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Libros
"La
noche más polar"
de Daniel
Tevini
Ediciones Deldragón
Por Amalia
Gieschen
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Un animal
demasiado solitario se come a sí
mismo
No se habla de esto, lo sé. Pero
quién podría escuchar, si
estoy sola. Sobre el escritorio, un mail
mudo. Del autor, de Él sólo
restan recuerdos vacuos, alguna reunión
social, un estrujarse cordial de las manos,
cierta mirada comedida. Demasiado doloroso.
Como entender que ya resulta quimérico
tender puentes, que el tiempo se desdobla
aguardando la muerte, que las víctimas
no son sólo los muertos. Me retracto.
Todas las víctimas son muertos. Mi
cuerpo –así, abandonado, está
muerto- lo respira a Él, pero no
se lo dice. Herederos del mundo achacado
en el que ciego y enfermera (los protagonistas
de La noche más polar, premiada novela
de Daniel Tevini) se sometieron, por azar
y elección, a la incapacidad de lo
presentido. Si Él supiera que este
escritor argentino mereció el galardón
francés Encuentro de dos mundos en
2002, que la creadora del título
de esta confusa referencia, Sara Gallardo,
y las criaturas de Tevini, se erigen como
antecedentes generacionales de una poética
distante, que enfermera es ciego y viceversa...
Ambos nimban la conciencia social; no obstante
el paciente permanece ciego en un mundo
ciego y al amor lo cultiva platónico,
no por idealizaciones-luz fuera de la caverna,
sino por la oscuridad anónima de
una noche inevitable. La idea se queda en
idea y en silencio, egoísta ella,
la realidad, parece, nunca será como
la idea. Una pena, no pudo el ciego pedir
para la realidad lo imposible. Sucede que
el crepúsculo movió sus engranajes
lunáticos y permitió oír
a esta lectora los gritos que el invidente
ignoró, aullidos de espíritus
que rogaban reconocimiento, que el sueño
destruyera su individualidad, apartara la
fuga de realidades aplanantes, dejara de
fantasear al querido omitiendo verlo de
verdad. Por supuesto, la rutina burocrática
del hospital donde el ciego está
internado todo lo colectiviza y lo apoca,
inclusive a la deseada e imaginada enfermera
(una noche la noche). Por eso hablo y no
hablo de Tevini, aunque no se entienda qué
tiene que ver esto con aquello ni por qué
Él y yo somos el ciego. Absurdo dimensionar
mediante estúpidas palabras a Él
y a tantos hombres estáticos y postergados,
con (sin) padres desaparecidos o callados
o acomodados. Nuestro afecto desemboca en
el trágico desenlace continuo que
durante la dictadura setentista victimó
al ciego, cuya noche nos está invadiendo
sin que hagamos nada para detenerla. Bueno,
chito catalán. Ahí llegó
otro mail. Recién ahora me nombra,
al menos me nombra. Debo responderle. Escribo.
Un saludo no, me anulo, anulo el Un saludo
porque desaprobó que me despida con
Un beso, porque quizá los puentes
no existirán jamás entre los
incapaces de amar. Ouch, insinué
el final.
Por Amalia Gieschen