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Editorial
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Editorial
El Filo
de las láminas
Por Conrado
Yasenza
Escucho la trompeta de Miles Davis
desplegándose sobre las cuatro
variaciones de Nuit Sur les Champs-Elysees,
y pienso que no soy un intelectual,
que apenas intento expandir el oficio
de escribir más allá
de la palabra, que tengo furias y
alegrías estallando en cada
encuentro, en cada charla o discusión.
No soy un intelectual, sólo
un acopiador de ideas. Tengo amigos
a los que odio y amo sin cortesías
ni cochinadas inútiles. |
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Siento deseos de creer a pesar de estos
duros tiempos de encuestas con porcentajes
de popularidad elevadísimos; siento
ganas de sacudir este estado actual de cosas:
delicadezas fachistas de igualación
hacia abajo; sonrisas de algunos dudosos
representantes enfrentados a momentos cruciales;
hipocresías de los que no asumen
su angustia ni escarban en su propio excremento
pero lo ofrecen igual; violencias producidas
ante las cuales sólo se responde
con un “esto no puede volver a ocurrir”
En fin, rechazo la vida tal cual se nos
da, y la muerte también. Me importa
nada que se me exija claridad. Aquel que
sufra - y creo que los hay por cientos de
miles - no necesita explicaciones. No puede
ni debe aclarársele nada: sólo
sentirlo. Cada palabra ocupa un silencio
omnipresente, universal, y ellos, que sufren,
lo saben muy bien. No hay aclaraciones válidas
para los que viven en la espera eterna.
Sólo sentirlo: haber nacido incompleto
en un mundo afecto a la negación
de lo que molesta y afea el paisaje propio
y ajeno. Todos sufren y tienen derecho o
no, y viven heridos por siempre, cayéndose
una y otra vez del mundo sin otra respuesta
que el desprecio, mientras los reyes se
desnudan para que se les siga besando la
mano.
Me expongo y ofrezco entonces mi vigilia,
que no es un flujo semántico. Vivo
entre el pánico a la repetición
del abismo y la necesidad de repetir el
deseo de creer. Vivo abriendo puertas pulmonares
para ir de la cautela a la irritación:
bien por la soja, la miel, la carne sin
aftosa y nuestro bendito modelo exportador
agrícola-ganadero. Pero yo no veo,
y lo digo como queriendo que se me cumpla
un deseo, al obrero volviendo a su fábrica
reabierta ( o al obrero reincorporado a
las que subsisten). Me duele este pánico
al vacío, a los ojos ajados, a los
dientes siempre rígidos en el vacío.
Me duelen los servicios de cliente, el amor
degradado; me duelen las planicies y las
ojeras de este tiempo tan poco ingenuo,
tan mentido y robado, vendido y prostituido
por un conjunto de absurdos charlatanes.
En definitiva, una enfermedad de época,
parecida a esas cuatro variaciones de una
trompeta perdida. Una enfermedad desorientada
por la noche y su viaje hacia la transfiguración.
Una enfermedad de este cuerpo que quiere
desesperadamente encontrar su huella, su
marca o destino. Un cuerpo al que le guste
su nombre; un cuerpo asociado que obligue
a sus sentidos a permanecer alerta ante
tanto rostro reciclado. Ojalá nos
encontremos con ese cuerpo nuevo, arrojado
hacia el futuro.
Aquí está el mío, con
sus ganas, sus dudas, su esperanza y su
carnal “combate entre la luz y las
tinieblas”.
Si a alguien le sirve, úselo. Asumo
el filo de las láminas.
Por Conrado Yasenza.
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