El
cuerpo de sílice
De
la zona erógena a la zona suicida
Escribe
Alfredo Grande
(especial para LA TECLA Ñ)
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En los buenos viejos
tiempos, que no sabíamos que eran buenos y mucho
menos que podían llegar a viejos, las charlas
iniciales de los levantes empezaban con una
pregunta cliché: “¿trabajás o estudiás?”. En
demasiado poco tiempo, la pregunta será: “¿carbono
o sílice?”. Es decir, células y tejidos o chips
y microcircuitos. Dos mundos diferentes y sin
embargo dos mundos superpuestos. Tenemos el
dudoso privilegio de participar de la transición,
por lo tanto no dejamos de sorprendernos. Sorpresa
que muchas veces es rechazo, no pocas horror,
y muchas veces, aunque pocas confesada, fascinación.
Imposible saber
como será la subjetividad de la neohumanidad
de sílice. Pero si podemos aventurar como será
la subjetividad de la humanidad residual enfrentada
a una especie más evolucionada. Quizá el homo
sapiens sapiens sufrirá la derrota que alguna
vez infligiera al homo sapiens neanderthalensis.
Asoma una nueva sociedad de clases. La clase
de los programadores y la clase de los ejecutores.
La primera hará una alianza estratégica con
la neohumanidad de sílice. Por momentos, ambas
humanidades harán perfecta simbiosis. Los programas
irán construyendo un nuevo principio de realidad.
La polaridad “realidad material – realidad psíquica”
perderá todo sentido. La nueva materialidad
será cogitans, y lo extensa de la res quedará
reducida a soportes invisibles de procesos sensoriales.
Programas que borrarán todo indicador que permita
discriminar la realidad de la alucinación. La
realidad virtual quedará reemplazada por una
virtualidad real. La metáfora de MATRIX señala
este pasaje, postulando una hipotética zona
libre de conflictos virtuales. (la ciudad de
Zyon). Lo apasionante de este momento es que
todavía la MATRIX se está construyendo. INTERNET,
la red de redes mundial, será considerada en
la escala evolutiva algo así como el paramecio
en relación a los mamíferos. Entonces, como
arqueólogos del no saber, del no lugar, del
no pensamiento, intentaremos buscar alguna clave
de estas formas de racionalidad residual. El
concepto freudiano de masas artificiales pienso
que es adecuado para poder realizar algún trazado
aunque sea precario, al estilo neanderthal.
La multiplicidad en el uno que Freud
describe, desaloja la ilusión de que la cantidad
posibilita territorios de singularidad. La masa
artificial borra de varios plumazos toda singularidad
posible. Desde mandamientos mosaicos a mandatos
microsoftianos. Ser uno con el todo. El todo
es la concepción amplificada del superyo, que
desde la herencia del complejo de Edipo se extiende
a todos los instituidos burocratizados del planeta.
Reproducción y recreación de lo mismo, aunque
lo mismo sostiene una indefinida mutabilidad.
Un gatopardismo a escala electrónica que jamás
hubiera podido imaginar Lampedusa. Desde el
mariobros al counterstrike lo
mismo y sus indefinidas metamorfosis. En este
mundo el hambre no cuenta. El placer tampoco.
La organización pulsional de la autoconservación
y de la sexualidad exigen un dispositivo vincular.
Lo vincular es tributario de la química del
carbono. Obsoleto. En la dimensión de la sílice
lo vincular es reemplazado por la net. Pichon
Riviere por Bill Gates. El baile del club de
barrio por el Messenger. El llamado telefónico
por el mail. De lo que se trata en la actualidad
no es representar nuevamente el encuentro. Representaciones
visuales y auditivas que vuelven a presentar
aquello que alguna vez estuvo. El recuerdo,
no la alucinación. En la net la representación
ocupa el lugar de la presentación. Por lo tanto
podemos hablar de restitución virtual.
En los buenos viejos tiempos, la palabra en
lugar de la cosa construía el pensamiento concreto.
Una trama simbólica ausente permitía enunciar
formas psicóticas de personalidad. La cosa en
su dimensión vincular era restituida por la
palabra que solamente debía evocarla. La palabra
y la imagen de la net son restituciones globalizadas
de multiplicidad de cosas que con prisa y sin
pausa se van extinguiendo. No habrá emociones,
apenas emoticones para dar cuenta de algo análogo
a los afectos. Las distancias serán reemplazadas
por tiempos para bajar los mensajes y se podrá
chatear con la vecina del quinto piso o con
una esquimal sin que ese lejano indicador de
proximidades tenga la menor importancia. No
habrá un mundo a la medida del hombre. Ni siquiera
habrá medidas, con la única excepción de la
velocidad de comunicación. El cuerpo erógeno
será sostenido por una gracia melancólica heredera
de la química del carbono. Algo de proteínas,
hidratos, vitamina E y C. Una microsonda naso
gástrica será suficiente, ante la cual las parrilladas
serán provocaciones de pornografía alimentaria.
La sexualidad volverá a ser un recurso antiestress
y la reproducción se habrá autonomizado completamente
de esa tediosa costumbre denominada coito. Por
supuesto, los ultraconservadores de la historia
harán encíclicas para que el hombre vuelva a
la medida del hombre de la edad media. Ellos
seguirán prefiriendo la matrix religiosa y harán
el anatema de las relaciones sexuales promoviendo
la castidad. Una forma de extinción como cualquiera.
Quizá la más aburrida. Mientras tanto, dos raras
subespecies del homo sapiens sapiens, la denominada
progre y la denominada revolú
seguirán luchando entre ellas para dirimir
las últimas imágenes de las supremacías del
carbono. Mientras tanto, el mundo de sílice
simplemente se extenderá. Un ministro de economía
será considerado como su anticipación más lograda.
Un comisario de la bonaerense, también. Los
modos de producción de subjetividad superyoica
tendrán en la net el soporte tecnológico más
perfecto. ¿Destruir computadoras?. No se trata
del perro, sino de la rabia. Destruir a los
programadores del Imperio. Aunque no dejo de
pensar que ya es tarde. De todos modos, como
presentante de la humanidad residual del carbono,
escribiré donde pueda que “aunque no creo
poder llegar a la victoria, no por eso dejaré
de dar pelea”.
Y
siempre será preferible morir de pie que morir
de rodillas.
Diciembre
de 2003. Humanidad residual del carbono.