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Un cuento
perfecto
"Esse
est percipi"
Una de las
crónicas de Bustos Domecq
Por Daniel
Bruné
Gráfica: "People"
- Óleo de Pablo Patza
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En estos días se discute un tema en
el fútbol (entre otros millones de
temas): si Independiente compró o
no el campeonato que ganó en 2002.
Por si acaso hiciera falta, comprar significa
manipular resultados desde posiciones de
poder: corrupción arbitral, corrupción
dirigencial, corrupción deportiva.
El significado de corrupción se puede
encontrar en cualquier diccionario.
Pero para qué darle a la lata si
dos de nuestros muertos más famosos,
Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges,
se la pasaron de lo lindo mientras escribían
una de las crónicas de Bustos Domecq,
que bien podría ser profética,
si no fuera porque los actores interpretan
tan bien sus papeles y porque los autores
tenían una imaginación que
destroza la realidad (¿O no?).
Esse est
percipi
Viejo turista de la zona Núñez
y aledaños, no dejé de notar
que venía faltando en su lugar de
siempre el monumental estadio de River.
Consternado, consulté al respecto
al amigo y doctor Gervasio Montenegro, miembro
de número de la Academia Argentina
de Letras. En él hallé el
motor que me puso sobre la pista. Su pluma
compilaba por aquel entonces una a modo
de Historia Panorámica del Periodismo
Nacional, obra llena de méritos,
en la que se afanaba su secretaria. Las
documentaciones de práctica lo habían
llevado casualmente a husmear el busilis.
Poco antes de adormecerse del todo, me remitió
a un amigo común, Tulio Savastano,
presidente del club Abasto Juniors, a cuya
sede, sita en el edificio Amianto, de avenida
Corrientes y Pasteur, me di traslado. Este
directivo, pese al régimen doble
dieta a que lo tiene sometido su médico
y vecino doctor Narbondo, mostrábase
aún movedizo y ágil. Un tanto
enfarolado por el último triunfo
de su equipo sobre el combinado canario,
se despachó a sus anchas y me confió,
mate va, mate viene, pormenores del bulto
que aludían a la cuestión
sobre el tapete. Aunque yo me repitiese
que Savastano había sido otrora el
compinche de mis mocedades de Agüero
esquina Humahuaca, la majestad del cargo
me imponía y, cosa de romper la tirantez,
congratulélo sobre la tramitación
del último goal que, a despecho de
la intervención oportuna de Zarlenga
y Parodi, convirtiera el centro half Renovales,
tras aquel pase histórico de Mutante.
Sensible a mi adhesión al once del
Abasto, el prohombre dio una chupada postrimera
a la bombilla exhausta, diciendo filosóficamente,
como aquel que sueña en voz alta:
-Y pensar que yo fui el que les inventé
esos nombres.
-¿Alias?-pregunté gemebundo-.
¿Musante no se llama Musante? ¿Renovales
no es Renovales? ¿Limardo no es el
genuino patronímico del ídolo
que aclama la afición?
La respuesta me aflojó todos los
miembros.
-¿Cómo? ¿Usted cree
todavía en la afición y en
ídolos? ¿Dónde ha vivido
don Domecq?
En eso entró un ordenanza que parecía
un bombero y musitó que Ferrabás
quería hablarle al señor.
-¿Ferrabás, el locutor de
la voz pastosa? –exclamé-.
¿El animador de la sobremesa cordial
de las 13 y 15 y del jabón Profumo?
¿Estos, mis ojos, le verán
tal cual es? ¿De veras que se llama
Ferrabás?
-Que espere –ordenó el señor
Savastano.
-¿Qué espere? ¿No sería
más prudente que yo me sacrifique
y me retire? –aduje con sincera abnegación
-Ni se le ocurra –contestó
Savastano-. Arturo, dígale a Ferrabás
que pase. Tanto da…
Ferrabás hizo con naturalidad su
entrada. Yo iba a ofrecerle mi butaca, pero
Arturo, el bombero, me disuadió con
una de esas miraditas que son como una masa
de aire polar. La voz presidencial dictaminó:
-Ferrabás, ya hablé con De
Filipo y con Camargo. En la fecha próxima
pierde Abasto, por dos a uno. Hay juego
recio, pero no vaya a recaer, acuérdese
bien, en el pase de Musante a Renovales,
que la gente lo sabe de memoria. Yo quiero
imaginación, imaginación.
¿Comprendido? Ya puede retirarse.
Junté fuerzas para aventurar la pregunta:
-¿Debo deducir que el score se digita?
Savastano, literalmente, me revolcó
en el polvo.
-No hay score ni cuadros ni partidos. Los
estadios ya son demoliciones que se caen
a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión
y en la radio. La falsa excitación
de los locutores ¿nunca lo llevó
a maliciar que todo es patraña? El
último partido de fútbol se
jugó en esta capital el día
24 de junio del 37. Desde aquel preciso
momento, el fútbol, al igual que
la vasta gama de los deportes, es un género
dramático, a cargo de un solo hombre
en una cabina o de actores con camiseta
ante el cameraman.
-Señor ¿quién inventó
la cosa? –atiné a preguntar.
-Nadie lo sabe. Tanto valdría pesquisar
a quienes se le ocurrieron primero las inauguraciones
de las escuelas y las visitas fastuosas
de testas coronadas. Son cosas que no existen
fuera de los estudios de grabación
y de las redacciones. Convénzase
Domecq, la publicidad masiva es la contramarca
de los tiempos modernos.
-¿Y la conquista del espacio? –gemí.
-Es un programa foráneo, una coproducción
yanqui-soviética. Un laudable adelanto,
no lo neguemos, del espectáculo cientificista.
-Presidente, usted me mete miedo –mascullé,
sin respetar la vía jerárquica-.
¿Entonces en el mundo no pasa nada?
-Muy poco –contestó con su
flema inglesa-. Lo que yo no capto es su
miedo. El género humano está
en casa, repatingado, atento a la pantalla
o al locutor, cuando no a la prensa amarilla.
¿Qué más quiere, Domecq?
Es la marcha gigante de los siglos, el ritmo
del progreso que se impone.
-Y si se rompe la ilusión? –dije
con un hilo de voz.
-Qué se va a romper –me tranquilizó.
-Por si acaso seré una tumba –le
prometí-. Lo juro por mi adhesión
personal, por mi lealtad al equipo, por
usted, por Limardo, por Renovales.
-Diga lo que se le dé la gana, nadie
le va a creer.
Sonó el teléfono. El presidente
portó el tubo al oído y aprovechó
la mano libre para indicarme la puerta de
salida.
(Este cuento y las crónicas de Bustos
Domecq fueron editados por Emecé,
en 1963).
* Si llegaron acá esperando una
explicación literaria, mordieron
el anzuelo, porque el cuento es perfecto
para esta ocasión. Un abrazo.
Por Daniel Bruné