El hombre se asomó al final
del pasillo. Una tenue claridad recortaba
su figura en la entrada de su departamento,
una mano apoyada en la pared, esperándome.
De cerca, Andrés Rivera tiene rasgos definidos
en su cara: pocas arrugas, poco pelo, ojos
claros. Los pliegues laterales de sus labios
parecen cruzarse, hacia arriba, en la unión
de las cejas, cada vez que enciende un cigarrillo.
Definen así una imagen singular: la del
hombre pensando y pensándose.
En el departamento hay
una mesa con varios libros apilados -leídos,
la mayoría-, un cuaderno "Arte" donde
escribe manualmente en tinta negra, y una
navaja abierta. Rivera genera pausas, impensadamente,
durante la tarea de encender un cigarrillo
tras otro. El recorder registra entonces
los chispazos fallidos, mientras ahueca
una mano sobre un encendedor de bencina.
Se toma su tiempo. Despacio. Listo. Click.
Luego, el ademán amplio, el humo contenido
en los pulmones y Rivera que apoya los brazos
en la mesa, perfilando la mirada hacia la
ventana. Primer bocanada de humo. Primeras
palabras del escritor adicto a las lecturas.
Habría que remontarse
a medio siglo, o acaso más, para recordar
mis primeras lecturas. Siendo chico existía
una editorial que se llamaba Thor. De
allí leí "Los Miserables" de Víctor Hugo:
Jean Valjean, la tenaz persecución del
inspector Javert, la prisión del primero,
la manera en que luego obtiene la libertad,
y cómo se convierte en un hombre poderoso
a partir de adquirir fortuna. Con el tiempo
me dí cuenta que eso daba razón a Carlos
Marx, cuando decía que el dinero era el
fetiche de la sociedad burguesa. Esa fue,
para mí, una lectura ejemplar. Después,
todo fue muy arbitrario como en cualquier
aprendizaje de lectura. Pero hubo una
mezcla entre los clásicos rusos, Turgueniev
aparte (León Tolstoi, los cuentos de Anton
Chéjov, "La Madre" de Máximo Gorki) y,
luego, de la literatura norteamericana:
de Mark Twain a Ernest Hemingway. Esa
literatura ejerció sobre mí, durante muchísimo
tiempo, una excepcional influencia, en
particular William Faulkner. Por cierto
que también ví en cine aquel cuento, tal
vez el más difundido de Hemingway, "Los
asesinos", donde trabajaba Burt Lancaster.
La literatura y el cine son placeres predilectos
para mí. Hasta que, creo, encontré mi
propio tono en la escritura. Es decir,
seguí leyendo a los norteamericanos -de
los rusos conocemos muy poco, al menos
yo-. Dashiell Hammett me parece un escritor
notable, por ejemplo, al igual que Raymond
Chandler. ¿Cómo accedí a esas lecturas?
Simplemente porque soy tan adicto a ellas
como otros lo son a las drogas: en forma
creciente e ininterrumpida. Leer es un
placer similar al orgasmo.
Rivera sonríe, con aire
distendido. Es pausado para hablar. Su voz
tiene una entonacón grave, y trata las palabras
con un cuidado similar al de su escritura,
en especial para cerrar sus impresiones
sobre un tema.
Hay una frase muy sabia
de Borges al respecto. Decía que leer
a los otros da más placer que escribir.
No vinieron de su familia
las primeras lecturas, sino que fue haciéndose
un lector autodidacta, con inquetud curiosa.
No por casualidad aquellas primeras novelas
sociales dejarían fuertes señales en la
obra de este escritor, que supo ser obrero
cuando en nuestro país proliferaban las
fábricas, durante los "Planes Quinquenales"
de Perón. Desde allí Rivera también nos
acerca otros planos, parciales, incompletos,
de su retrato como lector.
Tengo también algunas
vivencias muy agradables como lector cuando
era obrero textil en Villa Lynch. Tenía
tres turnos la fábrica: de cinco a trece,
de trece a veintiuna y de veintiuna a
cinco. Una semana cada turno. Cuando me
tocaba el turno noche podía leer, en ausencia
del capataz, con mucha tranquilidad mientras
atendía los dos telares que me estaban
destinados. Compartía un matecocido con
mis compañeros de fábrica, y terminaba
las 8 horas de trabajo con 40 o 50 páginas
de lectura. Es decir, era obrero y lector
en aquel horario. Hoy, de aquellos autores,
sólo releo fragmentos. Uno no se lee una
biblioteca entera, entonces ¿cómo hace?
Siempre digo que no soy creyente y, como
lector, tengo un sólo pecado: no haber
aprendido inglés. No leer a Shakespeare
en el original, o a Walt Whitman, es mi
pecado.
Rivera de bolsillo
Andrés Rivera ha construido,
como pocos, una literatura de ficción y
una manera singular de acceder a nuestro
pasado. Su narrativa condensa, magistralmente,
profundidad histórica con una muy atractiva
concisión para concebir ficciones en torno
a personajes como Juan José Castelli, Juan
Manuel de Rosas y José María Paz; tres de
los más célebres que ha creado su pluma.
Ha captado así la atención de muchos lectores,
de distintas generaciones, y su obra ha
tenido también reconocimiento, en especial
a través del Premio Nacional de Literatura
otorgado en 1992, luego del éxito editorial
de "La revolución es un sueño eterno",
libro que mereció trece reimpresiones del
sello Alfaguara. Aquí, algunas notas de
su oficio como escritor.
Yo escribo para darme
placer. Cuando ese placer desaparezca
leeré a los otros con mucha más intensidad
que ahora. En el tema de la creación,
allí, una vez más, Faulkner. Él supo decir
que cuando nace una historia se crea un
impulso interior. Entonces si una
«madre» se interpone entre esa historia
y uno, hay que matar a la «madre». Es
una metáfora, claro.

Rivera escribe a mano en
cuadernos, y puede decirse que mantiene
un método propio a la hora de escribir,
una arquitectura personal de su pulsión
creadora.
Son cuatro o cinco horas
las que yo trabajo. Normalmente lo hago
de mañana, cuando mis escasas neuronas
están frescas. Y atiendo a una recomendación
de Hemingway: cuando esas cuatro o cinco
horas de trabajo están por finalizar,
dejo iniciada una frase. Al día siguiente
releo lo que escribí, corrijo y retomo
esa frase que había iniciado. A veces
puedo escribir tres o cuatro páginas de
un cuaderno como ése -y señala un cuaderno
«Arte»-; en otras, me quedo en
esa página. Después, toda corrección es
provisoria. Siempre. La revolución
es un sueño eterno, hoy yo no la escribiría
así. Corregiría ese texto. Porque tiene
que ver con ese impulso interior, y con
el momento que vive el que escribe. El
momento político, social e ideológico.
Acerca del oficio de escribir
distintos autores confesaron sus percepciones.
Roberto Juarroz pensaba que los libros que
uno escribe no se terminan, sino que se
abandonan. Jorge Luis Borges, por su parte,
enviaba sus textos a la imprenta para no
condenarse a reescribirlos. Para él cada
escritor, en realidad, escribe un único
libro a lo largo de su vida, cuyas partes
envía a las editoriales. Eduardo Galeano
comparó su tarea de escribir con la de un
terrateniente que se conforma con lo mínimo
indispensable: una chacrita. Para Julio
Cortázar, la escritura era un campo de juego.
En Rivera un impulso interior anima
a su mano a romper la quietud de la hoja
en blanco.
Yo necesito para escribir
un libro, además de ese impulso interior
fundamental, tres elementos: el título,
las primeras diez líneas y el final. El
resto "llena el sandwich". El oficio de
escritor es el más solitario del mundo.
No es la fábrica que yo frecuenté, donde
las decisiones se tomaban por unanimidad
o por mayoría pero eran, en definitiva,
colectivas. Aquí usted es el que decide.
Y eso tiene que ver con cuánto usted aprendió
y sigue aprendiendo de este oficio. Es
decir, no importa cuánta lectura haya
hecho. Siempre uno es aprendiz.
Andrés Rivera suele utilizar
la primer persona del singular cuando recrea
a figuras de nuestra historia. Define sus
obras como ficciones, sin tentarse
demasiado en los tejidos cronológicos que
suelen ubicar a esos personajes en el estático
calabozo del pasado.
No siempre mis ficciones
tienen un contexto histórico definido.
El hecho que uno sitúe la acción cien,
cientocincuenta o doscientos años atrás,
con algún protagonista que sea más o menos
familiar a la sociedad argentina - Castelli,
Rosas, Paz - no implica que sean novelas
históricas. Ni el Castelli de La revolución...,
ni el Juan Manuel de Rosas, protagonista
de El farmer, durante el exilio
en Inglaterra, ni El amigo de Baudelaire,
que tiene que ver con los años de la generación
del '80, son novelas históricas. Son personajes
de ficción. Nunca investigué. Usted sabe
tanto de Castelli como yo, o como cualquier
chico de la escuela primaria o secundaria.
¿Qué se sabe de Castelli? Que fue miembro
de la Primera Junta, y que fue enviado
con el ejército que marchó al Alto Perú.
Punto. De Rosas se sabe mucho más. De
Paz, que derrotó a Quiroga en las batallas
de La Tablada y Oncativo. Y así. Lo que
disparó La revolución es un sueño eterno
fue el hecho de que Castelli, a quien
se llamó el "Orador de la Revolución",
tenía un cáncer en la lengua. Consulté
22 libros de historia en ese entonces.
No leí todos, sino aquellos fragmentos
que aludían a Castelli. Y no me aportaron
absolutamente nada. A partir de ese dato
no volví a tocar libro alguno cuando se
trataba de personajes que son más o menos
conocidos por la sociedad argentina.
Similar actitud mantiene
Rivera en los relatos eróticos que enriquecen
las búsquedas de esos personajes de ficción.
¿Son esos pasajes accesos humanistas a las
figuras que trata, o una manera de desacartonarlas?
Rivera no se inclina a respuestas maniqueas,
y toma otro cigarrillo. Pregunta, antes
de encenderlo: "¿y qué quiere decir humanista?"
Escucha una respuesta, deja escapar el humo
por la boca, y reflexiona:
Veamos... Se sabe de
Juan Manuel de Rosas que tuvo una mujer
a su servicio, no una amante, que se llamó
-creo- María Eugenia. Debía tener muchas
más en tanto representante de los grandes
hacendados bonaerenses. Y no me parece
que el Rosas que conocemos desplegara
su erotismo con nadie. Su erotismo estaba
en los archivos, en su apego a la minuciosidad,
en tomar nota sobre cómo opinaban las
clases bajas y, en particular, los apellidos
más encumbrados de la sociedad porteña.
O sea, encontré lo erótico por esos detalles.
Por ejemplo. Un personaje tan detestable
como Hitler, que tenía una amante, Eva
Braun, ¿cómo se lo imagina así? ¿Qué tipo
de erotismo podía tener? Bueno, eso tiene
que ver con la ficción. Y hay personajes,
como Castelli, con quien tengo una relación
de simpatía política, ideológica y humana,
que tienen que resultar verosímil para
usted, lector. Y eso demanda un
trabajo redoblado.
Política puerca
Me parece detestable
la palabra «progre». Yo no soy
un «progre». Aparte, ¿qué quiere
decir «Progreso» en esta sociedad? Que
usted no está excluido, que no es desocupado,
que está entre los incluidos porque así
lo decidió esta sociedad, e integrar la
legión de los consumistas. Hoy la palabra
«progre» es abominable. Porque ¿qué va
a llevar a alguien intentar cambiar esta
sociedad si tiene un techo, tres comidas
diarias, un auto y vacaciones? Eso no
implica que sean los pobres, los desocupados
y los excluidos quienes vayan a cambiar
esta sociedad.
Agudo y reflexivo, Andrés
Rivera lanza impresiones como quien busca
descubrir los rostros de lo miserable tras
el velo del poder, y no asustarse por eso.
Sabe que la política es una historia de
traiciones. Historia a secas. Y humana.
El peronismo es una piedra
que pesa sobre este país desde 1945. Una
lápida que no ha sido destruida política
ni ideológicamente. De un modo u otro
la sociedad argentina vive sometida a
los cambios de humor del peronismo, que
administra el país. Los radicales están
muertos, o sea, se han traicionado así
mismos continuamente. ¿Sinó cómo se explica
el suicidio de Leandro Alem? ¿O que alguien
que escribió «Petróleo y Política»,
como Arturo Frondizi, haya entregado el
petróleo argentino? Y eso que hoy no faltan
quienes evocan a Frondizi como uno de
los capitanes del desarrollo industrial.
Así, los dos grandes partidos burgueses
de este país terminan siempre por aliarse.
El Pacto de Olivos es un ejemplo. El encuentro
de Perón y Balbín, otro.
Junto al escenario previsible
que nuestra política puerca enseña a través
de los figurones de turno, Rivera también
ojea otras manifestaciones. Algunas cristalizadas
en fenómeno político como el movimiento
piquetero, y otras con destino incierto.
A fin de cuentas, para quien suele escribir
sobre momentos del pasado argentino, examinar
con minuciosidad las expresiones del aquí
y ahora significa generar preguntas, otras
explicaciones, miradas.
Los piqueteros nacieron
espontáneamente; hoy están organizados.
No está bien ni mal. Hay piqueteros oficialistas
y otros que no lo son. Ahora, ¿a quién
sirve Raúl Castells? ¿Quién paga sus giras?
Los jóvenes que concurrieron esa noche
trágica a República de Cromanón
expulsaron a la mujer de Castells cuando
quiso plegarse a ellos. Expulsaron a ese
otro personaje que es Juan Carlos Blumberg.
¿Qué pasa con esos jóvenes? Detestan la
política. Y estoy de acuerdo. Aunque no
lo digan con estas palabras, lo que detestan
es la política que conocen, la ejercida
por esos grandes partidos burgueses. Y
no tienen alternativa. Las asambleas barriales
se han diluído pues tenían objetivos de
muy corto plazo. Si se cumplían, aunque
sea a medias, ¿para qué concurrir? ¿O
para qué seguir reunidos por las cosas
del otro barrio? Es la problemática
del Otro: no formar un Nosotros, sino
lo nuestro y el resto.
Puntos
Afuera, una tórrida tarde
de enero. Adentro, una brisa ingresa por
la ventana, y el humo del cigarrillo que
recorre la sala. Circula por los anaqueles
con libros, donde hay una biografía de Juan
Perón, un colección de la CEPAL, y un libro
de conversaciones de Samuel Blixxen, entre
muchos otros. Pequeños adornos y una vasija
portapipas separan las pilas. Finalmente,
el aire de afuera hace agitar una amarillenta
historieta de Aldo Rivero: retrata a dos
figuras humanas, de frente y a la par, una
vestida con mameluco y gorra de operario,
la otra de lentes, camisa y corbata. "Obrero"
consigna el primer dibujo, y el siguiente
"Sindicalista". En el sector opuesto hay
una lámina enmarcada de "El Cuarto Poder"
de Gustave Courbet.
Rivera suele ser enfático
en sus apreciaciones. Posee el cuidado de
quien procesa las ideas, los conceptos,
sin exponer vocablos que estén de más. Respeta
a la oreja que aguarda aquellas palabras
que la merecen.
Prefiero no hablar sobre
"rol del intelectual". El que escribe
tiene dedicarse a su escritura. Ahora,
un escritor no puede -así se lo proponga-
ser ajeno a lo que ocurre en el mundo
que lo rodea. Esa no-ajenidad va
a influir de un modo u otro en su obra.
Lo circunscribo al escritor de ficción,
claro. Después está la cuestión de aceptar
cargos. En un primer análisis debo decir
que Horacio González en la Biblioteca
Nacional, junto a Elvio Vitale, aseguran
una gestión inteligente. Y seguramente
honrada. José Pablo Feinmann, que tiene
una escritura que puede captar el interés
del lector, particularmente cuando encara
temas de orden político, no me animaría
a decir que sea kirchnerista. De
tener esa simpatía no se trasluce, pues
sigue teniendo una escritura de sentido
crítico.
Al momento de esta entrevista,
Norberto Galasso y Andrés Rivera sostienen
un debate personal, que la publicación "Sudestada"
ha venido atendiendo puntualmente. Esa discusión
consiste en las visiones antitéticas que
ambos escritores tienen en torno al peronismo,
fenómeno central de la historia reciente
argentina. "Un verdadero escritor no
puede ser peronista" fue la afirmación
de Rivera que motivó una carta de Galasso.
Éste anotó que Rivera estaba equivocado,
pues "no puede desconocer las luchas
de su pueblo" y, además, objetó el final
de la célebre obra La revolución es un
sueño eterno. Todo ello generó una respuesta
escrita por el autor de El farmer bajo
el título "La Izquierda Nacional tiene el
escriba que se merece". El pulso que anima
a esos textos no son preguntas, sino verdades,
es decir, miradas, recortes e interpretaciones
del pasado. Ponen el cuerpo a las ideas.
Una controversia abierta y profunda, como
las heridas de nuestra historia.
¿Qué impresión me causa
esta polémica con Galasso? Pena... Siempre
tuve en claro que yo no iba a defender
los libros que publicaba. Esa podía ser
una razón para polemizar, pero la considero
"pequeña". Es insignificante, y sólo sirve
para que uno se acaricie el ego. La discusión
con Galasso es de orden político e ideológico,
en la que tanto él como yo representamos
puntos de vista, de abordaje, de ciertos
momentos de nuestra historia reciente.
Contrapuntos
Durante el 2001, en una
ponencia que integra el ejemplar Un golpe
a los libros (editorial Eudeba, Buenos
Aires), Rivera expresó: "La primer revolución
perfecta, la más burguesa, y acabada, y
ejemplar fue - en la opinión de Lenin -
la francesa, la de la emblemática caída
de La Bastilla. Esa revolución se forjó
en la biblioteca de Juan Jacobo Rousseau
[...] ¿A quiénes leyeron los estudiantes
que protagonizaron la Reforma Universitaria
de 1918? A Hegel, a Marx, a Engels. ¿Sacudieron
el polvo de muchas, pocas, algunas bibliotecas?
Sí, allí estaban sus armas. [...] Lo que
aquí sostengo no ofrece posibilidad, ni
la más mínima, de refutación: la izquierda
lee, la derecha asesina."
-¿No cree que la derecha,
aparte de asesinar, también lee?
- Déme un ejemplo...
Rivera invita a exponer
argumentos. Espera, fija la mirada en un
punto indefinido, y se reacomoda en la silla.
Quien interroga no suele dar respuestas,
pero él ha cambiado las reglas. Acaso porque
las reglas están para eso cuando se busca
generar cosas.
¿Qué pasó - y aún sigue
pasando- cuando la policía ingresa a la
casa de un militante de izquierda? ¿Adónde
va? A la biblioteca. Lean más o lean menos,
quienes se pronuncian por la izquierda
leen. ¿Y cuáles eran - y siguen siendo
- las lecturas de Jorge Rafael Videla,
o de Antonio Bussi? El código militar
y La Biblia. Dígame entonces nombres concretos
de intelectuales de derecha más o menos
valiosos. ¿Mariano Grondona? ¡Noo! Él
es un chiste que puede falsearle y citarle
a un pensador griego. En último caso,
podría hablarse de esa contradicción que
también Marx señaló: Balzac era partidario
de la monarquía pero sus héroes eran plebeyos.
Era un escritor de esos que Hemingway
demandaba: honesto, con talento inmedible.
No se mentía a sí mismo Balzac cuando
trabajaba. Pero, ¿quién de la derecha,
que tenga un grupo de lectores a los cuales
haya cautivado, y no circunstancialmente,
que perdure? ¿Cuál?
Run Run
Macedonio Fernández
decía jocosamente que había que juntar
diez paisanos para tener un gaucho. Porque
esos desfiles de la Sociedad Rural con
caballos enjoyados y facones con mango
de plata forman parte del desfile de los
grandes terratenientes. El gaucho de ser
un perseguido pasa a ser un arquetipo
del ser nacional. ¿Quién sabe hoy exactamente
algo acerca de Juan Moreira y Santos Vega.?
Calzadilla menciona que la gente se disfrazaba
de Juan Moreira en los carnavales populares
del siglo XIX...
...
Quiero añadir que "El
precio", mi primer libro, es una muy
mala novela. Sólo tiene una cantidad de
páginas escritas bajo la influencia de
Faulkner, esto es, sin puntuación. Algo
que Saramago en sus libros hace con muchísima
frecuencia.
...
Los que ahora tienen
a cargo el área de cine, en la bibliteca
de mi mujer, saben mucho. Pusieron esa
cosa que se llama animé. Sí, son
esos dibujos con ojos rasgados. Excelentes,
pero a mí no me dicen nada. Entonces...
...
Tenía para ir a ver una
película sobre la guerra civil española.
"El lápiz del carpintero" se llama. "Tierra
y Libertad", de Ken Loach, es excelente.
También ví "Goodbye Lenin!", y me pareció
mediocre. Es que ya no se puede ser transgresor.
O hacés "El Acorazado Potemkin" o no hacés
nada. O hacés lo de Loach. Pero hay que
jugarse al "Acorazado... ". Las comedias
no me interesan aunque, realmente, ¿Woody
Allen hace comedia? Tampoco lo hacía Chaplin,
¿verdad?
...
Sobremesa
Rivera posa, sentado, sobrio,
para un par de fotos. Alza las cejas y esboza
una sonrisa cuando le señalo la navaja abierta
sobre la mesa. Él, otro cigarrillo, va a
la cocina a traer más bebida. Limonada,
agua. Y hielo. Un tazón con hielos. Hace
girar los cubitos de su vaso con un dedo,
y cuenta cómo conoció a Jorge Luis Borges.
Trabajaba en El Cronista
Comercial cuando se produjo el golpe
del 24 de marzo de 1976. Y estaba encargado
de la tapa. Antes del golpe, el Cronista
era una suerte de sol. Había como cien
redactores, asambleas todos los días,
militantes montoneros. Y cuando viene
el golpe, de los 100 quedamos 20. Me quedé
porque tenía un hijo enfermo y porque
hice un cálculo de probabilidades: habíamos
venido de Córdoba, nos habían otoñado
- para usar un término porteño -, mi nombre
no figuraba en ninguna agenda. Entonces,
fifty-fifty. Me quedé. A mí me
hizo entrar Roberto Tito Cossa
(somos muy amigos). Y me quedé. Era muy
aburrido tener que poner en la tapa: «el
presidente de la nación, coma, teniente
general jorge rafael videla, coma, llegó
a la casa de gobierno a las ocho horas».
Al otro día en lugar de «llegó»,
«arribó». Al tercer día, «se
hizo presente». Otro periodista me
dice:
"-¿Y si le hacemos un
reportaje a Borges?"
" -Llamálo. "
Y lo llamó. Él vivía
con su madre, en un departamento de la
calle Maipú, doña Eleonora Acevedo. Allá
fuimos con un grabador que parecía un
ataúd comparado con estas cosas tan pequeñas.
Y Borges, impecable como siempre, de corbata.
Nos hizo sentar. Me llamó mucho la atención
que tenía todos los estantes vacíos de
la biblioteca. Claro, estaba ciego. Le
hicimos una sola pregunta. Borges habló
dos horas. Y en un momento dijo: «Ya-voy»,
«ma-dre». Doña Leonor estaba ya
en la cama, con noventa y pico de años.
Lo había llamado. Yo soy medio duro de
este oído, pero le pregunté a mi compañero:
"-Decime Alberto, ¿vos
escuchaste algo? "
Le faltaba uno de los
sentidos y tenía aguzado los otros. Volvió
al rato y fue como si hubiera puesto un
punto y aparte. Siguió hablando otra hora
más. Fue un banquete. Después trascribimos
y llenamos durante dos días dos páginas
enteras del Cronista.
Hay algunos cuentos de
él que me parecen excepcionales: «El muerto»,
«La intrusa». Yo considero que son los
mejores cuentos. «La intrusa» es el mejor:
está muy claro que hay una relación incestuosa
entre esos dos hermanos y hay que eliminar
a la mujer, la intrusa. Borges era un
lector fuera de serie, no porque haya
leído mucho sino porque sabía leer.
Rivera termina su vaso
y accede a firmar un ejemplar de "En esta
dulce tierra" a pedido personal. Mientras
lo hace y señala la fecha escucha una pregunta
más, que remite a otras, ya impronunciables
para la memoria.
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-Personalmente,
¿le cuesta ser Andrés Rivera?
-Me pone en situaciones
que me acercan a la perplejidad.
Suelo dar charlas en bibliotecas
populares. En una oportunidad, se
me acercó un adolescente, muy tímidamente,
y me pidió que le firmara un libro.
Se lo firmé. Era La revolución
es un sueño eterno, y me dijo
que ese libro le había cambiado
la vida. ¿Cómo le iba a decir que
ningún libro le cambia la vida a
nadie?
Por Marcelo
Luna
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