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En
esta dulce tierra
Por
Conrado Yasenza
Ilustración:
La veieliana di dulssia
Adolf Wolfli
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Auscultaciones importadas
por tiendas de sábanas abrazadoras que levantan a
los astros de su siesta, de sus anchas almohadas lila
mientras se rompe el razonamiento que padecemos austeramente,
digamos, casi solemnemente frente a lágrimas desiertas,
sin profundidad, sin hilos que trasvasen los desolados
ríos de la noche y sus filamentos. Esta es nuestra
tierra afincada en la perduración que crece desintegrándose
cuando avanza ofuscada por su intestina lucha; cuando
la astucia es un hallazgo definitivo y vapuleado;
un calor que apelmaza y aturde para languidecer súbitamente,
y súbitamente volver a trepar, trepanando el dolor
que se recoge en espejadas semblanzas de pupilas que
exigen ver más allá de las dádivas.
Qué ozono pútrido el de estas superfluas y temiblemente
egoístas o perversas, contiendas nacionales;
qué territorios vaciados de sus minerales ofendidos.
Se diría, sin temor al absurdo o la parodia, un territorio
lleno de agujeros bien planchados y con sus correspondientes
polillas hibernando para más adelante despertar y
minar con, por ejemplo, diversas sustancias químicas,
el pavimento vetusto y endeble de un Estado afianzado
en arcanas formas de representarse y representarnos.
Porque aquí, en esta dulce tierra, todo es cambiable,
comerciable y hasta la angustia y los deseos son mercantilmente
mensurados por ojos reducidos a mirillas empañadas
por aquel usado recurso de la astucia sin fin.
Entonces canjeemos nuestros saldos amarillos por berretines
de feria, por estratagemas para perejiles; canjeemos
nuestras ganas de comprender qué demonios pretenden
hacer con lo que queda de esta dulce tierra, por la
idea del país normal, ya que éste es un país
normal porque, dicen, en los países normales pasan
las mismas cosas que aquí ocurren. Canjeemos las ganas
de calefaccionarnos en invierno por la sensación térmica
de nuestra imaginación delante de la estufa – en el
mejor de los casos, es decir, un privilegio -; canjeemos
nuestras intenciones de tener luz en la noche invernal
por el encantador efecto visual de lamparitas de bajo
voltaje con forma de velas – un toque de distinción
y romanticismo, por favor -. Pensemos que comer, educarse
y trabajar son conquistas nuevamente conquistadas
por el olvido – por lo menos, para más del 50 por
ciento de los habitantes de nuestra dulce tierra-
En fin, pensemos que en nuestra dulce tierra ahora sí
somos soberanos porque pagamos nuestros impuestos
y servicios sin que nos importe demasiado que los
Entes reguladores funcionen.
Pensemos que esta época es más ordenada que la anterior,
y que se comporta mejor, casi como en todos los países
normales, y que no todo tiempo pasado fue mejor. Pum, Pum, Pum. Pum, pum, pum. Banderitas y fotos del mejor país del mundo, con último
escalón del infierno incluido!!!
Pensemos en el abanico de posibilidades para abordar
la realidad que esta época nos ofrece.
Pensemos que cuando la época se desnuda, en nuestra
dulce tierra, exhibe justamente eso: su desnudez arrasada
por perfumes y paños fingidos en menstruaciones retóricas;
desnudez que perdió las fragancias, los pájaros, las
bestias, los latidores corazones. Qué cantidad de
huesos mal usados por el tiempo y las mentiras prometidas!!!!.
En fin, pensemos que estas cosas ocurren aquí porque,
dicen, pasan en todos los países normales del mundo.
Por Conrado Yasenza
Junio de 2005