Palabras Previas:
Que a nadie se le ocurra pensar que la vida de
Séneca fue un camino alfombrado de rosas.
Su existencia y, particularmente, las
desgracias que tuvo que enfrentar explican,
en mucho su filosofía de hombre previsor
y desconfiado.
Si bien pertenecía a una familia aristocrática,
no nació en Roma sino en la ciudad española
de Córdoba. Primero se radicaron en
Roma sus padres ( Anneo Séneca y su
madre Helvia) con dos de sus hermanos
( Galión y Mena). Más tarde viajó Séneca
acompañado por una tía.
A los veinte años, Séneca ya era Vigintiviro con
categoría de senador y derecho de llevar
sus insignias. Pero su precaria salud,
resentida por afecciones respiratorias,
lo llevó a establecerse primero en Pompeya,
de clima más benigno, y más tarde en
Egipto, en donde una tía materna era
esposa del gobernador.
De regreso a Roma, a los 35 años de edad, Séneca
fue nombrado cuestor y no mucho tiempo
después tribuno de la plebe. Naturalmente,
esta carrera política, amén del patrimonio
familiar, le posibilitó acumular cierta
riqueza. Y por ese entonces también
comenzó a acercarse a círculos filosóficos
e intelectuales, los cuales eran más
o menos clandestinos. Fue en estos ambientes
de pensadores donde conoció a Marcia,
su gran amiga; pero donde igualmente
frecuentó la amistad de dos hermanas
de Calígula ( Agripina y Julia Livila).
Y fue con ésta última, una muchacha
de tan sólo 23 años, con quién Séneca,
ya estando casado, mantuvo un apasionado
romance. Pero esta relación amorosa,
por razones poco claras, irritó a Mesalina,
esposa del emperador Claudio, y sus
intrigas terminaron en una demanda judicial
por adulterio y el inmediato destierro
de ambos amantes. Julia Livila fue confinada
a una pequeña isla del mar Egeo en donde
falleció en poco tiempo. A su vez Séneca
fue desterrado a la isla de Córcega,
por entonces inhóspita y agreste, en
donde permaneció ocho años ( entre el
41 y el 49 de la era cristiana), por
lo cual perdió riquezas y patrimonio;
y esta desgracia tuvo lugar veinte días
después de la muerte de su hijo.
Y es durante este penoso período, confinado en
Córcega, donde escribe su Consolación
a Helvia, su madre, en la que expresa
que gracias a este revés de su suerte
tiene la valiosa oportunidad de acostumbrarse
a la pobreza, la escasa vestimenta,
el dolor del infortunio y el sentimiento
de vergüenza; temas todos en los que
va a reflexionar el resto de su vida
y que, según Séneca tuvieron como consecuencia
el fortalecimiento de su alma.
Precisamente, a partir de entonces, Séneca se embarca
en el análisis de estos temas a fin
de reunir un conjunto de preceptos que
endurezcan la conducta y la encaucen
hacia un fortalecimiento merced al cual
el hombre común sea capaz de resistir
los embates políticos del período imperial.
Acostumbrarse a la pobreza:
Séneca
inicia su razonamiento advirtiendo que
la riqueza, el exceso y la opulencia
son superfluas Es muy poco lo que nos
exige la naturaleza para vivir, y siempre
estará al alcance de la mano. En su
Consolación a Helvia, para tranquilizar
a su madre que lamenta su destierro,
le escribe: “ Por lo que a mí toca,
yo entiendo que lo que perdí no fueron
riquezas, sino estorbos”: Resguardarse
del frío, protegerse del calor, tomar
algún alimento, que no tiene que ser
ni exquisito ni abundante, y beber agua
para calmar la sed. No se necesita más.
Por el contrario advierte que el exceso
de comida no es placentero y provoca
dolores y molestias: “ la mesa opípara
trae consigo la indigestión, el copioso
beber trae sopor y temblor de nervios;
los placeres sensuales traen torceduras
de pies, manos y articulaciones...”
(Carta XXIV a Lucilio). Y así critica
a los que se atiborran de comida: “
Vomitan para comer, comen para vomitar
y ni aún así se digna digerir los manjares
que requisan del todo el mundo. (Cartas
a Lucilio). Y expone el mal ejemplo
de G. César quién en una ocasión gastó
una fortuna (10 millones de sextercios)
en una sola cena y no satisfecho con
esto halló manera de organizar otra
cena con los impuestos de tres provincias.
Pobres hombres, se lamenta Séneca, aquellos
cuyo paladar no se excita sino con manjares,
no sólo costosos sino principalmente
raros y de difícil hallazgo ( Consolación
a Helvia).
En la carta IV a su amigo Lucilio insiste en lo
innecesario de la riqueza: “ Al alcance
de la mano y ya aderezado está lo que
me reclama la naturaleza, es lo superfluo
lo que cuesta sudor. Y a su madre Helvia
le recuerda lo sucedido al cocinero
Apicio. Este personaje del gremio gastronómico
amasó una cuantiosa fortuna con su negocio
de comidas. Incluso estimulaba al público
de toda la ciudad a comer en exceso
y no contento con esto, procuraba ser
ejemplo para los jóvenes a fin de que
lo imitaran en sus vicios. Pero transcurridos
muchos años, y habiendo llegado el momento
de hacer las cuentas, observó que en
su demasía también había invertido mucho
dinero; en ello consumió cien millones
de sextercios y, abrumado de deudas,
sólo le quedaban diez millones de sextercios
con los cuales, no obstante, hubiera
podido vivir modestamente pero con dignidad;
sin embargo prefirió el suicidio. En
su carta CXXIII a lucilio reflexiona
en éstos términos: “ No hemos acabado
de entender hasta qué punto eran superfluas
ciertas cosas hasta que han comenzado
a faltarnos; gozábamos de ellas, no
porque nos hicieran falta, sino porque
las teníamos”, y se preguntaba cuántas
cosas tenemos nada más que porque otros
las tienen. “ Una de las causas de nuestros
males es que vivimos por mimetismo y
en lugar de gobernarnos por la razón
nos dejamos llevar por la rutina”: Hay
cosas que nos atraen, como ser las riquezas,
los placeres, la belleza, todas las
blanduras; hay otras que nos repelen
como el trabajo, la muerte, el dolor,
la ignominia o la virtud austera. Por
esto mismo, es imperioso que nos esforcemos
por apartarnos de las cosas que nos
invitan y afrontemos las que nos combaten.
Y expresa: “... La pobreza no es ningún
mal sino para quién se rebela contra
ella...”
Pero no sólo la comida debe amoldarse a la razón,
también la vivienda y la vestimenta:
“ El que se tasare conforme a la medida
natural, no sentirá la pobreza; al que
se excedieses de la natural mesura,
aun en medio de la opulencia la pobreza
lo acosará ( Consolación a Helvia):
Y recordando su destierro escribe: “
para lo necesario, el mismo destierro
basta, para lo superfluo no bastan los
reinos” (Idem).
Porque lo que está en juego en realidad, y como
lo venimos subrayando, es un prepararse
para enfrentar los reveses políticos
que puede sufrir el hombre sin poder
y en este sentido el acostumbrarse a
la pobreza, a la vestimenta humilde
y a la vivienda simple cumple un doble
servicio: por un lado, la conveniente
actitud de no atraer la atención de
los poderosos. Le advierte a Lucilio:
“ Cuando suena la trompa fiera, sabe
que no es ella ( la pobreza) la acometida”
(Carta XVII), y cuando “ se tañe a fuego,
la pobreza es la más rápida en huir
porque es poco lo que tiene que juntar”..
Y en la Carta CV le explica que son
cinco las razones por las cuales un
hombre más poderoso daña a otro, que
está por debajo suyo: la esperanza de
aumentar sus riquezas, quitándole los
bienes al otro, la envidia, el odio,
el miedo a que el otro, más rico, le
haga daño, y en quinto lugar, el desprecio.
Respecto a la primera de las causas
( la esperanza de aumentar las riquezas)
se contrarresta no teniendo bienes que
despierten en los demás la codicia.
Conviene, escribe séneca, no mostrar
objetos brillantes, o raros, o poco
conocidos. Por su parte, la envidia,
se sortea no haciendo ostentación de
lo que se posee, mantener la boca cerrada
respecto a las prendas que nos pertenecen
y conviene, asimismo, esconder el gozo
que disfrutamos con nuestro patrimonio.
El odio puede provenir de una ofensa
que hayamos cometido; por ello conviene
no mal disponernos con nadie, en lo
demás, es preciso usar el buen sentido
para cuidarnos de quién nos odia sin
motivo. La escasa riqueza también tiene
la ventaja de hacer que nadie nos tema.
Si no hacemos ostentación de poder y
riquezas nadie sentirá la necesidad
de cuidarse de nosotros. Igualmente
conviene crearnos una fama de ser blandos
ante las injurias, así como tener una
reconciliación fácil y cierta. Ser temido
siempre es peligroso, tanto en la casa
como fuera de ella. Nunca conviene,
para Séneca, que nos teman ni los hombres
libres ni siquiera los esclavos. En
la misma carta le aconseja a su amigo
que cultive amistades que estén cerca
de los poderosos, porque a éstos últimos
“ conviene acercarse pero no ligarse
demasiado, porque no sea más costoso
el remedio que el peligro”: Y concluye
la carta asegurando que no hay nada
más provechosos que la quietud, hablar
poco con los demás y mucho consigo mismo.
Le recuerda a Lucilio que nadie calla
lo que oye y, sobre todo, nadie calla
al autor, por eso lo que uno dice inadvertidamente,
se difunde rápidamente por todas partes
y todos sabrán enseguida quién lo dijo.
La pobreza, pues, nos protege de la acometida de
los poderosos porque favorece el desprecio
de los demás, ya que nadie se ensaña
con quién considera caído. Y es significativo
que, al considerara la pobreza, Séneca
se extiende en consejos que tienen más
que ver con la prudencia de un hombre
débil que con obligaciones morales;
la pobreza, entonces, resulta ser una
protección en nuestras relaciones con
los demás, incluyendo la familia.
El otro gran servicio que nos presta la pobreza
es que nos hace fuertes. Porque la filosofía
estoica, que recomienda tanto la pobreza,
nos ayuda en toda ocasión práctica,
nos socorre en nuestras necesidades,
y desciende hasta los más pequeños estorbos
(Carta XVII a Lucilio). O sea, nos protege
de todo mal, porque la virtud ( entendida
como la voluntad de resistir las tentaciones
como la de disfrutar de las riquezas)
nos hace fuertes, y con el temperamento
virtuoso la existencia pobre brinda
“ la libertad perpetua y el no tener
temor de ningún hombre, ni de ningún
dios” (carta XVII a Lucilio): Y trae
una vez más el ejemplo del soldado,
porque muchos ejércitos se hicieron
poderosos al acostumbrarse al hambre
y “ al alimento hediondo de nombrar”
(Idem).
Asimismo, en su carta CXXIII, Séneca le cuenta
a su amigo que hizo un viaje, más incómodo
que largo, hasta la ciudad de Albano.
Llegó, pues, muy cansado y hambriento,
pero como era ya muy avanzada la noche
todo estaba cerrado. No se conseguía
ni pan, ni cocinero, ni panadero, pero
como nada hay indignante si uno no
se indigna fácilmente, Séneca se conformó
con un pan de menor calidad. Y reflexiona:
si aguardamos un poco el pan malo se
volverá bueno, “ hasta tierno y cordial
te lo devolverá el hambre”, y reitera:
“Hay que avezarse a la escasez. Nadie
puede tener lo que quiere, lo que sí
puede el hombre es no querer lo que
no tiene y servirse alegremente de lo
que se le ofreciere” y advierte lo siguiente:
“ Elemento grande de la libertad es
el vientre morigerado y paciente de
la escasez” (Carta CXXIII a Lucilio):
Le explica a su amigo que esta repentina
situación de escasez de alimento y cansancio
puso de manifiesto, sorprendentemente,
su fortaleza. Explica que estas pruebas
sorpresivas hay que enfrentarlas no
sólo con valor sino también con serenidad
y no nos abaten si el hombre las enfrenta
una y otra vez sin encandecerse no discutir.
Renunciando al deseo se suple el derecho
que se tenía de recibir alguna cosa.
Entonces, acostumbrarse a la pobreza es absolutamente
necesario para enfrentar con éxito la
acometida de los hombres o de la suerte.
Para lo cual se requiere de una técnica,
de una ejercitación en ese sentido.
En la carta LXXX a Lucilio, compara
el ejercicio del alma con el ejercicio
físico y explica: “...si el cuerpo,
con el ejercicio, puede llegar a tal
resistencia que soporte las puñaladas
y las coces de más de un hombre y sufra
todo el día un sol fogosísimo en una
arena abrasada, húmeda de su propia
sangre, con cuanta mayor facilidad se
podría robustecer el alma para recibir
invictamente los golpes de la suerte
y resurgir de nuevo después de derribada
y hollada...” Y todavía hay una ventaja
más en el ejercicio del alma: en tanto
que el ejercicio físico requiere de
mucho alimento, mucha bebida, mucho
aceite y mucho entrenamiento, la virtud
se alcanza sin provisiones y sin gasto.
El premio final, lo repite una vez más,
es la libertad. Para Séneca las condiciones
que nos previenen de toda servidumbre
son el perder el miedo a la muerte y
el miedo a la pobreza.
En este sentido, uno de los ejercicios que propone
Séneca es, llegada la época de las saturnales,
ocasión en que todo el mundo se emborracha
y se entrega a los excesos, el hombre
sabio no se aísla, por el contrario
se mezcla en los festejos pero con serenidad,
con autocontrol, resistiendo la lujuria,
y escribe: Es ciertamente de más recio
temple cuando todo el pueblo está beodo
y vomitando, manifestarse seco y sobrio”,
se trata entonces de “ hacer lo mismo
que todos pero de diferente manera”.
Y le aconseja a Lucilio que de tanto
en tanto, cuando los negocios lo permitan,
probar la pobreza unos días, con alimento
escaso y rahez y vestimenta yerta y
áspera. Precisamente, cuando hay tranquilidad
y abundancia es que estamos mejor preparados
para la ejercitación: “Prepárese el
alma cuando más segura esté, para las
dificultades y en medio de los favores
afírmese contra las injurias de la suerte”,
como hace el soldado, explica Séneca,
que se entrena en los tiempos de paz:
corre carreras, cava trincheras sin
que haya enemigos y se fatiga en un
trabajo, aparentemente sin provecho
inmediato, para estar preparado para
el día del combate verdadero. Y todavía
diferencia Séneca esta ejercitación
para la pobreza, de la que emprenden
algunos ricos, más por aburrimiento
y frivolidad que para fortalecer el
alma: “...sean de verdad aquel catre
y aquella saya y aquel pan duro y mohoso.
Soporta eso tres y cuatro días y de
tanto en tanto algunos más a fin de
que no sea un juego sino una experiencia”;
y esta ejercitación nos va a permitir
descubrir qué poco se necesita para
estar satisfecho y aun disfrutar de
lo que tenemos: “...saltarás de gozo-
advierte Séneca-, harto con un poco
más del doble de un as y comprenderás
que para la seguridad no es menester
la suerte; puesto que eso que es suficiente
para la necesidad te lo dará aún airada”;
y más adelante aconseja: “Ejercitémonos
con el maniquí y porque la suerte no
nos sorprenda desprevenidos, hagámonos
la pobreza familiar. Con mayor seguridad
seremos ricos si supiéramos como no
es cosa tan grave ser pobre” (Carta
LXXXV a Lucilio).
No se trata, para Séneca, de negarse a ser rico,
sino comprender que aún sin riquezas
se puede ser feliz. Es necesario disfrutar
la abundancia sabiendo que es perecedera.
Entonces, lograda esta fortaleza, seremos
capaces de enfrentar con ánimo sereno
una de las más frecuentes amenazas de
los que están por encima nuestro.
El infortunio:
La desgracia, la mala suerte, la calamidad que
nunca avisa son otros de los peligros
que soportaba el romano en la época
imperial. Y para ello también debía
estar preparado.
En el tema de la desgracia, séneca parece pensar
siempre en el destierro, pero aún no
lo menciona. El infortunio puede ser
cualquier acontecimiento desfavorable
(la muerte de un hijo, la bancarrota,
una sentencia judicial adversa, el destierro
ordenado por el emperador). Es perder
todo aquello que nos hacía feliz, aunque
no lo tuviéramos conciente. Por eso
Séneca va a reiterar una regla de oro:
no aferrarse al bienestar ni a la dicha:
“...quién no se hinchó en los alegres
sucesos no se comprimió con los torcidos”
le escribe a su madre que llora su destierro.
Y una de las defensas más seguras contra
el dolor es el acostumbramiento. E ilustra
nuevamente con la guerra: mientras los
soldados inexpertos gritan y gimen aún
con las heridas leves, los veteranos,
por el contrario, aún cocidos a cuchilladas
soportan las curaciones más dolorosas
con total entereza. Y le advierte a
su madre: “ en pura pérdida habrán redundado
todas tus desgracias si aún no aprendiste
a ser desgraciada” ( Consolación a Helvia).
Otra regla de oro es esperar el infortunio en todo
momento. El hombre sabio, reflexiona
Séneca, se halla en un puesto de centinela
y prevé la desgracia antes que ésta
lo sorprenda: “Es grave la mala suerte
sólo para aquellos a quienes es repentina”.
Como al ejército desprevenido, el enemigo
lo puede aplastar con solo atacarlo
por sorpresa.
El mismo entrenamiento que se recomienda frente
a la pobreza se sugiere para el infortunio.
A su amigo Lucilio le escribe: “ no
hay que ser quisquilloso para vivir;
emprendiste una larga jornada; inexorablemente
tienes que resbalar y esquinarte con
algún encontronazo”. Y así enumera las
desgracias: “...En un lugar del camino
dejarás un compañero, en otro le enterrarás;
un poco más lejos te sobrecogerá el
miedo; a través de estos tropiezos tienes
que recorrer esta senda borrascosa y
áspera... Con esta compañía hay que
vivir la vida “(Carta CVII a lucilio).
Explica Séneca que es imposible esquivar
estas calamidades, pero se las puede
despreciar; y esto se logra justamente
pensando constantemente en ellas y así
anticiparlas, “ al hombre desprevenido
hasta las ( penurias) más livianas le
espantan” (Idem).
A su amiga Marcia, que ha perdido un hijo y se
encuentra hundida en un duelo desde
hace tres años, también le aconseja
prepararse para las desgracias. Le pregunta
¿ cuántos entierros has visto pasar
por tu puerta y no se te ocurrió pensar
en la muerte?, ¿ y a cuántos ricos hemos
visto hundirse en la miseria, y no pensamos
que nuestras riquezas están puestas
en el mismo despeñadero? Y concluye
con esta advertencia: “ Fuerza es que
nuestra caída sea total, porque somos
heridos cuando no lo esperamos. La desgracia
prevista con mucha anticipación más
flojamente nos asalta. ¡Hazte cuenta
que estás expuesta a todos los golpes
y que los dardos que dieren en otros,
zumbaron en derredor tuyo” (Consolación
a Marcia).
También reitera la idea de que el infortunio,
como la pobreza, nos fortalece. Es una
oportunidad que nos envían los dioses
para endurecernos, y es esta misma fortaleza
lo que nos va a permitir plantarnos
ante los poderosos. Escribe Séneca:
“Perece la libertad si no menospreciamos
aquellas cosas que nos someten a yugo”
(carta LXXXV a Lucilio); el hombre sabio,
explica, evitará los peligros pero no
les temerá; “¿No temerá la muerte, la
cárcel, el fuego y otros dardos malignos
de la fortuna?. No, porque sabe que
estos no son males, sino que sólo lo
parecen; toma todo esto- le recomienda
a Lucilio- como espantajos de la vida
humana”. Para Séneca, todo lo que llamamos
calamidad no lo es si la soportamos
para ser libres. Y así da un breve panorama
de las posibilidades: “ ...Si la cuchilla
amaga el cuello del hombre fuerte, si
uno tras otro el hierro hurga en sus
miembros, si contempla sus entrañas
en su falda, si para que sienta más
los tormentos, a intervalos se le tortura;
y fresca la sangre corre por sus heridas
secas ¿ no temerá?. ¿ Dirás que no siente
el dolor?. Sí que lo siente pues no
hay virtud que quite la sensibilidad
del hombre, pero no teme; invencible,
desde un plano superior, contempla sus
propios sufrimientos” (Carta LXXXV a
Lucilio). Y es falso lo que sostienen
algunos en el sentido de que las desgracias
se soportan sólo si vienen de a una
por vez, y le escribe a su madre: “
si tienes robustez suficiente contra
una acometida cualquiera de la suerte,
igual la tendrás contra todas; así que
la virtud endureció el alma en todas
partes le hace invulnerable” (Consolación
a Helvia).
Por su parte, en de la Providencia, séneca advierte
que el infortunio no es crueldad, es
combate; y así como observamos en cualquier
ejercicio físico que la fatiga frecuente
desarrolla y endurece el músculo, del
mismo modo la adversidad y el dolor
fortalecen el alma. El infortunio es
una oportunidad para el lucimiento del
hombre sabio, y pregunta: ¿ cómo puedes
saber si eres un gran hombre si la suerte
no te brinda oportunidad de exhibir
tus virtudes; por ello, explica Séneca,
muchos se ofrecen voluntariamente a
la adversidad para tener la ocasión
de que resplandezca su virtud. Y advierte
Séneca: “conocerás en la borrasca al
piloto, en el combate al soldado...
¿por dónde puedo saber cuánta sea tu
constancia en sufrir la pobreza si las
riquezas te ahogan? .¿Por dónde puedo
saber cuánta sea tu entereza contra
la ignominia, la infamia, la impopularidad,
si envejeces entre los aplausos, si
va en pos de ti, incansable y fácil,
el favor del pueblo?. ¿Cómo sabré con
que ecuanimidad sobrellevarás la muerte
de tus hijos si contemplas llenos de
vida a todos los que engendraste?” (De
la Providencia). Y más adelante insiste:
“El ombre que se guardó siempre del
viento detrás de los vidrios, a quien
calentaron los pies braseros de lumbre
con frecuencia renovada, cuyos comedores
templó la calefacción circulando por
pavimentos y paredes, a ese no sin peligro
le tocará el más leve oreo...” (Idem).
Y no hay que perder de vista que así como reina
la armonía en la naturaleza, también
debe reinar en el alma. A la noche sucede
el día, al invierno crudo sucede el
verano, luego de la lluvia se extiende
el cielo sereno. Y al tumultuoso período
del infortunio también le sucede otro
más sereno y que nos encuentra más fortalecidos.
Y recomienda: “ A esta ley se ha de
conformar nuestra alma... todo lo que
acaece debía acaecer” (Carta CVII a
Lucilio).
Es la felicidad el verdadero enemigo, porque nos
embota y nos acostumbra a las blanduras
de una vida falsa Y escribe: “...Huid
de la enervadora felicidad, en que las
almas se ablandan y cómo se amodorran
en una perpetua embriaguez, si no sobreviene
algo que les recuerde su condición humana...
Peligrosísima es en grado sumo, la demasía
de la felicidad” ( De la Providencia).
Siendo, pues, la felicidad, el reverso
del infortunio, es comprensible que
Séneca la considere un estorbo. La desgracia
nos fortalece, la dicha nos debilita.
Cuando toca a Séneca consolar a su amiga Marcia
le recuerda que todos los bienes que
poseemos nos lo dieron a préstamo y
como tales debemos estar preparados
para devolverlos a su debido tiempo;
y lo expresa en estos términos: “Cualesquiera
sean, Marcia, los bienes exteriores
que adventiciamente brillan en derredor
nuestro- hijos, honores, riquezas, atrios
amplios, vestíbulos atestados de clientes
excluidos de la puerta, renombre, mujer
hermosa o noble, y demás que dependen
de suerte incierta y tornadiza- son
aderezos ajenos que se nos dieron a
préstamo. Ninguno de ellos son dádiva
firme. Adórnase la escena con prestados
ajuares que han de revertir a su dueño;
algunos de estos serán devueltos el
primer día, otros al segundo; pocos
de ellos quedarán hasta el fin..., los
recibimos a precario...; a nosotros
importa tener siempre a punto lo que
se nos entregó sin plazo fijo y devolverlo
sin queja, cuando se nos reclame” (Consolación
a Marcia) y le recomienda un precepto
doloroso pero sabio: “ A todos los nuestros,
así a los que por ley de nacimiento
deseamos que nos sobrevivan, como aquellos
otros que tienen el justísimo deseo
de avanzársenos, debemos amarles de
tal manera como si ninguna promesa se
nos hubiera hecho de su perpetuidad,
ni siquiera de su prolija duración...”
Debemos advertir a nuestro espíritu
“ que ame todas las cosas como transitorias,
o mejor aún, como fugitivas” (Consolación
a Marcia). Por tanto, conviene amar
nuestros bienes apresuradamente y “
apurar todo el goce”, e insiste: “ de
la noche de hoy nada se os promete...
Hay que apresurarse; se nos empuja por
la espalda; pronto será disuelto este
cortejo; pronto, dando un grito, serán
deshechas estas provisiones. Es el tropel
de todas las cosas. Miserables que no
sabéis vivir en esta fuga” ( Idem)
Pero, ¿ cómo enfrentar, entonces, el infortunio?
Pues con la paciencia, responde Séneca,
porque por ella se llega al desdén de
los sufrimientos. Si el infortunio es
una oportunidad para el combate, la
paciencia es el arma porque nos ayuda
a resignarnos al trabajo, como deben
trabajar aquellos pueblos desprovistos
de todo, pero que son fuertes por su
misma indigencia. Y de la paciencia
resulta el acostumbramiento al esfuerzo
hasta descubrir, con asombro, que el
trabajo por sí solo causa placer ( De
la Providencia).
Y en sus palabras finales, Séneca les recuerda
a los romanos que el propósito de Dios,
y por tanto también del hombre sabio,
es demostrar que todo aquello que el
vulgo apetece y todo aquello que teme,
no es ni malo ni bueno. Nuestro destino,
advierte Séneca, ya está fijado antes
de nacer, por eso debemos soportarlo
con entereza. Porque “¿cuál es el deber
del hombre virtuoso?: Abandonarse al
destino” (De la Providencia).
La ignominia:
La cárcel y el destierro son otros tantos riesgos
frecuentes que corre el hombre político,
y ellos se acompañan de un sentimiento
común: la vergüenza. Y en esto Séneca
ofrecen todo momento su experiencia.
Justamente es en su Consolación a Helvia
en la que más insiste en que hay que
saber enfrentar la vergüenza, advirtiendo
que el destierro es sólo un cambio de
lugar, al que podemos acostumbrarnos,
creando la ilusión de que hemos nacido
y crecido allí. Es cierto que el destierro
se acompaña de incomodidades( pobreza,
frío excesivo, calor insoportable),
pero todas ellas son una adecuada oportunidad
de fortalecernos con un entrenamiento.
Más complejo es encarar el tema de la
vergüenza que también acompaña la cárcel
o el destierro, pero Séneca explica
que el destierro es una nadería si a
él vamos, por un lado con nuestra naturaleza
humana llena de curiosidad y ansia de
aventura y, por sobre todo, si nos dirigimos
a él con nuestra virtud. Sólo las cosas
viles nos llegan por el albedrío de
los demás, “ todo lo mejor que tiene
el hombre- escribe-, eso cae fuera de
todo poder humano; ni puede ser ajenado
ni puede ser arrebatado. Este cielo,
que es la cosa más grande y más aderezada
de cuanto la naturaleza engendró y
esta alma contempladora y admiradora
del cielo” (Consolación a Helvia). Y
en cuanto a las incomodidades del destierro,
podemos tolerar la cabaña más humilde
si en ella cabe también la virtud; y
si en ella mora la justicia, nuestra
continencia, nuestra prudencia, nuestra
piedad, un criterio que nos guíe en
el deber, un conocimiento personal de
las cosas humanas y de las divinas.
Si la sabemos llenar de todo esto, entonces
aquella cabaña será el mejor templo.
Pero lo que Séneca le está diciendo realmente a
su madre es que al destierro se va habiendo
hecho antes un trabajo con uno mismo
que dé como resultado la serenidad,
que es propia ( y es prueba) del hombre
inocente. Y esta serenidad le servirá
a un tiempo de compañía y de consuelo.
Séneca da el ejemplo del destierro de
Marcelo, tan injustamente castigado
que Bruto luego de visitarlo regresó
a Roma avergonzado y confesó sentirse
él mismo desterrado cuando se alejaba
de un hombre tan virtuoso. Y hasta César
prefirió no detenerse en Mitelene, avergonzado
porque era el lugar del destierro de
tan gran hombre.
Séneca reitera mucho la idea consoladora de que
el destierro es sólo un cambio de lugar.
Para él la idea se despoja de dramatismo
cuando pensamos en cuánta gente se aleja
de su patria para vivir en Roma. A unos
dice, les atrae la ambición, a otros
sus obligaciones de la función pública,
a otros la lujuria, otros vienen a vender
su belleza, otros vienen a estudiar,
otros por los espectáculos. Asimismo
le recomienda a su madre que salga de
Roma y vaya a otras ciudades y comprobará
cuánta gente extranjera se ha radicado
en lugares muy alejados de su patria.
Hasta en lugares hórridos, de clima
inclemente, pobre de recursos. Y le
recuerda que la humanidad muchas veces
se aventuró, incluso en forma colectiva,
por algunos lugares lejanos, llevando
consigo esposa e hijos: a unos los empujó
la destrucción de sus ciudades y el
despojo de sus bienes, a otros los echó
la superpoblación, a otros la peste.
Y éstos, considera Séneca, son también
“destierros colectivos”. Muchos sostienen
que el alma es por naturaleza andariega
a imagen del universo que también está
en movimiento.
Y volviendo a la ignominia, Séneca le recuerda
a su madre el ejemplo de Sócrates quién
sufrió cárcel y muerte para no faltar
a las leyes; o el ejemplo de lo sucedido
durante la ejecución de Arístides en
Atenas, que todos los presentes bajaban
los ojos y gemían como si estuvieran
por ejecutar a la Justicia misma. Sin
embargo, en medio de ese pesar, un hombre
se atrevió a escupir en la cara de Arístides;
éste, lejos de enojarse, se limpió el
rostro y sonriendo le dijo al magistrado
que lo acompañaba: “Advierte a este
hombre que no vuelva a bostezar tan
ofensivamente”
Entonces la vergüenza también puede sofocarse cuando
hemos invertido tiempo en fortalecer
el alma. Pero también se encuentra el
llanto de nuestros deudos, de nuestros
amigos que no soportan nuestra ausencia.
A ellos Séneca les responde que “la
transacción más cuerda entre la estima
y la razón es sentir la añoranza y sofocarla”
(Consolación a Helvia). De nada sirve,
le advierte a su madre, combatir la
tristeza yendo a los juegos y a los
combates de gladiadores, ya que con
éste método, pasado un tiempo, ésta
resurge aún más fuerte. Lo más eficaz
es derrotarla mediante la razón. Y advierte
que es mejor vencerla que engañarla;
por eso no sirven los largos viajes
ni las excursiones amenas, ni refugiarse
en el vendaval de los negocios o en
la administración del patrimonio. La
lectura de los grandes autores, los
estudios liberales, vale decir, el inicio
del camino a la sabiduría es el verdadero
refugio para la tristeza: “ ellos (los
grandes autores) guarecerán tus heridas,
ellos descuajarán toda tristeza de tu
espíritu” (Idem)
La muerte inevitable y la muerte como posibilidad de
libertad:
Séneca compartía la creencia romana de que el hombre
se hallaba sometido al proyecto más
amplio de la naturaleza. El hombre era
un componente más y esto lo transformaba
en un ser sagrado. Y dentro de este
plan trascendental, todo lo que existía,
existía por algo. La muerte, pues, se
hallaba dentro de ese plan y resistirse
a ella era una especie de sacrilegio.
Pero la mayoría de los mortales nos
resistimos a morir, rebelión ésta a
la que Séneca veía con horror. Este
sentimiento de resistencia, decía, se
combate con la meditación frecuente
sobre la muerte hasta convertirla en
una idea natural: “ Los más fluctúan
miserablemente entre el miedo a la muerte
y los desabrimientos de la vida y ni
quieren vivir ni saben morir ( Carta
IV a Lucilio) y le aconseja a su amigo
que haga deleitosa su vida pero sin
acostumbrarse a las posesiones.
Séneca comienza su carta XXX a Lucilio aún maravillado
por una experiencia por la que acaba
de pasar y que lo dejó repleto de enseñanzas.
Fue a visitar a su anciano amigo Baso
Anfidio, hombre sabio y virtuoso desde
siempre, pero ya por entonces soportando
una decadencia física ya terminal. Como
contraste, lo halló de un ánimo espléndido
y, lejos de parecerse a los que viéndose
cerca de la muerte eluden el tema, baso
Anfidio no habló de otra cosa que de
su muerte cercana. “el piloto navega
aún con la vela rota y desarmada y repara
todas las reliquias de la nave para
seguir su ruta”, reflexiona séneca pensando
en su amigo. Debe requerir, piensa,
un largo aprendizaje “ irse con ánimo
igual cuando se acerca aquella hora
inevitable. Hay quienes pasan su vejez
con la esperanza que no van a morir,
que la enfermedad que los aqueja desaparecerá,
que el mar agitado se calmará y el naufragio
inminente finalmente no se producirá.
En cambio, comenta Séneca, Baso habla
de su cercana muerte con total naturalidad.
E incluso se le escuchó decir que si
el trance de morir lleva consigo algún
sufrimiento esto es defecto del que
muere, no de la muerte, porque en la
muerte no hay más molestia que después
de ella; y es tan poco cuerdo el que
teme lo que no ha de padecer como el
que teme lo que no ha de sentir.
Explica Séneca que desde el nacimiento mismo somos
conducidos a la muerte, por ello es
preciso meditar una y otra vez sobre
ella si queremos llegar apaciblemente
a esa hora suprema. En su carta XXIV
a Lucilio le recuerda que él mismo escribió
hace un tiempo un poema en el que expresaba
la idea de que no caemos de golpe en
la muerte, sino que vamos muriendo poco
a poco, y escribe: “Cada día morimos;
cada día se nos quita una parte de la
vida, y aún cuando crecemos la vida
decrece. Perdemos la infancia, luego
la mocedad, luego la juventud. Hasta
el día de ayer – explica- todo tiempo
pasado feneció; y este mismo día de
hoy nos lo distribuimos con la muerte”.
Y concluye con una imagen más que bella:
“Así como la postrera gota no es la
que deja en seco a la clepsidra sino
todo lo que se escurrió antes. Así aquella
hora última en que dejamos de ser no
produce ella sola la muerte”. Porque
si bien por la ley de la naturaleza
llegamos inevitablemente a la muerte,
hacía mucho que íbamos hacia ella.
También señala una serie de ventajas de la muerte:
“ Moriré- le escribe a Lucilio que se
encuentra asustado porque un enemigo
le inició un proceso judicial por el
cual puede ser condenado a muerte-;
con esta palabra quieres decir: Dejaré
de poder enfermar, dejaré de poder ser
atado; dejaré de poder morir.” Y en
su Consolación a Marcia explica que
el muerto ya no puede sufrir ninguna
calamidad de la vida. Hasta se exalta
en su defensa: “ Oh ignorantes de sus
propios males, aquellos que no alaban
y esperan la muerte como la mejor invención
de la naturaleza, tanto si con ella
se acaba la felicidad, como si la calamidad
se aleja...” A la muerte, para Séneca,
sucede la paz, y sucede el sueño tranquilo
y sin peligro. Se burla de aquellas
leyendas que muestran a la muerte como
un tiempo de torturas como la de Sísifo,
condenado a subir una pesada piedra
hasta la cumbre de una montaña, o el
castigo que recibió Prometeo cuyo hígado
renacía para ser invariablemente devorado
por un ave.
Asimismo, y como una virtud más de la muerte, su
existencia nos hace disfrutar más de
la vida. En su carta LXI a Lucilio explica
que ahora que es viejo hace las cosas
como si un día fuera la vida toda y
se aferra a ese día como si pudiera
ser el último.
Por otra parte, escribe Séneca, es preferible morir
con ganas, tal como hace el esclavo
lúcido que acepta de buen grado las
ordenes de su amo, porque”... quien
de buen grado acepta las órdenes, se
exime de la parte más desabrida de la
esclavitud, que es hacer lo que no quiere...”
(Carta LXI a Lucilio).
Y volviendo a las reflexiones que le inspirará
la decrepitud de su amigo Baso Anfidio,
Séneca escribe: “... aquella muerte
que ronda las cercanías y que de todas
maneras está a punto de llegar reclama
una firmeza tenaz, cosa mucho más rara
y que no puede obtenerse más que del
sabio...” Baso le explicó que es tan
necio temer la muerte como temer la
vejez porque, así como la vejez viene
de la mano de la juventud, la muerte
se encuentra a la zaga de la vejez.
No quiere morir quién no quiso vivir.
Y concluye Séneca: “ La vida se dio
con la condición de la muerte y a ella
nos conduce”: Temerla es un desatino
porque se puede temer lo dudoso, y la
muerte es un acontecimiento cierto..
Por otra parte pocas cosas igualan a
todos los seres como la muerte, y escribe:
“ ¿ Quién puede quejarse de estar incluido
en una condición que alcanza a todos?.
El elemento principal de la equidad
es la igualdad” (Carta XXX a Lucilio).
Para Séneca, todo lo que la naturaleza compone
ella también lo descompone, y lo que
descompuso lo vuelve a componer de nuevo.
Todavía el hombre es más que afortunado
ya que es despedido de la vida lentamente
a través de una vejez despaciosa; y
es conducido, saciado de vivir, al definitivo
descanso necesario a todos.
Séneca critica, también a los que imploran la muerte,
a quienes la desean. Esta, considera,
se espera, en todo lo que tarde, siempre
con el ánimo alegre: “ Nadie recibe
la muerte con regocijo, sino quien con
prolijidad se preparó a ella” (Carta
XXX a Lucilio).
Hay que prepararse, pues, para morir de la mejor
manera posible, y un requisito primordial
es haber pensado en ello. Es bueno disfrutar
de la vida, pero su fin no nos debe
caer por sorpresa. Y así concluye Séneca
una de las cartas a Lucilio: “...Viví,
Lucilio querido, cuanto era suficiente.
Bien saciado espero la muerte” (Carta
LXI a Lucilio).
El duelo:
Otro de los dramas que debilitan el alma y la vuelve
vulnerable o cobarde es el temor de
perder a un ser querido. El tema es
desarrollado sobre todo en la Consolación
a Marcia obra que, como ya se ha explicado,
tuvo como objeto aliviar el dolor de
su amiga por la muerte de un hijo. Y
en estos términos describe Séneca el
duelo impropio de Marcia: “Ya pasaron
tres años y ninguna mengua ha tenido
en su brío inicial; antes se renueva
el duelo y de día en día se acrecienta
y afirma y de su propia duración se
hizo un derecho y ha llegado al punto
de creer que la cesación es deshonrosa”.
Séneca considera a la tristeza como
un vicio más y, explica, “ así como
todos los vicios arraigan profundamente
si no se les ahoga en su primer asomo,
así también estas tristezas y miserias
que contra sí misma se encarnizan, se
alimentan a la postre con su misma acerbidad
y el dolor se trueca en un maligno placer
del espíritu atribulado”.
Abundan las comparaciones con la enfermedad y la
curación en este tema del duelo; porque
como si se tratara de una herida que
sangra, es necesario atacar la tristeza
de inmediato: “ De las mismas heridas-
escribe también en la Consolación a
Marcia- la cura es fácil cuando la hemorragia
es reciente; más cuando la gangrena
cundió y las convirtió en úlceras malignas,
se las cauteriza”; del mismo modo refiriéndose
al duelo “ no puedo ahora con halagos
y blanduras tratar dolor tamaño; hay
que sacarlo”. Y continúa la argumentación
recordándole a su amiga que para eso
fuimos engendrados: para sufrir pérdidas,
para morir, para esperar, para sentir
miedo, para inquietarnos por nosotros
mismos y por lo que pudiere ocurrirle
a los demás, para temer a la muerte
y para desearla y, lo que es peor que
todo esto, “ para no saber nunca cuál
es tu posición”.
Es preciso tener siempre presente que así como
la naturaleza, o dios, nos da hijos
y nos deja disfrutarlos un cierto tiempo,
la naturaleza, o ese mismo dios, también
nos los quita. Y le escribe a Marcia:
“ Tu suerte fue mejor que si no te hubiera
tocado nada, porque si se nos ofrece
la opción de ser feliz poco tiempo o
no serlo nunca, mejor es poseer bienes
perecederos que no poseerlos en absoluto”
(Consolación a Marcia). A Lucilio también
lo consuela en la pérdida de un amigo
con argumentos parecidos: “...es cierto
que te lo quitó – le escribe-; pero
antes te lo había dado”. Por tanto es
preciso gozar de los seres queridos
con toda intensidad, ya que se trate
de hijos o de amigos, porque no sabemos
cuánto tiempo los tendremos. Resulta
conveniente, ante la muerte de un ser
querido, pensar cuántas veces lo hemos
despedido para un viaje largo o cuántas
veces dejamos de verlo por un tiempo.
Una técnica para sobrellevar el duelo, recomienda
Séneca, es ocupar la mente en otras
cosas y, desde luego, pensar en la muerte
con frecuencia para tornarla familiar.
De cualquier manera, el remedio infalible para
el duelo es el tiempo. A Marcia le escribe:
“Queda ciertamente en ti, oh Marcia,
que ahora una tristeza ingente que semeja
ya haberse encallecido; no aquella exasperada
de los comienzos sino pertinaz y terca;
y sin embargo, aún de esta tristeza,
trocito a trocito, serás liberada por
el tiempo”, y le advierte: “... hay
mucha diferencia en que te permitas
la tristeza a que te la impongas”. Y
a su amigo Lucilio le aconseja una forma
razonable de duelo: “ En la pérdida
del amigo ni estén secos nuestros ojos
ni tampoco arroyen el suelo: tenemos
que lagrimear, no llorar”: Esto que,
piensa Séneca, a Lucilio le va a extrañar,
se dirige a expresar el dolor pero sin
hacer ostentación, porque “ también
el duelo tiene su vanidad”, y le escribe:
“ ahora tú mismo eres el custodio de
tu dolor. Debemos esforzarnos para que
el recuerdo de los seres que perdimos
se nos vuelva apacible y alegre. Naturalmente
que nadie recuerda a sus seres queridos
ya fallecidos sin sentir una “ mordedura
en el corazón”, pero también esa mordedura
tiene su miel: “ a mí – le escribe-
el pensamiento de mis amigos difuntos
me es dulce y florido; pues los tuve
como quien los ha de perder; los perdí
como si todavía los tuviese”. Pero le
advierte que hay mucha lágrima hipócrita
en quienes lloran demasiado y una intención
de ocultar que, en realidad, no los
amaba tanto. Además conviene tener en
cuenta que si los lloramos demasiado
pueden ofenderse los amigos que aún
están vivos y que comprueban que no
nos sirven de consuelo. Y si se nos
murió el único amigo que teníamos, es
culpa nuestra no habernos hecho de más
amistades; por otra parte, escribe,
“ no amó a un amigo en demasía quién
no pudo amar a más de uno”. Y si se
nos murió un amigo debemos sustituirle
por otro: “ más vale sustituir al amigo
que llorarle”.
Igualmente triste es perder a un amigo que era
mucho más joven que nosotros. Y en
este sentido Séneca se reprocha haber
llorado tanto a su joven amigo Anneo
Sereno, “ como si los hados respetasen
cronología”. Debemos estar preparados
tanto para aceptar nuestra mortalidad
como la de nuestros amigos, y escribe:
“ Ahora pienso que todo es mortal, y
mortal sin ley fija... Pensemos, pues,
querido Lucilio, que pronto vamos a
llegar allí donde deploramos que él
haya llegado. Y por ventura, si es verdad
la opinión divulgada por los sabios,
y existe un lugar que nos acoja, aquel
que pensamos haber perdido se nos adelantó”
(Carta LXIII a Lucilio).
Por supuesto, el argumento de la vida después de
la muerte, la esperanza en la existencia
de un Más Allá es el argumento final
con que concluye Séneca el tema de
la muerte.
El suicidio como posibilidad de libertad:
Ya en
una obra temprana como es su De la ira,
Séneca escribe: “ ¿quieres la libertad?.
Elige una vena cualquiera de tu cuerpo”.
Esta posición de Séneca favorable al suicidio puede
resultarnos odiosa o incomprensible
pero debemos tener presente que el suicidio
era una práctica aceptada entre los
romanos cuando venía en auxilio del
honor. Para Séneca, el suicidio puede
ser nuestra salvación: “...No es enojosa
la esclavitud donde, si se cansa uno
del señorío aborrecible, es lícito
con un solo paso emigrar a la libertad”
y subraya: “Te quiero entrañablemente,
oh vida, por el beneficio de la muerte”
(Consolación a Marcia).
En efecto, el suicidio es para Séneca una garantía
de que la vida puede ser vivida con
libertad. Séneca le refiere a Lucilio
que una vez que Catón, ya estando cautivo
para morir, tomó la decisión suprema
de suicidarse se pasó esa última noche
leyendo un libro de Platón con una espada
en la cabecera de su cama: la espada
la tenía para poder morir y el libro
de Platón para infundirse la voluntad
de morir. Pero Séneca lo cuenta mejor:
“ Dispuestas sus cosas como podía disponer
un negocio quebrantado y sin posible
compostura, creyóse en el deber de procurar
que a nadie fuese lícito matar a Catón
o de salvarle; y requiriendo la espada
que hasta aquel día había conservado
virgen de toda sangre, dijo: “Nada conseguiste,
oh suerte, con contrastar todos mis
esfuerzos. No luche por mi libertad,
sino por la de mi patria, ni trabajé
con tal obstinación por ser libre, sino
por vivir entre libres; ahora, desahuciados
todos los aferes del linaje humano,
vaya Catón al inmortal segura. A seguido
imprimió en su cuerpo la herida mortal
( Carta XXIV a Lucilio).
Sin embargo, Séneca también critica a quienes se
suicidan por frivolidad o por hastío
de la vida, o por el temor a morir,
y expresa: “ aunque se sepa que es inminente
y cierta la muerte y está aparejado
el suplicio; el sabio no prestará su
mano a infligirse la pena, sino a soportarla.
Necedad es morir por miedo a la muerte”
(Carta LXX a Lucilio); y da una vez
más el ejemplo de Sócrates quién postergó
el momento de beber la cicuta para disfrutar
un poco más la compañía de sus discípulos.
Y en otra carta le recomienda a Lucilio
que, aunque la razón nos persuada de
la necesidad del suicidio, no debemos
ir a la muerte en forma temeraria y
al galope, porque “ el varón fuerte
y sabio no debe huir de la vida sino
salir de ella” (Carta XXIV a Lucilio).
Séneca apoya un solo motivo para el suicidio: liberarse
de la servidumbre. Y en esto, la argumentación
le sirve al hombre sin poder porque
a él se dirige Séneca. Considera que
caer y permanecer en la ignominia de
la servidumbre es el acto más ruin que
el hombre puede realizar. Séneca se
escandaliza ante el ejemplo de ese hombre
de Rodas que fuera arrojado por un tirano
a una cueva para ser alimentado como
una fiera salvaje. Este hombre, cuando
alguien le aconsejó que dejará de comer
para apurar la muerte, le respondió
que se puede esperar todo de la vida.
El hombre sabio, en cambio, es el que
decide cuándo vive y cuándo muere: “Esta
vida, le explica a Lucilio en la Carta
LXX, como sabes, no ha de ser retenida
siempre, pues lo bueno no es vivir,
sino vivir bien. Por eso el sabio vivirá
tanto como deberá, no tanto como podrá...
El piensa a toda hora cuál sea la vida,
no cuánta. ... Morir más tarde a o más
pronto no tiene importancia, lo que
importa es morir bien o mal.”( Carta
LXX a Lucilio).
Para Séneca, pues, el suicidio es una posibilidad
válida. E insiste: “ nada hizo mejor
la ley eterna que, después de darnos
una sola entrada, para la vida, nos
dio muchas salidas de ella” (Carta LXX
a Lucilio).
De cualquier manera, para Séneca, la razón más
comprensible para el suicidio es superar
una situación de servidumbre: “...Salga
el alma- escribe- por donde tomó el
ímpetu; ora apetezca el hierro, o el
lazo, o alguna poción penetre en las
venas, vaya adelante y rompa la cadena
de la servidumbre”.
Y séneca se maravilla, más que de los grandes ejemplos
de suicidio heroico como el de Catón
el Censor, de los suicidios humildes,
casi anónimos de los seres comunes que
supieron rebelarse a la esclavitud.
Y ahí tiene los ejemplo de ciertos gladiadores
quienes, aún vigilados en extremo, usaron
el ingenio para imponer su voluntad
suprema: Así relata Séneca un caso:
“ Siendo llevado entre guardias uno
que estaba destinado al espectáculo
matinal, bajó la cabeza como vencido
por el sueño hasta ponerla entre los
rayos de la rueda y se mantuvo firme
en su asiento hasta que el andar de
la rueda le segó el cuello”; y así reflexiona
Séneca: “ en el vehículo mismo que le
conducía a la pena, escapóse de ella”.
O ese otro ejemplo del gladiador llamado
el Germano quién, esperando también
el espectáculo matinal en el circo,
se apartó para ir al baño a “ exonerar
el vientre”, único lugar al que no llegaba
la vigilancia de los guardias; una vez
en el retrete, tomando el palo que se
tiene ahí cerca con una esponja atada
a uno de sus extremos, y que sirve para
higienizarse, se la hundió en la garganta,
“ y de esta manera- concluye Séneca-
obstruyéndose las fauces, exhaló el
alma”.
Puede ser, entonces, que esta extraordinaria defensa
del suicidio nos resulte chocante, sacrílega,
injusta. Sin embargo, no debemos perder
de vista que en Séneca es el resultado
precisamente de una valoración que hace
en todo momento de la vida. Pero la
vida vivida con calidad, la cual se
ilumina en la tranquilidad que brindan
el honor y la libertad.
La muerte y el hombre sin poder:
Pero la muerte, además de sobrevenir al final de
la vida o de ser un recurso para garantizar
la libertad, constituye otro de los
peligros que acechan al hombre común.
Le recuerda a Lucilio, por ejemplo,
que un pupilo y un eunuco pronunciaron
la sentencia de muerte de Pompeyo y
la de Craso la pronunció un Parto cruel
e insolente. Y le advierte: “No te fíes
de la tranquilidad presente; en un momento
el mar se altera; el mismo día y en
el mismo sitio donde jugaron los navíos
son tragados por el vórtice”; y más
adelante se refiere así a la inseguridad:
“ Piensa que el ladrón y el enemigo
pueden acercar un puñal a tu gaznate;
que en ausencia de un poder mayor no
hay esclavo alguno que no sea arbitro
de tu vida y de tu muerte” (Carta IV
a Lucilio).
Es frecuente en Séneca la idea de que si vencemos
el miedo a la muerte nos volvemos inconmovibles
ante los poderosos porque logramos no
temer a nada más. Asimismo, en su Consolación
a Marcia, muestra a la muerte como un
arma contra los atropellos de los superiores:
“Ella- escribe refiriéndose a la muerte-
da suelta a la esclavitud contra la
voluntad del dueño; ella afloja las
cadenas de los cautivos; ella saca de
la cárcel a quienes vedó salir el antojo
de un tirano...” y refiriéndose a las
desigualdades sociales expresa a su
amiga: “... ella, ahí donde la suerte
distribuyó mal las cosas comunes y de
los que nacieron con igual derecho,
puso a los unos bajo el poder de los
otros; ella ahí iguala todas las cosas”
(Consolación a Marcia).
Conclusiones:
No se puede negar que esta propuesta que Séneca
le hace al hombre sin poder es discutible;
sobre todo porque parece responder a
una concepción de la vida en la que
lo primordial es sobrevivir. No parece
tener en cuenta esa otra actitud que
nos lleva a gozar simplemente de lo
que nos sucede sin aguardar vigilante
la desgracia; y menos aún parece ocurrírsele
la posibilidad de rebelarse a las injusticias
de esta vida con cierta cuota de romanticismo.
Asimismo, cabe reconocer que en toda
su prédica se adivina a un hombre decepcionado
y amargado por sus propios infortunios.
Con todo, debemos admitir que la inseguridad y
la desprotección son propias de todas
las épocas, y el combate entre poderosos
y desposeídos no parece tener solución.
Además, la sociedad siempre se debatió
entre opresores y oprimidos, amos y
sirvientes, aunque no siempre fueron
fáciles de identificar. Todo miembro
de una sociedad se halla agitado por
el vaivén constante y ubicuo del poder,
que irrumpe muchas veces súbitamente
y por lugares imprevisibles. Y es a
esta situación de poder y servidumbre
que sirve la filosofía de Séneca.
Todo sujeto social, desde el nacimiento, está expuesto
a ser una víctima política de los demás
y se encuentra obligado a una negociación
a veces diaria con su prójimo. Este
código para el comportamiento que desarrolla
Séneca apunta a fortalecer a ese sujeto
para que desempeñe un mejor papel en
dicha negociación. Maquiavelo, en su
Príncipe, buscaba fortalecer al noble
para que gobernara su reino sin contratiempos.
También daba fórmulas para producir
poder, pero buscando crear a un ser
poderoso para que unificara Italia,
el sueño último de este pensador. En
cambio, Séneca procura ayudar más bien
al súbdito de las inclemencias políticas.
Todos estamos (y lo estuvimos siempre) expuestos
a la inseguridad. Por ejemplo, la época
de Séneca parece muy similar a los tiempos
de nuestra última dictadura militar,
durante la cuál se salía para el trabajo
sin garantías de regresar a nuestra
casa. Cualquier ciudadano se hallaba
expuesto al capricho de cualquier soldado
o cualquier policía que pasara a su
lado. Incluso nos hallábamos expuestos
a la denuncia taimada de cualquier vecino
con trastornos mentales y contactos
en el aparato represivo del estado.
Y en la actualidad, por más que ciertos hechos
no se repitieron ( Como las desapariciones
ilegales), y como ocurre en toda ciudad
moderna, los peligros, la inestabilidad,
las agresiones y las muertes son comunes
y frecuentes. Pero sobre todo existe
nuestra vulnerabilidad dentro de este
entramado de micropoderes que nos envuelve
de la mañana a la noche y que nos conduce
a veces inevitablemente al infortunio,
a la vergüenza, a la pobreza o al descontrol.
Esto significa que la existencia humana y la convivencia
entre las personas no ha mejorado con
los siglos. Debemos soportar vivir atravesados
por una red de poderes que nos amenazan
por todos los costados. Y con mayor
razón nuestra vulnerabilidad se acentúa
con la edad o cuando no se ha nacido
precisamente en las cumbres del bienestar
económico.
No miremos a Séneca como un amargado que nos viene
a aguar la fiesta. Porque fue un hombre
de una gran perspicacia y nos advierte
que no hay tal fiesta, o si la hay dura
muy poco. Y nos advierte que entre los
momentos intensos que podemos vivir
también hay ruidos, imprevistos, tempestades,
desgracias; y no debemos permitir que
estas nos derrumben. Tendemos naturalmente
a huir del dolor y a procurarnos el
placer, pero para Séneca el factor que
debemos atender con más cuidado es el
goce, porque nos seduce con ese engaño
adormilado de hacernos sentir seguros
y desprevenidos de la irrupción casi
siempre inevitable del infortunio.
Y es este ojo abierto mientras dormimos lo que
nos fortalece, y para ello debemos entrenarnos
en la vigilancia. No desaprovechar las
oportunidades que nos trae la vida para
acostumbrarnos a la desgracia.
Séneca quiere hombres fuertes y para ello debemos
encarar una “ cura de Sí”, o sea, un
trabajo de sanación de las debilidades
a fin de enfrentar los peligros de
la sociedad.
Cura de sí y Tecnologías del Yo, estas son las
dos herramientas que señala Séneca para
protegernos. Superar la debilidad del
alma, y que la fortaleza surja de una
ejercitación en la incomodidad, la escasez,
el dolor, la paciencia, para que nadie
pueda encaramarse sobre nosotros y doblegarnos.
Por supuesto que hay mucho de amargura y decepción
en la actitud de Séneca, pero, entre
líneas, con las sutilezas de un pensamiento
siempre chispeante, se descubre ese
objetivo último de su inteligencia:
contribuir a ese plan mayúsculo de la
naturaleza en el sentido último de preservar
la vida y la libertad.
Por Marcelo M. Benítez.
*Fuente Consultada: Séneca, Obras Completas, M. Aguilar Editor, Madrid
1943.-