Cuando el naturalista Timoteo
Versalles los descubrió, no podía haber
imaginado que esos monitos iban a ser el
único alimento de los Manduka. En aquella
época, ni siquiera hubiera comprendido el
sufrir de Clementina Urrutia, que los conocía
recién ahora, mientras hojeaba una revista
y una foto le revelaba la tierna carita
de estos primates, justo adentro de la olla
que los cocinaba.
- Son unos salvajes- se
dijo, repitiendo palabras pronunciadas por
sus antepasados al diezmar el malón. Los
Manduka, por su parte, posaban orgullosos
si algún cronista denunciaba su gastronomía:
aquel que tenía dos dientes, sonreía, enseñando
su hazaña. Los monitos de Versalles, resistentes
a los bombardeos, las pestes y las aguas
estancadas, eran lo único que quedaba.
Al guiso, los Manduka
lo preparaban así: la carne cortada en trocitos,
raíces y hojas. El resultado era una sopa
apetitosa que, acompañada con masa de maíz,
llenaba. Primero comían los hombres, después
las mujeres y al final, los demás. Lloraban,
sí, pero existía esa inmunidad del oído
que da lo que no hay.
Clementina Urrutia hundía,
desganada, la cuchara de plata en una torta
de mousse. Las amigas negaban con la cabeza:
- ¿Cómo vas a ir allá? Es peligroso.
No conocían la firmeza
de Clementina, ni sabían del pasaje en su
cartera. Los monitos de Versalles tenían,
por fin, quién los defendiera. Ya iban a
ver esos degenerados.
Los Manduka saludaban al
rey, que con traje de leopardo y una escolta
de soldados, recorría las calles eligiendo
esposas. Ninguna mujer se negaba, porque
aunque tenía muchas, en el palacio había
frutas y manjares para todas. El rey se
llevó a la más atractiva: nueve años, varios
dientes. Festejaron con monitos de Versalles
bien jugosos, sin percibir los binoculares
horrorizados de Clementina.
En una litera blanca, rodeada
de cortinas y agitando un abanico, ella
se acercaba, soberbia detrás de la espalda
encorvada de sus cargadores. Le habían salido
caros, casi como un taxi verdadero. Olían
mal y no entendían nada, pero supieron seguir
el rastro que su dedo blanco les trazó en
el mapa, apuntando a la aldea Manduka.
Cuando puso un pie en la
tierra caliente, sintió las grietas sin
lluvia y la selva perdida. Levantó los ojos
y vio los techos agujereados, las moscas,
las panzas infantiles. Pero no se detuvo;
corrió hasta el fogón todavía encendido
y ahí sí, lloró: la expresión crispada de
un monito de Versalles, ya crocante, era
desgarradora.
Por Carola
Chaparro