Carpas y banderas
Están diseminadas en el pasto
de la Plaza de Mayo. Ahí, alrededor
de la pirámide, entre la gente
que camina y cruza por las veredas. Son
decenas de carpas con veteranos de Malvinas
llegados de todo el país. Carpas
y banderas. Al frente de cada una hay
pequeños carteles indicando de
dónde provienen. Un veterano de
chaquetilla verde y jeans camina hasta
un tacho de basura y tira yerba. Son eso
de las nueve de la mañana y los
mates y termos con agua caliente circulan,
mano en mano, para contener al viento
frío que anuncia un día
gris, mientras se agita la gran pancarta
donde se lee "Plaza Puerto Argentino"
sostenida entre los árboles. Más
abajo, la consigna que anima a quienes
vienen a pelear la batalla por el reconocimiento:
"Malvinas: la lucha no termina".
Julio Maldonado, Mariano Mendoza y Jorge
Eduardo son tres veteranos de guerra que
desde el 9 de mayo acampan en la plaza.
Viven en distintos partidos del conurbano
bonaerense pero aquí comparten
el aire de bronca, orgullo y renovada
fuerza que origina esta movida. «Estamos
reclamando tres puntos -afirma Mariano-:
prestaciones médicas para el veterano
y su familia, una pensión de guerra
digna porque lo que tenemos es una pensión
graciable, y un reconocimiento histórico
por el período del '82 al '92,
esos diez años en que no tuvimos
ningún resarcimiento hasta que
empezamos a cobrar por ley. Ya han pasado
veintidós años, y nos hemos
cansado de las promesas de los gobiernos
de turno sin solucionarnos nada. Esta
es una batalla más, y esperamos
ganarla». Es la primera vez que
los veteranos de Malvinas organizan una
protesta masiva, saliendo mancomunada
y pacíficamente a reclamar la atención
que el estado argentino ha venido negando
a través de gobiernos militares
y civiles, radicales y justicialistas
éstos últimos. Han contenido
las banderías internas y quieren
ser recibidos por el Presidente Kirchner,
a quien definieron como "hombre con
aire malvinero" en la carta que formalmente
envió el grupo de veteranos en
junio, firmada por Andrés Arce,
Martín Borba, Carlos Acuña
y Carlos Gómez, los forjadores
del campamento. «Entre los veteranos
están los que defienden al gobierno
y los que no defendemos a nadie -dice
Julio y agrega-. Mirá que hay mucha
gente de los veteranos que trabaja en
política... Pero acá somos
todos una sola bandera. No hay jefes,
ni nada. Vinimos como simples veteranos
que somos, y estamos por la misma causa».
Tanto Mariano como Julio no entienden
porqué no se ha incluido aún
la problemática del veterano de
guerra en los asuntos de estado. Existe
una gran orfandad en cuanto a planes de
salud que contemplen la singular situación
de los veteranos, de quienes ni siquiera
hay datos firmes: «Somos 14.600
veteranos más o menos -calcula
Julio, y aclara-. Pero actualmente se
está hablando de 23.000. Es que
los distintos gobiernos han inflado los
padrones. Y eso traba muchas cosas».
Por su parte, las acciones de los gobiernos
provinciales y municipales son muy dispares.
«En Merlo, que es de donde soy -continúa
Julio-, tenemos 38 veteranos trabajando
en la municipalidad. Ninguna otra tiene
tanta cantidad de veteranos en la esfera
pública». «Yo soy de
Lomas -afirma Jorge Eduardo- y recién
ahora estoy recibiendo cartas de la municipalidad.
¿Las medallas? Ni me llamaron para
entregarme la medalla de Lomas».
Por su parte, Mariano está desocupado
y vive de changas, mascullando una verdad
recurrente en el veterano: «cuando
pedís trabajo y se enteran que
estuviste en Malvinas, no te dan. A mí
me paso en varias oportunidades».«Te
dan trabajo si sos amigo de alguien, como
siempre, y no porque seas veterano»,
entiende Jorge.
Esta urgencia por resolver las atenciones
vitales de los veteranos se hace extensiva
a sus familias, inclusive a las de quienes
perdieron la vida en la guerra. «Queremos
que el estado nacional no discrimine entre
los veteranos y los familiares de los
caídos -dice Julio-, porque es
injusto que a éstos les paguen
apenas el 75 % de la pensión. Son
tan veteranos como nosotros, sólo
que murieron allá». «Aparte
-agrega Jorge- la ley 24241 impide recibir
una pensión a quien disponga de
un haber jubilatorio, y por eso hay familiares
de caídos que no cobran pensión
nacional, ni de las FF.AA.».
Los tiempos de paz, casi íntegramente
democráticos desde 1982, constituyen
otra guerra para esta gente. Varias mesas
han sido puestas para que los transeúntes
apoyen una solicitud de entrevista con
Kirchner y una ley especial para dar respuesta
a los reclamos. «Debemos ser el
único país del mundo donde
no se valora a los veteranos de guerra»
concluye Mariano, clavando la mirada en
la silueta de las carpas en la plaza.
Ya la mañana muestra un cielo totalmente
gris. Nuevo día. Nuevo desafío.

Pasos sueltos
«Llevamos 361 compañeros
suicidados durante esta eterna posguerra».
El dato congela la reflexión. Constituye
cerca de la mitad de los que murieron
en Malvinas. Pero el tono con que Mariano
lo dice no revela bronca ni desesperación.
Es estoico. Tiene la serena cadencia de
los hombres del interior, incluso cuando
la memoria lo hace volver a aquellos días
en las islas, con dieciocho años.
Porque estos hombres de más de
cuarenta se lo repiten desde hace veintidós
años: tenían dieciocho.
«Entré a la colimba en enero
del '82, en la 9º brigada aérea
de Comodoro Rivadavia. Nos empezaron a
preparar aparte sin saber para qué.
Se decía que iba a ser una competencia
con otra compañía... Cuando
el 2 de abril subimos al avión
nos enteramos que íbamos a la guerra.
Estaba contento. La causa me parecía
justa en ese momento y me sentía
bien. Estaba orgulloso de estar defendiendo
la patria». Fueron setenta y cuatro
días. Más de dos décadas
con esos setenta y cuatro días
viviendo en cada veterano, una bisagra
entre aquella otra vida antes de Malvinas
y hoy.
Hoy acampan en la plaza, con nervios
y reencuentros. «Tuvimos que dejar
nuestras familias para estar aquí
en forma permanente -aclara Julio-. Nos
apoyan, pero es muy duro estar en las
carpas, en especial porque uno está
intranquilo al no saber lo que pasa en
tu casa. Pero de una vez por todas tenemos
que hacerlo». «Acá
me reencontré con compañeros
-se emociona Mariano-, después
de veintidós años que no
nos veíamos. Pasan cosas lindas
en momentos así, teniendo ahora
al amigo que tuviste allá, que
soportó con vos el frío,
los bombardeos. Es como una terapia grupal
volver a encontrarse y comentar aquello
que vivimos y que no comentamos en la
familia porque son vivencias únicas,
nuestras».
Algunos veteranos visten ropa de combate,
con borceguíes y boinas negras.
Otros están enteramente "de
civil", y también están
los que mezclan ambas prendas. Vaquero,
chaquetilla verde y zapatillas. Todos
portan medallas. La charla pasa a ser
muchas y una sola a la vez, porque las
situaciones personales son también
las de todos. Remiten a una problemática
pendiente. «Otro problema es la
familia del veterano de guerra -advierte
Jorge-. Hay hijos de veteranos que se
han quitado la vida. Sabemos de casos
muy delicados de traumas psicológicos
donde el veterano da pasos sueltos de
desfile, o hace desfilar a la familia,
o manda izar la bandera cada mañana.
Situaciones descubiertas aisladamente,
por vecinos y comentarios de amigos, y
no por una política de salud específica.
No hay un programa acorde a nuestra problemática.
Recién ahora empiezan, después
de tener experiencia en misiones internacionales
y recibir militares discapacitados. Eso
sí: ellos cobran una pensión
de ocho mil pesos».
Después de Malvinas parió
nuestra democracia. Los veteranos han
sido parteros especialísimos de
la nueva era porque, como en todo alumbramiento,
estuvieron en medio de la sangre. Y ante
una pregunta ingenua asoma la búsqueda
profunda que Julio y todo veterano se
guarda para los días por venir.
«Claro que volvería a las
islas. Tengo compañeros que quedaron
allá. Y una parte mía también».
Malvinas, no Falklands
La gente pasa por la plaza. Hombres con
maletines, mujeres con celulares, chicos
de la escuela con guardapolvo. Algunos
miran la serie de carpas, otros se acercan
y ofrecen palabras de aliento. Las planillas
prontamente van sumando renglones con
nombres, números de d.n.i. y mail
de personas que le ponen firma a una dignidad
esperada. «La respuesta es amplia
-comenta Jorge-. Han apoyado el petitorio
hasta los veteranos británicos
de la guerra». La mera idea de que
se reencuentren los Smith y los Pérez,
del célebre texto de Borges, ya
suena a lugar común, sólo
rescatable por algunos gestos. «De
todas las guerras en las que participó
Inglaterra -sigue contando Jorge-, la
única camada que está organizada
es la que peleó en Malvinas. Se
llama SAM '82. Soldiers Army Malvinas.
Sí, Malvinas; no Falklands».
Desde hace unos años ambos grupos
de veteranos han mantenido contactos y
también han rendido mutuamente
honores. «Algunos de nuestros compañeros
viajaron a Inglaterra. Si bien se han
dado las manos, no se sentaron a comer
con ellos porque nunca compartiremos una
mesa hasta que nos devuelvan las islas.
Ellos lo saben bien y nos respetan. A
través de traductores nos hicieron
entender que ellos no sabían dónde
estaban las islas, ni tampoco las quieren.
Decían que su trabajo era así
y recibían un sueldo. Por eso valoran
lo que hicimos, de haber sido soldados
en una guerra a los dieciocho años».

Asoma el mediodía y el campamento
sigue con la serenidad que encierra una
gran verdad. Las reflexiones se vuelven
paradojas y deseos. «Pensar que
una semana antes de la guerra esta plaza
se llenó en contra del gobierno
militar, y después de la toma de
las islas el pueblo le dio su apoyo...
Ahora somos nosotros quienes necesitamos
ese apoyo», dice Mariano. Más
allá de las posibles culpas colectivas,
los veteranos son conscientes de que son
forjadores de un futuro común,
el propio y el del país. «No
hay mucha difusión mediática.
Pero si uno ve el trabajo que se va realizando
y la cantidad de planillas que vienen
en paquetes, sabemos algunas cosas: que
vamos bien, que nuestra lucha va a ser
larga, que depende de nosotros mismos,
y que nuestro pueblo, así como
nos respaldó en el '82, nos está
respaldando. Cuando desfilamos se nos
caen las lágrimas porque no podés
creer los sentimientos del pueblo hacia
quienes fuimos a una guerra, que resultó
mal o bien dirigida, pero por la que hoy
la gente sigue alentando la causa Malvinas
a partir de nosotros. Y esperamos que
las autoridades lo entiendan».
Por Marcelo Luna