|
De un escenario
político sin política
Por Claudio
Barbará (*)
Gráfica:
"Rata" - León Ferrari
|
 |
«Ni izquierda ni derecha, ¡argentinos!»,
ha proclamado J. C. Blumberg desde las escalinatas.
Luego siguieron los aplausos, los vivas,
el encanto de la multitud ante la identificación
de un discurso que parece absorver las inquietudes
plenamente. Es el mérito de una expresión
republicana. ¿Quién podría
decir lo contrario? «Ciudadanos»,
llama Blumberg a la multitud efervecente
reunida en el reclamo. Ni compañeros,
ni camaradas, ni correligionarios: ¡Ciudadanos!
Con la consigna del «sin pancartas,
sin banderías, sin símbolos
partidarios ni ideológicos»;
sólo los símbolos patrios,
ese celeste y blanco sobrevolando el ámbito
público, esa zona definida hoy como
terreno ganado a fuerza de ganar la calle,
de apropiársela, luego de que la
historia de nuestros paises produjera ese
efecto de desapropiación, de reclusión,
al grado de verificarse que el ojo de un
Estado de terror aplastara la subjetividad
bajo ese afecto indominable que el hombre
conoce bien: el miedo. Pero de hecho estas
manifestaciones recientes tienen sus antecedentes:
las Madres de Plaza de Mayo, por la fuerza
de su condición, en un acto inaugural
que sigue haciéndose escuchar, realizaron
en efecto un agujero, plenamente, en el
presunto monolítico despliegue de
la voluntad de un Amo uniformante y violento.
Un agujero en el discurso del Amo que, aunque
se lo ignorase, soportó en la encarnadura
de esas mujeres envueltas de dignidad, la
denuncia de lo que sería para el
Amo la grieta por la cual la atemporalidad
del signo de su horror, «los desaparecidos»,
presentificara el lazo que los alcanza produciendo
ese efecto que llamamos Memoria y que en
el contexto de lo social se denomina Historia.
Este acto consumado concretamente en las
ronda de los jueves tiene el sentido de
una ética, de la ética de
un acto como tal, que es reconocido por
los efectos que ha producido, sin el cual,
a no dudarlo, no habría eticidad
alguna a donde ir a buscar la referencia
que diera al menos un soporte a esas manifestaciones
que, en el presente, se abren paso una vez
más, agujereando la impostura del
discurso del Poder.
El ejercicio de una práctica que
se postula como una política sin
política parece tener la envoltura
de cierto prestigio. Es decir, tiene convocatoria
manifiesta, acentuando la impotencia de
las intituciones partidarias o sindicales
para estar en consonancia con aquellos a
quienes debieran representar. ¿Cómo
es posible ejercer un acto de consecuencias
políticas que no se asiente en la
política misma? En la Argentina actual,
consecuencia de un deterioro sistemático
de la representación del Estato,
se viene produciendo un fenómeno
que se canaliza por un laicismo político,
en donde la voz de los representados, en
clara oposición al discurso de los
representantes, incluso de enemistad manifiesta,
se hace escuchar apelando al único
resquisio que puede abrirse en un estado
de derecho: el derecho ciudadano de peticionar
a las autoridades. Por esto el significante
que aparece en función de apelativo
en las marchas recientes es el de «ciudadanos»,
relegando los signos partidarios a un valor
menor en el que son valorados. He aquí
la paradoja, que es efecto de la impostura
de aquellos que han encarnado el discurso
de poder en las maltratadas democracias
latinoamericanas. Sectores sociales, segmentos
de la sociedad, se organizan, postulan y
fiscalizan al margen del aparato del Estado;
función que debiera estar bajo la
responsabilidad de las organizaciones políticas
establecidas, y que sin embargo, se ven
subvertidas en su impostura por un reclamo
social que, en última instancia,
descree de la organización política,
de sus funcionarios y representantes. Descree,
además, de las organizaciones políticas
y gremiales; pero sobre todo descree del
sentido mismo en que se cristaliza hoy la
administración pública.
Hay en la forma en que opera el reclamo
social frente a la inmovilidad legislativa
e inoperancia de la Justicia, es decir,
en la forma que obtiene esa manifestación,
al menos al parecer una contradicción
interna; la paradoja que se refleja en el
rechazo de la simbología política
e ideológica, al tiempo en que se
asume producir un acto que no puede considerarse
de otro modo sino como político.
Lo que se rechaza en última instancia
son los signos mismos del «hacer política».
«Ni de izquierda ni de derecha»,
es la expresión de un rechazo del
aparato burocrático del ejercicio
de la política que ha reinado en
nuestra sociedad, y este sólo hecho
debiera ser atendido por aquellos a quienes
les corresponda. Pero además contiene
un efecto de ideal: el de un sujeto que
no se reconoce identificado con ideología
alguna, que se desentiende del sentido de
sus actos en tanto inmerso siempre en un
discurso, pero que, sin embargo, profesa
su queja como un acto esencialmente político.
Este rechazo no es caprichoso ni es sin
consecuencias; está unido al resquebrajamiento
de las máscaras de los operadores
dominantes, es decir, a esos personajes
(incluso personeros) que, en la caida de
la mascarada develan sus rostros siniestros.
Que las capas medias de la sociedad sean
las que se aglutinen bajo un sentimiento
de hartazgo e indignación, y que
sea este segmento de la sociedad la que
levante la consigna de «ni izquierda
ni derecha» es de por sí significativo:
los sectores medios no se encuentran en
los extremos. Que no sea a ni izquierda
ni a derecha, deja el espacio del centro,
el punto medio, ese foco virtual que tiene
en el imaginario la virtud del equilibrio.
El padre abrumado, herido profundamente
por la muerte de un hijo, apela al sentido
común. Al simple y coherente sentido
común. Al más comprensible
de los sentidos; aquel que como un hilo
medio, equidistante, equilibrado, comprende
el punto nodal de la multiplicidad de los
sentidos. Para una sociedad que ha tenido
los voceros del olvido, que ha hecho reinar
la ignorancia de las consecuencias de la
repetición sintomática de
su fracaso, la voz de Blumberg resuena en
consonancia con una demanda general de denuncia
de un vacío perverso de las funciones
del Estado.

El Congreso según León
Ferrari
En un país con desequilibrios
fuertemente acentuados, con una distribución
de la riqueza obsena e injusta, con una
consecuente destrucción de los lazos
que debieran coecionarla, con males congénitos
que parecerían convertirse en crónicos,
las saludables manifestaciónes sociales,
fruto de un singular malestar de nuestra
civilización, no pueden no corresponderse
con una situación crítica
de la cual, algunos más otros menos,
perciben como extrema, amenazante, y de
dificil solución. Cabe entonces en
el punto en el que nos encontramos preguntarse
si los remedios peticionados para nuestros
males no serán los gérmenes
de males mayores. Ciertamente como Nación
hemos vislumbrado los bordes del abismo,
la cercanía del peor de los males,
el propio aniquilamiento. En tal caso es
prudente ser prudentes, no buscar el equilibrio
en el punto en el que el hilo es más
delgado; y no hacer de nuestra contingencia
un arte de trapecismo. Vale redordar, en
todo caso, que los sujetos son responsables
de las consecuencias de sus actos. Encarnaría
un salto significante que en la actualidad
estemos a la altura de poder reconocer nuestra
responsabilidad en las consecuencias de
nuestros actos, sin quitar la mira sobre
aquellos actos que devienen del pasado en
las quejas del presente.
(*) Psicoanalista y Escritor.
cbarbara@psi.uba.ar