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Ajo
y limones - Zona literaria y mesceláneas
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El gaucho
en la tinta
José
Hernández y el Martín
Fierro
Por Marcelo
Luna
Gráfica: Juan
C. Castagnino
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| Figura arquetípica
del «ser nacional». Poesía
que se volvió folklore. Reseñas
de vida tomadas equivocadamente como
descripción etnográfica.
En el «Martín Fierro»
de José Hernández
(1834-1886) la época y
la épica se han fundido para
constituir el poema mayor de la literatura
argentina. En lo que sigue ofreceremos
un poco de luz al proceso que dio
origen a las escrituras y las lecturas
del célebre poema; en otras
palabras, de qué manera el
gaucho en la tinta fue cambiando el
tono del escritor. |
| «Martín
Fierro» entre la civilización
y la barbarie
A lo largo del siglo
XIX Argentina había desarrollado
las bases de un capitalismo primario-dependiente,
común a las demás comarcas
latinoamericanas. Dicha formación
económica contó con
los aires de regeneración social
e ideológica que la clase culta
porteña había adoptado
del credo liberal europeo, en especial
a partir del derrocamiento de Juan
Manuel de Rosas del poder en 1852.
El dilema que debía superar
la nueva formación política
era el siguiente:
«No hay amalgama
posible entre el pueblo salvaje y
uno civilizado. Donde éste
ponga el pie, deliberada o indeliberadamente
el otro tiene que abandonar el terreno
y la existencia, porque tarde o temprano
ha de desaparecer de la superficie
de la Tierra». (Domingo Faustino
Sarmiento, Artículos
críticos y literarios, 1842-1853
en Obras Completas, Ed. Luz del Día,
Buenos Aires, 1948, t. II) |
| Esta
premisa de quien fuera presidente
de la república entre 1868
y 1874, constituyó una verdadera
guía de acción del estado
argentino hacia el gaucho. Porque
la unidad dialéctica «civilización
y barbarie» que expusiera
Sarmiento en este período,
contraponía las medidas políticas
liberales de un estado capitalista
dependiente (como el fortalecimiento
de la autoridad estatal, la apertura
al mercado externo y a las inversiones
de capitales foráneos, la inmigración
europea, la secularización
religiosa, entre otras), al caudillismo
rural, la inorganicidad política,
el fetichismo religioso y las formas
de vida precapitalistas que se desenvolvían
en grandes regiones del país,
como la selva chaqueña y la
Patagonia, consideradas «desierto»
por aquel planteo antinómico.
Fue así que bajo los sofismas
de la civilización y el progreso,
la barbarie debía desaparecer.
Primero por las buenas, buscando ganar
la confianza de aquellos jefes rurales
que aceptasen el nuevo orden y pudieran
contener a las masas. Cuando el caudillo
vencedor de Rosas, Justo José
de Urquiza, fue asesinado en 1870
por su acercamiento a este proyecto
político, el estado apeló
a las malas: se practicó el
exterminio de los indios y los gauchos,
calificados como bárbaros.
Sarmiento era entonces presidente
del país. Y José
Hernández, un diputado
opositor que en 1872 publicaba el
folletín «El Gaucho Martín
Fierro». |
| El
bárbaro de José Hernández
«Allá en Camarones
y en la Laguna de los Padres se hizo
gaucho, aprendió a jinetear,
tomó parte en varios entreveros
rechazando malones de indios pampas,
asistió a las volteadas y presenció
aquellos grandes trabajos que su padre
ejecutaba y de que hoy no se tiene
idea. Ésta es la base de sus
profundos conocimientos de la vida
gaucha y su amor al paisano, que despliega
en todos sus actos.»
(Citado en Germán
Berdiales, José Hernández,
el creador del "Martín Fierro",
Editorial Acme, Buenos Aires, 1962) |
 |
| Así
retrató su hermano Carlos el
apego de José Hernández
a los quehaceres y la idiosincrasia
de los gauchos, sumada a su condición
de estanciero de la región
ganadera del Litoral, zona competidora
de Buenos Aires. Había tenido
también inquietudes políticas
por esta índole, militando
en las filas del federalismo, y fundando
el diario Río de la Plata
en 1869. Desde esa tribuna periodística
alzó un proyecto de protección
al gaucho mediante la abolición
del contingente de fronteras, donde
también se promovía
la autonomía de las localidades
con la elección popular de
los jueces de paz, los comandantes
militares, los consejos escolares
y los sacerdotes.
«¿Qué se consigue
con el actual sistema de los contingentes?
Empieza por introducir una perturbación
profunda en el hogar del habitante
de campaña, arrebatado a sus
labores [...] ¿Qué tributo
espantoso es ése que se obliga
a pagar al habitante del desierto?
¿Qué privilegio monstruoso
es ése que así se quiere
acordar a las capitales? Parece que
la leyes protectoras no se hubieran
hecho para el territorio, sino para
la ciudad. [...] ¿Cómo se pretende
que la campaña únicamente
atienda al servicio de las fronteras?
¿Por qué no se hace extensivo
ese servicio a los hijos de la ciudad?»
(José Hernández,
Río de la Plata, Agosto
19 y Octubre 3 de 1869)
|
| A
través de estos planteos, José
Hernández apuntaba al conflicto
de fondo que el poder central tenía
en aquel tiempo con la población
de la campaña, tanto los estancieros
como los gauchos. En efecto, el estado
requería a éstos últimos
para la protección de las fronteras,
y poder consolidar así su autoridad
en el medio rural. De esta suerte,
la campaña se despoblaba y
las estancias no contaban con la suficiente
mano de obra. Gauchos y estancieros
resistían, entonces, aquella
pretensión de la civilización.
Y no era lo único: tampoco
aceptaron la guerra contra el Paraguay,
que derrochó sangre gaucha
entre 1865 y 1870. Ni toleraban al
caudillo de Entre Ríos Justo
José de Urquiza, porque había
ordenado la retirada en los campos
de Pavón antes de finalizar
aquella batalla decisiva contra la
civilizada Buenos Aires. Y
el encono contra Urquiza fue aún
mayor tras el tupé de invitar
al presidente Sarmiento al Palacio
San José, en Marzo de 1870.
Al mes siguiente Urquiza fue asesinado.
Ricardo López Jordán
era el caudillo rebelde, a cuyo ejército
se incorporó José
Hernández. |
|
«Como el que más,
me siento interesado en el triunfo
de esa revolución, -escribe
Hernández al caudillo López
Jordán- y le he consagrado
toda mi atención y mi anhelo
[...] En la lucha que usted se halla
comprometido no hay sino una sola
salida, un sólo término,
una disyuntiva forzosa: o la derrota,
o un cambio general de situación
en la República. [...] Urquiza
era el Gobernador Tirano de Entre
Ríos, pero era más que
todo el Jefe Traidor del Gran Partido
Federal, y su muerte, mil veces merecida,
es una justicia tremenda y ejemplar
del partido otras tantas veces sacrificado
y vendido por él.» (Carta de
José Hernández,
Octubre 7 de 1870 - Archivo de López
Jordán) |
| José
Hernández fue perfilándose
como un opositor al proyecto liberal
que promovía la élite
de Buenos Aires. Durante esos años
de federal-jordanismo debió
estar varias veces fuera del país,
hasta que aquel caudillo fue vencido
finalmente por las tropas porteñas,
en parte gracias a los fusiles Remington
que se estrenaban militarmente en
el país. El Río de
la Plata, el diario que fundara
y dirigiera, fue clausurado por orden
de Sarmiento en 1872. Pero no se dio
por vencido: tenía en ese entonces
treinta y siete años, y se
alojaba en una pieza de hotel cuyo
balcón daba a la Plaza de Mayo,
a las narices mismas del poder. Desde
ahí, José Hernández
se sentó y acomodó sus
papeles como si fueran un espejo,
y escribió en letra bárbara: |
|
Y
atiendan la relación
que hace un gaucho
perseguido
que padre y marido
ha sido
empeñoso
y diligente,
y sin embargo la
gente
lo tiene por un
bandido. |
 |
| "El
Gaucho Martín Fierro": el pasado
armonioso
«El Gaucho Martín
Fierro» fue lanzado en 1872, y
dos años y medio después
agotaba su séptima edición
ininterrumpida. A lo largo de 2316
versos, la tragedia de la condición
gaucha se expuso en forma cruda y
con un sesgo de vindicación.
"Males que conocen todos pero que
naides contó" , al
decir del personaje. Veamos qué
recreación de la vida rural
aparece en este poema. En primer lugar,
la vida del personaje Martín
Fierro es el relato nostalgioso
sobre un pasado armonioso y un presente
caótico e injusto.
Tuve en mi pago
en un tiempo
hijos, hacienda
y mujer,
pero empecé
a padecer,
me echaron a la
frontera
!y qué iba
a hallar al volver!
tan sólo
hallé la tapera.
El mundo perdido
del gaucho provenía de la desposesión,
no de la tierra sino del rancho y
de la hacienda. En efecto, Fierro
era la cabeza de una familia de pastores,
que disponía de ganados como
medios de producción. Porque
la seguridad del gaucho residía
en la autonomía económica;
y esa autonomía la otorgaba
la familia campesina. |
| El
gaucho más infeliz
tenía tropilla
de un pelo;
no le faltaba un
consuelo
y andaba la gente
lista...
Tendiendo al campo
la vista,
no vía sino
hacienda y cielo. |
Yo
he conocido en esta tierra
en que el paisano
vivía
y su ranchito tenía
y sus hijos y mujer...
Era una delicia
el ver
cómo pasaba
sus días. |
| En
ese pasado armonioso, el gaucho podía
entrar y salir del mercado laboral
al conchabarse temporalmente
como asalariado en las estancias.
En ésta se realizaba el agasajo,
típica costumbre rural compartida
entre el patrón y los empleados,
(en el poema se menciona una junción,
que significa reunión alegre
o fiesta), lo que señalaba
también el nivel de autonomía
de los peones. |
| Aquello
no era trabajo,
mas bien era una
junción,
y después
de un güen tirón
en que uno se daba
maña,
pa darle un trago
de caña
solía llamarlo
el patrón. |
| "Una
pena estrordinaria ..."
El crudo presente hacía transformar
aquella realidad nostalgiosa en la
"pena estrordinaria" que hace
conocer el personaje. Fierro
es incorporado al servicio de fronteras
a partir de una leva, y desde ahí
la condición gaucha se convertía
en una tragedia. |
| Él
anda siempre juyendo
siempre pobre y
perseguido;
no tiene cueva
ni nido,
como si juera maldito;
porque el ser gaucho
..., ¡barajo!
el ser gaucho es
un delito.
|
Él
nada gana en la paz
y es el primero
en la guerra;
no le perdonan
si yerra,
que no saben perdonar,
porque el gaucho
en esta tierra
sólo sirve
pa votar. |
|
 Gaucho
argentino
Fresco del pintor marplatense Italo
Grassi.
(San Juan al 2500, Mar del Plata)
|
 |
Para
él son los calabozos,
para él
las duras prisiones;
en su boca no hay
razones
aunque la razón
le sobre;
que son campanas
de palo
las razones de
los pobres.
|
| Si
uno aguanta, es gaucho bruto;
si no aguanta,
es gaucho malo.
¡Déle azote,
déle palo,
porque es lo que
él necesita!
De todo el que
nació gaucho
esta es la suerte
maldita. |
| Los
criterios de la civilización
y el progreso habían hecho
del gaucho una figura delictiva: sus
costumbres, sus reclamos y su idiosincrasia
no encuadraban en el nuevo sistema.
La prisión, el servicio de
armas y el voto constituían
los espacios que el estado le había
reservado. El ser laborioso que anidaba
en la naturaleza del gaucho se basaba
en su autonomía, cuya supresión
ejecutaba el estado bajo el criterio
de ser "mal entretenido". Así,
las relaciones con la autoridad eran
percibidas como una fuerza extraña
y externa al mundo rural, que rompía
la armonía anterior. En otras
palabras, un poder inmoral para la
población de la campaña.
El gaucho no odiaba trabajar, sino
que detestaba hacerlo para otro; en
este caso, el estado. En la frontera
Fierro percibía el otro
lado de servir al gobierno. |
| ¡Y
qué indios, ni qué servicio,
si allí
no había ni cuartel!
Nos mandaba el
Coronel
a trabajar en sus
chacras,
y dejábamos
las vacas
que se las llevara
el Infiel. |
Yo
primero sembré trigo
y después
hice un corral,
corté adobe
pa un tapial,
hice un quincho,
corté paja ...
¡La pucha que se
trabaja
sin que le larguen
un rial! |
| Y
es lo pior de aquel enriedo
que si uno anda
hinchando el lomo
ya se le apean
como plomo ...
¡Quién aguanta
aquel infierno!
Si eso es servir
al Gobierno,
a mí no
me gusta el cómo. |
| Aparte
de esta situación, en "El
Gaucho Martín Fierro" se
hacía mención también
de ese otro marginado de las pampas,
el indio. En efecto,
Fierro decide huir con su amigo
Cruz a las tierras de los indios antes
de continuar huyendo de la ley. Según
el personaje, la perspectiva de lo
que podía venir sería
mejor a la padecida hasta ese entonces.
En general, la vida en las tolderías
indígenas aparece en el poema
como un mundo opuesto al vivido por
el personaje. |
| Allá
habrá siguridá
ya que aquí
no la tenemos,
menos males pasaremos
y ha de haber grande
alegría
el día que
nos descolguemos
en alguna toldería. |
Allá
no hay que trabajar,
vive uno como un
señor;
de cuando en cuando
un malón,
y si de él
sale con vida
lo pasa echao panza
arriba
miando dar güelta
el sol. |
Hace
trotiadas tremendas
dende el fondo
del desierto;
ansí llega
medio muerto
de hambre, de sé
y de fatiga;
pero el indio es
una hormiga
que día
y noche está dispierto. |
| Esta
percepción idealizada de la
vida de los indios se acompañaba
de los respetos que merecían
sus conocimientos campestres. |
| Sabe
manejar las bolas
como naides las
maneja;
cuanto el contrario
se aleja
manda una bola
perdida
y si lo alcanza,
sin vida
es siguro que lo
deja. |
|
Una situación
muy distinta fue registrada por nuestro
personaje en relación a los
inmigrantes; a la sazón,
la población que los exégetas
de la civilización y el progreso
anunciaban, por entonces, como la
regenerativa para el país. |
Yo no sé
por qué el gobierno
nos manda aquí
a la frontera
gringada que ni
siquiera
se sabe atracar
a un pingo.
¡Si crerá
al mandar un gringo
que nos manda alguna
fiera! |
No hacen mas que
dar trabajo
pues no saben ni
ensillar;
no sirven ni pa
carniar,
y yo he visto muchas
veces
que ni voltiadas
las reses
se le querían
arrimar. |
| La
élite culta de Buenos
Aires desconocíó el
folletín de José
Hernández, pese a su rápida
y amplia difusión local, hasta
que debió hacer gala (o mostró
la hilacha, según se vea) de
su colonialismo intelectual, a partir
del reconocimiento que en Europa y
Estados Unidos había alcanzado
"El Gaucho Martín Fierro".
Sin embargo, este manifiesto bárbaro
por la dignidad y la resistencia de
la vida gaucha, años después
adquiriría otro tono de la
pluma del mismo escritor. O debiéramos
decir que el escritor no era el mismo,
sino que fue cambiando, y junto a
él su personaje. |
| El
bárbaro de José Hernández
se civiliza
Yo juré
tener enmienda
y lo conseguí
deveras;
puedo decir ande
quiera
que si faltas he
tenido
de todas me he
corregido
dende que supe
quién era. |
| Había
una identidad renovada del personaje
en "La Vuelta de Martín
Fierro", poema escrito en 1879,
en consonancia con la del escritor.
En efecto, aquel agitador federal-jordanista
encontraba un lugar en la Argentina
oligárquica (una banca de senador
nacional por Entre Ríos), cuyo
régimen se consolidó
a partir de 1880. Y aquel personaje
cuyas coplas clamaban justicia al
honor gaucho, hallaba también
la voz conciliadora, necesaria para
entender, en esta segunda parte, que
"si canto de este modo por encontrarlo
oportuno, no es para mal de ninguno
sino para bien de todos."
Desde luego, en "La Vuelta de
Martín Fierro" el personaje
hacía una transferencia de
su mensaje: ahora el consejo prudente
que otorgaba la experiencia era lo
que reemplazaba al espíritu
de denuncia de antaño. Un rasgo
premonitorio a la nueva etapa signada
bajo el lema de "Paz y Administración"
del presidente Julio Argentino Roca. |
| Hay
hombres que de su cencia
tienen la cabeza
llena;
hay sabios de todas
menas,
mas digo, sin ser
muy ducho:
es mejor que aprender
mucho
el aprender cosas
buenas. |
Debe
trabajar el hombre
para ganarse su
pan;
pues la miseria,
en su afán
de perseguir de
mil modos,
llama en la puerta
de todos
y entra en la del
haragán. |
El
que obedeciendo vive
nunca tiene suerte
blanda;
mas con su soberbia
agranda
el rigor en que
padece:
obedezca el que
obedece
y será güeno
el que manda. |
| En
los consejos que imparte Fierro
a sus hijos aparecían, entonces,
algunas líneas centrales de
la nueva era, o "el aprender cosas
buenas": no tolerar al individuo
improductivo, fomentando de esa manera
la proletarización rural, y
la subordinación al orden establecido.
Es decir, que al "pasado armonioso"
de la autonomía campesina,
Fierro pareciera resignarse
en la dependencia económica
con protección. También
era clara esta dirección en
los consejos del Viejo Vizcacha
a uno de los hijos de Martín
Fierro, cuando impulsaba el sostenimiento
de la propiedad privada y el ahorro. |
| A
naides tengás envidia;
es muy triste el
envidiar;
cuando veas a otro
ganar
a estorbarlo no
te metas:
cada lechón
en su teta
es el modo de mamar. |
Los
que no saben guardar
son pobres aunque
trabajen;
nunca, por mas
que se atajen
se librarán
del cimbrón:
al que nace barrigón
es al ñudo
que lo fajen. |
| Como
colofón de este nuevo gaucho
en la tinta de José Hernández,
el porvenir sin remordimientos del
pasado debía guiar el buen
juicio a las futuras generaciones,
en aras de una reconciliación
nacional.
Es la memoria un
gran don,
calidá
muy meritoria;
y aquellos que
en esta historia
sospechen que
les doy palo,
sepan que olvidar
lo malo
también
es tener memoria. |
| Coplas
al exterminio
1879 fue también
el año de la llamada "Conquista
del Desierto", comandada por el general
Julio Argentino Roca. Dicha campaña
de exterminio de los grupos aborígenes
de la Patagonia permitió la
integración de ese territorio
al control del estado nacional. En
"La Vuelta de Martín Fierro"
se incurre en un cambio en torno al
tratamiento de los indios: si en la
primera parte del poema las tolderías
constituían un mundo opuesto,
en "La Vuelta ..." pasaron
a demonizarse cada uno de los elementos
que componían ese orden. |
| Odia
de muerte al cristiano,
hace guerra sin
cuartel;
para matar es sin
yel,
es fiero de condición;
no gólpea
la compasión
en el pecho del
infiel. |
Es
tenaz en su barbarie,
no esperen verlo
cambiar;
el deseo de mejorar
en su rudeza no
cabe:
el bárbaro
sólo sabe
emborracharse y
peliar. |
| El
indio nunca se ríe,
y el pretenderlo
es en vano,
ni cuando festeja
ufano
el triunfo en sus
correrías;
la risa en sus
alegrías
le pertenece al
cristiano. |
Todo
el peso del trabajo
lo dejan a las
mujeres:
el indio es indio
y no quiere
apiar de su condición;
ha nacido indio
ladrón
y como indio ladrón
muere. |
| Brutalidad,
barbarie, odio y delito. Tales los
caracteres asignados a los indios
en "La Vuelta ...". Estas coplas
al exterminio componen los primeros
versos, durante la permanencia de
Fierro y Cruz en las tolderías.
La muerte de éste último
indujo al amigo a regresar "en donde
crece el ombú". Así,
tras diez años de andar penando
historias ("si en mi cuenta no
yerro: tres años en la frontera,
dos como gaucho matrero, y cinco allá
entre los indios hacen los diez que
yo cuento"), y muerta su mujer,
halla sin embargo a dos de sus hijos
trabajando como peones - "cuidando
unos parejeros"-, quienes tienen
sendos momentos en el poema para contar
sus historias. Otros dos personajes
se agregan después: Picardía
(el hijo de Cruz) y "un moreno
presumido de cantor". Con éste
Fierro mantiene el contrapunto
memorable con los cantos del Cielo,
la Tierra, el Mar, la Noche, el Amor,
la Ley, la cantidad, la medida, el
peso y las cosas de la estancia. Cuando
el moreno busca cobrarse una venganza
(Fierro había asesinado
al hermano mayor de aquel), el gaucho
de "La Vuelta ... " responde:
"yo ya no busco peleas, las contiendas
no me gustan". Nuestro personaje
-y valga la redundancia- "estaba de
vuelta".
|
El
gaucho en la tinta de Hernández
Hemos hecho un recorte,
una visión en detalle, de las
motivaciones de forma y de fondo de
José Hernández
en el «Martín Fierro»,
que de ninguna manera pretenden agotar
el tema. Como fuente literaria el
«Martín Fierro» puede
ser releído en clave social,
a partir de que toda obra escrita
registra una historicidad específica.
Y resulta al menos paradójica
la consagración hecha a este
poema: el gaucho segregado socialmente
por el estado que, a su vez, lo consagra
en el «Martín Fierro»
como mito y figura del "ser nacional".
Por eso es necesario registrar las
intencionalidades, las recreaciones
verosímiles y los saberes populares
de este poema, puesto que el fenómeno
ha sido que, a lo largo del tiempo,
fue haciéndose folklore. Muchos
de sus versos han integrado el saber
popular, ignorando su autoría.
Sí: el «Martín Fierro»
trascendió a José
Hernández. En este poema
se pudo cumplir lo que acaso configure
el deseo de cualquier escritor: que
su mejor obra perdure en el saber
popular. |
| Bibliografía
José Hernández,
Martín Fierro, Editorial
Acme, Buenos Aires, 1962.
Germnán
Berdiales, José Hernández,
el creador de "Martín Fierro"
en José Hernández, op.
cit.
A.J. Pérez
Amuchástegui, Crónica
histórica argentina, Editorial
Codex, Buenos Aires, 1968, t IV.
Celina Lacay,
Sarmiento y la formación
de la ideología de la clase
dominante, Editorial Contrapunto,
1986.
Milcíades
Peña, De Mitre a Roca.
Consolidación de la oligarquía
anglo-criolla, Ediciones Fichas,
1975. |
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