Finalmente, el Oscurantismo Medieval ha quebrantado
la voluntad de expresión de un artista.
León Ferrari, tras recibir en el mes
de Enero cuatro amenazas de bombas, decidió
suspender su Retrospectiva, la cual se exhibía
en la sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta.
Una suerte de Neo- Inquisición se
ha instalado, y con renovados bríos,
en el siglo XXI. Su poder de reclutamiento
y organización es inquietante: cientos
de correos enviados a Ferrari y a diferentes
publicaciones - entre ellas, la Tecl@ Eñe
-; horas de Televisión (y ya sabemos
en que medios) y radio utilizadas para abrevar
sobre la idea del avasallamiento de una moral
y un sentir religiosos bastante vapuleados
por sus propios representantes, o como se
estila decir, por los Hombres que conforman
la sacra institución Iglesia. Y toda
esta mise en scène acompañada
por simbólicas cadenas de oración
realizadas en las puertas del Centro Cultural,
aunque seguidas por benévolas y redentoras
amenazas terrenales y celestiales.
Los Hombres de Negro, guiados por el Arzobispo
de la Cuidad de Buenos Aires, Cardenal Primado
Jorge Bergoglio - la reencarnación
de Torquemadas - han desplegado con eficacia
absolutista su espeluznante maquinaria de
ordenamiento terrestre y divino, digna disciplina
de un Poder dentro del poder, de un Estado
dentro del estado. Han insuflado de vigor
invectivo a sus huestes de feligreses ofendidos
en su tolerante y occidental modo de ser Cristianos.
Cierta vez un amigo me dijo, discutiendo
sobre las deficiencias que presentaba el sistema
democrático, al que regresamos en circunstancias
ya conocidas y sobre las cuales no es necesario
explayarme, que en democracia podríamos
no tener manos pero que conservábamos
los muñones, y esto era digno de tener
en cuenta. No había que perder de vista
que durante aquellos sangrientos años
de la dictadura no se podían decir
ni escribir - ni pintar, ni exponer, ni hablar
- una cantidad de cosas que hoy sí
podían ser expresadas. Nunca, y a pesar
que la idea de Democracia esté fuertemente
instalada en nuestro país, me convenció
mucho esta metáfora de muñones
y manos. La noción foucaultiana del
dispositivo panóptico, en el cual un
ojo rector vigila sin ser visto, mientras
que los observados no logran conectarse entre
sí, es decir, mientras los miembros
de una sociedad no logran asociarse, me resulta
más que vigente. Pensamos que podemos
expresarnos dentro de un marco de libertad,
pero esa libertad está delimitada por
circuitos, por territorios dentro de los cuales
es posible o no decir o manifestar una idea
bajo la forma de expresión que sea.
Así es que nos topamos con que una
muestra de arte exhibida en el centro político
y cultural por excelencia, la Ciudad de Buenos
Aires, choca y confronta con la territorialización
que impone, en este caso, el Poder Eclesiástico.
Y es entonces cuando la manifestación
de una idea artística es atacada y
finalmente desplazada, suprimida, prohibida
y abatida.
El ojo visor no se distrajo, los miembros
observados creyeron la falsa ilusión
del permiso otorgado, descansaron en la metáfora
de la libertad y mientras tanto, León
Ferrari, y con él todas las expresiones
o manifestaciones artísticas o intelectuales,
fueron sancionadas y reubicadas en el territorio
al que pertenecen, el ghetto. Dirá
Roberto Jacoby, en Las herejías de
León Ferrari, artículo publicado
en la revista Crisis en enero de 1987: “El
caos que trata de evitar (agrego: el ordenamiento
que disciplina) no devendría sólo
de la acción incontrolada de la muchedumbre
sino de cada minúsculo vínculo
de unos con otros . Un aspecto esencial del
poder sería la capacidad para organizar
el espacio en forma de máquina de comportamientos.”
Las amenazas y los tormentos descriptos en
la Biblia y representados por El Giotto y
Signorelli, entre otros, ya han sido internalizadas
a nivel social. El miedo al castigo divino
ha causado un serio daño creando seres
atormentados, temerosos e intolerantes. El
espíritu de Torquemadas y su Santa
Inquisición ya son parte constitutiva
de nuestras sociedades. Es la identidad, la
carta de presentación de Occidente
ante el mundo que habitamos, con su sed de
sangre esparcida sobre el planeta entero.
La civilización occidental y cristiana
no ha creado un mundo mejor. Nuestros muñones
se desangran bajo el pulso del paraíso
perdido.
Conrado Yasenza ©
Enero de 2005