Hace muchos
años, fui a contemplar la famosa piedra
movediza de Tandil. Decían los entendidos
que el movimiento no era de fácil percepción,
pero que si se colocaba una botella
en la luz entre la piedra y el suelo,
inevitablemente era aplastada por el
movimiento de la roca. Cuando llegué
fui a contemplar tal maravilla de la
naturaleza. Puse la botella pero algo
increíble pasó. No sólo la botella quedó
intacta, sino que la piedra rodó hacia
el lado opuesto. Las miradas de todos
los presentes se clavaron desde mi nuca
para abajo. Tengo que aceptar que casi
me desmayé. ¿Qué probabilidades había
que la maldita piedra cayera segundos
después que yo colocara la fatídica
botella en el lugar indicado? Después
de tantos años, la piedra movediza de
Tandil había caído. Luego de tantos
años transcurridos, me permito utilizar
esta tristísima anécdota personal para
ilustrar las principales características
de la subjetividad de derecha. Primera
cuestión: toma lo correlativo
como causal. Sin abrir el espacio
del pensamiento crítico y del necesario
diagnóstico situacional diferencial,
se postulan etiologías ad-hoc. Por ejemplo:
la piedra se desplomó porque
alguien puso una botella cuando y donde
no debía ponerla. Estar en el lugar
equivocado en el momento más inoportuno.
Es el razonamiento del Gobernador Fuller
para justificar el asesinato de Sacco
y Vanzetti. O el razonamiento de los
inquisidores de la Santa Madre para
justificar el asesinato de mujeres porque
tenían en el cuerpo los estigmas del
demonio. O para patear al perro porque
estaba allí cuando se resbaló la abuela.
La subjetividad de derecha considera
que si uno está, uno es, y además uno
es culpable de estar. Segunda cuestión:
toma la causalidad como culpabilidad.
Si finalmente el sereno análisis de
la situación pudiera llegar a comprobar
que la infinita correlación de fuerzas
determinó que la botella hizo el quantum
de diferencia y fue la causa de que
la piedra se fuera al diablo, el que
puso la botella (lamentablemente yo)
no solamente fue causante, sino culpable,
porque con seguridad quería, deseaba,
buscaba, anhelaba, imploraba, que la
maldita piedra se cayera. Y por eso,
especialmente por eso, es culpable.
Y la culpa exige castigo. Me salvé que
me tiraran con el resto de las piedras
que casi se hacen movedizas sobre mi
cabeza. Las mujeres adúlteras no tienen
esa suerte en los reinados del piadoso
Islam. Para el pensamiento de derecha
todo se resuelve penalizando el conflicto.
El código penal como fuente de toda
razón y justicia, por supuesto que de
toda razón y justicia represora. No
importa que haya abortos, casi tanto
como nacimientos, importa que siga siendo
delito. Porque lo que la derecha propicia
es castigo, no solución del problema.
¿O acaso el SIDA no era un castigo,
y para peor, divino? Con algunos tratamientos
para las adicciones pasa lo mismo. Pero
la culpa logra que el castigado también
acepte la legitimidad y la legalidad
del castigo. Lejos de cuestionarlo,
lo “asume”. Tercera cuestión:
toma la culpabilidad como natural.
La culpa, enseñó Freud, es la
tensión entre el Superyó y el Yo. No
pocos psicoanalistas postulan la necesariedad
de esta culpa. Tampoco discriminan demasiado
entre culpa y remordimiento, entre represión
erótica y represión fanática, entre
Ideal del Yo e Ideal del Superyó, entre
reparación y repetición. El sujeto es
sujeto de deseo pero de un deseo culpable.
Desear a la mujer del padre, que lamentablemente
(nadie es perfecto) es nuestra madre.
Aunque los Edipos post divorcios permiten
desear y hasta obtener la mujer del
padre sin tocar a nuestra madre. La
doctrina del pecado natural es funcional
a estas formas de entender al sujeto
desde la culpa que cierra y no desde
el deseo que abre. Cuando me esfuerzo
en plantear que una sociedad sin Estado
no sólo es posible sino que es deseable,
tengo que esforzarme mucho más en plantear
que una subjetividad sin Superyo no
sólo es deseable, sino que es posible.
Pero los fundamentalistas de la culpa
me advierten, me sermonean sobre los
aspectos protectores del Superyó, remedo
de la doctrina que un chirlo a tiempo…
Alguna vez Luis Ferreira, decano menemoide
de Medicina, dijo en televisión que
“a los chicos había que pegarles”
Yo sí le pegaría a algunos no tan chicos
como al propio Ferreira, (Me acuerdo
de un cuento de mi escuela primara “La
vara de Falaris” que será para otra
ocasión) Luis Ferreira, el otro Malevo.
Pero lo terrible no es que el fascismo
proclame su verdad, sino que la misma
verdad sea sostenida por sectores supuestamente
no fascistas. “Si el bueno critica,
es malo. si el malo aplaude, es peor”.
Recapitulemos
esta trilogía del pensamiento de derecha.
Primero: correlaciones por causalidades.
Segundo: causalidades por culpabilidades.
Tercero: culpabilidades como naturales.
Casi un programa de Gobierno para
futuras alianzas paternas. Sin embargo,
la traumática elaboración de mi episodio
con la piedra movediza, ha generado
una especie de verdad rebelada.
( las verdades reveladas nunca
estuvieron a mi alcance) que necesito
compartir. He llegado a la siniestra
conclusión que la derecha es un delirio
eterno. Y que es por eso que puede
enfrentar, y nos pese bien o nos pese
mal, con cierto y persistente éxito
a los sueños eternos de la revolución.
Porque de lo que se trata, mas allá
de la claridad, justicia, ética, de
los objetivos, es de obtener la fuerza
para lograrlos. No escuchamos con la
frecuencia necesaria el saludo de los
Caballeros de Jedi: que la Fuerza te
acompañe. Por el consumo actual de antidepresivos,
antipanicosos, hipnóticos, sedantes,
estimulantes sexuales, vitaminas, energizantes,
laxantes, rebozadores, etc., es evidente
que la Fuerza no acompaña. Hasta se
ha descripto un denominado “síndrome
de fatiga crónica”, algo así como una
tardía y científica forma de decir lo
mismo que Talesnik dijo en “La Fiaca”.
Ya no es el “¿Qué hacer?” que proponía
Lenin, sino el “ponete las pilas, men”
y ganá la pila que dura más como en
esa propaganda de los conejitos psicóticos.
Pues bien, en realidad pues mal. La
derecha tiene una fuente inagotable
de energía, algo así como la fusión
fría mental:
el delirio. Por un momento seré clásico. El delirio
es una idea errónea, absurda, no pasible
de crítica y que condiciona la conducta
del sujeto (cita de cualquier tratado
de Psiquiatría) La derecha ha construido
y construye permanentes delirios de
los cuales menciono dos: uno histórico,
la religión y el otro que es
la catequesis del neoliberalismo: la
publicidad, el posmoderno opio y
cloroformo de los pueblos. Incluso en
Inglaterra se inauguró un canal que
sólo emitirá avisos publicitarios que
de medio han pasado a constituirse en
fin. Otra Santa Madre, la televisión,
proclama que todos están justificados,
tanto los medios como el fin. La publicidad
es el paradigma del mensaje que tiene
como fundante condicionar una conducta:
el consumismo, en el cual no se consumen
objetos sino que se consume consumo.
Toda la propuesta publicitaria, incluso
la de muchos gobernantes, es alucinatoria
y delirante. Un ejemplo actual: el aviso
del “pueblo” de San Luis con las imágenes
de los legisladores aplaudiendo la buena
nueva del profeta, “El Adolfo”: default.
Si no fuera porque la falta de camas
psiquiátricas es endémica, yo firmo
la internación de todos, incluyendo
al profeta. En el genocidio vemos la
cara más siniestra de los delirios.
Supremacías varias, de raza, clase,
ideología, origen, destino, sólo tienen
una solución que siempre es la final:
el exterminio. Para la derecha, como
decían los antiguos cirujanos, siempre
la operación es un éxito aunque el paciente
haya muerto. Pero claro: murió y resucitó
varias veces porque las masacres que
desde el cristianísimo descubrimiento
de nuestra América hasta la fecha se
han sucedido, no han impedido todavía
que continuemos resistiendo al represor,
a pesar que el “sentido común” nos señala
como resistir al deseo. Los delirios
de la derecha sólo pueden ser enfrentados
con profundas convicciones, para lo
cual hay que enfrentar el temor a que
se conviertan en certezas. Pero nunca
la duda es buena consejera, y en estos
casos es pésima consejera. Quizá haya
que sostener pocas convicciones, pero
éstas deberán ser tan escasas y eternas
como los diamantes. El mayor riesgo
es oponer a un delirio de derecha un
anti delirio de izquierda. Por ejemplo:
que el 19 y 20 de diciembre de 2001
se vivió una situación prerrevolucionaria.
O la búsqueda del general democrático,
y vaya esto en honor de Liber Seregni,
que sí lo fue, pero porque lo mostró
y no hubo que ir a buscarlo. Cuando
los deseos tiñen el pensamiento crítico,
mejor quedarse con un decolorado pensamiento
que con una realidad teñida. Pero además
el problema de los anti delirios es
que no tienen la energía del delirio
originario. Es una terrible metáfora
que la radio con mayor alcance sea la
más reaccionaria, y que además se haya
naturalizado el robo de la frecuencia.
Hasta la fecha los delirios organizados
en las denominadas masas artificiales
han tenido una fuerza que por momentos
parece indestructible. Pero sabemos:
no todo está dicho. Si el sectarismo
es un delirio en la izquierda, la convicción
de la unión de todas las izquierdas
puede ser una respuesta teórica, política
y afectiva contundente. Lamentablemente,
nuestros tiempos son históricos y los
de la derecha son naturales. Por eso
digo que el delirio es eterno, es decir,
fuera del tiempo histórico social, y
pseudo filósofos claramente lo enuncian
como fin de la historia. Que en una
interpretación ligera diría que es la
profecía reaccionaria del fin de la
historia de las luchas por la emancipación
y la eternidad de la hegemonía de las
fuerzas invasoras. Pero bueno: la piedra
movediza se cayó, gobiernos, imperios,
holdings cayeron, los que todavía estemos
de pie y sigamos prefiriendo eso a morir
de rodillas, seguiremos construyendo
convicciones y soñando que lo único
eterno es la revolución.
Julio de 2004. En la Ciudad de los
Buenos Desaires de la Ex República Plateada.