Cuentos
Por Carola
Chaparro |
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N.de la
R.: A continuación se transcribe
la Gacetilla de Prensa del Ministerio
de Trabajo de la Nación que
anuncia que nuestra entrañable
colaboradora y amiga de La Tecl@ Eñe,
Carola Chaparro, ha obtenido un merecido
premio por los cuentos de su autoría
y que tenemos el enorme gusto de compartir
con nuestros lectores, va entonces,
nuestro saludo afectuoso, felicitaciones
y el orgullo de tenerte con nosotros.
Salud Carola!!!
Los Editores.
UNA CAMPAÑA DEL MINISTERIO
DE TRABAJO
A raíz del preocupante aumento
del trabajo infantil en la Argentina,
la Comisión Nacional para la
Erradicación del Trabajo Infantil
(CONAETI), auspiciada por el Ministerio
de Trabajo de la Nación, ideó
el concurso de cuento breve “No
al Trabajo Infantil” para su
campaña de concientización
y sensibilización sobre el
tema.
El Primer Premio y la Primera Mención
Honorífica del concurso fueron
para la socióloga Carola Chaparro
(UBA), con los cuentos “Felicidad
sin perdices” y
“Qué
pasa”. El jurado
estuvo integrado por la socióloga
Susana Cuestas Bedoya, la licenciada
en Trabajo Social Gisella Gallimi
y miembros de la CONAETI.
La idea es difundir esta problemática
y sensibilizar a la población
como herramienta que colabore a la
erradicación de este daño
irreparable sobre la infancia. Según
cifras del INDEC, en el 2001 trabajaban
más de 1 millón y medio
de niños argentinos. Actualmente
se calcula que la cifra ronda los
2 millones.
Para ampliar la información
CONAETI/ Ministerio de Trabajo de
la Nación 4310-5814 - Verónica
Sivak o Fernando Kigelman (prensa)
- Carola Chaparro: carolachaparro@hotmail.com.
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Felicidad
sin perdices
Por Carola Chaparro
“Hay que aprender a comer de todo,”
decía con la mejor intención
la abuela, pero ella había pasado
por una guerra que incluía rata y
perro en el menú. Y a veces nada,
qué terrible, sin ni siquiera la
opción de la inapetencia.
Acá en la tierra de las semillas
que crecen hasta debajo de las uñas
es distinto. Hambre, lo que se dice hambre,
tiene el que quiere. Eso pensaba, satisfecho,
el doctor Lafinur mientras intentaba vanamente
cubrirse la panza descomunal con su bata
de seda bordó. “Pareces un
paquete gigante,” opinaba Denise,
su única descendencia.
Alrededor de la mesa se apretujaban, sentados
sobre tablas y con la cuchara en la mano,
los hijos (no le pregunten cuántos)
de Marta, que ni loca había escuchado
que el marido es el sostén de nada.
Cada hombre con el que se cruzó le
dejó un regalo de nueve meses y un
ratito, la verdad que corto, de sensaciones.
El resto se parecía a lo que le pasaba
a las demás: mucho cansancio. Pero
las barrigas seguían pidiendo y a
veces había sopas y guisos en los
platos. Otras no.
Denise era hermosa. La delgadez, que es
siempre elegante, la acompañaba como
un sello ostentado con orgullo. Horas de
ejercicios y dietas elaboradas le daban
a su sacrificio un esqueleto moral. Le encantaba
que mientras estiraba su cuerpo los vidrios
del gimnasio la mostraran merecedora de
los resultados.
Con una ligera capa de sudor podía
enfrentar a los mirones con la conciencia
tranquila: nunca una gorda dejada. Flaca,
equilibrada, divina. Para ser actriz. O
casarse. La sola idea de almorzar le daba
náuseas. Hay que ser asqueroso para
pensar todo el día en comida.
En el cumpleaños del doctor Lafinur
no habría errores. Eso le explicaron
a Marta, que no dejaba de retorcer la punta
del delantal blanco que le pusieron ni bien
llegó. La casa era grande. Y para
tan poca gente, qué pena. Estos no
entienden. Encima creen que se van a llenar
con eso del cordero patagónico, las
verduras orgánicas y los frutos de
no sé qué bosque, que no rinden
nada. No saben que la cosa está en
picar bien chiquito para ayudarse con una
salsita que se pueda estirar con pan. Así
los chicos salen fuertes.
“Lo que pasa es que a los pobres
les falta paladar,” resumió
el doctor frente a sus invitados, después
de soplar las velitas. De otra forma, cómo
explicar ese ensañamiento culinario
hecho de fideo y de pan.
- No se dan cuenta de lo fofos y horribles
que son. No entiendo cómo toleran
la gordura- acotaba Denise, espantada.
- Bueno, querida, hay panzas y panzas –
respondía Lafinur acariciando la
suya.
Fuertes y sanos, así los quería
Marta a sus chicos. Sobre todo ahora que
en lo del doctor no la necesitaban más
y otra vez había que rebuscárselas.
Por lo menos la noche de la fiesta se había
llevado las sobras que podía cargar.
Lo malo fue que, aunque comieron todo, protestaron:
- Tiene gusto raro.
No importaba. Estaban tan repletos que verlos
dormir le arrancaba unas carcajadas que
escondió mordiendo el repasador.
Estos sí que iban a conseguir trabajo
en la fábrica. Mañana los
podía llevar. “Buena presencia,”
había leído en un cartelito.
- Están lindos tus hijos- le dijo
una vecina cuando los espió por la
ventana.
- Sí, están preciosos- contestó
Marta, feliz.
Qué pasa
Por Carola Chaparro
Hoy me dijo la maestra que Sarmiento (ese
que nunca faltó a la escuela) escribió
que todos los chicos tienen que estudiar.
A mí si me empiezan con lo del “había
una vez” no me engañan. Esto
de Sarmiento me lo creí porque pienso
que es verdad: sino ahora todavía
seríamos indios, como decía
él.
A la noche mi hermano mayor me explicó
que el que no estudia no trabaja y entonces
va preso, como el tío Néstor.
Yo le pregunté cuándo teníamos
que empezar. Y me dijo que los chicos no
trabajábamos, que cuando fuera grande
me iban a avisar (¿habrá alguien
que llegue con un saco y una corbata y te
diga que ya estás listo?).
Después del postre la tía
nos deja mirar El Increíble Hulk:
me encanta cómo se pone verde y rompe
todo si las cosas le molestan. Aunque no
sé si quedarme con el Hombre Araña.
Voy a ver mientras me duermo.
Lo malo de la mañana es que hay
que levantarse. Lo bueno es el desayuno,
si es rico. Lo aburrido es ir otra vez a
la escuela.
A la maestra la estoy volviendo loca con
el qué pasa (pienso que por ahí
estaba loca de antes pero que conmigo se
dio cuenta). Quiero saber qué pasa
si me agarra una enfermedad que me haga
salir pelo en la cara, qué pasa si
me muero y resucito y soy un perro, qué
pasa si no encuentro con quién casarme
(ya me dijeron que con las primas no se
puede). Otros qué pasa me los pregunto
para adentro: qué pasa si me llaman
a dar lección y yo empiezo a cantar
el himno, qué pasa si una mitad del
alfajor es más grande que la otra,
qué pasa si me quedo con voz de nena.
La hora de la merienda es la mejor. O más
bien era, hasta esta tarde cuando fue la
primera vez que nos tomamos el tren para
volver y ahí lo vi. Al principio
no entendí nada, después me
asusté. Estaba muy sucio (es raro
que no le digan que se lave las manos).
No tenía zapatillas y vendía
biromes. La tía compró una,
aunque yo no quería.
- Los chicos no trabajan- le grité
enojado.
Por ahí él lo hace porque
cree que puede ir preso como el tío
Néstor y empezó desde ahora.
Seguro que a la escuela así no lo
dejan entrar. Pero si no estudia, no entiendo
cómo puede estar trabajando. Yo no
sé si hace bien o mal con esto. Lo
que me dio es miedo de que me pase a mí.
Y pena también, pero por Sarmiento,
pobre.