“Por culpa de ese
pedacito de carne sin vida”, lloraba un
travesti que había intentado castrarse
porque no tenía dinero para transformarse
en mujer. La nota televisiva causó asombro
hace unos años atrás y en especial una
amplia hilaridad entre los televidentes
y los comentaristas radiales. La razón
por la cual nadie se escandalizó ni pidió
sanciones para el programa de televisión
es fácil de explicar: el hecho de que
un hombre, al que le correspondería concentrar
todo su deseo en su pene, símbolo de masculinidad
para la mayoría de los hombres, y en vez
de valorarlo por sobre todo lo demás
lo desprecia para tener una vagina ya
no causa extrañeza, no provoca el derrumbe
de ninguna ley fundamental de la cultura,
y esto porque tanto los travestis como
los homosexuales en general se han sabido
acurrucar en las zonas iluminadas de la
sociedad y dejar las revoluciones para
otros sectores que aún resisten. Pero
esta desconfiada aceptación social hacia
sectores que siempre fueron discriminados
e incluso perseguidos policialmente es
consecuencia de un pacto de hecho y a
veces subrepticio por el cual ambas partes
se comprometieron en el respeto de ciertas
condiciones. Pero esto lo estudiaremos
más adelante porque comenzaremos por el
principio.
Nos preguntamos ¿por
qué desde las primeras culturas, hace
miles de años atrás, las relaciones sexuales
entre varones despertaron desconfianza
y, aún las sociedades más permisivas pusieron
de manifiesto hacia estas relaciones igualmente
una preocupación primordial?. Es que la
civilización occidental (aunque la oriental
tampoco está exenta) se asienta no sólo
en la prohibición del incesto, como tanto
han insistido psicoanalistas y antropólogos,
también se basa en la prohibición del
“culo del varón “ como órgano sexual;
y a lo largo de los siglos, en tanto crecía
y se desarrollaba esta cultura, se fueron
estructurando códigos y técnicas que son
estrategias precisamente para proteger
ese “culo” que siempre es tentado a sucumbir
ante los placeres de la defloración.
No pretendo en este
trabajo reconstruir una historia de cómo
occidente protegió el ano masculino y
los sustrajo, como órgano sexual, de la
cópula. Sólo daré algunos ejemplos, antiguos
y modernos, y trataré de esclarecer su
significado.
La Antigüedad ( Grecia
y Roma):
Es probable,
y muchos antropólogos y pensadores así
lo sostienen, que haya existido un período
en los comienzos de la humanidad en que
los hombres y mujeres, más parecidos a
machos y hembras, se sometieran a desbordes
eróticos que le restaban tiempo y energía
para la caza y la sociabilidad y, por
lo tanto, para el desarrollo de la vida.
Comprobó que la muerte por agotamiento
y por falta de alimento sucedía a estos
placeres desenfrenados. Entonces, el primer
paso en la instauración de la vida fue
una contención de las pasiones para dedicarle
horas a la caza, a la fabricación de herramientas,
al apareamiento con mujeres en miras a
la preservación de la especie.
En estos primeros
tiempos iniciáticos, durante los cuales
debieron ocurrir acontecimientos trágicos
y demoledores pudo haber nacido una desconfianza
incipiente hacia las tentaciones del placer
venéreo y una “ escandalización “ (si
se me permite este invento) respecto a
la inclusión del ano masculino en el coito
entre hombres.
Grecia:
Primeras
técnicas de preservación del ano masculino:
|
Foucault escribe, en el Uso
de los Placeres, que los griegos
no oponían, como dos elecciones
diferentes, el deseo homosexual
al deseo heterosexual. Era más
importante, a la hora de juzgar
la fortaleza moral de un hombre,
si era temperante y dueño de
sí mismo tanto con hombres como
con mujeres: “ Tener costumbres
relajadas – explica Foucault
en la obra citada- era no saber
resistirse a las mujeres ni
a los muchachos, sin que lo
uno fuera más grave que lo otro”.
Lo que hacía que un hombre deseara
a una mujer o a un hombre era
la atracción que la naturaleza
le había implantado en su corazón
hacia todo lo que fuera bello.
O sea, la Grecia de la antigüedad
era una sociedad permisiva.
|
Entonces, el
deseo hacia los muchachos o hacia las
mujeres no constituía dos apetitos diferentes
o enfrentados. Más bien se trataba de
dos maneras de tomar placer.
Amar a un muchacho
no sólo le estaba permitido al varón por
las leyes sino también por la opinión.
Incluso hallaba apoyo en instituciones
prestigiosas como la militar o la pedagógica
( se estimulaban los romances entre los
soldados, por ejemplo, porque por ello
se defendían mejor en las batallas; y
se observaba una más elevada relación
entre el maestro y su alumno si la enseñanza
se acompañaba de una intimidad sexual
frecuente). Por otra parte, las relaciones
sexuales entre varones las enlazaban toda
una literatura y una reflexión que fundamentaba
su excelencia.
Sin embargo,
esta misma permisividad griega también
despertaba inquietud. De hecho se despreciaban
a los jóvenes demasiado fáciles o demasiado
interesados, se descalificaba a los hombres
afeminados ( de los que los autores cómicos
se burlaban constantemente) y, sobre todo,
se descalificaba a quienes se entregaban
sin pudor a estos placeres, es decir,
a los libertinos.
Por lo que vemos
que, por un lado se aceptan las relaciones
sexuales entre varones, incluso otorgándoles
tan alto valor que se le toleran conductas
que en otros casos serían consideradas
indecorosas como los ruegos, las súplicas,
los falsos juramentos. Pero también, por
otro lado, vemos la preocupación de padres
por proteger a sus hijos varones de las
intrigas amorosas o la exigencia a los
pedagogos para que les pongan obstáculos.
Entonces, nos
preguntamos una vez más ¿por qué una relación
autorizada por las leyes y la opinión
se hallaba asimismo rodeada de “valores,
de imperativos, de exigencias, de reglas,
de consejos, de exhortaciones, a la vez
numerosos, premiosos y singulares” ( Foucault
- op. Citada).
Naturalmente,
la finalidad de este trabajo es demostrar
que lo que en definitiva se buscaba era
preservar el culo del hombre libre. Porque
el del esclavo no importaba para nada,
ya se compraba a un esclavo también por
su belleza y su cuerpo estaba a disposición
del amo tanto como su trabajo. Lo que
inquietaba era el culo del hombre libre
porque era el culo del poder.
Y se lo preservó
en Grecia desplegando dos estrategias
al mismo tiempo diferentes y convergentes:
por un lado se desarrolló un complicado
ritual de cortejo que tornaba al muchacho,
de condición libre, difícil, distante,
distanciado del deseo de quien lo pretendía
por un código que, si bien lo volvía aún
más apetecible, calladamente lo alejaba
de ese apetito. Y por otro lado, la estrategia
de sustraer el culo del muchacho en la
relación íntima, si ésta se daba.
La reflexión
filosófica que tomó como tema las relaciones
entre varones libres va a arraigar en
prácticas sociales muy extendidas, reconocidas
y relativamente complejas, explica Foucault,
porque lo que une al adulto y al adolescente
era objeto de una especie de ritualización,
y estas relaciones eran ya el pretexto
para todo un juego social.
Eran prácticas
de cortejo. Delimitaban un conjunto de
conductas convenidas y a convenir que
definían el accionar mutuo y los respectivos
movimientos que debían observar ambos
compañeros para dar, en definitiva, a
sus relaciones la forma “ más bella “
posible. Hay, pues, un componente estético,
además del moral, que le otorga validez.
Y del mismo concepto de belleza griego
se desprende la estrategia para sosegar
el deseo y conducirlo por el camino de
la razón, ya que el ideal de belleza en
Grecia incluía la proporción y el justo
medio. El equilibrio ( expulsando los
excesos) obtenido a través de la racionalidad.
Porque bella podía ser, para los griegos,
tanto una estatua, un edificio, como una
conducta y hasta una vida. A los hombres
se los recordaba si en los espíritus habían
dejado la sensación de un comportamiento
bello. Entonces, ya desde aquí el deseo
sufre una advertencia que lo amenaza
con la vigilancia social 6y, eventualmente,
la reprobación.
Pero el cortejo
constituye prácticas y ritos que asimismo
van a definir el papel que va a adoptar
el hombre adulto y el que va a adoptar
el muchacho, quienes reciben las denominaciones
de “erasta” y "erómeno”, respectivamente.
O sea, estas prácticas del cortejo ya
van a delimitar quién hace qué.
El erasta es
quien siempre debe tomar la iniciativa,
es el que persigue. Lo que le da derechos
y obligaciones. Debe mostrar su ardor,
pero también debe poner de manifiesto
que es capaz de moderarlo. Debe hacer
regalos( que nunca debían ser dinero)
y debía prestar servicios. Toda esta conducta
hacia el erómeno le daba derecho a esperar
una recompensa.
Por su parte, el
erómeno ( muchacho al que aún no le había
crecido la barba) era el amado, el cortejado,
y debía muy bien guardarse de ceder con
facilidad, tampoco debía aceptar demasiados
homenajes, o dar sus favores en forma
alocada, o por interés, sin reconocer
el valor de su pretendiente. También debía
demostrar reconocimiento por todo lo que
su amante había hecho por él. O sea que
el cortejo iba acompañado de todo un juego
de reglas, de comportamientos regidos
por los convencionalismos pero igualmente
colmados de dilaciones y trampas, aceptaciones
y conductas esquivas.
Este complicado
cortejo, además de implicar una especial
administración del deseo por parte de
ambos varones, revelaba que las relaciones
sexuales entre hombres constituían, para
la sociedad, un elemento delicado y un
punto tan neurálgico- prosigue Foucault-
“que no podía despreocuparse nadie acerca
de la conducta de unos y otros” (Foucault-
op.citada).
A diferencia
del trato con la esposa, relegada al interior
del hogar y cuya opinión no contaba, el
varón adulto y el muchacho libre como
se hallaban ambos en condiciones de libertad
compartían el espacio de la calle o los
lugares de reunión como el gimnasio, en
los cuales ambos se desplazaban libremente
por lo que era preciso perseguir al muchacho,
cazarlo, acecharlo por donde pudiera pasar
y detenerlo donde se encontrase para manifestarle
sin pudores el amor que se sentía por
él; igualmente era preciso despertar su
interés, conquistarlo porque, siendo un
joven libre, podía aceptar o rechazar
la propuesta. “ Era un tema de queja irónica
-explica Foucault-, por parte de los enamorados,
esa necesidad de seguirlo al gimnasio,
de ir de caza del amado y de agotarse
participando en los ejercicios para los
que ya no se está hecho”. Entonces, como
el muchacho tenía derecho a rehusarse
había que ser capaz de convencerlo, superando
las propuestas de otros rivales. Y para
ello había que servirse del propio prestigio,
las propias cualidades, ente las cuales
las más importantes eran las que describían
a un hombre temperante y que sabía dominarse
a sí mismo. Con todo, es justamente en
esta dificultad en donde arraiga también
el interés, porque en este juego erótico
con un muchacho, el placer máximo viene
cuando el sí del erómeno es el resultado
de un enfrentamiento entre aquellas cualidades
del pretendiente y las virtudes ( entre
las que también se encontraba la contención
del ardor) del pretendido. Se llegaba
a un choque entre el ardor del adulto
y el honor del muchacho, la fama que iba
a resultar de su conducta justamente durante
su primera juventud, cuando era más vulnerable
porque era más apetecible.
Pero el otro
peligro que angustiaba al erasta era el
tiempo. Porque sabía que a partir de un
determinado momento, el muchacho ya sería
demasiado adulto para su rol casi femenino
de erómeno, y la preocupación se centraba
en la aparición de los signos de virilidad
y madurez en el adolescente. Un antiguo
aforismo, muy distinguido en la Antigüedad,
decía “la navaja que corta la primera
barba, corta el hilo de los amores”.
Ahora, ¿por
qué la aparición de estos signos de virilidad
en el joven fueron tan decisivos para
acabar con una relación de sexo, amor,
guía espiritual, que tanto disfrutaban
ambos?. Pues porque en esta relación sexual
también se jugaban los roles de actividad
y pasividad que podían poner en riesgo
el ano del adolescente. El adulto en todo
momento verse tentado a sodomizar al muchacho.
O lo que era más monstruoso, el muchacho
podía llegar a sodomizar al adulto. En
tanto el joven no tenía vello en el cuerpo,
se daba por sabido que el muchacho ocupaba
el rol femenino en la relación sexual.
Nadie se veía impulsado a preguntar algo
tan íntimo como quién penetraba a quién.
Era sabido que el hombre adulto era el
activo y el joven era el pasivo. Pero
de ninguna manera este último debía someterse
al hombre adulto por placer en el ejercicio
de este rol femenino. Se suponía que esa
pasividad sexual del joven era una concesión
que hacía al hombre adulto por afecto,
acaso por agradecimiento o por admiración;
pero jamás por gusto. Se lo consideraba
un sacrificio, por cuanto atentaba contra
la naturaleza viril del muchacho, que
se realizaba en nombre de una amistad.
Sin embargo,
ya es hora de aclarar que este rol pasivo
en modo alguno implicaba el coito anal.
El ano (del joven y aún más el del hombre
maduro) estaba absolutamente vedado en
la intimidad entre el erasta y el erómeno.
La satisfacción sexual del adulto se alcanzaba
por cópula intercrural, es decir, el joven
cerraba con fuerza las piernas y su amante
lo penetraba “por delante”, introduciendo
su pene entre las piernas apretadas del
joven. Esto hacía asemejar las relaciones
entre varones a las relaciones heterosexuales.
Si se practicaba coito anal, esto debía
permanecer secreto en la pareja. Por lo
tanto, el ano del varón estaba a salvo,
y en particular el culo masculino de la
cultura occidental se preservaba de la
defloración en ese juego del ardor y de
las tentaciones que implicaba la actividad
sexual entre hombres. Y este juego erótico
y este coito permitido como era la cópula
intercrural era tan natural que se encontraron
muchas ánforas decoradas con el tema.
Complicado cortejo
y prohibición del ano traían como consecuencia
una administración del deseo basada en
el equilibrio, la proporción y la belleza.
Y esto incluía un valor directamente político,
porque para los griegos existía un isoformismo
entre el dominio de sí de cada individuo,
el dominio del hogar una vez casado y
con patrimonio que administrar, y el buen
gobierno de una ciudad. Quien hubiera
manifestado debilidad ante las propias
pasiones, y una conducta juvenil dada
al desenfreno, no se lo consideraba capaz
de preservar un hogar ( y ello implicaba
no sólo la prosperidad económica sino
el manejo de la esposa, los hijos y los
esclavos) y, menos aún, se lo consideraría
capaz de ocupar un cargo con poder en
el ámbito público de la ciudad. Esta es
la razón que impulsa a Esquines a resolver
en el pasado de Timarco para cuestionar
su labor política. Se lo acusa (en Contra
Trimarco- citado por Foucault en op. Cit.-)
de haber recibido dinero por sus favores
sexuales, o sea, de prostituirse.
En resumen, aunque
las palabras suenen fuertes, en la sociedad
griega también el culo del varón, de condición
libre, debía permanecer virgen como condición
insobornable del poder.
La homosexualidad
en Roma:
Es erróneo considerar
a la homosexualidad como un “vicio
griego” y sostener que Roma la
desconocía antes del descubrimiento
de la cultura helénica. Las comedias
de Plauto, que son bastante anteriores
a ese momento, ya dan cuenta no
sólo de su práctica sino de la
amplia tolerancia social que imperaba.
Lo que no existió nunca en Roma
fue la exagerada preocupación
griega sobre el tema o el complejo
ritual del cortejo. Un joven libre
o un esclavo eran igualmente apetecibles
a la hora de elegir compañero
sexual. Lo que sí pasaba por el
juicio moral eran los roles de
actividad y pasividad.
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Paul Veyne escribe
en Roma “penetrar a un esclavo era un
acto inocente y ni siquiera los censores
más severos se interesaban por una cuestión
tan secundaria”, pero se consideraba una
monstruosidad que un ciudadano sintiera
placer en la pasividad servil durante
una relación sexual.
Pero la actividad
sexual entre varones está muy presente
en los textos romanos. Así Cátulo se vanagloriaba
de sus proezas con sus servidores y Cicerón
ensalzaba los besos que obtenía de su
esclavo- secretario. Cada uno elegía a
uno u otro sexo según su gusto; de este
modo, Virgilio sentía atracción exclusiva
por los jóvenes, el emperador Claudio
por las mujeres y Horacio repitió muchas
veces que adoraba a los dos sexos por
igual. Por su parte, los poetas homenajearon
al favorito del temible emperador Domiciano
como los escritores del siglo XVIII celebraban
a la Pompadour; y sabemos que el efebo
Antinoo, amante del emperador Adriano,
recibió culto oficial luego de su muerte
precoz. Y un tema frecuente en la antigüedad
clásica, y sobre todo en Roma, fue esclarecer
paralelismos entre ambas expresiones del
amor y comparar sus respectivas excelencias
(Paul Veyne- la homosexualidad en Roma).
Entre los romanos, las prácticas homosexuales
activas se confesaban abiertamente. En
el calendario romano del estado llamado
Fastos de Preneste, el 25 de abril era
la fiesta de los prostitutos masculinos,
así como al día siguiente era el de las
cortesanas.
De las relaciones
con hombres, pues, se hablaba francamente
a los demás siempre que se cumpliera en
ellas un rol activo, porque penetrar era
marcar un triunfo sobre el otro, de ahí
que Cátulo frecuentemente amenazara a
sus enemigos con penetrarlos. Lo importante
era ser el que penetraba y, siendo poco
relevante a qué sexo se penetraba, y aquí
sí la penetración involucraba el culo.
Además, y a diferencia con Grecia, en
el mundo romano las relaciones sexuales
entre hombres estaban exentas de sentimentalismos.
No era un vehículo para la amistad y muy
gustosamente se remplazaba al joven libre
por el esclavo, el que, podía llegar a
recibir el trato de favorito. Pero jamás
como pareja. Es más, poseer una sensualidad
desbordante, a la que ya no le bastaban
sus sirvientes sino que proseguía con
sus esclavos más jóvenes ( ya se tratara
de hombres como de mujeres) se ostentaba
como una proeza de amo. En tanto que los
demás contemplaban este desborde del hombre
poderoso con indulgencia.(P. Veyne – op. Cit).
Lo importante
era respetar a las mujeres casadas, a
las muchachas vírgenes y a los adolescentes
de origen libre. Porque de lo que se trataba
era de evitar que un futuro ciudadano
fuera penetrado como si se tratara de
un esclavo. Y esta prohibición hasta
alcanzó a la legislación misma, cuando
en el año 149 a.C. se sanciona la ley
Scantinia, que protegía al adolescente
varón de condición libre de la misma manera
que lo hacía con la joven virgen no esclava.
Como se comprende,
el sexo del compañero no preocupaba, lo
importante era no ser esclavo disfrutando
un rol que brindara placer al otro. En
Roma todo se reducía a obtener virilmente
placer en caso de los amos o a darlo servilmente
si era esclavo. Los mismos esclavos habían
creado un proverbio resignado que decía:
“ No hay vergüenza alguna en hacer aquello
que el amo ordena”> Incluso los niños
no estaban vedados siempre que no se
copulara con ellos para brindarles placer.
( Se cuenta que Tiberio, ya en la decadencia
mental de su vejez, se hacía practicar
felaciones por bebés lactantes porque,
aparte de carecer de dientes, poseían
el fuerte reflejo de la succión). Y a
nadie se le hubiera ocurrido iniciarle
un juicio al emperador por esta práctica
tan aberrante).
Pero el amo
que usaba su ano para procurarle placer
a otro era objeto del peor desprecio.
Por ejemplo, cierta maledicencia acusaba
de afeminamiento a los estoicos, en especial
a Séneca que exaltaba tanto a los atletas.
Los generales no se involucraban en la
vida sexual de sus soldados pero se expulsaba
de inmediato a los sexualmente pasivos.
Fue tal el desprecio por el varón que
disfrutaba de la pasividad en el acto
sexual que cuando el emperad0or Claudio
hizo decapitar a todos los amantes de
su esposa Mesalina, dejó con vida a un
impúdico del que se decía que “gozaba
como una mujer”, porque un sujeto tan
bajo habría mancillado la espada del verdugo.
Porque, para
los romanos el rol sexualmente pasivo
de un hombre ponía en evidencia una debilidad
esencial del carácter incompatible con
el rol político que le cabía a un ciudadano.
La romana era,
pues, una sociedad que no perdía el tiempo
en preguntar con qué sexo se copulaba,
pero prestaba una minuciosa atención a
los detalles: la toilette, la pronunciación,
los gestos, la forma de caminar; y castigaba
con el desprecio a quien demostrara falta
de virilidad.
Pero, para ser
exactos, había una práctica que en Roma
era aún más vergonzosa que la penetración
anal: era la felación. Paul Viene, en
el texto que venimos citando, refiere
que Tácito describe una escena espantosa:
cuando Nerón se hallaba sometiendo a tormento
a una de las esclavas de Octavia para
obligarla a confesar que la emperatriz
había cometido adulterio, la mujer resiste
el suplicio y le grita al inquisidor:
“La vagina de Octavia está más limpia
que tu boca”, pero no se refiere a la
boca de un calumniador, la mujer quiso
decir que su interrogador era un monstruo
despreciable porque le daba placer a otro
hombre en una felación. Pero igualmente
infame era el cunnilingus que se practicaba
con mujeres, porque el procurarle placer
a otro era lo prohibido para un ciudadano
romano, cualquiera fuera el sexo del compañero.
Entonces, en
resumen, el poder del varón entre los
romanos, y que lo facultaba a ejercer
su rol político de amo, era guardar una
moral, no de hombre heterosexual exclusivo,
porque esto nadie se lo exigía, sino de
varón que sabía obtener placer del otro
sin dar nada a cambio. Su culo y su boca
eran los tesoros de su virginidad.
Del cristianismo
medieval a la medicina del siglo XIX:
Sabemos que
el cristianismo prohibió drásticamente
toda forma de placer sexual porque consideraba
que el deseo había sido el castigo de
Dios tras la caída de los primeros padres.
Y, por tanto, tampoco distinguió un deseo
heterosexual de un deseo homosexual. Se
condenaba en general la sodomía que era,
también, la penetración anal tanto a hombres
como a mujeres. Pero la diferencia esencial
con la Antigüedad grecorromana fue que
descalificó en esencia a cualquier forma
de placer. Puso al deseo en el centro
mismo de un castigo originario. Y fueron
incontables los tratados que procuraban
guiar al catecúmeno en su lucha para
desembarazarse de él. Como referencia
podemos citar el texto de Foucault “La
lucha por la castidad”, incluido en el
libro Sexualidades Occidentales (citado
en la bibliografía al final de este trabajo),
y en el que analiza las etapas que fija
el monje Juan Casiano para sus hermanos
de orden para alcanzar la meta suprema
de todo cristiano: la santidad.
El Renacimiento,
los siglos XVII y XVIII, tampoco marcaron
una diferencia concreta entre heterosexuales
y homosexuales, pero se fueron acrecentando
en este período los prejuicios contra
estos últimos, aunque su práctica se mantuviera
en el rol sexual activo. En muchas crónicas
de navegación se cuenta con vergüenza
las ejecuciones de marineros sorprendidos
en pleno acto nefando, pero eran matados
todos los implicados, sin importar el
rol sexual que mantenían al ser descubiertos.
Fue el siglo
XIX, con la problematización y la detallada
clasificación que hará la medicina en
su nueva especialización ( los alienistas
y los psiquiatras), quienes de verdad
y por primera vez distinguirán dos deseos
separados, que terminaron significando
dos identidades claramente diferenciadas
( una sana, normal, y la otra enferma,
perversa, desviada), sin considerar el
rol pasivo o activo que se cumpliera.
Naturalmente que para estos primeros psiquiatras
el homosexual pasivo era bastante más
enfermo que el activo, por que este último
aún podía curarse, alejándose de la práctica
sexual con hombres. Pero ambos se hallaban
dentro de la misma anormalidad biológica.
La idea de una
división biológica entre heterosexuales
y homosexuales será una verdad tan impuesta
que los mismos movimientos homófilos darán
cuenta de ella como se desprende del concepto
de “ Tercer sexo” que elaboró Magnus Hirschfeld,
uno de los primeros luchadores por los
derechos homosexuales en el siglo XIX.
El modelo médico,
ya hacia fines del siglo XIX, describía
la homosexualidad como la condición perversa
de determinados individuos concretos,
y no como una conducta viciosa en la que
cualquiera podía caer. Y tanto estudiosos
como Jeffrey Weeks o Lillian Faderman,
sostienen que la consecuencia de toda
aquella complicada clasificación del pederasta
crearon identidades, asumidas luego por
las personas, que las ayudaban a diferenciarse
de otras (citados por George Cauncey,
Jr. En “ De la inversión sexual a la homosexualidad”),
y aunque existen historiadores que niegan
validez a estas teorías en tanto no se
realicen investigaciones más minuciosas
sobre la vida privada de las personas
durante el siglo XIX, sí existe unanimidad
en reconocer la importancia de la opinión
médica respecto a la historia de la sexualidad,
ya que al delimitar estrictamente la definición
de desviación, delimitaron culturalmente
los parámetros de lo admisible.
En un comienzo,
toda la teoría médica victoriana va a
apuntar a convalidar el orden conservador
con el término de normalidad biológica
o desviación. Afirmaba, por ejemplo, la
agresividad masculina natural y negaba
todo interés sexual en la mujer. Hacia
1880 y 1890, los médicos consideraban
patológico el placer sexual que podía
sentir una mujer. Y en lo tocante al varón,
ahora sí la elección del sexo de su pareja
sexual era indicio o no de una patología
orgánica que muy bien podía datar desde
los años de su niñez.
Los estudios
minuciosos de Richard von Krafft-Ebing,
Plictenstein, Rivers, y otros, alertaban
acerca de los signos de una desviación
sexual en ambos sexos que terminaron despertando
la conocida inclinación de la sociedad
a la vigilancia de sus miembros. Lichtenstein,
en un trabajo ya de 1921, estableció los
rasgos masculinos de ciertas mujeres,
como la preferencia por vestir traje-sastre,
calzar zapatos bajos y llevar el cabello
corto. Otros médicos (como el citado por
George Cauncey, Jr) habían observado que
muchas mujeres silbaban muy bien. El beber,
fumar y tener hábitos independientes en
una mujer también eran síntomas de una
anormalidad. Por su parte, Rivers pensaba
que un hombre pervertido, si bien podía
guardar ciertas apariencias de normalidad,
nunca fumaba, ni se casaba y era absolutamente
reacio a las competiciones al aire libre.
O investigadores como Elidí y Mills (
igualmente citados por Cauncey, Jr) sostenían
que muchos hombres eran aficionados en
demasía a mirarse al espejo o a hablar
con voz aguda y femenina. Ellis citaba
el caso de un hombre casado que, sospechosamente,
tenía “ un físico insignificante...voz
aguda ...era afectuoso con los demás hasta
extremos femeninos... y muy hogareño en
sus hábitos de vida”.
Porque, a lo
que apuntaba esta nueva prédica médica,
en aras de lo que venimos tratando, esto
es, la preservación del culo masculino,
era salir al encuentro de una estrategia
que hallaron ciertos grupos homosexuales
durante el siglo XIX, en especial los
de clase alta: la doble vida. De día cumplían
con las formalidades de una vida normal
(incluso no tenían en muchos casos inconveniente
en casarse), pero de noche se fue desarrollando
todo un mundo secreto de personajes, lugares
y actividades exclusivas para homosexuales.
Se trató de otro intersticio en el que
se refugió el deseo. La estrategia no
dejó de tranquilizar a la sociedad victoriana
en general, pero los médicos continuaron
insistiendo en publicar investigaciones
o difundir teorías que delataran a todos
aquellos individuos que pudieran estar
utilizando estos secretos escondrijos
del deseo en los cuales terminó gran parte
de la sociedad “ decente” en todo occidente;
y que, por hallarse en las antípodas de
la visibilidad social, ponían en riesgo
esa cultura de la virginidad anal del
varón. Se podría considerar a quien frecuentara
un prostíbulo para homosexuales, como
el que describió Marcel Proust en su novela,
que fuera desde la niñez un desviado sexual
sin remedio, pero ¿ qué garantías había
de que, en las sombras protectoras de
la clandestinidad, y abusando de la atracción
que ejercía el deseo en seres inocentes,
no los corrompieran, torciendo así su
naturaleza?.
La estrategia
de la “ doble vida” prosperó durante toda
la Belle Epoque porque, primero era una
ocurrencia de las clases poderosas, y
segundo porque creaba una adecuada ilusión
de normalidad que serenaba los ánimos
de una burguesía siempre inestable, siempre
insegura, sometida a los vaivenes del
capitalismo. A las crisis económicas y
financieras tan frecuentes durante el
siglo XIX, podían suceder desgracias familiares
de penosas consecuencias con el tiempo,
porque a la luz de las teorías médicas
mismas de la época, la homosexualidad
descubierta de un abuelo marcaba para
siempre a esa familia y a sus descendientes
con la mancha de la degeneración biológica;
y así se explicaba la tuberculosis del
joven casadero por la homosexualidad manifiesta
del abuelo paterno.
Pero toda estrategia,
aún la mejor concertada con la sociedad
en general, llega a su fin, se desgasta
con el uso. Es así que a partir de los
años ´40 y ´50, todo este mundo secreto
en el que los homosexuales se movían como
peces en el agua, comienza a ser perseguido
y penetrado por el Estado a través de
la policía. Se inicia así un período de
persecuciones, juicios ejemplificadores
y represión policial cotidiana, no solamente
en prostíbulos ( donde concurría la burguesía)
sino en baños públicos (donde concurrían
las otras clases sociales) hasta confluir
en los gobiernos paranoicos como el nazismo,
el estalinismo o el fascismo de Mussolini
o de Franco. Pero igualmente concretaron
estas persecuciones gobiernos conservadores
y represivos, elegidos democráticamente.
Esta situación
de caos no le da otra salida a los ya
asumidos homosexuales, seguros ahora de
su identidad que emprender una lucha política,
no exenta de heroísmo, pero que confluirá
igualmente en un nuevo pacto tranquilizador
con la sociedad.
La era actual:
Aparte de la
aparición de la sexología, saber este
que despenaliza (por llamarlo de alguna
manera) a la homosexualidad, erradicando
el término enfermedad por el de disfunción
sexual (en el que no estaba incluida la
homosexualidad, considerada por ellos
como una forma más de la sexualidad normal),
todos los demás saberes van modificando
sus concepciones acerca de la sexualidad
humana. Así psicoanalistas y psiquiatras
van a coincidir a partir de los años ´60
que la homosexualidad no es una enfermedad
en sí misma, pero existe el homosexual
sano y el homosexual enfermo.
Por su parte,
al gay, nuevo personaje social, no le
quedó más remedio, luego de derribadas
las instituciones secretas de la doble
vida, que pedir ser aceptado por la sociedad
como una persona normal. Y en la prosecución
de esta meta, se han dado dos caminos:
1) la organización de los gays en grupo
de lucha pidiendo infinidad de derechos
pero en especial uno: que sus relaciones
sexuales entre varones sean consideradas
normales; y 2) el surgimiento del travesti
y el transexual, como identidades, que
luchan para ser reconocidos como mujeres
heterosexuales. En ambos casos, la pérdida
de aquel mundo secreto impulsó a los homosexuales
a luchar para entrar en la sociedad de
los normales.
Pero de esta
misma lucha surge un pacto. El gay será
admitido por la sociedad si se compromete
a respetar las leyes de la moral vigente
entre los heterosexuales (quienes no siempre
la cumplen). Así surge, en la problematización
de los nuevos saberes (como los sexólogos
y los psicoanalistas norteamericanos),
la distinción entre el homosexual sano
y el homosexual enfermo. El primero es
el que mantiene una pareja estable, conserva
su empleo, cuenta con la simpatía de sus
vecinos y compañeros de trabajo, y defiende
como cualquiera las normas de la “decencia”.
En cambio, el homosexual enfermo lleva
una vida promiscua, no conserva sus empleos,
mantiene con sus parejas casuales relaciones
enfermizas, prácticas aberrantes, y es
difícil de controlar en sus impulsos porque
desea cualquier cosa que porte un pene.
Y, lo que es más preocupante, no hay garantías
de que se mantenga en el rol pasivo “natural”
de un gay. En tanto, el gay sano mantiene
en alto la consigna “un gay con un gay”,
despreciando incluso al varón bisexual
que lo pretende, incluso a los prostitutos;
el gay enfermo siempre está experimentando
nuevas formas de placer. Por ello, este
personaje comienza a ser despreciado por
el ambiente gay mismo.
En el contexto
de esta exaltación de la cultura gay,
y en ciertos sectores del saber como los
sexólogos que promueven algo así como
una idealización de todo lo gay, fue preciso
tranquilizar a la sociedad en el sentido
de que liberar al homosexual de ciertas
formas de la discriminación con miras
a la integración, no significaba un cambio
de cultura, no iba a ser una tierra de
nadie sexual. (Fue frecuente escuchar
en los debates que se daban para ver si
se derogaban ciertas leyes homófobas,
el argumento de que si se le daba libertad
a la práctica homosexual, todo el mundo
se haría homosexual y se acabaría la humanidad).
Fue necesario, pues, en la lucha por encontrar
un lugar aceptable y pacífico en la sociedad
de la normalidad, dar garantías a la comunidad
de que se observaría una vida respetable,
y que todo gay que se considerara “sano”
se situaría en un lugar de visibilidad
dentro del cual sus actos, su vida privada
y sus amistades y amoríos serían susceptibles
de vigilancia permanente por parte de
sus vecinos, compañeros de trabajo o familiares.
Y dentro de estos términos del pacto se
comprende el desarrollo de la idea cada
vez más firme entre los gays de “dar la
cara”. Porque es más tranquilizador,
para un empleador o para el consorcio
de un edificio saber que cierta persona
es abiertamente gay incluso admitido por
ella misma ya que esta aceptación implica
que estará dispuesto a someterse a la
mirada de los demás, porque no habrá nada
que ocultar. Pero lo que más va a surgir
es el ghetto más que la mezcla, que siempre
estará condenada al fracaso. Y en el interior
de este ghetto gay igualmente se espera
la observación de las normas de la decencia.
Se esperan ver parejas estables, oficios
decentes y un estilo de vida que, en la
práctica, hasta llegó a ser susceptible
de imitación por parte de ciertos heterosexuales.
La vida respetable
y los signos exteriores (aritos, ropa
chillona, cierto afeminamiento al caminar)
que los identificara en el ámbito público,
son los términos del pacto.
Pero con la
aparición del SIDA se corren nuevamente
los velos de las simulaciones y las mentiras
porque permitió descubrir que un homosexual
mantenía más de mil relaciones sexuales
por año con personas diferentes. Entonces,
los homosexuales son sometidos nuevamente
a la vigilancia y a los controles sociales.
Se abocan a sus vidas y costumbres estudios
sociológicos, estadísticos, se observan
sus prácticas sexuales en los baños sauna.
Cada portador de la enfermedad es un agente
que se sustrajo a la vigilancia que había
prometido.
El Sida actuó,
para la sociedad, de luz y de castigo
al mismo tiempo, y generó entonces nuevos
términos del pacto entre el homosexual
y su comunidad. Surge así el enfermo de
Sida “arrepentido”, que es elevado a la
altura de los mártires porque admite ante
la sociedad, ante la prensa, los noticieros,
en manifestaciones callejeras, que jugó
un juego peligrosos y que causó su perdición.
Y mientras tanto, los demás gays, afectados
o no por la enfermedad, se lanzan a verdaderas
campañas de moralización en las costumbres
privadas del gay. Y a la imposición del
profiláctico que al tiempo que preserva
de la enfermedad impone un freno al ardor
en la relación sexual porque instaura
la racionalidad en las pasiones.
Tanto la prédica
a favor de las relaciones estables entre
homosexuales como la imposición del profiláctico,
apunta en ambos casos a un nuevo control
del deseo.
Nadie va a negar
la necesidad del uso de preservativo en
cualquier relación sexual pero, es preciso
comprender que, de hecho, como una consecuencia
unida a él se encuentra adherida la racionalidad,
la mediación del pensamiento, que contiene
el descontrol. Y así, con la excusa del
Sida, se arroja nuevamente a los homosexuales
al campo de la visibilidad, al “panóptico”
social.
Pero el sida
también reavivó las luchas gays por sus
derechos, incluso unió más a los homosexuales
al crearles héroes y mártires. El conocido
símbolo de la manta que da abrigo al enfermo,
pero también derechos.
Ahora bien,
exista un pacto o no, se respeten sus
términos o no, el culo del varón no puede
estar más seguro que en esta época ya
que, más que nunca, el homosexual es el
otro. La liberación de una civilización
y de una cultura opresiva basada en la
prohibición del culo del varón ya no depende
del triunfo de las luchas de los homosexuales
o la aceptación del travesti como nuevo
personaje social. Porque para el ámbito
de la “normalidad” siempre serán “ el
otro”. Y es en este contexto que se comprenden
los besitos en la boca entre Maradona
y Caniggia o la aparición de los llamados
“metrosexuales”, quienes con sus cambios
constantes de peinados, su coquetería
femenina, hasta en muchos casos con su
maquillaje y exceso de adornos, siguen
siendo considerados machos. Y en la actualidad,
el macho puede hacer lo que quiera porque
el homosexual siempre será el “otro”.
Actualmente,
pene, vagina, culo ya no son órganos,
son símbolos inconscientes y representan
a toda una cultura basada en la división
de las personas en superiores e inferiores,
opresores y oprimidos, enfermos y normales.
Representan el orden mismo de los poderes.
Esta caída de los órganos sexuales en
la simbolización del poder explica también
que las mismas mujeres heterosexuales
( consideradas a sí mismas como mejores
que las lesbianas) son las primeras defensoras
de ese culo varonil intocable. Ya que
esa prohibición cultural las incluye a
ellas en las zonas superiores de la pirámide.
La virginidad del culo del varón implica
también la supremacía de la vagina heterosexual.
De ahí la pasión homofóbica de gran parte
de las mujeres heterosexuales.
Esta cultura
se sostiene en tanto y en cuanto el varón
contenga su deseo femenino y pasivo de
dar placer y la mujer contenga el deseo
masculino de obtenerlo. Y el homosexual
será aceptado y se le hará un lugar en
la convivencia social si se mantiene en
el tranquilizador lugar del “otro”.
Ahora bien,
si finalmente este bendito culo cultural
del varón es penetrado, ¿vendrá una cultura
mejor?. Probablemente sobrevenga un período
de caos y de producción descontrolada
de deseo que seguirá dos caminos posibles:
1) o la demolición por un agotamiento
de la vitalidad humana; o 2) en el mejor
de los casos, una nueva desterritorialización
del deseo que buscará, naturalmente, una
territorialización, sea ésta la libertad
o una nueva paranoia. Pero posiblemente,
como ocurrirá con la muerte del sol dentro
de cinco mil millones de años, no nos
corresponderá a nosotros verlo.
Marcelo Manuel Benítez.
“Historia de la sexualidad” Tomo 2 “El uso de los placeres”.
Capítulo IV: Erótica. Michael Foucault.
Siglo XXI Editores. México 1986.
“Homosexualidad: literatura y política”. Varios autores.
“De la inversión sexual a la homosexualidad”
de George Chauncey, Jr. Alianza Editorial.
1985
“Sexualidades occidentales” Varios autores. “La homosexualidad
en Roma” de Paul Veyne Editorial Piados
.1987.
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