Año III - número 13 - Mayo 2004 - Buenos Aires Argentina
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Editorial

Los falsarios y la risa
Por Conrado Yasenza

Entrevistas

Gullermo Saccomanno
Por Amalia Gieschen

El Damero

De un escenario político sin política
Por Claudio Barbará
Empobrecimiento lícito
Por Alfredo Grande
Séneca y el infortunio del hombre sin poder
Por Marcelo Manuel Benítez
Fabricantes de Dios
Por Mery Castillo-Amigo
Las mujeres de Buenos Aires
Por Mirta Vázquez

Ajo y Limones
Zona literaria y miscelánea

La poesía en Julio Cortázar
Por Juan José Hernández
El Gaucho en la Tinta Segunda entrega
Por Marcelo Luna
Escuelita de destrucción de ideas
Por Rubén Fernández Lisso
Detrás de la pantalla, Hombres y mujeres del dobleje en acción
Por Carola Chaparro
Un cuento perfecto: "Esse est percipi" - Una de las crónicas de Bustos Domeq
Por Daniel Bruné
El Porteño
Por Variya

Poesía y Cuentos

El ventilador
Poema inédito
Juan José Hernández
Poemas de Rubén Fernández Lisso
Poemas de Conrado Yasenza
Cuento:
"La antesala del fin"
Por Diego Quinteros

El ojo plástico

Antonio Santos

Batea

Libros:
"Sea su propio jefe"
Autor:
Por Carola Chaparro
Libros:
"La noche más polar"
Autor:
Por Amalia Gieschen

Galerías


María Cristina Fresca:

María Cristina Fresca


Jorge Manuel Varela:

Jorge Manuel Varela


Marcelo Manuel Benítez:

Galería Marcelo Manuel Benítez


Kenti

Kenti


       El Damero

Séneca y el infortunio del hombre sin poder

Parte 1

Por Marcelo Manuel Benítez


Introducción
La ira imprudente
Técnica para combatir la ira
La ira de los poderosos. Clemencia y crueldad

Definición de clemencia
El poder del emperador
Las razones para la clemencia
Cómo se administra la clemencia


Introducción:

A lo largo de toda su historia, el hombre romano nunca dejó de considerarse una adecuada combinación de campesino y de soldado. Un campesino que cultivaba sus tierras y cuidaba su ganado pero conciente que debía tomar las armas en cualquier momento para defender su patrimonio. Sus virtudes también resultaron de esa combinación: la paciencia, el tesón, la austeridad del campesino y el valor, el empuje y la determinación del guerrero.
Si se nos pregunta cómo fueron los romanos, cuál fue su idiosincrasia imperturbable a lo largo de los siglos, si no siempre en la práctica, siempre en los ideales: virtuosos y religiosos. Aún y a pesar de algún que otro emperador cruel y licencioso, ya que éste no llegaba a la vida cotidiana del ciudadano romano común, quien siempre creyó firmemente ser parte de una naturaleza divina.
Es una creencia fácil y antojadiza afirmar que los romanos, seducidos por la cultura griega, copiaron sus dioses y sus leyendas. Nada más lejos de la realidad. Como muy bien lo desarrolla R.H.Barrow en su libro “Los romanos”, la religión romana siempre se redujo a la creencia en la existencia de un numen, un espíritu que habitaba en todas las cosas. Este numen era pura fuerza, pura acción y para que una empresa (la que fuera) no estuviera condenada al fracaso había que darle un nombre e invocar al numen, suplicar su ayuda. El sentimiento religioso del pueblo romano fue el resultado de esta convicción de que existían fuerza superiores a las que era preferible someterse y tenerlas a su favor. A esta voluntad para la resignación los romanos la llamaban “pietas”. Podemos conceder que mucho más adelante aderezaron esta religión fría e informe con la mitología griega, pero sin perder de vista su esencia. Un a de las primeras fuerzas que se reconocieron fue el poder del sol y del cielo y los llamaron Júpiter quien era, en definitiva, muy diferente del Zeus griego. Y de la convicción de que era un deber someterse a la voluntad de los dioses surgió la moral romana, y en esta obligación se involucraba tanto al individuo, su casa y el Estado romano mismo. Calígula pudo haber sido un monstruo para quienes se hallaban en su entorno pero jamás dejó de dirigir el culto público y obtener los auspicios que tranquilizaban al pueblo.
Y es precisamente a este individuo religioso y respetuoso de las viejas costumbres (las mores maiorum) a quien se dirige la filosofía estoica de Lucio Anneo Séneca. Originada en la prédica de los filósofos griegos, especialmente Zenón, en Roma cobró más importancia los aspectos moralis del estoicismo, más que su metafísica o su física.
Se comprenderá mejor el conjunto de ideas de Séneca destinado a elaborar un código de comportamiento a fin de proteger al hombre débil, al hombre sometido a muchas y ubicuas autoridades si ubicamos su existencia en el tiempo. Séneca vive entre el año 4 a de Cristo y el 65 d.d.C. Entonces su nacimiento se ubica a pocos años de la caída de la República ( 27. a de C) con sus instituciones largamente respetadas por su eficacia y justicia. Con posterioridad a esta decadencia, el caos de las guerras civiles mostró a ese ingenuo y práctico campesino a qué extremos de furor pueden empujarnos los acontecimientos políticos y sociales. Por otra parte, al organizarse el Imperio, la desarticulación paulatina del Senado coincidió con la pérdida de poder y de prestigio de las familias patricias. Desde entonces, la pertenencia al patriciado romano no garantizaba ni las riquezas, ni el poder, ni la ocupación de cargos públicos de importancia, las cuales muchas veces eran cubiertas directamente por plebeyos o por esclavos libertos. Cada vez con mayor impudor, la vida y la prosperidad de un patricio dependía de los caprichos del emperador. Quizá así se explica el surgimiento, en el seno de las familias patricias más tradicionales romanas, de un conjunto de ideas resultado de una sensación de inseguridad, y la convicción de que era preciso fortalecerse espiritualmente a través de una estrategia individual para sobrevivir en medio de los embates de la voluntad de los poderosos, que eran diversos y difundidos a lo largo de la jerarquía social. Antiguamente, durante la República, si bien nunca existió un concepto de democracia tal como nosotros la entendemos, el poder (tanto del Cónsul, del senador o del Juez, pero también del padre o del marido) se autolimitaba por influencia de la moral tradicional. Todas las relaciones tenían un carácter sagrado, tanto las que unían a padres e hijos, maridos y esposas, como las que vinculaban al magistrado con el conjunto de los ciudadanos. Esto, indudablemente, contenía el furor del superior y ajustaba su conducta o decisiones más o menos a la razón. Fue uno de los secretos del éxito de las conquistas romanas el acercar a todos los pueblos sometidos las garantías del derecho. El concepto civilizatorio de que una ley era para todos.
Estos vínculos sagrados sostenían el equilibrio del universo. Todo padre tenía derecho de vida y muerte sobre sus hijos, pero lo sofrenaba saber que matar a un hijo sin una razón extrema, podía desequilibrar ese orden universal.
Sin embargo, ya desde el comienzo del período imperial se fue imponiendo cierto relajamiento en los resortes de todos los poderes y se asistió al espectáculo de múltiples injusticias y atropellos. No sólo por parte del emperador, sino por parte de cualquier otro. Esta realidad se registra en las mismas palabras de Séneca: “ ya los crímenes no se recatan; andan a la vista de todos y la maldad ha cundido de tal manera y ha prendido con tal vigor en el pecho de todos, que la inocencia no sólo ya es rara sino que ya es inexistente... Dondequiera, como obedeciendo a una consigna, todo el mundo se ha levantado para fundir el bien y el mal en monstruosa mezcolanza” ( De la ira), y en lo relativo a esa diversidad de poderes diseminados en la sociedad comenta: “ya el huésped no está seguro de su huésped; ni el suegro del yerno; y es rara la amistad de los hermanos; en peligro de muerte está la mujer por su marido y el marido por su mujer; las sombrías madrastras mezclan cárdenos acónitos y el hijo antes de tiempo inquiere los años de su padre...” (De la ira) a lo que suma Séneca el escándalo de que en los campamentos los soldados pelean entre sí como si fueran enemigos, o el enfrentamiento de padres e hijos y hermanos entre sí ligados por juramentos opuestos.
Es en este marco político que puede comprenderse la filosofía de Séneca, un conjunto de preceptos que buscan un código de comportamiento que fortalezca al hombre común y lo preserve de la inseguridad, la injusticia o la desgracia. En Séneca existe la convicción de que en el mundo del patriciado hay opresores y hay oprimidos, pero no son fáciles de localizar, que el hombre común se mueve en un mundo con superiores e inferiores como situaciones intercambiables. La solución que ofrece Séneca consiste en adoptar una actitud individual que fortalezca el alma con miras a producir un poder que le permita plantarse firmemente ante los poderosos y contrarrestar sus perjuicios.
Es el objetivo de este trabajo describir este código de comportamiento del cual se desprende, en primer lugar, un consejo fundamental: contener la ira.


La ira imprudente:

Séneca comienza definiendo la ira como una “ pasión sombría y rabiosa”, como una “ breve locura”. Ante la percepción de una injuria surge, en forma abrupta, una excitación del alma que nos impulsa a la venganza. Entre los muchos inconvenientes de la ira se encuentra el descontrol que niega todo razonamiento, la pérdida del sentido de la vergüenza, el olvido de los deberes, la pérdida de control de la lengua, de los puños y de todas las partes del cuerpo. Por otra parte, la ira afea el rostro. Asimismo, la diferencia de otras debilidades del alma que muy bien pueden disimularse o esconderse como la tristeza, la lujuria, la gula: La ira se refleja de inmediato en el rostro y el cuerpo y, a juzgar por los muchos tumultos que produjo el pueblo enrarecido, es contagiosa; y no tiene regreso, una vez apoderada del alma es muy difícil dominarla Por eso es importante contenerla en sus inicios.
A lo largo de todo el texto de su obra “De la ira”, Séneca va afianzando en nosotros la presunción de que la obra no va dirigida a cualquiera, sino principalmente a los débiles, a todos aquellos que se encuentran ante una injuria proferida por alguien que se halla, como autoridad, por encima nuestro, en especial los que, por su condición social, pertenecen a los niveles más bajos: “la ira es perniciosa a los sirvientes- explica-, pues toda indignación redunda en su tormento y siente más pesado el mandato cuanto más impacientemente lo sufre”: Con todo, si debemos ser exactos, Séneca nunca se ubico como un ideólogo por encima de las clases sociales, su interlocutor privilegiado fue su propia clase social, el patriciado, por entonces ( como ya explicamos) con un presente y un futuro inseguros, inestables y, por sobre todo, imprevisible. A este hombre, pues, al patricio, quien por su cuna y por su fortuna podía acercarse al poder y frecuentar la corte del emperador, y recibir sus favores hoy para perderlos mañana; a este hombre de la aristocracia susceptible igualmente de sufrir los desgarrones de la envidia, la ambición, la maledicencia, o a ese hombre simplemente rico e inmerso en un mundo político inestable es a quien más aconseja prudencia, contención y aplomo. Es a él a quién Séneca ofrece numerosos ejemplos de cómo la templanza es puesta a prueba muchas veces por los poderosos. Cuenta que el rey Cambises fue con los años aficionándose al vino. Uno de sus amigos más cercanos, Prexaspes, en cierta ocasión le aconsejó que se moderara al beber, ya que siendo Cambises un rey todos estaban pendientes de sus actos y costumbres, mucho más que de cualquier otra persona. Cambises, para demostrarle que su embriaguez en nada perjudicaba su lucidez, le ordenó al hijo de Prexaspes que se ubicara en la puerta del salón con la mano izquierda en alto. Así lo hizo el joven. Entonces Cambises comenzó a beber y beber mucho más que otras veces, se armó luego de un arco y una flecha, disparó contra el joven y le perforó el corazón. Una vez muerto el muchacho, Cambises ordenó que le abrieran el pecho y le mostró a su amigo que la flecha había dado en el corazón, precisamente al blanco que había apuntado. Prexaspes, ante este espectáculo, elogió efusivamente la puntería del rey. Y Séneca concluye: “Prexaspes aumentó el número de aquellos que con estragos grandes demostraron cuán caros cuestan los buenos consejos a los amigos de los reyes”.(De la ira).
No hay pasión, explica Séneca, más sedienta de venganza que la ira y por eso mismo es la pasión más ineficaz para lograrla. La razón siempre da tiempo para sopesar las verdades mientras que la ira está apurada. La razón permite un juicio equilibrado, en tanto que la ira anhela imponer su argumento. La razón atiende el fondo de todas las cuestiones, la ira en cambio se deja impresionar por causas vanas y ajenas a la cosa que se juzga. La ira no quiere ser gobernada y se irrita contra la verdad misma si ésta se muestra contraria a su enojo. El hombre, sin un poder asegurado, debe vigilar su ira ya que su principal defensa es un buen criterio y su conducta razonada. Y nos ofrece otro ejemplo: Pastor, hombre rico que frecuentaba el palacio de Calígula, solía compartir con él y otros allegados reuniones y cenas a las que asistía acompañado por su hijo. Pasado un tiempo, Calígula comenzó a sentir envidia por el refinado y aliñado cabello del hijo de Pastor. Impulsado por esta baja emoción, y no existiendo impedimento alguno. Detuvo al muchacho y lo encerró en la cárcel. Como respuesta a los ruegos de Pastor para que no cegara la vida de su hijo, Calígula ordenó ejecutarlo, y esa misma noche invitó a Pastor a cenar. Acudió Pastor a esa cena sin ninguna desazón reflejada en su rostro. Calígula hizo que le trajeran una gran copa de vino y le puso al lado un vigilante para controlar que lo bebiera. Pastor bebió como si se tratara de la sangre de su hijo pero sin exteriorizar emoción alguna. Ocupaba el centésimo lugar en el banquete y, anciano ya gotoso, Pastor tomó licores que hubieran estado bien en la celebración del nacimiento del hijo. Entretanto no derramó lágrima ni se permitió exteriorizar muestra alguna de dolor. Entonces, Séneca, dirigiéndose a su interlocutor Novato, le dice:
-¿Me preguntas por qué Pastor no montó en cólera contra Calígula?.
-...
-Porque tenía otro hijo.
Se le permitió que se retirara del convite para retirar los restos de su hijo muerto y les diera sepultura. Desde entonces, Calígula, benigno y cortés invitaba con frecuencia al anciano Pastor a mitigar su pesar con copas y compañía y éste a su vez se mostró en todo momento alegre y aparentemente olvidado de lo que sucediera aquel día. Perdido estaba un hijo pero salvó al otro.
Ni siquiera en el combate la irritación es un arma (y en esto contradice la opinión de Aristóteles), lo que hace invencible al soldado- comenta Séneca- es luchar con la razón. Lo que los griegos llamaron Sophrosine, que se oponía a la Hibris ( el caos, la confusión, el descontrol). La sophrosine era la contención sobre el furor que debía lograr el soldado para no poner en peligro la formación triangular llamada falange con que el ejército griego enfrentaba al enemigo. Esto, dice Séneca, volvió poderoso al ejército griego. Igual norma se observa en la lucha de los gladiadores a quienes la destreza y el equilibrio los protege y la ira los compromete. Y a continuación recuerda: “ ¿crées acaso que el cazador se enoja contra los venados?”. Les aguarda cuando se acercan y les persigue cuando huyen; y todo eso lo hace la razón sin mezcla de ira” (De la ira). Virtud auténtica, escribe Séneca, es aquella que largamente se examina y se gobierna y en todos sus lances es lenta y previsora.
En ningún ejemplo como en estos del combate y la guerra se esclarece con precisión el concepto que tiene nuestro filósofo de que la contención de la irritación le da un arma al hombre sin poder. Es, entonces, un recurso para producir poder.
Séneca concluye su libro dedicado a la ira subrayando que ninguna utilidad reporta esa “breve locura”, muy por el contrario de la mano de esta “ pasión negra y hostil” vienen “el hierro y el fuego”. Y describe así la desolación que deja tras de sí la furia: “Luego que holló todo furor, manchó sus manos de sangre, destrozó los miembros de sus hijos, no dejó nada libre de maldad, no se acuerda de la gloria, no le arredra la infamia y es incorregible ya, cuando la ira se ha trocado en odio” (De la ira).


Técnica para combatir la ira:

Una diferencia sustancial separa, desde el punto de vista filosófico, y en lo que atañe al concepto del hombre, al pensamiento griego de los siglos V y IV a de C., y este período imperial que da comienzo por convención a partir del año 27 a de C., cuando sube al poder Augusto. En tanto la Grecia de Pericles veía al hombre en efecto acosado por sus pasiones pero lo suficientemente fuerte como para enfrentarlas y dominarlas, los siglos I y II de la era cristiana, en cambio, consideraban al alma una entidad enferma y al hombre un ser caído en la debilidad, susceptible de contener sus pasiones siempre y cuando pudiera curarse. Esta concepción del alma caída no proviene de la influencia cristiana, más bien fue a la inversa. Y Séneca no se mantuvo ajeno a este sentimiento de desconfianza respecto a las posibilidades del hombre para enfrentar a sus pasiones; y a este hecho probablemente se debiera su insistencia en apelar a conceptos y terapéuticas de la medicina cuando se aproxima al tema de cómo sujetar las pasiones y las debilidades.
Séneca explica que la ira no es grandeza sino hinchazón, así como para los cuerpos tumefactos “ por la redundancia de humor vicioso no es aumento ganancioso la hidropesía, sino que es obesidad funesta”. La ira no significa grandeza sino debilidad, “ como los cuerpos ulcerados y enfermos que gimen a la fricción más leve”: Sostiene Séneca que tiene una gran importancia la proporción que cada uno tenga de humedad y de calor porque son determinantes del carácter: “El temperamento ardiente- explica- hará a los hombres iracundos, pues el fuego es activo e infatigable, la dosis súbita de frío forja los caracteres tímidos, porque el frío es perezoso y arrecido... Aquellos en quienes predomina el elemento húmedo, muy poco se irritan porque no están preparados al calor sino que se adquiere por movimiento”. Los ancianos- continúa explicando- son secos, por eso están más cerca del frío y no se irritan fácilmente, por más que sean quejumbrosos. El vino enciende la ira porque hace aumentar el calor. Aunque admite que todo esto es una predisposición, el factor decisivo es la costumbre que si tiene mucho tiempo alimenta el “vicio”. Sin embargo conviene tener en cuenta todos estos conocimientos para, por ejemplo, prohibir el vino a los temperamentos inflamables. Tampoco conviene hartarse de comida porque la enjundia del cuerpo ahoga el libre vuelo a las almas “ que se harían gruesas y pegadizas... Ejercítelo- aconseja Séneca- el trabajo, pero no más allá de la fatiga, para que mengüe el calor, no para que se apague, sino para que eche toda su espuma aquel excesivo bullicio”. También es provechoso el juego ya que un moderado deporte descansa y airea el espíritu. “ En los temperamentos linfáticos o demasiado secos, como asimismo en los fríos, no hay que recelarse de la ira, sino lo que hay que temer son los vicios más suaves y peligrosos: la pusilanimidad, la indecisión, el pesimismo, y la suspicacia” (De la ira).
Pero, como ocurre con cualquier enfermedad, tratándose de la ira es preferible prevenirla a través del trabajo educativo en los años tiernos de la vida, que insumir un gran esfuerzo en desembarazarnos de los vicios cuando han crecido y se han fortalecido en nosotros.
Por otra parte, al igual que ciertas dolencias se contagian con solo el contacto corporal, “ de la misma manera el alma transmite sus males a personas próximas”.
También es aconsejable para no encolerizarse comer bien y sano. Los debilitados por la enfermedad o por la edad son más irritables. Igualmente hay que evitar el hambre y la sed. Es fácil detectar las primeras expresiones de la ira como las enfermedades se pueden detectar por sus primeros síntomas. Y reconociendo las primeras expresiones es fácil luego evitar un ataque o moderar sus efectos. Justamente el epiléptico comprende la proximidad del ataque “cuando el calor abandona sus extremidades, y su vista vacila, y sus nervios tiemblan y la memoria se extingue y rueda la cabeza”, por eso previenen el ataque incipiente luchando contra el frío y la rigidez apelando a los paños calientes, se alejan de todo lo que pueda perturbar y evitan la gente para caer sin ser vistos. Para Séneca, pues, “importa mucho conocer la propia enfermedad y ahogar su fuerza antes de que se expanda. Averigüemos- pues- cuál es nuestra fibra más irritable”. Unos, dice, se irritan más con las palabras (por ejemplo insultos verbales) otros con acciones injuriosas; unos quieren que se les reconozca su noble cuna, otros su belleza, etc. Y explica: “ no todos son vulnerables en el mismo punto; conviene, pues, saber cuál es su punto débil para protegerlo con el máximo cuidado” (De la ira).
Pero, además de conocer y tener en cuenta siempre nuestro tipo de carácter conviene no caer en la fatiga. No emprender, pues, tareas superiores a nuestras fuerzas. El exceso en el número de negocios lleva a la acumulación de problemas y por tanto a la irritabilidad: “Así que para que el alma pueda estar quieta no ha de lanzarse ni fatigarse con muchas empresas, ni grandes ni superiores a las propias fuerzas... - y recomienda- Todas las veces que intentaras alguna cosa, sopesa tu capacidad y mídela con tu propósito y con tus recursos; porque el fracaso de la obra empezada te agriará...” (De la ira). Conviene siempre, para Séneca, un “justo medio” razonable para evitar la irritación, “que nuestras acciones no sean ni menguadas ni osadas ni agobiantes”. Lo mismo se aplica a las personas que emprenden sus estudios serios, éstos no deben ser agobiantes hasta la fatiga. Deben alternarse con ejercicios recreativos o suavizarse con lecturas de poemas o como hacía Pitágoras, quien “apaciguaba al son de la lira los tumultos de su alma”: No obstante, la música también puede ser un excitante (como las trompetas) o un sedante (como ciertos cantos). Como regla general, concluye Séneca, hay que preferir los estudios pacíficos.
En otro orden de cosas, es preciso evitar recibir injurias que no podamos soportar. Vivamos, dice, lo más lejos que podamos del foro y si debemos frecuentarlo por nuestros negocios, acabemos rápidamente con ellos y huyamos a ambientes más amistosos. Conviene igualmente compartir la vida con los más apacibles y con los de más fácil carácter. Escapemos, al mismo tiempo de los ansiosos y quejumbrosos, “... no solamente- precisa Séneca- se mejora con el ejemplo el que vive con hombres pacíficos, sino como no halla motivos de irritación no practica nunca su vicio”. Es pues necesario huir de las personas nocivas: “Un orgulloso te ofenderá con su desdén; un insolente, con sus dicterios; un petulante con sus injurias; un envidioso con su malignidad; un pendenciero, con su porfía; un infatuado y mentiroso, con su vanidad”. Es preciso escoger compañeros sencillos, accesibles, moderados, que no provoquen nuestra cólera y, lo que es muy importante, que la soporten. Y mucho mayor bien nos harán los modestos, los afables, incluso los lisonjeros ( siempre que no caigan en la adulación). A propósito cuenta Séneca que el orador Celio era tan irritable que uno de sus clientes prefirió darle la razón en todo, cosa que terminó por despertar la irritación de Celio que le gritó a la cara “¡Contradíseme en algún punto para que seamos dos!” ( De la ira)
Otro recurso para evitar la ira es procurar no ver todo ni oír todo lo que se dice alrededor. Y dejar pasar las injurias tontas. “¿Quieres no ser irascible?. No seas curioso”, aconseja Séneca. Hay injurias de las que debemos reírnos, otras debemos perdonarlas. A veces ante una injuria directa conviene hacer un chiste, como se comportara Sócrates cuando en una ocasión, mientras daba un paseo, alguien le dio una bofetada en pleno rostro, sin embargo él se limitó a comentar que “ era una lástima que los hombres no supieran cuándo tenían que salir con casco”: Séneca advierte que muchas veces lo importante no es la injuria, sino cómo se la soporta.
Otra técnica eficaz es dejar pasar el tiempo. La dilación de la ira, el esperar antes de dejarnos arrebatar por el furor, ya que ese lapso de tiempo rebaja su “ primerizo hervor” y disipa o hace menos densa la cerrazón que ofusca el alma. Una hora apenas ya alcanza para debilitar la ira.
Otro camino para combatirla es no permitirse nada en el calor del enojo “¿Por qué?- pregunta Séneca- Porque querrías permitírtelo todo “. Y cuenta que Platón, presenció un delito menor en uno de sus esclavos, pero que lo irritó en demasía. Al entrar en el cuarto su amigo Espensipo halló al esclavo de rodillas ofreciendo su espalda desnuda y a Platón, inmóvil, con el látigo en alto. Al ver a su amigo, Platón le dijo: “Tú, Espensipo azótame a ese esclavo, porque yo estoy enfadado” ( De la ira).
Hay que procurar asimismo no caer en enfrentamientos inútiles. Escribe: “Termina instantáneamente una lid cuando uno de los contendientes se retira. Cuando uno no quiere, dos no riñen. Pero si de una parte y otra pugna la ira, se llega a la colisión...” y advierte “ El mejor, en este caso es el que se aparta. El vencido es el que vence. ¿ Te pegó Fulano?. Aléjate porque si arremetes contra él le darás ocasión y pretexto para que te pegue más”. Cuenta que hallándose Catón defendiendo una causa, Léntulo, quien tenía fama de violento, arrojó un furioso escupitajo sobre la frente de Catón. Este, sin mostrar enojo, le dijo: “Daré fe, Léntulo, delante de todo el mundo que mienten los que dicen que no tienes boca” ( De la ira).
Y así le advierte Séneca al hombre sin poder: ¡Oh, qué tiempo tan bueno pierdes en cosa tan mala! Cuánto más no te valiera desde ahora conciliarte amigos, aplacar enemigos, administrar la cosa pública, trasladar tu cuidado a los negocios domésticos, que no escudriñar qué mal puedes hacer a otro”, que hipotéticamente nos ha injuriado. “Irritaste contra éste, más tarde contra aquel; contra los esclavos, luego contra los libertos; contra los conocidos; luego contra los desconocidos; arreo sobran sus causas si no se interpone la mediación suplicante del alma...”( De la ira)
Igualmente nos insta a volvernos más comprensivos con los que están por debajo nuestro, cosa que también nos evitará ataques de furia: Por ejemplo, un esclavo puede estar cansado realmente en vez de ser perezoso.
El dinero también suele ser causa de irritación y peleas entre esposos, o entre amigos, entre soldados, vuelve crueles a los reyes y belicosas a ciudades enteras. También es necesario aplacar la envidia que mora en nuestra alma que es causa de angustia por lo que tienen los otros.
Asimismo debemos alejarnos de los ruidos molestos, los malos olores, los espectáculos desagradables; y si no podemos alejarnos de ellos pues debemos acostumbrarnos a vivir entre ellos: “Todos los sentidos- escribe- han de acostumbrarse a la firmeza; sufridos son por naturaleza si el alma se abstiene de viciarlos” (De la ira).
Otro recurso eficaz contra la ira es adelantarnos a los acontecimientos funestos. Es preciso vivir con la idea de que tarde o temprano han de sobrevenir las desgracias: “Adelántate a pensar que has de sufrir muchas penas... Es fuerte el alma para aquellos males para los que está preparada... ¿Hay alguien que se admire de arrecirse en invierno? ¿ Hay alguien que se extrañe de marearse en el mar, de magullarse en un viaje?”
Otra técnica es el examen de conciencia. Cuenta Séneca que el filósofo Sextio “ Terminado el día, al recluirse para el descanso nocturno, interroga a su alma: ¿De qué defecto guareciste hoy? ¿ A qué vicio opusiste resistencia? ¿En qué eres mejor? . Se atenuará y se moderará la ira que supiere que todos los días ha de comparecer ante el juez...” Es más, este examen nocturno del alma mejora el sueño y da sensación de libertad al alma.
Las condiciones imprescindibles para Séneca en todo examen de conciencia son, al final del día, estando en la cama, la oscuridad y que se calle la esposa.
Y compañera de examen de conciencia es la meditación: “ La meditación asidua de los preceptos saludables, las obras buenas y la tendencia del espíritu al deseo único de la virtud” ( De la ira)
Pero finalmente es preciso entrenarse asimismo para cumplir con la tarea necesaria de calmar la ira ajena. Explica Séneca que no conviene hablarle a alguien encolerizado durante su estallido inicial. Conviene esperar. Es preciso imitar al médico que da el medicamento cuando remite la enfermedad: “ No intentemos curar la hinchazón de los ojos excitando con movimientos su rigidez... El reposo cura los males en sus comienzos”.
A veces, incluso, no conviene contradecir al encolerizado, es preferible coincidir en sus razones para que esté mejor dispuesto a escucharnos. Luego es aconsejable iniciar conversaciones más gratas o de temas novedosos para distraerlo. El engaño puede ser otro recurso como hace el médico que quiere hundir el escalpelo al enfermo asustado y le dice que va a hacer otra cosa. La utilidad de calmar al furioso la puso de manifiesto el emperador Augusto quien,, en cierta ocasión en que cenaba en casa de Vedio Polión, uno de los esclavos de la casa rompió una pieza de cristal. Vedio, encolerizado, mandó que arrojaran al esclavo para que lo devoraran unas murenas que tenía en una piscina justamente para estas ocasiones. El esclavo se arrodilló ante Augusto y le suplicó que le dieran muerte de una manera más benigna. Entonces, el emperador mandó soltar al esclavo y ordenó que se rompieran todas las piezas de cristal que hubiera en la casa y las hizo tirar a la piscina donde estaban las murenas.


La ira de los poderosos. Clemencia y crueldad

Séneca se asombra cuando recuerda que el gran Ciro en una ocasión se la tomó contra un río: queriendo sitiar Babilonia, sin esperar el momento propicio, intentó cruzar el río Ginces, que en esa época del año siempre estaba muy crecido, y le arrastró a uno de los caballos que tiraban de su carruaje. Ciro, enfurecido, juró secar ese río por completo. Y en ese menester inútil ocupó un tiempo valioso y a toda su maquinaria guerrera, dando margen a su enemigo para que advirtiera su presencia y se preparara a enfrentarlo con total tranquilidad. (De la ira)
Es por eso que Séneca no siente haber cumplido su misión de proteger a los débiles de su propio furor originado en los atropellos de los poderosos si no completa su obra dirigiéndose también a los poderosos. Es por esta razón que, siendo asesor de Nerón, quién llevaba por entonces apenas cinco años en el trono y aún se desenvolvía con buen criterio en el gobierno, le dedica su obra “ De la clemencia”.
Si bien ya en muchos párrafos de “De la ira” se refiere al perdón de los poderosos, es en “De la clemencia” libro que nos ha llegado incompleto, donde se extiende con soltura, constituyendo una estrategia más para cerrar ese círculo que abarca al gobernante y alo gobernado, al poderoso y al débil, al superior y al inferior.
Entonces, si a los súbditos o a los hombres sin poder les correspondía contener la ira por prudencia, al emperador o a cualquiera que detentara un poder le correspondía contenerla en nombre de la clemencia.


Definición de clemencia:

“La clemencia- escribe Séneca - es la moderación del espíritu en el poder de castigar o la lenidad del superior en el señalamiento de las penas...”. También la considera “una inclinación del alma a la lenidad en la imposición de penas”. Y completa la definición considerando a la clemencia como “ la moderación que perdona una parte de la pena merecida o debida”. Es lo contrario a la crueldad, aunque se preocupo a Séneca de diferenciar la crueldad del gobernante quien sólo comete un exceso al castigar un delito, de la crueldad del tirano, quien castiga por placer y a seres inocentes de todo crimen. La crueldad que se opone a la clemencia es simplemente “ la dureza de corazón en la imposición de penas” (De la Clemencia); existe un delito, pero el castigo excesivo termina por significar una injusticia. Da entonces, el ejemplo del juez Eneo Pizón, quien aunque con muchas virtudes, tenía fama de excederse en el rigor de sus castigos. En una ocasión, un soldado regresó sin su camarada y presumía haberlo asesinado. Buscaron a la víctima, y como no aparecía, Eneo enfurecido condenó al agresor a la pena de muerte. Cuando estaban a punto de ejecutarlo se hizo presente el presunto asesinado, gozando de muy buena salud; entonces, el centurión encargado de la ejecución le ordena al verdugo que envaine la espada y conduzca al soldado nuevamente ante Eneo Pisón para que lo declare inocente. En medio de una gran alegría, los dos soldados fueron conducidos abrazados. Sin embargo, Pisón no contuvo su furor, subió al tribunal y ordenó que fueran ejecutados los dos soldados, uno por haber matado y el otro por no haber muerto, y también al centurión por haber desobedecido la orden de un juez. Y concluye Séneca el relato con esta reflexión: “¡Oh, cómo es hábil la ira en forjarse motivos de furor!” (De la ira)
Séneca admite que la clemencia puede contener a la severidad, pero la crueldad del gobernante es ese exceso que se comete al dictar el castigo; “ Llamaré, pues, crueles a aquellos que tienen motivos para castigar, pero no tiene moderación” ( De la clemencia)
Igualmente le conviene al gobernante evitar la sensiblería, opuesta a la crueldad, a la hora de imponer un castigo por exceso de clemencia, y Séneca lo expresa con estas palabras: “Viejas y mujercitas son las que más se emocionan por las lágrimas de los más criminales...” La sensiblería no atiende a la causa sino a la desgracia, la clemencia en cambio responde exclusivamente a la razón. Se observa una vez más el concepto de “justo medio” que resulta de una cuidadosa vigilancia sobre los propios actos y las propias decisiones.
Finalmente Séneca también diferencia la clemencia del perdón. La clemencia- comenta -no significa perdonar los delitos efectivamente cometidos, se trata más bien de morigerar el castigo. Se trata, en definitiva, de castigar pero sin furor.


El poder del emperador:


Calígula


Nerón

Ya apuntamos más arriba que, cuando Séneca escribe De la clemencia, Nerón ya hacía cinco años que era emperador y nuestro filósofo lo acompañaba como uno de sus principales asesores; por tanto conocía los entretelones de la política y tenía muy claro de lo que podía ser capaz un gobernante. Así describe los alcances del “ imperium” o conjunto de facultades del César ( lo expresa en primera persona): ...¿Yo entre todos los mortales merecí ser elegido para hacer en la tierra el oficio de los dioses?.¿Yo soy para las naciones árbitro de la vida y de la muerte y tengo en mi mano la suerte y la condición de cada uno; lo que la fortuna quiere que se dé a cada mortal, lo pronuncia por mi boca; de nuestra respuesta los pueblos y las ciudades conciben causas de alegría; ninguna parte del mundo conoce la prosperidad sino por voluntad y favor mío; todos estos millares de espadas que mantiene envainada mi paz, brillarán a una señal mía?”. Y prosigue: “Es derecho mío sentenciar qué naciones se han de destruir a fondo, cuáles han de ser trasladadas, a cuales se ha de dar la libertad, a cuales otras se las ha de quitar, qué reyes han de ser hechos esclavos, en cuyas cabezas se han de colocar la regia diadema; qué ciudades han de derrumbarse, cuáles han de nacer “(De la clemencia). De lo que se deduce, entonces, lo importante que era para los súbditos del siglo I de nuestra era vivir bajo la autoridad de un emperador que supiera contener su irritación. Y a Séneca no le era extraño este sentimiento, por eso le escribe a Nerón: “Aspiraste a una gloria muy rara y no concebida hasta ahora a ningún príncipe: la de no hacer daño a nadie” (De la clemencia).
Pero, como ya se apuntó más arriba, Séneca es conciente de que los superiores y los inferiores son meras cualidades que atraviesan toda la sociedad. El emperador ejerce un poder sobre los súbditos, pero de entre éstos todo amo ejerce su potestad sobre sus esclavos, o el padre sobre los hijos, y con el mismo derecho de vida y muerte. Y así lo expresa Séneca: “ No es única la manera de gobernar: gobierna a sus vasallos el príncipe, el padre a sus hijos, el maestro a sus alumnos; el tribuno o centurión a sus soldados”. Por tanto, la clemencia y con ella la contención del furor debe ponerse de manifiesto a través de toda la jerarquía social: “Sacrilegio- expresa Séneca- es hacer daño a la patria; - y las partes son santas si es venerable el todo-; luego al hombre que es conciudadano tuyo en una ciudad más grande. ¿Qué dirías si las manos quisieran hacer daño a los pies, o los ojos a las manos?...La sociedad no puede salvarse sino por la protección y el amor recíproco de sus partes” (De la ira).


Las razones para la clemencia:

Una vez más apela Séneca a las comparaciones con la medicina, considerando a los delitos merecedores de castigo como enfermedades susceptibles de curación. Admite que a la clemencia del emperador suelen recurrir los peores delincuentes, sin embargo así como el medicamento lo necesitan los enfermos también lo aprecian los sanos. Por otra parte no hay que olvidar que muchas veces el delincuente se redime con el perdón. Como ejemplo, relata que Augusto tuvo una época en que gobernó por mandato de la espada. Esto no le creó otra cosa que enemigos. Uno de los más peligrosos, pues conspiraba secretamente contra él para matarlo, era Cinna. Augusto comenzó a dudar de la eficacia de gobernar con tanto rigor ya que lo hacía vivir con el temor constante de ser asesinado. Entonces, su esposa Livia le recordó que los médicos, cuando un tratamiento no les da resultado, prueban el contrario. Así fue que Augusto mandó llamar a Cinna, conmovido ante esta muestra de clemencia, se arrepintió de sus malas intenciones y se transformó desde entonces en el amigo más fiel. Nunca más hubo una conspiración contra Augusto. Es más, fue del campo enemigo del cual halló a sus mejores aliados como Salustio, Cocelos, Domicios y muchos otros.
Sin embargo, Séneca también admite que no conviene perdonar a ciegas y por sistema, es preciso discernir entre “ los espíritus curables de los desahuciados”.
La clemencia, escribe Séneca, es necesaria en cualquier hombre, pero se luce más en los príncipes porque les da honor y gloria. La importancia de la clemencia del emperador se expresa en este comentario dirigido a Nerón: “Si tú eres el alma de tu Estado y él es tu cuerpo, ya veo; según creo cuán necesaria sea la clemencia” y prosigue comparando los delitos con las enfermedades; “ Así que hay que perdonar también a los ciudadanos condenables no de otra manera que a los miembros enfermos, y si alguna vez es menester derramar sangre, hay que retener la mano para que no corte más allá de lo que es imprescindible” (De la clemencia). Por otra parte, la clemencia es inherente a todo aquel que tiene autoridad: “La vida se quita a un superior- escribe Séneca-, pero nunca se da sino a un inferior” (De la clemencia). “ Un reino cruel- advierte-es sañudo y ensombrecido de tinieblas”. El descontrol y la crueldad no se condicen con la majestad. Si bien podría estimarse como una falta limitar la libertad de los príncipes al recomendarle la clemencia, es una gloriosa servidumbre la mansedumbre en el poderoso.
Otro factor ligado a la conveniencia, para el poderoso, de contener la ira es la mala fama. Esa absoluta exposición a la que está condenado el emperador hace que se extienda el rumor a través de la sociedad. Así, un acto suyo repercute en muchos, y no puede castigar a uno sin que tiemblen los que están alrededor “ Así como los rayos se precipitan con peligro de pocos y con pavor de todos, así los castigos de los poderes más encumbrados llevan más lejos el terror que el daño” pues tratándose del poderoso se considera no tanto lo que hizo sino lo que hará.
Otro inconveniente que sufre el gobernante que se crea fama de cruel es despertar el odio de sus súbditos. La mansedumbre en el poderoso, explica Séneca, es una garantía de seguridad, porque la venganza frecuente reprime el odio de pocos pero enerva el de muchos. Dice: “ así como los árboles cortados estallan en multitud de pimpollos y muchas especies vegetales para que broten más espesas son podados, así la regia crueldad aumenta el número de enemigos,... pues los padres y los hijos, los parientes y los amigos de los muertos ocupan el lugar de cada uno de ellos” ( De la clemencia).
Asombra constatar las resonancias que observamos en esta obra De la clemencia con nuestro conocido Maquiavelo. Es que el pensador florentino debe haber leído muy bien a Séneca porque, indudablemente, el primero en separar la moral de la política al aconsejar a un gobernante fue precisamente Séneca. Naturalmente que toca tangencialmente lo halagador que resulta poseer un alma fortalecida por la virtud, pero el énfasis mayor está puesto en la conveniencia de la clemencia para todo aquel al que le ha tocado el destino de gobernar. Se trata, como en Maquiavelo, de producir poder. Insiste a lo largo de su libro en la advertencia de que los tiranos terminan degollados.
Otro consejo valioso dirigido al emperador consiste en advertirle que es un inconveniente que se eleve el número de personas castigadas porque, al ir separando a los súbditos en malos y buenos, hace crecer el número de los malos; y recuerda Séneca el tiempo en que el Senado decretó que los esclavos se diferenciaran de los hombres libres a través de la vestimenta. Los esclavos se distinguieron a simple vista por medio de una especie de uniforme que los aunaba. Pero en poco tiempo se vio lo peligrosos que era, explica Séneca, que los esclavos pudieran contar a los hombres libres. Por otra parte, el tener que apelar al castigo frecuente es vergonzoso para un príncipe: “No causa menos sonrojo a un príncipe los muchos suplicios que a un médico los muchos entierros” ( De la clemencia).
También en “De la ira” insiste en la conveniencia de gobernar de tal manera que los actos de gobierno del emperador le haga ganar amigos y buena fama. Factores estos que lo ayudarán a producir poder, como se refleja en El Príncipe de Maquiavelo: “Acuérdesenos también – escribe en un pasaje de De la ira – de la autoridad que nos valdrá el renombre de clementes y de cuántos amigos valiosos nos concilió el perdón... qué aliados más fieles tiene el pueblo romano que aquellos que fueron sus más enconados enemigos “¿Qué sería hoy el imperio sin una saludable política no hubiese mezclado vencedores y vencidos?” (De la ira).
Pero igualmente se constata que Séneca se dirige a todo individuo que detente un poder. Allí donde hay poder, debe haber administración del furor, debe haber clemencia: “¿Hay alguien que llame cuerdo a aquel que arrebatado como por una tempestad, no va sino que es conducido a empellones y es esclavo de un mal furioso y no confía a otro su venganza sino que la ejecuta él mismo, cruel así de corazón como de mano, verdugo de aquellos cuya pérdida luego habrá de llorar?”. Porque Séneca es el observador privilegiado de un período en el que las relaciones de parentesco y de amistad, que antes fueran sagradas, ahora constituyen una ocasión para atropellos, maltratos e injusticias. Si antiguamente el marido, los hijos, la esposa, y aún otros vínculos familiares, compartían la cualidad de la divinidad en el culto a los antepasados, la disipación de la estructura política, económica y social, dejaba ahora muchas veces a los seres humanos librados a sus propias fuerzas, como en una jungla.
Finalmente, otra razón para deponer el furor de la venganza es el tiempo valioso que se pierde. Siempre dura más la ira que la ofensa y advierte Séneca: “¡Cuánto mejor es irse a otra cosa...! ¿Acaso no parecería no estar en su cabal seso el que a la mula devolviera sus coces y al perro sus dentelladas,” ( De la ira).


Cómo se administra la clemencia.

Ya se mencionó más arriba la idea de que, si bien muchas veces el perdón redime al delincuente, no conviene perdonar a ciegas. Tampoco conviene una clemencia vulgar, ni promiscua, ni estrecha, ya que es igual de cruel perdonar a todos como a ninguno.
Se establece una diferencia sustancial entre un tirano y un rey justo: aunque el quantum de poder es el mismo, “ los tiranos son crueles por placer y los reyes por razón y por necesidad”.
Y hay asimismo razones prácticas como saber que si usamos siempre la crueldad no podremos después cambiar de método. El tirano ya no puede regresar a mejores sentimientos: “”Los crímenes han de defenderse con crímenes”, tanto si se trata del gobierno de Roma, como si nos referimos al manejo del hogar. Y se apiada Séneca de aquel que ejerció su poder con asesinatos tanto exteriores como domésticos y vive recelando de sus amigos y de sus hijos y cuenta: “El pueblo romano de mi tiempo acribilló en el foro a golpes de estilete al caballero romano Tricón porque había muerto de una paliza a un hijo suyo; a duras penas la autoridad de Augusto César le pudo librar de tantas manos de padres e hijos crispadas contra él “ (De la clemencia), en cambio, muy diferente fue la actitud de Tario. “que habiendo sorprendido a su hijo en tentativa de parricidio, le condenó después del proceso, fue admirado de todos, porque contentándose con el destierro y con un destierro benigno, le tuvo confinado en Marsella, y le señaló una renta anual a la que percibía antes del crimen” (De la clemencia). Volviendo, una vez más, al ejemplo de la medicina: “curamos las enfermedades sin enojarnos. Pues bien, he aquí una enfermedad del alma; requiere una medicina blanda y un médico que no sea desabrido con el enfermo”, es preciso luchar con los vicios, reprender a unos en la enfermedad, engañar a otros con procedimientos suaves, ya que se curarán más rápido y más seguramente disfrazando los remedios; y como hace el médico experimentado “preocúpese el príncipe no tanto de la salud como de no dejar cicatrices deshonrosas” (De la clemencia).
La gloria póstuma es otro elemento a cuidar cuando se gobierna. Y así como maltratar a los esclavos trae mala fama a cualquiera, con más razón ser cruel con los hombres libres genera odio y aversión contra un príncipe. Observemos, ejemplifica Séneca, a las abejas que tienen un rey más grande y más vistoso que los demás, pero mientras las abejas comunes son belicosas, el rey no tiene aguijón porque la naturaleza no quiso que fuera cruel, así le sustrajo su arma y dejó inerme su ira (De la clemencia).
A los jueces también va dirigido el reclamo de contención de las pasiones. Si el juez está limpio de ira- advierte en De la ira- hasta puede darse el lujo de morigerar el castigo; graduarlo cuando observa con claridad que el acusado actuó sólo con malicia superficial, o cuando descubre el arrepentimiento sincero, y no castigará a dos delincuentes con la misma pena si uno cometió el delito por inadvertencia y el otro con malsana premeditación, porque el buen juez sabe que existen penas que se aplican para enmendar a los malos y otros para suprimirlos, y aplicará entonces la pena pensando en el futuro porque lo que pasó ya no tiene remedio. El hombre sabio- prosigue Séneca- condona muchos castigos a aquellos a los que juzga poseedores de “un fondo poco sano pero sanable”. Imitará a los buenos labradores que no sólo cultivan árboles derechos y altos sino que también aplican arrimos que les enderecen a aquellos otros que, por cualquier causa, se torcieron; a otros los podan para que el ramaje no entorpezca su crecimiento; a otros enfermos por vicio del lugar, les abonan. El sabio conocerá pues qué sistema es el mejor para tratar a cada uno y de qué manera pueden rectificarse los corazones torcidos (De la clemencia).
Por todo lo expuesto, Séneca parece acercarse al tema de la ira con el plan de mostrar su contención como una práctica de la vida que beneficia a los dos actores en los que se reduce el complejo tejido social: el gobernante y el gobernado, y, dicho en otros términos, el poderoso y el débil. Insta a una vigilancia sobre nuestro furor y entendimiento con miras a una convivencia que apunte al progreso en el trato humano.
Séneca no fue un demócrata ni fue un líder popular entre las clases pobres, tampoco le interesó serlo, pero su existencia transcurre en el cenit de la crisis de la sociedad esclavista y supo ajustar su mirada para ver el drama que atravesará toda la historia humana: el dilema del hombre en su lucha entre esas dos fuerzas que lo constituyen, la que construye y la que destruye, la que hace al hombre bueno y la que lo hace malo. Y es a ese hombre a quien le escribe estas palabras finales: “¿Por qué te irritas con tu esclavo, con tu amo, con el rey, con el cliente? Aguanta un momento, mira a la muerte que llega para hacernos iguales” (De la ira)


Por Marcelo Manuel Benítez


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