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La Crisis
de la masculinidad
Por Marcelo
Manuel Benítez
Introducción
A la crisis de la
mujer en los años ’50
y ’60 correspondió igualmente
una crisis de la masculinidad. El
hombre comienza a admitir cambios
incorporando rasgos o modas que hasta
entonces eran femeninos. Pero en estos
cambios será decisiva la mirada
de la mujer. Ahora, ¿podemos
hablar de un proceso de afeminamiento
en el hombre?. Y estos rasgos y modas
tomados de la mujer ¿son un
acercamiento a la homosexualidad?.
El mismo dispositivo
creado para producir una nueva mujer
afectó el comportamiento y
la idiosincrasia del hombre del siglo
XX, probablemente para siempre.
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La presente nota intenta describir su
dinámica y responder a ciertos interrogantes
que preocupan al actual varón heterosexual.
En un ensayo de reciente publicación
titulado “El llanto. Historia cultural
de las lágrimas”, su autor,
Tom Lutz, profesor de la Universidad de
Iowa, analiza la evolución del llanto
en hombres y mujeres, descubriendo que a
lo largo del siglo XX la mujer fue reprimiendo
en alguna medida su deseo de llorar en función
de una mayor actitud de fortaleza, en tanto
que el hombre fue dándose un permiso
para llorar en beneficio de una mayor sinceridad.
Hoy en día, el hombre que llora es
considerado ( no un flojo) sino una persona
“sensible”.(1).
El aumento del llanto en el hombre no es
más que uno de los múltiples
síntomas de un cambio que fue produciéndose
en el hombre y que concluyó en un
desentumecimiento del rígido código
de la virilidad.
En todas las épocas existieron
códigos de comportamiento que aliviaron
la angustia de los individuos y los hicieron
sentirse cómodos frente a los demás.
El hombre del siglo XIX soportó una
estricta reglamentación para ganarse
un lugar de respetabilidad y poder asumiendo
su rol de jefe de familia. Esta reglamentación
se basaba en una dura exigencia de fortaleza
emocional, eficiencia sexual, estricta heterosexualidad
y lucidez intelectual, ya que su familia
dependía de sus decisiones. Sin embargo,
hacia comienzos del siglo XX este código
manifiesta los primeros síntomas
de crisis, el sexo masculino comienza a
rebelarse como también se irá
rebelando la mujer a todos los condicionamientos
victorianos. El mismo dispositivo que se
creó para producir una nueva mujer,
en los años posteriores a la Segunda
Guerra Mundial, creó nuevas pautas
que flexibilizaron el cuerpo y la personalidad
del varón. Nace así el “hombre
moderno”.
EL HOMBRE DULCE:
Klark Gable encarnó como nadie,
con su risueña sonrisa, su jopo algo
desaliñado y esa novedosa mezcla
de virilidad y dulzura, esa nueva imagen
del varón. Contrastaba con la rigurosidad
de los cowboys de los años ’20
y con los detectives duros del cine negro
norteamericano.
Serán una vez más las revistas
femeninas de los años ’50 y
’60 las que irán elaborando
una prédica sutil hasta conformar
un código de comportamiento más
natural, muchas veces elogiando en el hombre
características que hasta entonces
eran femeninas. En este sentido, la dulzura,
la ternura, la delicadeza o la quebradiza
debilidad dejan de ser privativos de la
mujer para verse también en el hombre.
En su nota “La primera noche”,
Femirama desarrolla el complicado tema de
la noche de bodas, insistiendo en la enorme
responsabilidad del hombre en ese importante
momento. Entonces se le recomienda paciencia,
pero también dulzura, delicadeza,
lo que se define como una “ sana mentalidad
masculina”. Se cuestionan las connotaciones
de posesión que siempre tuvo el acto
sexual y en particular la desfloración.
Luego de recordar que en la noche de bodas
el hombre tiene un rol de “ iniciador”,
esto no le da derechos sino, por el contrario,
le da deberes. Esa noche y en algunas sucesivas,
el hombre debe postergar su propio goce
en función del goce de su esposa,
demostrando siempre mucha cautela, paciencia
y dominio de sí. A la violencia de
la virilidad tradicional, el artículo
recomienda la dulzura de un nuevo hombre
(2).
En otra entrega de Femirama se aborda el
tema del hombre ideal y se deplora la imagen
del hombre recio con estas palabras: “...Aquellos
que atraían por encima de todo...
el play boy, el Mister Músculo, han
terminado para siempre para la mayoría
de las mujeres”. Por ejemplo los ojos
del hombre ideal “deben ser grandes,
expresivos, vivos y dulces”. La misma
nota se burla de la “mirada fatal”
del hombre tradicional. La mirada del hombre
moderno debe ser espontánea, natural,
pero sobre todo tierna, debe expresar interés
por el mundo que lo rodea y sobre todo “
sentido de seguridad y a la vez un sentido
de inseguridad” (3).
EL HOMBRE AUTÉNTICO
En efecto, la espontaneidad, la naturalidad
y la autenticidad se constituyen en otras
tantas nuevas virtudes que se valoran en
el hombre contemporáneo.
Cabe señalar, sin embargo, que en
todas estas revistas femeninas, se desarrolla
esta prédica, no tanto para llegar
a un público masculino que en realidad
raramente las leía, sino más
bien para que sean las mismas mujeres las
que exijan cambios en el hombre. En este
caso, será la mirada femenina la
que irá estructurando la nueva personalidad
y el nuevo comportamiento del hombre. Para
ello, las notas y reportajes sobre los astros
masculinos del cine servirán de modelos
para la conformación del hombre moderno.
En todos los casos se resaltará la
diferencia existente entre los personajes
violentos y rudos que encarnan estos mismos
actores en la pantalla y sus verdaderas
personalidades. La rudeza es reemplazada
por la naturalidad. Por ejemplo, será
la virtud principal que elogiarán
tres actrices (Ursula Andress, Luciana Paluzzi
y Claudia Auger) en Sean Connery. Cuando
no los están filmando, explican,
Connery se muestra poco elegante, con vestimenta
informal, desgarbado. Luciana Paluzzi lo
elogia señalando que no usa ligas,
se viste mal y usa escarbadientes luego
de comer. Explica que “ se viste como
quiere, o sea, muy mal...”. Las tres
actrices, que a su debido tiempo actuaron
con él, elogian su fuerte personalidad
que lo hace cultivar un aspecto desprolijo
y sin elegancia. (4).
Se está lejos ya de aquel hombre
engominado y que cepillaba obsesivamente
sus zapatos y chaquetas antes de salir a
la calle de riguroso traje.
Peter O’Toole es otro ejemplo que
ofrecen entrevistas al que describen como
“un hombre joven y desgarbado. (que)
luce un elegante saco sport de tweed beige
y, debajo de éste, la más
llamativa y absurda camisa que jamás
se halla visto en parís: una camisa
a cuadros de agresivos tonos verdes, amarillos,
celestes, blues y violetas” (5)
Se considera que la mujer moderna, “
esa que toma el ómnibus al salir
de su oficina y come un sándwich
para mantener la línea” rechaza
ya al hombre pulcro y excesivamente atildado,
viéndose atraída por hombres
que, como ciertas obras de arte moderno,
más que bellos son interesantes,
y ostentan una nueva armonía asimétrica
o una estudiada disonancia.(3). Lo que importa
ahora es que el hombre tenga estilo, pero
el estilo tiene que ver con la autenticidad
y ésta a su vez es sinónimo
de sinceridad.
Marlon Brando también cumple el requisito,
ahora tan elogiado, del desaliño
y la desprolijidad: “El pelo en desorden,
blue-jeans y tricota a rayas, zapatos de
goma siempre sucios”. Asimismo, las
debilidades de carácter, los síntomas
neuróticos exhibidos sin vergüenza
son igualmente interpretados como signos
de esta autenticidad. Siempre refiriéndose
a Marlon Brando, la revista Claudia comenta:
“ se diría que albergaba en
sí un oscuro secreto que lo convertía
en un ser insatisfecho y perplejo”
e insiste: “ A veces, un repentino
acto de rebeldía, un acceso de ira
infantil, contradecían esos rasgos
de niño meditabundo y angustiado”
(6). Porque la fortaleza del nuevo hombre
radicará precisamente en enfrentar
a los demás exhibiendo todos sus
defectos. La autenticidad, la sinceridad,
incluso la debilidad mostrada sin pudor
comienzan a considerarse expresiones de
la nueva fuerza del hombre.
EL HOMBRE Y LA LIBERTAD.
Pero estos nuevos requisitos de la autenticidad
y la naturalidad irán de la mano
con una intención de liberar al hombre
de los prejuicios y el autoritarismo de
la cultura tradicional, a la que se la consideraba
no sólo decadente sino más
que nada cruel e injusta. Y esa cultura
tradicional estaba casi siempre representada
por la generación anterior. Un artículo
de Claudia describe a un Gary Cooper enfrentado
a un padre despótico que lo condenaba
a una existencia monótona, por lo
cual el futuro actor deja el hogar paterno
y se va a la “llanura”, donde
se ganará la vida en las tareas rurales.
Ya desde el título del párrafo
se une fortaleza con autenticidad, dice:
“Recio, fiel a sí mismo”
(7). Marlon Brando es otro ejemplo en este
sentido para Claudia, él también
supo rebelarse luego de que su padre lo
obligara a iniciar una carrera militar.
Dice: “¿ Puede concebirse a
Marlon Brando alumno de una escuela militar?.
¿ Puede concebirse su aguda sensibilidad,
su extravagante inquietud en contacto con
un organismo constituido, rígido,
basado en reglas fijas?”. La nueva
fortaleza viril otorga un permiso para exteriorizar
el llanto al tiempo que se golpean las rígidas
normas del antiguo estilo de vida. Y el
autor de la nota concluye enfatizando con
aprobación: “A los dos años
escasos de su ingreso ( a la Academia Militar)
Marlon brando era clamorosamente expulsado
por indisciplina” (6).
El otro aspecto en el que se verifica esta
nueva fortaleza del hombre moderno es una
cierta resistencia a la obligatoriedad de
la actividad sexual. En tanto el hombre
tradicional no debía rechazar ni
la menor insinuación que le hiciera
una mujer, las revistas femeninas comienzan
a destacar una capacidad para decir “no”
en el hombre. Esto, por ejemplo, se aplaude
en Gary Cooper, y de Marlon Brando se destaca
que prefiere a simples costureras o las
humildes dactilógrafas, mujeres vulgares
y desconocidas a las exuberantes mujeres
que circulan en Hollywood.
UN HOMBRE IDEAL PARA LA MUJER MODERNA
Es que al mismo tiempo que se destacan
y elogian nuevas virtudes en el hombre,
se lo va preparando para que engarce debidamente
con una nueva mujer. En el artículo
ya citado del “Hombre ideal”,
Femirama explica que la mujer moderna, por
ser ahora una mujer independiente, que trabaja,
que ejerce su profesión y que lleva
una vida activa penetrando en el mundo masculino,
se encuentra colmada de problemas, ansias
y preocupaciones como para tener paciencia
a un hombre y “devanar el ovillo de
los complicados problemas masculinos”.
Es el hombre ahora, continúa la nota,
quién debe acompañar a la
mujer, una mujer que quiere descubrir quién
es. Por tanto, explica, ya no es el hombre
quien entusiasma a la mujer con el comentario
de sus empresas, “ sino el que escucha,
aprueba y desaprueba” la actividad
de la mujer. Con todo, la nota admite que
este proceso de liberación de la
mujer en el cual el hombre debe participar
favorablemente aún refleja contradicciones.
Lamenta, por ejemplo, en la mujer una ambivalencia
que la hace desear la libertad al tiempo
que sigue pensando en un hombre que la domine.
Y concluye expresando que la mujer “
corre el riesgo de no saber escoger entre
una relación nueva y moderna –que
parte de un presupuesto de igualdad- y el
punto de vista tradicional que destaca su
personalidad pero le resta independencia”.(3)
EL JUSTO MEDIO. NI RECIO NI AFEMINADO.
El artículo ya citado de Femirama,
“El hombre ideal”, explica en
un párrafo: “...el hombre ideal)
no es un recio sino más bien un antirecio
y hasta puede ser feo, pero lo importante
es que tenga estilo”. Un nuevo dominio
de sí se le empieza a exigir al hombre
( como también a la mujer) basado
en el “justo medio”, que obliga
a una mayor observación de los propios
actos y por tanto a una nueva administración
de las pasiones. “La fascinación
se siente hoy como una cuestión de
buen gusto y de medida...”. Más
que un tipo ideal, es preciso que el hombre
no caiga en ningún exceso. “
Ya no tiene éxito- explica Femirama-,
como hace cincuenta años, el hombre
inquietante, mefistofélico, con un
velo de maldad en la mirada, frío,
indiferente, un poco sombrío”,
pero al mismo tiempo descalifica con firmeza
al hipersensible, al atormentado lleno de
complejos, de aspecto inseguro, el tipo
que representó, por ejemplo Montgomery
Clift. El hombre ideal, pues, no debe ser
ni demasiado buen mozo, ni demasiado vistoso,
ni demasiado elegante, ni demasiado descuidado,
no debe ser demasiado deportivo, ni demasiado
intelectual, tampoco debe ser demasiado
brutal ni demasiado afeminado. Precisamente
el afeminamiento, en una época en
la que se está cuestionando la virilidad
tradicional, es perseguido minuciosamente,
detalle por detalle: el pelo, excesivamente
largo, las manos demasiado cuidadas, la
voz, el peinado, el traje o las facciones
pueden delatar la falta de masculinidad.
Pero también se deplora al hombre
que se mueve desordenadamente o que gesticula
agitadamente. Los ademanes del hombre- continúa
Femirama- deben ser parcos, lentos, mesurados,
y expresar control de sí mismo. Es
preciso que la mujer repare en todo aquello
apenas perceptible: “cómo camina,
cómo tiene el cigarrillo, cómo
abre la puerta o se inclina para recoger
algo”. Se refiere a un hombre “racional
y realista, pero siempre un poco sentimental,
la fascinación para ellas se podría
definir como una mezcla de fuerza y dulzura,
como una virilidad tranquila y civilizada
que se impone sin brutalidad, decidida pero
sin esfuerzo (3).
Vale decir que son estas revistas femeninas
las que van creando en la mujer la idea
de un nuevo hombre, más eficaz, menos
asfixiante, más liberador, que contenga
ingredientes de fortaleza y virilidad pro
sin agobiar a la mujer con su tiranía.
Al mismo tiempo la alertan en la necesidad
de una observación más exigente
del hombre. Una fatiga de los roles rígidos
que asumían hombres y mujeres, una
tensión cada vez mayor en la convivencia,
una profunda insatisfacción por el
estilo de vida fue encarada a partir de
los años ’50 y aún se
lucha por resolver.
Ahora bien, si el varón accedió
de buen grado a deponer ciertos aspectos
de su machismo, no fue sólo por agradar
al sexo opuesto. Sin duda existía
en él un cansancio del peso que implicaba
la masculinidad tradicional. Sabemos que
en la historia posterior de este proceso,
esta actitud de cambio se profundizó
aún más. El hombre no sólo
adoptó características de
personalidad femeninas como la dulzura o
la delicadeza, se animó a copiar
atuendos, peinados, accesorios de la vestimenta
femenina como la cartera o los aros que,
con el tiempo, terminaron siendo elementos
de masculinidad. Igualmente se impuso el
beso en la mejilla entre hombres y, con
menos frecuencia, el piquito en los labios.
Sin embargo, este proceso de modificación
de la virilidad supo plantarse firmemente
en un punto por lo cual el salto a la homosexualidad
implica una decisión que viene de
más atrás en la historia de
cada individuo.
Se podría argumentar que se han cambiado
algunos detalles para que todo siga igual,
sin embargo, no debemos criticar con cinismo
estos cambios que llevaron a cabo hombres
y mujeres porque se insertan en el marco
de un valioso proceso de liberación
que, como era de esperar, llegó a
un cierto punto y se detuvo. Pero se materializó
el sueño de una nueva convivencia,
un nuevo acuerdo, nuevas pautas que intentan
dar alivio al destino de este vínculo
de atracción y rechazo, de goce y
de penurias, eterno y trágico que
siempre enlazará con el temblor del
deseo a un hombre y a una mujer.
Por Marcelo Manuel Benitez
Todas las referencias al pie indican
la fuente de donde se extrajeron las citas.
Ninguna de ellas contiene aclaraciones ni
ampliaciones:
1) Datos extraídos de “Los
hombres lloran 4 veces menos que las mujeres”.
Clarín- 8/1/04 - pag. 29
2) Femirama - Julio de 1965.
Art: “La primera noche”
Autor: César Capone
3) Femirama - Noviembre de 1966 - Año
II - TomoIX
Art: “El hombre ideal”
Autor: Donatella Bisutti
4) Femirama - Diciembre de 1965.
Art: “Tres mujeres juzgan a Sean Connery”.
Autor: Giorgio Venturi
5) Femirama - Septiembre de 1966 - Año
II - Tomo IX
Art: “El mundo de Peter O’Toole”
Autor: Henry Gris
6) Claudia N°.3 - Agosto de 1957
Art: “Marlon Brando, fugitivo de sí
mismo”
7) Claudia N°. 8 - Enero de 1958.
Art. “Gary Cooper. Héroe tímido”
Autor: Gepo Turano