Año III - número 13 - Mayo 2004 - Buenos Aires Argentina
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Editorial

Los falsarios y la risa
Por Conrado Yasenza

Entrevistas

Gullermo Saccomanno
Por Amalia Gieschen

El Damero

De un escenario político sin política
Por Claudio Barbará
Empobrecimiento lícito
Por Alfredo Grande
Séneca y el infortunio del hombre sin poder
Por Marcelo Manuel Benítez
Fabricantes de Dios
Por Mery Castillo-Amigo
Las mujeres de Buenos Aires
Por Mirta Vázquez

Ajo y Limones
Zona literaria y miscelánea

La poesía en Julio Cortázar
Por Juan José Hernández
El Gaucho en la Tinta Segunda entrega
Por Marcelo Luna
Escuelita de destrucción de ideas
Por Rubén Fernández Lisso
Detrás de la pantalla, Hombres y mujeres del dobleje en acción
Por Carola Chaparro
Un cuento perfecto: "Esse est percipi" - Una de las crónicas de Bustos Domeq
Por Daniel Bruné
El Porteño
Por Variya

Poesía y Cuentos

El ventilador
Poema inédito
Juan José Hernández
Poemas de Rubén Fernández Lisso
Poemas de Conrado Yasenza
Cuento:
"La antesala del fin"
Por Diego Quinteros

El ojo plástico

Antonio Santos

Batea

Libros:
"Sea su propio jefe"
Autor:
Por Carola Chaparro
Libros:
"La noche más polar"
Autor:
Por Amalia Gieschen

Galerías


María Cristina Fresca:

María Cristina Fresca


Jorge Manuel Varela:

Jorge Manuel Varela


Marcelo Manuel Benítez:

Galería Marcelo Manuel Benítez


Kenti

Kenti


       Ajo y limones: Zona literaria y misceláneas

Escuelita de destrucción de ideas

Tres falacias tres

Por Rubén Fernández Lisso



Falacia N°.1

"Los jóvenes no saben nada"

Hace un tiempo -bastante largo- que escucho a un montón de vejestorios diciendo que la educación ahora es peor que antes. Antes sabíamos esto, dice un viejo gagá, antes sabíamos lo otro, responde su cómplice, otro viejo gagá.
¡Y los jóvenes de ahora no saben nada!, declaman a coro muchos viejos gagá.
Hace mucho tiempo, un filósofo dijo con sencillez "sólo sé que no sé nada". Y si mal no recuerdo, Borges alguna vez expresó: el pobre hombre era tan ignorante, que creía que lo sabía todo.

Pero los vejetes se emperraron en decir que los jóvenes son unos ignorantes, que en la escuela no les enseñan nada, que no usan los libros, que esto, que lo otro. Y un joven preocupado por los dimes y diretes preguntó: -Si fueron tan bien educados ¿cómo construyeron un país tan injusto?
Si saben tanto ¿Por qué estamos tan inseguros?
Después el pibe contó: -Una tarde, un viejo del barrio nos dijo: "Cuando sabés, lo importante es lo que no sabés. Y cuando no sabés, lo importante es lo que sabés.


Falacia N°. 2

La feria del libro es una fiesta de la cultura (*)

Antes que nada debo reconocer que detesto la feria del libro. Me da la sensación que la Feria del Libro es al libro, lo que el Mercado Central a la manzana que voy a comer. Una feria del libro, que proponen como la máxima personalización del libro, se convierte en un evento que destruye la personalidad individual de cualquier obra. Y no solo despersonaliza al libro,
hace lo mismo con los autores: en un día capaz que hay 30. ¿A quién le puede importar ver a 30 escritores el mismo día? Pero claro, las editoriales ven clarito cual es negocio y cual no.
¿Qué nuevo autor nos mostró esta Feria del Libro?

Un amigo me dijo que la detesto porque a la Feria del Libro no hay que ir a comprar libros. A la Feria del Libro hay que ir a vender. Y quizás tenga razón porque los más felices con la Feria son los que van a vender y los que les venden los stands a los que van a vender.
Las noticias en los noticieros y en los diarios le dan la razón a mi amigo: "Hay stands que venden ocho libros por minuto" rezan las letras impresas. ¿Ocho libros por minuto? Se preguntaba mi amigo. Y se respondía: ¡Qué locura mi Dios!
Y qué pasa con los millones que vamos en manada a juntar bolsitas, folletos y alguna que otra super oferta ¿Qué nos lleva a aplastarnos, caminar a paso de tortuga, morirnos de calor, pagar fortunas por comidas baratas y doble fortuna por bebidas comunes?
Sí, ya sé que me lleva: la magnífica oferta de Octavio Paz que me conseguí.
-¿Cuál? ¿Solo a dos voces? Me pregunta mi amigo. Lo miré de soslayo y contesté: sí, ¿lo leíste?
-Sí, lo estoy leyendo, contestó, y sentenció: -En la librería que está a la vuelta de mi casa lo venden a tres mangos.

-Además, me dijo mi amigo ya envalentonado: Si se tarda horas en observar una librería chica ¿Cómo puedo mirar 2000 stands? No hay nada que hacer, la feria del libro es para aquellos a quienes los libros no les gustan demasiado.

Tampoco resulta muy comprensible la colaboración de los autores más famosos, que están dispuestos a que los encaren miles de personas para firmar ejemplares, durante horas, con una ejemplar y personalizada despersonalización. ¿Qué puede hacer un ser humano frente a esos autores que lo miran a uno con cara de simpáticos mientras sostienen la cansada pluma
autografiadora?

Mi amigo sostiene que los autores están sonrientes porque también venden libros.
Y de despedida, mi amigo me zampó una pregunta:

¿Qué puede percibir un ser humano frente a esos millones de ejemplares?
Como dijo una señora: -¡Deme dos!


(*) Aclaración para tontos: declaro bajo honorable juramento que mi voluntad no se ha valido de un espíritu cercano a frases tales como: Alpargatas sí, libros no, ni a ninguna otra que se le parezca.

La falacia tres todavía no existe (OH, ¡qué falacia!)

Por Rubén Fernández Lisso


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