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La
poesía en Julio Cortázar
A veinte
años de la muerte del autor
de "Rayuela"
Por Juan
José Hernández
"Theatre de l´Atelier"
de André Barsacq
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No hace mucho, en una librería
de viejos de Madrid, compré un ejemplar
del libro de poemas de Julio Cortázar
Pameos y Meopas,
publicado en Ocnos, la prestigiosa y ya
desaparecida colección española
de poesía contemporánea. La
edición es de 1971 y lleva un sugestivo
prólogo del autor que no figura en
Sólo el crepúsculo,
título mas bien anodino de su obra
poética completa.
La fecha en que aparecieron aquellos poemas
explica el tono contestatario del prólogo
donde el escritor expresa su adhesión
a la revuelta estudiantil del Mayo francés
del 68; su apoyo incondicional a la revolución
cubana y su confianza en la inminente quiebra
de los valores intelectuales de la burguesía
para dar nacimiento “a una nueva
forma de lo estético y lo lúdico,
fuera de los moldes tradicionales de los
géneros literarios”
En el mismo prólogo, Cortázar
atribuye al “cronopio” Gianni
Toti la indiscreción de haber revelado
su faceta casi ignorada de poeta cuando
en La Habana, durante una reunión
de intelectuales afirmó, de manera
contundente, que a él le gustaban
más sus poemas que su obra en prosa,
y que tenía pensado traducirlos al
italiano. “Como esto sucedía
en el primer territorio libre de América
- comenta Cortázar- consideré
que no podía negarle a Toti el derecho
a manifestar su opinión, aunque la
cara de algunos amigos allí presentes
tendían a dar una impresión
de pataleta.”
En otro momento del prólogo, a manera
de autocrítica, el escritor confiesa
haber perdido con los años el respeto
a priori por la poesía y
los poetas, herencia de un humanismo burgués
cuyo derrumbe sería irreversible.
“Los poetas –dice-
no son ya solamente ésos que
enumeran los profesionales de la crítica:
la poesía está cada vez más
en la calle, en ciertas formas de acción
renovadoras, en el hallazgo anónimo
sin pretensión de las canciones populares
y en los graffiti.”
Pese a sus predicciones, Cortázar
no reniega de la antigua preceptiva poética,
sobre todo en sus sonetos, que por su temática
culta y virtuosismo formal perpetúan
los valores estéticos de ese humanismo
burgués, destinado supuestamente
a desaparecer.
“Mis poemas - escribe hacia
el final del prólogo- no son
como esos hijos adulterinos que se reconoce
in articulo morti. Excesivamente
personales, herbario para los días
de lluvia, se me fueron quedando en los
bolsillos del tiempo sin que por eso los
olvidara o los creyera menos míos
que las novelas o los cuentos”.
Bien pudo Cortázar añadir
a sus pertenencias literarias la excelente
traducción de Memorias
de Adriano, publicada a mediados
de los años cincuenta. La famosa
novela de Marguerite Yourcenar debió
impresionarlo vivamente, a juzgar por el
soneto De Adriano a Antinoo, escrito en
primera persona, donde el emperador romano
evoca a su favorito.
La indeleble formación humanística
de Cortázar lo lleva también
a incursionar en el problema central de
toda metafísica: el tiempo. Y lo
hace a través de Anacreonte,
un límpido y apasionado soneto con
reminiscencias de Quevedo y de Banchs. Me
permito transcribirlo aquí, con la
intención de que algunas de sus estrofas
perduren en la memoria de los lectores.
Porque, como decía José Pedroni,
la gloria de un poeta no es más que
un verso recordado.
ANACREONTE (Julio
Cortázar)
Eternamente joven y distante
corazón mío, estrella desasida,
casi sin ti se va de mí la vida
con su gesto y su túnica danzante.
De pie en el albo templo,
coribante,
ebrio de soledad y despedida,
me alcanzas esta hiedra entretejida
con la sutil divisa del instante.
Vana corona, vana permanencia
en tanto amor que es ya el amor postrero
y el sabor de la sal bajo las rosas;
delante vas, figura de
tu ausencia,
oh corazón, halcón sin halconero,
y en el mañana y el ayer te posas.
Por Juan José Hernández