| Poemas
Marcelo
Manuel Benítez
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DATOS BIOGRAFICOS DE MARCELO
BENITEZ.
Marcelo M. Benítez creció
y aún vive en Avellaneda, Pcia. De
Buenos Aires. Costeándose él
mismo sus estudios se recibió de
psicólogo, profesión que continúa
ejerciendo en la actualidad en un barrio
de emergencia. Asimismo, su paso por el
Colegio Argentino de Filosofía (CAF)
de Tomás Abraham, completó
su formación intelectual.
Como pintor y dibujante es autodidacta,
y escribe poesía desde su juventud
como lo hiciera Néstor Perlóngher,
también oriundo de Avellaneda, con
quién lo unió una amistad
de veinte años.
Incursionó en el periodismo escrito,
unas veces desde las páginas de El
Porteño y La Razón, pero con
mayor asiduidad en Nueva Presencia, semanario
que dirigía Hermán Schiller.
En la actualidad colabora ininterrumpidamente,
desde su primera entrega, en La Tecl@ Eñe.
Algunos de sus cuadros pintados al óleo,
pueden apreciarse en la Galería
de Arte de la revista.
Poemas
ENCOLPIO
VIVE
No seré capaz de adorar tu cabeza,
Encolpio,
ni tu cuerpo de joven fauno,
mientras tu alma ruede por los caminos
malgastando su savia de criatura ruin y
pendenciera.
No seré capaz de acariciarte
en el musgo iluminado
ni en la superficie de tu corazón
de trigo enfermo.
En tu mano se posará siempre la muerte
y beberán de ella, secretamente,
los condenados.
Mi corazón es plano como un papel
exhausto
y tiene un empobrecido alimento entre los
dientes,
corazón de mamíferos hambrientos
que fueron huracanes
y que ahora es sólo arena miserable.
No seré capaz de abrir mi pecho
a tus muslos de hombre tibio
en este lupanar en el que, aún desamparado,
luces tus piruetas.
Hay locura en tu aliento,
hay cansancio escondido en tu sonrisa
y te espera todo un público de espectros
que comerá tus sobras
y allí serás envilecido,
Encolpio,
Porque ya nada de ti brillará en
el mármol.
Marcelo M. Benítez.
LA CAVERNA
DE HEFESTOS
Hazme el favor de no llorar más
tu cara desangrada,
ni tu cuerpo astillado
ni tu joroba de manso perro abandonado.
Desde esa gruta en la que trabajas
observas la tragedia que despiden las ciudades
y esa visión te recupera.
En tu fragua no hay espejos
pero adivinas tu fealdad en los ojos de
los pájaros
o en el dorado ondular de los peces absortos
en morir
después de desovar.
Arrepiéntete de ese rencor,
Hefestos,
despegando lentamente la piel que te espanta,
la cáscara de tu sonrisa miserable
o el crimen de tu soledad de monstruo traicionado
y olvidado.
Eres capaz de ahogar, una a una,
todas las nubes que te evitan
y respirar de nuevo,
ahora ya peinado y limpio,
con esa áspera tranquilidad que da
la pulcritud,
para no sucumbir.
En el fondo de tu caverna
el trabajo oloroso del martillo se confunde
con la muerte,
pero no dejes caer los brazos,
podemos dialogar con el destino
y torcer su rueda,
podemos ampararnos en un despótico
recuerdo
y a partir de él nacer y corcovear
como hace el caballo turbulento
cuando persigue enamorado al huracán.
Desde la oscura pesadez de esas paredes
espías cómo las hojas matan
al sol a mordiscones
y cada insecto se envenena con el calor
de las legumbres
o la herida luminosidad que da la fruta.
Es dulce el respirar
y aún marchito
o aún recogido en tu fealdad
podrás vivir con tu saliva a cuestas
y tu espinosa mansedumbre.
Marcelo M. Benítez.
PALABRAS
SOBRE LA NOCHE
La noche es como un pez asustado
como una serpiente ahogada en un mar de
caracoles,
la ráfaga que hielan todas las palabras,
los bosques sin destino,
la humareda de cal de los esclavos,
de todo hombre ciego.
Ebria la noche
se desuda y muerde.
Es un silencio de lágrimas y espuma,
de suave viento sin brazos.
La noche, su mano de piedra,
acaricia el fuego que nos rodea,
el mal del que estamos hechos,
la mueca de dolor que nos dibuja el rostro.
Hinchados los pies, el paso tiene flecos,
hilachas húmedas como el día,
y el vacío del tiempo gruñendo
en cada sombra.
Reyes sin banquetes,
princesas amarillas,
la roja noche se acalora y salta
y escupe
y duerme.
La noche es mármol,
su mirada de loba,
su veneno incoloro,
la sal que se derrama en esta sangre,
en este charco muerto
y donde hierven en el frío
todas las gaviotas,
todas las piedras.
Por Marcelo M. Benítez.