En una película
que ví hace poco y por casualidad, Milagros
Inesperados, Tom Hanks se pone
en la piel de un jefe de policía encargado
del pabellón de una cárcel del condado
de Could Montain, al cual se destinan
aquellos reos que serán ejecutados en
la silla eléctrica. Bien, el caso es que
un buen día un gigante negro es derivado
allí por un supuesto crimen; digamos que,
de entrada, al jefe le cae bien, y para
qué hablar cuando milagrosamente el negro
le cura una tortuosa infección urinaria.
Entonces El Jefe decide averiguar qué
es lo que pasó con la investigación del
caso del señor Cofy (el negro), y da con
el abogado que lo defendió. Intenta sonsacar
si el letrado cree o no en la culpabilidad
del señor Cofy, y es entonces cuando el
mismo se despacha con la siguiente parábola:
los negros son en cierta forma como los
perros comunes, uno no sabe bien para
qué sirven pero se acostumbra a su presencia
y los quiere; y les da de comer hasta
que no se sabe bien por qué, el perro
enfurece y muerde, ataca, mutilando la
serena integridad de nuestra familia.
Es ahí cuando no cabe preguntarse el por
qué de su furia, de su ataque artero e
inesperado. Sólo resta tomar la escopeta
y volarle la cabeza.
Bien, ustedes
se preguntarán a qué viene esta mala sinopsis
de un episodio de la película. Bueno,
es que me preguntaba en estos días si
la intensa campaña de criminalización
de la pobreza, encabezada por los grandes
medios de comunicación y sus periodistas,
y pergeñada por empresarios, empresarios
devenidos políticos, políticos camaleónicos,
banqueros y toda esa inquietante masa
que conforma lo que Foucault denominó
la microfísica del poder, digo si esta
criminalización del pobre no está dirigida
a exacerbar los ánimos siempre bien dispuestos
de nuestra bendita clase media, para que
de esta manera sea ella la que se convierta
en vocera oficial del discurso del poder
y pida lo que aquellos que mutan y transmigran
de posición, como el poder mismo, pretenden
convertir en un acto contundente y demoledor.
Esto es: de una buena vez, y para siempre,
alguien reprima a esa gran franja de nuestra
población que ha sido condenada a la pobreza
eterna. Que alguien ordene – cumpliendo
el mandato de la gente con sentido común,
de la buena gente – moler a palos o matar
a tiros a aquellos elementos antisociales
que piden poder vivir y no morirse de
hambre e infortunio en esta inmensa orfandad.
Si, si, ya sé...,
luego nos arrepentiremos por los muertos,
y se dirá que no queríamos que los matasen;
que sólo queríamos orden, sólo buscábamos
disuadirlos para que se retiren hacia
sus villas bonaerenses o capitalinas,
pero no que los matasen, Dios no lo permita!!!.
Y también sé que cuando pase el tiempo
y el olvido vuelva a matar a los muertos,
cuando nos corten las calles y no podamos
llegar a nuestros precarios trabajos –
porque los nuestros son precarios, no
como los de los propaladores discursivos
del poder, y menos aún el ¿trabajo? de
aquellos que se aferran a la ineludible
sed de sangre del mismo – decía, que cuando
lleguemos a nuestros precarios trabajos,
pediremos la cabeza de esos vagos e inmundos
piqueteros, o lo que sean; ya no importa.
Porque en definitiva, los pobres son esos
perros negros que aprendemos a soportar
dándoles alguna migaja de lo que no comemos,
cediéndoles algún viejo atuendo que ya
no vestimos, hasta que esos mismos pobres
enloquecen y salen a la calle, y se juntan
tratando de darse una identidad que han
perdido, y cortan las calles tratando
de volver a ser sujetos, a ser seres humanos
visibles y no los desaparecidos de la
democracia. En fin, pediremos que alguien
empuñe la escopeta por nosotros y le vuele
la cabeza a esos negros perros callejeros
que han mordido la generosa mano de las
dádivas – o ni siquiera eso.
Posdata
para necios: luego, podremos seguir
discutiendo sobre las innumerables infiltraciones
en los movimientos sociales; podremos
discutir, en estériles debates televisivos,
radiales o gráficos, acerca de quién de
los representantes del movimiento piquetero
nos cae mejor – y le cae mejor al gobierno;
o si ninguno nos viene en gracia. Se seguirá
ejerciendo el periodismo de oreja urgida
por la última noticia (no por la información);
asistiremos al discurso de la zona liberada
como si ésta no implicase todo el territorio
nacional, además de una práctica política
e institucional habitual. Seguiremos discutiendo
el rol del Estado, que delega sus funciones
en las tan mentadas ONG. Seguiremos caminando
como zombis que no terminan de aceptar
que habitan un país sitiado por el hambre,
la miseria y la eterna presencia de la
muerte.
Por
Conrado Yasenza
Los créditos
de las fotos son de Andrés Calamaro
y Mónica García - Disco
Grabaciones sencontradas volumen I