En
el mes de Junio del presente año, se realizó
en La Plata el Primer Congreso Nacional
de Escritores, convocado por la Dirección
de Bibliotecas de la Municipalidad, el
cual llevó como subtítulo general: Literatura
de la Periferia. En representación
de Tucumán, asistió el escritor y poeta
Juan José Hernández para referirse, junto
a los escritores Mario Presas, María Malusardi
y José Luis de Diego, al tema El
arte y la literatura como vías de acceso
a la realidad y a un saber único e inigualable.
Ofrecemos a continuación el texto
de Hernández preparado para esa ocasión,
el cual plantea, entre otros temas, un
fuerte cuestionamiento a la crítica estructuralista
francesa.
Querría
en principio aclarar, y por motivos que
explicaré luego, que no soy estrictamente
un crítico, ni un estudioso de la literatura.
Soy un escritor que ha publicado algunos
libros en prosa y en verso, y un lector
hedónico, indisciplinado y versátil Conozco,
sin ahondar demasiado, las principales
corrientes de la moderna crítica literaria,
pero ninguna de ellas me sirvió de inspiración
ni de ayuda en el momento de escribir
un cuento o un poema.
Quizá
esta última frase resulte demasiado obvia
para algunos escritores. Pero he sentido
la necesidad de expresarla después de
recibir el programa del Encuentro. Al
leerlo, tuve la impresión de que la mayoría
de los temas propuestos reflejaban las
preocupaciones de la crítica académica
de nuestras universidades y dejaba de
lado los que conciernen al oficio de escritor,
el oficio más solitario del mundo como
lo llamó García Márquez en un ensayo.
Más aún, y para decirlo con toda franqueza,
el programa del Encuentro me hizo recordar
por momentos los exámenes del secundario,
con sus bolillas difíciles que debíamos
desarrollar, atemorizados, frente a una
mesa examinadora.
De
entrada, me desconcertó el subtítulo general
del Encuentro: Literatura desde la
periferia. ¿Cuál era el centro que
hacía posible esa periferia y qué clase
de literatura se generaba allí? Intrigado,
resolví enviarle un e-mail a una de las
personas responsables del programa para
que me descifrara el enigma. Así pude
enterarme de que el subtítulo aludía,
entre otras cosas, a la situación de las
pequeñas editoriales argentinas, empeñadas
en defender los auténticos valores literarios
frente a las grandes multinacionales extranjeras
que prescinden de ellos y fomentan el
best-sellerismo más ramplón y
mediocre, con fines exclusivos de lucro.
To sell or not to sell, that is the
question, como diría el príncipe Hamlet,
convertido en gerente de ventas de la
editorial Planeta.
El
mercado, como es sabido, entiende de precios,
no de valores. El peligro está en que
la industria editorial contemporánea,
apoyada por la publicidad y la televisión,
suele aliarse ideológica y subrepticiamente
a proyectos monopólicos extra-literarios
cuyo poder de manipulación estamos lejos
de imaginar.
Los
escritores, en su mayoría, estamos ya
acostumbrados a que en la cátedra universitaria
se ventilen problemas en apariencia ajenos
y hasta contrarios a su misión específica,
que sería la de perpetuar una tradición
humanística burguesa desde sitios nada
periféricos, subvencionadas por el Estado.
No olvidemos que fue en los claustros
universitarios donde se gestó el post
modernismo y sus secuaces emblemáticos:
la literatura light, el fin de
la historia y la mundialización.
El
post modernismo representa, en cierto
modo la continuidad, bajo otro signo
o máscara, de un aparato crítico y políticamente
ideológico que afectó a la narrativa latinoamericana
a comienzos de 1960. Me refiero a la corriente
de la crítica estructuralista francesa
que como algunos recordarán proponía el
estudio de las obras en función del texto
o discurso, considerándolo inmanente
y aislado de toda referencia que no perteneciera
a su universo literario.
El
método, pretendidamente científico, excluía
a la literatura del plano de las ideas,
prestigiaba el sistema por encima del
mensaje y no tomaba en cuenta la intención
explícita o implícita del artista a través
de sus obras. A manera de adhesión a tales
postulados, surgió en aquellos años la
novela experimental, destinada a un público
de especialistas y lectores esnobs deseosos
de estar à la page con la literatura
de avanzada. Este tipo de novela, fue
valorada y juzgada en función casi exclusiva
de sus componentes formales y su virtuosismo
verbal. De ahí que algunos novelistas
de entonces se abstuvieron de expresar
en sus libros sus ideas políticas, o
sus sentimientos íntimos. La moda no tardó
en imponerse en las más prestigiosas universidades
de Europa y EE.UU. También en las empresas
editoriales, que dejaron de editar y
premiar a los autores que reflejaban en
sus obras la realidad política y social
en que vivían. El estructuralismo y
la escuela de la mirada ( l’ecole du
regard) remplazaron la literatura
engagée que antes habían propiciado
Sartre y sus discípulos marxistas. Una
novela se hace con palabras, no con ideas,
sentenciaba desde la Universidad de Yale
el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal.
Parecería
que me estoy yendo por las ramas. Pero
no es así. Lo que acabo de decir sobre
el estructuralismo y su terminología alienante,
tiene cierta equivalencia con el programa
del Encuentro. Prueba de ello es el tema
que me ha tocado en suerte y que lleva
el siguiente título: La verdad de la
ficción. El arte y la literatura
como vías de acceso a un saber único e
inigualable.
El
primer enunciado, La verdad de la ficción,
guarda cierta semejanza con la pretendida
inmanencia del texto en el método estructuralista;
desvirtúa el género ficción, y lo sacraliza
al vincularlo con la verdad. Pero ¿Qué
es la verdad? Quid est veritas?,
se preguntaba Pilatos, el escéptico y
refinado cónsul romano de Judea. Yo tampoco
lo sé. Y mucho menos pretendo conocerla
a través de una obra literaria. Si la
literatura es una función especializada
del lenguaje, debe admitirse que incluye
la mentira, pues en el lenguaje no hay
verdades, hay convenciones pactadas y
metáforas.
Especie
de oximoron, el enunciado La verdad
de la ficción puede ser formulado
al revés: La ficción de la verdad.
Esta alternancia me recuerda al
ave del ave del paraíso de una novela
de Miguel Ángel Asturias, cuando dice
de sí misma: Soy la vida, la mitad
de mi cuerpo es mentira y la mitad es
verdad; soy rosa y soy manzana, doy a
todos un ojo de vidrio y un ojo de verdad;
los que ven con mi ojo de vidrio ven porque
sueñan, los que ven con mi ojo de verdad
ven porque miran. Soy la mentira de todas
las cosas reales, la realidad de todas
las ficciones. Mucho antes, en el
siglo XVI, la preferencia por el artificio
y la mentira, opuestos a la estética naturalista
del Renacimiento, aparecen tratados con
ironía en este soneto de Argensola:
Yo os quiero confesar, don Juan, primero
\ que aquel blanco y carmín de doña Elvira
\ no tiene de ella más, si bien se mira
\ que el haberle costado su dinero. Pero
tras eso confesaros quiero \ que es tanta
la beldad de su mentira \ que en vano
competir con ella aspira \ belleza igual
de rostro verdadero. Mas ¿qué mucho que
yo perdido ande \ , por un engaño tal,
pues que sabemos \ que nos engaña así
naturaleza? Pues ese cielo azul que todos
vemos \ ni es cielo ni es azul. Lástima
grande \ que no sea verdad tanta belleza!
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Un elogio similar de la impostura
hay en una cuarteta de Góngora en
que parodia una canción muy popular
en su época que decía: De la
dulce, mi enemiga, \ nace un mal
que el alma hiere, \ y por más tormento
quiere \ que se sienta y no se diga.
Don Luis la transforma en una especie
de paradigma de su estética barroca:
Manda amor en su fatiga, que
se sienta y no se diga.\ Pero a
mí más me contenta,\ que se diga
y no se sienta.
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Un elogio similar de la impostura hay
en una cuarteta de Góngora en que parodia
una canción muy popular en su época que
decía: De la dulce, mi enemiga, \ nace
un mal que el alma hiere, \ y por más
tormento quiere \ que se sienta y no se
diga. Don Luis la transforma en una
especie de paradigma de su estética barroca:
Manda amor en su fatiga, que se sienta
y no se diga.\ Pero a mí más me contenta,\
que se diga y no se sienta.
Volviendo
al cuestionado programa del Encuentro,
la segunda parte de tema que me fue asignado,
expresa: El arte y la literatura como
vías de acceso a un saber único e inigualable.
No veo por qué estas dos actividades
profanas, y en ocasiones frívolas, tienen
que convertirse en vías de acceso a un
saber calificado de único e inigualable,
es decir, a un saber superior, de carácter
trascendente. ¿Inigualable en comparación
con qué otro saber? ¿Con el saber de salvación
que nos llevaría al terreno de lo religioso?
¿Con el saber filosófico y moralmente
austero que practicaban, por ejemplo,
los estoicos. ? ¿O con aquel otro saber,
inefable, al que alude Martínez Estrada
en una de sus Coplas de Ciego: Ningún
maestro de escuela \ podrá jamás explicar
\ el olor de la canela.
Convengamos
en que la realidad no es verbal y que
el lenguaje, en lo esencial, se reduce
a la atribución de un significado a un
sonido bucal. ¿Por qué entonces privilegiar
el texto, la escritura? El habla, antes
que el signo escrito, confirió realidad
y sentido al mundo fenoménico, sin coincidir
del todo con él. Siempre habrá un desajuste
entre lo nombrado y la realidad. Creo
que los escritores no se limitan a copiar
en forma directa y mecánica la realidad;
la transponen, estética y emocionalmente,
para conferirle, aunque parezca paradójico,
mayor realidad. De ahí también que no
les importe demasiado el empleo de las
palabras de acuerdo con su estricto significado,
y las valoren, sobre todo, por su atmósfera,
por sus connotaciones.
|
Para
el mito bíblico Dios creó el universo
mediante la palabra; Dios dijo -
no escribió- hágase la luz. Borges,
en cambio, imagina que la historia
del mundo está siendo escrita por
alguien, o algo, como dice en su
soneto La brújula: Todas las
cosas son palabras del idioma en
que alguien o algo noche y día \
escribe esta infinita algarabía,
\ que es la historia del mundo.
En su tropel \ pasan Cartago y Roma,
yo, tú, él, \ mi vida que no entiendo
\ esta agonía de ser enigma, azar,
criptografía, y todas las discordias
de Babel. Detrás del nombre hay
lo que no se nombra. \ Hoy he sentido
gravitar su sombra \ en esta aguja
azul, lúcida y leve \ que hacia
el confín de un mar tiende su empeño
con algo de reloj visto en un sueño.
Y algo de ave dormida, que se mueve.
La
narración bíblica cuenta asimismo
que al quinto día de la Creación,
Dios hizo al hombre a su imagen
y semejanza, y le dio |
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la
facultad de nombrar y tener señorío
sobre todos los animales de la tierra,
las aves del cielo, y los peces
del mar.
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Es
lícito suponer que junto al privilegio
de nombrar y poseer lo nombrado, Adán
recibió el don del canto que le permitiría,
luego de su expulsión del Paraíso, recuperar
fugazmente (o rememorar, como dirían los
neoplatónicos) el esplendor de la creación
original, la luz no usada, el acorde
perfecto, la epifanía unitaria de la palabra
y lo real, opuesta a la degradación del
tiempo, al despliegue discursivo de los
conceptos.
Tal
es, de manera aproximada, el trasfondo
de uno de mis poemas con el que quiero
cerrar este escrito, un tanto irreverente.
El poema se titula La Garza, y dice así:
Asomado
a la tapia de ladrillos \ una tarde con
ocios de mi infancia,\ en el jardín sombrío
del vecino \ vi la quiera elegancia de
una garza. Yo entonces no sabía \ que
se llamaba garza,\ ese pájaro alto, recortado
\ como una flor esbelta o una lanza.\
Y amé el enigma frío de su calma. Para
su estar pausado quise inventarle un nombre
\ parecido a la lluvia, al olor del azahar
/ una palabra que copiara el alma \ de
tanta ensimismada soledad. Asomado a la
tapia,\ muchas tardes volví a ver el jardín
donde la garza \ junto al agua de un charco
se dormía \ cautiva de su propia forma
exacta. Un día me dijeron: ese pájaro
que amas \ es una garza blanca, \ y la
palabra iluminó el jardín. Y fue mía la
garza.
Por Juan
José Hernández