Pablo
Cassi
El amor
se declara culpable
Gráfica:
Paul Patza |
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Los poemas que se
publican aquí pertenecen al
libro “El amor se Declara Culpable”,
del poeta chileno (San Felipe, es
su lugar) Pablo Cassi. El libro está
prologado por Ernesto Livacic Gazzano
(Miembro de la Academia Chilena de
la Lengua y Presidente de la Comisión
de Literatura) quien dice del autor:
La voz que puebla estas páginas
con sus confesiones es la de alguien
que se identifica como “poeta”
y “bohemio” y que a todas
luces sufre de “soledad”,
el vocablo más recurrente en
su decir.
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La Tristeza
Diagonal
La tarde desciende a mi alma,
anestesia mi primer gesto de entusiasmo.
Un perro imprime un ladrido de venganza,
el raudo vuelo de su ira triza el silencio.
Amanezco a destiempo
con el ritual de la monotonía
y dejo que la mala suerte se aleje en su
dirección correcta.
El sol urbano se descuelga del horizonte
congela mi última lágrima
y circunda la diagonal tristeza de mis horas
Una sombra perfecta cae del muro
deforma la dirección exacta del odio,
rompe el hermetismo del lenguaje oficial.
Nada mejor que el olvido para olvidar el
pasado.
Un Traje
de Incertidumbre
Un río de pájaros opaca la
tarde con su vestuario de cementerio
y el viento pierde el equilibrio en la última
bocacalle
Fue un acto de arrogancia
esa noche de concierto hace quince años,
concluir su jornada en el Teatro Municipal
de San Felipe
y derrochar la fama sin titubeos en un Night
Club
con una fuga de Bach que no conocíamos
Desgastó su vida inútilmente
en búsqueda de una pasión
sin precedente,
herido por la muerte se suicida,
se borra simultáneamente de todos
los caminos.
Duele comprobar que la ciudad haya perdido
la memoria,
la paciencia de esperar a otros muertos,
la muerte que miente más allá
de sus gestos habituales.
La humedad del invierno regresa con la
lluvia
y no hubo tiempo para que él sobreviviera
Liturgia
del Pan
A veces se reúnen con los mismos
gestos
en el diálogo de un cantautor favorito,
aquel que combate la vida con whisky y heroína.
Mientras ella se acostumbra a su mirada
se pregunta – qué amamos el
uno del otro –
en la inconfundible liturgia del pan y del
vino.
El presiente en el silencio innombrable,
una tristeza fundamental,
después de cada sueño,
la brisa exacta que inventa su rostro.
Enferma de tiempo y con los días
contados
se observa en la mirada universal del planeta,
atraviesa el otoño de una alameda
de San Felipe
y la orilla de su voz que no conoce el miedo,
lo invita a beber con los 120 valientes
de Santa Rita,
a repartir promesas de amor después
de cada borrachera.
Gardeliando
en un Bar de San Felipe
Concluye por reírse de los discursos
institucionales,
las águilas desplumadas en el salón
del consejo,
leones desdentados que caen de los escudos.
Sacude la piel del tiempo,
la dobla bajo el brazo y se hecha a caminar
calle abajo con una botella de brandy.
Lejano todo ...
Hasta la última puerta calla su
secreto
en los ofuscados signos de la fuga.
Desea que lo sepulten en el mausoleo de
los hijos ilustres
resucitar al tercer día sin que nadie
lo sepa
y conocer más bien la dialéctica
de los oradores,
de aquellos más preocupados de escucharse
a sí mismos
que alguna breve virtud del occiso.
Así Gardeliaba en un bar de San
Felipe
acuñando tangos y milongas,
hasta llegar al máximo rigor de la
tristeza
reinventándose a su manera en su
doliente metamorfosis
Un Spot Fuera
de Cámara
Suscríbase a la página del
error cotidiano,
impídase el acceso de la poesía
a los programas de la televisión.
Confísquese el pensamiento de quienes
no están de acuerdo
con la publicidad de este eslogan.
No busqué vivir en esta instancia
del siglo XXI,
el cual ha decretado la supresión
del diálogo
el arresto domiciliario de bibliotecarios
y lectores
Alguien se empecina en borrar la antigua
memoria,
las primeras escenas de nuestro paisaje.
No podré contarte mañana
quien está fabricando mi muerte.
Pablo Cassi
San Felipe, Primavera de 2002