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El Extranjero
Por Variya
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Éramos cachorros. Estábamos
en Gessell. Unos amigos nos habían
contado que estaba tocando una banda que
no se podía creer. En eso, nos cruzamos
por la calle con un grupo nutrido y extraño.
Extraño en serio: había un
tipo vestido con un overol naranja, y una
pancarta sanguche que le colgaba de los
hombros, anunciando un show con letras garrapateadas;
un pelado con la ropa toda rota, acento
extranjero, cara pícara y risa a
borbotones; los demás no eran tan
notorios pero no desentonaban. Acá
había punks y heavy metals, hippies,
gauchos, empresarios, policías, maestras,
pobres, chetos. Acá había
de todo menos gente rara. Todo se sabía
lo que era. Todo, todo ordenadito. Ese grupo
no se sabía qué eran. Pero
gritaban y se reían: “esta
noche recital. Sumo en Paddock”.
A la noche, el dueño del bar, que
era amigo del padre de un amigo –como
suele ser casi todo en estos pagos-, nos
hizo pasar por una puerta lateral. Entramos
gratis al primer recital de Sumo de nuestras
vidas. El bar era chico y estaba vacío,
si éramos diez los presentes, era
mucho. Pero ahí había un pelado
cantando en inglés con una energía
desconocida en estas pampas. Usaba unos
anteojos de colores que no dejaban ver sus
ojos. Acá nadie usaba anteojos de
sol durante la noche. El tipo cantaba mientras
un ovejero alemán le ladraba constantemente
a un metro de distancia.
-Ey, éste pagó la entrada?
Le preguntó al dueño del boliche,
entonces le habló al perro. –Ahhh,
entonces si querés ver el recital
vas a tener que hacer un sorete para pagar
la entrada.
Acá nadie hablaba con los perros
en los recitales. Menos que menos les pedían
a los perros que depositaran soretes para
seguir mirando el recital. El pelado estaba
borracho y cantaba como los dioses.
Su voz era extraña, deformada de
migración. Cantaba sobre una rubia
tarada. Acá, jamás de los
jamases, las rubias habían sido taradas.
Ni jamás a un músico o poeta
le había dado asco la sociedad, ni
tomaban ginebra con gente despierta. O por
lo menos yo nunca había presenciado
una expresión tan clara, contundente
y llena de gracia. Soltate con wellapon
soltate, soltate el pelo con wellapon, cantaba
el pelado mientras se refregaba una remera
en la pelada y en la cara para secarse el
sudor. Cantaba de no creer. Y tenía
una maquinita que hacía de sus gritos
algo que no terminaba fácilmente.
“Andrea del Boca llora”... No
me acuerdo quien más “llora”,
y otro más “llora”. Y
arrancaba una versión de No woman
no cry, de Marley. Acá Marley no
existía. Acá no existía
el reagge. El tipo cantaba y yo no lo podía
creer. Nunca nadie me había roto
la cabeza en tan pocos minutos. Estaba completamente
fascinado por ese pelado extranjero, loco.
-Esta canción se la dedico a mi hermana
(¿o era a “mi cuñado”?)
que murió en un accidente, se cayeron
de un puente con un auto... algo muy feo...
Y arrancaban con Heroína. Pelaron
un lento como yo nunca había oído
otro. Y estaban ahí adelante, eran
gente de carne y hueso. El tipo del saxo
también era muy raro. Pero Luca era
mágico. Arrasaba con cualquiera.
Era él mismo y se le notaba. Tenía
un pantalón de gimnasia San Marco
muy desteñido y muy agujereado. El
mismo que tenía a la tarde. El mismo
que tendría al otro día.
Cantaba de una mujer atrás de un
vidrio empañado, pero no, mejor no
hablar de ciertas cosas. Cantaba Stand by
me mejor que Little Richard y Lennon juntos.
Otro pelado tocaba la guitarra. Otro tipo,
con pelo, tocaba el bajo. Otro tipo, que
venía saliendo de una rapada, tocaba
la batería. Había un rubio,
más joven, y una chica, que hacían
coros. Quiero dinero, quiero dinero, pedían
cantando. Acá nunca nadie había
pedido dinero en sus propios recitales.
Un punk de cresta, campera de cuero negra,
pantalones rotos en las rodillas y borceguíes,
era el único que bailaba y disfrutaba
de su solitario pogo. “Este es Diego,
en el bajo, Germán en la guitarra,
Roberto en el saxo, Alejandro en batería...
Y yo, Luca, borracho, pelado, hijo de puta”.
Fin del show.
“Dos pesos el cassette, dos pesos
el cassette”, ofrecían cuando
terminó el show. Un cassette blanco
con letras celestes, sin cajita: Corpiños
en la madrugada. Acá nadie vendía
su propia música. Acá era
todo conocido. Acá se sabía
todo sobre todo. Acá estaba todo
muy gris y muy dolorido. Acá estaba
todo oscuro. Hasta que llegó Luca.
Hasta que llegó...

Por Variya