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Cuento
"Pétalos
de Ángel"
Por Carola
Chaparro
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Hambre y nada más que hambre era
lo que Micaela sentía en el estómago
casi todo el día desde hacía
mucho tiempo. Al principio era un ruido
que surgía desde abajo, parecido
al quejido de algún tipo de monstruo.
Después se convertía en dolor
y más tarde desaparecía y
quedaba el cansancio.
Recién en ese momento, relajada,
podía imaginarse comiendo todas las
cosas que se preparaban por televisión
(papi los había colgado del cable
con toda facilidad). Veía con la
cara cerca de la pantalla cuál era
la mejor forma de cortar el carré
de cerdo o la manera justa de asar el cordero
patagónico. Los que más le
gustaban eran los platos que llevaban pétalos
de flores, porque pensaba que solamente
los ángeles podían sentirse
repletos con algo así.
Había comido –para qué
negarlo- algunas de las flores que crecían
en las veredas del barrio, pero el gusto
amargo y las espinas la desanimaron. Las
que realmente le despertaban intriga eran
aquellas que se vendían en los puestos,
venían envueltas en celofán
y olían a cielo.
Cuando aquella noche tan fría entró
en el restaurante de siempre a pedir unas
monedas, nunca esperó que alguien
la invitara a su mesa. Y menos un grupo
de hombres del que solamente reconoció
al cura, por la sotana y el crucifijo enorme.
Se acomodó tranquila porque no iban
a mirarla como si fueran ellos los que tuvieran
hambre. El guiso de lentejas estaba bueno,
el pan también.
Después salieron y caminaron hasta
la iglesia; los acompañó.
El cura le pidió que esperara en
la puerta y al minuto salió con un
ramo de flores auténticas en la mano.
No de esas que crecen en las rajaduras de
las baldosas, sino húmedas y perfumadas,
aunque sin celofán. Flores de verdad,
riquísimas, suaves para la lengua.
Micaela sonrió mucho más que
otras veces. Se sintió hermosa y
homenajeada. Por fin un hombre había
entendido lo que realmente quería.
“Y eso -como en la propaganda- se
llama Impulse”, pensó mientras
caminaba para su casa con un pétalo
rosado entre los labios.
Por Carola Chaparro