Hace
más de un siglo, el cacique Panquitruz (también
llamado Mariano Rosas) se reunió con el
coronel Mansilla, quien quería convencerlo
para que le otorguen la posesión de tierras
al gobierno. Este fragmento de Una excursión
a los indios ranqueles, escrito autobiográfico
de Lucio V. Mansilla, es un tenso documento
sobre las relaciones entre criollos y aborígenes
Una
reunión profética
Solo
había un punto dudoso. ¿Por qué insistía
yo tanto en comprar la posesión de la tierra?
Mariano
me dijo:
-Ya
sabe, hermano, que los indios son muy desconfiados.
-Ya
lo sé; pero del actual presidente de la
República, con cuya autorización he hecho
estas paces, no deben ustedes desconfiar
- le contesté.
-¿Usted
me asegura que es un buen hombre? - me preguntó.
-Sí
hermano, se lo aseguro -repuse.
-¿Y
para qué quiere tanta tierra cuando al sur
del río Quinto, entre Langhelo y Melincué,
entre Aucaló y el Chañar, hay tantos campos
despoblados?
Le
expliqué que para la seguridad de la frontera
y para el buen resultado del tratado de
paz, era conveniente que a retaguardia de
la línea hubiera por lo menos quince leguas
de desierto, y a vanguardia otras tantas
en las que los indios renunciasen a establecerse
y a hacer boleadas cuando les diera la gana
sin pasaporte.
Me
arguyó que la tierra era de ellos.
Le
expliqué que la tierra no era sino de los
que la hacían productiva; que el Gobierno
les compraba, no el derecho a ella, sino
la posesión, reconociendo que en alguna
parte habían de vivir.
Me
arguyó con el pasado, diciéndome que en
otros tiempos los indios habían vivido entre
el río Cuarto y el río Quinto, y que todos
esos campos eran de ellos.
Le
expliqué que el hecho de vivir o haber vivido
en un lugar no constituía dominio sobre
él.
Me
arguyó que si yo fuera a establecerme entre
los indios, el pedazo de tierra que ocupara
sería mío.
Le
contesté que si podía venderlo a quien me
diera la gana.
No
le gustó la pregunta, porque era embarazosa
la contestación, y disimulando mal su contrariedad,
me dijo:
-Mire,
hermano, ¿por qué no me habla la verdad?
-Le
he dicho a usted la verdad - le contesté.
-Ahora
va a ver, hermano.
Y
esto diciendo, se levantó, entró en el toldo
y volvió trayendo un cajón de pino, con
tapa corrediza.
Lo
abrió y sacó de él una porción de bolsas
de zaraza con jareta.
Era
su archivo.
Cada
bolsita contenía notas oficiales, cartas,
borradores, periódicos.
Él
conocía cada papel perfectamente.
Podía
apuntar con el dedo al párrafo al que quería
referirse.
Revolvió
su archivo, tomó una bolsita, descorrió
la jareta y sacó de ella un impreso muy
doblado y arrugado, revelando que había
sido manoseado muchas veces.
Era
«La Tribuna» de Buenos Aires.
En
ella había marcado un artículo sobre el
gran ferrocarril interoceánico.
Me
lo indicó, diciéndome:
-Lea,
hermano.
Conocía
el artículo y le dije:
-Ya
sé, hermano, de lo que se trata.
-Y
entonces, ¿por qué no me es franco?
-¿Cómo
franco?
-Sí;
usted no me ha dicho que nos quieren comprar
las tierras para que pase por el Cuero un
ferrocarril.
Aquí
me vi sumamente embarazado.
Hubiera
previsto todo, menos argumento como el que
me acababa de hacer.
-Hermano
-le dije-, eso no se ha de hacer nunca,
y si se hace, ¿qué daño les resultará a
los indios de eso?
-¿Qué
daño, hermano?
-Sí,
¿qué daño?
-Que
después que hagan el ferrocarril, dirán
los cristianos que necesitan más campos
al sur, y querrán echarnos de aquí, y tendremos
que irnos al sur de Río Negro, a tierras
ajenas, porque entre esos campos y el río
Colorado o el río Negro no hay buenos lugares
para vivir.
Doblando
el diario y dándoselo, le constesté:
-Eso
no ha de suceder, hermano, si ustedes observan
honradamente la paz.
-¡No,
hermano!; ¡si los cristianos dicen que es
mejor acabar con nosotros!
Este
fragmento pertenece a Una excursión a los
indios ranqueles, de Lucio V. Mansilla.
Editorial Kapelusz, 1966.
Por Autor de la
Nota