Un
cuento perfecto
La antesala
del fin*
Por Diego
Quinteros |
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| Cuento
del mes
El cuento que se reproduce a continuación,
pertenece a un joven cordobés
( Córdoba Capital) estudiante
de Filosofía. Es la intención
de los que hacemos La Tecl@ Eñe,
brindar el estímulo siempre
necesario para aquellas promesas que,
quizás algún día,
ocupen un lugar en el arduo pero fantástico
universo de la literatura.
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LA ANTESALA
DEL FIN*
¿Qué sentirías si
mañana te levantaras y estuvieras
sólo en el mundo? ¿Qué
sentirías si te dieras cuenta que
todas las personas del mundo han desaparecido?
No hay señales, rastros, cuerpos;
todo sigue igual, pero sin ellos... sin
todos... contigo. ¿Qué sentirías
si mañana fueras el único
ser humano existente? Ese mañana
llegó, ese mañana fue ayer,
ese mañana pasó y yo estuve
sólo en el mundo.
Fue hace un tiempo, no recuerdo bien cuanto
pasó ya, pero me desperté
y mañana era hoy; me desperté
y estaba sólo en el mundo, absolutamente
sólo.
Recuerdo ese día como si fuera
hoy, debí haber revoleado el despertador
cuando sonó, porque al levantarme,
sus partes se encontraban destrozadas contra
la esquina de mi habitación. No me
preocupé demasiado porque era domingo
y no debía ir a trabajar; al menos
ese sistema miserable me daba un día
de siete para mí, para poder ser
yo, para no tener que entregarle mi vida
por monedas. Miré mi reloj pulsera,
marcaba las 10:37 AM.
Todos debían haber desayunado ya,
así que me prepararía un café
para tomarlo en el sillón, mientras
ojeaba el diario y me ponía al corriente
de las miserias del mundo. Al salir de mi
habitación y recorrer el pasillo
que pasaba por las demás habitaciones
para terminar en la cocina, me di cuenta,
con algo de sorpresa, que no había
nadie en casa. Era raro porque por lo general
mi familia no salía los domingos,
y si lo hacía, procuraba avisarme
el sábado. “Habrá sido
algo espontáneo” pensé
mientras buscaba una taza. El diario no
había llegado, y eso también
me pareció raro, pero simplemente
pensé que se lo habían llevado.
Nada que hacerle, prender la televisión
y perderme en el zapping desalentador, que
al menos sirve para matar el tiempo. ¡Qué
absurdo es el hombre! Trabajamos toda la
semana quejándonos de que el trabajo
consume todo nuestro tiempo y no nos deja
hacer nuestras vidas como queremos, pero
cuando tenemos algo para nosotros no sabemos
qué hacer con él. Prendí
el televisor, y para mi nueva sorpresa (eran
muchas para una sola mañana) no había
señal en ningún canal. Maldije
en voz alta, quejándome de esos imbéciles,
de que uno paga el cable, y que aquí
no se respeta nada, que el país se
hundía por gente como ellos, y demás
cosas que no tenían relación
con que el televisor no tuviera señal,
pero que consideré adecuadas para
desahogar mi frustración. Y nada
que hacer la tele seguía sin señal.
Habrá que escuchar la radio. No es
difícil imaginar que en las emisoras
no había otra cosa que silencio.
Pensé que la antena estaba fallando,
no podía ser que en ninguna radio
estuvieran trabajando, esa no era una posibilidad.
No me inquieté demasiado, y puse
un CD de Pink Floyd; era uno de los grupos
que más me gustaba escuchar cuando
estaba solo. Mientras sonaba “Confortably
numb” levanté el tubo del teléfono
para llamar a mi novia; quería avisarle
que no iría a su casa porque estaba
atrasado con un trabajo de la facultad que
debía entregar el viernes. No se
enojaría, sin dudas saldría
con la estúpida de su amiga Viviana;
las dos eran niñas ricas, lo que
implicaba que sus vidas fueran muy relajadas
y bastante simples, por lo menos en apariencia.
Marqué pero nadie atendió.
Volví a marcar sin mejores resultados.
Y nada que hacer, sin duda llamará
más tarde; quedaba sentarme a preparar
el trabajo.
Cuando miré nuevamente mi reloj,
marcaba las 4:17 PM; el tiempo se había
evaporado entre lecturas de Adam Smith y
Jonh Stuart Mill. Ni siquiera había
almorzado y el hecho de que mi familia no
llegara comenzaba a preocuparme seriamente.
Llamé de nuevo a mi novia, y nada.
Llamé a Viviana, y nada. Sólo
para escuchar una voz amiga llamé
a Diego, pero nada. “¿Qué
carajo pasa?”, dije en voz alta para
tratar de encontrar yo mismo una respuesta,
pero nada. Impaciente y bastante intrigado,
salí de casa para comprar cigarrillos,
pero todo estaba cerrado, de hecho no había
nadie en la calle. Caminé las seis
cuadras que me separaban de la estación
de servicio que sin duda estaría
abierta, pero no.
Me sentí raro; grité a media
voz, nada; grité más fuerte,
nada; rompí el vidrio del mini shop
de la estación con una piedra, alarma,
espera, y nada. Perplejo, me senté
en la vereda; no podía no venir nadie,
era imposible, pero nadie venía y
nada pasaba. Me levanté y entré
por la ventana rota el mini shop, agarré
dos paquetes de Philip Morris y una lata
de cerveza. Salí y miré al
cielo; el sol al menos seguía allí,
pero nada más. Abrí la cerveza
y la tomé de dos tragos largos. Prendí
un cigarrillo, crucé la calle y toqué
todos los timbres del edificio del frente
de la estación, pero nada, silencio.
No podía ser, realmente no podía
ser. ¿Qué pasa? ¿Qué
pasa? ¿”Qué mierda pasa?”,
grité sabiendo que ningún
sonido saldría del silencio vació
de un mundo sin gente. “Es un sueño”
pensé, y todo cobró sentido;
claro que era un sueño, ¿qué
más sino? Me empecé a reír
con fuerza, era un sueño. ¡Claro
que era un sueño!, la gente no desaparece
en la vida real, pero en los sueños,
en los sueños sí, allí
puede pasar cualquier cosa. “Estoy
soñando” grité con todas
mis fuerzas, pero nada, el silencio me contestó
con su indiferencia. No era un sueño,
no era una ilusión, estaba realmente
sólo y no era posible. Sí,
pero no; sí, pero cómo, porqué.
La sonrisa se borró y mi mente quedó
por un segundo nublada. No podía
ser que pasara aquello, ¿cómo
iba a desaparecer todo el mundo? ¿Por
qué? No, no, no. Alguna explicación
coherente debía haber, sino, cómo.
Crucé nuevamente a la estación
y desde el teléfono público
llamé a todas las personas que tenía
en la agenda de mi billetera. Nadie contestó.
Nadie, nadie contestó.
Durante los siguientes días no me
resigné; todas las mañanas
llamaba a cualquier número telefónico
esperando que cualquier persona atendiera;
llamaba a Francia, a Japón, a Tailandia...
llamé a casi todos los países
de Asia y África, además de
Europa... creo que no llamé a ningún
país de Centro América, salvo
Al Salvador; tenía allí un
tío que se fue a... no sé
bien a qué, pero se fue. Y ahora
todos se habían ido. ¿Saben
qué era lo que más me preguntaba?
¿Saben cuál era la pregunta
que no me dejaba dormir, que me atormentaba
con una regularidad asombrosa? “¿Por
qué yo no?” ¿Y por qué
yo no? ¿Qué era, un elegido?
¿Elegido por quién? ¿Era
un regalo? Me cago entonces en el regalo,
lo devuelvo y que aparezcan todos... pero
parece que no. ¿Entonces? ¿Ahora
qué?
Con el tiempo levantaba cada vez menos
el tubo telefónico, hasta que una
mañana como cualquiera dejé
de hacerlo. No perdí las esperanzas,
ni me resigné, simplemente me di
cuenta que no había nadie más,
que aunque no pudiera ser, era, realmente
estaba sólo.
Sin nada, y conmigo, empecé a vagar
por los caminos, a recorrer mi continente
entero; lo conocí casi todo, al menos
todo hasta México; por alguna extraña
razón no quise entrar a los Estados
Unidos, creo que siempre me causó
algo de rechazo que todo el mundo quisiera
conocerlo antes que a su propio país,
me parecía repugnante, o al menos,
muy criticable. De México, y sin
querer subir más, me fui a Maracaibo,
alguien me había dicho que era hermoso,
además imaginarán que no había
nada mejor que hacer en un mundo desierto
que estar en la ruta, y no me molestaba,
de hecho amaba manejar, me hacía
sentir que la soledad, en parte, valía
la pena. En realidad la soledad siempre
era complicada, sobretodo de noche, era
la muerte en vida. Bueno, no exageremos.
¿Exagerar?. ¿Alguna vez estuviste
sólo en el mundo? No, pero... Pero
nada, imbécil, ¿pensás
que es fácil? No, pero tampoco me
parece que sea la muerte. ¿Ah, no?
¿No saber que le pasó a tu
familia, a tus amigos, a todos los que querés
no es la muerte? No. ¿No? Al menos
estás vivo. ¿Y de qué
me sirve esta vida? De nada, ¡de nada!
Si no tiene sentido es porque vos no se
lo buscaste. Dale vos un sentido. ¿Yo,
por qué? Vos estás sólo.
Entonces no opinés de los que no
sabés, la crítica de afuera
siempre es amplia porque es de afuera, porque
no está hundida en el problema, en
el caos. Pero me parece que sos vos el que
le tiene que dar sentido, las cosas son
como uno quiere mirarlas. ¿Por qué
no te callás? Vos no existís.
¿Y vos sí? Sí. Probalo.
¡Callate! Estuve un tiempo en Venezuela,
y bajé hacia Buenos Aires por las
costas Brasileras, son paradisíacas,
de verdad.
Pero ya no tenía sentido, nada tenía
sentido, el mundo se había vuelto
absurdo y se había olvidado de quitarme
del medio. De todas formas no se puede tapar
con un solo dedo el sol, eso lo sabemos
( lo sé) de sobra. Sin mejores opciones,
y pensado que el suicidio era para cobardes,
me puse a leer. Leí todo lo imaginable:
Cortázar, Hoslo, Borges, García
Márquez, Dostoyevski, Chejóv,
Descartes, Heidegger, Rojas, Maquiavelo,
El Corán, Lao Tse... , la lista sería
absurdamente larga. Fue una buena puerta
de escape la lectura, al menos los días
comenzaban a tener algo de sentido... Raro
hablar de “sentido” en un mundo
absurdo. Pero claro que cualquier cosa que
nos aleje de la realidad es sólo
espejismo. La lectura me enseñó
eso y dejé de leer. Y ahora sí,
a enfrentarme cara a cara con el mundo,
con lo que quedaba de él, es decir,
conmigo. Me miré pero no vi a nadie.
¿En quién podría reflejarme?
; ¿ con quién y en dónde
medirme? Si no hay pluralidad no hay unidad,
sólo absolutos, universales. Y ya
no había puertas de entretenimientos,
no había caminos falsos, no había
más oasis. La cruda realidad es aún
más cruel cuando no sabemos si nuestra
realidad es real, cuando no podemos asegurar
que lo que vemos (ni siquiera nosotros mismos)
existe o es un fraude producto de un engaño
ajeno o personal.
Y en el fondo importa tan poco. Nos creemos
semidioses, centro de miles de universos
y no somos más que un puñado
de moléculas abrazándose y
pidiendo a gritos reconocimiento. ¿Y
qué carajo quieren que les reconozcamos?.
Que nos hacen sentir superiores, especiales,
elegidos; que nos dan la razón para
creer que algo como el “alma”
es inmortal, que nos hace eternos. Yo me
cago en su eternidad, me cago en ella porque
no existe, no hay tal cosa, no somos más
que un montón de polvo agrupado y
menos áspero, pero no menos nocivo.
Pero... no... por favor, no me dejen...
llévenme con ustedes, a lo mejor
el que ya no está soy yo... ¿dónde
están?. Díganme algo, por
favor. Voy a portarme bien, les prometo
que sí. Llévenme y a él
lo dejamos acá, no le decimos nada...
shh... él es el malo, yo no, pero
shh... si escucha se enoja. ¿Dónde
están? Por favor... Otra vez el maricón
llorando. ¿Qué carajo te pasa
ahora? ¿Extrañas a “mami”?.
Levantate y caminá, que ahí
tirado parecés en penitencia. Perdón,
perdón. Uf, no lo aguanto más,
no sé qué hacés todavía
vivo vos.
Siempre pensé que el suicidio era
para cobardes, para los que renuncian a
seguir peleando contra las crueldades de
la vida. Toda mi vida creí esto,
y cada vez que recibía noticias de
que alguien se suicidaba, me daba más
bronca que pena, “pobre familia”
pensaba. Claro, el tipo se pega un tiro
- en el mejor de los casos - y todo termina,
pero, ¿y la familia?. ¿Y los
amigos?. Ellos se quedan para sufrir por
el que se fue, y encima se sienten culpables
por no haber hecho nada, por no darse cuenta,
por no haberlo ayudado.
El suicidio es siempre la salida más
fácil, más corta y más
egoísta. Pero, en realidad el aspecto
negativo del suicidio no es más que
un producto social, el que se quiere matar
debería matarse y listo, no tanto
llanto ni penas: ¿El tipo qué
quería?. Matarse. ¿Se mató?:
Sí. Perfecto, cumplió su objetivo,
deberíamos estar felices por él.
No quería vivir más y ya no
vive más, dejémonos de tanta
absurda moralidad y permitamos que cada
uno elija lo que quiere para su vida, y
para el fin de ella. Pero... producto social,
pena colectiva generada, familia, amigos...
Cuando no hay nada de esto, ¿suicidarse
sigue siendo malo?.
Un dilema. ¡Callate!. Cuando uno
no tiene a nadie, y a nadie perturba, la
elección sobre vivir o morir es puramente
personal, nadie se verá afectado
por mi elección, nadie derramará
ni una sola lágrima de dolor, soy
sólo yo, con mi vida en mis manos
y un pasado inexistente en mi espalda. ¿Seré
cobarde? No, la cobardía reside y
comparte su negatividad (para decirlo de
algún modo) con el egoísmo;
la cobardía es elegir dejar de sufrir
uno mismo para que sufran lo demás
las penas de uno, y más aun. Pero
ahora no es así che, si no se nota
mi existencia menos se notará mi
inexistencia. ¿Se nota?. No, no se
nota. ¿Seguro?. Que no se nota, te
digo. ¿A ver? No, no se nota.
Mirando hacia adelante se veía la
magnificencia de la naturaleza y lo absurdo
de no poder compartirlo. Di dos pasos y
me acerqué al borde. La brisa chocaba
con mi piel como queriendo hacerme retroceder,
pero luego entendía y se convertía
en una suave caricia de despedida. Respiré
profundamente mirando la luna; tenía
un aspecto pacífico, casi maternal.
Alcé mi brazo para tocarla, di un
paso más. Sentí el viento
haciéndome volar mientras caía.
Al día siguiente, en un diario de
la Capital federal salió publicada,
en un pequeño recuadro en el margen
inferior derecho de la página 27,
la siguiente noticia: Murió anoche
un joven luego de haber estado dos años
y siete meses en coma. Los doctores dijeron
que simplemente se le paró el corazón.
La madre, entre llantos dijo: “Se
cansó de luchar”.
Por Diego Quinteros. Córdoba
Capital