Año III - número 12 - Marzo 2004 - Buenos Aires Argentina
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Editorial

El filo de las láminas
Por Conrado Yasenza

Entrevistas

AMIA: Entrevista a Gabriel Levinas - Director de "El Porteño"
Por Vicente Zito Lema y Conrado Yasenza

El Damero

¿Una moral nueva y un nuevo sentido?
Por Mery Castillo-Amigo
La crisis de la Masculinidad
Por Marcelo Manuel Benítez
El discreto encanto de la peronía
Por Alfredo Grande

Ajo y Limones
Zona literaria y miscelánea

Julio Cortázar: Tremendo Cronopio
Por Conrado Yasenza
Cuentos:
"Felicidad sin perdices"
"Qué pasa"
Por Carola Chaparro
El Extranjero
Por Variya
Historia apta para todo público
Por Carola Chaparro

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Poemas de Fabio González
Poemas de Emilia Lahitte
Poemas de Marcelo Manuel Benítez

El ojo plástico

Juan José Eguizabal Escultor

Batea

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"El inventor de juegos"
Autor: Pablo de Santis
Por Carola Chaparro

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María Cristina Fresca:

María Cristina Fresca


Jorge Manuel Varela:

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Marcelo Manuel Benítez:

Galería Marcelo Manuel Benítez


Kenti

Kenti


       El Damero

La Crisis de la masculinidad

Por Marcelo Manuel Benítez

Introducción

A la crisis de la mujer en los años ’50 y ’60 correspondió igualmente una crisis de la masculinidad. El hombre comienza a admitir cambios incorporando rasgos o modas que hasta entonces eran femeninos. Pero en estos cambios será decisiva la mirada de la mujer. Ahora, ¿podemos hablar de un proceso de afeminamiento en el hombre?. Y estos rasgos y modas tomados de la mujer ¿son un acercamiento a la homosexualidad?.

El mismo dispositivo creado para producir una nueva mujer afectó el comportamiento y la idiosincrasia del hombre del siglo XX, probablemente para siempre.

La presente nota intenta describir su dinámica y responder a ciertos interrogantes que preocupan al actual varón heterosexual.

En un ensayo de reciente publicación titulado “El llanto. Historia cultural de las lágrimas”, su autor, Tom Lutz, profesor de la Universidad de Iowa, analiza la evolución del llanto en hombres y mujeres, descubriendo que a lo largo del siglo XX la mujer fue reprimiendo en alguna medida su deseo de llorar en función de una mayor actitud de fortaleza, en tanto que el hombre fue dándose un permiso para llorar en beneficio de una mayor sinceridad. Hoy en día, el hombre que llora es considerado ( no un flojo) sino una persona “sensible”.(1).
El aumento del llanto en el hombre no es más que uno de los múltiples síntomas de un cambio que fue produciéndose en el hombre y que concluyó en un desentumecimiento del rígido código de la virilidad.

En todas las épocas existieron códigos de comportamiento que aliviaron la angustia de los individuos y los hicieron sentirse cómodos frente a los demás. El hombre del siglo XIX soportó una estricta reglamentación para ganarse un lugar de respetabilidad y poder asumiendo su rol de jefe de familia. Esta reglamentación se basaba en una dura exigencia de fortaleza emocional, eficiencia sexual, estricta heterosexualidad y lucidez intelectual, ya que su familia dependía de sus decisiones. Sin embargo, hacia comienzos del siglo XX este código manifiesta los primeros síntomas de crisis, el sexo masculino comienza a rebelarse como también se irá rebelando la mujer a todos los condicionamientos victorianos. El mismo dispositivo que se creó para producir una nueva mujer, en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, creó nuevas pautas que flexibilizaron el cuerpo y la personalidad del varón. Nace así el “hombre moderno”.


EL HOMBRE DULCE:

Klark Gable encarnó como nadie, con su risueña sonrisa, su jopo algo desaliñado y esa novedosa mezcla de virilidad y dulzura, esa nueva imagen del varón. Contrastaba con la rigurosidad de los cowboys de los años ’20 y con los detectives duros del cine negro norteamericano.
Serán una vez más las revistas femeninas de los años ’50 y ’60 las que irán elaborando una prédica sutil hasta conformar un código de comportamiento más natural, muchas veces elogiando en el hombre características que hasta entonces eran femeninas. En este sentido, la dulzura, la ternura, la delicadeza o la quebradiza debilidad dejan de ser privativos de la mujer para verse también en el hombre.
En su nota “La primera noche”, Femirama desarrolla el complicado tema de la noche de bodas, insistiendo en la enorme responsabilidad del hombre en ese importante momento. Entonces se le recomienda paciencia, pero también dulzura, delicadeza, lo que se define como una “ sana mentalidad masculina”. Se cuestionan las connotaciones de posesión que siempre tuvo el acto sexual y en particular la desfloración. Luego de recordar que en la noche de bodas el hombre tiene un rol de “ iniciador”, esto no le da derechos sino, por el contrario, le da deberes. Esa noche y en algunas sucesivas, el hombre debe postergar su propio goce en función del goce de su esposa, demostrando siempre mucha cautela, paciencia y dominio de sí. A la violencia de la virilidad tradicional, el artículo recomienda la dulzura de un nuevo hombre (2).
En otra entrega de Femirama se aborda el tema del hombre ideal y se deplora la imagen del hombre recio con estas palabras: “...Aquellos que atraían por encima de todo... el play boy, el Mister Músculo, han terminado para siempre para la mayoría de las mujeres”. Por ejemplo los ojos del hombre ideal “deben ser grandes, expresivos, vivos y dulces”. La misma nota se burla de la “mirada fatal” del hombre tradicional. La mirada del hombre moderno debe ser espontánea, natural, pero sobre todo tierna, debe expresar interés por el mundo que lo rodea y sobre todo “ sentido de seguridad y a la vez un sentido de inseguridad” (3).


EL HOMBRE AUTÉNTICO

En efecto, la espontaneidad, la naturalidad y la autenticidad se constituyen en otras tantas nuevas virtudes que se valoran en el hombre contemporáneo.
Cabe señalar, sin embargo, que en todas estas revistas femeninas, se desarrolla esta prédica, no tanto para llegar a un público masculino que en realidad raramente las leía, sino más bien para que sean las mismas mujeres las que exijan cambios en el hombre. En este caso, será la mirada femenina la que irá estructurando la nueva personalidad y el nuevo comportamiento del hombre. Para ello, las notas y reportajes sobre los astros masculinos del cine servirán de modelos para la conformación del hombre moderno. En todos los casos se resaltará la diferencia existente entre los personajes violentos y rudos que encarnan estos mismos actores en la pantalla y sus verdaderas personalidades. La rudeza es reemplazada por la naturalidad. Por ejemplo, será la virtud principal que elogiarán tres actrices (Ursula Andress, Luciana Paluzzi y Claudia Auger) en Sean Connery. Cuando no los están filmando, explican, Connery se muestra poco elegante, con vestimenta informal, desgarbado. Luciana Paluzzi lo elogia señalando que no usa ligas, se viste mal y usa escarbadientes luego de comer. Explica que “ se viste como quiere, o sea, muy mal...”. Las tres actrices, que a su debido tiempo actuaron con él, elogian su fuerte personalidad que lo hace cultivar un aspecto desprolijo y sin elegancia. (4).
Se está lejos ya de aquel hombre engominado y que cepillaba obsesivamente sus zapatos y chaquetas antes de salir a la calle de riguroso traje.
Peter O’Toole es otro ejemplo que ofrecen entrevistas al que describen como “un hombre joven y desgarbado. (que) luce un elegante saco sport de tweed beige y, debajo de éste, la más llamativa y absurda camisa que jamás se halla visto en parís: una camisa a cuadros de agresivos tonos verdes, amarillos, celestes, blues y violetas” (5)
Se considera que la mujer moderna, “ esa que toma el ómnibus al salir de su oficina y come un sándwich para mantener la línea” rechaza ya al hombre pulcro y excesivamente atildado, viéndose atraída por hombres que, como ciertas obras de arte moderno, más que bellos son interesantes, y ostentan una nueva armonía asimétrica o una estudiada disonancia.(3). Lo que importa ahora es que el hombre tenga estilo, pero el estilo tiene que ver con la autenticidad y ésta a su vez es sinónimo de sinceridad.
Marlon Brando también cumple el requisito, ahora tan elogiado, del desaliño y la desprolijidad: “El pelo en desorden, blue-jeans y tricota a rayas, zapatos de goma siempre sucios”. Asimismo, las debilidades de carácter, los síntomas neuróticos exhibidos sin vergüenza son igualmente interpretados como signos de esta autenticidad. Siempre refiriéndose a Marlon Brando, la revista Claudia comenta: “ se diría que albergaba en sí un oscuro secreto que lo convertía en un ser insatisfecho y perplejo” e insiste: “ A veces, un repentino acto de rebeldía, un acceso de ira infantil, contradecían esos rasgos de niño meditabundo y angustiado” (6). Porque la fortaleza del nuevo hombre radicará precisamente en enfrentar a los demás exhibiendo todos sus defectos. La autenticidad, la sinceridad, incluso la debilidad mostrada sin pudor comienzan a considerarse expresiones de la nueva fuerza del hombre.


EL HOMBRE Y LA LIBERTAD.

Pero estos nuevos requisitos de la autenticidad y la naturalidad irán de la mano con una intención de liberar al hombre de los prejuicios y el autoritarismo de la cultura tradicional, a la que se la consideraba no sólo decadente sino más que nada cruel e injusta. Y esa cultura tradicional estaba casi siempre representada por la generación anterior. Un artículo de Claudia describe a un Gary Cooper enfrentado a un padre despótico que lo condenaba a una existencia monótona, por lo cual el futuro actor deja el hogar paterno y se va a la “llanura”, donde se ganará la vida en las tareas rurales. Ya desde el título del párrafo se une fortaleza con autenticidad, dice: “Recio, fiel a sí mismo” (7). Marlon Brando es otro ejemplo en este sentido para Claudia, él también supo rebelarse luego de que su padre lo obligara a iniciar una carrera militar. Dice: “¿ Puede concebirse a Marlon Brando alumno de una escuela militar?. ¿ Puede concebirse su aguda sensibilidad, su extravagante inquietud en contacto con un organismo constituido, rígido, basado en reglas fijas?”. La nueva fortaleza viril otorga un permiso para exteriorizar el llanto al tiempo que se golpean las rígidas normas del antiguo estilo de vida. Y el autor de la nota concluye enfatizando con aprobación: “A los dos años escasos de su ingreso ( a la Academia Militar) Marlon brando era clamorosamente expulsado por indisciplina” (6).
El otro aspecto en el que se verifica esta nueva fortaleza del hombre moderno es una cierta resistencia a la obligatoriedad de la actividad sexual. En tanto el hombre tradicional no debía rechazar ni la menor insinuación que le hiciera una mujer, las revistas femeninas comienzan a destacar una capacidad para decir “no” en el hombre. Esto, por ejemplo, se aplaude en Gary Cooper, y de Marlon Brando se destaca que prefiere a simples costureras o las humildes dactilógrafas, mujeres vulgares y desconocidas a las exuberantes mujeres que circulan en Hollywood.


UN HOMBRE IDEAL PARA LA MUJER MODERNA

Es que al mismo tiempo que se destacan y elogian nuevas virtudes en el hombre, se lo va preparando para que engarce debidamente con una nueva mujer. En el artículo ya citado del “Hombre ideal”, Femirama explica que la mujer moderna, por ser ahora una mujer independiente, que trabaja, que ejerce su profesión y que lleva una vida activa penetrando en el mundo masculino, se encuentra colmada de problemas, ansias y preocupaciones como para tener paciencia a un hombre y “devanar el ovillo de los complicados problemas masculinos”. Es el hombre ahora, continúa la nota, quién debe acompañar a la mujer, una mujer que quiere descubrir quién es. Por tanto, explica, ya no es el hombre quien entusiasma a la mujer con el comentario de sus empresas, “ sino el que escucha, aprueba y desaprueba” la actividad de la mujer. Con todo, la nota admite que este proceso de liberación de la mujer en el cual el hombre debe participar favorablemente aún refleja contradicciones. Lamenta, por ejemplo, en la mujer una ambivalencia que la hace desear la libertad al tiempo que sigue pensando en un hombre que la domine. Y concluye expresando que la mujer “ corre el riesgo de no saber escoger entre una relación nueva y moderna –que parte de un presupuesto de igualdad- y el punto de vista tradicional que destaca su personalidad pero le resta independencia”.(3)


EL JUSTO MEDIO. NI RECIO NI AFEMINADO.

El artículo ya citado de Femirama, “El hombre ideal”, explica en un párrafo: “...el hombre ideal) no es un recio sino más bien un antirecio y hasta puede ser feo, pero lo importante es que tenga estilo”. Un nuevo dominio de sí se le empieza a exigir al hombre ( como también a la mujer) basado en el “justo medio”, que obliga a una mayor observación de los propios actos y por tanto a una nueva administración de las pasiones. “La fascinación se siente hoy como una cuestión de buen gusto y de medida...”. Más que un tipo ideal, es preciso que el hombre no caiga en ningún exceso. “ Ya no tiene éxito- explica Femirama-, como hace cincuenta años, el hombre inquietante, mefistofélico, con un velo de maldad en la mirada, frío, indiferente, un poco sombrío”, pero al mismo tiempo descalifica con firmeza al hipersensible, al atormentado lleno de complejos, de aspecto inseguro, el tipo que representó, por ejemplo Montgomery Clift. El hombre ideal, pues, no debe ser ni demasiado buen mozo, ni demasiado vistoso, ni demasiado elegante, ni demasiado descuidado, no debe ser demasiado deportivo, ni demasiado intelectual, tampoco debe ser demasiado brutal ni demasiado afeminado. Precisamente el afeminamiento, en una época en la que se está cuestionando la virilidad tradicional, es perseguido minuciosamente, detalle por detalle: el pelo, excesivamente largo, las manos demasiado cuidadas, la voz, el peinado, el traje o las facciones pueden delatar la falta de masculinidad. Pero también se deplora al hombre que se mueve desordenadamente o que gesticula agitadamente. Los ademanes del hombre- continúa Femirama- deben ser parcos, lentos, mesurados, y expresar control de sí mismo. Es preciso que la mujer repare en todo aquello apenas perceptible: “cómo camina, cómo tiene el cigarrillo, cómo abre la puerta o se inclina para recoger algo”. Se refiere a un hombre “racional y realista, pero siempre un poco sentimental, la fascinación para ellas se podría definir como una mezcla de fuerza y dulzura, como una virilidad tranquila y civilizada que se impone sin brutalidad, decidida pero sin esfuerzo (3).
Vale decir que son estas revistas femeninas las que van creando en la mujer la idea de un nuevo hombre, más eficaz, menos asfixiante, más liberador, que contenga ingredientes de fortaleza y virilidad pro sin agobiar a la mujer con su tiranía. Al mismo tiempo la alertan en la necesidad de una observación más exigente del hombre. Una fatiga de los roles rígidos que asumían hombres y mujeres, una tensión cada vez mayor en la convivencia, una profunda insatisfacción por el estilo de vida fue encarada a partir de los años ’50 y aún se lucha por resolver.
Ahora bien, si el varón accedió de buen grado a deponer ciertos aspectos de su machismo, no fue sólo por agradar al sexo opuesto. Sin duda existía en él un cansancio del peso que implicaba la masculinidad tradicional. Sabemos que en la historia posterior de este proceso, esta actitud de cambio se profundizó aún más. El hombre no sólo adoptó características de personalidad femeninas como la dulzura o la delicadeza, se animó a copiar atuendos, peinados, accesorios de la vestimenta femenina como la cartera o los aros que, con el tiempo, terminaron siendo elementos de masculinidad. Igualmente se impuso el beso en la mejilla entre hombres y, con menos frecuencia, el piquito en los labios. Sin embargo, este proceso de modificación de la virilidad supo plantarse firmemente en un punto por lo cual el salto a la homosexualidad implica una decisión que viene de más atrás en la historia de cada individuo.
Se podría argumentar que se han cambiado algunos detalles para que todo siga igual, sin embargo, no debemos criticar con cinismo estos cambios que llevaron a cabo hombres y mujeres porque se insertan en el marco de un valioso proceso de liberación que, como era de esperar, llegó a un cierto punto y se detuvo. Pero se materializó el sueño de una nueva convivencia, un nuevo acuerdo, nuevas pautas que intentan dar alivio al destino de este vínculo de atracción y rechazo, de goce y de penurias, eterno y trágico que siempre enlazará con el temblor del deseo a un hombre y a una mujer.

Por Marcelo Manuel Benitez

Todas las referencias al pie indican la fuente de donde se extrajeron las citas. Ninguna de ellas contiene aclaraciones ni ampliaciones:

1) Datos extraídos de “Los hombres lloran 4 veces menos que las mujeres”. Clarín- 8/1/04 - pag. 29

2) Femirama - Julio de 1965.
Art: “La primera noche”
Autor: César Capone

3) Femirama - Noviembre de 1966 - Año II - TomoIX
Art: “El hombre ideal”
Autor: Donatella Bisutti

4) Femirama - Diciembre de 1965.
Art: “Tres mujeres juzgan a Sean Connery”.
Autor: Giorgio Venturi

5) Femirama - Septiembre de 1966 - Año II - Tomo IX
Art: “El mundo de Peter O’Toole”
Autor: Henry Gris

6) Claudia N°.3 - Agosto de 1957
Art: “Marlon Brando, fugitivo de sí mismo”

7) Claudia N°. 8 - Enero de 1958.
Art. “Gary Cooper. Héroe tímido”
Autor: Gepo Turano


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