La Metáfora Viral en William Burroughs.
Postmodernidad, compulsión y Literatura conspirativa.
Prof. Dr. Adolfo Vásquez
Rocca.
adolfovroca@hotmail.com

William Burroughs
"Emitir no puede ser nunca mas que
un medio para emitir más, como la Droga.
Trate usted de utilizar la droga como medio
para otra cosa (...) Al emisor no le gusta
la charla. El emisor no es un ser humano
(...) Es el Virus Humano." - W.
Burroughs
1. A partir
del análisis de los problemas epistemológicos
y estéticos que plantea el diseño de lo
que se ha dado en llamar Hipertexto[2]me
aproximaré a las nuevas retóricas con que
la postmodernidad crea y deconstruye sus
objetos e instituciones.
Aquí atenderé al proceso de descentramiento
o dislocación que se produce al moverse
por una red de textos, desplazando constantemente
el centro, es decir con un centro de atención
provisional, un conjunto de cuerpos de textos
conectados, aunque sin eje primario de organización.
Estas nuevas articulaciones discursivas,
propias de la digitalización de la escritura,
que se pueden recorrer en diversas direcciones
no sólo sucesivas sino simultáneas, no admiten
una sola categorización, sino las más variadas:
antinovela, antipoesía, escritura automática,
parodia literaria, reflexión filosófica,
meditación esotérica, interpretación talmúdica.
Cuestionando así las nociones tradicionales
de narrativa, univocidad y linealidad vigentes
desde los tipos móviles de Gutenberg.
En el contexto
de esta escritura laberíntica en la que
corremos el riesgo del extravío del autor
perdido en el texto o por los constantes
y expansivos comentarios, estamos ante la
idea del texto como tejido en perpetuo
urdimiento, como un tejido que se hace,
se traba a sí mismo y deshace al sujeto
en su textura: una araña tal que se disolvería
ella misma en las secreciones constructivas
de su tela. En un sentido similar en la
obra de William Burroughs el sujeto se encuentra
manipulado y transformado por los procesos
de contagio. El lenguaje es un virus que
se reproduce con gran facilidad y condiciona
cualquier actividad humana, dando cuenta
de su intoxicada naturaleza. Los textos
de Burroughs proliferan sin principio ni
fin como una plaga, se reproducen y alargan
en sentidos imprevisibles, son el producto
de una hibridación de muy diversos registros
que no tienen nada que ver con una evolución
literaria tradicional, sus diferentes elementos
ignoran la progresión de la narración y
aparecen a la deriva desestructurando las
novelas de su marco temporal, de su coexistencia
espacial, de su significado, y posibilitando
que sea el lector quien acabe por estructurarlas
según sus propios deseos.

2. La idea de
recorridos en zig-zag, de vagabundeos
como articulación discursiva –hipertextual–,
nos remite a la idea de construcción laberíntica.
La metáfora del laberinto ilustra la experiencia
de lectura en el hipertexto electrónico.
El laberinto
es una figura profundamente barroca, es
una de las imágenes del caos: tiene un orden,
pero oculto y complejo. Esta vinculado desde
la perspectiva de la producción –o del diseño–
a una complejidad inteligente y, desde la
del usuario, al placer del extravío y al
gusto por la argucia, por la agudeza para
reencontrarse[3].
Curiosamente el laberinto contemporáneo
se muestra como una estructura que proporciona
sobre todo el placer del enigma y del extravío,
más que el placer de la salida o elucidación.
Es posible suponer que esta característica
de los laberintos de hoy obedece a un rechazo
generalizado a la sistematicidad, actitud
que se corresponde con un modo de pensar
“nómade” afín a la asistematicidad del pensamiento
postmoderno.
Los abordajes
fragmentarios privilegian la forma sobre
el contenido, una preeminencia de las disposiciones
de búsqueda y de acceso múltiple a los temas,
sobre la mera adquisición de determinados
conocimientos[4].
Los mundos
virtuales son laberintos más formales que
materiales. Viven una extraña vida que depende
de los diversos enlaces con los que están
tejidos los modelos lógico-matemáticos,
que dan nacimiento a seres casi autónomos,
intermediarios[5],
en constante epigénesis por nuestra
interacción estructurante. En efecto, su
“plano” se modifica sin cesar bajo el efecto
de nuestras “trayectorias”, sus estructuras
se forman en función de nuestros desplazamientos.
En general,
es necesario hablar no sólo de un gusto
distinto al que otorga la seguridad de lo
homogéneo e integral, sino de todo un placer
por el trabajo sin control, vehiculizado
por la extensión de un nuevo tipo de tareas
y prácticas que exigen la inmersión en pequeños
bloques, zonas, áreas, sin visión panóptica.
Es lo que he denominado obsesión por los
fragmentos, propios de los nodos y enlaces
digitales de las nuevas tecnologías, las
que están cambiando el modo de pensar el
lenguaje y sus aplicaciones, los textos.
De este modo, el hipertexto aparece como
un fetiche –objeto– neobarroco de la inquietante
racionalidad postmoderna, en permanente
desplazamiento.

Estos
nuevos laberintos nos enfrentan a experiencias
nuevas del espacio y a un nuevo género de
paradojas. La metáfora del laberinto remite
a la idea del desplazamiento. El
laberinto es a la vez mapa y territorio.
Posee ambas naturalezas que cruza y combina.
Es un espacio intermediario, mediador, entre
el plano y la trayectoria.
El
laberinto ha de ser vencido, no solamente
contemplado. No puede seguir siendo un simple
objeto de saber, debe ser una verdadera
prueba iniciática, es el lugar y ocasión
de un paso –un pasadizo–.
Una
nueva puesta en relación de las teorías
hipertextuales –particularmente la metáfora
del laberinto– con el cine de Ruiz, nos
abre a la visión del autor como cartógrafo.
3.
Burroughs[6]
propaga su metáfora paranoica del virus
a partir de Naked Lunch –El Almuerzo
desnudo[7]–, obra casi
inmediatamente posterior a Junky[8]
que, desde la misma espectralidad de la
heroína, emula con talento la escritura
experimental de su época. La manía viral
de Burroughs se muestra en cada una de sus
obras, pero donde alcanza ribetes delirantes
es en su Ensayo de ficción La revolución
electrónica[9],
donde el autor postula que el lenguaje humano
es un sistema viral invasivo. Según Burroughs,
una infección viral atacó a los homínidos
del pre-paleolítico catalizando mutaciones
deformantes de las neuronas, del aparato
sonoro y de la estructura máxilofacial.

En
la obra de William Burroughs el sujeto se
encuentra manipulado y transformado por
los procesos de contagio. El lenguaje es
un virus que se reproduce con gran facilidad
y condiciona cualquier actividad humana,
dando cuenta de su intoxicada naturaleza.
Los textos de Burroughs proliferan sin principio
ni fin como una plaga, se reproducen y alargan
en sentidos imprevisibles, son el producto
de una hibridación de muy diversos registros
que no tienen nada que ver con una evolución
literaria tradicional, sus diferentes elementos
ignoran la progresión de la narración y
aparecen a la deriva desestructurando las
novelas de su marco temporal, de su coexistencia
espacial, de su significado, y posibilitando
que sea el lector quien acabe por estructurarlas
según sus propios deseos.

El propio
Burroughs, en su novela Naked Lunch, visualiza
masas ectoplásmicas compuestas de una substancia
gelatinosa más viva, y por tanto más repugnante
y más fascinante que la vida misma, que
posee y simula indiferentemente tanto la
fisonomía de los yonquis como la de los
agentes federales que los persiguen. Repúblicas,
corporaciones, organizaciones, laboratorios,
sustancias, funcionarios, agentes, técnicos,
víctimas, conspiradores, tan alucinados
como hiper-reales conforman el cultivo viral,
ectoplasmoide que palpita en torno al agujero
negro de la Droga.
Como
podemos constatar en los textos inaugurales
de Burroughs y en la legislación anti-droga
que les precedieron por apenas unos años,
el imaginario de la Droga ha invocado desde
sus inicios la fobia del contagio. La droga
figura como agente extraño que infecta el
cuerpo social. Hasta la propia escritura
sobre el flagelo, incluyendo este texto,
debe poseer propiedades infecciosas, según
los más adeptos censores. Hoy, en la época
del HIV, y dadas las metonimias de droga,
sexo y sangre que conforman sus historias
de contagio, surge una encarnación espectral
de la Cosa con grandes repercusiones imaginarias
y simbólicas de valor atávico: ella es el
plasma sanguíneo humano. Es perfectamente
previsible y poco sorprendente que la Droga
máxima, y por ende, el máximo agente viral
por venir en esta época de revolución apocalíptica
permanente, sea la sangre humana.
Ahora
bien, el aparato lógico-retórico puede ser
rearmado y asumir diversas formas. Algo
similar acontece en un sistema viral, apto
para reproducir a cada instante una replica
de sí mismo. De aquí puede desprenderse
una zozobra de carácter ontológico-lingüística,
la duda: ¿somos nosotros los que hacemos
el lenguaje o el lenguaje a nosotros? Beckett.
El caso es que los virus, sean estos orgánicos
o digitales (informáticos), ilustran de
manera insuperable los caminos que escoge
el universo para resumirse, en un ajuste
de cuentas abstracto con los signos –y su
vocación viral– que amenazan con un día
detenernos para siempre en una confusión
de lenguas: la dispersión en nuestra propia
Babel, el extravío en nuestro laberinto
recursivo.
Ante
esta situación vírica que Burroughs considera
que impregna la existencia, el escritor
entiende que nuestro fin es el caos[10]. El caos como un espacio mítico
donde reina lo híbrido, la fusión de lo
contradictorio, el doble monstruoso. La
función del caos en la escritura será una
fascinación por los residuos, por el flujo
verbal que nos lleva al hundimiento y a
la perdida, por el retorno al silencio.
La aspiración será “Encontrar un lenguaje
endémico, caótico, que sea un lenguaje del
cuerpo, que se convierta entonces en el
fin reconocido de la escritura”[11].
Será
así como Burroughs
basará su trabajo literario en la discontinuidad,
la reiteración, la contaminación, lo inacabado
y desmembrado, todo ello reflejo de un mundo
corrompido, en vías de descomposición, y
de un individuo desgarrado y confuso, que
se aproxima a su negación.
Al comparar
los fenómenos orgánicos con los fenómenos
reproductivos que acaecen en el mundo virtual,
es indudable que podemos extraer lecciones
profundas sobre la naturaleza de los procesos
lógicos. Aquí los virus constituyen
una metáfora fundamental que posibilita
una lectura antropológico-literaria de los
textos de Burroughs. Esto,
por las particulares características de
estos micro-organismos, por sus despliegues
alambicados, por su autonomía y su narcótica
autorreferencialidad y, sobretodo, por su
hábil oportunismo.
El virus
informático, es el más curioso y paradójico
síntoma de que la tecnología, al desbordar
sus finalidades, provoca imprevisibles ironías.
Ellos, remotos, numerosos, multidireccionables,
anónimos, apostados esperando el sabotaje
patológico: a fuerza de autorreproducción
ciega, amenazan con llevar el sistema al
estado de entropía máxima, muerte térmica
de la programación, donde sólo habita el
virus.
Es posible
que en algunos años las técnicas de escritura
viral, ya hoy en un embrionario proceso
invasivo, pasen a constituirse en los únicos
medios de expresión, en el ultimo balbuceo
de un lenguaje infiltrado y parasitado,
en el cierre definitivo del universo del
discurso.
4. Los
actos de un toxicómano cualquiera, como
los personajes que pululan en el alucinado
universo de Burroughs, se estructuran como
un lenguaje altamente inestable. La droga
produce esa mirada extraña, ese estado alucinatorio
a partir del cual se establecen paranoicas
e instrumentales relaciones. Todos los valores
sociales, culturales y morales del hombre
parecen condensarse en una ecuación única
que Burroughs llama el álgebra de la necesidad.
El elemento alucinógeno no es más que un
gran aparato de control, que a su vez se
sitúa debajo de otro, el médico-policiaco,
el cual cumple la misión de generar la adicción.
"La droga es un molde de monopolio
y posesión (...) la droga es el producto
ideal (...) la mercancía definitiva"
[12]
En el
mundo de Burroughs la expresión "vivir
para la droga" es inadecuada, pues
la droga no sería siquiera el objeto de
una vida. Más bien la droga sustituye el
vivir, deja de ser objeto de la pulsión
vital para sustituir esa pulsión con su
propio ciclo compulsivo, con una 'vida'
más real que la vida misma.

"La
droga –señala Burroughs– es una inoculación
de muerte que mantiene el cuerpo en condición
de emergencia"[13].
Un cuerpo para el capital es un cuerpo en
perenne condición de emergencia. El capital
se retroalimenta de la revolución permanente
de sus propias condiciones de producción,
que se repiten y perpetúan gracias a su
autodestrucción cíclica continua. La droga
como mercancía importada por los centros
capitalistas de occidente es la advocación
escatológica del ciclo del capital, su absoluto
end-product revelado como avatar
tóxico de sí mismo.
Su principal
síntoma fue el lenguaje. En este teorema
de Burroughs el síntoma y el agente infeccioso
son indistinguibles. El lenguaje humano
es una espora semiótica de virus desmolecularizados,
con los que la CIA, la KGB y otras instituciones
espectrales infectan y reinfectan a la población
incauta. La adición a las drogas, las perversiones
y los motines urbanos actúan como señales
sintomáticas y como dispositivos de contagio.
El oficiante underground de la droga, del
sexo y de la violencia cumple su tarea revolucionaria
al acelerar indefinidamente la propagación
viral masiva con todo tipo de trucos electrónicos
y massmediáticos. El objetivo es la revolución
apocalíptica permanente. No es difícil deducir
que existe una relación simbiótica entre
el recurso del apocalipsis y la consistencia
espectral de las instituciones del poder.
Consideremos
además que la droga, esta droga –la morfina–
o cualquier otra, es un anti-objeto; que
la droga es poco definible como objeto de
deseo, pues la construcción de su hábito
conlleva sustituir los objetos de deseo
ordinarios forjados, perseguidos, sitiados,
capturados o evadidos en las fantasías de
la realidad cotidiana, por un solo objeto
que, como el dinero, representa a todos
los objetos sin poseer otro valor que sustituir
esos objetos.
Adolfo Vásquez
Rocca.
Doctor en Filosofía
adolfovrocca@hotmail.com