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Julio Cortázar
Tremendo
Cronopio
Por Conrado
Yasenza
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Qué difícil es escribir un
texto que no se encolumne detrás
del interminable torbellino
de artículos periodísticos,
documentales biográficos y películas
que hemos leído y visto - y seguramente
veremos y leeremos - en este año
Cortazariano; año en el que se cumplen
20 años de su muerte en París
y 90 de su nacimiento en Bélgica.
Siempre leales a la conmemoración
ritual de la muerte. ¿Será
la insoslayable formación occidental
y cristiana la que nos aferra a la celebración
de la muerte, como si la vida fuera una
insalvable zona de pasaje que no vale la
pena ser festejada?. Cortázar se
reiría y mofaría mucho - muchísimo
creo yo - de estos maratones celebratorios
causados por un hecho más en la vida
de un ser humano: la muerte. Qué
injusto o qué perverso es esto de
homenajear a mi entrañable Julio
a 20 años de su muerte, cuando en
vida distintas facciones políticas
e intelectuales, cada una de ellas esgrimiendo
divisas y argumentos, lo criticaba férreamente
por burgués gorila exiliado en París
- cuántas lecturas ideológicas
de Casa tomada -, o por aquello de escritor
que influenciado por un amor y por los torvos
vientos de los años setenta, abrazó
tardíamente las causas revolucionarias
de América Latina y dejó de
escribir literatura para escribir sobre
política. Ay, cuántas enfervorizadas
refutaciones hacia sus libros Argentina:
años de alambrada cultural, y Nicaragua,
tan violentamente dulce. Y en el plano estricto,
según los críticos literarios,
del oficio de la escritura, ese molesto
y políticamente incorrecto Libro
de Manuel. Y Rayuela, según la pluma
de algunos ilustres escritores nativos,
la monumental novela que demuestra su propia
pequeñez. En fin, nunca nadie está
conforme Julio, y vos dirías que
está bien que esto suceda, y que
en última instancia estas discusiones
en torno a tu figura, tus actos y tu obra,
son menores frente a tanta tragedia instalada
en nuestro hogar, en nuestra casa tomada.
Ahh!!, querido Julio, tremendo cronopio,
cuan lejos estuviste y estás de estas
menudencias provincianas y mezquinas: Que
si hoy los escritores ¿jóvenes?
desean asumir un rol social, matricularse
de intelectuales y así tener responsabilidades
para con la sociedad lectora y no lectora.
Que los jóvenes escritores no te
estiman mucho pero tampoco se atreven a
criticarte con algún grado de vehemencia
u obstinación porque, claro Julio,
por lo menos por este año no está
muy bien visto. O si es posible que esta
época de mendrugos ideológicos
requiera de un escritor que se comprometa
con lo que acontece en su tiempo, como si
tuviéramos la posibilidad, sin apelar
a mecanismos siniestros, de escindir vida,
literatura y época. Se entiende,
Julio, hablo de los escritores que tienen
acceso a la demencial máquina trituradora
de tiempos y seres: la maquinaria periodística,
desplegada ya profusamente hacia todas las
actividades y temas. Seguro Julio, que no
saben nada de esas distintas e innumerables
distancias y tiempos a las que un auténtico
cronopio puede acceder durante un viaje
en subte o metro, para luego dejar constancia
de tan alucinante experiencia, de tan magnifico
viaje por los intersticios del tiempo común
y silvestre. En fin Julio, en realidad yo
no sabía cómo escribirte estas
líneas que intentan contarte que
te conocí cuando tenía alrededor
de 17 años. Todavía conservo
el viejo y ajado libro que nos puso en contacto:
Sí, Rayuela. Cuánta excitación
me produjo esa catarata de preguntas que,
de tanto en tanto, vuelvo a hacerme; que
inquietante acceder a ese mundo de existencias
frágiles: eso, Julio, allí
estaba presente la condición humana
y su fragilidad, munida de sus juegos para
atenuar la prevalencia de cierta angustia
existencial, de esa ambivalencia de ser
en planos diferentes y de estar un una cosmovisión
de la no-estadía; ser siendo otro.
Y esa maravillosa libertad para minar el
sacrosanto terreno de las letras bien entendidas.
Qué libre me sentí leyendo
y viviendo las alternancias existenciales
y amorosas de Oliveira y los chicos del
Club de las Serpientes. Que dulce inteligencia
la de la Maga, llegando a las mismas conclusiones
que el selecto círculo de amigos
intelectualizaba en un regodeo del pensamiento
sin fin. No me parecen ingenuos o extemporáneos
los llantos de madame Berthe Trépat
tocando su piano sólo para vos y
yo en una sala perdida en el tiempo y el
espacio ( Sé Julio, que no entendías
bien por qué la gente se extasiaba
con aquella concertista olvidada, y bueno,
será porque los cronopios tienden
a desorientar a todo el mundo, incluidos
los demás cronopios). Libertad para
jugar un juego que debería no excluir
a nadie, si en definitiva la literatura
es eso: Un juego que requiere la complicidad
de otros jugadores para que éste
sea más divertido. Vos sabías
bien esto Julio, terrible cronopio. Así
empecé a escribir algunos textos
que serían hoy juzgados sin piedad
por apologéticos - y falsos, seguramente
-, pero que a mí me hicieron sentir
vivo: Sursurestes de broncas... Un lugar,
un lugar de flores... de piernas públicas
agitándose... otro sí sí...
pero es el mismo transmigrado.
Y luego Manuel, libro que tomó mi
vida y por el cual, mientras duró
la lectura del mismo, yo viví a través
de él. Hasta tuve un enamoramiento
que me ponía en sintonía con
Marcos y Ludmila. Novela gracias a la cual
llegué a un amigo en común
Julio, Vicente Zito Lema, a quien le confiaste
la organización de la presentación
del Libro de Manuel en Argentina, y a quien
también le confiaste en secreta reunión
que donarías las regalías
de Manuel para la causa de los derechos
humanos y los presos de Trelew.
Y siguieron muchas otras lecturas que tenían
y no tenían que ver con vos. Pero
ahí estabas, siempre presente, como
ahora, que escribo este artículo
que nos acerca tanto, aunque yo no tenga
una trompeta y un gato llamado Adorno, ni
sepa tocar el piano; aunque yo no pueda
bombardear la zona vedada de la literatura
y ofrecer nuevos horizontes para quien quiera
jugar. Yo comprendí el sentido y
función del reloj, sólo que
el mío adelanta y atrasa con una
soberanía insobornable; ya me instruí
acerca de cómo subir las escaleras;
desarrollé un preocupante gusto por
las deshoras, y nunca estuve físicamente
en Montmartre ni en el Pont des Arts con
Etiene, Ronald, Gregorovius, Oliveira, La
Maga, Rocamadour y el Gran Bird ....
En fin Julio, vos ya sabes que este año
se te va a mencionar y citar muchísimo;
seguramente muchas revistas especializadas
y no prepararán informes sobre El
Gran Julio Cortázar, con opiniones
de amigos escritores, de amigos, de escritores
y de una abultada y pasmosa cinta de Moebio
que opinará hasta agotar aire y aliento.
Lo mío, entonces, es mucho más
sencillo: es un atajo y una trampita que
le tiendo a los lectores para conversar
un rato con vos Julio, mi amigo, el
cronopio nunca distante.
Por Conrado Yasenza