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Escuelita
de destrucción de ideas
Tres falacias
tres
Por Rubén
Fernández Lisso
Falacia
N°.1
"Los
jóvenes no saben nada"
Hace un tiempo -bastante largo- que
escucho a un montón de vejestorios
diciendo que la educación ahora
es peor que antes. Antes sabíamos
esto, dice un viejo gagá, antes
sabíamos lo otro, responde
su cómplice, otro viejo gagá.
¡Y los jóvenes de ahora
no saben nada!, declaman a coro muchos
viejos gagá.
Hace mucho tiempo, un filósofo
dijo con sencillez "sólo
sé que no sé nada".
Y si mal no recuerdo, Borges alguna
vez expresó: el pobre hombre
era tan ignorante, que creía
que lo sabía todo.
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Pero los vejetes se emperraron en decir
que los jóvenes son unos ignorantes,
que en la escuela no les enseñan
nada, que no usan los libros, que esto,
que lo otro. Y un joven preocupado por los
dimes y diretes preguntó: -Si fueron
tan bien educados ¿cómo construyeron
un país tan injusto?
Si saben tanto ¿Por qué estamos
tan inseguros?
Después el pibe contó: -Una
tarde, un viejo del barrio nos dijo: "Cuando
sabés, lo importante es lo que no
sabés. Y cuando no sabés,
lo importante es lo que sabés.
Falacia N°.
2
La feria
del libro es una fiesta de la cultura (*)
Antes que nada debo reconocer que detesto
la feria del libro. Me da la sensación
que la Feria del Libro es al libro, lo que
el Mercado Central a la manzana que voy
a comer. Una feria del libro, que proponen
como la máxima personalización
del libro, se convierte en un evento que
destruye la personalidad individual de cualquier
obra. Y no solo despersonaliza al libro,
hace lo mismo con los autores: en un día
capaz que hay 30. ¿A quién
le puede importar ver a 30 escritores el
mismo día? Pero claro, las editoriales
ven clarito cual es negocio y cual no.
¿Qué nuevo autor nos mostró
esta Feria del Libro?
Un amigo me dijo que la detesto porque
a la Feria del Libro no hay que ir a comprar
libros. A la Feria del Libro hay que ir
a vender. Y quizás tenga razón
porque los más felices con la Feria
son los que van a vender y los que les venden
los stands a los que van a vender.
Las noticias en los noticieros y en los
diarios le dan la razón a mi amigo:
"Hay stands que venden ocho libros
por minuto" rezan las letras impresas.
¿Ocho libros por minuto? Se preguntaba
mi amigo. Y se respondía: ¡Qué
locura mi Dios!
Y qué pasa con los millones que vamos
en manada a juntar bolsitas, folletos y
alguna que otra super oferta ¿Qué
nos lleva a aplastarnos, caminar a paso
de tortuga, morirnos de calor, pagar fortunas
por comidas baratas y doble fortuna por
bebidas comunes?
Sí, ya sé que me lleva: la
magnífica oferta de Octavio Paz que
me conseguí.
-¿Cuál? ¿Solo a dos
voces? Me pregunta mi amigo. Lo miré
de soslayo y contesté: sí,
¿lo leíste?
-Sí, lo estoy leyendo, contestó,
y sentenció: -En la librería
que está a la vuelta de mi casa lo
venden a tres mangos.
-Además, me dijo mi amigo ya envalentonado:
Si se tarda horas en observar una librería
chica ¿Cómo puedo mirar 2000
stands? No hay nada que hacer, la feria
del libro es para aquellos a quienes los
libros no les gustan demasiado.
Tampoco resulta muy comprensible la colaboración
de los autores más famosos, que están
dispuestos a que los encaren miles de personas
para firmar ejemplares, durante horas, con
una ejemplar y personalizada despersonalización.
¿Qué puede hacer un ser humano
frente a esos autores que lo miran a uno
con cara de simpáticos mientras sostienen
la cansada pluma
autografiadora?
Mi amigo sostiene que los autores están
sonrientes porque también venden
libros.
Y de despedida, mi amigo me zampó
una pregunta:
¿Qué puede percibir un ser
humano frente a esos millones de ejemplares?
Como dijo una señora: -¡Deme
dos!
(*) Aclaración para tontos: declaro
bajo honorable juramento que mi voluntad
no se ha valido de un espíritu cercano
a frases tales como: Alpargatas sí,
libros no, ni a ninguna otra que se le parezca.
La falacia tres todavía no existe
(OH, ¡qué falacia!)
Por Rubén Fernández
Lisso