|
|
|
Editorial
|
|
|
|
Editorial
Risas falsas
en una sociedad falsa
Los falsarios
y la risa
Por Conrado
Yasenza |
 |
|
De
qué nos reímos cuando
en el país imperan el frío,
el hambre y la desinformación
bien pagada (he escuchado a un ex-secretario
de Energía - entre otros pelafustanes-,
decir por ahí que como el pueblo
es solidario, si hay que ahorrar gas,
el pueblo se acostará vestido.
De qué se ríen nuestros
funcionarios y dirigentes sindicales
y empresariales, cuando lo que abunda
es el dolor y la angustia acumulados.
De qué ríen los ministros
mediáticos (más allá
de adustos gestos de comisario de
provincia) cuando ni siquiera está
clara la injusta relación Estado-Mercado.
Bueno, bueno. No
nos pongamos tan formales e intentemos
acercarnos a un tema que parece no
gozar de la seriedad que este tiempo
de carencias impone. Hablemos, entonces,
de LA RISA.
|
Puede uno comprender un fenómeno
como el de la risa, puede reconocérsela
en su manifestación acústica,
digamos sonora, ante algún hecho
o situación que nos genera cierta
sensación de alegría, comicidad
y, por qué no, frente a cualquier
acontecimiento no del todo feliz. Pero,
más allá de intentar el abordaje
comprensivo del fenómeno, la risa
cumple una función, tiene un sentido
y como tal excluye otras posibilidades de
uso o expresión, lo cual favorece
la idea de que uno ríe bien y mejor.
La función a la que me refiero es
la de producir la chispa lúcida que
nos moviliza y activa ante, por ejemplo,
un temor incontenible y paralizante; temor
que se manifiesta hoy bajo la forma del
desencanto productor de un frío homogéneo.
Ése es su espíritu de época.
Y, para aprovechar ciertas condiciones climáticas
o térmicas facciosamente elaboradas,
los generadores fácticos de tal estado
de ánimo, junto a sus obsecuentes
divulgadores, trabajan día a día,
grado a grado, para filtrarse de modo amistoso
entre nosotros, con la sola intención
de bloquear el sentido real de la risa.
Tergiversar su función es la meta,
y por añadidura, ensombrecer la percepción
de los hechos; opacar la realidad. ¿Cómo
lo hacen?. Bueno, podríamos decir
que utilizan un método cuyo eje es
la multiplicación de la risa hasta
transformarla en un eco aturdidor y constante.
Esta operación, con su correlato
reverberante, deviene del uso discrecional
de tan digna manifestación del espíritu
humano. Así, el acto de reír
se convierte en un vehículo de la
obviedad y, como consecuencia, su función
se anula, es decir, uno queda risueñamente
paralizado. ¡Vaya alegría la
de sonreírse todo el tiempo y por
cualquier cosa!. El riesgo es claro: se
puede caer en la más profunda de
las tristezas, en el más hondo compromiso
con el festejo de las hienas.
Vale decir que los efectos del uso indiscriminado
de la risa son ilustrables a través
de la figura del hiperquinético idiotizado,
ser éste de doble faz, de doble rostro.
Por un lado el hiperquinético nos
ofrece su perfil más carismático.
Por el otro, busca con firmeza captar nuestra
complicidad en su cruzada contra la risa.
Pero volvamos a la acción de reírse
para intentar definir su origen con mayor
precisión. La risa se diferencia
del llanto por oposición y negación,
y así, por lo general, se define.
Pero cuando todo es risa, incluido el llanto,
como lo pretende el hiperquinético
idiotizado, la risa se auto-anula, se transforma
en el modelo de felicidad del buen príncipe.
Y hacia allí vamos, señores,
porque todo va mejor si uno es acompañado
por taimadas caravanas y trenes de felicidades
y risas estudiadas hasta el más ínfimo
tic o guiño. Todo va mejor si los
sondeos y el marketing indican altos porcentajes
avalados por la risa cortesana. Es aquí
donde arribamos a una etapa fundamental,
en la que actúan con esmero y fervor
beligerantes, los productores y divulgadores
del actual frío homogéneo
(nuevas normas para viejos premios y castigos).
Entonces todo se publicita porque todo es
cartel, incluso la risa. Es así como
vamos construyéndonos un modo de
comportamiento publicitario. Y este es el
momento crucial: la risa se ha vuelto un
slogan. Han fotografiado un país
de maravillas y nos lo venden cotidianamente
(el infierno está encantador). No
importa que más allá de esta
ensoñación visual exista un
país maravillosamente poblado de
villas en emergencia eterna; un país
olvidado y saqueado; un país al que
le robaron la risa y le pusieron una sonrisa
de cotillón, y encima ajena. No,
nada de esto importa. Lo que sí es
de relevancia para esta época de
relajo óptico es sonreír,
aunque por lo bajo se oigan sones de carcajadas
ahogadas.
Pero no vaya usted a confundirse, amigo
mío. No vaya a utilizar la risa para
descubrir cómo nos es negada entre
sombras y prescripciones mediáticas.
No vaya usted a cometer el bestial pecado
de saber que la risa es una loca endemoniada
que nos recuerda el por qué de reírse;
que nos susurra al oído, con una
delicia filosa, que esta manga de atorrantes
disfrazados de estadistas, palafitos verdes
u oligarcones de feria, están así
de perversos porque hace rato que no pueden
reírse de nada.
No lo olvide, amigo mío. Que Frankestein
está vivo y anda de paseo por Argentina.
Por Conrado Yasenza.
|
|
|
|
|
|
|