Año IV - número 16 - Marzo 2005
Buenos Aires - Argentina
www.icarodigital.com.ar
 
Número 16
Marzo de 2005
Editorial
* Regreso triunfal de Torquemada. Por Conrado Yasenza
Entrevistas
* Andrés Rivera.
Por Marcelo Luna
* Horacio González.
Por Conrado
Yasenza
El Damero
* La culpa de los Inocentes.
Por Alfredo Grande
* Qué hacemos con el culo del hombre.
Por Marcelo Benítez
* Lógicas de la muerte.
Por Claudio Barbará
Ajo y Limones
* Una reunión profética.
Por Rubén Fernández Lisso
* Todo lo humano me es ajeno.
Por Rubén Fernández Lisso
Zona literaria y misceláneas
* La Nueva Canción Chilena: La banda sonora de la Revolución.
Por José Ignacio Silva
* La Metáfora Viral en William Burroughs. Postmodernidad, compulsión y Literatura conspirativa.
Por Prof. Adolfo Vásquez Rocca
Cuentos
* Cuentos breves e inéditos de Juan José Hernández
* Cuentos de Carola Chaparro
Poesía
* Selección de Poemas de Miguel Ángel Bustos.
Por Conrado Yasenza.
* Selección de Poemas de Emiliano Bustos (Hijo de M A).
Por Amalia Gieschen.
* Poemas de Sara Rosenberg
El Ojo Plástico
* Reflexiones en torno a la muestra Retrospectiva 1954-2004. Entrevista a León Ferrari.
Por Conrado Yasenza
* Fotografías de Sara Rosenberg
Libros
* La ciudad de los sueños. Narrativa Completa. de Juan José Hernández.
Por Conrado Yasenza
* Sombras nada más. de Vicente Zito Lema.
Por Conrado Yasenza
* El pensamiento alternativo en la Argentina del siglo XX.
por Marcelo Luna
* PALABRA VIVA. Textos de escritoras y escritores desaparecidos y víctimas del terrorismo de Estado. Argentina 1974-1983.
SEA - Sociedad de Escritores y Escritoras Argentinos.
Teatro
* "Miopes. Nadie leyó la letra chica del contrato" de Alfredo Grande.
Por Marcelo Benítez
 

Entrevista

Horacio González

Di tu palabra y rómpete

Por Conrado Yasenza

Fotos: Efraín Dávila


- Tomando como punto de partida la profunda crisis del 2001, que abarcó movilizaciones populares y el surgimiento del fenómeno de las asambleas que contenían una suerte de idea de reformulación del Estado, la cual se frustró, ¿Cómo ve Usted hoy la relación Estado- sociedad?

- Aceptando que es una pregunta inconmensurable, lo que diría es que en la historia siempre estamos en un estado de desilusión, pero al mismo tiempo nada nos impide entusiasmarnos. Así que los que vivimos esas jornadas del 2001, y haciendo un gesto por colocarlas como un momento muy delicioso, muy autónomo, extraíamos de él toda clase de promesas. Al mismo tiempo, no imaginé que por haber ahorristas éstos buscaban meramente el interés personal, que por haber asambleas con cierto énfasis esquemático éstas llevaran a imponer los criterios más cerrados. Pensé que las movilizaciones callejeras eran formas de una energía espontánea y llena de potencialidades. El presente siempre nos lleva a pensar con optimismo. El presente es una especie de ámbito que siempre pide un resguardo, una independencia respecto a los ciclos más amplios de tiempo, a los ciclos más amplios de la historia, donde el tiempo no está sólo puesto en presente sino que está puesto en relación a lo que el tiempo tiene de yuxtaposición, de duración de ciertos momentos en nombre de otros, de interpretación del pasado y de expectativas sobre un futuro, sobre el cual también es obligación imaginar de qué modo interviene en el presente. De este modo, cuando pensamos en el tiempo, estamos obligados a no ser tan optimistas como nos propone el presente declarado como una burbuja de tiempo no contaminada. Así, en los que estuvimos como protagonistas de aquel presente, nuestro optimismo sólo podía ser completo y alborozado. Los que teníamos además experiencia sobre la historia del país, estábamos obligados a pensar en qué se iban a convertir esas asambleas si predominaban ciertos estilos de dirección, cómo se iba a desarrollar la jornada de las fábricas recuperadas en relación a la discusión entre la forma económica y de gestión que iban a asumir, si cooperativas, si formas de autogestión radical de la vida productiva. Esos problemas no podían ocultársele a nadie y son problemas que aún hoy persisten.

     En cuanto al Estado, había un problema mayor, que era que el movimiento asambleario tenía una enorme potencialidad autonomista y pretendía reasumir la forma completa de la soberanía social. La soberanía en un momento histórico dado en cualquier sociedad es algo muy complejo. No es propiedad de nadie en especial, se halla por momentos pulverizada, por momentos aparecen voces con influencia mayor, y al mismo tiempo, la soberanía es una especie de pacto entre lo permanente y lo más volátil. En las asambleas lo volátil aparecía como dominante, y aspiraba, con razón, a reasumir la soberanía ante la quiebra del Estado en su misión primordial que es garantizar la subsistencia de las personas y garantizar también el modo en que las personas se realizan a través de los deseos, el lenguaje y la acción. Esto no se cumplía y estábamos frente a un Estado que era necesario interrogar y quizás apartar como si fuera una hojarasca ya cancelada. Ese problema, que por supuesto es el viejo problema de la teoría política, fue pensado de distintas formas, desde la derecha a los grupos autonomistas y los grupos del orden. La expectativa mayor de que las asambleas reasumieran toda la soberanía disponible precisaba mayores especificaciones, porque en realidad ninguna institución estatal, sobre todo las instituciones vinculadas al orden, a la dimensión policial y militar de la sociedad y a la dimensión económica, incluso educativa, no fueron desmanteladas. Pero si se apartaba el Estado con sus tentáculos, con su funcionariado, sus proyectos, sus memorandos, su rutina y su burocracia, quedaba una gran conflagración entre las asambleas que absorbían toda la energía social y se convertían en instancias de decisión federativas, que junto con otras asambleas encaraban una suerte de movimiento de asambleas que prefiguraba una forma estatal, y eso precisamente, permitía imaginar que sobrevendría un enfrentamiento con las partes del Estado anterior destruido pero que sin embargo permanecía incluso en una actitud represiva. Eso no se dio de esa manera, si bien hubo escaramuzas y muertes, porque el Estado en forma balbuceante se reconstituyó.  Ahora, el gran dilema de la acción política es esa reconstitución que en algún plano de la convivencia era reclamada por el colectivo social. Por otro lado, existe otra pregunta: ? Si la reconstitución se hizo de una manera sensible a lo que fue esa gran resquebrajadura y a lo que fue ese proyecto del movimiento asambleario que proponía generar un nuevo tipo de sujeto político?. Esta pregunta puede responderse de una manera tímidamente adversa al ideal de una reconstrucción del Estado sensible al movimiento social. El Estado que estamos viendo en este momento es un Estado reconstituido sobre las líneas de la memoria estatal anterior, incluso de las memorias partidarias, de la relación partido–Estado del ciclo histórico anterior. En ese sentido, se puede decir que tenemos una gran distancia entre el modo con que se expresaron los movimientos sociales en el 2001 y el modo en que se reconstruyó el Estado a partir de los últimos dos años.

    El gran dilema de la clase política hoy es en qué plano adquiere el reconocimiento de aquellos acontecimientos tan turbadores y tan enigmáticos también, porque la consigna fundamental de aquellos acontecimientos ofrece toda clase de acechanzas a la interpretación. “Que se vayan todos” era tan subjetivo como abstracto. Entonces la relación del Estado con la memoria de la insurrección es una relación permanente. Todo Estado tiene la memoria de una insurrección fundadora, oscura, lejana en el tiempo, una revolución que se da pronto o no tan pronto en sus instituciones. Y en el caso de la Argentina, estos hechos del 2001 parecieran no haber ocurrido. Eso es lo que tienen de asombrosamente interesantes. Parecería que las voces que hablaban y las acciones que se desarrollaron en las asambleas, hoy no estuvieran sino en una suerte de memoria o de utopismo retrospectivo, con una incidencia o efecto nulo en la sociedad. Yo no pienso que eso sea así, y que es una tarea de la imaginación política actual la de detectar precisamente el filamento que une la situación actual con aquel momento tan decisivo. Las asambleas vacilaron de muchas maneras en el modo de construir su verdad. La primera vacilación era obvia> Cómo interpretar la memoria social anterior, es decir, los movimientos sociales que tuvieron también forma asamblearia pero que generaron instituciones permanentes. Primer problema: Este tipo de asambleísmo se convirtió él mismo en permanente y convertía a las asambleas en una suerte de aventura conceptual que tenía su contradicción a flor de piel, que era el estado de asamblea permanente. La segunda complexión, proveniente de ésta, era que el espíritu de transparencia democrática de las asambleas, es decir no cada hombre un voto, sino cada sílaba, cada frase, cada enunciado que era equivalente a la verdad, muy pronto se veía confrontado con personas que tenían un saber previo de las asambleas, es decir, un saber que implicaba cómo parar la discursividad, cómo originar la votación, cómo cerrar la lista de oradores, cómo hacer la moción de orden. Por lo tanto, subsistía el fantasma del viejo Estado sobre las asambleas,  con sus jerarquías, controles y secretos. De modo tal que en el espíritu asambleario convivían tanto la tradición libertaria como la tradición estadista. Esa contradicción estuvo también en las asambleas y de este modo se puede decir que el recuerdo de las asambleas es un recuerdo que debe ser poseedor de efectos sobre la realidad del presente. En mí, creo que actúa ese recuerdo. Al mismo tiempo, ese recuerdo no puede actuar como un despojamiento de aquello que también las asambleas poseían en cuanto a la auto-anulación de su propia potencialidad, puesto que los usos y rutinas asamblearias obtenidos a través de experiencias muy despojadas de creatividad a lo largo de toda la experiencia de los distintos grupos políticos, tampoco contribuía a hacer de las asambleas el lugar de la recreación del Estado y de la sociedad desde la nada y conviviendo con lo nuevo. Las asambleas no podían actuar desde la nada, como el primer día de la creación. Su fuerza era construir una gran utopía del primer día de la creación y al mismo tiempo explorar las dimensiones de la razón histórica y la memoria escondida de los pueblos. Todo esto interpretado desde los partidos que actuaban en las asambleas. El delicado equilibrio que se exigía se vio superado por los acontecimientos. El nombre que tenían los acontecimientos de aquí era la imprevisión de los grupos partidarios de imaginar que las asambleas podían ser simultáneamente el primer día de la creación y fuerzas anexas a la decisión partidaria tomada en los cuadros ya prefigurados de un partido. Esto no lo digo como una crítica doctrinaria. Me parece que es un dilema de todos los movimientos sociales del siglo XX, que nunca resolvieron de una manera satisfactoria. Como tampoco se resolvió el delicado equilibrio entre la fuerza empleadora de las asambleas, en un corte transversal en la historia, y la fuerza de la memoria social y partidaria, que sin duda son cortes longitudinales en la historia porque suponen instituciones permanentes.

En ese sentido, el Estado tenía que reaparecer inevitablemente y reapareció bajo una forma atenta a lo que fue el cántico de expulsión de los políticos institucionales. Quiso interrogar también ese grito, y al mismo tiempo sacó toda su batería de recursos conocidos. Es el Estado que estamos viendo hoy.

- Pero este Estado no llega a tender los lazos entre los reclamos o las aspiraciones de aquel movimiento surgido del 2001 y el desarrollo efectivo de políticas que repercutan en la sociedad. Se desarrolla una suerte de continuidad de la política económica liberal y no se resuelve el problema del Estado vinculado a la cultura, a la educación, a la superación de los problemas graves, como el del hambre a nivel nacional. Ahí observo la continuidad de la crisis y la ausencia del Estado justo, lo cual evita o imposibilita,  su necesaria refundación.

- Hegel imaginaba que la forma Estado era la forma final de la resolución del problema social. Por eso Hegel  habla de la pobreza, incluso del imperialismo, y también anuncia la miseria, es decir, la incapacidad del Estado de absorber todos los que son sus intentos de resolver la sobrevivencia social sin dejar de generar exclusiones y ámbitos de irracionalidad e impotencia. La teoría de Estado de Hegel intenta pensar esta situación y por eso deja abierta las puertas a la idea de proletariado de Marx. Ahora, todo Estado está obligado a pensar, bajo esa relación de la teoría básica del Estado que aún tiene vigencia, de qué modo puede aminorar la distancia entre aquello que puede resolver y simultáneamente lo que crea de excepcionalidad alrededor de lo que puede resolver. Es decir resuelve ciertas situaciones y automáticamente las resuelve en términos de injusticia, trabaja para los que más tienen, acepta dadivosamente convertirse en una fórmula administrativa de los sectores económicos más poderosos, está entrelazado con la reproducción de la economía con sus formas de dominio más ostensibles, establece una serie de puentes explícitos y clandestinos entre el poder económico y el poder político. Todo eso el Estado lo hace cumpliendo un poco con su maldita fatalidad de tener ciertas relaciones con la vida social y productiva y al mismo tiempo anular todo aquello que pueda convertirse en acontecimientos de justicia, es decir, resolver precisamente los baches que se producen por el hecho de que el Estado protege con su provisión de orden ciertas actividades en otras. Entonces surge la idea de que debería haber otro Estado, o un Estado equitativo, con lo cual se generaría un problema que han sufrido en carne viva los movimientos populistas de América Latina. Esa situación forma parte de una discusión que así como trato de enunciarla no es fácil de darse, o no tiene por qué darse de esa manera. Pero sospecharla o intuirla es necesario. En ese sentido la idea del Estado de las izquierdas que actúan en el mundo es una idea heredera de la condena del Estado en relación a que sólo suple necesidades de los sectores que cubre o protege, sectores que definen previamente qué es la propiedad para después elegir el funcionariado del Estado que debe custodiarla o, en todo caso, dentro de las mismas tradiciones de la izquierda, la idea del famoso escrito de Lenin, de 1917, de definición del Estado, donde se plantea el problema de quién reasume esa institucionalidad. Es sabido que en la Unión Soviética ese problema no fue resuelto. O en las derivaciones anarquistas que presuponen no pensar la sociedad como un lugar donde se ejercen las fuerzas productivas, sino donde se ejercen las relaciones de humillación, de vasallaje, de jerarquía o de opresión. Esas corrientes ideológicas están presentes en los movimientos del 2001, en el peronismo, en Kirchner, en Duhalde, aunque no están declaradas, y el peronismo carga cada discusión, si bien en su versión más canónica, que es lo que hoy estamos viviendo en la Argentina, y que presupondría un Estado actuante capaz de evidenciar su poder equilibrador. Bueno, esa idea del Estado con capacidad de arbitro, y esto es de contrapeso en beneficio de los más perjudicados, da la impresión de que también es una forma del Estado desmerecida por los acontecimientos, pero de hecho es la que está presente en los discursos de Kirchner cuando dice: “No vamos a permitir que se aumente el agua”. Hay cierta idea de que el Estado reconstituido supone una defensa primero de la sociedad, segundo de los sectores más desfavorecidos, y tercero, y esto en un plano estrictamente astuto, de diálogo privilegiado con los sectores poseedores de la fuerza productiva, de la decisión sobre flujos financieros. Todo esto forma parte de intenciones del gobierno, no forma parte de una discusión más de fondo, entre otras cosas porque no se sabe cuál es el Estado que gobierna el mundo. Como es fácil imaginar que hay corporaciones políticas y económicas que de tanto en tanto coordinan sus esfuerzos, digamos Grupo de los Siete o Consenso de Washington, es necesario pensar, a la altura de las discusiones actuales, cuáles son los poderes mundiales que realmente son efectivos, que son los poderes de la técnica aliados con los de la producción de bienes muy sofisticados, son bienes de consumo y al mismo tiempo son bienes culturales vinculados a una revolución técnica muy evidente también, y que constituyen bienes comunicacionales que aparecen como una nueva fuerza productiva. El Estado es un Estado mundial que se acoge a todas esas nuevas formas de circulación de hechos y circulación de discursos, o los viejos Estados nacionales aún tienen el privilegio de ser sujetos vivos de la historia. La actual situación argentina hace pensar que los gobernantes actuales optan por esta segunda opción, que es la más sensata porque, por un lado, vienen de una tradición política de relación armónica entre el Estado y la sociedad, que conforma una utopía interesante a condición de que se la convierta en un objeto inhallable o en un objeto problemático; ese equilibrio no se puede constituir en términos de comunidad organizada. Por otro lado, la situación actual del mundo, más allá del legado político del actual gobierno, también aconseja tener una forma estatal adecuada puesto que hacia ella se dirige toda la interlocución  mundial. Bueno, da la impresión que eso la Argentina no lo ha conseguido, da la impresión que también la posibilidad de conseguirlo tiene que ver con un esfuerzo por descifrar los hechos del 2001, que ahora con los acontecimientos de Cromañón también adquieren otra luz y suponen una nueva interrogación, es decir, dónde estaba el Estado. Esa pregunta es una pregunta profunda en relación a los acontecimientos de Cromañón, y más profunda ha de ser si se la despliega de una manera atinada, no buscando la satisfacción inmediata de lo que es también una tragedia. Como es una tragedia, y el Estado debe pensar la tragedia, tiene una dimensión importante de tragedia y eso supone los hechos contingentes de la historia, por lo tanto el Estado tiene que tener su dimensión contingencial, es decir los hechos que pudiendo no ocurrir ocurrieron arrasando muchas vidas y en ese sentido eso obliga a la prudencia en la denominación del culpable, a la prudencia en la denominación de cómo el Estado debe asumir sus culpas. A mí me da la impresión de que todos esos temas son temas que el gobierno actual los deja pasar con demasiada rapidez puesto que, imbuido de la premura con la cual hay que resolver las cuestiones de la deuda externa y otras, desatiende una discusión más de fondo sobre los conceptos políticos de este momento histórico. A mi juicio no hay que desatender esta discusión  porque se generan después errores inevitables y que de ninguna manera es incompatible con el uso de cierto cuidado práctico por el horizonte que hay que atender respecto a la deuda externa. Antes dije astucia. No se puede gobernar un país meramente con la astucia. La astucia tiene que ser espontánea y tiene que ser un elemento que se presente más bien de manera inevitable. Cuando se produce una ontología de la astucia, cuando el ser político actúa en nombre de lo que se auto-proclama como astucia, entonces se producen ahí inconvenientes: se deteriora la vida política, se define el sujeto político como un sujeto calculador en relación a la emotividad que invierte y los resultados que espera, y se convive con una conciencia pura respecto a la definición de viejos enemigos con los que hay que estar en una situación amistosa. Es decir, la conciencia política va perdiendo su energía interna si se es meramente astuto. Por eso la reconstrucción del Estado no ha de hacerse con astucia, no ha de hacerse meramente bajo la razón astuta que es:escuchemos el 2001 de una manera superficial pero hagamos el viejo Estado conocido, con su corte de asesores, su corte de peritos y de autores de resolución, con funcionarios a los que hay que recordarles que emanan de la sociedad. No hagamos ese Estado sensible, hagamos el Estado conocido, seamos astutos. Bueno, eso me temo también, está muy presente en el modo en que hoy se percibe el Estado. El Estado tiene que aparecer siempre escuchando lo que ha dicho la sociedad argentina y lo que sigue diciendo en términos de un reclamo de justicia que se dirige al Estado, lo cual es un hecho gigantesco puesto que el incendio de un local bailable podría resolverse con instancias muy intermediarias, con todas las mediatizaciones que la vieja teoría estatal imaginó, pero ahora no hay más mediatizaciones. Un episodio de la vida popular juvenil y danzante, que es el modo en que los chicos van a bailar un sábado a la noche, se convierte en una cuestión de Estado de inmediato. Esa enorme brusquedad está originada en el hecho de que la sociedad argentina todavía no está pensando, y no sabe pensar como no sea bajo una forma de astucia, una relación liberada e imaginativa entre el Estado y la sociedad.

- Ud. no cree que precisamente la certidumbre de que el concepto mismo de representación, como derecho adquirido y asegurado, a pesar de una sucesión de crisis favorece justamente el clima de una teoría de cierto estado de caos permanente?

- La reconstrucción de la representación, que a mí me parece necesaria, no tiene vías prefijadas para ser pensada y rehecha, porque la representación clásica del aparato estatal anterior no ha sido sometida a una crítica colectiva. La forma en que se reconstituyo es, evidentemente, parecida a la anterior, o sea, son representaciones emanadas de cierto juego de auscultación de la voluntad popular periódica por los mecanismos conocidos. Evidentemente esto no está hoy en condiciones de satisfacer una representación justa. Pero no lo veo como un achicamiento de la voluntad popular sino como una auto-interrogación de la voluntad popular o de la voluntad de un tejido de actualidad. Evidentemente son formas de interrogación que la representación significa. No es posible una representación que no tenga fallas porque esa interrogación supone, precisamente la capacidad de desprender de sí misma un conjunto de interrogaciones subsiguientes. Pero en este momento la representación está en juego por la vía partidaria, por la vía electoral común, no está permitiendo esa interrogación que se desdobla en interrogaciones posteriores, respecto a cómo el sistema político o las formas de la política van adquiriendo cierta plasticidad. Pues bien ese tipo de representación está petrificada y no permite esas auto- interrogaciones. Digamos, los partidos políticos consultando a una población que por el mero hecho de ser consultada de esa manera, a través del sistema de consultas que incluye las encuestas, la publicidad, el dominio de los medios de masas, de alguna manera obtienen lo mismo que pusieron ahí. De modo que lo que hay que reconstruir son los estratos de la reflexión comunitaria, que tienen formas de novedad, necesarias y tienen también anclajes en memorias anteriores. En este momento lo que se consulta es aquello que se presupone que ha estado desde siempre ahí, que son las formas más graníticas del legado cultural y popular argentino. Ahora este legado, que hay que respetar indudablemente, no es un legado de fuerzas culturales que llevan nombres eventuales, incluso peronismo y radicalismo son nombres eventuales, que hay que respetar, pero la actitud es de respeto aunque también de interrogación. Por lo tanto cuando se los interroga tiene que ser una auto-interrogación que se abra a la novedad, es decir que no espere encontrar siempre lo mismo. Un Estado que pueda pensar eso, es un Estado con mucho dinamismo interno, no es el Estado que conocemos, porque es un Estado que está cruzado por luchas territoriales, por imposiciones de grupos que controlan parte del presupuesto, que no necesariamente son mafias, pero son grupos que tienen una actividad anterior en el Estado y tienen una memoria de captación de recursos existentes en el propio Estado, y por lo tanto actúan en términos de una justicia primitiva e inmediata que es la menos vinculada a la relación del Estado con una sociedad que al interrogarlo lo hace diferente a su punto de partida, que con un Estado siempre inmodificable donde se destinan ciertos recursos hacia fuera del Estado y los demás se los capta para reproducir la mismidad, es decir la forma del Estado conocida, no necesariamente represiva, pero sí la forma virtualista, por no decir burocrática, que tiene el Estado y que forma parte de una gran disconformidad popular. Ahora bien, las formas no ritualistas de Estado casi siempre están en las grandes corporaciones privadas, en las grandes formas del capitalismo, que son formas estatales mucho más movedizas porque reproducen la decisión de una manera muy cercana a la enorme movilidad que tienen las fuerzas financieras y productivas. Por eso tampoco los Estados nacionales, en lo que quede de la relación Sociedad- Estado y Nación, deben reproducir necesariamente la forma estatal corporativa de una Toyota, o de una General Motors que son formas estatales muy dinámicas, y casi inaprensibles y de alguna manera invisibles, aunque son formas de Estado que anexan también, por sí mismas ciertas partes del estado nacional desvencijado, puesto que también son instrumento de captación de los recursos del Estado nacional o de captación de su enclenque fuerza jurídica. Por eso el Estado tiene que tener una juricidad reconstruida, tiene que tener un espíritu público reconstruido y tiene que tener una condición laboral productiva reconstruida también. Esas tres dimensiones reúnen buena parte de lo que se debería pensar en términos de acción política y de ideología política.

- Ante el caso Cromañón, por ejemplo, cuál es la repuesta de un sistema que sigue funcionando bajo las tradicionales formas de hacer política?

- Yo me enteré que Cromañón era una cuestión de Estado, cuando apareció la evidencia terrorífica de los cuerpos sobre el pavimento de la calle Bartolomé Mitre, pero antes no era una cuestión de Estado. Entonces, la cuestión Cromañón para mí, tiene que ver con la capacidad de relacionar ese antes y ese después. No puede ser siempre una cuestión de Estado, pero al mismo tiempo existe una responsabilidad del estado. Ahora ya sabemos que la hay, pero no lo sabíamos hasta ese momento porque quién se iba a imaginar que eso iba a ocurrir de esa manera; la coima a los inspectores, los matafuegos vencidos, las salidas de emergencia clausuradas dan la impresión de que fueron hechos que se acumularon de una manera trágica, es decir a través de una acumulación que los contemporáneos ven como casual aunque la tragedia tiene una misteriosa causalidad. Entonces cuando eso estalla no podemos imaginar que nuestra voz tiene que ser sólo aquella que piense por qué el Estado no estuvo ahí, porque el Estado, efectivamente, no ha estado para nosotros en un momento anterior. Esto es una salida fácil. Entonces para que la salida no sea fácil es necesario imaginar los grados de libertad que tiene ese acontecimiento tan horroroso, los grados de tragedia clásica que tiene el acontecimiento que deja tantos cuerpos sobre la calle, porque si no imaginamos ese profundo dolor y los cambios de lenguaje que derivan del hecho, no podemos reconstituir una justicia que se dirija también al Estado y lo reformulé. Por eso ciertas interpretaciones políticas: “Los mató la corrupción”, “Los mató el capitalismo”, más allá de que tienen un grado de veracidad, van a tenerlo menos en la medida en que no se construyan las mediaciones adecuadas. Y hay mediaciones de lenguaje también. Por eso los chicos que están hablando, los sobrevivientes, dicen cosas tan interesantes, porque por primera vez aparece el idioma popular juvenil, que es un idioma inventado por las ciudades, un idioma sumario, lleno de elipsis, de equívocos, de presupuestos, de fuerza tácita, donde hay mucho del idioma de los medios de comunicación y mucho de un idioma contra-educativo, un idioma de la interpelación a cargo del chabón, del loco, del hermano, que junta jergas antiguas con jergas del idioma computacional, y al mismo tiempo sigue grupos de rock cuyas poéticas no son las mejores elaboradas, pero que a través de ellos se vislumbra cierta utopía juvenilista; esto es, los chicos que relatan en esta media lengua resquebrajada una experiencia trágica que demuestra que los recursos muy depurados que posee esta lengua, depurados y elementales también, - lo elemental no necesariamente está vacío de posibilidades expresivas -, digo, este idioma elemental y sinóptico reveló, en contacto con la tragedia y con los medios de comunicación, que adquiere una dimensión de auto-interrogación. Esto se ve a través de los chicos que hablaron y no precisamente del modo en que hablan las organizaciones políticas que ya sabían que iba a ocurrir eso, que ya sabían que la corrupción iba a ofrecer una puerta clausurada y una bengala prendida. Si se sabía todo, la historia tiene un eslabonamiento causalista que la haría insoportable, precisamente porque hay esos grados de libertad que se pueden llamar también grados de producción de silencio y de huecos en el sistema de la vida, porque si no sería imposible vivir. Comprendiendo esto y el profundo dolor que eso causa en relación a las muertes que hubo, estas muertes  pueden llamarse asesinatos, pero son asesinatos donde las manos del asesino no pueden verse en el que tiró la bengala, en el que fabricó la media-sombra y ni siquiera pueden verse en ningún otro elemento que se presente como tan directo porque sería sospechable que ahí no están las manos del asesino. El asesino hay que construirlo como una figura social para el ejercicio de una justicia que ahí si tiene que investigar entre los funcionarios del caso, en la cadena de responsabilidades, como se dice habitualmente, aunque esta expresión suena demasiado jurídica, demasiado premasticada, demasiado ligada al lenguaje picapleitos de la política. Es el lenguaje de quien tiene memorizado los versículos de los códigos que correspondan. Tampoco eso me conforma. La forma de justicia tiene que ser otra, hay que inventarla en relación a cómo se movió la sociedad argentina en los últimos diez años y que ofrece a esta pobre institucionalidad estatal. Por eso, nuevamente, la astucia no sirve.

-¿Cuál es su opinión sobre la reacción del Presidente ante la tragedia ocurrida?

-Yo considero al presidente como un hombre sensible, un hombre abierto a estos problemas, lo considero como a alguien con quién sería posible discutir esto. Por eso me preocupó que haya tardado en venir y pronunciarse sobre el caso. Lo veo como un político vinculado a una carrera política hecha en los términos conocidos anteriores con fuerte disposición a releer la sociedad argentina. Esto que por un lado podría ser un motivo apreciable, por otro lado no debe estar sometido a la sospecha de que se emplean mecanismos de astucia, es decir, dónde me conviene estar, que correlación de fuerzas previamente leo, cómo me posiciono. Estas son las cosas que yo le diría al presidente, que es una figura que me interesa, que me siga interesando, que lo veo atrapado por muchas fuerzas de todo tipo, mundiales, nacionales, que muchas veces inhiben de decir las palabras más agudas sobre el momento histórico que vive la humanidad y otras veces no lo inhiben y las dice de una manera explícita, enfática: “ Minga vamos a aumentar el agua”. Soy sensible hacia esas formas, me gustan, hay una red popular que hay que preservar pero al mismo tiempo en ese “minga” hay una solución del lenguaje que tiene que convivir con otras; minga me parece simpático pero ese “minga” no tiene que convivir con formas de rechazo a la construcción de poderes mundiales bastante más explícita y que no tienen que ser del diccionario de las palabras políticas conocidas. Para que surjan otros diccionarios hay que abrir una discusión plebiscitaria del lenguaje, es decir, a través de lo que a diario emana de las fuerzas políticas, y lamentablemente en este momento las fuerzas políticas hablan en relación a las tensiones previas que constituyen un lenguaje que por fuerza va a ser bastante encubridor y astuto. No niego la astucia, que sería negar a Homero y la gran tradición occidental de la literatura, y sería negar el psicoanálisis y sería negar también buena parte de las estéticas literarias de los últimos siglos, incluso a los grandes textos de Maquiavelo, pero lo que yo propongo es que lo necesario de astucia que debe tener la política debe ser también acompañado por un cierto sentimiento que refleja bien una frase de Nietzche: “Di tu palabra y rómpete”. Esta frase, que aparecía en la revista Grillo de Papel, es una suerte de tragedia del hablar, de tragedia de la convicción. Es muy difícil vivir así y no creo que la política deba ser necesariamente así. Pero ante el dominio de las formas y el procedimiento meramente astuto es necesario tener la convicción de que es posible decir una palabra que sea como un trueno que repentinamente ilumine un espacio, y después soportar las consecuencias.

Por Conrado Yasenza

Buenos Aires, Enero 2005


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