Año III - número 14 - Agosto 2004 - Buenos Aires Argentina
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Editorial

Esos malditos perros callejero
Por Conrado Yasenza

Entrevistas

Víctor Redondo - Poeta
Por Amalia Gieschen
León Rozitchner
Por Conrado Yasenza

El Damero

La derecha es un delirio eterno
Por Alfredo Grande
¿Hacia donde vá Estados Unidos?
Por Mery Castillo-Amigo
Séneca y el infortunio del hombre sin poder - Parte II
Por Marcelo Manuel Benítez
Cuide su colon, y cómprese un auto nuevo.
Por Marcos Manuel Sánchez
Malvinas, la lucha no termina
Por Marcelo Luna

Ajo y Limones: Zona literaria y miscelánea

El año 3000 nos encontrará unidos o dominados
Por Rubén Fernández Lisso
Afrodisíacos MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL
Por Carola Chaparro
Fútbol, deporte y poder Una charla con Ezequiel Fernández Moores
Por Rubén F. Lisso
La luz no usada. Encuentro de Escritores La Plata
Por Juan José Hernández
Libro: "El bronce que sonríe" Entrevista al Autor Vicente Zito Lema
Por Conrado Yasenza Fotos de Efraín Dávila
La Rebelión de los ángeles.
Psicoanálisis Implicado III Del diván al piquete de Alfredo Grande.
Por Juan Carlos Volnovich

Poesía y cuentos

Poesías de Joaquín Giannuzzi
Poesías de Pablo Cassi, poeta chileno.
Poesías de Silh
Cuento:
Pétalos de ángel.
Por Carola Chaparro.

El ojo plástico

Galería sobre la última Performance de León Ferrari, en el CETC (Centro de Experimentación del Teatro Colón)

Batea

Libros:
"La escuela es una fiesta. Una propuesta didáctica en torno a las fechas patrias."
De Sandra Ribba y Marcela Roberts
Navarro Bravo Editores (2004)
Por Marcelo Luna
Libros:
"Irak. El imperio empantanado"
Autor: Juan Gelman
Por Amalia Gieschen

Galerías


María Cristina Fresca:

María Cristina Fresca


Jorge Manuel Varela:

Jorge Manuel Varela


Marcelo Manuel Benítez:

Galería Marcelo Manuel Benítez


Kenti

Kenti


       El Damero

Séneca y el infortunio del hombre sin poder

Parte II

Por Marcelo Manuel Benítez

Palabras Previas:

     Que a nadie se le ocurra pensar que la vida de Séneca fue un camino alfombrado de rosas. Su existencia y, particularmente, las desgracias que tuvo que enfrentar explican, en mucho su filosofía de hombre previsor y desconfiado.

     Si bien pertenecía a una familia aristocrática, no nació en Roma sino en la ciudad española de Córdoba. Primero se radicaron en Roma sus padres ( Anneo Séneca y su madre Helvia) con dos de sus hermanos ( Galión y Mena). Más tarde viajó Séneca acompañado por una tía.

     A los veinte años, Séneca ya era Vigintiviro con categoría de senador y derecho de llevar sus insignias. Pero su precaria salud, resentida por afecciones respiratorias, lo llevó a establecerse primero en Pompeya, de clima más benigno, y más tarde en Egipto, en donde una tía materna era esposa del gobernador.

      De regreso a Roma, a los 35 años de edad, Séneca fue nombrado cuestor y no mucho tiempo después tribuno de la plebe. Naturalmente, esta carrera política, amén del patrimonio familiar, le posibilitó acumular cierta riqueza. Y por ese entonces también comenzó a  acercarse a círculos filosóficos e intelectuales, los cuales eran más o menos clandestinos. Fue en estos ambientes de pensadores donde conoció a Marcia, su gran amiga; pero donde igualmente frecuentó la amistad de dos hermanas de Calígula ( Agripina y Julia Livila). Y fue con ésta última, una muchacha de tan sólo 23 años, con quién Séneca, ya estando casado, mantuvo un apasionado romance. Pero esta relación amorosa, por razones poco claras, irritó a Mesalina, esposa del emperador Claudio, y sus intrigas terminaron en una demanda judicial por adulterio y el inmediato destierro de ambos amantes. Julia Livila fue confinada a una pequeña isla del mar Egeo en donde falleció en poco tiempo. A su vez Séneca fue desterrado a la isla de Córcega, por entonces inhóspita y agreste, en donde permaneció ocho años ( entre el 41 y el 49 de la era cristiana), por lo cual perdió riquezas y patrimonio; y esta desgracia tuvo lugar veinte días después de la muerte de su hijo.

     Y es durante este penoso período, confinado en Córcega, donde escribe su Consolación a Helvia, su madre, en la que expresa que gracias a este revés de su suerte tiene la valiosa oportunidad de acostumbrarse a la pobreza, la escasa vestimenta, el dolor del infortunio y el sentimiento de vergüenza; temas todos en los que va a reflexionar el resto de su vida y que, según Séneca tuvieron como consecuencia el fortalecimiento de su alma.

     Precisamente, a partir de entonces, Séneca se embarca en el análisis de estos temas a fin de reunir un conjunto de preceptos que endurezcan la conducta y la encaucen hacia un fortalecimiento merced al cual el hombre común sea capaz de resistir los embates políticos del período imperial.

Acostumbrarse a la pobreza:

      Séneca inicia su razonamiento advirtiendo que la riqueza, el exceso y la opulencia son superfluas Es muy poco lo que nos exige la naturaleza para vivir, y siempre estará al alcance de la mano. En su Consolación a Helvia, para tranquilizar a su madre que lamenta su destierro, le escribe: “ Por lo que a  mí toca, yo entiendo que lo que perdí no fueron riquezas, sino estorbos”: Resguardarse del frío, protegerse del calor, tomar algún alimento, que no tiene que ser ni exquisito ni abundante, y beber agua para calmar la sed. No se necesita más. Por el contrario advierte que el exceso de comida no es placentero y provoca dolores y molestias: “ la mesa opípara trae consigo la indigestión, el copioso beber trae sopor y temblor de nervios; los placeres sensuales traen torceduras de pies, manos y articulaciones...” (Carta XXIV a Lucilio). Y así critica a los que se atiborran de comida: “ Vomitan para comer, comen para vomitar y ni aún así se digna digerir los manjares que requisan del todo el mundo. (Cartas a Lucilio). Y expone el mal ejemplo de G. César quién en una ocasión gastó una fortuna (10 millones de sextercios) en una sola cena y no satisfecho con esto halló manera de organizar otra cena con los impuestos de tres provincias. Pobres hombres, se lamenta Séneca, aquellos cuyo paladar no se excita sino con manjares, no sólo costosos sino principalmente raros y de difícil hallazgo ( Consolación a Helvia).

     En la carta IV a su amigo Lucilio insiste en lo innecesario de la riqueza: “ Al alcance de la mano y ya aderezado está lo que me reclama la naturaleza, es lo superfluo lo que cuesta sudor. Y a su madre Helvia le recuerda lo sucedido al cocinero Apicio. Este personaje del gremio gastronómico amasó una cuantiosa fortuna con su negocio de comidas. Incluso estimulaba al público de toda la ciudad a comer en exceso y no contento con esto, procuraba ser ejemplo para los jóvenes a fin de que lo imitaran en sus vicios. Pero transcurridos muchos años, y habiendo llegado el momento de hacer las cuentas, observó que en su demasía también había invertido mucho dinero; en ello consumió cien millones de sextercios y, abrumado de deudas, sólo le quedaban diez millones de sextercios con los cuales, no obstante, hubiera podido vivir modestamente pero con dignidad; sin embargo prefirió el suicidio. En su carta CXXIII a lucilio reflexiona en éstos términos: “ No hemos acabado de entender hasta qué punto eran superfluas ciertas cosas hasta que han comenzado a faltarnos; gozábamos de ellas, no porque nos hicieran falta, sino porque las teníamos”, y se preguntaba cuántas cosas tenemos nada más que porque otros las tienen. “ Una de las causas de nuestros males es que vivimos por mimetismo y en lugar de gobernarnos por la razón nos dejamos llevar por la rutina”: Hay cosas que nos atraen, como ser las riquezas, los placeres, la belleza, todas las blanduras; hay otras que nos repelen como el trabajo, la muerte, el dolor, la ignominia o la virtud austera. Por esto mismo, es imperioso que nos esforcemos por apartarnos de las cosas que nos invitan y afrontemos las que nos combaten. Y expresa: “... La pobreza no es ningún mal sino para quién se rebela contra ella...”

     Pero no sólo la comida debe amoldarse a la razón, también la vivienda y la vestimenta: “ El que se tasare conforme  a la medida natural, no sentirá la pobreza; al que se excedieses de la natural mesura, aun en medio de la opulencia la pobreza lo acosará ( Consolación a Helvia): Y recordando su destierro escribe: “ para lo necesario, el mismo destierro basta, para lo superfluo no bastan los reinos” (Idem).

     Porque lo que está en juego en realidad, y como lo venimos subrayando, es un prepararse para enfrentar los reveses políticos que puede sufrir el hombre sin poder y en este sentido el acostumbrarse a la pobreza, a la vestimenta humilde y a la vivienda simple cumple un doble servicio: por un lado, la conveniente actitud de no atraer la atención de los poderosos. Le advierte a Lucilio: “ Cuando suena la trompa fiera, sabe que no es ella ( la pobreza) la acometida” (Carta XVII), y cuando “ se tañe a fuego, la pobreza es la más rápida en huir porque es poco lo que tiene que juntar”.. Y en la Carta CV le explica que son cinco las razones por las cuales un hombre más poderoso daña a otro, que está por debajo suyo: la esperanza de aumentar sus riquezas, quitándole los bienes al otro, la envidia, el odio, el miedo a que el otro, más rico, le haga daño, y en quinto lugar, el desprecio. Respecto a la primera de las causas ( la esperanza de aumentar las riquezas) se contrarresta no teniendo bienes que despierten en los demás la codicia. Conviene, escribe séneca, no mostrar objetos brillantes, o raros, o poco conocidos. Por su parte, la envidia, se sortea no haciendo ostentación de lo que se posee, mantener la boca cerrada respecto a las prendas que nos pertenecen y conviene, asimismo, esconder el gozo que disfrutamos con nuestro patrimonio. El odio puede provenir de una ofensa que hayamos cometido; por ello conviene no mal disponernos con nadie, en lo demás, es preciso usar el buen sentido para cuidarnos de quién nos odia sin motivo. La escasa riqueza también tiene la ventaja de hacer que nadie nos tema. Si no hacemos ostentación de poder y riquezas nadie sentirá la necesidad de cuidarse de nosotros. Igualmente conviene crearnos una fama de ser blandos ante las injurias, así como tener una reconciliación fácil y cierta. Ser temido siempre es peligroso, tanto en la casa como fuera de ella. Nunca conviene, para Séneca, que nos teman ni los hombres libres ni siquiera los esclavos. En la misma carta le aconseja a su amigo que cultive amistades que estén cerca de los poderosos, porque a éstos últimos “ conviene acercarse pero no ligarse demasiado, porque no sea más costoso el remedio que el peligro”: Y concluye la carta asegurando que no hay nada más provechosos que la quietud, hablar poco con los demás y mucho consigo mismo. Le recuerda a Lucilio que nadie calla lo que oye y, sobre todo, nadie calla al autor, por eso lo que uno dice inadvertidamente, se difunde rápidamente por todas partes y todos sabrán enseguida quién lo dijo.

     La pobreza, pues, nos protege de la acometida de los poderosos porque favorece el desprecio de los demás, ya que nadie se ensaña con quién considera caído. Y es significativo que, al considerara la pobreza, Séneca se extiende en consejos que tienen más que ver con la prudencia de un hombre débil que con obligaciones morales; la pobreza, entonces, resulta ser una protección en nuestras relaciones con los demás, incluyendo la familia.

     El otro gran servicio que nos presta la pobreza es que nos hace fuertes. Porque la filosofía estoica, que recomienda tanto la pobreza, nos ayuda en toda ocasión práctica, nos socorre en nuestras necesidades, y desciende hasta los más pequeños estorbos (Carta XVII a Lucilio). O sea, nos protege de todo mal, porque la virtud ( entendida como la voluntad de resistir las tentaciones como la de disfrutar de las riquezas) nos hace fuertes, y con el temperamento virtuoso la existencia pobre brinda “ la libertad perpetua y el no tener temor de ningún hombre, ni de ningún dios” (carta XVII a Lucilio): Y trae una vez más el ejemplo del soldado, porque muchos ejércitos se hicieron poderosos al acostumbrarse al hambre y “ al alimento hediondo de nombrar” (Idem).

     Asimismo, en su carta CXXIII, Séneca le cuenta a su amigo que hizo un viaje, más incómodo que largo, hasta la ciudad de Albano. Llegó, pues, muy cansado y hambriento, pero como era ya muy avanzada la noche todo estaba cerrado. No se conseguía ni pan, ni cocinero, ni panadero, pero como nada hay  indignante si uno no se indigna fácilmente, Séneca se conformó con un pan de menor calidad. Y reflexiona: si aguardamos un poco el pan malo se volverá bueno, “ hasta tierno y cordial te lo devolverá el hambre”, y reitera: “Hay que avezarse a la escasez. Nadie puede tener lo que quiere, lo que sí puede el hombre es no querer lo que no tiene y servirse alegremente de lo que se le ofreciere” y advierte lo siguiente: “ Elemento grande de la libertad es el vientre morigerado y paciente de la escasez” (Carta CXXIII a Lucilio): Le explica a su amigo que esta repentina situación de escasez de alimento y cansancio puso de manifiesto, sorprendentemente, su fortaleza. Explica que estas pruebas sorpresivas hay que enfrentarlas no sólo con valor sino también con serenidad y no nos abaten si el hombre las enfrenta una y otra vez sin encandecerse no discutir. Renunciando al deseo se suple el derecho que se tenía de recibir alguna cosa.

     Entonces, acostumbrarse a la pobreza es absolutamente necesario para enfrentar con éxito la acometida de los hombres o de la suerte. Para lo cual se requiere de una técnica, de una ejercitación en ese sentido. En la carta LXXX a Lucilio, compara el ejercicio del alma con el ejercicio físico y explica: “...si el cuerpo, con el ejercicio, puede llegar a tal resistencia que soporte las puñaladas y las coces de más de un hombre y sufra todo el día un sol fogosísimo en una arena abrasada, húmeda de su propia sangre, con cuanta mayor facilidad se podría robustecer el alma para recibir invictamente los golpes de la suerte y resurgir de nuevo después de derribada y hollada...” Y todavía hay una ventaja más en el ejercicio del alma: en tanto que el ejercicio físico requiere de mucho alimento, mucha bebida, mucho aceite y mucho entrenamiento, la virtud se alcanza sin  provisiones y sin gasto. El premio final, lo repite una vez más, es la libertad. Para Séneca las condiciones que nos previenen de toda servidumbre son el perder el miedo a la muerte y el miedo a la pobreza.

     En este sentido, uno de los ejercicios que propone Séneca es, llegada la época de las saturnales, ocasión en que todo el mundo se emborracha y se entrega a los excesos, el hombre sabio no se aísla, por el contrario se mezcla en los festejos pero con serenidad, con autocontrol, resistiendo la lujuria, y escribe: Es ciertamente de más recio temple cuando todo el pueblo está beodo y vomitando, manifestarse seco y sobrio”, se trata entonces de “ hacer lo mismo que todos pero de diferente manera”. Y le aconseja a Lucilio que de tanto en tanto, cuando los negocios lo permitan, probar la pobreza unos días, con alimento escaso y rahez y vestimenta yerta y áspera. Precisamente, cuando hay tranquilidad y abundancia es que estamos mejor preparados para la ejercitación: “Prepárese el alma cuando más segura esté, para las dificultades y en medio de los favores afírmese contra las injurias de la suerte”, como hace el soldado, explica Séneca, que se entrena en los tiempos de paz: corre carreras, cava trincheras sin que haya enemigos y se fatiga en un trabajo, aparentemente sin provecho inmediato, para estar preparado para el día del combate verdadero. Y todavía diferencia Séneca esta ejercitación para la pobreza, de la que emprenden algunos ricos, más por aburrimiento y frivolidad que para fortalecer el alma: “...sean de verdad aquel catre y aquella saya y aquel pan duro y mohoso. Soporta eso tres y cuatro días y de tanto en tanto algunos más a fin de que no sea un juego sino una experiencia”; y  esta ejercitación nos va a permitir descubrir qué poco se necesita para estar satisfecho y aun disfrutar de lo que tenemos: “...saltarás de gozo- advierte Séneca-, harto con un poco más del doble de un as y comprenderás que para la seguridad no es menester la suerte; puesto que eso que es suficiente para la necesidad te lo dará aún airada”; y más adelante aconseja: “Ejercitémonos con el maniquí y porque la suerte no nos sorprenda desprevenidos, hagámonos la pobreza familiar. Con mayor seguridad seremos ricos si supiéramos como no es cosa tan grave ser pobre” (Carta LXXXV a Lucilio).

     No se trata, para Séneca, de negarse a ser rico, sino comprender que aún sin riquezas se puede ser feliz. Es necesario disfrutar la abundancia sabiendo que es perecedera. Entonces, lograda esta fortaleza, seremos capaces de enfrentar con ánimo sereno una de las más frecuentes amenazas de los que están por encima nuestro.

El infortunio:

     La desgracia, la mala suerte, la calamidad que nunca avisa son otros de los peligros que soportaba el romano en la época imperial. Y para ello también debía estar preparado.

     En el tema de la desgracia, séneca parece pensar siempre en el destierro, pero aún no lo menciona. El infortunio puede ser cualquier acontecimiento desfavorable (la muerte de un hijo, la bancarrota, una sentencia judicial adversa, el destierro ordenado por el emperador). Es perder todo aquello que nos hacía feliz, aunque no lo tuviéramos conciente. Por eso Séneca va a reiterar una regla de oro: no aferrarse al bienestar ni a la dicha: “...quién no se hinchó en los alegres sucesos no se comprimió con los torcidos” le escribe a su madre que llora su destierro. Y una de las defensas más seguras contra el dolor es el acostumbramiento. E ilustra nuevamente con la guerra: mientras los soldados inexpertos gritan y gimen aún con las heridas leves, los veteranos, por el contrario, aún cocidos a cuchilladas soportan las curaciones más dolorosas con total entereza. Y le advierte a su madre: “ en pura pérdida habrán redundado todas tus desgracias si aún no aprendiste a ser desgraciada” ( Consolación a Helvia).

     Otra regla de oro es esperar el infortunio en todo momento. El hombre sabio, reflexiona Séneca, se halla en un puesto de centinela y prevé la desgracia antes que ésta lo sorprenda: “Es grave la mala suerte sólo para aquellos a quienes es repentina”. Como al ejército desprevenido, el enemigo lo puede aplastar con solo atacarlo por sorpresa.

     El mismo entrenamiento que se recomienda frente a la pobreza se sugiere para el infortunio. A su amigo Lucilio le escribe: “ no hay que ser quisquilloso para vivir; emprendiste una larga jornada; inexorablemente tienes que resbalar y esquinarte con algún encontronazo”. Y así enumera las desgracias: “...En un lugar del camino dejarás un compañero, en otro le enterrarás; un poco más lejos te sobrecogerá el miedo; a través de estos tropiezos tienes que recorrer esta senda borrascosa y áspera... Con esta compañía hay que vivir la vida “(Carta CVII a lucilio). Explica Séneca que es imposible esquivar estas calamidades, pero se las puede despreciar; y esto se logra justamente pensando constantemente en ellas y así anticiparlas, “ al hombre desprevenido hasta las ( penurias) más livianas le espantan” (Idem).

     A su amiga Marcia, que ha perdido un hijo y se encuentra hundida en un duelo desde hace tres años, también le aconseja prepararse para las desgracias. Le pregunta ¿ cuántos entierros has visto pasar por tu puerta y no se te ocurrió pensar en la muerte?, ¿ y a cuántos ricos hemos visto hundirse en la miseria, y no pensamos que nuestras riquezas están puestas en el mismo despeñadero? Y concluye con esta advertencia: “ Fuerza es que nuestra caída sea total, porque somos heridos cuando no lo esperamos. La desgracia prevista con mucha anticipación más flojamente nos asalta. ¡Hazte cuenta que estás expuesta a todos los golpes y que los dardos que dieren en otros, zumbaron en derredor tuyo” (Consolación a Marcia).

      También reitera la idea de que el infortunio, como la pobreza, nos fortalece. Es una oportunidad que nos envían los dioses para endurecernos, y es esta misma fortaleza lo que nos va a permitir plantarnos ante los poderosos. Escribe Séneca: “Perece la libertad si no menospreciamos aquellas cosas que nos someten a yugo” (carta LXXXV a Lucilio); el hombre sabio, explica, evitará los peligros pero no les temerá; “¿No temerá la muerte, la cárcel, el fuego y otros dardos malignos de la fortuna?. No, porque sabe que estos no son males, sino que sólo lo parecen; toma todo esto- le recomienda a Lucilio- como espantajos de la vida humana”. Para Séneca, todo lo que llamamos calamidad no lo es si la soportamos para ser libres. Y así da un breve panorama de las posibilidades: “ ...Si la cuchilla amaga el cuello del hombre fuerte, si uno tras otro el hierro hurga en sus miembros, si contempla sus entrañas en su falda, si para que sienta más los tormentos, a intervalos se le tortura; y fresca la sangre corre por sus heridas secas ¿ no temerá?. ¿ Dirás que no siente el dolor?. Sí que lo siente pues no hay virtud que quite la sensibilidad del hombre, pero no teme; invencible, desde un plano superior, contempla sus propios sufrimientos” (Carta LXXXV a Lucilio). Y es falso lo que sostienen algunos en el sentido de que las desgracias se soportan sólo si vienen de a una por vez, y le escribe a su madre: “ si tienes robustez suficiente contra una acometida cualquiera de la suerte, igual la tendrás contra todas; así que la virtud endureció el alma en todas partes le hace invulnerable” (Consolación a Helvia).

     Por su parte, en de la Providencia, séneca advierte que el infortunio no es crueldad, es combate; y así como observamos en cualquier ejercicio físico que la fatiga frecuente desarrolla y endurece el músculo, del mismo modo la adversidad  y el dolor fortalecen el alma. El infortunio es una oportunidad para el lucimiento del hombre sabio, y pregunta: ¿ cómo puedes saber si eres un gran hombre si la suerte no te brinda oportunidad de exhibir tus virtudes; por ello, explica Séneca, muchos se ofrecen voluntariamente a la adversidad para tener la ocasión de que resplandezca su virtud. Y advierte Séneca: “conocerás  en la borrasca al piloto, en el combate al soldado... ¿por dónde puedo saber cuánta sea tu constancia en sufrir la pobreza si las riquezas te ahogan? .¿Por dónde puedo saber cuánta sea tu entereza contra la ignominia, la infamia, la impopularidad, si envejeces entre los aplausos, si va en pos de ti, incansable y fácil, el favor del pueblo?. ¿Cómo sabré con que ecuanimidad sobrellevarás la muerte de tus hijos si contemplas llenos de vida a todos los que engendraste?” (De la Providencia). Y más adelante insiste: “El ombre que se guardó siempre del viento detrás  de los vidrios, a quien calentaron los pies braseros de lumbre con frecuencia renovada, cuyos comedores templó la calefacción circulando por pavimentos y paredes, a ese no sin peligro le tocará el más leve oreo...” (Idem).

     Y no hay que perder de vista que así como reina la armonía en la naturaleza, también debe reinar en el alma. A la noche sucede el día, al invierno crudo sucede el verano, luego de la lluvia se extiende el cielo sereno. Y al tumultuoso período del infortunio también le sucede otro más sereno y que nos encuentra más fortalecidos. Y recomienda: “ A esta ley se ha de conformar nuestra alma... todo lo que acaece debía acaecer” (Carta CVII a Lucilio).

     Es la felicidad el verdadero enemigo, porque nos embota y nos acostumbra a las blanduras de una vida falsa Y escribe: “...Huid de la enervadora felicidad, en que las almas se ablandan y cómo se amodorran en una perpetua embriaguez, si no sobreviene algo que les recuerde su condición humana... Peligrosísima es en grado sumo, la demasía de la felicidad” ( De la Providencia). Siendo, pues, la felicidad, el reverso del infortunio, es comprensible que Séneca la considere un estorbo. La desgracia nos fortalece, la dicha nos debilita.

     Cuando toca a Séneca consolar a su amiga Marcia le recuerda que todos los bienes que poseemos nos lo dieron a préstamo y como tales debemos estar preparados para devolverlos a su debido tiempo; y lo expresa en estos términos: “Cualesquiera sean, Marcia, los bienes exteriores que adventiciamente brillan en derredor nuestro- hijos, honores, riquezas, atrios amplios, vestíbulos atestados de clientes excluidos de la puerta, renombre, mujer hermosa o noble, y demás que dependen de suerte incierta y tornadiza- son aderezos ajenos que se nos dieron a préstamo. Ninguno de ellos son dádiva firme. Adórnase la escena con prestados ajuares que han de revertir a su dueño; algunos de estos serán devueltos el primer día, otros al segundo; pocos de ellos quedarán hasta el fin..., los recibimos a precario...; a nosotros importa tener siempre a punto lo que se nos entregó sin plazo fijo y devolverlo sin queja, cuando se nos reclame” (Consolación a Marcia) y le recomienda un precepto doloroso pero sabio: “ A todos los nuestros, así a los que por ley de nacimiento deseamos que nos sobrevivan, como aquellos otros que tienen el justísimo deseo de avanzársenos, debemos amarles de tal manera como si ninguna promesa se nos hubiera hecho de su perpetuidad, ni siquiera de su prolija duración...” Debemos advertir a nuestro espíritu “ que ame todas las cosas como transitorias, o mejor aún, como fugitivas” (Consolación a Marcia). Por tanto, conviene amar nuestros bienes apresuradamente y “ apurar todo el goce”, e insiste: “ de la noche de hoy nada se os promete... Hay que apresurarse; se nos empuja por la espalda; pronto será disuelto este cortejo; pronto, dando un grito, serán deshechas estas provisiones. Es el tropel de todas las cosas. Miserables que no sabéis vivir en esta fuga” ( Idem)

     Pero, ¿ cómo enfrentar, entonces, el infortunio? Pues con la paciencia, responde Séneca, porque por ella se llega al desdén de los sufrimientos. Si el infortunio es una oportunidad para el combate, la paciencia es el arma porque nos ayuda a resignarnos al trabajo, como deben trabajar aquellos pueblos desprovistos de todo, pero que son fuertes por su misma indigencia. Y de la paciencia resulta el acostumbramiento al esfuerzo hasta descubrir, con asombro, que el trabajo por sí solo causa placer ( De la Providencia).

     Y en sus palabras finales, Séneca les recuerda a los romanos que el propósito de Dios, y por tanto también del hombre sabio, es demostrar que todo aquello que el vulgo apetece y todo aquello que teme, no es ni malo ni bueno. Nuestro destino, advierte Séneca, ya está fijado antes de nacer, por eso debemos soportarlo con entereza. Porque “¿cuál es el deber del hombre virtuoso?: Abandonarse al destino” (De la Providencia).

La ignominia:

     La cárcel y el destierro son otros  tantos riesgos frecuentes que corre el hombre político, y ellos se acompañan de un sentimiento común: la vergüenza. Y en esto Séneca ofrecen todo momento su experiencia. Justamente es en su Consolación a Helvia en la que más insiste en que hay que saber enfrentar la vergüenza, advirtiendo que el destierro es sólo un cambio de lugar, al que podemos acostumbrarnos, creando la ilusión de que hemos nacido y crecido allí. Es cierto que el destierro se acompaña de incomodidades( pobreza, frío excesivo, calor insoportable), pero todas ellas son una adecuada oportunidad de fortalecernos con un entrenamiento. Más complejo es encarar el tema de la vergüenza que también acompaña la cárcel o el destierro, pero Séneca explica que el destierro es una nadería si a él vamos, por un lado con nuestra naturaleza humana llena de curiosidad y ansia de aventura y, por sobre todo, si nos dirigimos a él con nuestra virtud. Sólo las cosas viles nos llegan por el albedrío de los demás, “ todo lo mejor que tiene el hombre- escribe-, eso cae fuera de todo poder humano; ni puede ser ajenado ni puede ser arrebatado. Este cielo, que es la cosa más grande y más aderezada de cuanto la naturaleza engendró  y esta alma contempladora y admiradora del cielo” (Consolación a Helvia). Y en cuanto a las incomodidades del destierro, podemos tolerar la cabaña más humilde si en ella cabe también la virtud; y si en ella mora la justicia, nuestra continencia, nuestra prudencia, nuestra piedad, un criterio que nos guíe en el deber, un conocimiento personal de las cosas humanas y de las divinas. Si la sabemos llenar de todo esto, entonces aquella cabaña será el mejor templo.

     Pero lo que Séneca le está diciendo realmente a su madre es que al destierro se va habiendo hecho antes un trabajo con uno mismo que dé como resultado la serenidad, que es propia ( y es prueba) del hombre inocente. Y esta serenidad le servirá a un tiempo de compañía y de consuelo. Séneca da el ejemplo del destierro de Marcelo, tan injustamente castigado que Bruto luego de visitarlo regresó a Roma avergonzado y confesó sentirse él mismo desterrado cuando se alejaba de un hombre tan virtuoso. Y hasta César prefirió no detenerse en Mitelene, avergonzado porque era el lugar del destierro de tan gran hombre.

     Séneca reitera mucho la idea consoladora de que el destierro es sólo un cambio de lugar. Para él la idea se despoja de dramatismo cuando pensamos en cuánta gente se aleja de su patria para vivir en Roma. A unos dice, les atrae la ambición, a otros sus obligaciones de la función pública, a otros la lujuria, otros vienen a vender su belleza, otros vienen a estudiar, otros por los espectáculos. Asimismo le recomienda a su madre que salga de Roma y vaya a otras ciudades y comprobará cuánta gente extranjera se ha radicado en lugares muy alejados de su patria. Hasta en lugares hórridos, de clima inclemente, pobre de recursos. Y le recuerda que la humanidad muchas veces se aventuró, incluso en forma colectiva, por algunos lugares lejanos, llevando consigo esposa e hijos: a unos los empujó la destrucción de sus ciudades y el despojo de sus bienes, a otros los echó la superpoblación, a otros la peste. Y éstos, considera Séneca, son también “destierros  colectivos”. Muchos sostienen que el alma es por naturaleza andariega a imagen del universo que también está en movimiento.

     Y volviendo a la ignominia, Séneca le recuerda a su madre el ejemplo de Sócrates quién sufrió cárcel y muerte para no faltar a las leyes; o el ejemplo de lo sucedido durante la ejecución de Arístides en Atenas, que todos los presentes bajaban los ojos y gemían como si estuvieran por ejecutar a la Justicia misma. Sin embargo, en medio de ese pesar, un hombre se atrevió a escupir en la cara de Arístides; éste, lejos de enojarse, se limpió el rostro y sonriendo le dijo al magistrado que lo acompañaba: “Advierte a este hombre que no vuelva a bostezar tan ofensivamente”

     Entonces la vergüenza también puede sofocarse cuando hemos invertido tiempo en fortalecer el alma. Pero también se encuentra el llanto de nuestros deudos, de nuestros amigos que no soportan nuestra ausencia. A ellos Séneca les responde que “la transacción más cuerda entre la estima y la razón es sentir la añoranza y sofocarla” (Consolación a Helvia). De nada sirve, le advierte a su madre, combatir la tristeza yendo a los juegos y a los combates de gladiadores, ya que con éste método, pasado un tiempo, ésta resurge aún más fuerte. Lo más eficaz es derrotarla mediante la razón. Y advierte que es mejor vencerla que engañarla; por eso no sirven los largos viajes ni las excursiones amenas, ni refugiarse en el vendaval de los negocios o en la administración del patrimonio. La lectura de los grandes autores, los estudios liberales, vale decir, el inicio del camino a la sabiduría es el verdadero refugio para la tristeza: “ ellos (los grandes autores) guarecerán tus heridas, ellos descuajarán toda tristeza de tu espíritu” (Idem)

La muerte inevitable y la muerte como posibilidad de libertad:

     Séneca compartía la creencia romana de que el hombre se hallaba sometido al proyecto más amplio de la naturaleza. El hombre era un componente más y esto lo transformaba en un ser sagrado. Y dentro de este plan trascendental, todo lo que existía, existía por algo. La muerte, pues, se hallaba dentro de ese plan y resistirse a ella era una especie de sacrilegio. Pero la mayoría de los mortales nos resistimos a morir, rebelión ésta a la que Séneca veía con horror. Este sentimiento de resistencia, decía, se combate con la meditación frecuente sobre la muerte hasta convertirla en una idea natural: “ Los más fluctúan miserablemente entre el miedo a la muerte y los desabrimientos de la vida y ni quieren vivir ni saben morir ( Carta IV a Lucilio) y le aconseja a su amigo que haga deleitosa  su vida pero sin acostumbrarse a las posesiones.

     Séneca comienza su carta XXX a Lucilio aún maravillado por una experiencia por la que acaba de pasar y que lo dejó repleto de enseñanzas. Fue a visitar a su anciano amigo Baso Anfidio, hombre sabio y virtuoso desde siempre, pero ya por entonces soportando una decadencia física ya terminal. Como contraste, lo halló de un ánimo espléndido y, lejos de parecerse a los que viéndose cerca de la muerte eluden el tema, baso Anfidio no habló de otra cosa que de su muerte cercana. “el piloto navega aún con la vela rota y desarmada y repara todas las reliquias de la nave para seguir su ruta”, reflexiona séneca pensando en su amigo. Debe requerir, piensa, un largo aprendizaje “ irse con ánimo igual cuando se acerca aquella hora inevitable. Hay quienes pasan su vejez con la esperanza que no van a morir, que la enfermedad que los aqueja desaparecerá, que el mar agitado se calmará y el naufragio inminente finalmente no se producirá. En cambio, comenta Séneca, Baso habla de su cercana muerte con total naturalidad. E incluso se le escuchó decir que si el  trance de morir lleva consigo algún sufrimiento esto es defecto del que muere, no de la muerte, porque en la muerte no hay más molestia que después de ella; y es tan poco cuerdo el que teme lo que no ha de padecer como el que teme lo que no ha de sentir.

     Explica Séneca que desde el nacimiento mismo somos conducidos a la muerte, por ello es preciso  meditar una y otra vez sobre ella si queremos llegar apaciblemente a esa hora suprema. En su carta XXIV a Lucilio le recuerda que él mismo escribió hace un tiempo un poema en el que expresaba la idea de que no caemos de golpe en la muerte, sino que vamos muriendo poco a poco, y escribe: “Cada día morimos; cada día se nos quita una parte de la vida, y aún cuando crecemos la vida decrece. Perdemos la infancia, luego la mocedad, luego la juventud. Hasta el día de ayer – explica- todo tiempo pasado feneció; y este mismo día de hoy nos lo distribuimos con la muerte”. Y concluye con una imagen más que bella: “Así como la postrera gota no es la que deja en seco a la clepsidra sino todo lo que se escurrió antes. Así aquella hora última en que dejamos de ser no produce ella sola la muerte”. Porque si bien por la ley de la naturaleza llegamos inevitablemente a la muerte, hacía mucho que íbamos hacia ella.

     También señala una serie de ventajas de la muerte: “ Moriré- le escribe a Lucilio que se encuentra asustado porque un enemigo le inició un proceso judicial por el cual puede ser condenado a muerte-; con esta palabra quieres decir: Dejaré de poder enfermar, dejaré de poder ser atado; dejaré de poder morir.” Y en su Consolación a Marcia explica que el muerto ya no puede sufrir ninguna calamidad de la vida. Hasta se exalta en su defensa: “ Oh ignorantes de sus propios males, aquellos que no alaban y esperan la muerte como la mejor invención de la naturaleza, tanto si con ella se acaba la felicidad, como si la calamidad se aleja...” A la muerte, para Séneca, sucede la paz, y sucede el sueño tranquilo y sin peligro. Se burla de aquellas leyendas que muestran a la muerte como un tiempo de torturas como la de Sísifo, condenado a subir una pesada piedra hasta la cumbre de una montaña, o el castigo que recibió Prometeo cuyo hígado renacía para ser invariablemente devorado por un ave.

     Asimismo, y como una virtud más de la muerte, su existencia nos hace disfrutar más de la vida. En su carta LXI a Lucilio explica que ahora que es viejo hace las cosas como si un día fuera la vida toda y se aferra a ese día como si pudiera ser el último.

     Por otra parte, escribe Séneca, es preferible morir con ganas, tal como hace el esclavo lúcido que acepta de buen grado las ordenes de su amo, porque”... quien de buen grado acepta las órdenes, se exime de la parte más desabrida de la esclavitud, que es hacer lo que no quiere...” (Carta LXI a Lucilio).

     Y volviendo a las reflexiones que le inspirará la decrepitud de su amigo Baso Anfidio, Séneca escribe: “... aquella muerte  que ronda las cercanías y que de todas maneras está a punto de llegar reclama una firmeza tenaz, cosa mucho más rara y que no puede obtenerse más que del sabio...” Baso le explicó que es tan necio temer la muerte como temer la vejez porque, así como la vejez viene de la mano de la juventud, la muerte se encuentra a la zaga de la vejez. No quiere morir quién no quiso vivir. Y concluye Séneca: “ La vida se dio con la condición de la muerte y a ella nos conduce”: Temerla es un desatino porque se puede temer lo dudoso, y la muerte es un acontecimiento cierto.. Por otra parte pocas cosas igualan a todos los seres como la muerte, y escribe: “ ¿ Quién puede quejarse de estar incluido en una condición que alcanza a todos?. El elemento principal de la equidad es la igualdad” (Carta XXX a Lucilio).

     Para Séneca, todo lo que la naturaleza compone ella también lo descompone, y lo que descompuso lo vuelve a componer de nuevo. Todavía el hombre es más que afortunado ya que es despedido de la vida lentamente a través de una vejez despaciosa; y es conducido, saciado de vivir, al definitivo descanso necesario a todos.

     Séneca critica, también a los que imploran la muerte, a quienes la desean. Esta, considera, se espera, en todo lo que tarde, siempre con el ánimo alegre: “ Nadie recibe la muerte con regocijo, sino quien con prolijidad se preparó a ella” (Carta XXX a Lucilio).

     Hay que prepararse, pues, para morir de la mejor manera posible, y un requisito primordial es haber pensado en ello. Es bueno disfrutar de la vida, pero su fin no nos debe caer por sorpresa. Y así concluye Séneca una de las cartas a Lucilio: “...Viví, Lucilio querido, cuanto era suficiente. Bien saciado espero la muerte” (Carta LXI a Lucilio).

El duelo:

     Otro de los dramas que debilitan el alma y la vuelve vulnerable o cobarde es el temor de perder a un ser querido. El tema es desarrollado sobre todo en la Consolación a Marcia obra que, como ya se ha explicado, tuvo como objeto aliviar el dolor de su amiga por la muerte de un hijo. Y en estos términos describe Séneca el duelo impropio de Marcia: “Ya pasaron tres años y ninguna mengua ha tenido en su brío inicial; antes se renueva el duelo y de día en día se acrecienta y afirma  y de su propia duración se hizo un derecho y ha llegado al punto de creer que la cesación es deshonrosa”. Séneca considera a la tristeza como un vicio más y, explica, “ así como todos los vicios arraigan profundamente si no se les ahoga en su primer asomo, así también estas tristezas y miserias que contra sí misma se encarnizan, se alimentan a la postre con su misma acerbidad y el dolor se trueca en un maligno placer del espíritu atribulado”.

     Abundan las comparaciones con la enfermedad y la curación en este tema del duelo; porque como si se tratara de una herida que sangra, es necesario atacar la tristeza de inmediato: “ De las mismas heridas- escribe también en la Consolación a Marcia- la cura es fácil cuando la hemorragia es reciente; más cuando la gangrena cundió y las convirtió en úlceras malignas, se las cauteriza”; del mismo modo refiriéndose al duelo “ no puedo ahora con halagos y blanduras tratar dolor tamaño; hay que sacarlo”. Y continúa la argumentación recordándole a su amiga que para eso fuimos engendrados: para sufrir pérdidas, para morir, para esperar, para sentir miedo, para inquietarnos por nosotros mismos y por lo que pudiere ocurrirle a los demás, para temer a la muerte y para desearla y, lo que es peor que todo esto, “ para no saber nunca cuál es tu posición”.

     Es preciso tener siempre presente que así como la naturaleza, o dios, nos da hijos y nos deja disfrutarlos un cierto tiempo, la naturaleza, o ese mismo dios, también nos los quita. Y le escribe a Marcia: “ Tu suerte fue mejor que si no te hubiera tocado nada, porque si se nos ofrece la opción de ser feliz poco tiempo o no serlo nunca, mejor es poseer bienes perecederos que no poseerlos en absoluto” (Consolación a Marcia). A Lucilio también lo consuela en la pérdida de un amigo con argumentos parecidos: “...es cierto que te lo quitó – le escribe-; pero antes te lo había dado”. Por tanto es preciso gozar de los seres queridos con toda intensidad, ya que se trate de hijos o de amigos, porque no sabemos cuánto tiempo los tendremos. Resulta conveniente, ante la muerte de un ser querido, pensar cuántas veces lo hemos despedido para un viaje largo o cuántas veces dejamos de verlo por un tiempo.

     Una técnica para sobrellevar el duelo, recomienda Séneca, es ocupar la mente en otras cosas y, desde luego, pensar en la muerte con frecuencia para tornarla  familiar.

     De cualquier manera, el remedio infalible para el duelo es el tiempo. A Marcia le escribe: “Queda ciertamente en ti, oh Marcia, que ahora una tristeza ingente que semeja ya haberse encallecido; no aquella exasperada de los comienzos sino pertinaz y terca; y sin embargo, aún de esta tristeza, trocito a trocito, serás liberada por el tiempo”, y le advierte: “... hay mucha diferencia en que te permitas la tristeza a que te la impongas”. Y a su amigo Lucilio le aconseja una forma razonable de duelo: “ En la pérdida del amigo ni estén secos nuestros ojos ni tampoco arroyen el suelo: tenemos que lagrimear, no llorar”: Esto que, piensa Séneca, a Lucilio le va a extrañar, se dirige a expresar el dolor pero sin hacer ostentación, porque “ también el duelo tiene su vanidad”, y le escribe: “ ahora tú mismo eres el custodio de tu dolor. Debemos esforzarnos para que el recuerdo de los seres que perdimos se nos vuelva apacible y alegre. Naturalmente que nadie recuerda a sus seres queridos ya fallecidos sin sentir una “ mordedura en el corazón”, pero también esa mordedura tiene su miel: “ a mí – le escribe- el pensamiento de mis amigos difuntos me es dulce y florido; pues los tuve como quien los ha de perder; los perdí como si todavía los tuviese”. Pero le advierte que hay mucha lágrima hipócrita en quienes lloran demasiado y una intención de ocultar que, en realidad, no los amaba tanto. Además conviene tener en cuenta que si los lloramos demasiado pueden ofenderse los amigos que aún están vivos y que comprueban que no nos sirven de consuelo. Y si se nos murió el único amigo que teníamos, es culpa nuestra no habernos hecho de más amistades; por otra parte, escribe, “ no amó a un amigo en demasía quién no pudo amar a más de uno”. Y si se nos murió un amigo debemos sustituirle por otro: “ más vale sustituir al amigo que llorarle”.

     Igualmente triste es perder a un amigo que era mucho más joven que nosotros.  Y en este sentido Séneca se reprocha haber llorado tanto a su joven amigo Anneo Sereno, “ como si los hados respetasen cronología”. Debemos estar preparados tanto para aceptar nuestra mortalidad como la de nuestros amigos, y escribe: “ Ahora pienso que todo es mortal, y mortal sin ley fija... Pensemos, pues, querido Lucilio, que pronto vamos a llegar allí donde deploramos que él haya llegado. Y por ventura, si es verdad la opinión divulgada por los sabios, y existe un lugar que nos acoja, aquel que pensamos haber perdido se nos adelantó” (Carta LXIII a Lucilio).

     Por supuesto, el argumento de la vida después de la muerte, la esperanza en la existencia de un Más Allá es el argumento final con que concluye  Séneca el tema de la muerte.

El suicidio como posibilidad de libertad:

     Ya en una obra temprana como es su De la ira, Séneca escribe: “ ¿quieres la libertad?. Elige una vena cualquiera de tu cuerpo”.

     Esta posición de Séneca favorable al suicidio puede resultarnos odiosa o incomprensible pero debemos tener presente que el suicidio era una práctica aceptada entre los romanos cuando venía en auxilio del honor. Para Séneca, el suicidio puede ser nuestra salvación: “...No es enojosa la esclavitud donde, si se cansa uno del señorío aborrecible, es lícito  con un solo paso emigrar a la libertad” y subraya: “Te quiero entrañablemente, oh vida, por el beneficio de la muerte” (Consolación a Marcia).

     En efecto, el suicidio es para Séneca una garantía de que la vida puede ser vivida con libertad. Séneca le refiere a Lucilio que una vez que Catón, ya estando cautivo para morir, tomó la decisión suprema de suicidarse se pasó esa última noche leyendo un libro de Platón con una espada en la cabecera de su cama: la espada la tenía para poder morir y el libro de Platón para infundirse la voluntad de morir. Pero Séneca lo cuenta mejor: “ Dispuestas sus cosas como podía disponer un negocio quebrantado y sin posible compostura, creyóse en el deber de procurar que a nadie fuese lícito matar a Catón o de salvarle; y requiriendo la espada que hasta aquel día había conservado virgen de toda sangre, dijo: “Nada conseguiste, oh suerte, con contrastar todos mis esfuerzos. No luche por mi libertad, sino por la de mi patria, ni trabajé con tal obstinación por ser libre, sino por vivir entre libres; ahora, desahuciados todos los aferes del linaje humano, vaya Catón al inmortal segura. A seguido imprimió en su cuerpo la herida mortal ( Carta XXIV a Lucilio).

     Sin embargo, Séneca también critica a quienes se suicidan por frivolidad o por hastío de la vida, o por el temor a morir, y expresa: “ aunque se sepa que es inminente y cierta la muerte y está aparejado el suplicio; el sabio no prestará su mano a infligirse la pena, sino a soportarla. Necedad es morir por miedo a la muerte” (Carta LXX a Lucilio); y da una vez más el ejemplo de Sócrates quién postergó el momento de beber la cicuta para disfrutar un poco más la compañía de sus discípulos. Y en otra carta le recomienda a Lucilio que, aunque la razón nos persuada de la necesidad del suicidio, no debemos ir a la muerte en forma temeraria y al galope, porque “ el varón fuerte y sabio no debe huir de la vida sino salir de ella” (Carta XXIV a Lucilio).

     Séneca apoya un solo motivo para el suicidio: liberarse de la servidumbre. Y en esto, la argumentación le sirve al hombre sin poder porque a él se dirige Séneca. Considera que caer y permanecer en la ignominia de la servidumbre es el acto más ruin que el hombre puede realizar. Séneca se escandaliza ante el ejemplo de ese hombre de Rodas que fuera arrojado por un tirano a una cueva para ser alimentado como una fiera salvaje. Este hombre, cuando alguien le aconsejó que dejará de comer para apurar la muerte, le respondió que se puede esperar todo de la vida. El hombre sabio, en cambio, es el que decide cuándo vive y cuándo muere: “Esta vida, le explica a Lucilio en la Carta LXX, como sabes, no ha de ser retenida siempre, pues lo bueno no es vivir, sino vivir bien. Por eso el sabio vivirá tanto como deberá, no tanto como podrá... El piensa a toda hora cuál sea la vida, no cuánta. ... Morir más tarde a o más pronto no tiene importancia, lo que importa es morir bien o mal.”( Carta LXX a Lucilio).

     Para Séneca, pues, el suicidio es una posibilidad válida. E insiste: “ nada hizo mejor la ley eterna que, después de darnos una sola entrada, para la vida, nos dio muchas salidas de ella” (Carta LXX a Lucilio).

     De cualquier manera, para Séneca, la razón más comprensible para el suicidio es superar una situación de servidumbre: “...Salga el alma- escribe- por donde tomó el ímpetu; ora apetezca el hierro, o el lazo, o alguna poción penetre en las venas, vaya adelante y rompa la cadena de la servidumbre”.

     Y séneca se maravilla, más que de los grandes ejemplos de suicidio heroico como el de Catón el Censor, de los suicidios humildes, casi anónimos de los seres comunes que supieron rebelarse a la esclavitud. Y ahí tiene los ejemplo de ciertos gladiadores quienes, aún vigilados en extremo, usaron el ingenio para imponer su voluntad suprema: Así relata Séneca un caso: “ Siendo llevado entre guardias uno que estaba destinado al espectáculo matinal, bajó la cabeza como vencido por el sueño hasta ponerla entre los rayos de la rueda y se mantuvo firme en su asiento hasta que el andar de la rueda le segó el cuello”; y así reflexiona Séneca: “ en el vehículo mismo que le conducía a la pena, escapóse de ella”. O ese otro ejemplo del gladiador llamado el Germano quién, esperando también el espectáculo matinal en el circo, se apartó para ir al baño a “ exonerar el vientre”, único lugar al que no llegaba la vigilancia de los guardias; una vez en el retrete, tomando el palo que se tiene ahí cerca con una esponja atada a uno de sus extremos, y que sirve para higienizarse, se la hundió en la garganta, “ y de esta manera- concluye Séneca- obstruyéndose las fauces, exhaló el alma”.

     Puede ser, entonces, que esta extraordinaria defensa del suicidio nos resulte chocante, sacrílega, injusta. Sin embargo, no debemos perder de vista que en Séneca es el resultado precisamente de una valoración que hace en todo momento de la vida. Pero la vida vivida con calidad, la cual se ilumina en la tranquilidad que brindan el honor y la libertad.

La muerte y el hombre sin poder:

     Pero la muerte, además de sobrevenir al final de la vida o de ser un recurso para garantizar la libertad, constituye otro de los peligros que acechan al hombre común. Le recuerda a Lucilio, por ejemplo, que un pupilo y un eunuco pronunciaron la sentencia de muerte de Pompeyo y la de Craso la pronunció un Parto cruel e insolente. Y le advierte: “No te fíes de la tranquilidad presente; en un momento el mar se altera; el mismo día y en el mismo sitio donde jugaron los navíos son tragados por el vórtice”; y más adelante se refiere así a la inseguridad: “ Piensa que el ladrón y el enemigo pueden acercar un puñal a tu gaznate; que en ausencia de un poder mayor no hay esclavo alguno que no sea arbitro de tu vida y de tu muerte” (Carta IV a Lucilio).

     Es frecuente en Séneca la idea de que si vencemos el miedo a la muerte nos volvemos inconmovibles ante los poderosos porque logramos no temer a nada más. Asimismo, en su Consolación a Marcia, muestra a la muerte como un arma contra los atropellos de los superiores: “Ella- escribe refiriéndose a la muerte- da suelta a la esclavitud contra la voluntad del dueño; ella afloja las cadenas de los cautivos; ella saca de la cárcel a quienes vedó salir el antojo de un tirano...” y refiriéndose a las desigualdades sociales expresa a su amiga: “... ella, ahí donde la suerte distribuyó mal las cosas comunes y de los que nacieron con igual derecho, puso a los unos bajo el poder de los otros; ella ahí iguala todas las cosas” (Consolación a Marcia).

Conclusiones:

     No se puede negar que esta propuesta que Séneca le hace al hombre sin poder es discutible; sobre todo porque parece responder a una concepción de la vida en la que lo primordial es sobrevivir. No parece tener en cuenta esa otra actitud que nos lleva a gozar simplemente de lo que nos sucede sin aguardar vigilante la desgracia; y menos aún parece ocurrírsele la posibilidad de rebelarse a las injusticias de esta vida con cierta cuota de romanticismo. Asimismo, cabe reconocer que en toda su prédica se adivina a un hombre decepcionado y amargado por sus propios infortunios.

     Con todo, debemos admitir que la inseguridad y la desprotección son propias de todas las épocas, y el combate entre poderosos y desposeídos no parece tener solución. Además, la sociedad siempre se debatió entre opresores y oprimidos, amos y sirvientes, aunque no siempre fueron fáciles de identificar. Todo miembro de una sociedad se halla agitado por el vaivén constante y ubicuo del poder, que irrumpe muchas veces súbitamente y por lugares imprevisibles. Y es a esta situación de poder y servidumbre que sirve la filosofía de Séneca.

     Todo sujeto social, desde el nacimiento, está expuesto a ser una víctima política de los demás y se encuentra obligado a una negociación a veces diaria con su prójimo. Este código para el comportamiento que desarrolla Séneca apunta a fortalecer a ese sujeto para que desempeñe un mejor papel en dicha negociación. Maquiavelo, en su Príncipe, buscaba fortalecer al noble para que gobernara su reino sin contratiempos. También daba fórmulas para producir poder, pero buscando crear a un ser poderoso para que unificara Italia, el sueño último de este pensador. En cambio, Séneca procura ayudar más bien al súbdito de las inclemencias políticas.

     Todos estamos (y lo estuvimos siempre) expuestos a la inseguridad. Por ejemplo, la época de Séneca parece muy similar a los tiempos de nuestra última dictadura militar, durante la cuál se salía para el trabajo sin garantías de regresar a nuestra casa. Cualquier ciudadano se hallaba expuesto al capricho de cualquier soldado o cualquier policía que pasara a su lado. Incluso nos hallábamos expuestos a la denuncia taimada de cualquier vecino con trastornos mentales y contactos en el aparato represivo del estado.

     Y en la actualidad, por más que ciertos hechos no se repitieron ( Como las desapariciones ilegales), y como ocurre en toda ciudad moderna, los peligros, la inestabilidad, las agresiones y las muertes son comunes y frecuentes. Pero sobre todo existe nuestra vulnerabilidad dentro de este entramado de micropoderes que nos envuelve  de la mañana a la noche y que nos conduce a veces inevitablemente al infortunio, a la vergüenza, a la pobreza o al descontrol.

     Esto significa que la existencia humana y la convivencia entre las personas no ha mejorado con los siglos. Debemos soportar vivir atravesados por una red de poderes que nos amenazan por todos los costados. Y con mayor razón nuestra vulnerabilidad se acentúa con la edad o cuando no se ha nacido precisamente en las cumbres del bienestar económico.

     No miremos a Séneca como un amargado que nos viene a aguar la fiesta. Porque fue un hombre de una gran perspicacia y nos advierte que no hay tal fiesta, o si la hay dura muy poco. Y nos advierte que entre los momentos intensos que podemos vivir también hay ruidos, imprevistos, tempestades, desgracias; y no debemos permitir que estas nos derrumben. Tendemos naturalmente a huir del dolor y a procurarnos el placer, pero para Séneca el factor que debemos atender con más cuidado es el goce, porque nos seduce con ese engaño adormilado de hacernos sentir seguros y desprevenidos de la irrupción casi siempre inevitable del infortunio.

     Y es este ojo abierto mientras dormimos lo que nos fortalece, y para ello debemos entrenarnos en la vigilancia. No desaprovechar las oportunidades que nos trae la vida para acostumbrarnos a la desgracia.

     Séneca quiere hombres fuertes y para ello debemos encarar una “ cura de Sí”, o sea, un trabajo de sanación de las debilidades a  fin de enfrentar los peligros de la sociedad.

     Cura de sí y Tecnologías del Yo, estas son las dos herramientas que señala Séneca para protegernos. Superar la debilidad del alma, y que la fortaleza surja de una ejercitación en la incomodidad, la escasez, el dolor, la paciencia, para que nadie pueda encaramarse sobre nosotros y doblegarnos.

     Por supuesto que hay mucho de amargura y decepción en la actitud de Séneca, pero, entre líneas, con las sutilezas de un pensamiento siempre chispeante, se descubre ese objetivo último de su inteligencia: contribuir a ese plan mayúsculo de la naturaleza en el sentido último de preservar la vida y la libertad.

Por Marcelo M. Benítez.

*Fuente Consultada: Séneca, Obras Completas, M. Aguilar Editor, Madrid 1943.-

 


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