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Entrevista
Horacio González
Di tu palabra y
rómpete
Por Conrado Yasenza
Fotos: Efraín
Dávila |
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- Tomando como punto de partida
la profunda crisis del 2001, que abarcó
movilizaciones populares y el surgimiento
del fenómeno de las asambleas que contenían
una suerte de idea de reformulación
del Estado, la cual se frustró,
¿Cómo ve Usted hoy la relación Estado-
sociedad?
- Aceptando que es una pregunta inconmensurable,
lo que diría es que en la historia siempre
estamos en un estado de desilusión, pero
al mismo tiempo nada nos impide entusiasmarnos.
Así que los que vivimos esas jornadas
del 2001, y haciendo un gesto por colocarlas
como un momento muy delicioso, muy autónomo,
extraíamos de él toda clase de promesas.
Al mismo tiempo, no imaginé que por haber
ahorristas éstos buscaban meramente el
interés personal, que por haber asambleas
con cierto énfasis esquemático éstas llevaran
a imponer los criterios más cerrados.
Pensé que las movilizaciones callejeras
eran formas de una energía espontánea
y llena de potencialidades. El presente
siempre nos lleva a pensar con optimismo.
El presente es una especie de ámbito que
siempre pide un resguardo, una independencia
respecto a los ciclos más amplios de tiempo,
a los ciclos más amplios de la historia,
donde el tiempo no está sólo puesto en
presente sino que está puesto en relación
a lo que el tiempo tiene de yuxtaposición,
de duración de ciertos momentos en nombre
de otros, de interpretación del pasado
y de expectativas sobre un futuro, sobre
el cual también es obligación imaginar
de qué modo interviene en el presente.
De este modo, cuando pensamos en el tiempo,
estamos obligados a no ser tan optimistas
como nos propone el presente declarado
como una burbuja de tiempo no contaminada.
Así, en los que estuvimos como protagonistas
de aquel presente, nuestro optimismo sólo
podía ser completo y alborozado. Los que
teníamos además experiencia sobre la historia
del país, estábamos obligados a pensar
en qué se iban a convertir esas asambleas
si predominaban ciertos estilos de dirección,
cómo se iba a desarrollar la jornada de
las fábricas recuperadas en relación a
la discusión entre la forma económica
y de gestión que iban a asumir, si cooperativas,
si formas de autogestión radical de la
vida productiva. Esos problemas no podían
ocultársele a nadie y son problemas que
aún hoy persisten.
En cuanto al Estado, había un problema
mayor, que era que el movimiento asambleario
tenía una enorme potencialidad autonomista
y pretendía reasumir la forma completa
de la soberanía social. La soberanía en
un momento histórico dado en cualquier
sociedad es algo muy complejo. No es propiedad
de nadie en especial, se halla por momentos
pulverizada, por momentos aparecen voces
con influencia mayor, y al mismo tiempo,
la soberanía es una especie de pacto entre
lo permanente y lo más volátil. En las
asambleas lo volátil aparecía como dominante,
y aspiraba, con razón, a reasumir la soberanía
ante la quiebra del Estado en su misión
primordial que es garantizar la subsistencia
de las personas y garantizar también el
modo en que las personas se realizan a
través de los deseos, el lenguaje y la
acción. Esto no se cumplía y estábamos
frente a un Estado que era necesario interrogar
y quizás apartar como si fuera una hojarasca
ya cancelada. Ese problema, que por supuesto
es el viejo problema de la teoría política,
fue pensado de distintas formas, desde
la derecha a los grupos autonomistas y
los grupos del orden. La expectativa mayor
de que las asambleas reasumieran toda
la soberanía disponible precisaba mayores
especificaciones, porque en realidad ninguna
institución estatal, sobre todo las instituciones
vinculadas al orden, a la dimensión policial
y militar de la sociedad y a la dimensión
económica, incluso educativa, no fueron
desmanteladas. Pero si se apartaba el
Estado con sus tentáculos, con su funcionariado,
sus proyectos, sus memorandos, su rutina
y su burocracia, quedaba una gran conflagración
entre las asambleas que absorbían toda
la energía social y se convertían en instancias
de decisión federativas, que junto con
otras asambleas encaraban una suerte de
movimiento de asambleas que prefiguraba
una forma estatal, y eso precisamente,
permitía imaginar que sobrevendría un
enfrentamiento con las partes del Estado
anterior destruido pero que sin embargo
permanecía incluso en una actitud represiva.
Eso no se dio de esa manera, si bien hubo
escaramuzas y muertes, porque el Estado
en forma balbuceante se reconstituyó.
Ahora, el gran dilema de la acción política
es esa reconstitución que en algún plano
de la convivencia era reclamada por el
colectivo social. Por otro lado, existe
otra pregunta: ? Si la reconstitución
se hizo de una manera sensible a lo que
fue esa gran resquebrajadura y a lo que
fue ese proyecto del movimiento asambleario
que proponía generar un nuevo tipo de
sujeto político?. Esta pregunta puede
responderse de una manera tímidamente
adversa al ideal de una reconstrucción
del Estado sensible al movimiento social.
El Estado que estamos viendo en este momento
es un Estado reconstituido sobre las líneas
de la memoria estatal anterior, incluso
de las memorias partidarias, de la relación
partido–Estado del ciclo histórico anterior.
En ese sentido, se puede decir que tenemos
una gran distancia entre el modo con que
se expresaron los movimientos sociales
en el 2001 y el modo en que se reconstruyó
el Estado a partir de los últimos dos
años.
El gran dilema de la clase política
hoy es en qué plano adquiere el reconocimiento
de aquellos acontecimientos tan turbadores
y tan enigmáticos también, porque la consigna
fundamental de aquellos acontecimientos
ofrece toda clase de acechanzas a la interpretación.
“Que se vayan todos” era tan subjetivo
como abstracto. Entonces la relación del
Estado con la memoria de la insurrección
es una relación permanente. Todo Estado
tiene la memoria de una insurrección fundadora,
oscura, lejana en el tiempo, una revolución
que se da pronto o no tan pronto en sus
instituciones. Y en el caso de la Argentina,
estos hechos del 2001 parecieran no haber
ocurrido. Eso es lo que tienen de asombrosamente
interesantes. Parecería que las voces
que hablaban y las acciones que se desarrollaron
en las asambleas, hoy no estuvieran sino
en una suerte de memoria o de utopismo
retrospectivo, con una incidencia o efecto
nulo en la sociedad. Yo no pienso que
eso sea así, y que es una tarea de la
imaginación política actual la de detectar
precisamente el filamento que une la situación
actual con aquel momento tan decisivo.
Las asambleas vacilaron de muchas maneras
en el modo de construir su verdad. La
primera vacilación era obvia> Cómo
interpretar la memoria social anterior,
es decir, los movimientos sociales que
tuvieron también forma asamblearia pero
que generaron instituciones permanentes.
Primer problema: Este tipo de asambleísmo
se convirtió él mismo en permanente y
convertía a las asambleas en una suerte
de aventura conceptual que tenía su contradicción
a flor de piel, que era el estado de asamblea
permanente. La segunda complexión, proveniente
de ésta, era que el espíritu de transparencia
democrática de las asambleas, es decir
no cada hombre un voto, sino cada sílaba,
cada frase, cada enunciado que era equivalente
a la verdad, muy pronto se veía confrontado
con personas que tenían un saber previo
de las asambleas, es decir, un saber que
implicaba cómo parar la discursividad,
cómo originar la votación, cómo cerrar
la lista de oradores, cómo hacer la moción
de orden. Por lo tanto, subsistía el fantasma
del viejo Estado sobre las asambleas,
con sus jerarquías, controles y secretos.
De modo tal que en el espíritu asambleario
convivían tanto la tradición libertaria
como la tradición estadista. Esa contradicción
estuvo también en las asambleas y de este
modo se puede decir que el recuerdo de
las asambleas es un recuerdo que debe
ser poseedor de efectos sobre la realidad
del presente. En mí, creo que actúa ese
recuerdo. Al mismo tiempo, ese recuerdo
no puede actuar como un despojamiento
de aquello que también las asambleas poseían
en cuanto a la auto-anulación de su propia
potencialidad, puesto que los usos y rutinas
asamblearias obtenidos a través de experiencias
muy despojadas de creatividad a lo largo
de toda la experiencia de los distintos
grupos políticos, tampoco contribuía a
hacer de las asambleas el lugar de la
recreación del Estado y de la sociedad
desde la nada y conviviendo con lo nuevo.
Las asambleas no podían actuar desde la
nada, como el primer día de la creación.
Su fuerza era construir una gran utopía
del primer día de la creación y al mismo
tiempo explorar las dimensiones de la
razón histórica y la memoria escondida
de los pueblos. Todo esto interpretado
desde los partidos que actuaban en las
asambleas. El delicado equilibrio que
se exigía se vio superado por los acontecimientos.
El nombre que tenían los acontecimientos
de aquí era la imprevisión de los grupos
partidarios de imaginar que las asambleas
podían ser simultáneamente el primer día
de la creación y fuerzas anexas a la decisión
partidaria tomada en los cuadros ya prefigurados
de un partido. Esto no lo digo como una
crítica doctrinaria. Me parece que es
un dilema de todos los movimientos sociales
del siglo XX, que nunca resolvieron de
una manera satisfactoria. Como tampoco
se resolvió el delicado equilibrio entre
la fuerza empleadora de las asambleas,
en un corte transversal en la historia,
y la fuerza de la memoria social y partidaria,
que sin duda son cortes longitudinales
en la historia porque suponen instituciones
permanentes.
En ese sentido, el Estado
tenía que reaparecer inevitablemente y
reapareció bajo una forma atenta a lo
que fue el cántico de expulsión de los
políticos institucionales. Quiso interrogar
también ese grito, y al mismo tiempo sacó
toda su batería de recursos conocidos.
Es el Estado que estamos viendo hoy.

- Pero este Estado no llega a tender
los lazos entre los reclamos o las aspiraciones
de aquel movimiento surgido del 2001 y
el desarrollo efectivo de políticas que
repercutan en la sociedad. Se desarrolla
una suerte de continuidad de la política
económica liberal y no se resuelve el
problema del Estado vinculado a la cultura,
a la educación, a la superación de los
problemas graves, como el del hambre a
nivel nacional. Ahí observo la continuidad
de la crisis y la ausencia del Estado
justo, lo cual evita o imposibilita,
su necesaria refundación.
- Hegel imaginaba que la forma Estado era
la forma final de la resolución del problema
social. Por eso Hegel habla de la pobreza,
incluso del imperialismo, y también anuncia
la miseria, es decir, la incapacidad del
Estado de absorber todos los que son sus
intentos de resolver la sobrevivencia social
sin dejar de generar exclusiones y ámbitos
de irracionalidad e impotencia. La teoría
de Estado de Hegel intenta pensar esta situación
y por eso deja abierta las puertas a la
idea de proletariado de Marx. Ahora, todo
Estado está obligado a pensar, bajo esa
relación de la teoría básica del Estado
que aún tiene vigencia, de qué modo puede
aminorar la distancia entre aquello que
puede resolver y simultáneamente lo que
crea de excepcionalidad alrededor de lo
que puede resolver. Es decir resuelve ciertas
situaciones y automáticamente las resuelve
en términos de injusticia, trabaja para
los que más tienen, acepta dadivosamente
convertirse en una fórmula administrativa
de los sectores económicos más poderosos,
está entrelazado con la reproducción de
la economía con sus formas de dominio más
ostensibles, establece una serie de puentes
explícitos y clandestinos entre el poder
económico y el poder político. Todo eso
el Estado lo hace cumpliendo un poco con
su maldita fatalidad de tener ciertas relaciones
con la vida social y productiva y al mismo
tiempo anular todo aquello que pueda convertirse
en acontecimientos de justicia, es decir,
resolver precisamente los baches que se
producen por el hecho de que el Estado protege
con su provisión de orden ciertas actividades
en otras. Entonces surge la idea de que
debería haber otro Estado, o un Estado equitativo,
con lo cual se generaría un problema que
han sufrido en carne viva los movimientos
populistas de América Latina. Esa situación
forma parte de una discusión que así como
trato de enunciarla no es fácil de darse,
o no tiene por qué darse de esa manera.
Pero sospecharla o intuirla es necesario.
En ese sentido la idea del Estado de las
izquierdas que actúan en el mundo es una
idea heredera de la condena del Estado en
relación a que sólo suple necesidades de
los sectores que cubre o protege, sectores
que definen previamente qué es la propiedad
para después elegir el funcionariado del
Estado que debe custodiarla o, en todo caso,
dentro de las mismas tradiciones de la izquierda,
la idea del famoso escrito de Lenin, de
1917, de definición del Estado, donde se
plantea el problema de quién reasume esa
institucionalidad. Es sabido que en la Unión
Soviética ese problema no fue resuelto.
O en las derivaciones anarquistas que presuponen
no pensar la sociedad como un lugar donde
se ejercen las fuerzas productivas, sino
donde se ejercen las relaciones de humillación,
de vasallaje, de jerarquía o de opresión.
Esas corrientes ideológicas están presentes
en los movimientos del 2001, en el peronismo,
en Kirchner, en Duhalde, aunque no están
declaradas, y el peronismo carga cada discusión,
si bien en su versión más canónica, que
es lo que hoy estamos viviendo en la Argentina,
y que presupondría un Estado actuante capaz
de evidenciar su poder equilibrador. Bueno,
esa idea del Estado con capacidad de arbitro,
y esto es de contrapeso en beneficio de
los más perjudicados, da la impresión de
que también es una forma del Estado desmerecida
por los acontecimientos, pero de hecho es
la que está presente en los discursos de
Kirchner cuando dice: “No vamos a permitir
que se aumente el agua”. Hay cierta idea
de que el Estado reconstituido supone una
defensa primero de la sociedad, segundo
de los sectores más desfavorecidos, y tercero,
y esto en un plano estrictamente astuto,
de diálogo privilegiado con los sectores
poseedores de la fuerza productiva, de la
decisión sobre flujos financieros. Todo
esto forma parte de intenciones del gobierno,
no forma parte de una discusión más de fondo,
entre otras cosas porque no se sabe cuál
es el Estado que gobierna el mundo. Como
es fácil imaginar que hay corporaciones
políticas y económicas que de tanto en tanto
coordinan sus esfuerzos, digamos Grupo de
los Siete o Consenso de Washington, es necesario
pensar, a la altura de las discusiones actuales,
cuáles son los poderes mundiales que realmente
son efectivos, que son los poderes de la
técnica aliados con los de la producción
de bienes muy sofisticados, son bienes de
consumo y al mismo tiempo son bienes culturales
vinculados a una revolución técnica muy
evidente también, y que constituyen bienes
comunicacionales que aparecen como una nueva
fuerza productiva. El Estado es un Estado
mundial que se acoge a todas esas nuevas
formas de circulación de hechos y circulación
de discursos, o los viejos Estados nacionales
aún tienen el privilegio de ser sujetos
vivos de la historia. La actual situación
argentina hace pensar que los gobernantes
actuales optan por esta segunda opción,
que es la más sensata porque, por un lado,
vienen de una tradición política de relación
armónica entre el Estado y la sociedad,
que conforma una utopía interesante a condición
de que se la convierta en un objeto inhallable
o en un objeto problemático; ese equilibrio
no se puede constituir en términos de comunidad
organizada. Por otro lado, la situación
actual del mundo, más allá del legado político
del actual gobierno, también aconseja tener
una forma estatal adecuada puesto que hacia
ella se dirige toda la interlocución mundial.
Bueno, da la impresión que eso la Argentina
no lo ha conseguido, da la impresión que
también la posibilidad de conseguirlo tiene
que ver con un esfuerzo por descifrar los
hechos del 2001, que ahora con los acontecimientos
de Cromañón también adquieren otra luz y
suponen una nueva interrogación, es decir,
dónde estaba el Estado. Esa pregunta es
una pregunta profunda en relación a los
acontecimientos de Cromañón, y más profunda
ha de ser si se la despliega de una manera
atinada, no buscando la satisfacción inmediata
de lo que es también una tragedia. Como
es una tragedia, y el Estado debe pensar
la tragedia, tiene una dimensión importante
de tragedia y eso supone los hechos contingentes
de la historia, por lo tanto el Estado tiene
que tener su dimensión contingencial, es
decir los hechos que pudiendo no ocurrir
ocurrieron arrasando muchas vidas y en ese
sentido eso obliga a la prudencia en la
denominación del culpable, a la prudencia
en la denominación de cómo el Estado debe
asumir sus culpas. A mí me da la impresión
de que todos esos temas son temas que el
gobierno actual los deja pasar con demasiada
rapidez puesto que, imbuido de la premura
con la cual hay que resolver las cuestiones
de la deuda externa y otras, desatiende
una discusión más de fondo sobre los conceptos
políticos de este momento histórico. A mi
juicio no hay que desatender esta discusión
porque se generan después errores inevitables
y que de ninguna manera es incompatible
con el uso de cierto cuidado práctico por
el horizonte que hay que atender respecto
a la deuda externa. Antes dije astucia.
No se puede gobernar un país meramente con
la astucia. La astucia tiene que ser espontánea
y tiene que ser un elemento que se presente
más bien de manera inevitable. Cuando se
produce una ontología de la astucia, cuando
el ser político actúa en nombre de lo que
se auto-proclama como astucia, entonces
se producen ahí inconvenientes: se deteriora
la vida política, se define el sujeto político
como un sujeto calculador en relación a
la emotividad que invierte y los resultados
que espera, y se convive con una conciencia
pura respecto a la definición de viejos
enemigos con los que hay que estar en una
situación amistosa. Es decir, la conciencia
política va perdiendo su energía interna
si se es meramente astuto. Por eso la reconstrucción
del Estado no ha de hacerse con astucia,
no ha de hacerse meramente bajo la razón
astuta que es:escuchemos el 2001 de una
manera superficial pero hagamos el viejo
Estado conocido, con su corte de asesores,
su corte de peritos y de autores de resolución,
con funcionarios a los que hay que recordarles
que emanan de la sociedad. No hagamos ese
Estado sensible, hagamos el Estado conocido,
seamos astutos. Bueno, eso me temo también,
está muy presente en el modo en que hoy
se percibe el Estado. El Estado tiene que
aparecer siempre escuchando lo que ha dicho
la sociedad argentina y lo que sigue diciendo
en términos de un reclamo de justicia que
se dirige al Estado, lo cual es un hecho
gigantesco puesto que el incendio de un
local bailable podría resolverse con instancias
muy intermediarias, con todas las mediatizaciones
que la vieja teoría estatal imaginó, pero
ahora no hay más mediatizaciones. Un episodio
de la vida popular juvenil y danzante, que
es el modo en que los chicos van a bailar
un sábado a la noche, se convierte en una
cuestión de Estado de inmediato. Esa enorme
brusquedad está originada en el hecho de
que la sociedad argentina todavía no está
pensando, y no sabe pensar como no sea bajo
una forma de astucia, una relación liberada
e imaginativa entre el Estado y la sociedad.
- Ud. no cree que precisamente la
certidumbre de que el concepto mismo de
representación, como derecho adquirido
y asegurado, a pesar de una sucesión
de crisis favorece justamente el clima
de una teoría de cierto estado
de caos permanente?
- La reconstrucción de la representación,
que a mí me parece necesaria, no tiene
vías prefijadas para ser pensada y rehecha,
porque la representación clásica del aparato
estatal anterior no ha sido sometida a
una crítica colectiva. La forma en que
se reconstituyo es, evidentemente, parecida
a la anterior, o sea, son representaciones
emanadas de cierto juego de auscultación
de la voluntad popular periódica por los
mecanismos conocidos. Evidentemente esto
no está hoy en condiciones de satisfacer
una representación justa. Pero no lo veo
como un achicamiento de la voluntad popular
sino como una auto-interrogación de la
voluntad popular o de la voluntad de un
tejido de actualidad. Evidentemente son
formas de interrogación que la representación
significa. No es posible una representación
que no tenga fallas porque esa interrogación
supone, precisamente la capacidad de desprender
de sí misma un conjunto de interrogaciones
subsiguientes. Pero en este momento la
representación está en juego por la vía
partidaria, por la vía electoral común,
no está permitiendo esa interrogación
que se desdobla en interrogaciones posteriores,
respecto a cómo el sistema político o
las formas de la política van adquiriendo
cierta plasticidad. Pues bien ese tipo
de representación está petrificada y no
permite esas auto- interrogaciones. Digamos,
los partidos políticos consultando a una
población que por el mero hecho de ser
consultada de esa manera, a través del
sistema de consultas que incluye las encuestas,
la publicidad, el dominio de los medios
de masas, de alguna manera obtienen lo
mismo que pusieron ahí. De modo que lo
que hay que reconstruir son los estratos
de la reflexión comunitaria, que tienen
formas de novedad, necesarias y tienen
también anclajes en memorias anteriores.
En este momento lo que se consulta es
aquello que se presupone que ha estado
desde siempre ahí, que son las formas
más graníticas del legado cultural y popular
argentino. Ahora este legado, que hay
que respetar indudablemente, no es un
legado de fuerzas culturales que llevan
nombres eventuales, incluso peronismo
y radicalismo son nombres eventuales,
que hay que respetar, pero la actitud
es de respeto aunque también de interrogación.
Por lo tanto cuando se los interroga tiene
que ser una auto-interrogación que se
abra a la novedad, es decir que no espere
encontrar siempre lo mismo. Un Estado
que pueda pensar eso, es un Estado con
mucho dinamismo interno, no es el Estado
que conocemos, porque es un Estado que
está cruzado por luchas territoriales,
por imposiciones de grupos que controlan
parte del presupuesto, que no necesariamente
son mafias, pero son grupos que tienen
una actividad anterior en el Estado y
tienen una memoria de captación de recursos
existentes en el propio Estado, y por
lo tanto actúan en términos de una justicia
primitiva e inmediata que es la menos
vinculada a la relación del Estado con
una sociedad que al interrogarlo lo hace
diferente a su punto de partida, que con
un Estado siempre inmodificable donde
se destinan ciertos recursos hacia fuera
del Estado y los demás se los capta para
reproducir la mismidad, es decir la forma
del Estado conocida, no necesariamente
represiva, pero sí la forma virtualista,
por no decir burocrática, que tiene el
Estado y que forma parte de una gran disconformidad
popular. Ahora bien, las formas no ritualistas
de Estado casi siempre están en las grandes
corporaciones privadas, en las grandes
formas del capitalismo, que son formas
estatales mucho más movedizas porque reproducen
la decisión de una manera muy cercana
a la enorme movilidad que tienen las fuerzas
financieras y productivas. Por eso tampoco
los Estados nacionales, en lo que quede
de la relación Sociedad- Estado y Nación,
deben reproducir necesariamente la forma
estatal corporativa de una Toyota, o de
una General Motors que son formas estatales
muy dinámicas, y casi inaprensibles y
de alguna manera invisibles, aunque son
formas de Estado que anexan también, por
sí mismas ciertas partes del estado nacional
desvencijado, puesto que también son instrumento
de captación de los recursos del Estado
nacional o de captación de su enclenque
fuerza jurídica. Por eso el Estado tiene
que tener una juricidad reconstruida,
tiene que tener un espíritu público reconstruido
y tiene que tener una condición laboral
productiva reconstruida también. Esas
tres dimensiones reúnen buena parte de
lo que se debería pensar en términos de
acción política y de ideología política.
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- Ante el caso Cromañón, por ejemplo,
cuál es la repuesta de un sistema que
sigue funcionando bajo las tradicionales
formas de hacer política?
- Yo me enteré que Cromañón era una cuestión
de Estado, cuando apareció la evidencia
terrorífica de los cuerpos sobre el pavimento
de la calle Bartolomé Mitre, pero antes
no era una cuestión de Estado. Entonces,
la cuestión Cromañón para mí, tiene que
ver con la capacidad de relacionar ese
antes y ese después. No puede ser siempre
una cuestión de Estado, pero al mismo
tiempo existe una responsabilidad del
estado. Ahora ya sabemos que la hay, pero
no lo sabíamos hasta ese momento porque
quién se iba a imaginar que eso iba a
ocurrir de esa manera; la coima a los
inspectores, los matafuegos vencidos,
las salidas de emergencia clausuradas
dan la impresión de que fueron hechos
que se acumularon de una manera trágica,
es decir a través de una acumulación que
los contemporáneos ven como casual aunque
la tragedia tiene una misteriosa causalidad.
Entonces cuando eso estalla no podemos
imaginar que nuestra voz tiene que ser
sólo aquella que piense por qué el Estado
no estuvo ahí, porque el Estado, efectivamente,
no ha estado para nosotros en un momento
anterior. Esto es una salida fácil. Entonces
para que la salida no sea fácil es necesario
imaginar los grados de libertad que tiene
ese acontecimiento tan horroroso, los
grados de tragedia clásica que tiene el
acontecimiento que deja tantos cuerpos
sobre la calle, porque si no imaginamos
ese profundo dolor y los cambios de lenguaje
que derivan del hecho, no podemos reconstituir
una justicia que se dirija también al
Estado y lo reformulé. Por eso ciertas
interpretaciones políticas: “Los mató
la corrupción”, “Los mató el capitalismo”,
más allá de que tienen un grado de veracidad,
van a tenerlo menos en la medida en que
no se construyan las mediaciones adecuadas.
Y hay mediaciones de lenguaje también.
Por eso los chicos que están hablando,
los sobrevivientes, dicen cosas tan interesantes,
porque por primera vez aparece el idioma
popular juvenil, que es un idioma inventado
por las ciudades, un idioma sumario, lleno
de elipsis, de equívocos, de presupuestos,
de fuerza tácita, donde hay mucho del
idioma de los medios de comunicación y
mucho de un idioma contra-educativo, un
idioma de la interpelación a cargo del
chabón, del loco, del hermano, que junta
jergas antiguas con jergas del idioma
computacional, y al mismo tiempo sigue
grupos de rock cuyas poéticas no son las
mejores elaboradas, pero que a través
de ellos se vislumbra cierta utopía juvenilista;
esto es, los chicos que relatan en esta
media lengua resquebrajada una experiencia
trágica que demuestra que los recursos
muy depurados que posee esta lengua, depurados
y elementales también, - lo elemental
no necesariamente está vacío de posibilidades
expresivas -, digo, este idioma elemental
y sinóptico reveló, en contacto con la
tragedia y con los medios de comunicación,
que adquiere una dimensión de auto-interrogación.
Esto se ve a través de los chicos que
hablaron y no precisamente del modo en
que hablan las organizaciones políticas
que ya sabían que iba a ocurrir eso, que
ya sabían que la corrupción iba a ofrecer
una puerta clausurada y una bengala prendida.
Si se sabía todo, la historia tiene un
eslabonamiento causalista que la haría
insoportable, precisamente porque hay
esos grados de libertad que se pueden
llamar también grados de producción de
silencio y de huecos en el sistema de
la vida, porque si no sería imposible
vivir. Comprendiendo esto y el profundo
dolor que eso causa en relación a las
muertes que hubo, estas muertes pueden
llamarse asesinatos, pero son asesinatos
donde las manos del asesino no pueden
verse en el que tiró la bengala, en el
que fabricó la media-sombra y ni siquiera
pueden verse en ningún otro elemento que
se presente como tan directo porque sería
sospechable que ahí no están las manos
del asesino. El asesino hay que construirlo
como una figura social para el ejercicio
de una justicia que ahí si tiene que investigar
entre los funcionarios del caso, en la
cadena de responsabilidades, como se dice
habitualmente, aunque esta expresión suena
demasiado jurídica, demasiado premasticada,
demasiado ligada al lenguaje picapleitos
de la política. Es el lenguaje de quien
tiene memorizado los versículos de los
códigos que correspondan. Tampoco eso
me conforma. La forma de justicia tiene
que ser otra, hay que inventarla en relación
a cómo se movió la sociedad argentina
en los últimos diez años y que ofrece
a esta pobre institucionalidad estatal.
Por eso, nuevamente, la astucia no sirve.
-¿Cuál es su opinión sobre la reacción
del Presidente ante la tragedia ocurrida?
-Yo considero al presidente como un hombre
sensible, un hombre abierto a estos problemas,
lo considero como a alguien con quién
sería posible discutir esto. Por eso me
preocupó que haya tardado en venir y pronunciarse
sobre el caso. Lo veo como un político
vinculado a una carrera política hecha
en los términos conocidos anteriores con
fuerte disposición a releer la sociedad
argentina. Esto que por un lado podría
ser un motivo apreciable, por otro lado
no debe estar sometido a la sospecha de
que se emplean mecanismos de astucia,
es decir, dónde me conviene estar, que
correlación de fuerzas previamente leo,
cómo me posiciono. Estas son las cosas
que yo le diría al presidente, que es
una figura que me interesa, que me siga
interesando, que lo veo atrapado por muchas
fuerzas de todo tipo, mundiales, nacionales,
que muchas veces inhiben de decir las
palabras más agudas sobre el momento histórico
que vive la humanidad y otras veces no
lo inhiben y las dice de una manera explícita,
enfática: “ Minga vamos a aumentar el
agua”. Soy sensible hacia esas formas,
me gustan, hay una red popular que hay
que preservar pero al mismo tiempo en
ese “minga” hay una solución del lenguaje
que tiene que convivir con otras; minga
me parece simpático pero ese “minga” no
tiene que convivir con formas de rechazo
a la construcción de poderes mundiales
bastante más explícita y que no tienen
que ser del diccionario de las palabras
políticas conocidas. Para que surjan otros
diccionarios hay que abrir una discusión
plebiscitaria del lenguaje, es decir,
a través de lo que a diario emana de las
fuerzas políticas, y lamentablemente en
este momento las fuerzas políticas hablan
en relación a las tensiones previas que
constituyen un lenguaje que por fuerza
va a ser bastante encubridor y astuto.
No niego la astucia, que sería negar a
Homero y la gran tradición occidental
de la literatura, y sería negar el psicoanálisis
y sería negar también buena parte de las
estéticas literarias de los últimos siglos,
incluso a los grandes textos de Maquiavelo,
pero lo que yo propongo es que lo necesario
de astucia que debe tener la política
debe ser también acompañado por un cierto
sentimiento que refleja bien una frase
de Nietzche: “Di tu palabra y rómpete”.
Esta frase, que aparecía en la revista
Grillo de Papel, es una suerte de tragedia
del hablar, de tragedia de la convicción.
Es muy difícil vivir así y no creo que
la política deba ser necesariamente así.
Pero ante el dominio de las formas y el
procedimiento meramente astuto es necesario
tener la convicción de que es posible
decir una palabra que sea como un trueno
que repentinamente ilumine un espacio,
y después soportar las consecuencias.
Por Conrado Yasenza
Buenos Aires, Enero 2005
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