Dicen que uno se muere
de a poco, ni bien ha entrado en la vida.
Dicen, entonces, que la muerte es algo bien
conocido; casi una intimidad incrustada
en el alma. Dicen, además, que el
alma es inmortal y por esto el alma sabe
de la muerte. El alma no muere, y por eso,
conoce a la muerte e incluso entra en diálogos
con ella; y esto que se afirma no es una
metáfora.
¿Podrá entonces el alma escudriñar
los salones en los que se florea la muerte?
¿Por qué el alma no advierte
a la vida sobre la eminencia de la muerte?
El alma no muere porque no cree en la muerte.
El alma se burla. El alma de cada uno de
nosotros no se toma en serio nuestra acuosa
intimidad con la vida. Entonces, por esto,
será que el alma no muere y sabe
sobre la muerte: porque se lo ha inventado.
Alguien muere por ahí, desapercibidamente.
Otros en algún otro rincón,
desapercibidamente. Pero hay muertes que
son escándalo. Hay muertes que se
parecen más a la muerte. Se libran
del caos que acecha la vida y chocan contra
nuestras narices.
Hay muertes cercanas; muertes que no pudieron
esperar. Hay muertes que se cansaron de
esperar. Hay vidas cansadas que sólo
esperan la muerte. Hay muertos que sólo
esperan la vida, escandalosamente. Sólo
hay vidas que se mueren.
Raymond Carver se moría: tenía
unos días más, unos meses,
tal vez un año; y se moría.
Sabía que se moría porque
la enfermedad que vivía en él
ya había dejado de ocultarse. Entonces
escribió:
Utiliza las cosas que te rodean.
Esta ligera lluvia
Del otro lado de la ventana, por ejemplo.
Este cigarrillo de entre los dedos,
Estos pies en el sofá.
El débil sonido del rock-and-roll,
El Ferrari rojo del interior de mi cabeza.
La mujer que anda a trompicones
Borracha por la cocina...
Toma todo eso,
Utilízalo.
Esto escribió Raymond
Carver mientras se moría, sin saber
cuando se moriría; y la crónica
dice que se murió en el año
1988. Sin embargo todos sabemos que no se
ha muerto. Hay hombres que son pura alma.
Alguien ha visto caer una hoja de un árbol,
desapercibidamente o escandalosamente. El
viento desparrama las hojas desprendidas.
Y las hojas desprendidas se dispersan en
el terreno disperso. Alguien ha visto desprenderse
una hoja de un árbol, escandalosa,
desapercibida-mente. Las hojas tienen alma
y es como el viento.
Sólo hay vidas que mueren. Todas,
casi todas. Hay vidas que se quedan prendidas
al árbol.