Año III - número 13 - Mayo 2004 - Buenos Aires Argentina
-

Editorial

Los falsarios y la risa
Por Conrado Yasenza

Entrevistas

Gullermo Saccomanno
Por Amalia Gieschen

El Damero

De un escenario político sin política
Por Claudio Barbará
Empobrecimiento lícito
Por Alfredo Grande
Séneca y el infortunio del hombre sin poder
Por Marcelo Manuel Benítez
Fabricantes de Dios
Por Mery Castillo-Amigo
Las mujeres de Buenos Aires
Por Mirta Vázquez

Ajo y Limones
Zona literaria y miscelánea

La poesía en Julio Cortázar
Por Juan José Hernández
El Gaucho en la Tinta Segunda entrega
Por Marcelo Luna
Escuelita de destrucción de ideas
Por Rubén Fernández Lisso
Detrás de la pantalla, Hombres y mujeres del dobleje en acción
Por Carola Chaparro
Un cuento perfecto: "Esse est percipi" - Una de las crónicas de Bustos Domeq
Por Daniel Bruné
El Porteño
Por Variya

Poesía y Cuentos

El ventilador
Poema inédito
Juan José Hernández
Poemas de Rubén Fernández Lisso
Poemas de Conrado Yasenza
Cuento:
"La antesala del fin"
Por Diego Quinteros

El ojo plástico

Antonio Santos

Batea

Libros:
"Sea su propio jefe"
Autor:
Por Carola Chaparro
Libros:
"La noche más polar"
Autor:
Por Amalia Gieschen

Galerías


María Cristina Fresca:

María Cristina Fresca


Jorge Manuel Varela:

Jorge Manuel Varela


Marcelo Manuel Benítez:

Galería Marcelo Manuel Benítez


Kenti

Kenti


       Ajo y limones - Zona literaria y mesceláneas

El gaucho en la tinta

José Hernández y el Martín Fierro

Por Marcelo Luna

 

Gráfica: Juan C. Castagnino

Figura arquetípica del «ser nacional». Poesía que se volvió folklore. Reseñas de vida tomadas equivocadamente como descripción etnográfica. En el «Martín Fierro» de José Hernández (1834-1886) la época y la épica se han fundido para constituir el poema mayor de la literatura argentina. En lo que sigue ofreceremos un poco de luz al proceso que dio origen a las escrituras y las lecturas del célebre poema; en otras palabras, de qué manera el gaucho en la tinta fue cambiando el tono del escritor.


«Martín Fierro» entre la civilización y la barbarie

A lo largo del siglo XIX Argentina había desarrollado las bases de un capitalismo primario-dependiente, común a las demás comarcas latinoamericanas. Dicha formación económica contó con los aires de regeneración social e ideológica que la clase culta porteña había adoptado del credo liberal europeo, en especial a partir del derrocamiento de Juan Manuel de Rosas del poder en 1852. El dilema que debía superar la nueva formación política era el siguiente:

«No hay amalgama posible entre el pueblo salvaje y uno civilizado. Donde éste ponga el pie, deliberada o indeliberadamente el otro tiene que abandonar el terreno y la existencia, porque tarde o temprano ha de desaparecer de la superficie de la Tierra». (Domingo Faustino Sarmiento, Artículos críticos y literarios, 1842-1853 en Obras Completas, Ed. Luz del Día, Buenos Aires, 1948, t. II)

Esta premisa de quien fuera presidente de la república entre 1868 y 1874, constituyó una verdadera guía de acción del estado argentino hacia el gaucho. Porque la unidad dialéctica «civilización y barbarie» que expusiera Sarmiento en este período, contraponía las medidas políticas liberales de un estado capitalista dependiente (como el fortalecimiento de la autoridad estatal, la apertura al mercado externo y a las inversiones de capitales foráneos, la inmigración europea, la secularización religiosa, entre otras), al caudillismo rural, la inorganicidad política, el fetichismo religioso y las formas de vida precapitalistas que se desenvolvían en grandes regiones del país, como la selva chaqueña y la Patagonia, consideradas «desierto» por aquel planteo antinómico. Fue así que bajo los sofismas de la civilización y el progreso, la barbarie debía desaparecer. Primero por las buenas, buscando ganar la confianza de aquellos jefes rurales que aceptasen el nuevo orden y pudieran contener a las masas. Cuando el caudillo vencedor de Rosas, Justo José de Urquiza, fue asesinado en 1870 por su acercamiento a este proyecto político, el estado apeló a las malas: se practicó el exterminio de los indios y los gauchos, calificados como bárbaros. Sarmiento era entonces presidente del país. Y José Hernández, un diputado opositor que en 1872 publicaba el folletín «El Gaucho Martín Fierro».


El bárbaro de José Hernández

«Allá en Camarones y en la Laguna de los Padres se hizo gaucho, aprendió a jinetear, tomó parte en varios entreveros rechazando malones de indios pampas, asistió a las volteadas y presenció aquellos grandes trabajos que su padre ejecutaba y de que hoy no se tiene idea. Ésta es la base de sus profundos conocimientos de la vida gaucha y su amor al paisano, que despliega en todos sus actos.»

(Citado en Germán Berdiales, José Hernández, el creador del "Martín Fierro", Editorial Acme, Buenos Aires, 1962)


Así retrató su hermano Carlos el apego de José Hernández a los quehaceres y la idiosincrasia de los gauchos, sumada a su condición de estanciero de la región ganadera del Litoral, zona competidora de Buenos Aires. Había tenido también inquietudes políticas por esta índole, militando en las filas del federalismo, y fundando el diario Río de la Plata en 1869. Desde esa tribuna periodística alzó un proyecto de protección al gaucho mediante la abolición del contingente de fronteras, donde también se promovía la autonomía de las localidades con la elección popular de los jueces de paz, los comandantes militares, los consejos escolares y los sacerdotes.

«¿Qué se consigue con el actual sistema de los contingentes? Empieza por introducir una perturbación profunda en el hogar del habitante de campaña, arrebatado a sus labores [...] ¿Qué tributo espantoso es ése que se obliga a pagar al habitante del desierto? ¿Qué privilegio monstruoso es ése que así se quiere acordar a las capitales? Parece que la leyes protectoras no se hubieran hecho para el territorio, sino para la ciudad. [...] ¿Cómo se pretende que la campaña únicamente atienda al servicio de las fronteras? ¿Por qué no se hace extensivo ese servicio a los hijos de la ciudad?» (José Hernández, Río de la Plata, Agosto 19 y Octubre 3 de 1869)

A través de estos planteos, José Hernández apuntaba al conflicto de fondo que el poder central tenía en aquel tiempo con la población de la campaña, tanto los estancieros como los gauchos. En efecto, el estado requería a éstos últimos para la protección de las fronteras, y poder consolidar así su autoridad en el medio rural. De esta suerte, la campaña se despoblaba y las estancias no contaban con la suficiente mano de obra. Gauchos y estancieros resistían, entonces, aquella pretensión de la civilización. Y no era lo único: tampoco aceptaron la guerra contra el Paraguay, que derrochó sangre gaucha entre 1865 y 1870. Ni toleraban al caudillo de Entre Ríos Justo José de Urquiza, porque había ordenado la retirada en los campos de Pavón antes de finalizar aquella batalla decisiva contra la civilizada Buenos Aires. Y el encono contra Urquiza fue aún mayor tras el tupé de invitar al presidente Sarmiento al Palacio San José, en Marzo de 1870. Al mes siguiente Urquiza fue asesinado. Ricardo López Jordán era el caudillo rebelde, a cuyo ejército se incorporó José Hernández.


«Como el que más, me siento interesado en el triunfo de esa revolución, -escribe Hernández al caudillo López Jordán- y le he consagrado toda mi atención y mi anhelo [...] En la lucha que usted se halla comprometido no hay sino una sola salida, un sólo término, una disyuntiva forzosa: o la derrota, o un cambio general de situación en la República. [...] Urquiza era el Gobernador Tirano de Entre Ríos, pero era más que todo el Jefe Traidor del Gran Partido Federal, y su muerte, mil veces merecida, es una justicia tremenda y ejemplar del partido otras tantas veces sacrificado y vendido por él.» (Carta de José Hernández, Octubre 7 de 1870 - Archivo de López Jordán)

José Hernández fue perfilándose como un opositor al proyecto liberal que promovía la élite de Buenos Aires. Durante esos años de federal-jordanismo debió estar varias veces fuera del país, hasta que aquel caudillo fue vencido finalmente por las tropas porteñas, en parte gracias a los fusiles Remington que se estrenaban militarmente en el país. El Río de la Plata, el diario que fundara y dirigiera, fue clausurado por orden de Sarmiento en 1872. Pero no se dio por vencido: tenía en ese entonces treinta y siete años, y se alojaba en una pieza de hotel cuyo balcón daba a la Plaza de Mayo, a las narices mismas del poder. Desde ahí, José Hernández se sentó y acomodó sus papeles como si fueran un espejo, y escribió en letra bárbara:

Y atiendan la relación

que hace un gaucho perseguido

que padre y marido ha sido

empeñoso y diligente,

y sin embargo la gente

lo tiene por un bandido.


"El Gaucho Martín Fierro": el pasado armonioso

«El Gaucho Martín Fierro» fue lanzado en 1872, y dos años y medio después agotaba su séptima edición ininterrumpida. A lo largo de 2316 versos, la tragedia de la condición gaucha se expuso en forma cruda y con un sesgo de vindicación. "Males que conocen todos pero que naides contó" , al decir del personaje. Veamos qué recreación de la vida rural aparece en este poema. En primer lugar, la vida del personaje Martín Fierro es el relato nostalgioso sobre un pasado armonioso y un presente caótico e injusto.

Tuve en mi pago en un tiempo

hijos, hacienda y mujer,

pero empecé a padecer,

me echaron a la frontera

!y qué iba a hallar al volver!

tan sólo hallé la tapera.

El mundo perdido del gaucho provenía de la desposesión, no de la tierra sino del rancho y de la hacienda. En efecto, Fierro era la cabeza de una familia de pastores, que disponía de ganados como medios de producción. Porque la seguridad del gaucho residía en la autonomía económica; y esa autonomía la otorgaba la familia campesina.


El gaucho más infeliz

tenía tropilla de un pelo;

no le faltaba un consuelo

y andaba la gente lista...

Tendiendo al campo la vista,

no vía sino hacienda y cielo.

Yo he conocido en esta tierra

en que el paisano vivía

y su ranchito tenía

y sus hijos y mujer...

Era una delicia el ver

cómo pasaba sus días.

En ese pasado armonioso, el gaucho podía entrar y salir del mercado laboral al conchabarse temporalmente como asalariado en las estancias. En ésta se realizaba el agasajo, típica costumbre rural compartida entre el patrón y los empleados, (en el poema se menciona una junción, que significa reunión alegre o fiesta), lo que señalaba también el nivel de autonomía de los peones.

Aquello no era trabajo,

mas bien era una junción,

y después de un güen tirón

en que uno se daba maña,

pa darle un trago de caña

solía llamarlo el patrón.


"Una pena estrordinaria ..."

El crudo presente hacía transformar aquella realidad nostalgiosa en la "pena estrordinaria" que hace conocer el personaje. Fierro es incorporado al servicio de fronteras a partir de una leva, y desde ahí la condición gaucha se convertía en una tragedia.

Él anda siempre juyendo

siempre pobre y perseguido;

no tiene cueva ni nido,

como si juera maldito;

porque el ser gaucho ..., ¡barajo!

el ser gaucho es un delito.

Él nada gana en la paz

y es el primero en la guerra;

no le perdonan si yerra,

que no saben perdonar,

porque el gaucho en esta tierra

sólo sirve pa votar.


Gaucho argentino
Fresco del pintor marplatense Italo Grassi.
(San Juan al 2500, Mar del Plata)


Para él son los calabozos,

para él las duras prisiones;

en su boca no hay razones

aunque la razón le sobre;

que son campanas de palo

las razones de los pobres.

Si uno aguanta, es gaucho bruto;

si no aguanta, es gaucho malo.

¡Déle azote, déle palo,

porque es lo que él necesita!

De todo el que nació gaucho

esta es la suerte maldita.


Los criterios de la civilización y el progreso habían hecho del gaucho una figura delictiva: sus costumbres, sus reclamos y su idiosincrasia no encuadraban en el nuevo sistema. La prisión, el servicio de armas y el voto constituían los espacios que el estado le había reservado. El ser laborioso que anidaba en la naturaleza del gaucho se basaba en su autonomía, cuya supresión ejecutaba el estado bajo el criterio de ser "mal entretenido". Así, las relaciones con la autoridad eran percibidas como una fuerza extraña y externa al mundo rural, que rompía la armonía anterior. En otras palabras, un poder inmoral para la población de la campaña. El gaucho no odiaba trabajar, sino que detestaba hacerlo para otro; en este caso, el estado. En la frontera Fierro percibía el otro lado de servir al gobierno.

¡Y qué indios, ni qué servicio,

si allí no había ni cuartel!

Nos mandaba el Coronel

a trabajar en sus chacras,

y dejábamos las vacas

que se las llevara el Infiel.

Yo primero sembré trigo

y después hice un corral,

corté adobe pa un tapial,

hice un quincho, corté paja ...

¡La pucha que se trabaja

sin que le larguen un rial!

Y es lo pior de aquel enriedo

que si uno anda hinchando el lomo

ya se le apean como plomo ...

¡Quién aguanta aquel infierno!

Si eso es servir al Gobierno,

a mí no me gusta el cómo.


Aparte de esta situación, en "El Gaucho Martín Fierro" se hacía mención también de ese otro marginado de las pampas, el indio. En efecto, Fierro decide huir con su amigo Cruz a las tierras de los indios antes de continuar huyendo de la ley. Según el personaje, la perspectiva de lo que podía venir sería mejor a la padecida hasta ese entonces. En general, la vida en las tolderías indígenas aparece en el poema como un mundo opuesto al vivido por el personaje.


Allá habrá siguridá

ya que aquí no la tenemos,

menos males pasaremos

y ha de haber grande alegría

el día que nos descolguemos

en alguna toldería.

Allá no hay que trabajar,

vive uno como un señor;

de cuando en cuando un malón,

y si de él sale con vida

lo pasa echao panza arriba

miando dar güelta el sol.

Hace trotiadas tremendas

dende el fondo del desierto;

ansí llega medio muerto

de hambre, de sé y de fatiga;

pero el indio es una hormiga

que día y noche está dispierto.

Esta percepción idealizada de la vida de los indios se acompañaba de los respetos que merecían sus conocimientos campestres.

Sabe manejar las bolas

como naides las maneja;

cuanto el contrario se aleja

manda una bola perdida

y si lo alcanza, sin vida

es siguro que lo deja.


Una situación muy distinta fue registrada por nuestro personaje en relación a los inmigrantes; a la sazón, la población que los exégetas de la civilización y el progreso anunciaban, por entonces, como la regenerativa para el país.

Yo no sé por qué el gobierno

nos manda aquí a la frontera

gringada que ni siquiera

se sabe atracar a un pingo.

¡Si crerá al mandar un gringo

que nos manda alguna fiera!

No hacen mas que dar trabajo

pues no saben ni ensillar;

no sirven ni pa carniar,

y yo he visto muchas veces

que ni voltiadas las reses

se le querían arrimar.

La élite culta de Buenos Aires desconocíó el folletín de José Hernández, pese a su rápida y amplia difusión local, hasta que debió hacer gala (o mostró la hilacha, según se vea) de su colonialismo intelectual, a partir del reconocimiento que en Europa y Estados Unidos había alcanzado "El Gaucho Martín Fierro". Sin embargo, este manifiesto bárbaro por la dignidad y la resistencia de la vida gaucha, años después adquiriría otro tono de la pluma del mismo escritor. O debiéramos decir que el escritor no era el mismo, sino que fue cambiando, y junto a él su personaje.

El bárbaro de José Hernández se civiliza

Yo juré tener enmienda

y lo conseguí deveras;

puedo decir ande quiera

que si faltas he tenido

de todas me he corregido

dende que supe quién era.


Había una identidad renovada del personaje en "La Vuelta de Martín Fierro", poema escrito en 1879, en consonancia con la del escritor. En efecto, aquel agitador federal-jordanista encontraba un lugar en la Argentina oligárquica (una banca de senador nacional por Entre Ríos), cuyo régimen se consolidó a partir de 1880. Y aquel personaje cuyas coplas clamaban justicia al honor gaucho, hallaba también la voz conciliadora, necesaria para entender, en esta segunda parte, que "si canto de este modo por encontrarlo oportuno, no es para mal de ninguno sino para bien de todos."

Desde luego, en "La Vuelta de Martín Fierro" el personaje hacía una transferencia de su mensaje: ahora el consejo prudente que otorgaba la experiencia era lo que reemplazaba al espíritu de denuncia de antaño. Un rasgo premonitorio a la nueva etapa signada bajo el lema de "Paz y Administración" del presidente Julio Argentino Roca.


Hay hombres que de su cencia

tienen la cabeza llena;

hay sabios de todas menas,

mas digo, sin ser muy ducho:

es mejor que aprender mucho

el aprender cosas buenas.

Debe trabajar el hombre

para ganarse su pan;

pues la miseria, en su afán

de perseguir de mil modos,

llama en la puerta de todos

y entra en la del haragán.

El que obedeciendo vive

nunca tiene suerte blanda;

mas con su soberbia agranda

el rigor en que padece:

obedezca el que obedece

y será güeno el que manda.

En los consejos que imparte Fierro a sus hijos aparecían, entonces, algunas líneas centrales de la nueva era, o "el aprender cosas buenas": no tolerar al individuo improductivo, fomentando de esa manera la proletarización rural, y la subordinación al orden establecido. Es decir, que al "pasado armonioso" de la autonomía campesina, Fierro pareciera resignarse en la dependencia económica con protección. También era clara esta dirección en los consejos del Viejo Vizcacha a uno de los hijos de Martín Fierro, cuando impulsaba el sostenimiento de la propiedad privada y el ahorro.


A naides tengás envidia;

es muy triste el envidiar;

cuando veas a otro ganar

a estorbarlo no te metas:

cada lechón en su teta

es el modo de mamar.

Los que no saben guardar

son pobres aunque trabajen;

nunca, por mas que se atajen

se librarán del cimbrón:

al que nace barrigón

es al ñudo que lo fajen.

Como colofón de este nuevo gaucho en la tinta de José Hernández, el porvenir sin remordimientos del pasado debía guiar el buen juicio a las futuras generaciones, en aras de una reconciliación nacional.

Es la memoria un gran don,

calidá muy meritoria;

y aquellos que en esta historia

sospechen que les doy palo,

sepan que olvidar lo malo

también es tener memoria.


Coplas al exterminio

1879 fue también el año de la llamada "Conquista del Desierto", comandada por el general Julio Argentino Roca. Dicha campaña de exterminio de los grupos aborígenes de la Patagonia permitió la integración de ese territorio al control del estado nacional. En "La Vuelta de Martín Fierro" se incurre en un cambio en torno al tratamiento de los indios: si en la primera parte del poema las tolderías constituían un mundo opuesto, en "La Vuelta ..." pasaron a demonizarse cada uno de los elementos que componían ese orden.

Odia de muerte al cristiano,

hace guerra sin cuartel;

para matar es sin yel,

es fiero de condición;

no gólpea la compasión

en el pecho del infiel.

Es tenaz en su barbarie,

no esperen verlo cambiar;

el deseo de mejorar

en su rudeza no cabe:

el bárbaro sólo sabe

emborracharse y peliar.


El indio nunca se ríe,

y el pretenderlo es en vano,

ni cuando festeja ufano

el triunfo en sus correrías;

la risa en sus alegrías

le pertenece al cristiano.

Todo el peso del trabajo

lo dejan a las mujeres:

el indio es indio y no quiere

apiar de su condición;

ha nacido indio ladrón

y como indio ladrón muere.


Brutalidad, barbarie, odio y delito. Tales los caracteres asignados a los indios en "La Vuelta ...". Estas coplas al exterminio componen los primeros versos, durante la permanencia de Fierro y Cruz en las tolderías. La muerte de éste último indujo al amigo a regresar "en donde crece el ombú". Así, tras diez años de andar penando historias ("si en mi cuenta no yerro: tres años en la frontera, dos como gaucho matrero, y cinco allá entre los indios hacen los diez que yo cuento"), y muerta su mujer, halla sin embargo a dos de sus hijos trabajando como peones - "cuidando unos parejeros"-, quienes tienen sendos momentos en el poema para contar sus historias. Otros dos personajes se agregan después: Picardía (el hijo de Cruz) y "un moreno presumido de cantor". Con éste Fierro mantiene el contrapunto memorable con los cantos del Cielo, la Tierra, el Mar, la Noche, el Amor, la Ley, la cantidad, la medida, el peso y las cosas de la estancia. Cuando el moreno busca cobrarse una venganza (Fierro había asesinado al hermano mayor de aquel), el gaucho de "La Vuelta ... " responde: "yo ya no busco peleas, las contiendas no me gustan". Nuestro personaje -y valga la redundancia- "estaba de vuelta".


El gaucho en la tinta de Hernández

Hemos hecho un recorte, una visión en detalle, de las motivaciones de forma y de fondo de José Hernández en el «Martín Fierro», que de ninguna manera pretenden agotar el tema. Como fuente literaria el «Martín Fierro» puede ser releído en clave social, a partir de que toda obra escrita registra una historicidad específica. Y resulta al menos paradójica la consagración hecha a este poema: el gaucho segregado socialmente por el estado que, a su vez, lo consagra en el «Martín Fierro» como mito y figura del "ser nacional". Por eso es necesario registrar las intencionalidades, las recreaciones verosímiles y los saberes populares de este poema, puesto que el fenómeno ha sido que, a lo largo del tiempo, fue haciéndose folklore. Muchos de sus versos han integrado el saber popular, ignorando su autoría. Sí: el «Martín Fierro» trascendió a José Hernández. En este poema se pudo cumplir lo que acaso configure el deseo de cualquier escritor: que su mejor obra perdure en el saber popular.


Bibliografía

José Hernández, Martín Fierro, Editorial Acme, Buenos Aires, 1962.

Germnán Berdiales, José Hernández, el creador de "Martín Fierro" en José Hernández, op. cit.

A.J. Pérez Amuchástegui, Crónica histórica argentina, Editorial Codex, Buenos Aires, 1968, t IV.

Celina Lacay, Sarmiento y la formación de la ideología de la clase dominante, Editorial Contrapunto, 1986.

Milcíades Peña, De Mitre a Roca. Consolidación de la oligarquía anglo-criolla, Ediciones Fichas, 1975.


Agradecemos su opinión sobre esta publicación

Por favor, seleccione la Nota sobre la que va a opinar:
Apellido y Nombre:
Código Postal y Localidad:
País:
Email:
Ocupación:
Su opinión sobre esta nota o sobre nuestra publicación:

Muchas gracias por su contacto

  

 



|© La Tecl@ Eñe - Ideas, cultura y otras historias - Todos los derechos reservados|
Registro de la Propiedad Intelectual 267822 - Queda hecho el depósito que marca la ley.
Copyright ©2001- 2004

Propietarios y Directores: Marcelo Luna - Conrado Yasenza - José Antonio Borré
Buenos Aires - Argentina