Año IV - número 16 - Marzo 2005
Buenos Aires - Argentina
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Número 16
Marzo de 2005
Editorial
* Regreso triunfal de Torquemada. Por Conrado Yasenza
Entrevistas
* Andrés Rivera.
Por Marcelo Luna
* Horacio González.
Por Conrado
Yasenza
El Damero
* La culpa de los Inocentes.
Por Alfredo Grande
* Qué hacemos con el culo del hombre.
Por Marcelo Benítez
* Lógicas de la muerte.
Por Claudio Barbará
Ajo y Limones
* Una reunión profética.
Por Rubén Fernández Lisso
* Todo lo humano me es ajeno.
Por Rubén Fernández Lisso
Zona literaria y misceláneas
* La Nueva Canción Chilena: La banda sonora de la Revolución.
Por José Ignacio Silva
* La Metáfora Viral en William Burroughs. Postmodernidad, compulsión y Literatura conspirativa.
Por Prof. Adolfo Vásquez Rocca
Cuentos
* Cuentos breves e inéditos de Juan José Hernández
* Cuentos de Carola Chaparro
Poesía
* Selección de Poemas de Miguel Ángel Bustos.
Por Conrado Yasenza.
* Selección de Poemas de Emiliano Bustos (Hijo de M A).
Por Amalia Gieschen.
* Poemas de Sara Rosenberg
El Ojo Plástico
* Reflexiones en torno a la muestra Retrospectiva 1954-2004. Entrevista a León Ferrari.
Por Conrado Yasenza
* Fotografías de Sara Rosenberg
Libros
* La ciudad de los sueños. Narrativa Completa. de Juan José Hernández.
Por Conrado Yasenza
* Sombras nada más. de Vicente Zito Lema.
Por Conrado Yasenza
* El pensamiento alternativo en la Argentina del siglo XX.
por Marcelo Luna
* PALABRA VIVA. Textos de escritoras y escritores desaparecidos y víctimas del terrorismo de Estado. Argentina 1974-1983.
SEA - Sociedad de Escritores y Escritoras Argentinos.
Teatro
* "Miopes. Nadie leyó la letra chica del contrato" de Alfredo Grande.
Por Marcelo Benítez
 

Entrevistas

Andrés Rivera

Del impulso interior a la escritura

Por Marcelo Luna


Lecturas de adicción

El hombre se asomó al final del pasillo. Una tenue claridad recortaba su figura en la entrada de su departamento, una mano apoyada en la pared, esperándome. De cerca, Andrés Rivera tiene rasgos definidos en su cara: pocas arrugas, poco pelo, ojos claros. Los pliegues laterales de sus labios parecen cruzarse, hacia arriba, en la unión de las cejas, cada vez que enciende un cigarrillo. Definen así una imagen singular: la del hombre pensando y pensándose.

En el departamento hay una mesa con varios libros apilados -leídos, la mayoría-, un cuaderno "Arte" donde escribe manualmente en tinta negra, y una navaja abierta. Rivera genera pausas, impensadamente, durante la tarea de encender un cigarrillo tras otro. El recorder registra entonces los chispazos fallidos, mientras ahueca una mano sobre un encendedor de bencina. Se toma su tiempo. Despacio. Listo. Click. Luego, el ademán amplio, el humo contenido en los pulmones y Rivera que apoya los brazos en la mesa, perfilando la mirada hacia la ventana. Primer bocanada de humo. Primeras palabras del escritor adicto a las lecturas.

Habría que remontarse a medio siglo, o acaso más, para recordar mis primeras lecturas. Siendo chico existía una editorial que se llamaba Thor. De allí leí "Los Miserables" de Víctor Hugo: Jean Valjean, la tenaz persecución del inspector Javert, la prisión del primero, la manera en que luego obtiene la libertad, y cómo se convierte en un hombre poderoso a partir de adquirir fortuna. Con el tiempo me dí cuenta que eso daba razón a Carlos Marx, cuando decía que el dinero era el fetiche de la sociedad burguesa. Esa fue, para mí, una lectura ejemplar. Después, todo fue muy arbitrario como en cualquier aprendizaje de lectura. Pero hubo una mezcla entre los clásicos rusos, Turgueniev aparte (León Tolstoi, los cuentos de Anton Chéjov, "La Madre" de Máximo Gorki) y, luego, de la literatura norteamericana: de Mark Twain a Ernest Hemingway. Esa literatura ejerció sobre mí, durante muchísimo tiempo, una excepcional influencia, en particular William Faulkner. Por cierto que también ví en cine aquel cuento, tal vez el más difundido de Hemingway, "Los asesinos", donde trabajaba Burt Lancaster. La literatura y el cine son placeres predilectos para mí. Hasta que, creo, encontré mi propio tono en la escritura. Es decir, seguí leyendo a los norteamericanos -de los rusos conocemos muy poco, al menos yo-. Dashiell Hammett me parece un escritor notable, por ejemplo, al igual que Raymond Chandler. ¿Cómo accedí a esas lecturas? Simplemente porque soy tan adicto a ellas como otros lo son a las drogas: en forma creciente e ininterrumpida. Leer es un placer similar al orgasmo.

Rivera sonríe, con aire distendido. Es pausado para hablar. Su voz tiene una entonacón grave, y trata las palabras con un cuidado similar al de su escritura, en especial para cerrar sus impresiones sobre un tema.

Hay una frase muy sabia de Borges al respecto. Decía que leer a los otros da más placer que escribir.

No vinieron de su familia las primeras lecturas, sino que fue haciéndose un lector autodidacta, con inquetud curiosa. No por casualidad aquellas primeras novelas sociales dejarían fuertes señales en la obra de este escritor, que supo ser obrero cuando en nuestro país proliferaban las fábricas, durante los "Planes Quinquenales" de Perón. Desde allí Rivera también nos acerca otros planos, parciales, incompletos, de su retrato como lector.

Tengo también algunas vivencias muy agradables como lector cuando era obrero textil en Villa Lynch. Tenía tres turnos la fábrica: de cinco a trece, de trece a veintiuna y de veintiuna a cinco. Una semana cada turno. Cuando me tocaba el turno noche podía leer, en ausencia del capataz, con mucha tranquilidad mientras atendía los dos telares que me estaban destinados. Compartía un matecocido con mis compañeros de fábrica, y terminaba las 8 horas de trabajo con 40 o 50 páginas de lectura. Es decir, era obrero y lector en aquel horario. Hoy, de aquellos autores, sólo releo fragmentos. Uno no se lee una biblioteca entera, entonces ¿cómo hace? Siempre digo que no soy creyente y, como lector, tengo un sólo pecado: no haber aprendido inglés. No leer a Shakespeare en el original, o a Walt Whitman, es mi pecado.

Rivera de bolsillo

Andrés Rivera ha construido, como pocos, una literatura de ficción y una manera singular de acceder a nuestro pasado. Su narrativa condensa, magistralmente, profundidad histórica con una muy atractiva concisión para concebir ficciones en torno a personajes como Juan José Castelli, Juan Manuel de Rosas y José María Paz; tres de los más célebres que ha creado su pluma. Ha captado así la atención de muchos lectores, de distintas generaciones, y su obra ha tenido también reconocimiento, en especial a través del Premio Nacional de Literatura otorgado en 1992, luego del éxito editorial de "La revolución es un sueño eterno", libro que mereció trece reimpresiones del sello Alfaguara. Aquí, algunas notas de su oficio como escritor.

Yo escribo para darme placer. Cuando ese placer desaparezca leeré a los otros con mucha más intensidad que ahora. En el tema de la creación, allí, una vez más, Faulkner. Él supo decir que cuando nace una historia se crea un impulso interior. Entonces si una «madre» se interpone entre esa historia y uno, hay que matar a la «madre». Es una metáfora, claro.

Rivera escribe a mano en cuadernos, y puede decirse que mantiene un método propio a la hora de escribir, una arquitectura personal de su pulsión creadora.

Son cuatro o cinco horas las que yo trabajo. Normalmente lo hago de mañana, cuando mis escasas neuronas están frescas. Y atiendo a una recomendación de Hemingway: cuando esas cuatro o cinco horas de trabajo están por finalizar, dejo iniciada una frase. Al día siguiente releo lo que escribí, corrijo y retomo esa frase que había iniciado. A veces puedo escribir tres o cuatro páginas de un cuaderno como ése -y señala un cuaderno «Arte»-; en otras, me quedo en esa página. Después, toda corrección es provisoria. Siempre. La revolución es un sueño eterno, hoy yo no la escribiría así. Corregiría ese texto. Porque tiene que ver con ese impulso interior, y con el momento que vive el que escribe. El momento político, social e ideológico.

Acerca del oficio de escribir distintos autores confesaron sus percepciones. Roberto Juarroz pensaba que los libros que uno escribe no se terminan, sino que se abandonan. Jorge Luis Borges, por su parte, enviaba sus textos a la imprenta para no condenarse a reescribirlos. Para él cada escritor, en realidad, escribe un único libro a lo largo de su vida, cuyas partes envía a las editoriales. Eduardo Galeano comparó su tarea de escribir con la de un terrateniente que se conforma con lo mínimo indispensable: una chacrita. Para Julio Cortázar, la escritura era un campo de juego. En Rivera un impulso interior anima a su mano a romper la quietud de la hoja en blanco.

Yo necesito para escribir un libro, además de ese impulso interior fundamental, tres elementos: el título, las primeras diez líneas y el final. El resto "llena el sandwich". El oficio de escritor es el más solitario del mundo. No es la fábrica que yo frecuenté, donde las decisiones se tomaban por unanimidad o por mayoría pero eran, en definitiva, colectivas. Aquí usted es el que decide. Y eso tiene que ver con cuánto usted aprendió y sigue aprendiendo de este oficio. Es decir, no importa cuánta lectura haya hecho. Siempre uno es aprendiz.

Andrés Rivera suele utilizar la primer persona del singular cuando recrea a figuras de nuestra historia. Define sus obras como ficciones, sin tentarse demasiado en los tejidos cronológicos que suelen ubicar a esos personajes en el estático calabozo del pasado.

No siempre mis ficciones tienen un contexto histórico definido. El hecho que uno sitúe la acción cien, cientocincuenta o doscientos años atrás, con algún protagonista que sea más o menos familiar a la sociedad argentina - Castelli, Rosas, Paz - no implica que sean novelas históricas. Ni el Castelli de La revolución..., ni el Juan Manuel de Rosas, protagonista de El farmer, durante el exilio en Inglaterra, ni El amigo de Baudelaire, que tiene que ver con los años de la generación del '80, son novelas históricas. Son personajes de ficción. Nunca investigué. Usted sabe tanto de Castelli como yo, o como cualquier chico de la escuela primaria o secundaria. ¿Qué se sabe de Castelli? Que fue miembro de la Primera Junta, y que fue enviado con el ejército que marchó al Alto Perú. Punto. De Rosas se sabe mucho más. De Paz, que derrotó a Quiroga en las batallas de La Tablada y Oncativo. Y así. Lo que disparó La revolución es un sueño eterno fue el hecho de que Castelli, a quien se llamó el "Orador de la Revolución", tenía un cáncer en la lengua. Consulté 22 libros de historia en ese entonces. No leí todos, sino aquellos fragmentos que aludían a Castelli. Y no me aportaron absolutamente nada. A partir de ese dato no volví a tocar libro alguno cuando se trataba de personajes que son más o menos conocidos por la sociedad argentina.

Similar actitud mantiene Rivera en los relatos eróticos que enriquecen las búsquedas de esos personajes de ficción. ¿Son esos pasajes accesos humanistas a las figuras que trata, o una manera de desacartonarlas? Rivera no se inclina a respuestas maniqueas, y toma otro cigarrillo. Pregunta, antes de encenderlo: "¿y qué quiere decir humanista?" Escucha una respuesta, deja escapar el humo por la boca, y reflexiona:

Veamos... Se sabe de Juan Manuel de Rosas que tuvo una mujer a su servicio, no una amante, que se llamó -creo- María Eugenia. Debía tener muchas más en tanto representante de los grandes hacendados bonaerenses. Y no me parece que el Rosas que conocemos desplegara su erotismo con nadie. Su erotismo estaba en los archivos, en su apego a la minuciosidad, en tomar nota sobre cómo opinaban las clases bajas y, en particular, los apellidos más encumbrados de la sociedad porteña. O sea, encontré lo erótico por esos detalles. Por ejemplo. Un personaje tan detestable como Hitler, que tenía una amante, Eva Braun, ¿cómo se lo imagina así? ¿Qué tipo de erotismo podía tener? Bueno, eso tiene que ver con la ficción. Y hay personajes, como Castelli, con quien tengo una relación de simpatía política, ideológica y humana, que tienen que resultar verosímil para usted, lector. Y eso demanda un trabajo redoblado.

Política puerca

Me parece detestable la palabra «progre». Yo no soy un «progre». Aparte, ¿qué quiere decir «Progreso» en esta sociedad? Que usted no está excluido, que no es desocupado, que está entre los incluidos porque así lo decidió esta sociedad, e integrar la legión de los consumistas. Hoy la palabra «progre» es abominable. Porque ¿qué va a llevar a alguien intentar cambiar esta sociedad si tiene un techo, tres comidas diarias, un auto y vacaciones? Eso no implica que sean los pobres, los desocupados y los excluidos quienes vayan a cambiar esta sociedad.

Agudo y reflexivo, Andrés Rivera lanza impresiones como quien busca descubrir los rostros de lo miserable tras el velo del poder, y no asustarse por eso. Sabe que la política es una historia de traiciones. Historia a secas. Y humana.

El peronismo es una piedra que pesa sobre este país desde 1945. Una lápida que no ha sido destruida política ni ideológicamente. De un modo u otro la sociedad argentina vive sometida a los cambios de humor del peronismo, que administra el país. Los radicales están muertos, o sea, se han traicionado así mismos continuamente. ¿Sinó cómo se explica el suicidio de Leandro Alem? ¿O que alguien que escribió «Petróleo y Política», como Arturo Frondizi, haya entregado el petróleo argentino? Y eso que hoy no faltan quienes evocan a Frondizi como uno de los capitanes del desarrollo industrial. Así, los dos grandes partidos burgueses de este país terminan siempre por aliarse. El Pacto de Olivos es un ejemplo. El encuentro de Perón y Balbín, otro.

Junto al escenario previsible que nuestra política puerca enseña a través de los figurones de turno, Rivera también ojea otras manifestaciones. Algunas cristalizadas en fenómeno político como el movimiento piquetero, y otras con destino incierto. A fin de cuentas, para quien suele escribir sobre momentos del pasado argentino, examinar con minuciosidad las expresiones del aquí y ahora significa generar preguntas, otras explicaciones, miradas.

Los piqueteros nacieron espontáneamente; hoy están organizados. No está bien ni mal. Hay piqueteros oficialistas y otros que no lo son. Ahora, ¿a quién sirve Raúl Castells? ¿Quién paga sus giras? Los jóvenes que concurrieron esa noche trágica a República de Cromanón expulsaron a la mujer de Castells cuando quiso plegarse a ellos. Expulsaron a ese otro personaje que es Juan Carlos Blumberg. ¿Qué pasa con esos jóvenes? Detestan la política. Y estoy de acuerdo. Aunque no lo digan con estas palabras, lo que detestan es la política que conocen, la ejercida por esos grandes partidos burgueses. Y no tienen alternativa. Las asambleas barriales se han diluído pues tenían objetivos de muy corto plazo. Si se cumplían, aunque sea a medias, ¿para qué concurrir? ¿O para qué seguir reunidos por las cosas del otro barrio? Es la problemática del Otro: no formar un Nosotros, sino lo nuestro y el resto.

Puntos

Afuera, una tórrida tarde de enero. Adentro, una brisa ingresa por la ventana, y el humo del cigarrillo que recorre la sala. Circula por los anaqueles con libros, donde hay una biografía de Juan Perón, un colección de la CEPAL, y un libro de conversaciones de Samuel Blixxen, entre muchos otros. Pequeños adornos y una vasija portapipas separan las pilas. Finalmente, el aire de afuera hace agitar una amarillenta historieta de Aldo Rivero: retrata a dos figuras humanas, de frente y a la par, una vestida con mameluco y gorra de operario, la otra de lentes, camisa y corbata. "Obrero" consigna el primer dibujo, y el siguiente "Sindicalista". En el sector opuesto hay una lámina enmarcada de "El Cuarto Poder" de Gustave Courbet.

Rivera suele ser enfático en sus apreciaciones. Posee el cuidado de quien procesa las ideas, los conceptos, sin exponer vocablos que estén de más. Respeta a la oreja que aguarda aquellas palabras que la merecen.

Prefiero no hablar sobre "rol del intelectual". El que escribe tiene dedicarse a su escritura. Ahora, un escritor no puede -así se lo proponga- ser ajeno a lo que ocurre en el mundo que lo rodea. Esa no-ajenidad va a influir de un modo u otro en su obra. Lo circunscribo al escritor de ficción, claro. Después está la cuestión de aceptar cargos. En un primer análisis debo decir que Horacio González en la Biblioteca Nacional, junto a Elvio Vitale, aseguran una gestión inteligente. Y seguramente honrada. José Pablo Feinmann, que tiene una escritura que puede captar el interés del lector, particularmente cuando encara temas de orden político, no me animaría a decir que sea kirchnerista. De tener esa simpatía no se trasluce, pues sigue teniendo una escritura de sentido crítico.

Al momento de esta entrevista, Norberto Galasso y Andrés Rivera sostienen un debate personal, que la publicación "Sudestada" ha venido atendiendo puntualmente. Esa discusión consiste en las visiones antitéticas que ambos escritores tienen en torno al peronismo, fenómeno central de la historia reciente argentina. "Un verdadero escritor no puede ser peronista" fue la afirmación de Rivera que motivó una carta de Galasso. Éste anotó que Rivera estaba equivocado, pues "no puede desconocer las luchas de su pueblo" y, además, objetó el final de la célebre obra La revolución es un sueño eterno. Todo ello generó una respuesta escrita por el autor de El farmer bajo el título "La Izquierda Nacional tiene el escriba que se merece". El pulso que anima a esos textos no son preguntas, sino verdades, es decir, miradas, recortes e interpretaciones del pasado. Ponen el cuerpo a las ideas. Una controversia abierta y profunda, como las heridas de nuestra historia.

¿Qué impresión me causa esta polémica con Galasso? Pena... Siempre tuve en claro que yo no iba a defender los libros que publicaba. Esa podía ser una razón para polemizar, pero la considero "pequeña". Es insignificante, y sólo sirve para que uno se acaricie el ego. La discusión con Galasso es de orden político e ideológico, en la que tanto él como yo representamos puntos de vista, de abordaje, de ciertos momentos de nuestra historia reciente.

Contrapuntos

Durante el 2001, en una ponencia que integra el ejemplar Un golpe a los libros (editorial Eudeba, Buenos Aires), Rivera expresó: "La primer revolución perfecta, la más burguesa, y acabada, y ejemplar fue - en la opinión de Lenin - la francesa, la de la emblemática caída de La Bastilla. Esa revolución se forjó en la biblioteca de Juan Jacobo Rousseau [...] ¿A quiénes leyeron los estudiantes que protagonizaron la Reforma Universitaria de 1918? A Hegel, a Marx, a Engels. ¿Sacudieron el polvo de muchas, pocas, algunas bibliotecas? Sí, allí estaban sus armas. [...] Lo que aquí sostengo no ofrece posibilidad, ni la más mínima, de refutación: la izquierda lee, la derecha asesina."

-¿No cree que la derecha, aparte de asesinar, también lee?

- Déme un ejemplo...

Rivera invita a exponer argumentos. Espera, fija la mirada en un punto indefinido, y se reacomoda en la silla. Quien interroga no suele dar respuestas, pero él ha cambiado las reglas. Acaso porque las reglas están para eso cuando se busca generar cosas.

¿Qué pasó - y aún sigue pasando- cuando la policía ingresa a la casa de un militante de izquierda? ¿Adónde va? A la biblioteca. Lean más o lean menos, quienes se pronuncian por la izquierda leen. ¿Y cuáles eran - y siguen siendo - las lecturas de Jorge Rafael Videla, o de Antonio Bussi? El código militar y La Biblia. Dígame entonces nombres concretos de intelectuales de derecha más o menos valiosos. ¿Mariano Grondona? ¡Noo! Él es un chiste que puede falsearle y citarle a un pensador griego. En último caso, podría hablarse de esa contradicción que también Marx señaló: Balzac era partidario de la monarquía pero sus héroes eran plebeyos. Era un escritor de esos que Hemingway demandaba: honesto, con talento inmedible. No se mentía a sí mismo Balzac cuando trabajaba. Pero, ¿quién de la derecha, que tenga un grupo de lectores a los cuales haya cautivado, y no circunstancialmente, que perdure? ¿Cuál?

Run Run

Macedonio Fernández decía jocosamente que había que juntar diez paisanos para tener un gaucho. Porque esos desfiles de la Sociedad Rural con caballos enjoyados y facones con mango de plata forman parte del desfile de los grandes terratenientes. El gaucho de ser un perseguido pasa a ser un arquetipo del ser nacional. ¿Quién sabe hoy exactamente algo acerca de Juan Moreira y Santos Vega.? Calzadilla menciona que la gente se disfrazaba de Juan Moreira en los carnavales populares del siglo XIX...

...

Quiero añadir que "El precio", mi primer libro, es una muy mala novela. Sólo tiene una cantidad de páginas escritas bajo la influencia de Faulkner, esto es, sin puntuación. Algo que Saramago en sus libros hace con muchísima frecuencia.

...

Los que ahora tienen a cargo el área de cine, en la bibliteca de mi mujer, saben mucho. Pusieron esa cosa que se llama animé. Sí, son esos dibujos con ojos rasgados. Excelentes, pero a mí no me dicen nada. Entonces...

...

Tenía para ir a ver una película sobre la guerra civil española. "El lápiz del carpintero" se llama. "Tierra y Libertad", de Ken Loach, es excelente. También ví "Goodbye Lenin!", y me pareció mediocre. Es que ya no se puede ser transgresor. O hacés "El Acorazado Potemkin" o no hacés nada. O hacés lo de Loach. Pero hay que jugarse al "Acorazado... ". Las comedias no me interesan aunque, realmente, ¿Woody Allen hace comedia? Tampoco lo hacía Chaplin, ¿verdad?

...

Sobremesa

Rivera posa, sentado, sobrio, para un par de fotos. Alza las cejas y esboza una sonrisa cuando le señalo la navaja abierta sobre la mesa. Él, otro cigarrillo, va a la cocina a traer más bebida. Limonada, agua. Y hielo. Un tazón con hielos. Hace girar los cubitos de su vaso con un dedo, y cuenta cómo conoció a Jorge Luis Borges.

Trabajaba en El Cronista Comercial cuando se produjo el golpe del 24 de marzo de 1976. Y estaba encargado de la tapa. Antes del golpe, el Cronista era una suerte de sol. Había como cien redactores, asambleas todos los días, militantes montoneros. Y cuando viene el golpe, de los 100 quedamos 20. Me quedé porque tenía un hijo enfermo y porque hice un cálculo de probabilidades: habíamos venido de Córdoba, nos habían otoñado - para usar un término porteño -, mi nombre no figuraba en ninguna agenda. Entonces, fifty-fifty. Me quedé. A mí me hizo entrar Roberto Tito Cossa (somos muy amigos). Y me quedé. Era muy aburrido tener que poner en la tapa: «el presidente de la nación, coma, teniente general jorge rafael videla, coma, llegó a la casa de gobierno a las ocho horas». Al otro día en lugar de «llegó», «arribó». Al tercer día, «se hizo presente». Otro periodista me dice:

"-¿Y si le hacemos un reportaje a Borges?"

" -Llamálo. "

Y lo llamó. Él vivía con su madre, en un departamento de la calle Maipú, doña Eleonora Acevedo. Allá fuimos con un grabador que parecía un ataúd comparado con estas cosas tan pequeñas. Y Borges, impecable como siempre, de corbata. Nos hizo sentar. Me llamó mucho la atención que tenía todos los estantes vacíos de la biblioteca. Claro, estaba ciego. Le hicimos una sola pregunta. Borges habló dos horas. Y en un momento dijo: «Ya-voy», «ma-dre». Doña Leonor estaba ya en la cama, con noventa y pico de años. Lo había llamado. Yo soy medio duro de este oído, pero le pregunté a mi compañero:

"-Decime Alberto, ¿vos escuchaste algo? "

Le faltaba uno de los sentidos y tenía aguzado los otros. Volvió al rato y fue como si hubiera puesto un punto y aparte. Siguió hablando otra hora más. Fue un banquete. Después trascribimos y llenamos durante dos días dos páginas enteras del Cronista.

Hay algunos cuentos de él que me parecen excepcionales: «El muerto», «La intrusa». Yo considero que son los mejores cuentos. «La intrusa» es el mejor: está muy claro que hay una relación incestuosa entre esos dos hermanos y hay que eliminar a la mujer, la intrusa. Borges era un lector fuera de serie, no porque haya leído mucho sino porque sabía leer.

Rivera termina su vaso y accede a firmar un ejemplar de "En esta dulce tierra" a pedido personal. Mientras lo hace y señala la fecha escucha una pregunta más, que remite a otras, ya impronunciables para la memoria.

 

-Personalmente, ¿le cuesta ser Andrés Rivera?

-Me pone en situaciones que me acercan a la perplejidad. Suelo dar charlas en bibliotecas populares. En una oportunidad, se me acercó un adolescente, muy tímidamente, y me pidió que le firmara un libro. Se lo firmé. Era La revolución es un sueño eterno, y me dijo que ese libro le había cambiado la vida. ¿Cómo le iba a decir que ningún libro le cambia la vida a nadie?

Por Marcelo Luna


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