Fragmento del Prólogo a
la edición de Despedida de los ángeles.*
Por Alberto Szpunberg
PRETEXTO, PURO PRETEXTO
Porque con Miguel Ángel,
con sus ojos claros, grandes, a veces patéticos,
amenazadoramente dilatados, y su eterno
rostro de niño, inocente, pícaro, sufrido,
hermoso, con su traje cada vez más gastado
y más elegante, y sus bromas y sus delirios
y sus suicidios y sus ataques de asma y
su “lesión epiléptica” y sus dibujos tan
bellos como alucinantes y sus terribles
y maravillosas locuras, la solemnidad entre
nosotros nunca, nunca fue posible, y mucho
menos concebible la de un prólogo. Por eso,
estas líneas sólo son un encuentro más,
a la vez casual y buscado, como cualquiera
de los encuentros de entonces, primero en
el Macumba o el Coto o el Florida, bares
que ya no están, aunque en los últimos tiempos
ya fuesen citas obligatoriamente fugaces
en cafés más inocentes, que quizás aún resisten,
eternamente subversivos, luminosamente secretos,
casi sin otros dueños que los parroquianos,
es decir, todos nosotros.
Quizá aquí tendría que
volcar datos, la fecha de nacimiento (de
muerte, significativamente, no hay), sus
viajes, sus estudios, su pintura, sus penurias
económicas, los días de suicidio, los avatares
políticos de la izquierda, pero sería mentir,
porque muchas tardes, en una redacción de
tantas, sacudiéndose las sutiles pero pesadísimas
cadenas del periodismo, Miguel Ángel y yo
hablamos de nuestras reencarnaciones pasadas
y futuras, aunque la visión del río desde
los ventanales de la Editorial Abril (y
los seductores paisajes de esa redactora
de la sección Espectáculos) nos convencía
de que este “karma” era y sigue siendo el
más apasionante de todos, pese a la derrota,
pese a las ausencias, pese a su ausencia.
...Recuerdo la vez que
tropecé con Miguel Ángel, una noche precisamente
de mucho frío. Justo unos minutos después
de toparme con Paco Urondo, sonriente, seguro,
rodeado por sus compañeros, eufórico porque
acababa de ver al General asomado por la
ventana, me encontré con Miguel Ángel. Ahí
estaba él, con su traje de siempre y avanzando,
con una frazada al hombro, por la calle
Gaspar Campos, sin la menor euforia pero
preparándose para dormir en el terreno baldío
que había ahí enfrente.
Acá está el pueblo, Alberto,
y algo tiene que pasar - me dijo- , yo
no me voy.
No hubo forma de convencerlo,
y se quedó, y aún sigue, aún sigue, en ese
terreno baldío, en este país baldío, y aquí
está.
... El domingo 31 de mayo
de 1976, que quiso ser un domingo como otros,
Miguel Ángel salió de su casa de la calle
Hortiguera, a dos cuadras del Parque Chacabuco,
para pasear con Emiliano, que acababa de
cumplir cuatro años. Pero esa noche, a las
diez y media, mas o menos, u once menos
cuarto, tocaron el timbre, acaso hubiese
podido huir, pero se negó... Las tarjetas
amarillas que mostraron los asesinos intentaron
dar al allanamiento ciertos visos de legalidad.
Uno de ellos le dijo cínicamente: “lleva
una frazada, Bustos, que va a hacer frío”.
Aún hace frío.
Alberto Szpunberg.
(El Masnou, invierno/90 - Buenos Aires,
verano/97)
*Colección de Poesía Todos Bailan, dirigida
por José Luis Mangieri.
Libros de Tierra Firme, 1998.

Poemas
De poesía Inédita
Despedida
Santifica el lunes niño en tu mirada
haz el milagro de reír en la tierra.
Amor que sube aguarda tu voz.
Santifica al malo,
golpéalo en tu corazón que brota.
Santifica el aire no esperes el día,
de mano en mano vienes tan niño y pequeño.
No quiera el alma temblar sin tu pureza.
(11 de junio)
Metales.
II
Desnudaré de brumas el año que me sigue.
Cuando baje al virgen metal de mis días;
desnudaré, amaré su carne.
Para morir, mi voz en los niños de aquí
a mil años.
Para vivir, tus ojos andando en los metales
oscuros de mi tiempo.
(11 de julio)
De Paisajes que duelen.
No sabes como fue este día
Este hombre dolió
por cada sol maldito
duro en su vida.
Por algo fue triste
a ratos
le dolía algún pelo
el pequeño.
Fue quizá como miró
un poco como pájaro
otro poco como niño
y se marcho hundido en la gente.
Voy a hablar a mis amigos
de quién amo
y de otras cosas de fuego
a colmarme de fuertes ternuras.
Así el hombre lava
sus ojos de niño sus ojos de hierro
y duerme profundamente
(2 de noviembre de 1960)
De Un Anochecer
El poema tiene un momento preciso de madurez
y alimento
Pared de hueso pared de carne
pared de mi lengua
parado espero salir a encontrarte.
De aire
yo el pájaro el polvo
la garganta.
Es horrible estar aquí
sin más nada que este cuerpo
hundido en su materia
esperando
el paso de unas piernas
las casas bajo el cielo
que todo venga y crezca y se transforma.
Entonces
sobre mis plantas
no un cuerpo
sólo la imagen humana
húmeda
seca
un poco triste por todo.
(3 de julio)
De Pureza de estar vivo, 1961
Mirando las fotos en memoria de los campos
de concentración de la última guerra
Qué han hecho de nosotros
qué es aquel sangriento alambre de huesos
quebrados en el horizonte.
Silencio
sobre le polvo
silencio
cae la lluvia y la música lejana
sobre los campos.
Fue tan viva la muerte
que en estas tierras de paz dormida
se alzó y murió mil veces mi corazón.
(5 de Octubre)
De VII (...) 1961
Poesía Editada
OLEO UNICO
Ante el enigma que me representa la vida
de un instante, la
extraña multiplicación que une las cosas
y los hombres, sólo
puedo proceder plantándome justo en el
filo de todo, tratar
de tomar el bulto irradiante de la existencia
con el peso
exacto del sonido y del color, construir
con mi carne y con
todo lo que me es exterior estos murales.
Ante todo ver más allá.
Hacer murales con el alma del hombre.
(Buenos Aires, marzo 1957)
De Cuatro Murales, 1957
AVANZAN LOS SOLES EN EL CIELO
Cuando tome bajo la luz
otro cuerpo
y besándolo me sienta vivo,
habré reído habré dormido una vez.
Y luego querré caminar nuevamente.
Sin fronteras como el dolor o el hambre,
al refugio de mi herida Buenos Aires.
Aquí
donde cada sol es un ciclo de mi piel.
Donde el viento se extiende temblando.
ESPUMAS DE LUZ Y SOMBRA:
MURALLON DE VIDA.
Apenas vuele sobre el llanto
por mi lengua riendo llegaré a tus manos.
Elástico al sol subiré enorme
acorralando en la noche
el día de vientos afilados.
Niños heridos
palomas de hambre
amordazan mis besos
sacuden mis risas y te alejan
para que muerda la vida y no me canse la
muerte
De Corazón de piel afuera, 1959.
LOS PATIOS DEL TIGRE
El tigre, aquel espejo del
odio y el espanto.
Von Jöcker, Siglo XVIII
Fueron siempre los pájaros los que anduvieron
en los patios
de mi infancia.
A la claridad del canario se sumó
el gritito entrecortado
del calafate, el vuelo diminuto de los
bengalíes.
Algún mono hubo, pero fue efímero.
Agregaba mi abuelo a la magia reinante
sus oros de Gran
Maestro. Sus libros que, de a poco, fueron
siendo mis pájaros.
Un tío viajó y en una gran jaula trajo
un tigre. Lo aseguraron
a una cadena y esperaron que lo viera.
Su garganta me llamó; aparecí.
El espanto y la maravilla me helaron.
Desde ese día los patios dejaron de
ser tales. Fueron selvas
de mármol y mosaicos gastados en donde
el terror habitaba.
Era feliz. Tocaba el misterio a diario
y no desaparecía. Me
acostumbré ávidamente a lo extraño.
Cuando alguien ordenó su encierro
en el Zoológico, lloré.
Entonces comenzaron mis fugaces visitas;
temblaba cerca de
su jaula. Su rugido era música tristísima
para mí. Le imploraba a su
memoria de fiera el recuerdo.
El día en que me fui a despedir de
él para siempre me olió, detuvo
su andar en círculos. Una sombra humana
le cruzó la mirada. Intenté
tocarlo. El griterío prudente me clavó
en el piso.
Pensé un adiós, suavemente me marché.
Más tarde supe de su
muerte. Su carne fantástica se juntó en
el polvo a otras carnes.
He crecido. Guardo de mi infancia
sus huesos en mi alma, los libros
en mi sangre.
Pero cuando llegue el fin y me miren
los ojos que aún no he visto,
pienso que será el tigre incierto de la
locura el que me lleve tanteando a
la nada, aquel tigre de titubeo y delirio
del suicidio que en su boca me
ahogará clamando.
O tal vez mi viejo tigre, rayado por
la piedad, quiera devorarme como
a un niño.
VIENTRE PROFETA SIN TIEMPO
Yo no soy de ningún siglo.
Vivo ausente del tiempo. Soy mi siglo
como soy mi
sexo y mi delirio.
Soy el siglo liberado de toda fecha
y penumbra.
Pero cuando muera, el profeta que
hay en mí se
alzará como un niño sin moral y sin patria.
Un niño loco con
lengua de alaridos. Entonces amanecerá
en el millón de
Galaxias.
Madres del futuro; cuidado; cuando
muera puedo
volver.
Entonces, ay, vientre que me aguardas,
dulcísima
catedral de tinieblas.
CASA DE SILENCIO
Un niño y un cuchillo, enamorados
carne y hierro,
buscan en el alma la selva que los salve
Aromas y llantos boca de hielo sobre
cicatriz de
Pureza. Irá el olvido a devorar temblores
irá la tierra alzando
mares.
Sueño del niño que muere en su Casa
de Silencio en
El cielo del espanto, hierba de tristeza
amor de nadie.
ANALOGÍAS
No cruces una plaza en la noche bajo
los esmaltes del
ruido lejano de soles en llamas. Espera
la lluvia que apague
en la hierba la sombra del alto cielo.
Ya cuando cierres un mueble de aquellos
caoba
con fulgores a madera dormida, ábrelo con
furia. Tal vez
sorprendas extrañas ceremonias de pañuelos,
huecos mur-
mullos en trajes, temblor de lienzos, una
larga luz ahogada
en huida a través de pliegues y cartas
perdidas.
LUNA DE HERODES
Si en la noche inmóviles policías
sujetan perros de
boca en piedra, yo tiemblo. Quiero alejarme
no puedo, como
en sueños
Entonces alzo la mano a mi pecho traspasado.
No
sea que a lo lejos entre las selvas de
hueso y aliento salga el
aullido de aquel que devora mis entrañas.
Y aullando
prolongue en los perros guardianes un odio
en silencio y
dientes, que por milenios me persigue.
De Visión de los hijos del mal, 1967
Producción Conrado Yasenza