que seguramente
es el mismo dolor. Quizá podamos llegar a aceptar
que hayan muerto. Pero será absolutamente insoportable
sentir que no están vivos. Por eso debo disculparme
por contradecirte, viejo Epicuro. No podremos alcanzar
la felicidad. Ha dejado de estar a nuestro alcance.
Por momentos, fugaces, efímeros, y que sin embargo
parecerán eternos, recuperamos algo muy parecido
a lo que alguna vez llamamos alegría. Vendrá
de la mano de la justicia, de la reparación,
de apretar una mano que descubrimos apretando la nuestra.
Será una efímera y será una eterna
alegría. Aquellos que en la noche de humo y llamas
no quisieron dormir, ahora tampoco quieren despertar.
No quieren despertar de la pesadilla, porque se niegan
a vivir en una realidad que se disfraza de cordero,
pero nos muerde como lobo. Se niega, nos negamos a vivir
la realidad burocratizada de los funcionarios que transforman
cada careo en un cacareo de cinismo y crueldad infinita.
Cuando la normalidad es apenas la perversión
dominante, despertarse de la pesadilla tiene el rostro
de un referéndum inspirado en la doctrina del
lavado de las manos. Despiertos, alertas, pensando Cromañón,
sosteniendo la pesadilla en la que se ha transformado
la vida cotidiana. El trauma del desgarro ha sido tan
devastador, que no hay sutura todavía para las
heridas. En apenas cuatro meses, tan pequeños,
tan breves, tan cercanos cuatro meses, nada puede decantar.
Todo sigue siendo el mismo fatídico momento,
cuando las muertes dejaron detenidos los relojes de
la noche del 30 de diciembre. Con el trauma colectivo
pueden hacerse algunas cosas, pero nunca negarlo. El
trauma no es 30.000 desaparecidos, sino un desaparecido
30.000 veces. Como señalara Memoria Activa. El
Estado tiene mil caretas para ocultar el verdadero rostro
del depredador. Pero lo sabemos. Ni la bengala. Ni el
rock and roll. Y la corrupción no es solamente
robar. Corromper es profanar. Es violar. Es abusar.
Es mentir, es engañar, es borrar con el codo
de la cobardía lo que se escribió con
la mano de la infamia. Es indultar la culpabilidad del
victimario y es aumentar la culpa de la víctima.
Estamos en un punto de no retorno. No puede y no debe
haber vuelta atrás. Ahora todos sabemos donde
están los asesinos y quienes fueron los asesinados.
Nadie, pero nadie, podrá decir que por algo será.
No fue por nada y fue por todo. El Estado está
desnudo. No hay nada para encubrir la muerte. El Estado
desnudo no puede ampararse en ninguna doctrina, en ninguna
seguridad, en ninguna forma de entender lo nacional.
El Estado está desnudo. Y es un monstruo. Es
un cadáver, y no solamente político. Es
un cadáver ético. Es un zombie desnudo
y asesino. Odia la vida, odia la belleza, odia la juventud,
odia la alegría. También odia la salud,
la educación, el trabajo. Para estudiar, rodea
a los jóvenes de ratas. O los encierra en aulas
que se derrumban. O contamina el aire con radiaciones
de antenas mortales. O justamente cuando el agua es
la reserva mas preciada, contamina el riachuelo y contamina
a los vecinos. Al Estado desnudo no lo vamos a vestir,
no lo vamos a maquillar, no lo vamos a recauchutar,
no lo vamos a ver serio solamente porque un vampiro
no se ríe. Nunca más. Nunca más.
Nunca más. Seguirá desnudo, mostrando
su forma macabra a quien pueda sostener su mirada de
Medusa sabiendo que a los que luchan por sus ideas,
por sus amores, por sus pasiones, nada ni nadie puede
convertirlos en estatuas de sal. Pero no podremos, al
menos en la historia de una generación, dejar
de estar consternados. Rabiosos. Es muy difícil
escribir esto solo, en la soledad de esta larga noche.
Nuevamente me acompaña Benedetti. “Si cada
hora vino con su muerte, si el tiempo era una cueva
de ladrones. los aires ya no eran buenos aires, la vida
nada mas que un blanco móvil, usted preguntará
porque pensamos?” Perdóname, querido Mario.
Se me coló Jorge (Garaventa), y entonces hay
que preguntarse también porque pensamos. “Pensamos
porque los sobrevivientes y nuestros muertos quieren
que pensemos.” Pensar es luchar, y solo saben
los que luchan. Pensar es resistir, y estamos vivos
porque resistimos al represor pero no resistimos nuestro
deseo. Pensar es pelear y pensar es construir las armas
para la batalla cultural. Cultura de la vida o cultura
de la muerte. Árboles o venenos. Música
o gritos. Pensar es pensar lo que antes no se había
pensado. Pensar es crear. Pero si el único héroe
es el héroe colectivo, como escribiera Oesterheld,
también el único pensador es el pensador
colectivo. Quizá anónimo, pero siempre
implicado. Aquel que sabe que los demás prolongan
su libertad y su deseo hasta el infinito. Como enseñó
Rosa (Luxemburgo). Y como también saben y viven
todos los familiares, todos los sobrevivientes, todos
los compañeros y amigos que estamos acá.
Martín Luther King tuvo un sueño. Que
ninguna diferencia pudiera ser invocada para ninguna
masacre. Yo tengo otro sueño. Pero en este momento
la palabra propia comienza a abandonarme. Y antes de
abandonarme a mi propia consternación, a mi propia
rabia, tomo por última vez la palabra de un poeta,
el querido Pablo (Milanés), para cambiarla muy
poquito y así poder compartir mi sueño
con ustedes...”yo pisaré las calles nuevamente,
de lo que fue la ciudad ensangrentada, y en una hermosa
plaza liberada, me detendré a llorar por los
ausentes, y unido al que hizo mucho y poco, al que quiere
la patria liberada, dispararé sin temor con mis
palabras, mas temprano que tarde, sin reposo, retornarán
los libros, las canciones que quemaron las manos asesinas,
renacerá mi pueblo de sus ruinas y pagarán
su culpa los traidores”.
Por la
victimas. Por los sobrevivientes. Por los familiares.
Ahora
y siempre.
Ciudad
de los Malos Desaires. Mayo de 2005
Alfredo Grande
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