Proteja
su colon...
... y
cómprese una auto nuevo.
Por
Marcos Manuel Sánchez |
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Marcos Manuel Sánchez Sánchez
nació en Ciudad-Real (España)
en 1961. Es Licenciado en Ciencias
Químicas por la Universidad
Complutense, especialidad de Química
Orgánica y ha trabajado como
ejecutivo durante 15 años en
la industria petroquímica.
Actualmente vive en San Sebastián
de los Reyes, provincia de Madrid.
Agradecemos al Lic. Marcos Manuel
Sánchez por su desinteresada
colaboración con La Tecl@ Eñe.
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Nayaf y Bufa. Más
de treinta iraquíes muertos una de
estas madrugadas. Y casi cien heridos. Han
sucumbido a la última noche de guerra
y destrucción. El televisor muestra
las escenas como si un demente estuviera
detrás, componiéndolas, empleando
mucha atención en hilvanarlas, cuidando
que el mensaje de horror llegue bien a nuestro
hipotálamo.
Soldados americanos y milicianos iraquíes
abrasándose a tiros; escenas de gritos
de un combatiente que golpea contra la mugre
ensangrentada de una pared la camiseta rojo
sangre de un compañero asesinado.
Otra noticia: desesperación-indignación
de un millar de manifestantes frente a la
entrada de la cárcel de Abu Ghraib
en protesta por asuntos de torturas y malos
tratos infligidos a prisioneros de guerra.
Aún hay más: en Bagdad, cuatro
personas han muerto al explotar un vehículo
blindado en el centro de la ciudad, donde
también ha habido seis muertos en
un atentado suicida… De repente, todo
cambia; se transforma en milésimas
de segundo en un surtido de colores que
anuncian que debemos adquirir el no va más
de los productos lácteos. Uno que
garantiza a nuestro colon que va a gozar
lo suyo refrescándose, tonificándose
y haciéndose más turgente
y sano. La ráfaga no dura más
de cinco segundos, pero ha dejado ante tus
ojos una estela de incredulidad que te deja
pasmado: ¿será cierto lo que
acabo de ver hace seis segundos tan sólo?
¿No me encontraba contemplando imágenes
de una guerra? Había cuerpos mutilados
por ahí. Pero si resultaba espantoso…
Cuando mi mente empieza a resistirse al
acto de abordaje del anuncio lácteo-intestinal,
de inmediato se produce otro asalto. Un
vehículo a motor de “última
generación” refulge ante mis
retinas bramando y describiendo curvas a
velocidad inusitada, reñida con los
esfuerzos de la dirección general
de tráfico por atemperar los siniestros
en carretera. Velocidad de vértigo,
curvas de vértigo, chuleo total para
el adquirente de semejante maravilla. Cómprelo,
hombre. Es lo que hace todo el mundo: comprar
coches y beber lácteos para cuidar
su colon. No se preocupe por las noticias
sobre la realidad más cruenta, porque
los humanos se aniquilen. Mande a paseo
su sensibilidad. Bájese de ese tren
y súbase a este otro. Pero no por
mucho tiempo. Poco más allá
le espera otro vagón y otro más.
Ha de ir subiendo y bajando cada dos por
tres, muchacho. De lo contrario no estará
en la onda, no será capaz de asimilar
lo que le demanda la sociedad de la información.
No deja de causarme asombro la mezcolanza
de imágenes e informaciones que llegan
a los aturdidos ojos y oídos de los
telespectadores de hoy en día. Lo
mismo da una sesión de políticos
increpándose desde sus púlpitos
que una de pulpitos en salsa rosa. O las
noticias de la prensa rosa llevadas a programas
de la tele-corazón interrumpidos
cada tres por dos por insultos y destemplanzas
de toda índole, que nada tienen que
ver con los principios de “lo rosa”
si es que hay alguien capaz de definirlos.
Recuerdo que hace décadas (uno ha
pasado ya algunas barreras en la vida) podías
indignarte ante las noticias televisadas
sobre la barbarie humana y reflexionar un
poco. Al menos se trataba de una sesión
informativa continuada en el tiempo. El
tele noticiario acababa y la publicidad
comenzaba su perorata con el aluvión
característico de imagen y sonido.
Sin embargo, aguardaba su turno. Ahora no.
Ahora estás inmerso en las noticias
más crudas y de repente surge como
por ensalmo un spot publicitario de la manera
más incongruente posible con tu estado
de ánimo. Ataca tu sensibilidad de
una forma que no te deja reaccionar con
lógica ante las imágenes que
aún están por digerir. Cualquier
intento de recuperar el hilo conductor perece
vanamente, algo que con el tiempo uno aprende
a resolver de forma fría (y esto
es escalofriante), asimilando por narices
el torrente de lava informativa que arrolla
todo a su paso.
Tenemos que adaptarnos a este entorno,
ciudadanos, claro que sí. Hemos de
colaborar todos y dejarnos llevar por las
olas, mecernos en el arrullo mediático,
que penetre en nuestros sentidos, que nos
ilumine para consumir mucho, más
y mejor. Aligeremos el bolsillo y descarguémonos
del incómodo libre albedrío,
de la iniciativa motivada por juicios de
valor, librémonos del corsé
carca y degenerado del pensar antes de actuar
(qué soso y de mal gusto); miremos
el entorno y comprémoslo todo, lo
que más envidia dé al vecino,
lo más nuevo, rutilante y chulesco.
¡Qué ilusión contemplar
la cara de asombro del prójimo ante
nuestras novedades recién adquiridas!
Qué halago a la vanidad. Y si encima
le digo que he reservado un viaje para mis
hijos, mi mujer y yo a Cabo Norte…
qué vaharada de rabia le llenará
las entrañas.
.
–De modo que el objetivo básico
según lo anterior es alimentar el
ego y la vanidad hasta que quedemos desprovistos
de sentimientos y capacidad de razonar objetivamente
¿no? –inquiere mi conciencia
en un alarde de elocuencia–. Algo
así ¿verdad?– remata.
Hombre pues… no sé que argumentar
ante eso. Lo cierto es que… anda,
mira lo que están echando por la
tele… Si es la última trilogía
en DVD de “El infierno de los clones”.
La estaba esperando desde hace meses. Voy
a …
–Ojo con lo que haces, macho. Que
la vida está muy cara y aún
estás pagando los plazos del home
cinema– advierte mi conciencia en
un lejano susurro.
De súbito, me doy cuenta de lo cerca
que ando del abismo. Miro a través
de la ventana y busco sosiego en otras imágenes.
Unos niños juegan a la pelota, saltan
y brincan. Ríen y gritan. Son gritos
de paz, tranquilizan mi alma. Doy media
vuelta y sacudo la cabeza.
No te puedes imaginar, conciencia mía,
lo difícil que es sustraerse a los
medios.
Por Marcos Manuel Sánchez