Introducción:
A lo largo de toda su historia, el hombre
romano nunca dejó de considerarse
una adecuada combinación de campesino
y de soldado. Un campesino que cultivaba
sus tierras y cuidaba su ganado pero conciente
que debía tomar las armas en cualquier
momento para defender su patrimonio. Sus
virtudes también resultaron de esa
combinación: la paciencia, el tesón,
la austeridad del campesino y el valor,
el empuje y la determinación del
guerrero.
Si se nos pregunta cómo fueron los
romanos, cuál fue su idiosincrasia
imperturbable a lo largo de los siglos,
si no siempre en la práctica, siempre
en los ideales: virtuosos y religiosos.
Aún y a pesar de algún que
otro emperador cruel y licencioso, ya que
éste no llegaba a la vida cotidiana
del ciudadano romano común, quien
siempre creyó firmemente ser parte
de una naturaleza divina.
Es una creencia fácil y antojadiza
afirmar que los romanos, seducidos por la
cultura griega, copiaron sus dioses y sus
leyendas. Nada más lejos de la realidad.
Como muy bien lo desarrolla R.H.Barrow en
su libro “Los romanos”, la religión
romana siempre se redujo a la creencia en
la existencia de un numen, un espíritu
que habitaba en todas las cosas. Este numen
era pura fuerza, pura acción y para
que una empresa (la que fuera) no estuviera
condenada al fracaso había que darle
un nombre e invocar al numen, suplicar su
ayuda. El sentimiento religioso del pueblo
romano fue el resultado de esta convicción
de que existían fuerza superiores
a las que era preferible someterse y tenerlas
a su favor. A esta voluntad para la resignación
los romanos la llamaban “pietas”.
Podemos conceder que mucho más adelante
aderezaron esta religión fría
e informe con la mitología griega,
pero sin perder de vista su esencia. Un
a de las primeras fuerzas que se reconocieron
fue el poder del sol y del cielo y los llamaron
Júpiter quien era, en definitiva,
muy diferente del Zeus griego. Y de la convicción
de que era un deber someterse a la voluntad
de los dioses surgió la moral romana,
y en esta obligación se involucraba
tanto al individuo, su casa y el Estado
romano mismo. Calígula pudo haber
sido un monstruo para quienes se hallaban
en su entorno pero jamás dejó
de dirigir el culto público y obtener
los auspicios que tranquilizaban al pueblo.
Y es precisamente a este individuo religioso
y respetuoso de las viejas costumbres (las
mores maiorum) a quien se dirige la filosofía
estoica de Lucio Anneo Séneca. Originada
en la prédica de los filósofos
griegos, especialmente Zenón, en
Roma cobró más importancia
los aspectos moralis del estoicismo, más
que su metafísica o su física.
Se comprenderá mejor el conjunto
de ideas de Séneca destinado a elaborar
un código de comportamiento a fin
de proteger al hombre débil, al hombre
sometido a muchas y ubicuas autoridades
si ubicamos su existencia en el tiempo.
Séneca vive entre el año 4
a de Cristo y el 65 d.d.C. Entonces su nacimiento
se ubica a pocos años de la caída
de la República ( 27. a de C) con
sus instituciones largamente respetadas
por su eficacia y justicia. Con posterioridad
a esta decadencia, el caos de las guerras
civiles mostró a ese ingenuo y práctico
campesino a qué extremos de furor
pueden empujarnos los acontecimientos políticos
y sociales. Por otra parte, al organizarse
el Imperio, la desarticulación paulatina
del Senado coincidió con la pérdida
de poder y de prestigio de las familias
patricias. Desde entonces, la pertenencia
al patriciado romano no garantizaba ni las
riquezas, ni el poder, ni la ocupación
de cargos públicos de importancia,
las cuales muchas veces eran cubiertas directamente
por plebeyos o por esclavos libertos. Cada
vez con mayor impudor, la vida y la prosperidad
de un patricio dependía de los caprichos
del emperador. Quizá así se
explica el surgimiento, en el seno de las
familias patricias más tradicionales
romanas, de un conjunto de ideas resultado
de una sensación de inseguridad,
y la convicción de que era preciso
fortalecerse espiritualmente a través
de una estrategia individual para sobrevivir
en medio de los embates de la voluntad de
los poderosos, que eran diversos y difundidos
a lo largo de la jerarquía social.
Antiguamente, durante la República,
si bien nunca existió un concepto
de democracia tal como nosotros la entendemos,
el poder (tanto del Cónsul, del senador
o del Juez, pero también del padre
o del marido) se autolimitaba por influencia
de la moral tradicional. Todas las relaciones
tenían un carácter sagrado,
tanto las que unían a padres e hijos,
maridos y esposas, como las que vinculaban
al magistrado con el conjunto de los ciudadanos.
Esto, indudablemente, contenía el
furor del superior y ajustaba su conducta
o decisiones más o menos a la razón.
Fue uno de los secretos del éxito
de las conquistas romanas el acercar a todos
los pueblos sometidos las garantías
del derecho. El concepto civilizatorio de
que una ley era para todos.
Estos vínculos sagrados sostenían
el equilibrio del universo. Todo padre tenía
derecho de vida y muerte sobre sus hijos,
pero lo sofrenaba saber que matar a un hijo
sin una razón extrema, podía
desequilibrar ese orden universal.
Sin embargo, ya desde el comienzo del período
imperial se fue imponiendo cierto relajamiento
en los resortes de todos los poderes y se
asistió al espectáculo de
múltiples injusticias y atropellos.
No sólo por parte del emperador,
sino por parte de cualquier otro. Esta realidad
se registra en las mismas palabras de Séneca:
“ ya los crímenes no se recatan;
andan a la vista de todos y la maldad ha
cundido de tal manera y ha prendido con
tal vigor en el pecho de todos, que la inocencia
no sólo ya es rara sino que ya es
inexistente... Dondequiera, como obedeciendo
a una consigna, todo el mundo se ha levantado
para fundir el bien y el mal en monstruosa
mezcolanza” ( De la ira), y en lo
relativo a esa diversidad de poderes diseminados
en la sociedad comenta: “ya el huésped
no está seguro de su huésped;
ni el suegro del yerno; y es rara la amistad
de los hermanos; en peligro de muerte está
la mujer por su marido y el marido por su
mujer; las sombrías madrastras mezclan
cárdenos acónitos y el hijo
antes de tiempo inquiere los años
de su padre...” (De la ira) a lo que
suma Séneca el escándalo de
que en los campamentos los soldados pelean
entre sí como si fueran enemigos,
o el enfrentamiento de padres e hijos y
hermanos entre sí ligados por juramentos
opuestos.
Es en este marco político que puede
comprenderse la filosofía de Séneca,
un conjunto de preceptos que buscan un código
de comportamiento que fortalezca al hombre
común y lo preserve de la inseguridad,
la injusticia o la desgracia. En Séneca
existe la convicción de que en el
mundo del patriciado hay opresores y hay
oprimidos, pero no son fáciles de
localizar, que el hombre común se
mueve en un mundo con superiores e inferiores
como situaciones intercambiables. La solución
que ofrece Séneca consiste en adoptar
una actitud individual que fortalezca el
alma con miras a producir un poder que le
permita plantarse firmemente ante los poderosos
y contrarrestar sus perjuicios.
Es el objetivo de este trabajo describir
este código de comportamiento del
cual se desprende, en primer lugar, un consejo
fundamental: contener la ira.
La ira imprudente:
Séneca comienza definiendo la ira
como una “ pasión sombría
y rabiosa”, como una “ breve
locura”. Ante la percepción
de una injuria surge, en forma abrupta,
una excitación del alma que nos impulsa
a la venganza. Entre los muchos inconvenientes
de la ira se encuentra el descontrol que
niega todo razonamiento, la pérdida
del sentido de la vergüenza, el olvido
de los deberes, la pérdida de control
de la lengua, de los puños y de todas
las partes del cuerpo. Por otra parte, la
ira afea el rostro. Asimismo, la diferencia
de otras debilidades del alma que muy bien
pueden disimularse o esconderse como la
tristeza, la lujuria, la gula: La ira se
refleja de inmediato en el rostro y el cuerpo
y, a juzgar por los muchos tumultos que
produjo el pueblo enrarecido, es contagiosa;
y no tiene regreso, una vez apoderada del
alma es muy difícil dominarla Por
eso es importante contenerla en sus inicios.
A lo largo de todo el texto de su obra “De
la ira”, Séneca va afianzando
en nosotros la presunción de que
la obra no va dirigida a cualquiera, sino
principalmente a los débiles, a todos
aquellos que se encuentran ante una injuria
proferida por alguien que se halla, como
autoridad, por encima nuestro, en especial
los que, por su condición social,
pertenecen a los niveles más bajos:
“la ira es perniciosa a los sirvientes-
explica-, pues toda indignación redunda
en su tormento y siente más pesado
el mandato cuanto más impacientemente
lo sufre”: Con todo, si debemos ser
exactos, Séneca nunca se ubico como
un ideólogo por encima de las clases
sociales, su interlocutor privilegiado fue
su propia clase social, el patriciado, por
entonces ( como ya explicamos) con un presente
y un futuro inseguros, inestables y, por
sobre todo, imprevisible. A este hombre,
pues, al patricio, quien por su cuna y por
su fortuna podía acercarse al poder
y frecuentar la corte del emperador, y recibir
sus favores hoy para perderlos mañana;
a este hombre de la aristocracia susceptible
igualmente de sufrir los desgarrones de
la envidia, la ambición, la maledicencia,
o a ese hombre simplemente rico e inmerso
en un mundo político inestable es
a quien más aconseja prudencia, contención
y aplomo. Es a él a quién
Séneca ofrece numerosos ejemplos
de cómo la templanza es puesta a
prueba muchas veces por los poderosos. Cuenta
que el rey Cambises fue con los años
aficionándose al vino. Uno de sus
amigos más cercanos, Prexaspes, en
cierta ocasión le aconsejó
que se moderara al beber, ya que siendo
Cambises un rey todos estaban pendientes
de sus actos y costumbres, mucho más
que de cualquier otra persona. Cambises,
para demostrarle que su embriaguez en nada
perjudicaba su lucidez, le ordenó
al hijo de Prexaspes que se ubicara en la
puerta del salón con la mano izquierda
en alto. Así lo hizo el joven. Entonces
Cambises comenzó a beber y beber
mucho más que otras veces, se armó
luego de un arco y una flecha, disparó
contra el joven y le perforó el corazón.
Una vez muerto el muchacho, Cambises ordenó
que le abrieran el pecho y le mostró
a su amigo que la flecha había dado
en el corazón, precisamente al blanco
que había apuntado. Prexaspes, ante
este espectáculo, elogió efusivamente
la puntería del rey. Y Séneca
concluye: “Prexaspes aumentó
el número de aquellos que con estragos
grandes demostraron cuán caros cuestan
los buenos consejos a los amigos de los
reyes”.(De la ira).
No hay pasión, explica Séneca,
más sedienta de venganza que la ira
y por eso mismo es la pasión más
ineficaz para lograrla. La razón
siempre da tiempo para sopesar las verdades
mientras que la ira está apurada.
La razón permite un juicio equilibrado,
en tanto que la ira anhela imponer su argumento.
La razón atiende el fondo de todas
las cuestiones, la ira en cambio se deja
impresionar por causas vanas y ajenas a
la cosa que se juzga. La ira no quiere ser
gobernada y se irrita contra la verdad misma
si ésta se muestra contraria a su
enojo. El hombre, sin un poder asegurado,
debe vigilar su ira ya que su principal
defensa es un buen criterio y su conducta
razonada. Y nos ofrece otro ejemplo: Pastor,
hombre rico que frecuentaba el palacio de
Calígula, solía compartir
con él y otros allegados reuniones
y cenas a las que asistía acompañado
por su hijo. Pasado un tiempo, Calígula
comenzó a sentir envidia por el refinado
y aliñado cabello del hijo de Pastor.
Impulsado por esta baja emoción,
y no existiendo impedimento alguno. Detuvo
al muchacho y lo encerró en la cárcel.
Como respuesta a los ruegos de Pastor para
que no cegara la vida de su hijo, Calígula
ordenó ejecutarlo, y esa misma noche
invitó a Pastor a cenar. Acudió
Pastor a esa cena sin ninguna desazón
reflejada en su rostro. Calígula
hizo que le trajeran una gran copa de vino
y le puso al lado un vigilante para controlar
que lo bebiera. Pastor bebió como
si se tratara de la sangre de su hijo pero
sin exteriorizar emoción alguna.
Ocupaba el centésimo lugar en el
banquete y, anciano ya gotoso, Pastor tomó
licores que hubieran estado bien en la celebración
del nacimiento del hijo. Entretanto no derramó
lágrima ni se permitió exteriorizar
muestra alguna de dolor. Entonces, Séneca,
dirigiéndose a su interlocutor Novato,
le dice:
-¿Me preguntas por qué Pastor
no montó en cólera contra
Calígula?.
-...
-Porque tenía otro hijo.
Se le permitió que se retirara del
convite para retirar los restos de su hijo
muerto y les diera sepultura. Desde entonces,
Calígula, benigno y cortés
invitaba con frecuencia al anciano Pastor
a mitigar su pesar con copas y compañía
y éste a su vez se mostró
en todo momento alegre y aparentemente olvidado
de lo que sucediera aquel día. Perdido
estaba un hijo pero salvó al otro.
Ni siquiera en el combate la irritación
es un arma (y en esto contradice la opinión
de Aristóteles), lo que hace invencible
al soldado- comenta Séneca- es luchar
con la razón. Lo que los griegos
llamaron Sophrosine, que se oponía
a la Hibris ( el caos, la confusión,
el descontrol). La sophrosine era la contención
sobre el furor que debía lograr el
soldado para no poner en peligro la formación
triangular llamada falange con que el ejército
griego enfrentaba al enemigo. Esto, dice
Séneca, volvió poderoso al
ejército griego. Igual norma se observa
en la lucha de los gladiadores a quienes
la destreza y el equilibrio los protege
y la ira los compromete. Y a continuación
recuerda: “ ¿crées acaso
que el cazador se enoja contra los venados?”.
Les aguarda cuando se acercan y les persigue
cuando huyen; y todo eso lo hace la razón
sin mezcla de ira” (De la ira). Virtud
auténtica, escribe Séneca,
es aquella que largamente se examina y se
gobierna y en todos sus lances es lenta
y previsora.
En ningún ejemplo como en estos del
combate y la guerra se esclarece con precisión
el concepto que tiene nuestro filósofo
de que la contención de la irritación
le da un arma al hombre sin poder. Es, entonces,
un recurso para producir poder.
Séneca concluye su libro dedicado
a la ira subrayando que ninguna utilidad
reporta esa “breve locura”,
muy por el contrario de la mano de esta
“ pasión negra y hostil”
vienen “el hierro y el fuego”.
Y describe así la desolación
que deja tras de sí la furia: “Luego
que holló todo furor, manchó
sus manos de sangre, destrozó los
miembros de sus hijos, no dejó nada
libre de maldad, no se acuerda de la gloria,
no le arredra la infamia y es incorregible
ya, cuando la ira se ha trocado en odio”
(De la ira).
Técnica
para combatir la ira:
Una diferencia sustancial separa, desde
el punto de vista filosófico, y en
lo que atañe al concepto del hombre,
al pensamiento griego de los siglos V y
IV a de C., y este período imperial
que da comienzo por convención a
partir del año 27 a de C., cuando
sube al poder Augusto. En tanto la Grecia
de Pericles veía al hombre en efecto
acosado por sus pasiones pero lo suficientemente
fuerte como para enfrentarlas y dominarlas,
los siglos I y II de la era cristiana, en
cambio, consideraban al alma una entidad
enferma y al hombre un ser caído
en la debilidad, susceptible de contener
sus pasiones siempre y cuando pudiera curarse.
Esta concepción del alma caída
no proviene de la influencia cristiana,
más bien fue a la inversa. Y Séneca
no se mantuvo ajeno a este sentimiento de
desconfianza respecto a las posibilidades
del hombre para enfrentar a sus pasiones;
y a este hecho probablemente se debiera
su insistencia en apelar a conceptos y terapéuticas
de la medicina cuando se aproxima al tema
de cómo sujetar las pasiones y las
debilidades.
Séneca explica que la ira no es grandeza
sino hinchazón, así como para
los cuerpos tumefactos “ por la redundancia
de humor vicioso no es aumento ganancioso
la hidropesía, sino que es obesidad
funesta”. La ira no significa grandeza
sino debilidad, “ como los cuerpos
ulcerados y enfermos que gimen a la fricción
más leve”: Sostiene Séneca
que tiene una gran importancia la proporción
que cada uno tenga de humedad y de calor
porque son determinantes del carácter:
“El temperamento ardiente- explica-
hará a los hombres iracundos, pues
el fuego es activo e infatigable, la dosis
súbita de frío forja los caracteres
tímidos, porque el frío es
perezoso y arrecido... Aquellos en quienes
predomina el elemento húmedo, muy
poco se irritan porque no están preparados
al calor sino que se adquiere por movimiento”.
Los ancianos- continúa explicando-
son secos, por eso están más
cerca del frío y no se irritan fácilmente,
por más que sean quejumbrosos. El
vino enciende la ira porque hace aumentar
el calor. Aunque admite que todo esto es
una predisposición, el factor decisivo
es la costumbre que si tiene mucho tiempo
alimenta el “vicio”. Sin embargo
conviene tener en cuenta todos estos conocimientos
para, por ejemplo, prohibir el vino a los
temperamentos inflamables. Tampoco conviene
hartarse de comida porque la enjundia del
cuerpo ahoga el libre vuelo a las almas
“ que se harían gruesas y pegadizas...
Ejercítelo- aconseja Séneca-
el trabajo, pero no más allá
de la fatiga, para que mengüe el calor,
no para que se apague, sino para que eche
toda su espuma aquel excesivo bullicio”.
También es provechoso el juego ya
que un moderado deporte descansa y airea
el espíritu. “ En los temperamentos
linfáticos o demasiado secos, como
asimismo en los fríos, no hay que
recelarse de la ira, sino lo que hay que
temer son los vicios más suaves y
peligrosos: la pusilanimidad, la indecisión,
el pesimismo, y la suspicacia” (De
la ira).
Pero, como ocurre con cualquier enfermedad,
tratándose de la ira es preferible
prevenirla a través del trabajo educativo
en los años tiernos de la vida, que
insumir un gran esfuerzo en desembarazarnos
de los vicios cuando han crecido y se han
fortalecido en nosotros.
Por otra parte, al igual que ciertas dolencias
se contagian con solo el contacto corporal,
“ de la misma manera el alma transmite
sus males a personas próximas”.
También es aconsejable para no encolerizarse
comer bien y sano. Los debilitados por la
enfermedad o por la edad son más
irritables. Igualmente hay que evitar el
hambre y la sed. Es fácil detectar
las primeras expresiones de la ira como
las enfermedades se pueden detectar por
sus primeros síntomas. Y reconociendo
las primeras expresiones es fácil
luego evitar un ataque o moderar sus efectos.
Justamente el epiléptico comprende
la proximidad del ataque “cuando el
calor abandona sus extremidades, y su vista
vacila, y sus nervios tiemblan y la memoria
se extingue y rueda la cabeza”, por
eso previenen el ataque incipiente luchando
contra el frío y la rigidez apelando
a los paños calientes, se alejan
de todo lo que pueda perturbar y evitan
la gente para caer sin ser vistos. Para
Séneca, pues, “importa mucho
conocer la propia enfermedad y ahogar su
fuerza antes de que se expanda. Averigüemos-
pues- cuál es nuestra fibra más
irritable”. Unos, dice, se irritan
más con las palabras (por ejemplo
insultos verbales) otros con acciones injuriosas;
unos quieren que se les reconozca su noble
cuna, otros su belleza, etc. Y explica:
“ no todos son vulnerables en el mismo
punto; conviene, pues, saber cuál
es su punto débil para protegerlo
con el máximo cuidado” (De
la ira).
Pero, además de conocer y tener en
cuenta siempre nuestro tipo de carácter
conviene no caer en la fatiga. No emprender,
pues, tareas superiores a nuestras fuerzas.
El exceso en el número de negocios
lleva a la acumulación de problemas
y por tanto a la irritabilidad: “Así
que para que el alma pueda estar quieta
no ha de lanzarse ni fatigarse con muchas
empresas, ni grandes ni superiores a las
propias fuerzas... - y recomienda- Todas
las veces que intentaras alguna cosa, sopesa
tu capacidad y mídela con tu propósito
y con tus recursos; porque el fracaso de
la obra empezada te agriará...”
(De la ira). Conviene siempre, para Séneca,
un “justo medio” razonable para
evitar la irritación, “que
nuestras acciones no sean ni menguadas ni
osadas ni agobiantes”. Lo mismo se
aplica a las personas que emprenden sus
estudios serios, éstos no deben ser
agobiantes hasta la fatiga. Deben alternarse
con ejercicios recreativos o suavizarse
con lecturas de poemas o como hacía
Pitágoras, quien “apaciguaba
al son de la lira los tumultos de su alma”:
No obstante, la música también
puede ser un excitante (como las trompetas)
o un sedante (como ciertos cantos). Como
regla general, concluye Séneca, hay
que preferir los estudios pacíficos.
En otro orden de cosas, es preciso evitar
recibir injurias que no podamos soportar.
Vivamos, dice, lo más lejos que podamos
del foro y si debemos frecuentarlo por nuestros
negocios, acabemos rápidamente con
ellos y huyamos a ambientes más amistosos.
Conviene igualmente compartir la vida con
los más apacibles y con los de más
fácil carácter. Escapemos,
al mismo tiempo de los ansiosos y quejumbrosos,
“... no solamente- precisa Séneca-
se mejora con el ejemplo el que vive con
hombres pacíficos, sino como no halla
motivos de irritación no practica
nunca su vicio”. Es pues necesario
huir de las personas nocivas: “Un
orgulloso te ofenderá con su desdén;
un insolente, con sus dicterios; un petulante
con sus injurias; un envidioso con su malignidad;
un pendenciero, con su porfía; un
infatuado y mentiroso, con su vanidad”.
Es preciso escoger compañeros sencillos,
accesibles, moderados, que no provoquen
nuestra cólera y, lo que es muy importante,
que la soporten. Y mucho mayor bien nos
harán los modestos, los afables,
incluso los lisonjeros ( siempre que no
caigan en la adulación). A propósito
cuenta Séneca que el orador Celio
era tan irritable que uno de sus clientes
prefirió darle la razón en
todo, cosa que terminó por despertar
la irritación de Celio que le gritó
a la cara “¡Contradíseme
en algún punto para que seamos dos!”
( De la ira)
Otro recurso para evitar la ira es procurar
no ver todo ni oír todo lo que se
dice alrededor. Y dejar pasar las injurias
tontas. “¿Quieres no ser irascible?.
No seas curioso”, aconseja Séneca.
Hay injurias de las que debemos reírnos,
otras debemos perdonarlas. A veces ante
una injuria directa conviene hacer un chiste,
como se comportara Sócrates cuando
en una ocasión, mientras daba un
paseo, alguien le dio una bofetada en pleno
rostro, sin embargo él se limitó
a comentar que “ era una lástima
que los hombres no supieran cuándo
tenían que salir con casco”:
Séneca advierte que muchas veces
lo importante no es la injuria, sino cómo
se la soporta.
Otra técnica eficaz es dejar pasar
el tiempo. La dilación de la ira,
el esperar antes de dejarnos arrebatar por
el furor, ya que ese lapso de tiempo rebaja
su “ primerizo hervor” y disipa
o hace menos densa la cerrazón que
ofusca el alma. Una hora apenas ya alcanza
para debilitar la ira.
Otro camino para combatirla es no permitirse
nada en el calor del enojo “¿Por
qué?- pregunta Séneca- Porque
querrías permitírtelo todo
“. Y cuenta que Platón, presenció
un delito menor en uno de sus esclavos,
pero que lo irritó en demasía.
Al entrar en el cuarto su amigo Espensipo
halló al esclavo de rodillas ofreciendo
su espalda desnuda y a Platón, inmóvil,
con el látigo en alto. Al ver a su
amigo, Platón le dijo: “Tú,
Espensipo azótame a ese esclavo,
porque yo estoy enfadado” ( De la
ira).
Hay que procurar asimismo no caer en enfrentamientos
inútiles. Escribe: “Termina
instantáneamente una lid cuando uno
de los contendientes se retira. Cuando uno
no quiere, dos no riñen. Pero si
de una parte y otra pugna la ira, se llega
a la colisión...” y advierte
“ El mejor, en este caso es el que
se aparta. El vencido es el que vence. ¿
Te pegó Fulano?. Aléjate porque
si arremetes contra él le darás
ocasión y pretexto para que te pegue
más”. Cuenta que hallándose
Catón defendiendo una causa, Léntulo,
quien tenía fama de violento, arrojó
un furioso escupitajo sobre la frente de
Catón. Este, sin mostrar enojo, le
dijo: “Daré fe, Léntulo,
delante de todo el mundo que mienten los
que dicen que no tienes boca” ( De
la ira).
Y así le advierte Séneca al
hombre sin poder: ¡Oh, qué
tiempo tan bueno pierdes en cosa tan mala!
Cuánto más no te valiera desde
ahora conciliarte amigos, aplacar enemigos,
administrar la cosa pública, trasladar
tu cuidado a los negocios domésticos,
que no escudriñar qué mal
puedes hacer a otro”, que hipotéticamente
nos ha injuriado. “Irritaste contra
éste, más tarde contra aquel;
contra los esclavos, luego contra los libertos;
contra los conocidos; luego contra los desconocidos;
arreo sobran sus causas si no se interpone
la mediación suplicante del alma...”(
De la ira)
Igualmente nos insta a volvernos más
comprensivos con los que están por
debajo nuestro, cosa que también
nos evitará ataques de furia: Por
ejemplo, un esclavo puede estar cansado
realmente en vez de ser perezoso.
El dinero también suele ser causa
de irritación y peleas entre esposos,
o entre amigos, entre soldados, vuelve crueles
a los reyes y belicosas a ciudades enteras.
También es necesario aplacar la envidia
que mora en nuestra alma que es causa de
angustia por lo que tienen los otros.
Asimismo debemos alejarnos de los ruidos
molestos, los malos olores, los espectáculos
desagradables; y si no podemos alejarnos
de ellos pues debemos acostumbrarnos a vivir
entre ellos: “Todos los sentidos-
escribe- han de acostumbrarse a la firmeza;
sufridos son por naturaleza si el alma se
abstiene de viciarlos” (De la ira).
Otro recurso eficaz contra la ira es adelantarnos
a los acontecimientos funestos. Es preciso
vivir con la idea de que tarde o temprano
han de sobrevenir las desgracias: “Adelántate
a pensar que has de sufrir muchas penas...
Es fuerte el alma para aquellos males para
los que está preparada... ¿Hay
alguien que se admire de arrecirse en invierno?
¿ Hay alguien que se extrañe
de marearse en el mar, de magullarse en
un viaje?”
Otra técnica es el examen de conciencia.
Cuenta Séneca que el filósofo
Sextio “ Terminado el día,
al recluirse para el descanso nocturno,
interroga a su alma: ¿De qué
defecto guareciste hoy? ¿ A qué
vicio opusiste resistencia? ¿En qué
eres mejor? . Se atenuará y se moderará
la ira que supiere que todos los días
ha de comparecer ante el juez...”
Es más, este examen nocturno del
alma mejora el sueño y da sensación
de libertad al alma.
Las condiciones imprescindibles para Séneca
en todo examen de conciencia son, al final
del día, estando en la cama, la oscuridad
y que se calle la esposa.
Y compañera de examen de conciencia
es la meditación: “ La meditación
asidua de los preceptos saludables, las
obras buenas y la tendencia del espíritu
al deseo único de la virtud”
( De la ira)
Pero finalmente es preciso entrenarse asimismo
para cumplir con la tarea necesaria de calmar
la ira ajena. Explica Séneca que
no conviene hablarle a alguien encolerizado
durante su estallido inicial. Conviene esperar.
Es preciso imitar al médico que da
el medicamento cuando remite la enfermedad:
“ No intentemos curar la hinchazón
de los ojos excitando con movimientos su
rigidez... El reposo cura los males en sus
comienzos”.
A veces, incluso, no conviene contradecir
al encolerizado, es preferible coincidir
en sus razones para que esté mejor
dispuesto a escucharnos. Luego es aconsejable
iniciar conversaciones más gratas
o de temas novedosos para distraerlo. El
engaño puede ser otro recurso como
hace el médico que quiere hundir
el escalpelo al enfermo asustado y le dice
que va a hacer otra cosa. La utilidad de
calmar al furioso la puso de manifiesto
el emperador Augusto quien,, en cierta ocasión
en que cenaba en casa de Vedio Polión,
uno de los esclavos de la casa rompió
una pieza de cristal. Vedio, encolerizado,
mandó que arrojaran al esclavo para
que lo devoraran unas murenas que tenía
en una piscina justamente para estas ocasiones.
El esclavo se arrodilló ante Augusto
y le suplicó que le dieran muerte
de una manera más benigna. Entonces,
el emperador mandó soltar al esclavo
y ordenó que se rompieran todas las
piezas de cristal que hubiera en la casa
y las hizo tirar a la piscina donde estaban
las murenas.
La ira de
los poderosos. Clemencia y crueldad
Séneca se asombra cuando recuerda
que el gran Ciro en una ocasión se
la tomó contra un río: queriendo
sitiar Babilonia, sin esperar el momento
propicio, intentó cruzar el río
Ginces, que en esa época del año
siempre estaba muy crecido, y le arrastró
a uno de los caballos que tiraban de su
carruaje. Ciro, enfurecido, juró
secar ese río por completo. Y en
ese menester inútil ocupó
un tiempo valioso y a toda su maquinaria
guerrera, dando margen a su enemigo para
que advirtiera su presencia y se preparara
a enfrentarlo con total tranquilidad. (De
la ira)
Es por eso que Séneca no siente haber
cumplido su misión de proteger a
los débiles de su propio furor originado
en los atropellos de los poderosos si no
completa su obra dirigiéndose también
a los poderosos. Es por esta razón
que, siendo asesor de Nerón, quién
llevaba por entonces apenas cinco años
en el trono y aún se desenvolvía
con buen criterio en el gobierno, le dedica
su obra “ De la clemencia”.
Si bien ya en muchos párrafos de
“De la ira” se refiere al perdón
de los poderosos, es en “De la clemencia”
libro que nos ha llegado incompleto, donde
se extiende con soltura, constituyendo una
estrategia más para cerrar ese círculo
que abarca al gobernante y alo gobernado,
al poderoso y al débil, al superior
y al inferior.
Entonces, si a los súbditos o a los
hombres sin poder les correspondía
contener la ira por prudencia, al emperador
o a cualquiera que detentara un poder le
correspondía contenerla en nombre
de la clemencia.
Definición
de clemencia:
“La clemencia- escribe Séneca
- es la moderación del espíritu
en el poder de castigar o la lenidad del
superior en el señalamiento de las
penas...”. También la considera
“una inclinación del alma a
la lenidad en la imposición de penas”.
Y completa la definición considerando
a la clemencia como “ la moderación
que perdona una parte de la pena merecida
o debida”. Es lo contrario a la crueldad,
aunque se preocupo a Séneca de diferenciar
la crueldad del gobernante quien sólo
comete un exceso al castigar un delito,
de la crueldad del tirano, quien castiga
por placer y a seres inocentes de todo crimen.
La crueldad que se opone a la clemencia
es simplemente “ la dureza de corazón
en la imposición de penas”
(De la Clemencia); existe un delito, pero
el castigo excesivo termina por significar
una injusticia. Da entonces, el ejemplo
del juez Eneo Pizón, quien aunque
con muchas virtudes, tenía fama de
excederse en el rigor de sus castigos. En
una ocasión, un soldado regresó
sin su camarada y presumía haberlo
asesinado. Buscaron a la víctima,
y como no aparecía, Eneo enfurecido
condenó al agresor a la pena de muerte.
Cuando estaban a punto de ejecutarlo se
hizo presente el presunto asesinado, gozando
de muy buena salud; entonces, el centurión
encargado de la ejecución le ordena
al verdugo que envaine la espada y conduzca
al soldado nuevamente ante Eneo Pisón
para que lo declare inocente. En medio de
una gran alegría, los dos soldados
fueron conducidos abrazados. Sin embargo,
Pisón no contuvo su furor, subió
al tribunal y ordenó que fueran ejecutados
los dos soldados, uno por haber matado y
el otro por no haber muerto, y también
al centurión por haber desobedecido
la orden de un juez. Y concluye Séneca
el relato con esta reflexión: “¡Oh,
cómo es hábil la ira en forjarse
motivos de furor!” (De la ira)
Séneca admite que la clemencia puede
contener a la severidad, pero la crueldad
del gobernante es ese exceso que se comete
al dictar el castigo; “ Llamaré,
pues, crueles a aquellos que tienen motivos
para castigar, pero no tiene moderación”
( De la clemencia)
Igualmente le conviene al gobernante evitar
la sensiblería, opuesta a la crueldad,
a la hora de imponer un castigo por exceso
de clemencia, y Séneca lo expresa
con estas palabras: “Viejas y mujercitas
son las que más se emocionan por
las lágrimas de los más criminales...”
La sensiblería no atiende a la causa
sino a la desgracia, la clemencia en cambio
responde exclusivamente a la razón.
Se observa una vez más el concepto
de “justo medio” que resulta
de una cuidadosa vigilancia sobre los propios
actos y las propias decisiones.
Finalmente Séneca también
diferencia la clemencia del perdón.
La clemencia- comenta -no significa perdonar
los delitos efectivamente cometidos, se
trata más bien de morigerar el castigo.
Se trata, en definitiva, de castigar pero
sin furor.
El
poder del emperador:

Calígula
|
Nerón
|
Ya apuntamos más arriba que, cuando
Séneca escribe De la clemencia, Nerón
ya hacía cinco años que era
emperador y nuestro filósofo lo acompañaba
como uno de sus principales asesores; por
tanto conocía los entretelones de
la política y tenía muy claro
de lo que podía ser capaz un gobernante.
Así describe los alcances del “
imperium” o conjunto de facultades
del César ( lo expresa en primera
persona): ...¿Yo entre todos los
mortales merecí ser elegido para
hacer en la tierra el oficio de los dioses?.¿Yo
soy para las naciones árbitro de
la vida y de la muerte y tengo en mi mano
la suerte y la condición de cada
uno; lo que la fortuna quiere que se dé
a cada mortal, lo pronuncia por mi boca;
de nuestra respuesta los pueblos y las ciudades
conciben causas de alegría; ninguna
parte del mundo conoce la prosperidad sino
por voluntad y favor mío; todos estos
millares de espadas que mantiene envainada
mi paz, brillarán a una señal
mía?”. Y prosigue: “Es
derecho mío sentenciar qué
naciones se han de destruir a fondo, cuáles
han de ser trasladadas, a cuales se ha de
dar la libertad, a cuales otras se las ha
de quitar, qué reyes han de ser hechos
esclavos, en cuyas cabezas se han de colocar
la regia diadema; qué ciudades han
de derrumbarse, cuáles han de nacer
“(De la clemencia). De lo que se deduce,
entonces, lo importante que era para los
súbditos del siglo I de nuestra era
vivir bajo la autoridad de un emperador
que supiera contener su irritación.
Y a Séneca no le era extraño
este sentimiento, por eso le escribe a Nerón:
“Aspiraste a una gloria muy rara y
no concebida hasta ahora a ningún
príncipe: la de no hacer daño
a nadie” (De la clemencia).
Pero, como ya se apuntó más
arriba, Séneca es conciente de que
los superiores y los inferiores son meras
cualidades que atraviesan toda la sociedad.
El emperador ejerce un poder sobre los súbditos,
pero de entre éstos todo amo ejerce
su potestad sobre sus esclavos, o el padre
sobre los hijos, y con el mismo derecho
de vida y muerte. Y así lo expresa
Séneca: “ No es única
la manera de gobernar: gobierna a sus vasallos
el príncipe, el padre a sus hijos,
el maestro a sus alumnos; el tribuno o centurión
a sus soldados”. Por tanto, la clemencia
y con ella la contención del furor
debe ponerse de manifiesto a través
de toda la jerarquía social: “Sacrilegio-
expresa Séneca- es hacer daño
a la patria; - y las partes son santas si
es venerable el todo-; luego al hombre que
es conciudadano tuyo en una ciudad más
grande. ¿Qué dirías
si las manos quisieran hacer daño
a los pies, o los ojos a las manos?...La
sociedad no puede salvarse sino por la protección
y el amor recíproco de sus partes”
(De la ira).
Las
razones para la clemencia:
Una vez más apela Séneca
a las comparaciones con la medicina, considerando
a los delitos merecedores de castigo como
enfermedades susceptibles de curación.
Admite que a la clemencia del emperador
suelen recurrir los peores delincuentes,
sin embargo así como el medicamento
lo necesitan los enfermos también
lo aprecian los sanos. Por otra parte no
hay que olvidar que muchas veces el delincuente
se redime con el perdón. Como ejemplo,
relata que Augusto tuvo una época
en que gobernó por mandato de la
espada. Esto no le creó otra cosa
que enemigos. Uno de los más peligrosos,
pues conspiraba secretamente contra él
para matarlo, era Cinna. Augusto comenzó
a dudar de la eficacia de gobernar con tanto
rigor ya que lo hacía vivir con el
temor constante de ser asesinado. Entonces,
su esposa Livia le recordó que los
médicos, cuando un tratamiento no
les da resultado, prueban el contrario.
Así fue que Augusto mandó
llamar a Cinna, conmovido ante esta muestra
de clemencia, se arrepintió de sus
malas intenciones y se transformó
desde entonces en el amigo más fiel.
Nunca más hubo una conspiración
contra Augusto. Es más, fue del campo
enemigo del cual halló a sus mejores
aliados como Salustio, Cocelos, Domicios
y muchos otros.
Sin embargo, Séneca también
admite que no conviene perdonar a ciegas
y por sistema, es preciso discernir entre
“ los espíritus curables de
los desahuciados”.
La clemencia, escribe Séneca, es
necesaria en cualquier hombre, pero se luce
más en los príncipes porque
les da honor y gloria. La importancia de
la clemencia del emperador se expresa en
este comentario dirigido a Nerón:
“Si tú eres el alma de tu Estado
y él es tu cuerpo, ya veo; según
creo cuán necesaria sea la clemencia”
y prosigue comparando los delitos con las
enfermedades; “ Así que hay
que perdonar también a los ciudadanos
condenables no de otra manera que a los
miembros enfermos, y si alguna vez es menester
derramar sangre, hay que retener la mano
para que no corte más allá
de lo que es imprescindible” (De la
clemencia). Por otra parte, la clemencia
es inherente a todo aquel que tiene autoridad:
“La vida se quita a un superior- escribe
Séneca-, pero nunca se da sino a
un inferior” (De la clemencia). “
Un reino cruel- advierte-es sañudo
y ensombrecido de tinieblas”. El descontrol
y la crueldad no se condicen con la majestad.
Si bien podría estimarse como una
falta limitar la libertad de los príncipes
al recomendarle la clemencia, es una gloriosa
servidumbre la mansedumbre en el poderoso.
Otro factor ligado a la conveniencia, para
el poderoso, de contener la ira es la mala
fama. Esa absoluta exposición a la
que está condenado el emperador hace
que se extienda el rumor a través
de la sociedad. Así, un acto suyo
repercute en muchos, y no puede castigar
a uno sin que tiemblen los que están
alrededor “ Así como los rayos
se precipitan con peligro de pocos y con
pavor de todos, así los castigos
de los poderes más encumbrados llevan
más lejos el terror que el daño”
pues tratándose del poderoso se considera
no tanto lo que hizo sino lo que hará.
Otro inconveniente que sufre el gobernante
que se crea fama de cruel es despertar el
odio de sus súbditos. La mansedumbre
en el poderoso, explica Séneca, es
una garantía de seguridad, porque
la venganza frecuente reprime el odio de
pocos pero enerva el de muchos. Dice: “
así como los árboles cortados
estallan en multitud de pimpollos y muchas
especies vegetales para que broten más
espesas son podados, así la regia
crueldad aumenta el número de enemigos,...
pues los padres y los hijos, los parientes
y los amigos de los muertos ocupan el lugar
de cada uno de ellos” ( De la clemencia).
Asombra constatar las resonancias que observamos
en esta obra De la clemencia con nuestro
conocido Maquiavelo. Es que el pensador
florentino debe haber leído muy bien
a Séneca porque, indudablemente,
el primero en separar la moral de la política
al aconsejar a un gobernante fue precisamente
Séneca. Naturalmente que toca tangencialmente
lo halagador que resulta poseer un alma
fortalecida por la virtud, pero el énfasis
mayor está puesto en la conveniencia
de la clemencia para todo aquel al que le
ha tocado el destino de gobernar. Se trata,
como en Maquiavelo, de producir poder. Insiste
a lo largo de su libro en la advertencia
de que los tiranos terminan degollados.
Otro consejo valioso dirigido al emperador
consiste en advertirle que es un inconveniente
que se eleve el número de personas
castigadas porque, al ir separando a los
súbditos en malos y buenos, hace
crecer el número de los malos; y
recuerda Séneca el tiempo en que
el Senado decretó que los esclavos
se diferenciaran de los hombres libres a
través de la vestimenta. Los esclavos
se distinguieron a simple vista por medio
de una especie de uniforme que los aunaba.
Pero en poco tiempo se vio lo peligrosos
que era, explica Séneca, que los
esclavos pudieran contar a los hombres libres.
Por otra parte, el tener que apelar al castigo
frecuente es vergonzoso para un príncipe:
“No causa menos sonrojo a un príncipe
los muchos suplicios que a un médico
los muchos entierros” ( De la clemencia).
También en “De la ira”
insiste en la conveniencia de gobernar de
tal manera que los actos de gobierno del
emperador le haga ganar amigos y buena fama.
Factores estos que lo ayudarán a
producir poder, como se refleja en El Príncipe
de Maquiavelo: “Acuérdesenos
también – escribe en un pasaje
de De la ira – de la autoridad que
nos valdrá el renombre de clementes
y de cuántos amigos valiosos nos
concilió el perdón... qué
aliados más fieles tiene el pueblo
romano que aquellos que fueron sus más
enconados enemigos “¿Qué
sería hoy el imperio sin una saludable
política no hubiese mezclado vencedores
y vencidos?” (De la ira).
Pero igualmente se constata que Séneca
se dirige a todo individuo que detente un
poder. Allí donde hay poder, debe
haber administración del furor, debe
haber clemencia: “¿Hay alguien
que llame cuerdo a aquel que arrebatado
como por una tempestad, no va sino que es
conducido a empellones y es esclavo de un
mal furioso y no confía a otro su
venganza sino que la ejecuta él mismo,
cruel así de corazón como
de mano, verdugo de aquellos cuya pérdida
luego habrá de llorar?”. Porque
Séneca es el observador privilegiado
de un período en el que las relaciones
de parentesco y de amistad, que antes fueran
sagradas, ahora constituyen una ocasión
para atropellos, maltratos e injusticias.
Si antiguamente el marido, los hijos, la
esposa, y aún otros vínculos
familiares, compartían la cualidad
de la divinidad en el culto a los antepasados,
la disipación de la estructura política,
económica y social, dejaba ahora
muchas veces a los seres humanos librados
a sus propias fuerzas, como en una jungla.
Finalmente, otra razón para deponer
el furor de la venganza es el tiempo valioso
que se pierde. Siempre dura más la
ira que la ofensa y advierte Séneca:
“¡Cuánto mejor es irse
a otra cosa...! ¿Acaso no parecería
no estar en su cabal seso el que a la mula
devolviera sus coces y al perro sus dentelladas,”
( De la ira).
Cómo
se administra la clemencia.
Ya se mencionó más arriba
la idea de que, si bien muchas veces el
perdón redime al delincuente, no
conviene perdonar a ciegas. Tampoco conviene
una clemencia vulgar, ni promiscua, ni estrecha,
ya que es igual de cruel perdonar a todos
como a ninguno.
Se establece una diferencia sustancial entre
un tirano y un rey justo: aunque el quantum
de poder es el mismo, “ los tiranos
son crueles por placer y los reyes por razón
y por necesidad”.
Y hay asimismo razones prácticas
como saber que si usamos siempre la crueldad
no podremos después cambiar de método.
El tirano ya no puede regresar a mejores
sentimientos: “”Los crímenes
han de defenderse con crímenes”,
tanto si se trata del gobierno de Roma,
como si nos referimos al manejo del hogar.
Y se apiada Séneca de aquel que ejerció
su poder con asesinatos tanto exteriores
como domésticos y vive recelando
de sus amigos y de sus hijos y cuenta: “El
pueblo romano de mi tiempo acribilló
en el foro a golpes de estilete al caballero
romano Tricón porque había
muerto de una paliza a un hijo suyo; a duras
penas la autoridad de Augusto César
le pudo librar de tantas manos de padres
e hijos crispadas contra él “
(De la clemencia), en cambio, muy diferente
fue la actitud de Tario. “que habiendo
sorprendido a su hijo en tentativa de parricidio,
le condenó después del proceso,
fue admirado de todos, porque contentándose
con el destierro y con un destierro benigno,
le tuvo confinado en Marsella, y le señaló
una renta anual a la que percibía
antes del crimen” (De la clemencia).
Volviendo, una vez más, al ejemplo
de la medicina: “curamos las enfermedades
sin enojarnos. Pues bien, he aquí
una enfermedad del alma; requiere una medicina
blanda y un médico que no sea desabrido
con el enfermo”, es preciso luchar
con los vicios, reprender a unos en la enfermedad,
engañar a otros con procedimientos
suaves, ya que se curarán más
rápido y más seguramente disfrazando
los remedios; y como hace el médico
experimentado “preocúpese el
príncipe no tanto de la salud como
de no dejar cicatrices deshonrosas”
(De la clemencia).
La gloria póstuma es otro elemento
a cuidar cuando se gobierna. Y así
como maltratar a los esclavos trae mala
fama a cualquiera, con más razón
ser cruel con los hombres libres genera
odio y aversión contra un príncipe.
Observemos, ejemplifica Séneca, a
las abejas que tienen un rey más
grande y más vistoso que los demás,
pero mientras las abejas comunes son belicosas,
el rey no tiene aguijón porque la
naturaleza no quiso que fuera cruel, así
le sustrajo su arma y dejó inerme
su ira (De la clemencia).
A los jueces también va dirigido
el reclamo de contención de las pasiones.
Si el juez está limpio de ira- advierte
en De la ira- hasta puede darse el lujo
de morigerar el castigo; graduarlo cuando
observa con claridad que el acusado actuó
sólo con malicia superficial, o cuando
descubre el arrepentimiento sincero, y no
castigará a dos delincuentes con
la misma pena si uno cometió el delito
por inadvertencia y el otro con malsana
premeditación, porque el buen juez
sabe que existen penas que se aplican para
enmendar a los malos y otros para suprimirlos,
y aplicará entonces la pena pensando
en el futuro porque lo que pasó ya
no tiene remedio. El hombre sabio- prosigue
Séneca- condona muchos castigos a
aquellos a los que juzga poseedores de “un
fondo poco sano pero sanable”. Imitará
a los buenos labradores que no sólo
cultivan árboles derechos y altos
sino que también aplican arrimos
que les enderecen a aquellos otros que,
por cualquier causa, se torcieron; a otros
los podan para que el ramaje no entorpezca
su crecimiento; a otros enfermos por vicio
del lugar, les abonan. El sabio conocerá
pues qué sistema es el mejor para
tratar a cada uno y de qué manera
pueden rectificarse los corazones torcidos
(De la clemencia).
Por todo lo expuesto, Séneca parece
acercarse al tema de la ira con el plan
de mostrar su contención como una
práctica de la vida que beneficia
a los dos actores en los que se reduce el
complejo tejido social: el gobernante y
el gobernado, y, dicho en otros términos,
el poderoso y el débil. Insta a una
vigilancia sobre nuestro furor y entendimiento
con miras a una convivencia que apunte al
progreso en el trato humano.
Séneca no fue un demócrata
ni fue un líder popular entre las
clases pobres, tampoco le interesó
serlo, pero su existencia transcurre en
el cenit de la crisis de la sociedad esclavista
y supo ajustar su mirada para ver el drama
que atravesará toda la historia humana:
el dilema del hombre en su lucha entre esas
dos fuerzas que lo constituyen, la que construye
y la que destruye, la que hace al hombre
bueno y la que lo hace malo. Y es a ese
hombre a quien le escribe estas palabras
finales: “¿Por qué te
irritas con tu esclavo, con tu amo, con
el rey, con el cliente? Aguanta un momento,
mira a la muerte que llega para hacernos
iguales” (De la ira)
Por Marcelo Manuel Benítez