Estados Unidos tiene una naturaleza
ambigua, entre la democracia liberal
que efectivamente ha sido en tantos
campos y circunstancias, y la naturaleza
imperial que entraña su poder sin contrapeso,
su arrogancia infinita y la defensa
altiva y violenta cuando de sus intereses
se trata. La siguiente es una mirada
al interior de éste país, donde hay
algo de aterrador e inédito en el cambio
que se percibe en todos sus ámbitos,
incluso para muchos de sus ciudadanos
pensantes. El interrogante final es
si los Estados Unidos de Bush son una
especie de imperio de la fuerza o de
la debilidad.
Gentileza de revista
Crisis Pittin y Ardion
Cuando analizamos a las así llamadas
democracias occidentales de los últimos
cincuenta años, vemos gobiernos cuyas
políticas sobre asuntos específicos
podrán ser buenas o malas, pero que
esencialmente instauran cambios que
mejoran el statu quo. Las más importantes
excepciones son las de Thatcher y Reagan,
pero incluso sus programas, en retrospectiva,
parecen moderados, comparado con lo
que ha venido ocurriendo en Estados
Unidos con éste gobierno que esta nuevamente
en campaña electoral. Tal vez, lo más
adecuado, sea decir con la junta gobernante
que le indica qué hacer y qué decir
a Bush. Ya lo han dicho muchos, se trata
del gobierno más radical de la historia
moderna de este país. Pero ver cómo
la ideología y acciones de este gobierno
se han vuelto tan omnipresentes, y cómo
los medios reflejan esto de manera tan
acrítica, hace pensar que la población
ha olvidado lo que es “normal”.
Bush,
el primer presidente no electo de Estados
Unidos, puesto allí por un tribunal
supremo de derechas en un golpe de Estado
judicial. El primer presidente en alterar
activamente una de las bases de la democracia
estadounidense, como es la de la separación
de la Iglesia y el Estado (se sabe que
diariamente hay reuniones para orar y grupos de estudio
bíblico en cada rama del gobierno, y
se otorgó a las organizaciones religiosas
los medios para apropiarse de los programas
educativos y asistenciales, los que
siempre habían sido competencia del
Estado). Bush, el primer presidente
en invocar a “Jesús”, en lugar de
a un “Dios” ecuménico.
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Ha
sido el primer gobierno que declaró
una política de agresión unilateral,
una “Pax Americana” (donde la
presencia de aliados les fue grata
pero insignificante); en la que
los tratados internacionales dejaron
de aplicarse a Estados Unidos;
en la que por primera vez en la
historia un país se reservó el
derecho de lanzar ataques “preventivos”,
contra
cualquier nación, por el
motivo que le apetezca; en la
que el presidente llegó a declarar
sin rodeos que “exportaremos la
muerte y la violencia a todos
los rincones de la Tierra en defensa
de nuestra gran nación”.
Fue el primero
(desde el confinamiento de los
estadounidenses de origen japonés
en la Segunda Guerra Mundial)
en promulgar leyes especiales
destinadas a un grupo étnico específico.
Que los jóvenes inmigrantes musulmanes
deban registrarse y sean sometidos
a interrogatorios; que muchos
cientos hayan sido arrestados
y detenidos sin juicio ni asistencia
legal (lo que socava otra de las
bases de la democracia estadounidense:
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el
habeas corpus); que muchos hayan
sido apartados de sus familias
y deportados; que el paradero
de muchos sea aún desconocido;
y que todavía en la bahía de Guantánamo
cientos de ciudadanos extranjeros
permanezcan en una suerte de limbo
desde hace casi tres años (contraviniendo
la Convención de Ginebra); es
el ejemplo de la doctrina imperante
en este momento.
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Este
ha sido un gobierno parecido al de Reagan
en su dedicación a ayudar a los ricos
e ignorar a los pobres; convirtió el
superávit de los años de Clinton en
un déficit provocado por la combinación
de enormes reducciones de impuestos
a los acaudalados y formidables incrementos
al presupuesto militar. El Financial
Times de Inglaterra, insospechable
de izquierdismo, describió esta política
económica como “locos que se han apoderado
del manicomio”.
Pero
es sabido que la mayor parte de la legislación
de Bush, aún más que la de Reagan, cuyas
políticas tendían a favorecer a los
ricos en general, enriquece específicamente
a su círculo cercano, procedente de
la industria farmacéutica, petrolera
minera, maderera y de la construcción.
Ha sido en el estrato medio de la burocracia,
donde se pueden promulgar leyes sin
aprobación del Congreso, donde cientos
de reglamentos han sufrido modificaciones
para reducir las normas de contaminación
o la seguridad laboral, para permitir
la explotación de áreas silvestres o
eliminar las pruebas de nuevos medicamentos.
Al tiempo, este verano, muchos colegios
públicos cerraron un mes antes de lo
previsto porque se habían quedado sin
dinero.
Este
viene siendo un país en el que los cambios
sociales trascendentales vienen instaurándose mediante decisiones de los tribunales,
y no según la legislación. Aún queda
por ver cuán lejos pueden ejercer sus
presiones contra la anticoncepción,
el aborto o la formalización de las
relaciones homosexuales.
Pero
ante todo, Estados Unidos no parece
Estados Unidos. El ambiente de militarismo
lo invade todo. Desde la llegada a los
aeropuertos
de las ciudades donde se emiten
anuncios en esa voz incorpórea de las
películas de ciencia ficción: “El Departamento
de Seguridad.... advierte que la clave
de alerta terrorista en este momento
es...”;
hasta los programas de vigilancia
e información, para recoger datos sobre
las actividades cotidianas de los ciudadanos
comunes.
La
guerra en Irak y su posterior ocupación,
como manifestación más extrema de este
nuevo Estados Unidos, se convierte en
un caso de estudio en el historial de
las técnicas totalitarias. Primero se
crea un enemigo, repitiendo mentiras
hasta que la población las cree. Le
sigue una guerra de liberación, debidamente
presentada en colaboración con los medios.
Posteriormente una ocupación, en la
que se pretende ocultar durante meses
su propia desorganización de potencia
colonial, el caos tras la “gran victoria”,
la violación de los derechos
elementales de las personas, y las muertes
de sus soldados y los de sus aliados.
Y finalmente el intento de trasladar
la maquinaria hacia un nuevo enemigo.
No hay mejor muestra de estado orwelliano.
Es
difícil evitar referirse a Estados Unidos,
sin caer en los lugares comunes del
antiamericanismo, aunque a la larga
resulten ciertos. Más allá de la guerra
y ocupación
en Irak, la nueva arrogancia
apela a la fuerza como medida de seguridad
y como prueba de fuerza; aunque una
“guerra contra el terrorismo”, es evidentemente
una guerra que no tiene una conclusión
definida, una invitación a la guerra
perenne. Los nuevos imperialistas no
son compactos, algunos son reservados,
otros impetuosos, otros entusiastas.
Unos defienden propósitos civiles, otros
religiosos. Los hay idealistas y realistas,
con todos su matices. En lo que sí coinciden
es en que Estados Unidos está bendito
por una serie de intereses mundiales
y deseos virtuosos, lo que les da derecho
a hacer lo que quieran, económica y
militarmente, donde quieran.
Pero
hay algunas certezas. El fervor que
impera en este gobierno y sus seguidores
ha revelado también su debilidad. Por
debajo de su ánimo imperialista y su
jactancia existe una gran duda sobre
el destino de este país. En épocas de
vulnerabilidad, las demostraciones de
fuerza y las declaraciones de hierro
abundan. Al tiempo las manifestaciones
que se hicieron contra la guerra, la
fuerza del movimiento antibélico y la
decisión de muchos de poner en tela
de juicio la cruzada de Bush, son una
medida de la debilidad del razonamiento
de quienes ahora están en el gobierno.
Es posible que no se les pueda detener,
pero un paso para moderar su marcha
quizá sea que sus ciudadanos reconozcan
que éste ha sido un gobierno sin comparación
en la historia de los Estados Unidos,
y evidentemente, un obstáculo para lo
que conocemos como democracia.
*Filósofa
y analista social. Mery Castillo-Amigo,
estudió filosofía en Lima, Perú. Ha
estudiado e investigado sobre temas
de fenomenología y ética. Además, es
investigadora y docente de la Universidad
de Paris IV.