Año IV - número 16 - Marzo 2005
Buenos Aires - Argentina
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Número 16
Marzo de 2005
Editorial
* Regreso triunfal de Torquemada. Por Conrado Yasenza
Entrevistas
* Andrés Rivera.
Por Marcelo Luna
* Horacio González.
Por Conrado
Yasenza
El Damero
* La culpa de los Inocentes.
Por Alfredo Grande
* Qué hacemos con el culo del hombre.
Por Marcelo Benítez
* Lógicas de la muerte.
Por Claudio Barbará
Ajo y Limones
* Una reunión profética.
Por Rubén Fernández Lisso
* Todo lo humano me es ajeno.
Por Rubén Fernández Lisso
Zona literaria y misceláneas
* La Nueva Canción Chilena: La banda sonora de la Revolución.
Por José Ignacio Silva
* La Metáfora Viral en William Burroughs. Postmodernidad, compulsión y Literatura conspirativa.
Por Prof. Adolfo Vásquez Rocca
Cuentos
* Cuentos breves e inéditos de Juan José Hernández
* Cuentos de Carola Chaparro
Poesía
* Selección de Poemas de Miguel Ángel Bustos.
Por Conrado Yasenza.
* Selección de Poemas de Emiliano Bustos (Hijo de M A).
Por Amalia Gieschen.
* Poemas de Sara Rosenberg
El Ojo Plástico
* Reflexiones en torno a la muestra Retrospectiva 1954-2004. Entrevista a León Ferrari.
Por Conrado Yasenza
* Fotografías de Sara Rosenberg
Libros
* La ciudad de los sueños. Narrativa Completa. de Juan José Hernández.
Por Conrado Yasenza
* Sombras nada más. de Vicente Zito Lema.
Por Conrado Yasenza
* El pensamiento alternativo en la Argentina del siglo XX.
por Marcelo Luna
* PALABRA VIVA. Textos de escritoras y escritores desaparecidos y víctimas del terrorismo de Estado. Argentina 1974-1983.
SEA - Sociedad de Escritores y Escritoras Argentinos.
Teatro
* "Miopes. Nadie leyó la letra chica del contrato" de Alfredo Grande.
Por Marcelo Benítez
 

El Damero

¿Qué hacemos con el culo del hombre?

Por Marcelo Manuel Benítez

 
   
   
   
   

Introducción:

“Por culpa de ese pedacito de carne sin vida”, lloraba un travesti que había intentado castrarse porque no tenía dinero para transformarse en mujer. La nota televisiva causó asombro hace unos años atrás y en especial una amplia hilaridad entre los televidentes y los comentaristas radiales. La razón por la cual nadie se escandalizó ni pidió sanciones para el programa de televisión es fácil de explicar: el hecho de que un hombre, al que le correspondería concentrar todo su deseo en su pene, símbolo de masculinidad para la mayoría de los hombres, y en vez de valorarlo por sobre todo lo demás  lo desprecia para tener una vagina ya no causa extrañeza, no provoca el derrumbe de ninguna ley fundamental de la cultura, y esto porque tanto los travestis como los homosexuales en general se han sabido acurrucar en las zonas iluminadas de la sociedad y dejar las revoluciones para otros sectores que aún resisten. Pero esta desconfiada aceptación social hacia sectores que siempre fueron discriminados e incluso perseguidos policialmente es consecuencia de un pacto de hecho y a veces subrepticio por el cual ambas partes se comprometieron  en el respeto de ciertas condiciones. Pero esto lo estudiaremos más adelante porque comenzaremos por el principio.

  Nos preguntamos ¿por qué desde las primeras culturas, hace miles de años atrás, las relaciones sexuales entre varones despertaron desconfianza y, aún las sociedades más permisivas pusieron de manifiesto hacia estas relaciones igualmente una preocupación primordial?. Es que la civilización occidental (aunque la oriental tampoco está exenta) se asienta no sólo en la prohibición del incesto, como tanto han insistido psicoanalistas y antropólogos, también se basa en la  prohibición del “culo del varón “  como órgano sexual; y a lo largo de los siglos, en tanto crecía y se desarrollaba esta cultura, se fueron estructurando códigos y técnicas que son estrategias precisamente para proteger ese “culo” que siempre es tentado a sucumbir ante los placeres de la defloración.

No pretendo en este trabajo reconstruir una historia de cómo occidente protegió el ano masculino y los sustrajo, como órgano sexual, de la cópula. Sólo daré algunos ejemplos, antiguos y modernos, y trataré de esclarecer su significado.

La Antigüedad ( Grecia y Roma):

     Es probable, y muchos antropólogos y pensadores así lo sostienen, que haya existido un período en los comienzos de la humanidad en que los hombres y mujeres, más parecidos a machos y hembras, se sometieran a desbordes eróticos que le restaban tiempo y energía para la caza y la sociabilidad y, por lo tanto, para el desarrollo de la vida. Comprobó que la muerte por agotamiento y por falta de alimento sucedía a estos placeres desenfrenados. Entonces, el primer paso en la instauración de la vida fue una contención de las pasiones para dedicarle horas a la caza, a la fabricación de herramientas, al apareamiento con mujeres en miras a la preservación de la especie.

En estos primeros tiempos iniciáticos, durante los cuales debieron ocurrir acontecimientos trágicos y demoledores pudo haber nacido una desconfianza incipiente hacia las tentaciones del placer venéreo y una “ escandalización “ (si se me permite este invento) respecto a la inclusión del ano masculino en el coito entre hombres.

Grecia:

Primeras técnicas de preservación del ano masculino:

Foucault escribe, en el Uso de los Placeres, que los griegos no oponían, como dos elecciones diferentes, el deseo homosexual al deseo heterosexual. Era más importante, a la hora de juzgar la fortaleza moral de un hombre, si era temperante y dueño de sí mismo tanto con hombres como con mujeres: “ Tener costumbres relajadas – explica Foucault en la obra citada-  era no saber resistirse a las mujeres ni a los muchachos, sin que lo uno fuera más grave que lo otro”. Lo que hacía que un hombre deseara a una mujer o a un hombre era la atracción que la naturaleza le había implantado en su corazón hacia todo lo que fuera bello. O sea, la Grecia de la antigüedad era una sociedad permisiva.

     Entonces, el deseo hacia los muchachos o hacia las mujeres no constituía dos apetitos diferentes o enfrentados. Más bien se trataba de dos maneras de tomar placer.

     Amar a un muchacho no sólo le estaba permitido al varón por las leyes sino también por la opinión. Incluso hallaba apoyo en instituciones prestigiosas como la militar o la pedagógica ( se estimulaban los romances entre los soldados, por ejemplo, porque por ello se defendían mejor en las batallas; y se observaba una más elevada relación entre el maestro y su alumno si la enseñanza se acompañaba de una intimidad sexual frecuente). Por otra parte, las relaciones sexuales entre varones las enlazaban toda una literatura y una reflexión que fundamentaba su excelencia.

     Sin embargo, esta misma permisividad griega también despertaba inquietud. De hecho se despreciaban a los jóvenes demasiado fáciles o demasiado interesados,  se descalificaba a los hombres afeminados ( de los que los autores cómicos se burlaban constantemente) y, sobre todo, se descalificaba a quienes se entregaban sin pudor a estos placeres, es decir, a los libertinos.

     Por lo que vemos que, por un lado se aceptan las relaciones sexuales entre varones, incluso otorgándoles tan alto valor que se le toleran conductas que en otros casos serían consideradas indecorosas como los ruegos, las súplicas, los falsos juramentos. Pero también, por otro lado, vemos la preocupación de padres por proteger a sus hijos varones de las intrigas amorosas o la exigencia a los pedagogos para que les pongan obstáculos.

     Entonces, nos preguntamos una vez más ¿por qué una relación autorizada por las leyes y la opinión se hallaba  asimismo rodeada de “valores, de imperativos, de exigencias, de reglas, de consejos, de exhortaciones, a la vez numerosos, premiosos y singulares” ( Foucault - op. Citada).

    Naturalmente, la finalidad de este trabajo es demostrar que lo que en definitiva se buscaba era preservar el culo  del hombre libre. Porque el del esclavo no importaba para nada, ya se compraba a un esclavo también por su belleza y su cuerpo estaba a disposición del amo tanto como su trabajo. Lo que inquietaba era el culo del hombre libre porque era el culo del poder.

    Y se lo preservó en Grecia desplegando dos estrategias al mismo tiempo diferentes y convergentes: por un lado se desarrolló un complicado ritual de cortejo que tornaba al muchacho, de condición libre, difícil, distante, distanciado del deseo de quien lo pretendía por un código que, si bien lo volvía aún más apetecible, calladamente lo alejaba de ese apetito. Y por otro lado, la estrategia de sustraer el culo del muchacho en la relación íntima, si ésta se daba.

El cortejo:

     La reflexión filosófica que tomó como tema las relaciones entre varones libres va a arraigar en prácticas sociales muy extendidas, reconocidas y relativamente complejas, explica Foucault, porque lo que une al adulto y al adolescente era objeto de una especie de ritualización, y estas relaciones eran ya  el pretexto para todo un juego social.

     Eran prácticas de cortejo. Delimitaban un conjunto de conductas convenidas y a convenir que definían el accionar mutuo y los respectivos movimientos que debían observar ambos compañeros para dar, en definitiva, a sus relaciones la forma “ más bella “ posible. Hay, pues, un componente estético, además del moral, que le otorga validez. Y del mismo concepto de belleza griego se desprende la estrategia para sosegar el deseo y conducirlo por el camino de la razón, ya que el ideal de belleza en Grecia incluía la proporción y el justo medio.  El equilibrio ( expulsando los excesos)  obtenido a través de la racionalidad. Porque bella podía ser, para los griegos, tanto una estatua, un edificio, como una conducta y hasta una vida. A los hombres se los recordaba si en los espíritus habían dejado la sensación  de un comportamiento bello. Entonces, ya desde aquí el deseo sufre una advertencia que lo amenaza  con la vigilancia social 6y, eventualmente, la reprobación.

     Pero el cortejo constituye prácticas y ritos que asimismo van a definir el papel que va a adoptar el hombre adulto y el que va a adoptar el muchacho, quienes reciben las denominaciones de “erasta” y "erómeno”, respectivamente. O sea, estas prácticas del cortejo ya van a delimitar quién  hace qué.

     El erasta es quien siempre debe tomar la iniciativa, es el que persigue. Lo que le da derechos y obligaciones. Debe mostrar su ardor, pero también debe poner de manifiesto que es capaz de moderarlo. Debe hacer regalos( que nunca debían ser dinero) y debía prestar servicios. Toda esta conducta hacia el erómeno le daba derecho a esperar una recompensa.

  Por su parte, el erómeno ( muchacho al que aún no le había crecido la barba) era el amado, el cortejado, y debía muy bien guardarse de ceder con facilidad, tampoco debía aceptar demasiados homenajes, o dar sus favores en forma alocada, o por interés, sin reconocer el valor de su pretendiente. También debía demostrar reconocimiento por todo lo que su amante había hecho por él. O sea que el cortejo iba acompañado de todo un juego de reglas, de comportamientos regidos por los convencionalismos pero igualmente colmados de dilaciones y trampas, aceptaciones y conductas esquivas.

     Este complicado cortejo, además de implicar una especial administración  del deseo por parte de ambos varones, revelaba que las relaciones sexuales entre hombres constituían, para la sociedad, un elemento delicado y un punto tan neurálgico- prosigue Foucault- “que no podía despreocuparse nadie acerca de la conducta de unos y otros” (Foucault- op.citada).

     A diferencia del trato con la esposa, relegada al interior del hogar y cuya opinión no contaba, el varón adulto y el muchacho libre como se hallaban ambos en condiciones de libertad compartían el espacio de la calle o los lugares de reunión como el gimnasio, en los cuales ambos se desplazaban libremente por lo que era preciso perseguir al muchacho, cazarlo, acecharlo por donde pudiera pasar y detenerlo donde se encontrase para manifestarle sin pudores el amor que se sentía por él; igualmente era preciso despertar su interés, conquistarlo porque, siendo un joven libre, podía aceptar o rechazar la propuesta. “ Era un tema de queja irónica -explica Foucault-, por parte de los enamorados, esa necesidad de seguirlo al gimnasio, de ir de caza del amado y de agotarse participando en los ejercicios para los que ya no se está hecho”. Entonces, como el muchacho tenía derecho a rehusarse había que ser capaz de convencerlo, superando las propuestas de otros rivales. Y para ello había que servirse del propio prestigio, las propias cualidades, ente las cuales las más importantes eran las que describían  a un hombre temperante y que sabía dominarse a sí mismo. Con todo, es justamente en esta dificultad en donde arraiga también el interés, porque en este juego erótico con un muchacho, el placer máximo viene cuando el sí del erómeno es el resultado de un enfrentamiento entre aquellas cualidades del pretendiente y las virtudes ( entre las que también se encontraba la contención del ardor) del pretendido. Se llegaba a un choque entre el ardor del adulto y el honor del muchacho, la fama que iba a resultar de su conducta justamente durante su primera juventud, cuando era más vulnerable porque era más apetecible.

     Pero el otro peligro que angustiaba al erasta era el tiempo. Porque sabía que a partir de un determinado momento, el muchacho ya sería demasiado adulto para su rol casi femenino de erómeno, y la preocupación se centraba en la aparición de los signos de virilidad y madurez en el adolescente. Un antiguo aforismo, muy distinguido en la Antigüedad, decía  “la navaja que corta la primera barba, corta el hilo de los amores”.

     Ahora, ¿por qué la aparición de estos signos de virilidad en el joven fueron tan decisivos para acabar con una relación de sexo, amor, guía espiritual, que tanto disfrutaban ambos?. Pues porque en esta relación sexual también se jugaban los roles de actividad y pasividad que podían poner en riesgo el ano del adolescente. El adulto en todo momento verse tentado a sodomizar al muchacho. O lo que era más monstruoso, el muchacho podía llegar a sodomizar al adulto. En tanto el joven no tenía vello en el cuerpo, se daba por sabido que el muchacho ocupaba el rol femenino en la relación sexual. Nadie se veía impulsado a preguntar algo tan íntimo como quién penetraba a quién. Era sabido que el hombre adulto era el activo y el joven era el pasivo. Pero de ninguna manera este último debía someterse al hombre adulto por placer en el ejercicio de este rol femenino. Se suponía que esa pasividad sexual del joven era una concesión que hacía al hombre adulto por afecto, acaso por agradecimiento o por admiración; pero jamás por gusto. Se lo consideraba un sacrificio, por cuanto atentaba contra la naturaleza viril del muchacho, que se realizaba en nombre de una amistad.

    Sin embargo, ya es hora de aclarar que este rol pasivo en modo alguno implicaba el coito anal. El ano (del joven y aún más el del hombre maduro) estaba absolutamente vedado en la intimidad entre el erasta y el erómeno. La satisfacción sexual del adulto se alcanzaba por cópula intercrural, es decir, el joven cerraba con fuerza las piernas y su amante lo penetraba “por delante”, introduciendo su pene entre las piernas apretadas del joven. Esto hacía asemejar las relaciones entre varones a las relaciones heterosexuales. Si se practicaba coito anal, esto debía permanecer secreto en la pareja. Por lo tanto, el ano del varón estaba a salvo, y en particular el culo masculino de la cultura occidental se preservaba de la defloración en ese juego del ardor y de las tentaciones que implicaba la actividad sexual entre hombres. Y este juego erótico y este coito permitido como era la cópula intercrural era tan natural que se encontraron muchas ánforas decoradas con el tema.

     Complicado cortejo y prohibición del ano traían como consecuencia una administración del deseo basada en el equilibrio, la proporción y la belleza. Y esto incluía un valor directamente político, porque para los griegos existía un isoformismo entre el dominio de sí de cada individuo, el dominio del hogar una vez casado y con patrimonio que administrar, y el buen gobierno de una ciudad. Quien hubiera manifestado debilidad ante las propias pasiones, y una conducta juvenil dada al desenfreno, no se lo consideraba capaz de preservar un hogar ( y ello implicaba no sólo la prosperidad económica sino el manejo de la esposa, los hijos y los esclavos) y, menos aún, se lo consideraría capaz de ocupar un cargo con poder en el ámbito público de la ciudad. Esta es la razón que impulsa a Esquines a resolver en el pasado de Timarco para cuestionar su labor política. Se lo acusa (en Contra Trimarco- citado por Foucault en op. Cit.-) de haber recibido dinero por sus favores sexuales, o sea, de prostituirse.

    En resumen, aunque las palabras suenen fuertes, en la sociedad griega también el culo del varón, de condición libre, debía permanecer virgen como condición insobornable del poder.

La homosexualidad en Roma:

     Es erróneo considerar a la homosexualidad como un “vicio griego” y sostener que Roma la desconocía antes del descubrimiento de la cultura helénica. Las comedias de Plauto, que son bastante anteriores a ese momento, ya dan cuenta no sólo de su práctica sino de la amplia tolerancia social que imperaba. Lo que no existió nunca en Roma fue la exagerada preocupación griega sobre el tema o el complejo ritual del cortejo. Un joven libre o un esclavo eran igualmente apetecibles a la hora de elegir compañero sexual. Lo que sí pasaba por el juicio moral eran los roles de actividad y pasividad.

 

     Paul Veyne escribe en Roma “penetrar a un esclavo era un acto inocente y ni siquiera los censores más severos se interesaban por una cuestión tan secundaria”, pero se consideraba una monstruosidad que un ciudadano sintiera placer en la pasividad servil durante una relación sexual.

     Pero la actividad sexual entre varones está muy presente en los textos romanos. Así Cátulo se vanagloriaba de sus proezas con sus servidores y Cicerón ensalzaba los besos que obtenía de su esclavo- secretario. Cada uno elegía a uno u otro sexo según su gusto; de este modo, Virgilio sentía atracción exclusiva por los jóvenes, el emperador Claudio por las mujeres y Horacio repitió muchas veces que adoraba a los dos sexos por igual. Por su parte, los poetas homenajearon al favorito del temible emperador Domiciano como los escritores del siglo XVIII celebraban a la Pompadour; y sabemos que el efebo Antinoo, amante del emperador Adriano, recibió culto oficial luego de su muerte precoz. Y un tema frecuente en la antigüedad clásica, y sobre todo en Roma, fue esclarecer paralelismos entre ambas expresiones del amor y comparar sus respectivas excelencias (Paul Veyne- la homosexualidad en Roma). Entre los romanos, las prácticas homosexuales activas se confesaban abiertamente. En el calendario romano del estado llamado Fastos de Preneste, el 25 de abril era la fiesta de los prostitutos masculinos, así como al día siguiente era el de las cortesanas.

     De las relaciones con hombres, pues, se hablaba francamente  a los demás siempre que se cumpliera en ellas un rol activo, porque penetrar era marcar un triunfo sobre el otro, de ahí que Cátulo frecuentemente amenazara a sus enemigos con penetrarlos. Lo importante era ser el que penetraba y, siendo poco relevante a qué sexo se penetraba, y aquí sí la penetración involucraba el culo. Además, y a diferencia con Grecia, en el mundo romano las relaciones sexuales entre hombres estaban exentas de sentimentalismos. No era un vehículo para la amistad y muy gustosamente se remplazaba al joven libre por el esclavo, el que, podía llegar a recibir el trato de favorito. Pero jamás como pareja. Es más, poseer una sensualidad desbordante, a la que ya no le bastaban sus sirvientes sino que proseguía con sus esclavos más jóvenes ( ya se tratara de hombres como de mujeres) se ostentaba como una proeza de amo. En tanto que los demás contemplaban este desborde del hombre poderoso con indulgencia.(P. Veyne – op. Cit).

     Lo importante era respetar a las mujeres casadas, a las muchachas vírgenes y a los adolescentes de origen libre. Porque de lo que se trataba era de evitar que un futuro ciudadano fuera penetrado como si se tratara de un esclavo. Y esta prohibición  hasta alcanzó a la legislación misma, cuando en el año 149 a.C. se sanciona la ley Scantinia, que protegía al adolescente varón de condición libre de la misma manera que lo hacía con la joven virgen no esclava.

     Como se comprende, el sexo del compañero no preocupaba, lo importante era no ser esclavo disfrutando un rol que brindara placer al otro. En Roma todo se reducía a obtener virilmente placer en caso de los amos o a darlo servilmente si era esclavo. Los mismos esclavos habían creado un proverbio resignado que decía: “ No hay vergüenza alguna en hacer aquello que el amo ordena”> Incluso los niños no estaban vedados  siempre que no se copulara con ellos para brindarles placer. ( Se cuenta que Tiberio, ya en la decadencia mental de su vejez, se hacía practicar felaciones por bebés lactantes porque, aparte de carecer de dientes, poseían el fuerte reflejo de la succión). Y a nadie se le hubiera ocurrido iniciarle un juicio al emperador por esta práctica tan aberrante).

     Pero el amo que usaba su ano para procurarle placer a otro era objeto del peor desprecio. Por ejemplo, cierta maledicencia acusaba de afeminamiento a los estoicos, en especial a Séneca que exaltaba tanto a los atletas. Los generales no se involucraban en la vida sexual de sus soldados pero se expulsaba de inmediato a los sexualmente pasivos. Fue tal el desprecio por el varón que disfrutaba de la pasividad en el acto sexual que cuando el emperad0or Claudio hizo decapitar a todos los amantes de su esposa Mesalina, dejó con vida a un impúdico del que se decía que “gozaba  como una mujer”, porque un sujeto tan bajo habría mancillado la espada del verdugo.

     Porque, para los romanos el rol sexualmente pasivo de un hombre ponía en evidencia una debilidad esencial del carácter incompatible con el rol político que le cabía a un ciudadano.

     La romana era, pues, una sociedad que no perdía el tiempo en preguntar con qué sexo se copulaba, pero prestaba una minuciosa atención a los detalles: la toilette, la pronunciación, los gestos, la forma de caminar; y castigaba con el desprecio a quien demostrara falta de virilidad.

     Pero, para ser exactos, había una práctica que en Roma era aún más vergonzosa que la penetración anal: era la felación. Paul Viene, en el texto que venimos citando, refiere que Tácito describe una escena espantosa: cuando Nerón se hallaba sometiendo a tormento a una de las esclavas de Octavia para obligarla a confesar que la emperatriz había cometido adulterio, la mujer resiste el suplicio y le grita al inquisidor: “La vagina de Octavia está más limpia que tu boca”, pero no se refiere a la boca de un calumniador, la mujer quiso decir que su interrogador era un monstruo despreciable porque le daba placer a otro hombre en una felación. Pero igualmente infame era el cunnilingus que se practicaba con mujeres, porque el procurarle placer a otro era lo prohibido para un ciudadano romano, cualquiera fuera el sexo del compañero.

     Entonces, en resumen, el poder del varón entre los romanos, y que lo facultaba a ejercer su rol político de amo, era guardar una moral, no de hombre heterosexual exclusivo, porque esto nadie se lo exigía, sino de varón que sabía obtener placer del otro sin dar nada a cambio. Su culo y su boca eran los tesoros de su virginidad.

Del cristianismo medieval a la medicina del siglo XIX:

     Sabemos que el cristianismo prohibió drásticamente toda forma de placer sexual porque consideraba que el deseo había sido el castigo de Dios tras la caída de los primeros padres. Y, por tanto, tampoco distinguió un deseo heterosexual de un deseo homosexual. Se condenaba en general la sodomía que era, también, la penetración anal tanto a hombres como a mujeres. Pero la diferencia esencial con la Antigüedad grecorromana fue que descalificó en esencia a cualquier forma de placer. Puso al deseo en el centro mismo de un castigo originario. Y fueron incontables los tratados que procuraban guiar al catecúmeno en su lucha  para desembarazarse de él. Como referencia podemos citar el texto de Foucault “La lucha por la castidad”, incluido en el libro Sexualidades Occidentales (citado en la bibliografía al final de este trabajo), y en el que analiza las etapas que fija el monje Juan Casiano para sus hermanos de orden para alcanzar la meta suprema de todo cristiano: la santidad.

     El Renacimiento, los siglos XVII y XVIII, tampoco marcaron una diferencia concreta entre heterosexuales y homosexuales, pero se fueron acrecentando en este período los prejuicios contra estos últimos, aunque su práctica se mantuviera en el rol sexual activo. En muchas crónicas de navegación se cuenta con vergüenza las ejecuciones de marineros sorprendidos en pleno acto nefando, pero eran matados todos los implicados, sin importar el rol sexual que mantenían al ser descubiertos.

     Fue el siglo XIX, con la problematización y la detallada clasificación que hará la medicina en su nueva especialización ( los alienistas y los psiquiatras), quienes de verdad y por primera vez distinguirán dos deseos separados, que terminaron significando dos identidades claramente diferenciadas ( una sana, normal, y la otra enferma, perversa, desviada), sin considerar el rol pasivo o activo que se cumpliera. Naturalmente que para estos primeros psiquiatras el homosexual pasivo era bastante más enfermo que el activo, por que este último aún podía curarse, alejándose de la práctica sexual con hombres. Pero ambos se hallaban dentro de la misma anormalidad biológica.

     La idea de una división biológica entre heterosexuales y homosexuales será una verdad tan impuesta que los mismos movimientos homófilos darán cuenta de ella como se desprende del concepto de “ Tercer sexo” que elaboró Magnus Hirschfeld, uno de los primeros luchadores por los derechos homosexuales en el siglo XIX.

     El modelo médico, ya hacia fines del siglo XIX, describía la homosexualidad como la condición perversa de determinados individuos concretos, y no como una conducta viciosa en la que cualquiera podía caer. Y tanto estudiosos como Jeffrey Weeks o Lillian Faderman, sostienen que la consecuencia de toda aquella complicada clasificación del pederasta crearon identidades, asumidas luego por las personas, que las ayudaban a diferenciarse de otras (citados por George Cauncey, Jr. En “ De la inversión sexual a la homosexualidad”), y aunque existen historiadores que niegan validez a estas teorías en tanto no se realicen investigaciones más minuciosas sobre la vida privada de las personas durante el siglo XIX, sí existe unanimidad en reconocer la importancia de la opinión médica respecto a la historia de la sexualidad, ya que al delimitar estrictamente la definición de desviación, delimitaron culturalmente los parámetros de lo admisible.

     En un comienzo, toda la teoría médica victoriana va a apuntar a convalidar el orden conservador con el término de normalidad biológica o desviación. Afirmaba, por ejemplo, la agresividad masculina natural y negaba todo interés sexual en la mujer. Hacia 1880 y 1890, los médicos consideraban patológico el placer sexual que podía sentir una mujer. Y en lo tocante al varón, ahora sí la elección del sexo de su pareja sexual era indicio o no de una patología orgánica que muy bien podía datar desde los años de su niñez.

     Los estudios minuciosos de Richard von Krafft-Ebing, Plictenstein, Rivers, y otros, alertaban acerca de los signos de una desviación sexual en ambos sexos que terminaron despertando la conocida inclinación de la sociedad a la vigilancia de sus miembros. Lichtenstein, en un trabajo ya de 1921, estableció los rasgos masculinos de ciertas mujeres, como la preferencia por vestir traje-sastre, calzar zapatos bajos y llevar el cabello corto. Otros médicos (como el citado por George Cauncey, Jr) habían observado que muchas mujeres silbaban muy bien. El beber, fumar y tener hábitos independientes en una mujer también eran síntomas de una anormalidad. Por su parte, Rivers pensaba que un hombre pervertido, si bien podía guardar ciertas apariencias de normalidad, nunca fumaba, ni se casaba y era absolutamente reacio a las competiciones al aire libre. O investigadores como Elidí y Mills ( igualmente citados por Cauncey, Jr) sostenían que muchos hombres eran aficionados en demasía a mirarse al espejo o a hablar con voz aguda y femenina. Ellis citaba el caso de un hombre casado que, sospechosamente, tenía “ un físico insignificante...voz aguda ...era afectuoso con los demás hasta extremos femeninos... y muy hogareño en sus hábitos de vida”.

     Porque, a lo que apuntaba esta nueva prédica médica, en aras de lo que venimos tratando, esto es, la preservación del culo masculino, era salir al encuentro de una estrategia que hallaron ciertos grupos homosexuales durante el siglo XIX, en especial los de clase alta: la doble vida. De día cumplían con las formalidades de una vida normal (incluso no tenían en muchos casos inconveniente en casarse), pero de noche se fue desarrollando todo un mundo secreto de personajes, lugares y actividades exclusivas para homosexuales. Se trató de otro intersticio en el que se refugió el deseo. La estrategia no dejó de tranquilizar a la sociedad victoriana en general, pero los médicos continuaron insistiendo en publicar investigaciones o difundir teorías que delataran a todos aquellos individuos que pudieran estar utilizando estos secretos escondrijos del deseo en los cuales terminó gran parte de la sociedad “ decente” en todo occidente; y que, por hallarse en las antípodas de la visibilidad social, ponían en riesgo esa cultura de la virginidad anal del varón. Se podría considerar a quien frecuentara un prostíbulo para homosexuales, como el que describió Marcel Proust en su novela, que fuera desde la niñez un desviado sexual sin remedio, pero ¿ qué garantías había de que, en las sombras protectoras de la clandestinidad, y abusando de la atracción que ejercía el deseo en seres inocentes, no los corrompieran, torciendo así su naturaleza?.

     La estrategia de la “ doble vida” prosperó durante toda la Belle Epoque porque, primero era una ocurrencia de las clases poderosas, y segundo porque creaba una adecuada ilusión de normalidad que serenaba los ánimos de una burguesía siempre inestable, siempre insegura, sometida a los vaivenes del capitalismo. A las crisis económicas y financieras tan frecuentes durante el siglo XIX, podían suceder desgracias familiares de penosas consecuencias con el tiempo, porque a la luz de las teorías médicas mismas de la época, la homosexualidad descubierta de un abuelo marcaba para siempre a esa familia y a sus descendientes con la mancha de la degeneración biológica; y así se explicaba la tuberculosis del joven casadero por la homosexualidad manifiesta del abuelo paterno.

     Pero toda estrategia, aún la mejor concertada con la sociedad en general, llega a su fin, se desgasta con el uso. Es así que a partir de los años ´40 y ´50, todo este mundo secreto en el que los homosexuales se movían como peces en el agua, comienza a ser perseguido y penetrado por el Estado a través de la policía. Se inicia así un período de persecuciones, juicios ejemplificadores y represión policial cotidiana, no solamente en prostíbulos ( donde concurría la burguesía) sino en baños públicos (donde concurrían las otras clases sociales) hasta confluir en los gobiernos paranoicos como el nazismo, el estalinismo o el fascismo de Mussolini o de Franco. Pero igualmente concretaron estas persecuciones gobiernos conservadores y represivos, elegidos democráticamente.

     Esta situación de caos no le da otra salida a los ya asumidos homosexuales, seguros ahora de su identidad que emprender una lucha política, no exenta de heroísmo, pero que confluirá igualmente en un nuevo pacto tranquilizador con la sociedad.

La era actual:

     Aparte de la aparición de la sexología, saber este que despenaliza (por llamarlo de alguna manera) a la homosexualidad, erradicando el término enfermedad por el de disfunción sexual (en el que no estaba incluida la homosexualidad, considerada por ellos como una forma más de la sexualidad normal), todos los demás saberes van modificando sus concepciones acerca de la sexualidad humana. Así psicoanalistas y psiquiatras van a coincidir a partir de los años ´60 que la homosexualidad no es una enfermedad en sí misma, pero existe el homosexual sano y el homosexual enfermo.

     Por su parte, al gay, nuevo personaje social, no le quedó más remedio, luego de derribadas las instituciones secretas de la doble vida, que pedir ser aceptado por la sociedad como una persona normal. Y en la prosecución de esta meta, se han dado dos caminos: 1) la organización de los gays en grupo de lucha pidiendo infinidad de derechos pero en especial uno: que sus relaciones sexuales entre varones sean consideradas normales; y 2) el surgimiento del travesti y el transexual, como identidades, que luchan para ser reconocidos como mujeres heterosexuales. En ambos casos, la pérdida de aquel mundo secreto impulsó a los homosexuales a luchar para entrar en la sociedad de los normales.

     Pero de esta misma lucha surge un pacto. El gay será admitido por la sociedad si se compromete a respetar las leyes de la moral vigente entre los heterosexuales (quienes no siempre la cumplen). Así surge, en la problematización de los nuevos saberes (como los sexólogos y los psicoanalistas norteamericanos), la distinción entre el homosexual sano y el homosexual enfermo. El primero es el que mantiene una pareja estable, conserva su empleo, cuenta con la simpatía de sus vecinos y compañeros de trabajo, y defiende como cualquiera las normas de la “decencia”. En cambio, el homosexual enfermo lleva una vida promiscua, no conserva sus empleos, mantiene con sus parejas casuales relaciones enfermizas, prácticas aberrantes, y es difícil de controlar en sus impulsos porque desea cualquier cosa que porte un pene. Y, lo que es más preocupante, no hay garantías de que se mantenga en el rol pasivo “natural” de un gay. En tanto, el gay sano mantiene en alto la consigna “un gay con un gay”, despreciando incluso al varón bisexual que lo pretende, incluso a los prostitutos; el gay enfermo siempre está experimentando nuevas formas de placer. Por ello, este personaje comienza a ser despreciado por el ambiente gay mismo.

     En el contexto de esta exaltación de la cultura gay, y en ciertos sectores del saber como los sexólogos que promueven algo así como una idealización de todo lo gay, fue preciso tranquilizar a la sociedad en el sentido de que liberar al homosexual de ciertas formas de la discriminación con miras a la integración, no significaba un cambio de cultura, no iba a ser una tierra de nadie sexual. (Fue frecuente escuchar en los debates que se daban para ver si se derogaban ciertas leyes homófobas, el argumento de que si se le daba libertad a la práctica homosexual, todo el mundo se haría homosexual y se acabaría la humanidad). Fue necesario, pues, en la lucha por encontrar un lugar aceptable y pacífico en la sociedad de la normalidad, dar garantías a la comunidad de que se observaría una vida respetable, y que todo gay que se considerara “sano” se situaría en un lugar de visibilidad dentro del cual sus actos, su vida privada y sus amistades y amoríos serían susceptibles de vigilancia permanente por parte de sus vecinos, compañeros de trabajo o familiares. Y dentro de estos términos del pacto se comprende el desarrollo de la idea cada vez más firme entre los gays de “dar la cara”. Porque  es más tranquilizador, para un empleador o para el consorcio de un edificio saber que cierta persona es abiertamente gay incluso admitido por ella misma ya que esta aceptación implica que estará dispuesto a someterse a la mirada de los demás, porque no habrá nada que ocultar. Pero lo que más va a surgir es el ghetto más que la mezcla, que siempre estará condenada al fracaso. Y en el interior de este ghetto gay igualmente se espera la observación de las normas de la decencia. Se esperan ver parejas estables, oficios decentes y un estilo de vida que, en la práctica, hasta llegó a ser susceptible de imitación por parte de ciertos heterosexuales.

     La vida respetable y los signos exteriores (aritos, ropa chillona, cierto afeminamiento al caminar) que los identificara en el ámbito público, son los términos del pacto.

     Pero con la aparición del SIDA se corren nuevamente los velos de las simulaciones y las mentiras porque permitió descubrir que un homosexual mantenía más de mil relaciones sexuales por año con personas diferentes. Entonces, los homosexuales son sometidos nuevamente a la vigilancia y a los controles sociales. Se abocan a sus vidas y costumbres estudios sociológicos, estadísticos, se observan sus prácticas sexuales en los baños sauna. Cada portador de la enfermedad es un agente que se sustrajo a la vigilancia que había prometido.

     El Sida actuó, para la sociedad, de luz y de castigo al mismo tiempo, y generó entonces nuevos términos del pacto entre el homosexual y su comunidad. Surge así el enfermo de Sida “arrepentido”, que es elevado a la altura de los mártires porque admite ante la sociedad, ante la prensa, los noticieros, en manifestaciones callejeras, que jugó un juego peligrosos y que causó su perdición. Y mientras tanto, los demás gays, afectados o no por la enfermedad, se lanzan a verdaderas campañas de moralización en las costumbres privadas del gay. Y a la imposición del profiláctico que al tiempo que preserva de la enfermedad impone un freno al ardor en la relación sexual porque instaura la racionalidad en las pasiones.

     Tanto la prédica a favor de las relaciones estables entre homosexuales como la imposición del profiláctico, apunta en ambos casos a un nuevo control del deseo.

     Nadie va a negar la necesidad del uso de preservativo en cualquier relación sexual pero, es preciso comprender que, de hecho, como una consecuencia unida a él se encuentra adherida la racionalidad, la mediación del pensamiento, que contiene el descontrol. Y así, con la excusa del Sida, se arroja nuevamente a los homosexuales al campo de la visibilidad, al “panóptico” social.

     Pero el sida también reavivó las luchas gays por sus derechos, incluso unió más a los homosexuales al crearles héroes y mártires. El conocido símbolo de la manta que da abrigo al enfermo, pero también derechos.

     Ahora bien, exista un pacto o no, se respeten sus términos o no, el culo del varón no puede estar  más seguro  que en esta época ya que, más que nunca, el homosexual es el otro. La liberación de una civilización y de una cultura opresiva basada en la prohibición del culo del varón ya no depende del triunfo de las luchas de los homosexuales o la aceptación del travesti como nuevo personaje social. Porque para el ámbito de la “normalidad” siempre serán “ el otro”. Y es en este contexto que se comprenden los besitos en la boca entre Maradona y Caniggia o la aparición de los llamados “metrosexuales”, quienes con sus cambios constantes de peinados, su coquetería femenina, hasta en muchos casos con su maquillaje y exceso de adornos, siguen siendo considerados machos. Y en la actualidad, el macho puede hacer lo que quiera porque el homosexual siempre será el “otro”.

     Actualmente, pene, vagina, culo ya no son órganos, son símbolos inconscientes y representan a toda una cultura basada en la división de las personas en superiores e inferiores, opresores y oprimidos, enfermos y normales. Representan el orden mismo de los poderes. Esta caída de los órganos sexuales en la simbolización del poder explica también que las mismas mujeres heterosexuales ( consideradas a sí mismas como mejores que las lesbianas) son las primeras defensoras de ese culo varonil intocable. Ya que esa prohibición cultural las incluye a ellas en las zonas superiores de la pirámide. La virginidad del culo del varón implica también la supremacía de la vagina heterosexual. De ahí la pasión homofóbica de gran parte de las mujeres heterosexuales.

     Esta cultura se sostiene en tanto y en cuanto el varón contenga su deseo femenino y pasivo de dar placer y la mujer contenga el deseo masculino de obtenerlo. Y el homosexual será aceptado y se le hará un lugar en la convivencia social si se mantiene en el tranquilizador lugar del “otro”.

     Ahora bien, si finalmente este bendito culo cultural del varón es penetrado, ¿vendrá una cultura mejor?. Probablemente sobrevenga un período de caos y de producción descontrolada de deseo que seguirá dos caminos posibles: 1) o la demolición por un agotamiento de la vitalidad humana; o 2) en el mejor de los casos, una nueva desterritorialización del deseo que buscará, naturalmente, una territorialización, sea ésta la libertad o una nueva paranoia. Pero posiblemente, como ocurrirá con la muerte del sol dentro de cinco mil millones de años, no nos corresponderá a nosotros verlo.

Marcelo Manuel Benítez.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA.

“Historia de la sexualidad” Tomo 2 “El uso de los placeres”. Capítulo IV: Erótica. Michael Foucault. Siglo XXI Editores. México 1986.

“Homosexualidad: literatura y política”. Varios autores. “De la inversión sexual a la homosexualidad” de George Chauncey, Jr. Alianza Editorial. 1985

“Sexualidades occidentales” Varios autores. “La homosexualidad en Roma” de Paul Veyne  Editorial Piados .1987.


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