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Acceder a la profundidad
y la riqueza de Ricardo Carpani
es una tarea monumental y descubridora.
La temática obrera de los murales,
las series de "Los desocupados",
"Los amantes", el "Martín
Fierro" y los "Porteños
en la jungla" integran la profusa
producción de este artista argentino
en la plástica y también
el ensayo artístico. Todo parece
colarse por los pasillos y paredes del
departamento de su compañera Doris
Halpin, quien lo acompañó
hasta su fallecimiento en 1997. Digo mal:
lo acompaña, porque Carpani sigue
existiendo a través de Doris. Ella
ha tomado manos a la obra: dirige la Fundación
Ricardo Carpani y ha conseguido de un
banco algo trabajoso: una cuenta para
realizar aportes modestos a la entidad
y "alimentarse de pequeños fondos
para que sea realmente de origen popular";
también está compilando
los textos del artista para editar "Conversaciones
con Ricardo Carpani", junto al
registro audiovisual para un vídeo.
Hay intensidad en la mirada de esta mujer
de pelo blanco, de agudos ojos azules
y voz pausada. No ha querido hablar de
ella como artista; tampoco accedió
a fotografiarse por su delicada sencillez.
Nos regaló su palabra que perfila
a Carpani haciendo del arte y la vida
una sola cosa.
Arte
como expresión y comunicación,
más allá de las modas
- En arte hay
manifestaciones de alguna manera emparentada
con la plástica, la literatura
y la música que, por la forma que
revisten, pretenden ser artísticas
pero cuyo contenido no es transmisible
por ser demasiadas subjetivas; y, además,
por tener un mensaje no pasible de ser
compartido, es decir, no son comunicación;
entonces ¿qué son?-se pregunta
Doris, que ha empezado a hablar sueltamente,
esbozando una definición de obra
de arte-. Entonces están esos críticos
que «ayudan a comprender» la obra de arte,
cuando ésta debe ser comprendida
y aprehendida por el que la contempla,
donde cada uno aporta su subjetividad
a esa interpretación. Y si el mensaje
no cierra, si lo que trata de transmitir
no tiene una «razón de existencia»
en el momento en que es producida por
el artista, deja de cumplir lo que -para
algunos- es la función del arte.
No todo el mundo piensa de esta manera.
Por ejemplo, la abstracción pura
es una manifestación subjetiva,
personal, que transmite una impresión,
esto es, la expresión de una subjetividad
que se encierra en sí misma. No
hay transmisión de pensamiento,
ni de contenido. Parece imbricado lo que
estoy diciendo, pero desde ahí
florecen las críticas absolutamente
alambicadas, que parecen tener una carga
enorme, «filosófica» o de contenido,
que en realidad no transmiten nada. O,
por el contrario, puede ocurrir como han
hecho algunos pintores -es el caso de
Rothko, por ejemplo- de grandes superficies
de un color o de combinaciones de algunos
de ellos. Los colores, de por sí,
tienen una carga emocional, que no podemos
negar, dejan una impresión en la
persona que los mira. Pero no es una comunicación
real; es apenas la utilización
de un elemento con esa carga emocional.
Entonces aparecen los críticos
que tratan de dar a eso un contenido,
expresando en palabras lo que la pintura
nos debiera expresar. Es decir, le agregan
contenidos que pueden ser arbitrarios
o, como sucede con el arte conceptual,
tratando de expresar lo que uno intentó
hacer con la plástica: una plástica
chueca.
En ese sentido la figura
de Ricardo Carpani es bien concreta: el
arte como comunicación, en «ida
y vuelta» con el espectador.
- Ricardo era taxativo:
el arte es expresión y es comunicación.
Solamente es expresión de la subjetividad
del artista si no cuenta con ese esfuerzo
adicional porque su mensaje tenga un contenido
que, hay que aclarar, no siempre es el
mismo. Es como dice Umberto Eco sobre
la «obra abierta»: disponer de la necesaria
ambigüedad para que las infinitas
subjetividades encuentren un eco en ellas,
pero no en el sentido de que su contenido
pueda ser cualquiera. Si la pintura no
tiene esa carga está sujeta a una
interpretación unilateral, es decir,
le falta riqueza al contenido. El esfuerzo
por comunicarse denota la conexión
con la realidad.
Es ésa la «conexión
carpaniana». A propósito, ¿cuál
es su impresión del aporte de Ricardo
Carpani al arte contemporáneo argentino?
- Para muchos lo que
diga quizá signifique parcialidad.
Estimo que en Argentina no hay demasiados
artistas que al mismo tiempo hayan teorizado
sobre el arte. Prácticamente, desde
mi óptica, en la década
del '60 había dos artistas que
lo hicieron: Luis Felipe Noé y
Ricardo Carpani, con visiones diferentes,
aunque no antitéticas, en sus aproximaciones.
Ricardo pensaba el arte como expresión
y comunicación y, siendo así,
el sentido de esa comunicación
llevaba hacia una mayor liberación
del hombre. Para Carpani el arte expresaba
la «realidad total», sin aislar este presente
cargado de toda la historia pasada y,
además, con una interpretación
con proyecto de futuro. Y no ha habido
casi otros artistas plásticos que
hayan teorizado con la profundidad que
ellos tuvieron. También teorizó
Kemble, pero más relegado a «lo
puramente artístico». Lo que ocurre,
cada vez más y no sólo en
Argentina, que el «arte» depende de las
modas. Un teórico español,
Marchán Fiz, explica que cuando
una obra de arte deja de ser un valor
de uso para convertirse en un valor de
cambio, el artista «vale» tanto como su
cotización en pesos. Y como los
marchands y los museos tienen que
ir renovando ofertas permanentemente,
y es un negocio como cualquier otro, están
las modas y los infinitos «ismos».
Que son complicadísimos porque,
fijáte vos, si te ponés
a leer y a profundizar qué significó
el impresionismo o el fauvismo, el cubismo
o el simbolismo, leyendo los manifiestos
de los artistas te encontrás con
algunos de ellos que, en un momento dado
parecían «los» representantes del
arte simbólico, fueron derivando
hacia un cubismo en otras etapas por ejemplo;
o utilizan el fauvismo derivándolo
hacia otro extremo. Pero todas esas no
son más que parcializaciones, es
decir, profundizar en un sentido marginando
la totalidad. Entonces si uno empieza
a dedicarse a las modas cada vez se va
estereotipando más. Caemos casi
en un lenguaje de sectas. Además,
vos encontrás una cantidad de artistas
permanentemente atentos a qué está
de moda para permanecer en cartel. Y el
artista termina vendiendo lo que nunca
debiera vender: su imagen. Porque una
cosa es vender un cuadro, que es la representación
de una imagen que vos podés plasmar
en una cantidad de sentidos, y otra cosa
es vender tu imagen para estar a la moda,
para los «entendidos», sin un mensaje
transmitido por su sensibilidad. He conocido
teóricos a quienes oí que
el lenguaje no debe ser comunicación,
y que no debe apelar a lo sensible. Lo
más increíble es que, en
general, en los plásticos el lenguaje
específico no es el escrito u oral,
por lo que no se expresan con el nivel
de un verdadero literato, de un artista
que escribe, sino que con un lenguaje
parcial tratan de describir lo que no
han podido expresar a través del
lenguaje plástico. Son dos lenguajes
diferentes el plástico y el literario
que apelan a la sensibilidad de los individuos
de manera diferente, lo cual no les resta
jerarquía. El plástico,
por empezar, tiene una transmisión
visual y apunta, a través de formas
y colores, de composiciones y de ritmos,
a hacer llegar su mensaje a la gente.
¿Existe una misión del
artista con su tiempo histórico?
- Desde luego.
Como Ricardo decía, no es que el
artista se adelante a su época;
cuando empiezan a soplar aires de cambio,
el artista los expresa. Y eso refleja
si el arte está comprometido o
no con la realidad de su tiempo. Estaba
leyendo, antes que vinieras, la crítica
excelente de Córdova y Turburu
a Juan Manuel Sánchez, Mario Mollari
y a Ricardo cuando expusieron por primera
vez, antes de fundar "Espartaco"
[N. de R.: el movimiento
artístico en el que se inició
Carpani hacia 1958]. Apareció
en una revista que dirigía Pedro
Orgambide, "Gaceta Literaria",
donde menciona el compromiso del artista,
y de la relación de éste
y su medio. Porque si no expresa lo que
lo incumbe a él, ¿qué puede
expresar entonces un artista? Ricardo
decía que ser profesor de pintura
no es enseñar a pintar, es decir,
transmitir el estilo de uno, sino que
es enseñar a ver. Porque si uno
no ve, ¿qué es lo que va a pintar?
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"Desocupados"
1959 - Óleo sobre tela
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¿Y cómo surge
un cuadro? ¿Cómo es el momento
singular de la creación?
- Sabés que yo
tengo una sensación totalmente
a flor de piel (no sé si es real
o no, no la he tratado de profundizar
con gente que podría ayudarme),
pero para mí el acto de creación
de cualquier manifestación artística
tiene algo de locura. Creo que hay algo
del desborde de la locura en el arte cuando
es genuino.
Y de la creación
surge, también, el momento de la
corrección, verdad?
- Carpani decía
que cuando se termina un trabajo, uno
ya sabía cómo hacerlo mejor.
Estando satisfecho o no con un trabajo
terminado es necesario guardar una distancia
con respecto a la propia obra, porque
después, con el tiempo, cuando
se vuelven a observar las producciones
de uno, a veces se encuentra que aquello
que no satisfizo en su momento era más
importante de lo que uno pensaba. O tenía
más sentido de lo que uno creía.
En otras palabras, es difícil pronunciarse
con respecto al producto terminado cuando
es el resultado de una creación.
Porque uno gobierna parte de ese proceso,
pero no todo. Cuando a Ricardo le preguntaban
por qué las manos, amén
por ser un elemento expresivo, es muy
difícil para un artista genuino
explicar en palabras lo que las formas
y los contenidos de éstas expresan.
Porque la obra no es sólo una expresión
del artista, sino también una interpretación
del que lo mira. Entonces está
sujeto a una infinidad de subjetividades,
y va a depender de cada mirada el contenido
real, final y concreto dado a esa obra,
y del momento en que se la realiza. "Hay
una parte que controlo", decía
Ricardo. Añadía, si le preguntaban
qué quería representar:
"la dignidad del hombre en esa tensión
entre su conocimiento amargo de la realidad,
y su necesidad de transformarla y humanizarla".
Y la obra de Carpani ha sido pintar esa
dignidad. No trató de pintar los
lados «oscuros» de la realidad: nunca
pintó la tortura, ni al aldeano
pobre y subsumido. Siempre pintó
al hombre que está dispuesto a
combatir, al hombre en lucha.
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"Huelga"
1960 - Óleo sobre tela
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Un
lenguaje personal de vanguardia
Doris se maneja segura
entre la pila de libros y hojas que nos
separan mientras registramos la charla.
Cuando lo necesita estira una mano y encuentra
libros que muestra y hojea para completar
mejor sus afirmaciones. Contra una pared
hay apilados otros tantos, cuyos títulos
se pierden a lo largo de la sala. A un
lado de donde estoy alcanzo a leer algunos
lomos: "Evita, la tumba sin paz", otro
con el título "Carpani", "Una sociedad
colonial avanzada" de Luis Felipe Noé,
y "El Príncipe" de Nicolás
Maquiavelo. Hacia adentro, en el living,
hay un sillón que está frente
a un televisor, rodeado de estatuas del
artista.
¿Estima que recibió
un reconocimiento la trayectoria de Ricardo
Carpani?
¿Por parte de quién?
Desde el establishment fue muy
poco reconocida. Carpani es uno de los
pocos pintores argentinos que tiene un
lenguaje particular, personal, muy diferente
y muy «nuestro», sin ser «nacionalista»
claro está. Gutiérrez Zaldívar
siempre decía que era un caso único
en la pintura argentina porque no se parecía
más que a sí mismo; y, además,
profundamente porteño. Para él
era importante el tema de la identidad.
Por otra parte, en el manifiesto de "Espartaco"
argumentaban que el muralismo era una
forma de arte social, que está
a la vista y al alcance de todos. La pintura
de caballete, que es una obra que normalmente
en posesión de alguien, que la
tiene guardada en un ámbito cerrado,
ya no cumple la misma función.
Desde el punto de atención por
la población en general, fue considerado
muy importante, a tal punto que los trabajadores
se consideraban expresados por él,
así como en los sectores estudiantiles
y universitarios.
¿Se resentía
por aquella recepción?
- Resentirse no;
era consciente de ello. Por ejemplo, recuerdo
que hubo una fundación que se dirigió
a Glusberg solicitando una muestra de
Carpani en el Museo de Bellas Artes, y
éste señor fue taxativo,
tanto en esa instancia como en un Museo
de Bellas Artes del Interior; había
una cuestión personal: este señor
decía que era «mal artista». Carpani
jamás expondría mientras
estuviera él. Y me pregunto, ¿qué
significa ser «mal» o «buen» artista?
... Y resulta que hay mucha gente que
se reconoce en la pintura de Carpani.
No es un pintor que esté todos
los días en la prensa, sin embargo
cuando murió apareció en
primera plana. La obra de Carpani ha sido
por eso «divisoria de aguas»: la quieren
y la adoran, o la odian y la execran.
Pero cuando tratan de minimizar su obra
lo hacen con argumentos ridículos.
Lo tildan de «anacrónico», por
ejemplo. ¿Qué significa? ¿Y qué
significa «vanguardia»? Le decían
que estaba considerado «académico».
Absurdo. Un académico está
sujeto a normas institucionales, y nadie
que analice a Carpani puede llegar a eso
con la enorme deformación de la
figura humana que produce. Pero además
hay otro nivel: cuando se forma el grupo
"Espartaco", en los años
'57 y '58, ellos le asignan un contenido
social e ideológico a sus obras.
Y resulta que cuando se pone de moda el
«Mayo Francés» y la revolución,
todo el mundo se pone a hacer arte político.
"Nosotros lo hacíamos diez años
antes", decía Ricardo. ¿Y quiénes
eran, entonces, «anacrónicos» y
quiénes «vanguardia»? La vanguardia,
en última instancia, éramos
nosotros, los que propugnábamos
un arte político, que despertara
conciencias y movilizara.
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"Amantes
de pie" 1968/1986 - Óleo
sobre tela
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Carpani
polemista
Ricardo Carpani fue mentor de
un arte de resistencia, que desde
sus manos buscó plasmar
la utopía consecuente hacia
una mayor liberación humana.
Su visión artística
e ideológica le remitió
discusiones, variadas e intensas,
que lo perfilan más finamente
como juez y parte en cada disenso
planteado.
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El Di Tella
(o la vanguardia colonizada)
- Si pensás en
la década del '60 y analizás
las posiciones encontradas vas a tener,
por un lado, todo lo que significaba el
Di Tella, y por el otro todo lo que significaban
aquellas apuestas a un arte más
popular. Aquella institución estaba
patrocinada, entre otras, por la Fundación
Rockefeller y la Fundación Ford.
Y todo la lucha de ese momento era para
bregar que el arte argentino no estuviera
colonizado. No soy la única en
decirlo: están los escritos de
Andrea Giunta que defienden el proyecto
del ditelliano. Nadie pone millones de
dólares sin una finalidad específica.
Y en las artes plásticas eso fue
más evidente que en otras, porque
en la música, por ejemplo, estaba
al frente Ginastera, cuya música
era, de alguna manera, «nuestra». En teatro,
por su lado, surgieron Les Luthiers que
tenían un contenido crítico.
Pero en plástica no: fue un intento
de Romero Brest de internacionalizar nuestra
cultura, en función de adoptar
las modas que tenían vigencia en
EE.UU. durante esos momentos. En ésto
tuvieron que ver aquellas dos fundaciones
que mencioné. Se estaba librando
entonces, sobre todo en Europa, una especie
de contienda ( hay que leer el libro de
Francis Stonor Saunders "La CIA
y la guerra fría cultural")
entre el arte «de liberación» (de
EE.UU. y Europa) y el arte soviético,
también «dirigido», del «realismo
socialista». De parte de los norteamericanos
hubo dinero canalizado a través
de fundaciones como la Rockefeller Fundation
y la Ford Fundation, y en su libro Stonor
Saunders menciona que esto se dirimió
por Europa: había que desplazar
a París como centro artístico.
Entonces, en ese enfrentamiento entre
el arte soviético y el titulado
«arte liberado» (tan manejado y dirigido
como el primero), el Di Tella representa
un intento de colonización de nuestro
arte, de hegemonizar culturalmente. Contra
eso había aires de compromiso por
el cambio en la década del '60,
¡hasta en las letras de los Beatles! Recordemos
que cuando se produce el «Mayo Francés»
antes habían existido movimientos
estudiantiles y universitarios en varios
países: en la España bajo
el franquismo, en Italia, en Alemania.
Pero acá se puso de moda el «Mayo
Francés».
Hay un libro de Jean
Clair -que fue director del Museo Pablo
Picasso-, "La responsabilidad del
artista", donde un capítulo
lo titula "las vanguardias entre
el terror y la razón".
Es muy importante. En éste dice:
«La pregunta sigue planteada: ¿cómo
es posible que entre todas las ideologías
de nuestro siglo, sea la vanguardia la
única que no ha sabido afrontar
la crítica? Sigue engalándose
a la vez con el prestigio de la revuelta
individual y con el de la contribución
del progreso al bien común. Institucionalizada
y funcionalizada, auténtica querida
de los programas institucionales de desarrollo
cultural, sin embargo aún pretende
encarnar el espíritu de insumisión
ante el poder establecido. ¿De dónde
la permanencia de tan extraño privilegio?
Porque no se trata de subversión
de valores establecidos. Ningún
estado ha subvencionado nunca la subversión
de sus propios valores.» Encuentra
sorprendente entonces que las instituciones
estén patrocinando a esos grupos
que se supone intentan subvertirlas. Son
vanguardias institucionales. Por eso,
en el ambiente artístico el poder
no es el estado; es privado. Cuando Romero
Brest deja el Museo de Bellas Artes -que
no lo deja del todo- y dirige el Instituto
Di Tella-, Ricardo escribió un
artículo titulado "El inicio
de la privatización del arte".
Y fue así.
[ N. de R.: Doris
se llama ahora a silencio para hilar palabras
a su pensamiento. A fin de cuentas, en
ella también Carpani, el arte y
la vida son una sola cosa. Y vive en este
tiempo..]
- ¿Cómo te podría
decir? No estoy en contra de las vanguardias,
creo que tienen que existir, son las que
van perfilando los cambios. Lo que pasa
es que existe algo más que la vanguardia.
Están aquellos artistas que tienen
un interés en representar su realidad;
están los que la quieren hacer
desde un nivel artístico-técnico
excelente. Hay una faz técnica
y otra creativa; ninguna debe gobernar
a la otra. Pero tienen que existir el
nivel y la calidad artísticas.
Una política de estado en lo cultural
debiera entonces generar las condiciones
para que el talento pueda desarrollarse,
nunca con un sentido comercial, ni permitiendo
que el «mercado» sea el que fije los valores;
debiera democratizar también al
máximo las posibilidades de formación
y educación del individuo, para
que se exprese libremente. Al mismo tiempo,
no comprometer el nivel técnico
para una «mayor comprensión» por
parte de las clases populares; esto es
falso: hay una aproximación sensible
a la obra de arte. En Europa, por ejemplo,
existe la vanguardia y se la venera como
aquí. Y esto no es casualidad.
Pero cuando expone un pintor del nivel
de Lucien Freud, se moviliza la mitad
de la sociedad, hay colas inmensas, mucho
más que para las vanguardias. A
ésta concurre un público
estereotipado, snob; en las otras
están todos. Y me da rabia porque
eso no ocurre aquí. Si te fijás
en las exposiciones que se hicieron en
el Museo de Bellas Artes, algunas eran
de vergüenza.
Los
grupos armados en el '74
Doris y Carpani partieron
a Europa durante julio de 1974. Por entonces
Juan Domingo Perón, en su tercera
presidencia, había tildado de "imberbes"
y de "estúpidos que gritan"
a los Montoneros en la Plaza de
Mayo durante el acto por el Día
del Trabajo. Perón había
hecho su trabajo: los había mimado
mientras el peronismo estuvo proscripto,
y los había expulsado cuando alcanzó
el poder. Montoneros entonces desentierra
las armas. Estaban de lanzas rotas con
el ERP (Ejército Revolucionario
del Pueblo), que había organizado
el foco rural en Tucumán el año
anterior. Perón muere el 1º de
julio, y en los dos meses posteriores
la "Triple A" (Alianza Anticomunista
Argentina) provocaría un asesinato
cada 19 horas. El régimen avanzaba
a piso firme hacia la derecha. La guerrilla,
por su parte, tenía agentes en
Europa buscando apoyo internacional. Estaban
en la clandestinidad y denunciaban la
represión ilegal a la que eran
sometidos. Recurren al Tribunal Russell
de Inglaterra donde discrepan con el análisis
de Doris y Carpani.
- Cuando llegamos a Europa,
en julio del '74, Ricardo fue a Suecia
porque tenía una exposición,
y yo viajé a Inglaterra. Entrevistamos
a las autoridades de la Fundación
Russell para interesarlos en que incluyeran
en los temas del Tribunal Russell,
que tendría lugar en Estocolmo,
el tema de la persecución política
en Argentina. Nosotros no habíamos
decidido exiliarnos aún, sólo
habíamos salido por cuatro meses.
Recuerdo que teníamos ganas de
volver, pero ya había empezado
la debacle institucional. Ricardo creía
que el factor de cambio era la clase trabajadora
y ésta, obviamente, no podía
darse el «lujo» de estar en la clandestinidad;
eran los sujetos más expuestos,
los que hacían el trabajo de base.
Él iba en representación
de la CGT de los Argentinos y quería
poner en evidencia la persecución
que sufrían los militantes sindicales.
Algo que no tenían demasiado claro
en Europa.
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"Dios
es argentino" 1993 -Grafito
sobre papel
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El
mural "Martín Fierro" y los indultos
de Menem
Los '90 consagraron una
verdadera "década infame" en torno
a los derechos humanos: del "Nunca Más"
y el Juicio a las Juntas Militares de
1985, se pasó en poco tiempo a
leyes y decretos, sancionados por gobiernos
radicales y justicialistas, que dejaron
impunes el genocidio de la última
dictadura. En ello participaron las tristemente
célebres normas de "Punto Final"
y "Obediencia Debida" de 1987 -derogadas
en 2000 y anuladas por el gobierno de
Kirchner-, y los indultos de Carlos Menem
de 1989/90. En este contexto Carpani es
convocado para decorar la Casa Rosada.
La obra se llama «Martín
Fierro».
- Esa obra está en la casa de
gobierno (y se la ubicó en la antesala
del despacho del Vicepresidente, que es
un espacio estrecho); eran siete paneles
de un metro cada uno que debían
mirarse desde una distancia de metro y
medio. Pero, ¡está colgado!
Fue en el año '89, cuando asumió
Carlos Menem. Y hubo mucha discusión,
porque había gente que pensaba
que hacer un mural para la Casa Rosada
era hacerlo para Menem. A tanto se llegó
que hasta hubo una reunión en la
que se trató de convencer a Ricardo
de que no debía estar ahí.
Los que querían convencerlo estaban
haciendo una cuestión partidista.
Lo que decía Carpani era que había
que tener claro que el mural no era para
Menem, sino para la casa del gobierno
de la república. Y él merecía
realmente estar en un lugar público
así, ya que toda su obra había
estado diseñada para llevar mensajes
a los grupos más desposeídos,
a los trabajadores, y no al establishment.
No importaba que estuviera Menem. Recuerdo
que querían publicar una solicitada
execrando la oferta. Ricardo aclaró
que si bien no compartía las decisiones
de Menem en torno a los indultos, lo que
estaba haciendo no era para el gobierno
sino para la Casa Rosada. Y su mensaje
lo hizo con el «Martín Fierro».
Como supo decir Horacio Verbistky, Carpani
«tocaba» una canción que era «nuestra»
y no la de «los otros». Había una
intencionalidad en el tema. A Ricardo
la primera parte del «Martín Fierro»
le atraía, en especial ese canto
al gaucho desposeído. Venía
trabajando el tema desde los años
'60 (La primera vez que ilustra y se publica
un «Martín Fierro» es en el '65).
Ése, al igual que "los desocupados",
"los amantes" son temas que él
desarrola en toda su trayectoria.
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"Mural
para la Casa Rosada" 1989/1990
- Acrílico sobre tela(detalle)
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Con la mira
en la lucha
La estética carpaniana es la del
"hombre en lucha" como sugiere Doris;
algo apreciable en nuestros días
en las movilizaciones piqueteras, cuya
construcción de poder aún
es tema de estudio entre los sociólogos
y científicos sociales. «Arte y
compromiso por el cambio social», como
sugería la ética de Carpani.
- En este momento la
problemática piquetera está
sobre el tapete. Últimamente salió
un artículo excelente de José
Nun en "Página/12"
sobre este tema. Es como si existiera
una incomprensión intencionada
de la clase media. Para ser clara: el
chofer de taxi, que se ve impedido en
su trabajo normal, despotrica contra el
piquetero; pero en un día de lluvia,
o con mucho tránsito, también
padece los mismos problemas. No hay quejas.
Se olvidan que nuestra Constitución
establece que el estado debe "promover
el bienestar general". Es decir, es su
obligación que no ha cumplido el
Estado. Aclaro que como movimientos políticos,
tienen toda la razón de ser; pero
personalmente no estoy de acuerdo con
algunas organizaciones piqueteras. Los
piqueteros, a diferencia de los trabajadores,
no pueden organizar huelgas; organizan
piquetes. Y lo que gestionan es conseguir
trabajo; en otras palabras, es difícil
no estar de acuerdo con sus reclamos.
Pero en este momento, dada la situación
a la que hemos llegado, no tiene sentido
aspirar a disolver el Estado. Esto podría
ser funcional a la reacción. Cuando
aparece un gobierno que está pintando
tener más en cuenta los intereses
populares, es el momento de esperar. Porque
uno sabe que el establishment es
muy fuerte, y la relación de fuerzas
es muy desigual. La manifestación
popular tiene que existir, pero responsablemente.
Recuerdo que nadie se quejaba por quienes
rompían vidrios en los bancos;
parecía muy «lógico». Y
ahora, en nuestra clase media, aparece
el «enano fascista» nuevamente ... Y qué
podría ser más funcional
a una derecha, en la Argentina actual,
que un movimiento piquetero que cree tomar
el poder ocupando la casa de gobierno.
Carpani
a través de la ilusión,
las dudas y los interrogantes
- En la Fundación
Russell estaba Gabriel García Márquez.
Y ante un comentario de Ricardo, aquel
le respondió «-No se preocupen,
muchachos. Los latinoamericanos nunca
terminamos de llegar a Europa.». No puedo
olvidar ese comentario. Nunca terminamos
de «llegar» a otro lugar.
La cronología
va y viene en la charla, sin sentido más
que para situar la memoria y, en ésta,
a uno mismo. A Doris y a Carpani en este
caso, durante sus diez años de
residencia en Europa como exiliados. Aunque
Doris sea muy sensible a tratar el tema
que, a pesar del tiempo transcurrido,
pareciera ser tabú en la intelectualidad
argentina. Por eso ella advierte:
- No quisiera exponer
el tema como decidiendo «quién
más y quién menos hizo»,
porque son discusiones absolutamente abyectas.
El exilio era duro, pero la gente que
quedó acá la pasó
fatal. Ricardo dejó de «existir»
en Europa porque tenía un sobrino
en Argentina que se llamaba como él,
y entonces no militó a costillas
de su familia. Si bien al principio hizo
unas declaraciones públicas, después
ya no.
Me viene a la memoria
la polémica entre Ernesto Sábato
y Osvaldo Bayer acerca de la condición
del intelectual en aquella situación.
- Ernesto Sábato,
para mí, ha sido contradictorio;
es una opinión personal. Él
en un momento dado va a Europa, con Jorge
Asís, para hacer una campaña
en contra de Julio Cortázar. Escuché
hace poco opinar sobre la intervención
de Cortázar, de alguna manera minimizándolo:
"desde afuera era fácil hacer".
No. Cortázar tenía un enorme
prestigio literario en Europa, que lo
pone al servicio de la defensa de los
derechos humanos, estaba al frente de
la Comisión Argentina por los Derechos
Humanos, fue un año a Nicaragua
con Carol Dunlop, y prácticamente
dejó de escribir para apoyar los
proyectos revolucionarios. Es muy distinto
adquirir reputación en función
de actuar por los derechos humanos a,
como el caso de Cortázar, poner
el renombre que él tenía
al servicio de esa causa. O sea, no fue
fácil. No me enojé por esto,
sino que me enojé conmigo por «gallina»,
porque no me levanté a decir que
no estaba de acuerdo en nada. Y era, también,
suscitar una discusión muy intensa
en aquella época. Algunos exiliados
ayer hablaban del «exilio interno» con
cierto desprecio. Pero había que
estar aquí adentro para saber de
qué se trataba caminar por las
calles y que te empezara a seguir un auto.
No puede discutirse entonces quiénes
hicieron más y quiénes menos.
Cada uno hizo desde su lugar lo posible,
tanto allá como acá.
¿Dolió el exilio
en Carpani?
- Lo sufrió mucho
porque él aquí siempre estaba
en la calle. O sea que padeció
el tránsito de ser un significante
para cualquier persona que caminase por
la calle, para las clases populares, a
«no existir». Desde ahí, entonces,
hubo un replanteo, que también
fue positivo a pesar del exilio. Le permitió
una mayor libertad para experimentar algo
que había abandonado en Buenos
Aires en función de la militancia.
Es durante el exilio
que las obras de Carpani empiezan a ser
más «barrocas» o «manieristas»,
si caben los términos.
- Sí, él
habla de eso. Un psicólogo amigo
le sugirió una división
en tres períodos de su obra: el
período de "la ilusión"
- entendida como certeza - de que la revolución
era posible y estaba a la vuelta de la
esquina; el período de "la duda"
durante el exilio, que significa el replanteo
de las metodologías, mas no de
la utopía. Y, agregaba Carpani,
a la duda corresponde «lo barroco». Finalmente,
el período de "los interrogantes".
Cuando Ricardo regresa no se encontró
con el país que pensaba; había
«glamourizado» lo que había
acá a tal punto, que hasta nuestra
oligarquía era mejor que la española.
[Risas] Regresa a este país,
que había sido muy solidario, y
lo encuentra convertido en uno insolidario.
Los milicos tuvieron muchísimo
éxito. Fueron diez de exclusión
y de erradicación de la memoria.
Entonces tomó esas criaturas que
había creado en el exilio, las
de la "Serie Tango" y la de "Los que están
solos y esperan", y las puso en esta jungla,
repleta de animales feroces y alimañas.
Y en el período de "los interrogantes"
quien se cuestiona no se entrega.
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"Desnudo"
1992 - Acrílico sobre tela
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Usted es directora
de la Fundación Ricardo Carpani
¿Qué realizaciones tienen previstas?
- En este momento
no tenemos fondos. Siempre pensé
que la Fundación debía alimentarse
de pequeños fondos para que sea
realmente de origen popular. Aún
lo sigo creyendo. Pero me llevó
tres años conseguir un banco dispuesto
a darnos una cuenta para pequeños
aportes a través de tarjetas, de
cinco y diez pesos mensuales. Y resultó
que cuando lo conseguí el año
pasado ya nadie usaba tarjetas. Últimamente
están volviendo a usarse, de modo
que próximamente haré una
nueva campaña.
¿Cuándo surgió
la idea de la Fundación?
- Ya habíamos
empezado a hablar de la fundación
con Ricardo. Él tenía mucha
preocupación por saber qué
iba a pasar con su obra, porque no quería
que lo más importante terminara
en colecciones particulares o en casas
privadas. Quería que fuera una
cosa más pública, puesto
que para eso había intentado hacer
un arte público.
Bien, para finalizar,
debo confesarle que tenía la intención
de hablar más sobre usted como
artista.
- Yo no soy nadie. Voy
a ser en la medida en que Ricardo Carpani
sea lo que era en este país, que
destruye a su propia gente. No quiero
para él lo que sucede con Leopoldo
Marechal, por ejemplo. Quiero que siga
existiendo. Soy en la medida en que consiga
eso; cuando lo logre hablaré entonces
de lo que hice yo.
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