Estamos ante la rebelión de los ángeles[1].
Estamos en la biblioteca de los Esparvieu
dispuestos a destronar al tirano del universo,
al Dios de la mitología judeo cristiana.
Alguien falta. Una ausencia. Hay un hada
que no fue invitada. Un hada excluida
y, por lo tanto, bruja. También estamos
ante un pacto: el acuerdo montado sobre
una alianza fraterna que no pudo ser,
pero que si puede poner a jugar la rebeldía
del bien contra el mal.
Con DEL DIVAN AL PIQUETE, el tercer volumen
del Psicoanálisis Implicado, Alfredo Grande
concibe una intervención definitiva en
el espacio público cuando sostiene que
la subjetividad es el decantado identificatorio
de la lucha de clases y cuando denuncia
los tres registros con los que opera el
capitalismo. A saber:
- El
nivel traumático de la guerra
- El
nivel perverso de la tregua
- El
nivel psicótico de la paz.
El
libro tiene una apertura y un cierre que
no pertenecen al autor. Como el jamón
del sándwich, los capítulos del medio
que si fueron escritos por él, dan cuenta
del coraje intelectual y de la formidable
madurez teórica, ideológica y política
que a despecho de accidentes y tropiezos
Alfredo alcanzó en estos últimos años.
La
apertura está a cargo de dos firmas que
se las traen - Silvia Bleichmar, tal vez
la teórica más inteligente y rigurosa
de nuestra generación; Armando Bauleo,
tal vez el más libre e inaprensible de
los psicoanalistas que conozco- funcionan
como rampa de lanzamiento, como anticipo
que nos alerta acerca de que todo lo que
allí va a ser leído debe ser tomado en
cuenta como lo que es: un Shuttel con
una nave espacial (más próxima al Endeavour
que al Columbia) dispuesta a transgredir
todos los límites de lo que hasta ahora
veníamos pensando; nave provista de infinitos
recursos destinada a inaugurar espacios
nuevos, decidida a conceptualizar de forma
inédita tanto la constitución subjetiva
como el capitalismo que la define y el
psicoanálisis que la explica.
Si
el libro se inicia con una consagrada
apertura que no es propia, recibe en el
entreacto el empujón de Oscar Mongiano,
Miriam Rellan, Flora Herrera y Sandra
López para dar el salto de la psicología
social al psicoanálisis implicado, y poder
cerrar, también, con dos textos ajenos.
La “Capoeira” con la que un artesano,
Claudio Castaño, rinde homenaje a los
que como el autor se dedican a derribar
portugueses internos (si por “portugueses”
se entiende colonizadores internos) y
el Análisis de la propia implicación de
Ricardo Silva que también coordinó, el
año pasado, el Seminario de psicoanálisis
implicado de Mar del Plata.
En
el medio, decía, ente apertura y cierre,
el autor y su obra. Una obra inquietante
que se detiene en la impronta que las
instituciones, tal como fueron concebidas
por Rene Lourau, van dejando en nosotros.
Es un texto que sirve de pretexto para
desplegar una estrategia claramente reparatoria
de los estragos que la cultura le ocasionó
al psicoanálisis, de las marcas que impuso
en la subjetividad de la época y de las
propias heridas del sujeto que escribe.
Alfredo se presenta con una “Introducción
penetrante” que lleva como epígrafe dos
citas que aluden a la muerte: una, de
Fidel y otra, de Groucho Marx. Allí aparece
el fundamento teórico del psicoanálisis
implicado que será retomado a lo largo
de la obra.
Cuando
uno atraviesa la “Introducción penetrante”,
viene lo mejor: el capítulo dedicado al
“paciente mediocre” que parodia al hombre
mediocre de Ingenieros, luminoso por la
gracia costumbrista que derrocha y donde,
nuevamente, hace evidencia la tragedia
en el hijo muerto que irrumpe e interrumpe
la rutina obsesiva para encender la llama
del espanto. Después de la “Introducción
penetrante” viene, también, el “Intermezzo
psicoanalítico”. Ese capítulo –y el “Encontré
una lapicera” - es una de las páginas
más bellas que leí en años. El diálogo
familiar, íntimo y cercano (sólo posible
con un amigo de infancia) mantenido en
un contexto de máxima asimetría, la tensión
del relato con el moribundo, las deudas,
los reclamos, los mandatos que allí circulan,
los juegos de poder que se establecen
van conformando un clima de suspenso que
no da respiro. Campea en el texto esa
desgarrada profundidad y esa ironía despiadada
propia de los grandes relatos que pueblan
la literatura clásica. Algo que vuelve
a repetirse en “Cenizas quedan” el capítulo
dónde ya no es Titó, el amigo de infancia
al borde de la muerte, sino el abuelo
agónico quién protagoniza el cuadro.
El
capítulo IV y el V “Identidades empetroladas”
y “El cuerpo de sílice” aluden al sujeto
contemporáneo sobre el que algo diré más
adelante. Y en el capítulo VI, “Justicia
por mano propia” Alfredo repara en la
venganza, esa convicción tendenciosa con
la que la clase dominante tiende a interpretar
la justicia que asumen los desposeídos.
Para Alfredo, el temor de los ricos a
los tiempos de revancha no es otra cosa
que “la expresión de la conciencia culpable
del sistema por el carácter aniquilador
y destructivo de sus actos. Conciencia
de culpa que negada desde dentro, retorna
desde fuera como pánico a la venganza.”
El
capítulo IV y el V “Identidades empetroladas”
y “El cuerpo de sílice” aluden al sujeto
contemporáneo. Los capítulos que siguen,
“Los jefes de la nada” “Mundo Matriz”,
“Uníos los proletarios que quedan en el
mundo” “Prodialogando…” “Cuando la necesidad
no tiene cara de hereje”, aluden al capitalismo
y a las nuevas prácticas políticas.
Todos
estos son capítulos en los que Alfredo
se refiere al capitalismo porque, justamente,
“capitalismo” es la palabra. Capitalismo
y no neoliberalismo. Imperialismo y no
Imperio como así lo quieren Hardt y Negri.
Así como Atilio Borón sostiene que el
enemigo triunfa cuando logra reemplazar
el Imperialismo desbocado por un Imperio
invisible que desalienta la rebeldía y
neutraliza el activismo político, Alfredo
sostiene que el enemigo triunfa cuando
coloca la palabra “neoliberalismo” en
lugar de la palabra y la cosa “capitalismo”.
Y triunfa porque de esa manera podemos
hacer pedazos la palabra sin que la cosa
sea cuestionada. De tal modo que la cosa
capitalismo sigue inmutable mientras nosotros,
como premio consuelo, nos ensañamos con
la palabra neoliberalismo.
En
este recorrido me detengo por un momento
en el capítulo XII. “Prodialogando...”
Si
para nosotros, los argentinos, el trauma
social de los 70 y los 80 fueron los “desaparecidos”
ahora, los excluidos del sistema y de
la vida por razones económicas tienden
a transitar por la huella que dejó abierta
ese hecho traumático pero, también, esos
“desaparecidos” de entonces reaparecen
en los “piqueteros” y en el “Movimiento
de trabajadores desocupados” insistiendo
con su presencia en reclamar un lugar
en el mundo. Cantan presente al mejor
estilo de esos restos sociales, esa “escoria”
que inútilmente se intentó descartar y
que reivindica en lo social algo del eterno
retorno de lo reprimido que Freud describió
para el psiquismo individual. “Prodialogando...”
es la asociación libre de Alfredo a partir
del “Movimiento de Trabajadores desocupados
de La Matanza” donde se hace claro que
al final, lo lograron. Las Madres de Plaza
de Mayo que pedían “reaparición con vida”
de los “desaparecidos” al final lo consiguieron
porque en el nacimiento de algo que hasta
ahora no estaba presente en la escena
política, los “trabajadores desocupados”,
los “piqueteros”, aparecieron con vida,
con identidad propia, los condenados a
la desaparición.
Dije
antes que me iba a referir al sujeto contemporáneo.
Sujetos cuyos cuerpos circulan por un
tiempo que se encuentra cada vez más reducido.
Sujetos que, al decir de Virilio, viven
en un tiempo que la velocidad contrae.
Porque resulta que ahora, ya no se trata
de producir a toda velocidad, ya no se
trata de vivir a toda prisa, sino de destruir
deprisa. Nuestra producción ya no se define
por la rápida instalación de mercancías
en el mercado sino por el consumo y la
velocidad para destruir y descartar productos.
(Dicho sea de paso: también productos
teóricos. Y los psicoanalistas sabemos
mucho de eso). Si hay un rasgo que define
al sujeto contemporáneo, es el de consumidor-consumido.
Así, en esta etapa neoliberal del capitalismo
parecería ser que solo como mercancías
se puede circular. Por eso es que ya casi
no hablamos de alumnos de una escuela.
Ahora son clientes de una empresa; consumidores
de objetos, de bienes culturales y de
servicios de salud. Sujetos sujetados
a una cultura que nos consume al tiempo
que nos incorpora. El “cogito ergo sum”
cartesiano (pienso, luego existo) dejó
lugar al “consumen, luego existen”. Si
consumen, existen. Si no consumen, no
existen. La inclusión o la exclusión que
decide la vida o la muerte se juega justo
ahí: en el nivel de consumo. Y es por
eso que los niños y las niñas de una residual
clase media todavía existen. Existen,
porque consumen, pero ya no tienen padres
como los de antes. Padres que los cuidaban,
los alentaban, los amaban. Ahora, esas
niñas y esos niños tienen sponsors que,
con tal de salvarlos de la exclusión,
invierten en ellos. Padres-sponsors al
estilo de esos promotores que subsidian
caballos de carrera o jugadores de fútbol
exitosos. El consumo se ha convertido
en una de las principales religiones
laicas debido a la omnipresencia en la
vida cotidiana de los humanos y a la capacidad
de garantizar la socialización desde que
neutraliza el peligro siempre presente
de la exclusión, la marginación, el abandono
y la muerte. Y esto es así porque la práctica
del consumo, el dominio de la velocidad
de consumo, es un arma tan poderosa para
la producción de ilusiones como débil
es para la producción de sentido.
Las
ideologías reaccionarias nos han acostumbrado
a considerar la distancia como una "tiranía"
y a alentar una esperanza: la hipercomunicabilidad,
la proximidad, la cercanía como un signo
de progreso. Pero resulta que, con el
acostumbramiento a la hipnosis de las
altas velocidades, con la omnipresencia
instantánea de los diversos lugares del
cuerpo territorial y humano, la simple
proximidad de un contacto tiende a perder
interés. Quiero decir: la separación entre
los individuos, percibida hasta ahora
como relación interrumpida, debería volver
a pensarse y, si acaso, inscribirse como
un indicio positivo. Porque entonces,
a la significación amorosa de la atracción
inmediata y de la seducción recíproca
al instante, le sucederá tal vez, la significación
positiva del rechazo o, al menos, de la
lentitud extrema del tacto y del contacto
entre los cuerpos.
“Esa
duración sin duración, dice Derrida, ese
lapso, ese rapto, ese instante de un instante
que se anula, esa velocidad infinita que
se contrae en una especie de detención
o deprisa absolutas, ésa es una necesidad
con la cual ya no se trapacea: explica
que uno se sienta siempre retrasado, y
que por lo tanto, a la vez, se ceda siempre
a la precipitación”[2]. Por eso, la exageración
de los estímulos, el vértigo en el reemplazo
de las novedades, la oferta de culturas
exóticas, la necesidad de propuestas extravagantes.
Por eso los vanos intentos con los que
se pretende lidiar con la indiferencia
que está en la base de una pasividad
en la acción y una anestesia en la percepción.
La
velocidad del encuentro puede llevarnos
a confundir el contacto con el impacto.
La ausencia de preliminares en el paso
fronterizo, la brutalidad del desembarco
del pasajero en un aeropuerto, encuentra
su analogía con el rendez-vous
de las parejas. Las reglas de cortesía,
el simulacro de recibimiento, los rituales
amorosos, la hospitalidad primitiva son
reemplazadas por el contacto franco, el
“up to the point”, el “vamos al grano”,
la penetración sin vueltas. Entonces,
nuestra vida se reduce a protagonizar
un viaje pleno de encuentros sexuales
casuales. Las relaciones amorosas tienden
a ser superficiales y pasajeras con poca
tendencia a transformarse en verdaderos
vínculos. Al abolir la pérdida por la
sustitución, se suprime la nostalgia y
se evita el reencuentro. La memoria se
evapora, desaparece el duelo. Nada extraordinario
sucede en ese tiempo donde todo pasa.
Los supuestos eventos pierden su cualidad
de acontecimientos, se anula la capacidad
de producir un desajuste en la estructura
cíclica. La diacronía expuesta a las continuas
variaciones de lo mismo, se convierte
en una sincronía de lo sucesivo (Laclau,
1993)[3]. Por eso pienso que
nos meteríamos en un callejón sin salida
si nos sumamos imprudentemente a la apología
de las líneas de fuga deleuzianas confundiendo
los flujos del deseo con el tránsito acelerado
por la cultura de lo efímero. Al desplazarnos
en el tiempo a toda velocidad, lejos estamos
de protagonizar una trasgresión que libere
el deseo constreñido por la ley. En tal
caso si alguna trasgresión existe, si
de alguna libertad se trata, es la de
oponer el accidente a la banalidad del
sin-sentido, entendiendo accidente en
su acepción topológica: lo que altera
la uniformidad. La del “contratiempo
organizador”.
Es
Ballard quién afirma que las cicatrices
en el cuerpo producto de los accidentes,
(¿recuerdan el Crash de Cornenberg?) los
tatuajes indelebles son, si acaso, apelaciones
espasmódicas con las que se pretende retener
el recuerdo de experiencias vividas que
no dejan marca alguna.
Para
ir finalizando. Psicoanálisis implicado
3 de Alfredo Grande instala la duda acerca
de si este es un libro para psicoanalistas
preocupados por lo social o si es un libro
para el público en general. Por de pronto,
Alfredo escribió un texto desopilante
de dolorosa hermosura que nos obliga a
rendirnos ante la evidencia de que cada
uno de nosotros inscribe de manera singular
la contingencia por la que atraviesa.
La captura simbólica de la experiencia
en el cuerpo, las infinitas maneras de
apropiarse de las marcas encarnadas, debería
obligarnos, definitivamente, a reconocer,
también, que no existe un psicoanálisis
implicado porque de existir nos exigiría
tener que aceptar un psicoanálisis no
implicado que negara así, el ineludible
registro psíquico de todo acontecer.
Así es que solo una mirada ingenua podría
suponer que estamos ante un libro que
se limita al psicoanálisis y a la implicación.
Este texto acerca del psicoanálisis implicado
es solo el pretexto que encontró Alfredo
para revelarse como el escritor que es.
Sería ingenuo, decía, pensar que aquí
solo se trata de transitar por el límite
de la confidencia pública que el pudor
vanamente intenta mantener a raya. Alfredo
revela su intimidad en exceso, sí, pero
solo para desnudar lo que ya intuíamos:
junto al psicoanalista cabalga el escritor.
Aquí el psicoanálisis es pura excusa para
la narración. Aquí el psicoanálisis es
contingente. La escritura, definitiva.
Estos sentimientos y las ideas que comparto
aquí, surgieron de una lectura que no
ha sido una lectura solitaria. Quiero
decir: frente a este libro, no estuve
solo. El libro tuvo la virtud de incitarme
al análisis de mi propia implicación con
el psicoanálisis y fue así como empezaron
a desfilar por mi memoria aquellos seres
queridos a quienes acompañé, las mujeres
que amé, las causas que abracé, los ideales
que me incendiaron.
Por todo esto, y por mucho más, decía
que frente a este libro, no estuve solo;
que a medida que me internaba en el universo
íntimo del texto, fueron apareciendo aquellas
experiencias que dejaron su huella más
profunda en mí. En efecto: a lo largo
de sus páginas también mantuve diálogos
imaginarios con Alfredo y fue así como
llegué a la conclusión que este era -
aun sin saberlo, aun sin que Alfredo se
lo hubiera propuesto - un libro que Alfredo
escribió para mí; para que yo pudiera
hilvanar los fragmentos desperdigados
de mi historia; para que pudiera ir de
a poquito comenzando con la tarea inmensa,
interminable del análisis de mi propia
implicación.
No obstante, debo reconocer que un abismo,
una distancia insalvable me separa de
Alfredo. El padeció tragedias y soportó
desgarros algunos de ellos seguramente
inmerecidos. Yo, no. Yo me incluyo en
la serie de los afortunados. El padeció
afrentas pero, además, escribió este libro.
Yo solo soy su lector.
Alfredo escribió. La escritura, ya se
sabe, está del lado de lo fijo, de lo
inmutable; es, si se quiere, conservadora.
Por el contrario, la lectura está del
lado de lo efímero, es siempre innovadora.
La lectura es ese acto singular que resiste
indoblegable a cualquier imposición de
sentido. En principio porque la lectura
no está inscripta en el libro y, a despecho
de la intención que como autor pueda asignarle,
la interpretación que del texto hagamos
nosotros queda libre de volar por donde
Alfredo no lo ha previsto. Entonces, ya
que este libro no existe a no ser por
la significación que nosotros como lectoras
y lectores podamos otorgarle, aceptemos
el desafío de llenarlo de sentido.
Michel de Certeau decía que “el valor
de un texto está determinado por la exterioridad
del lector. El valor de un texto se encuentra
en el juego de implicaciones y de astucias
entre dos tipos de expectativas combinadas:
la que organiza un espacio legible (una
literalidad), y la que da los pasos necesarios
para la ejecución de la obra (la lectura).”
Alfredo
escribió. Nosotros somos sus lectores:
viajeros que circulamos por su tierra,
nómades furtivos que atravesando sus campos
vamos arrebatando frutos.
Alfredo escribió. Ahora, léanlo. Transiten
el libro, circulen por su texto, háganlo
volar, pasen y repasen por su sufrimiento,
por su chispa, por sus reflexiones, por
ese desborde de bella inteligencia. Llévenlo
allí donde el no pudo imaginarlo. Y, por
sobre todo, disfrútenlo que lo he disfrutado
yo.
Juan
Carlos Volnovich
[1]1] France, Anatole: La
rebelión de los ángeles.
[1][1] Derrida, J; Dufourmantelle,
A: La hospitalidad. (Pag. 127).
[1][1] Laclau, E. (1990) Nuevas
reflexiones sobre la revolución en nuestro
tiempo. Ed. Nueva Visión: Buenos Aires.
1993.
[1][1] Ballard, J: Crash.
Film de Cronenberg