No toda biografía
merece ser contada, y a veces ni siquiera
una gran biografía es suficiente
motivo como para ser escrita, o al menos
no es suficiente elemento fundamental de
una gran novela.
Sin embargo, y eso sí
es cierto, sólo merecen la pena de
ser vividas aquellas cosas que merecen ser
escritas. Esto, de una manera mucho más
perfecta lo dice Kafka en uno de sus relatos
y lo dice Cervantes de otra manera aunque
semejante, en otro tiempo.
Cuando Cervantes nos dice:
"La libertad, Sancho, es uno de los más
preciosos dones que a los hombres dieron los
cielos, con ella no pueden igualarse los tesoros
que encierrra la tierra ni el mar encubre:
por la libertad, así como por la honra,
se puede y debe aventurar la vida; y por el
contrario, el cautiverio es el mayor mal que
puede venir a los hombres". (Capítulo
LVIII de la segunda parte), vuelve en sus
palabras el joven prisionero de los piratas
de Argel.
Es difícil comprobar
cuanto hay de cierto y de ficción en
la vida de Cervantes, algunos autores dicen
que era manco, otros mutilado, otros que le
faltaban dos dedos, otros que la bala entró
por el hombro. Lo cierto es que su brazo,
al menos su mano izquierda, estaba inutilizada
desde la batalla de Lepanto.
No es posible separar al
marginal, al cautivo, al perseguido por
las deudas, al traicionado y desengañado
infinitas veces, al lúcido ovservador
de una época terrible, de Alonso
Quijano u de las comedias de cautivos escritas
al final de su vida con su única
mano intacta y libre. No basta haber vivido
sin embargo, sino saber transmitir, como
él lo hizo, su enorme desconcierto
y sabiduría.
Acaso empezó aquel
día en que se subió al primer
barco para ser soldado en Italia y más
tarde prisionero en Argel. No lo sabremos
y a pesar de las múltiples biografías
leídas cualquier aproximación
es siempre parcial, producto de nuestra imaginación
y de nuestro Cervantes más sentido.
A mí, tal vez por fortuitas coincidencias,
es el Cervantes de Argel, el joven fugitivo,
el que mira el mar, el que se sabe solo, el
que escribe sin pluma, el que sobrevive en
calles llenas de esclavos, donde tres culturas
se siguen mezclando, el que más me
interesa y emociona. El perseguido, el doble,
el confundido y que al mismo tiempo sabe que
su libertad depende del arrojo y de la decisión
que pone para lograrla y la libertad como
columna vertebral de su obra uno de los temas
más significativos.
Quedan muchos más
y la vida, po que cuentan, no dejó
de acosarlo y de ponerlo a prueba.
Desde esa mano izquierda
inservible a una mano derecha alucinada
y feroz, capaz de escribir: único
territorio de verdadera libertad.
Supongo que no es manco.
Que su mano existe aunque inútil y
lo salva; además de las cartas de Juan
de Austria y del Duque de Sessa, de ir a galeras.
Supongo que miraba las lunas y el cielo y
la arena y oía el mar romper muy cerca
de su celda por las noches y supongo que miraba
la costa a la espera del barco y el rescate.
Supongo que ni un solo día dejó
de pensar en fugarse, supongo que la nostalgia
lo arrasaba, supongo que también sintió
el desamparo y el miedo y que aprendió
una lengua diferente y que circuló
hasta el atardecer de cada día arrastrando
las cadenas para conseguir un poco de pan
y de cobijo, además de un enorme conocimiento
de los hombres. Supongo que era hermoso y
decidido y sé que una cosa determina
la otra. Supongo sus piojos, el dolor de pies,
las traiciones no merecidas. Supongo que oía
las olas con devoción y que nada hay
más terrible que ser esclavo allí
donde el mar inmenso rompe sobre la arena,
o en cualquier parte del mundo y de los tiempos
Sara Rosemberg
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