Año III - número 11 - Diciembre 2003 - Buenos Aires Argentina
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Editorial

La ciudad de las filtraciones
Por Conrado Yasenza

Entrevistas

Doris Halpin - Perfiles de Ricardo Carpani
Por Marcelo Luna

El Damero

Seminario: "Neoliberalismo y cultura, perplejidades del nuev siglo"
Breve historia de la tortura en la Argentina - II Parte
Por Marcelo Benítez
El cuerpo de sílice.
Por Alfredo Grande
Cooperativismo: Asociación libre y auténtica.
Por Rubén Fernández Lisso
Capitalismo y desocupación: "Los lunes al sol"
Por Marcelo Benítez

Ajo y Limones

Héctor Yánover.
Por Amalia Inés Gieschen Zarrabeitia.
Poemas
Por Héctor Yánover
Leonardo Martínez Poeta Catamarqueño
El Tango: escrito en el cuerpo.
Lic. Mirta Vazquez
Burguesía y gangsterismo en el deporte. El atrofiado hipertrofiado.
de Dante Panzeri
Nuestra América.
de José Martí

Dossier

Joseph Goebbels
Genio del mal II
Por Marcelo Rebón

El ojo plástico

Carpani

Batea

Libros: "Estúpidos Hombres Blancos" Autor: Michel Moore Por Rubén Fernández Lisso
Libros: "La mestiza de Pizarro" Autor Alberto Vargas Llosa Por Carola Chaparro

Galerías


María Cristina Fresca:

María Cristina Fresca


Jorge Manuel Varela:

Jorge Manuel Varela


Marcelo Manuel Benítez:

Galería Marcelo Manuel Benítez


Kenti

Kenti


 

 

 

 

 

 

     El Damero

Disertaciones en torno al Seminario
"Neoliberalismo y Cultura: Perplejidades del Nuevo Siglo"

Dr. Enrique Carpintero - Siquiatra, Psicólogo, Director de la Revista Topia
Horacio González - Escritor, Sociólogo y docente
Vicente Zito Lema - Poeta y Escritor
Dr. Alfredo Grande - Psicólogo - Director de la Cooperativa Ático

- Proponer y organizar un Seminario supone un desafío con sabor a final abierto, ya que los ecos de lo expresado en cada disertación inauguran un espacio de reverberancias que se enriquece con la multiplicidad de voces y matices reflexivos. Final abierto que cobrará real dimensión si logra expandirse por los difíciles senderos del pensamiento colectivo. Con ese propósito es que se reproducen en esta edición de La Tecl@ Eñe, las disertaciones ofrecidas por Alfredo Grande, Enrique Carpintero, Vicente Zito Lema y Horacio González en el marco del primer encuentro organizado desde nuestra publicación, el cual contó con el apoyo físico y humano de Ático Cooperativa de Trabajo. Ojalá estos textos traspasen la barrera de la palabra escrita y encuentren los interlocutores que los alojen en sus moradas para darles nuevas significaciones.

Producción y edición: Conrado Yasenza, Marcelo Luna, Marcelo Rebón
Fotografía: Efraín Dávila


El Eternauta:
Metáfora del héroe colectivo.


Por Enrique Carpintero Psicoanalista, Director de la Revista Topia

Cuando hablamos de “neoliberalismo” nos estamos refiriendo a las características sociales, económicas y políticas que ha tomado la actual etapa del capitalismo mundializado. Sus efectos se reflejan en la actualidad de nuestra cultura.

Para explicar algunas de sus manifestaciones voy a utilizar como metáfora una historieta mítica de nuestro país: El Eternauta.    

 El Eternauta  fue una historieta escrita por Héctor Germán Oesterheld que apareció a mediados de la década del cincuenta.  La primera versión de El Eternauta se comienza a publicar durante el año 1957 en fascículos. Durante cien semanas H. G. Oesterheld mantiene al público en suspenso a través de esta historia dibujada por Solano López.
Una segunda versión dibujada por Alberto Breccia es publicada por la revista Gente en 1969. Aquí el argumento es más trabajado conceptualmente y define posiciones más comprometidas, a tono con el cambio político de su autor. El ganar en un mayor posicionamiento con la realidad política le hace perder un sentido metafórico, presente -como analizaré más adelante- en la primera versión.  La segunda parte la realiza a pedido de ediciones Record en 1978 y, nuevamente, es dibujada por Solano López. La historieta fue terminada por otro guionista ya que Oesterheld es detenido y desaparecido con sus cuatro hijas por la dictadura militar.
 Brevemente recordemos el guión. Una noche, a la madrugada, un guionista de historietas está trabajando en su escritorio. De pronto, delante de él, cruje una silla vacía. Sobre ella se corporiza un hombre que dice llamarse el Eternauta. En realidad se llama Juan Salvo y ese nombre, el Eternauta, se lo han dado en un lejano mundo, durante un lejano tiempo. El aparecido ve sin sorpresa que está en la tierra y pide al guionista que lo ayude. Pero antes le cuenta su historia. La misma comienza en una casa y en un barrio parecido al del guionista que vive en los suburbios del Gran Buenos Aires. Cuatro amigos juegan al truco: Juan Salvo, el dueño de casa y de una pequeña empresa de transformadores, Favalli, el profesor de la facultad de Ingeniería, Lucas empleado bancario y Polsky jubilado y fabricante de violines. Comenta Juan que todos estaban "separados del mundo como si el chalecito fuera una isla. Una isla a la que apenas si llegaban los ruidos de la avenida cercana..."

De imprevisto se corta la luz y comienza la historia de este grupo humano. Afuera de la casa la gente se muere al ser tocada por una especie de nieve fosforescente. Si la nieve no toca, no mata. Por eso sobreviven ellos y unos pocos más. Se trata de una invasión extraterrestre. Esta es llevada a cabo por sometidos. Los amos son los Ellos que durante toda la historia nunca se ven. Para la invasión utilizan a seres de otros planetas que manejan a través de teledirectores. Estos son los Cascarudos, los Gurbos, los Hombres-robots y los Manos, seres muy inteligentes y sensibles que los Ellos dominan al colocarles cuando nacen una glándula de la muerte. Cuando tienen miedo esta glándula se activa y genera un veneno que los destruye. De esta manera los Manos no pueden traicionar a sus amos. Si lo hacen, el miedo que este hecho les produce, los mata.
La nevada va matando a los porteños. Se suceden historias memorables como el combate en la General Paz, el combate en la cancha de River y el momento en que el Mano muere, añorando la belleza de su planeta, mientras canta una dulce canción. Finalmente quedan Juan, su esposa Elena, su hija Martita y un pequeño grupo de amigos. Todos tratan de llegar a una zona de seguridad, que en realidad es una trampa para eliminarlos. El Eternauta y su familia se salvan al introducirse en un extraño aparato que los proyecta al espacio-tiempo. Pero Juan Salvo pierde a su familia por un error en la máquina y así inicia su búsqueda por el tiempo y el espacio. De esta manera llega a la silla que está delante del guionista. El desenlace anuncia una historia circular, pues Juan encuentra a su familia en una casa vecina al guionista. En el camino se le cruzan sus tres amigos que van a jugar al truco a su casa.

La multiplicidad de metáforas que plantea este relato me llevaría a un extenso desarrollo. Para comenzar nada mejor que leer lo que dice el propio Oesterheld: "Siempre me fascino la idea de un Robinson Crusoe... El Eternauta, inicialmente, fue mi versión del Robinson. La soledad del hombre, rodeado, pero, no ya por el mar sino por la muerte. Tampoco el hombre solo de Robinson, sino el hombre con familia, con amigos. Por eso la partida de truco, por eso la pequeña familia que duerme en el chalet de Vicente López, ajena a la invasión que le viene. Ese fue el planteo. Lo demás... lo demás creció solo… El héroe verdadero de El Eternauta es un Héroe colectivo, un grupo humano. Refleja así, aunque sin intención previa, mi sentir intimo: el único héroe válido es el héroe "en grupo", nunca el héroe individual, el héroe solo".

Antes de continuar con el análisis de la historia veamos que dice Freud en relación a la cultura. Para Freud la cultura consistió en un proceso al servicio del Eros que, a lo largo de la historia, fue uniendo a la humanidad toda. A este desarrollo se opuso y se opone la pulsión de muerte que actúa en cada sujeto y que Freud denominó el “Malestar en la cultura”. De esta manera plantea que la cultura es la lucha por la vida de la especie humana. Es decir, se crea un imaginario social que se constituye en lo que denomino un espacio-soporte de la pulsión de muerte donde se establecen relaciones libidinales que permiten los necesarios intercambios simbólicos y afectivos para vivir en comunidad.

Sin embargo, en la actualidad la cultura presenta una unión paradójica, una unidad de desunión. En ella la ruptura de los lazos libidinales, simbólicos y afectivos lleva a los individuos a la contradicción, la ambigüedad y la angustia. La fractura de ese soporte imaginario para vivir en comunidad es lo que crea la sensación de inseguridad y de miedo. Es la que crea una comunidad destructiva. Una comunidad de todos contra todos. Este malestar anuncia los efectos de la pulsión de muerte como violencia destructiva y autodestructiva cuya realidad se hace evidente en los múltiples conflictos que existen en el tejido social y ecológico, donde el desarrollo de la sociedad se hace en nombre de la eficiencia. ¿Pero eficiencia para quién, con miras a qué y para qué? Al igual que el crecimiento económico que se intenta realizar, pero ¿De quién, de qué, a que precio y para llegar a qué?. Es evidente que esta situación es producto de una política social y económica de los sectores sociales hegemónicos que han llevado al hambre, la pobreza y la exclusión de la mayoría de la población. Mientras el mundo ha llegado al mayor desarrollo económico en su historia paradójicamente 3.000 millones de sus habitantes, es decir la mitad de la población, vive con 1 u/s diario. En nuestro país esta proporción aumenta ya que el 60% vive en condiciones de pobreza y casi el 20% esta desocupado.

De esta manera nos encontramos que la sensación de devastación es lo que define la subjetividad colectiva e individual en amplios sectores de la población. Su consecuencia son procesos de desubjetivación y desidentificación ante la percepción de que no es posible proteger al psiquismo de una realidad desorganizante donde el futuro no se lo puede imaginar. Es interesante recordar que la palabra “enfermedad” en hebreo significa falta de proyecto. Es esta falta de proyecto la que genera formaciones clínicas donde predomina lo negativo. Por ello los psicoanalistas nos encontramos en nuestros consultorios con demandas de atención donde prevalecen los denominados “casos difíciles”. Es decir, depresión, anorexia, bulimia, pacientes limite, adicciones, suicidios, sensación de vacío, etc.  

En este sentido el imperio del capitalismo mundializado se ha extendido de tal forma que el destino de cada uno de nosotros depende de una complicada red de relaciones del mercado mundial. La cultura de McDonald´s usurpa subjetividades y afectos en base a una expansión universal y a una nueva alineación, donde el fetichismo de la mercancía tiene las características de la seducción mediática. Es así como regula ideológicamente una ficción que evita al sujeto identificarse con su grupo social (clase social, profesión, género, etc.). Su resultado ha sido el debilitamiento de las identidades individuales y colectivas.  Por ello al capitalismo no lo podemos entender únicamente como una fría máquina de extraer plusvalía. El capitalismo solamente puede realizar su insaciable voracidad estableciéndose en órdenes históricos y sociales, donde necesita de la complicidad de sujetos para existir y perpetuar el poder que garantiza su funcionamiento. Estos sujetos, a diferencia de una fría máquina contable de aumentar beneficios, actúan dando a sus acciones justificaciones que generan una creencia desde la cual el colectivo social explica su adhesión a una forma de vida en la que se encuentran inmersos. De esta manera, dicha aceptación, que puede ser explícita o implícita, tiene un soporte imaginario y simbólico creado por la cultura dominante. El peligro es que nos estamos acostumbrando a un orden social cada día más injusto y amenazante para los de abajo: la precariedad laboral instituida como destino inevitable del mundo del trabajo ya que ella es la condición necesaria para la estabilidad de la economía capitalista y el remedio milagroso para la rentabilidad empresaria. La educación y la cultura se han reducido a ámbitos de transacciones comerciales. La solidaridad es utilizada para operaciones política a través de los medios de comunicación y como materia para rendir grandes beneficios comerciales. Es decir el mundo y la vida convertidos en mercancia. De esta manera, el poder no se agota en los aparatos del Estado, los grupos económicos, los partidos políticos y las instituciones sociales sino también -deberíamos decir fundamentalmente- se encuentra en como se relacionan los sujetos en la sociedad. Es aquí donde la visibilidad del poder se hace invisible.

Es decir, como plantea Marx: “El capitalismo es una relación social” y para que esta funcione el poder ejerce su dominación generando formas de control social cuyas características dependen de cada etapa histórica.

Si en los inicios del capitalismo la burguesía necesitaba del proletariado como fuerza de trabajo, en la actualidad el imperio del capital financiero necesita para su reproducción mundializada de estados nacionales que se subordinen y de un sujeto solo y aislado de su clase social. Esta lógica política, social, económica y cultural genera una contradicción y lucha entre el capital y el trabajo que no tiene precedentes en la historia. Su resultado ha sido que la lucha de clases no sólo no se ha extinguido, sino adquiere una complejidad donde los dominados también son controlados desde su subjetividad. Esta dominación tiene diferentes formas en la organización de la familia, la sexualidad, el cuerpo, la importancia del espacio privado en detrimento del espacio público, el peso de los medios de comunicación, los desarrollos tecnológicos, etc. Su consecuencia es una cultura hegemónica donde -al decir de Spinoza- las pasiones tristes (el odio, depresión y la melancolía) dominan a las pasiones alegres (el amor y la solidaridad).

Los envoltorios ilusorios postmodernos proponen que nada puede ser cambiado. Lo posible es reformar algo para que todo siga igual. Todos debemos comportarnos “reflexivamente” ante las consecuencias de un sistema social y político con un obrar destructivo. No se pretende alcanzar una nueva forma de sociedad más allá del mercado y del Estado. En el fondo su objetivo es simplemente intentar componer la supresión de las obligaciones sociales por medio de limosnas privadas o estatales y una autoactividad moral desprovista de un sentido critico.  Lo contrario no implica plantear la utopía del paraíso en la tierra ni la construcción de un nuevo ser humano, sino la superación de las exigencias capitalistas hechas al ser humano. Es decir, el fin de las catástrofes sociales producidas por el capitalismo. Ni más ni menos. El hecho de que esto sólo sería viable si fuese superada la historia acontecida hasta el presente como una historia de fetiches, no pertenece a la arrogancia de la crítica, sino a la arrogancia del propio capitalismo. Incluso después del capitalismo, seguirá habiendo enfermedad y muerte, envidia e individuos despreciables. Sólo que ya no existirá una paradójica pobreza masiva, producida por la producción abstracta de riqueza; ya no existirá un sistema autonomizado de relaciones fetichistas ni formas sociales dogmáticas. El objetivo es grande, justamente porque, medido por la exaltación utópica, se muestra relativamente modesto, y no promete nada más que liberar de sufrimientos completamente innecesarios.

Volviendo al análisis de la obra de Oesterheld se pueden observar tres momentos claramente diferenciados. El primero comienza con la nevada mortífera donde el grupo humano está rodeado de muerte y la ley que impera es el "sálvese quién pueda". La única manera de sobrevivir es afianzando los lazos de solidaridad. Las características de funcionamiento del grupo permiten dar cuenta que el yo es con los otros y la diferencia es por temperamento y capacidad.
El segundo momento se inicia cuando se encuentran con los soldados sobrevivientes y se organiza la resistencia contra el invasor. La lucha contra el enemigo común posibilita unir a todos lo humanos. Esta unión con el ejército, que inicialmente es vista con alegría, rápidamente troca en una permanente desconfianza por parte de Juan, al darse cuenta que los civiles son utilizados como vanguardia para ser los primeros aniquilados. Aún más, el desastre final es debido a que el Mayor del ejercito no tiene en cuenta las advertencias de Favalli -el intelectual- y conduce a los soldados a una trampa fatal donde los únicos que se salvan son algunos civiles. En esta parte de la historieta se describen las características del invasor. Los Ellos son los amos representantes del "odio cósmico", de la muerte y la esclavitud. De esta manera se transforman en una metáfora del poder y encarnación de miedos profundos del hombre. Los Ellos dominan a los Manos a través de la glándula del miedo. Estos a su vez controlan con teledirectores a los Cascarudos, los Gurbos y los Hombres-robots. Es así como se establece una brillante metáfora del sistema de dominación.
Luego de la aniquilación queda como sobrevivientes un grupo paradigmático: Juan y su familia, Favalli el profesor, Mosca el historiador, Pablo un joven de 11 años y Franco el obrero, verdadero héroe de la historia. Aquí comienza el tercer y último momento de la historieta donde el hombre se vuelve lobo del hombre.
Afianzar los lazos de solidaridad es una constante que lleva al grupo a sacrificarse para que se salve Juan y su familia. El error de la máquina lo lleva a Juan a separarse de su familia y recorrer el espacio-tiempo en su búsqueda permanente. En este recorrido se encuentra con un viejo filosofo Mano que expresa la ideología de la historieta: "En el universo hay muchas especies inteligentes... algunas más, otras menos inteligentes que la especie humana. Todas tienen algo en común: el espíritu. Así como hay entre los hombres, por sobre los sentimientos de familia o patria un sentimiento de solidaridad hacia los demás seres humanos, descubrirás que existe entre todos los seres solidaridad, un apego a todo lo que sea espíritu, que une a los marcianos con los terrestres..."
Esta concepción que denominaría de un humanismo universal plantea la solidaridad entre todos los hombres contra un poder que los somete. Por ello -debería decir los Ellos- la circularidad de la obra plantea una búsqueda permanente -que llega hasta nuestra época- de una salida en el afianzamiento de los lazos de solidaridad; caso contrario nos invadirá la muerte, la soledad, el miedo que nos destruye, en suma el sometimiento.
De esta manera al analizar esta obra, no podemos reducirla a una lectura social y política de un período histórico -las décadas de los 60 y los 70-, esto sería minimizar la dimensión de un planteo más profundo. Es decir, Héctor Germán Oesterheld pudo mostrar desde una dimensión propia de esta región del planeta, problemas que nos lleva a la actualidad de la metáfora de El Eternauta: la invasión del poder no está en los otros sino en nosotros, en tanto partícipes de una cultura del mal-estar que no respeta fronteras. Su universalidad -actualmente se denomina mundialización capitalista- lleva a la miseria, el abandono, la discriminación, la exclusión y la muerte de millones de seres humanos poniendo en peligro la habitabilidad del planeta.
El permanente retorno de El Eternauta –debemos decir que actualmente se acaba de editar la tercera parte del Eternauta con un guión escrito y dibujado por Solano López- nos invita a creer que es posible un futuro diferente. En este sentido se plantea el desafío -para decirlo en términos de Spinoza- en como enfrentar las pasiones tristes con una política liberadora de las pasiones alegres. Es decir, encontrar formas para resolver la tensión entre la pulsión de muerte y la pulsión de vida, entre la fragmentación y el reagrupamiento, entre la disolución y la reconstitución de las identidades colectivas e individuales. Para ello es necesario una política que permita construir una democracia de la alegría de lo necesario basada en una distribución equitativa de los bienes materiales y no materiales. Para lograrlo, nada mejor que recordar una frase de Juan Salvo en un momento de la historia: "Ahora no es tiempo de odiar, es tiempo de luchar”

*Dr. Enrique Carpintero
Psicoanalista, director de la Revista Topía


Dr. Enrique Carpintero - Siquiatra, Psicólogo, Director de la Revista Topia
Horacio González - Escritor, Sociólogo y docente
Vicente Zito Lema - Poeta y Escritor
Dr. Alfredo Grande - Psicólogo - Director de la Cooperativa Ático

Variaciones en torno al valor de las palabras: Neologismo y confusión

Por Vicente Zito Lema -

Escritor y Poeta

<inicio>

A partir de la propuesta Neoliberalismo y Cultura el abordaje de la reflexión es posible desde dos ejes: uno es el neoliberalismo como término en sí, y el otro, podríamos decir que es la posibilidad de una identidad cultural dentro de ese marco de referencia. En relación al neoliberalismo, al término como tal, a “la propia palabra”, me parece peligroso aceptar que se denomine “neoliberalismo” a lo que en definitiva no es mas que un momento histórico del capitalismo, y concederle entonces una especie de identidad que, en mi criterio, contiene el riesgo práctico de ocultar la esencia, la estructura y finalidad que encierra la utilización de nombres destinados a volver difuso al capitalismo y la posibilidad de generar cultura dentro de sí. Esto implica lo siguiente: Pareciera que se puede hablar de neoliberalismo como por fuera del capitalismo.

Ya la formación de la palabra es confusa: término algo vago, confuso; palabra no clara, degradada, no consumada como esencia, no realizada como la forma (estructura) de una cosa – esto planteado en sentido aristotélico - ; y “Liberalismo”, que remite a la idea de ser libre, que nos interpela desde la libertad. En el decurso de la historia el liberalismo ha tenido varias lecturas: una  de ellas tiende a priorizar la raíz económica del liberalismo, de alguna manera, implica una visión de una política económica que se opone a otras estructuras un tanto mas rígidas, mas estatizadas del quehacer económico. Por otra parte, dentro de la concepción europea, el liberalismo no surgió como oposición a formas mas avanzadas del progresismo, sino como oposición a formas más conservadoras en lo que tiene que ver con las relaciones sexuales, en lo relativo a la comunicación de las ideas. Es decir, el liberalismo no importa es en sí mismo una carga negativa, al menos dentro de una visión europea. Más aún: en el marco de nuestro contexto, llamar a  una persona “de costumbres liberales” no indica que sea una persona retrograda, sino todo lo contrario, y hasta convalida el uso que se hace de una exageración en lo que se podría entenderse como la moral privada.

Entonces, concretamente: ¿por qué se denomina ahora neoliberalismo?. Se ha aceptado el uso del término incluso desde el campo de la izquierda, y cuando alguien acepta una palabra está aceptando una realidad, y lo que es peor, la está legitimando. Quiero dejar en claro la preocupación que me invade cuando veo que con la utilización del nombre “neoliberalismo”, se esconde en definitiva, consciente o inconscientemente, la aceptación  y utilización de un término degradado, modificado para que en realidad no cambie en absoluto la cuestión de fondo: el capitalismo como estructura que organiza la sociedad. Yo no siento que el neoliberalismo es, en último caso, lo que me arremete; sí siento que es la palabra lo que desvirtúa algo mucho más esencial, y eso sí daña. Por supuesto, puedo aceptar que algunos de muy buena fe intenten clasificar bajo esta mención de neoliberalismo una manera mas explícita de calificar un momento histórico del capitalismo, y aquí mi confusión se agrava, porque se usa un término confuso para aclarar algo que en definitiva produce más confusión. Se podría hablar de “capitalismo financiero”. En Francia, por ejemplo, se ha usado la definición capitalismo tardío.  En definitiva, reconocer que lo que estamos planteando corresponde a un momento concreto del capitalismo, pero no de algo que exista como estructura por fuera del capitalismo, porque insisto, siento que se está agudizando una tendencia a demonizar el neoliberalismo, o incluso a descartarlo como algo que se utilizó y ya no sirve, descartar nombres como si fuesen viejos trapos usados.

Habrá que plantearse con mayor rigor de criterio si es posible una identidad cultural más ligada a la noción de país, de Estado; si se es más romántico, a la noción de “patria”. Y hará también que plantearse si esa identidad nacional, civil y cultural, puede darse en un marco de relaciones económicas, políticas, sociales y artísticas que se basan en un modo concretamente capitalista de reproducir la economía y la vida. Este planteo ya reconoce un tradición que nos remite a trabajos de Hernández Arregui. Ya en la década de los años 50  fueron instaladas estas disputas con mucha fuerza; en los años 60 y 70 se agudizaron y agravaron; luego de la dictadura se vuelven a plantear en los 80 y finalmente reaparecen en los años 90, y aún en la actualidad, y que se plantea especialmente en los países como el nuestro el cual tiene una relación de rigurosa dependencia con las metrópolis económicas y políticas del imperio.

En Francia o en Holanda, no creo que alguien se plantee el tema de si puede o no haber una entidad francesa u holandesa en el marco del capitalismo. La continuidad histórica de esta disputa implica que no tenemos claro ni siquiera cual es nuestra identidad, y desde esta confusión tratamos de encontrar consuelo en la reflexión. Tanto es así que incluso existe un texto bellísimo de los años 60, de Jean Paul Sartre, el cual prologa una antología de la poesía africana, y donde lo que plantea es precisamente estos términos de la discusión, que también se pueden ver en la obra de Franz Fanon, quien también marcó a nuestras generaciones. De todas formas, el hecho de que sea una instancia de reiteración en la discusión no implica que sea una discusión negativa, porque volvemos a discutir con la misma pasión y angustia aquellas cosas que siguen obrando desde la duda: sospechamos que nuestra identidad no esta definida, sospechamos que esta estructura en donde organizamos nuestra vida cotidiana es perversa. Y entonces, desde la reflexión queremos acceder a una especie de saber que puede servir para consolarnos en sentido estrictamente filosófico, o desde otro lugar, un saber ligado al pensamiento de Pichón Rivière que vincula el conocimiento como preanuncio de una praxis, y es aquí donde me interesa más, porque volver 40 años atrás es como reflexionar sobre lo que ya reflexioné. El tema es que quizás reflexione muy mal, visto a la luz de las consecuencias actuales, especialmente si uno cree que la reflexión es útil para cambiar las cosas, porque las cosas no han cambiado, siguen estando tan mal o peor que cuando iniciamos 40 años atrás la reflexión sobre estos temas. También  podríamos decir que hay una cantidad de temas que concurren sobre la angustia existencial, sobre el sentido del hombre, como pueden ser la libertad, el amor, la fraternidad, la solidaridad, la belleza, la justicia; en definitiva, desde Sófocles hasta nosotros no hemos dejado de organizar respuestas ante estas preguntas que sintetizan nuestra angustia frente a dos temas que históricamente nos preocupan: no entender el por qué estamos vivos ante la sensación de estar muertos, y no entender por qué somos desdichados si la felicidad es la ambición máxima del hombre. Siempre estaremos reflexionando sobre estos temas, con distintos barriles pero en definitiva con el mismo vino o la misma sangre.

Preguntas: ¿Hay diferencias profundas en estas décadas que permitan intentar una reflexión diferente de las ya existentes?; ¿se trata simplemente de repetir lo que ya se planteaba Sartre y luego Hernández Arregui, a quien es imposible dejar de lado en  esta discusión, ya que era su temática?. Podemos releer los textos le Lennin o Marx, textos que abordan también la cuestión de las nacionalidades y el socialismo.

Para ir cerrando, yo diría: el neoliberalismo trae confusión y la confusión puede ser originada de buena y mala fe, como bien planteaba Enrique Carpintero, por los que en definitiva persiguen sin descanso la permanencia velada de una estructura social y política cerrada, y utilizan las apariencias para evitar que esta estructura sea el objeto de la verdadera mirada que anticipa el saber y el cambio, una manera perversa de utilización de la confusión, porque la confusión también puede ser utilizada de una manera positiva.  Desde mí existe el deseo, la necesidad de recoger el guante de la confusión, de enfrentarlo, de dar respuesta, en definitiva, al tema que nos convoca con férrea vigencia: Si esa diferencia concreta que tiene el capitalismo en los días de hoy, como forma acentuada en lo financiero, puede ser objeto de un pensamiento auténticamente hecho por quienes sufrimos las consecuencias en ese cruce Pichoniano del hoy y aquí.

Argentina es un país en el que gran cantidad de intelectuales no terminaron de asumir el rol que les corresponde de acuerdo al espacio, al sitio, al lenguaje, a las necesidades de dar respuesta a la comunidad, al país. Hay que reflexionar dando cuenta de que asistimos a una nueva instancia política en la vida de la Argentina, una instancia en la que entra en juego un nuevo marco de relaciones, sometido a embates que ya reconocen cierta tradición, pero   también a otros que se instauran como la nueva fantasmática social.

Cómo enfrentamos el tema, bueno eso es para el debate. Si se me permite propongo algo que puede expresar simplemente una esperanza, pero desde mi criterio no como cuestión de fe, sino esperanza en el sentido de la concepción de una historia que demanda la organización de un proyecto de vida social, colectiva; historia como drama, como final abierto que  no se decide por fuera de nosotros sino que se decide en nosotros y con nosotros. Organizar un pensamiento que mire al mundo desde aquí, y esto sin negar que hay un espacio que no es periférico sino común a otros países latinoamericanos, para enfrentar lo que representa en este momento histórico nuestra mayor amenaza, una amenaza que atenta contra la existencia común, contra las formas más amorosas de pensar el mundo; una amenaza que atenta contra la propia vida: la soberbia arrogancia del poder expresada en el violento imperio de los Estados Unidos.

Por Vicente Zito Lema - Escritor y Poeta

Creo que hay un nivel más de complejidad con relación a la denominación neoliberalismo, como en general hay un dilema muy interesante con los nombres porque son también un terreno de lucha. Un nombre cuando se constituye, su uso en la rutina del habla cotidiana, o el modo en que se constituyen lo que habitualmente llamamos identidades, forman parte de nuestro "paisaje lingüístico". Y son como poderes constituidos, y algo domesticados. En fin, no es cuestión de revisar un nombre todos los días porque quizá no podríamos hablar. En los nombres surgen un conjunto de luchas, a veces muy oscuras, en los medios de comunicación, que son temas tratados en ciertos ámbitos académicos americanos y europeos. En Francia este mismo fenómeno de la globalización se lo llama mundialización; lo que revela, a mi parecer, una contienda entre distintos campos históricos, económicos y culturales que se transfieren a una disputa idiomática. Es decir, hay un problema con los nombres. Y todos sabemos bien que ese hecho bautismal, profundo y cotidiano de dar nombre a algo, supone un acto creativo, a veces irreflexivo pero que por su profundidad nos obliga a pensar cuán decisivo y dramático es ser portadores de un nombre. Y, en ese sentido, ello está presente en la lucha política: escuchar a unos globalización, a otros mundialización, supone de alguna manera pensar en personas y organizaciones según de dónde provengan. Las europeas, en especial las francesas, suelen decir mundialización; el mundo anglosajón cuestiona esta nueva configuración del poder, nunca fácil de definir, configuraciones que pasan todas por el modo en que se usa en "la palabra universalizada", representada por los medios de comunicación. De alguna manera tenemos que designar estos fenómenos en los que estamos involucrados. Los medios comunicacionales como industria permanente de la organización de la vida, la cotidiana y la productiva, están en un lugar nuevo: son empresas de la cultura que están en un momento productivo nuevo, lo que supone un combate por los nombres. El nombre de Argentina, por ejemplo: es evidente que ahí hay un problema si queremos revisar. Si quisiéramos revisar la idea de neoliberalismo encontraríamos, como decía Vicente, que es una construcción que lleva a cierta forma de cuestionamiento, a un giro que tomaron las razones económicas del dominio capitalista en los últimos veinte o treinta años, y que sugiere soluciones: toda la socialdemocracia europea constituye su dilema alrededor de la crítica al neoliberalismo. Considero que hay un ciclo, con distintas vicisitudes, que está desarrollándose en Argentina, Brasil y otros países, siempre en torno al planteo de la socialdemocracia europea, en relación al análisis de lo que fue la flexibilización laboral, la pérdida de la industria pública, la quiebra del "Estado de Bienestar". Terminología vinculada al habla de economistas, sociólogos y periodistas sobre el neoliberalismo, sin el cual es muy difícil hablar, pero con el cual, también, se perjudican ciertas comprensiones profundas de este momento histórico que nos toca vivir. Vayamos a decirle esto a los políticos del PT, o a sus pares argentinos, que precisan "dar una señal" sobre la forma de hacer cesar los modos más enfáticos o agresivos de este denominado neoliberalismo que, como sabemos, llevó a la destrucción del mundo laboral que había sabido fundar, de alguna manera, la Argentina contemporánea junto a otras, cuando el ciclo del trabajo y el de la sindicalización integraban una idea basal. Entonces, es evidente que es una lucha para constituir formas de lenguaje. Un resolución más exigente del mismo tema, como entendimos que quiere Vicente, exigiría no definir a partir de la palabra neoliberalismo todo lo que se puede hacer en términos de la crítica a la situación reinante. Pero es un concepto de periodistas, políticos y comunicadores sociales que utilizan expresiones factibles de ser revisadas -como socialdemocracia, o "dar una señal" como dije recién-, ya que en la era de las técnicas comunicacionales complejas, hablar es algo menos complicado en apariencia que las largas enunciaciones discursivas y las fuertes argumentaciones, pues se suele hablar más "dando señales". Estas señales suponen formas de lenguaje más crispadas, más vinculadas a la temporalidad específica que sugieren los medios de comunicación. Por lo que este "sistema semiótico" también impregna a los movimientos progresistas, que ven ambiguamente y vacilan en encontrar el verdadero gesto aglutinador de sus deseos más profundos. Hablan y "dan guiños" que, si fueran interesantes, uno se convierte también en un intérprete interesante. Por el contrario, si los "guiños" son rutinarios y están mediados por el modo en que se constituye la política en la televisión, no sólo son fáciles de descifrar, incluso en su forma amenzadora, sino que no constituyen ninguna reformulación del lenguaje.

Antes dije Argentina. Es interesante revisar este nombre: nos rigió siempre; es probable también que no exista para siempre, junto a otros que hayan dado lugar a largos ciclos de formación de las nacionalidades. Así que pueden ser revisados, con cuidado y suponiendo las fuertes tramas de crecimiento, de sentimentalidad y emotividad colectivas que asocian esos nombres. Ahora esta revisión nos hace pensar en este gentilicio que se ha creado la Argentina como país que tenía "justicia", pensándola todavía con su carga utópica, en todos los órdenes de la vida. Y debemos repensar si el nombre también nos puede seguir diciendo algo para seguir haciendo digna la emotividad que asocia, pues son palabras que se escriben en "formas corporales", en sentidos simbólicos y colectivos que tiene nuestra vida. Y están a nuestras espaldas: no son revisables fácilmente. Porque uno puede decir muchas cosas pero es difícil que, más allá de momentos justificables donde uno manda al diablo a su país, aún dejen de verse ciertas formas entrañables, amorosas en ese acto de repudio. En fin, son ámbitos de reclamo de revisión del nombre colectivo como, creo, que es el gran intento de "El Eternauta" -nombre formidable-, que supone a un grupo humano que busca formas de justicia en otro tiempo posible. En "El Eternauta" no hay el tiempo lineal que fundaron las naciones burguesas, sino un tiempo circular, en una eternidad que, curiosamente, no aleja ningún problema sino que nos lleva a pensar en la cancha de River Plate como lugar de combate, en el lenguaje de la Argentina de los años '60, con colectivos circulando y lugares que no nos parecen lejanos sino cercanos: una eternidad que nos acerca.

Sobre el nombre de Argentina aprendí del lingüista Rosenbach, en un hermoso libro, lo siguiente: Argentina era el nombre que tenía otra ciudad, Estrasburgo, que quiere decir justamente Argentina, o sea la ciudad o región de la plata, llamada Argentinorum bajo el imperio romano. Cuando la toman los germanos le cambian el nombre pero significando también que poseía minas de plata. Con el descubrimiento se decía que había un lugar donde había plata, éstos lugares justamente, y es cuando reaparece ese nombre que estaba como flotando, un nombre sin objeto, traído por la memoria de frailes dominicos que comprueban, de alguna manera, que hay menos nombres que situaciones. Lo interesante, entonces, es que el nombre que nos singulariza tanto es lo menos singular que podía haber, lo cual no debe ser motivo de preocupación. Al contrario: nuestra singularidad está hecha de todos los poros de una universalidad muy grande, insaciable. Porque nuestra vida cotidiana, realmente, está hecha de eternidad como bien dice Oestërheld. Entonces ese nombre, Argentina, alude en primer lugar a la explotación de la plata, como Brasil refiere a otra explotación, la de la madera. Buena lección: detrás de los nombres de los países hay razones económicas vinculadas a la conquista, al aprovechamiento, al sacrificio humano, al trabajo en las minas donde también surgieron los primeros ejemplos de organización social y política, y de movimientos conspirativos por la justicia. De modo que los nombres de los países surgen de poéticas que tienen que ver con explotaciones. Pero después ocurre algo maravilloso: aparecen interpretaciones diferentes sobre ese hecho fundador que no pertenece a nadie, que remiten a realidades crudas, de la que ni siquiera quisiéramos que fueran la base de la fundación de los mundos culturales, y aquí Del Barco Centenera coloca el nombre generando una identidad con cierta utopía. Esos signos los vamos contrastando con otras realidades, y vamos aprendiendo que lo que se dice "argentina" -como gentilicio-, caracteriza a lo común y a todas las diferencias que siguen siendo designadas "argentinas". Es un dilema esa palabra. Así como nació en algún momento, puede extinguirse por razones que ni comprendamos, a lo mejor por el de ALCA, o el Mercosur -en los pasaportes dice Mercosur-. Si eso ocurre, habría que seguir luchando si es que restituir el nombre Argentina puede ser más interesante que llamarse "mercosureño" o "alcaleño", porque nuestras identidades están en juego. Y lo están también en menor riesgo cuando hay astutos planificadores y agentes de imágenes de las multinacionales que concluyen en no sacar ese nombre, pues es una camiseta de fútbol y despierta cosas. Al contrario, piensan estas personas, "pongamos ese nombre en lugares que sean cada vez menos argentinos", en términos de la práctica real y de la propiedad. Entonces por qué no suponer que las empresas que antes eran argentinas y no se llamaban así, se bauticen como "argentinas" cuando ya no lo son. Porque el nombre es lleno, contundente, concreto, nos lleva a heroísmos sociales y a luchas políticas con esa carga de valores utópicos, y puede decirse "argentina" justo en el momento donde toda idea de soberanía social y política desaparece. Por ejemplo, es el caso de Obras Sanitarias de la Nación: nombre del positivismo argentino, extraordinario, muy cuestionado porque aludía a la Nación desde un contenido sanitario. Y la "nación" para los positivistas era algo más que eso. En fin, refiere a un capítulo muy escrito de la historia del nombre Argentina. Y ahora, lo que fuera antes Obras Sanitarias, se llama Aguas Argentinas cuando ya no es más nacional, y es menos "argentino" en relación al sanitarismo higienista que la precedió. Particularmente yo quiero mucho el nombre Argentina; pero no para dejar de ver, en nombre de ese nombre, cuánta represión hubo y hay: todos lo vemos. Y qué misterio que lo sigamos queriendo también. "Algo más deber haber". No sé si será la batalla final de Juan Salvo, pero hubo escritores como Echeverría, Ingenieros y gran cantidad de personas que no resignaron de ese nombre, con su carga problemática, para asociarlo a formas de justicia y a la definición de los sentimientos más generosos. Si para vender más toda la publicidad de una marca de cerveza, en especial cuando hay fútbol,  se utilizan banderas argentinas y formas muy emotivas pero tan indiferenciadas del argentino, pues no sirven para distinguir ningún problema, significa que hay algo con las naciones: desde el punto de vista de proveer justicia social, no cumplen; sobre más democracia e igualdad, tampoco cumplen con esas funciones. Sin embargo, cada vez parecen estar presentes las naciones en una especie de "discurso globalizador". ¿Qué es esta globalización donde al mismo tiempo que las naciones se mantienen como edificios "vacíos", lugares que no tienen sentido, sin embargo están muy presentes?. Son más símbolos de consumo. Esta cuestión de los nombres es entonces muy interesante. Siempre tenemos que preguntar si el nombre bajo el cual luchamos es algo cuyo entusiasmo real, presente e indesmentible por cualquiera de nosotros, no pueda perfectamente ser indagado de otro modo en el futuro. Argentina es un nombre que nos mantiene, de alguna manera, como una mínima brisa de unidad del pensamiento social y político. La palabra funciona positivamente en nuestro lenguaje, también críticamente, y a veces en oscuras jornadas de odio, es el lugar que nos queríamos sacar de encima. Pero, ¿para ir a dónde, y para hacer qué?. Esa es la pregunta última, radical, muy drástica, que no hay que dejar de hacerse. Es decir, somos portadores de nombres artificiales. Pero, ¿cuáles serán menos artificiales?. Hay que inventarlos, y en esos inventos quizá permanezcan los que más queremos como Argentina, la plata: algo entre miserable y divino, algo querible, deseable por cualquier motivo que pueda imaginarse, basado tanto en el vil metal como en la idea de una poética que lleva a conglomerados humanos a pensar en formas más profundas sus propias vidas. Bien, hasta aquí he dejado muchas monedas, mucha plata en el aire, pero la idea es la siguiente: este momento, en Argentina es para pensar en redefinir nombres, hacer las luchas más intensas que supongan muchas cosas, buscando un nombre que realmente aglutine. En el camino secreto de esas luchas encontraremos también nuestros propios nombres.

Vicente Zito Lema -


Dr. Enrique Carpintero - Siquiatra, Psicólogo, Director de la Revista Topia
Horacio González - Escritor, Sociólogo y docente
Vicente Zito Lema - Poeta y Escritor
Dr. Alfredo Grande - Psicólogo - Director de la Cooperativa Ático

El nombre como terreno de lucha

Por Horacio González

Escritor, Sociólogo y Docente de la Carrera de Sociología en la Universidad Nacional de Buenos Aires

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Creo que hay un nivel más de complejidad con relación a la denominación neoliberalismo, como en general hay un dilema muy interesante con los nombres porque son también un terreno de lucha. Un nombre cuando se constituye, su uso en la rutina del habla cotidiana, o el modo en que se constituyen lo que habitualmente llamamos identidades, forman parte de nuestro "paisaje lingüístico". Y son como poderes constituidos, y algo domesticados. En fin, no es cuestión de revisar un nombre todos los días porque quizá no podríamos hablar. En los nombres surgen un conjunto de luchas, a veces muy oscuras, en los medios de comunicación, que son temas tratados en ciertos ámbitos académicos americanos y europeos. En Francia este mismo fenómeno de la globalización se lo llama mundialización; lo que revela, a mi parecer, una contienda entre distintos campos históricos, económicos y culturales que se transfieren a una disputa idiomática. Es decir, hay un problema con los nombres. Y todos sabemos bien que ese hecho bautismal, profundo y cotidiano de dar nombre a algo, supone un acto creativo, a veces irreflexivo pero que por su profundidad nos obliga a pensar cuán decisivo y dramático es ser portadores de un nombre. Y, en ese sentido, ello está presente en la lucha política: escuchar a unos globalización, a otros mundialización, supone de alguna manera pensar en personas y organizaciones según de dónde provengan. Las europeas, en especial las francesas, suelen decir mundialización; el mundo anglosajón cuestiona esta nueva configuración del poder, nunca fácil de definir, configuraciones que pasan todas por el modo en que se usa en "la palabra universalizada", representada por los medios de comunicación. De alguna manera tenemos que designar estos fenómenos en los que estamos involucrados. Los medios comunicacionales como industria permanente de la organización de la vida, la cotidiana y la productiva, están en un lugar nuevo: son empresas de la cultura que están en un momento productivo nuevo, lo que supone un combate por los nombres. El nombre de Argentina, por ejemplo: es evidente que ahí hay un problema si queremos revisar. Si quisiéramos revisar la idea de neoliberalismo encontraríamos, como decía Vicente, que es una construcción que lleva a cierta forma de cuestionamiento, a un giro que tomaron las razones económicas del dominio capitalista en los últimos veinte o treinta años, y que sugiere soluciones: toda la socialdemocracia europea constituye su dilema alrededor de la crítica al neoliberalismo. Considero que hay un ciclo, con distintas vicisitudes, que está desarrollándose en Argentina, Brasil y otros países, siempre en torno al planteo de la socialdemocracia europea, en relación al análisis de lo que fue la flexibilización laboral, la pérdida de la industria pública, la quiebra del "Estado de Bienestar". Terminología vinculada al habla de economistas, sociólogos y periodistas sobre el neoliberalismo, sin el cual es muy difícil hablar, pero con el cual, también, se perjudican ciertas comprensiones profundas de este momento histórico que nos toca vivir. Vayamos a decirle esto a los políticos del PT, o a sus pares argentinos, que precisan "dar una señal" sobre la forma de hacer cesar los modos más enfáticos o agresivos de este denominado neoliberalismo que, como sabemos, llevó a la destrucción del mundo laboral que había sabido fundar, de alguna manera, la Argentina contemporánea junto a otras, cuando el ciclo del trabajo y el de la sindicalización integraban una idea basal. Entonces, es evidente que es una lucha para constituir formas de lenguaje. Un resolución más exigente del mismo tema, como entendimos que quiere Vicente, exigiría no definir a partir de la palabra neoliberalismo todo lo que se puede hacer en términos de la crítica a la situación reinante. Pero es un concepto de periodistas, políticos y comunicadores sociales que utilizan expresiones factibles de ser revisadas -como socialdemocracia, o "dar una señal" como dije recién-, ya que en la era de las técnicas comunicacionales complejas, hablar es algo menos complicado en apariencia que las largas enunciaciones discursivas y las fuertes argumentaciones, pues se suele hablar más "dando señales". Estas señales suponen formas de lenguaje más crispadas, más vinculadas a la temporalidad específica que sugieren los medios de comunicación. Por lo que este "sistema semiótico" también impregna a los movimientos progresistas, que ven ambiguamente y vacilan en encontrar el verdadero gesto aglutinador de sus deseos más profundos. Hablan y "dan guiños" que, si fueran interesantes, uno se convierte también en un intérprete interesante. Por el contrario, si los "guiños" son rutinarios y están mediados por el modo en que se constituye la política en la televisión, no sólo son fáciles de descifrar, incluso en su forma amenzadora, sino que no constituyen ninguna reformulación del lenguaje.

Antes dije Argentina. Es interesante revisar este nombre: nos rigió siempre; es probable también que no exista para siempre, junto a otros que hayan dado lugar a largos ciclos de formación de las nacionalidades. Así que pueden ser revisados, con cuidado y suponiendo las fuertes tramas de crecimiento, de sentimentalidad y emotividad colectivas que asocian esos nombres. Ahora esta revisión nos hace pensar en este gentilicio que se ha creado la Argentina como país que tenía "justicia", pensándola todavía con su carga utópica, en todos los órdenes de la vida. Y debemos repensar si el nombre también nos puede seguir diciendo algo para seguir haciendo digna la emotividad que asocia, pues son palabras que se escriben en "formas corporales", en sentidos simbólicos y colectivos que tiene nuestra vida. Y están a nuestras espaldas: no son revisables fácilmente. Porque uno puede decir muchas cosas pero es difícil que, más allá de momentos justificables donde uno manda al diablo a su país, aún dejen de verse ciertas formas entrañables, amorosas en ese acto de repudio. En fin, son ámbitos de reclamo de revisión del nombre colectivo como, creo, que es el gran intento de "El Eternauta" -nombre formidable-, que supone a un grupo humano que busca formas de justicia en otro tiempo posible. En "El Eternauta" no hay el tiempo lineal que fundaron las naciones burguesas, sino un tiempo circular, en una eternidad que, curiosamente, no aleja ningún problema sino que nos lleva a pensar en la cancha de River Plate como lugar de combate, en el lenguaje de la Argentina de los años '60, con colectivos circulando y lugares que no nos parecen lejanos sino cercanos: una eternidad que nos acerca.

Sobre el nombre de Argentina aprendí del lingüista Rosenbach, en un hermoso libro, lo siguiente: Argentina era el nombre que tenía otra ciudad, Estrasburgo, que quiere decir justamente Argentina, o sea la ciudad o región de la plata, llamada Argentinorum bajo el imperio romano. Cuando la toman los germanos le cambian el nombre pero significando también que poseía minas de plata. Con el descubrimiento se decía que había un lugar donde había plata, éstos lugares justamente, y es cuando reaparece ese nombre que estaba como flotando, un nombre sin objeto, traído por la memoria de frailes dominicos que comprueban, de alguna manera, que hay menos nombres que situaciones. Lo interesante, entonces, es que el nombre que nos singulariza tanto es lo menos singular que podía haber, lo cual no debe ser motivo de preocupación. Al contrario: nuestra singularidad está hecha de todos los poros de una universalidad muy grande, insaciable. Porque nuestra vida cotidiana, realmente, está hecha de eternidad como bien dice Oestërheld. Entonces ese nombre, Argentina, alude en primer lugar a la explotación de la plata, como Brasil refiere a otra explotación, la de la madera. Buena lección: detrás de los nombres de los países hay razones económicas vinculadas a la conquista, al aprovechamiento, al sacrificio humano, al trabajo en las minas donde también surgieron los primeros ejemplos de organización social y política, y de movimientos conspirativos por la justicia. De modo que los nombres de los países surgen de poéticas que tienen que ver con explotaciones. Pero después ocurre algo maravilloso: aparecen interpretaciones diferentes sobre ese hecho fundador que no pertenece a nadie, que remiten a realidades crudas, de la que ni siquiera quisiéramos que fueran la base de la fundación de los mundos culturales, y aquí Del Barco Centenera coloca el nombre generando una identidad con cierta utopía. Esos signos los vamos contrastando con otras realidades, y vamos aprendiendo que lo que se dice "argentina" -como gentilicio-, caracteriza a lo común y a todas las diferencias que siguen siendo designadas "argentinas". Es un dilema esa palabra. Así como nació en algún momento, puede extinguirse por razones que ni comprendamos, a lo mejor por el de ALCA, o el Mercosur -en los pasaportes dice Mercosur-. Si eso ocurre, habría que seguir luchando si es que restituir el nombre Argentina puede ser más interesante que llamarse "mercosureño" o "alcaleño", porque nuestras identidades están en juego. Y lo están también en menor riesgo cuando hay astutos planificadores y agentes de imágenes de las multinacionales que concluyen en no sacar ese nombre, pues es una camiseta de fútbol y despierta cosas. Al contrario, piensan estas personas, "pongamos ese nombre en lugares que sean cada vez menos argentinos", en términos de la práctica real y de la propiedad. Entonces por qué no suponer que las empresas que antes eran argentinas y no se llamaban así, se bauticen como "argentinas" cuando ya no lo son. Porque el nombre es lleno, contundente, concreto, nos lleva a heroísmos sociales y a luchas políticas con esa carga de valores utópicos, y puede decirse "argentina" justo en el momento donde toda idea de soberanía social y política desaparece. Por ejemplo, es el caso de Obras Sanitarias de la Nación: nombre del positivismo argentino, extraordinario, muy cuestionado porque aludía a la Nación desde un contenido sanitario. Y la "nación" para los positivistas era algo más que eso. En fin, refiere a un capítulo muy escrito de la historia del nombre Argentina. Y ahora, lo que fuera antes Obras Sanitarias, se llama Aguas Argentinas cuando ya no es más nacional, y es menos "argentino" en relación al sanitarismo higienista que la precedió. Particularmente yo quiero mucho el nombre Argentina; pero no para dejar de ver, en nombre de ese nombre, cuánta represión hubo y hay: todos lo vemos. Y qué misterio que lo sigamos queriendo también. "Algo más deber haber". No sé si será la batalla final de Juan Salvo, pero hubo escritores como Echeverría, Ingenieros y gran cantidad de personas que no resignaron de ese nombre, con su carga problemática, para asociarlo a formas de justicia y a la definición de los sentimientos más generosos. Si para vender más toda la publicidad de una marca de cerveza, en especial cuando hay fútbol,  se utilizan banderas argentinas y formas muy emotivas pero tan indiferenciadas del argentino, pues no sirven para distinguir ningún problema, significa que hay algo con las naciones: desde el punto de vista de proveer justicia social, no cumplen; sobre más democracia e igualdad, tampoco cumplen con esas funciones. Sin embargo, cada vez parecen estar presentes las naciones en una especie de "discurso globalizador". ¿Qué es esta globalización donde al mismo tiempo que las naciones se mantienen como edificios "vacíos", lugares que no tienen sentido, sin embargo están muy presentes?. Son más símbolos de consumo. Esta cuestión de los nombres es entonces muy interesante. Siempre tenemos que preguntar si el nombre bajo el cual luchamos es algo cuyo entusiasmo real, presente e indesmentible por cualquiera de nosotros, no pueda perfectamente ser indagado de otro modo en el futuro. Argentina es un nombre que nos mantiene, de alguna manera, como una mínima brisa de unidad del pensamiento social y político. La palabra funciona positivamente en nuestro lenguaje, también críticamente, y a veces en oscuras jornadas de odio, es el lugar que nos queríamos sacar de encima. Pero, ¿para ir a dónde, y para hacer qué?. Esa es la pregunta última, radical, muy drástica, que no hay que dejar de hacerse. Es decir, somos portadores de nombres artificiales. Pero, ¿cuáles serán menos artificiales?. Hay que inventarlos, y en esos inventos quizá permanezcan los que más queremos como Argentina, la plata: algo entre miserable y divino, algo querible, deseable por cualquier motivo que pueda imaginarse, basado tanto en el vil metal como en la idea de una poética que lleva a conglomerados humanos a pensar en formas más profundas sus propias vidas. Bien, hasta aquí he dejado muchas monedas, mucha plata en el aire, pero la idea es la siguiente: este momento, en Argentina es para pensar en redefinir nombres, hacer las luchas más intensas que supongan muchas cosas, buscando un nombre que realmente aglutine. En el camino secreto de esas luchas encontraremos también nuestros propios nombres.

Por Horacio González - Escritor, Sociólogo y Docente


Dr. Enrique Carpintero - Siquiatra, Psicólogo, Director de la Revista Topia
Horacio González - Escritor, Sociólogo y docente
Vicente Zito Lema - Poeta y Escritor
Dr. Alfredo Grande - Psicólogo - Director de la Cooperativa Ático

Los jefes de la nada


Por Alfredo Grande Psicoanalista, Director de la cooperativa Ático

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(Aclaración: el Dr. Alfredo Grande se refirió en el seminario al trabajo presentado en el anterior número de La Tecl@ Eñe bajo el título: "Los jefes de la nada", el cual podrán consultar desde este <<link>>, muchas gracias)


 
SE EQUIVOCO LA Cigüeña Escribe       ALFREDO GRANDE [1]   (Especial para  LA TECLA Ñ)
La génesis social y política de las palabras puede ayudar a comprender su lugar como encubridora o descubridora de las cosas. “Amante”, “amigo”, “amigovio”, dan cuenta de diferentes capas de resistencia verbal para el ocultamiento del fundamento sexual de un determinado vínculo. La política también se organiza en un nivel convencional encubridor cuando utiliza palabras que intentan y casi siempre logran, ocultar el fundamento depredador y genocida de teorías y prácticas económico-sociales. Desde las Identidades Empetroladas hasta las Jefas y Jefes de la Nada [2] , el sistema productor de cosas y de hombres pone mejor empeño en que la palabra, en el peor de los casos, encubra a la cosa y, en el mejor, directamente la reemplace. En términos más precisos y por lo tanto mucho menos claros, diré que el capitalismo para ocultar su contradicción fundamental opera en tres registros: 1) el nivel traumático de la guerra 2) el nivel perverso de la tregua 3) el nivel psicótico de la paz. Devastación, desmentida y alucinación organizando las formas de presentación y representación de la realidad y por lo tanto las formas de subjetivación predominantes. La distancia mayor o menor entre modos de producción de subjetividad y sujeto permiten albergar pequeñas esperanzas pero desde ya, ninguna certeza sobre la capacidad humana de aceptar “el desierto de lo real”. Y aunque lo acepte, no opera necesariamente con lógicas yoicas de transformación y emancipación. En términos más precisos, pero no necesariamente más claros, frente al desierto de lo real nunca faltan y mas bien siempre sobran aquellos que comercializan diferentes tipos de oasis. También denominados “primaveras”, opuestos a los duros inviernos de los eternos ajustes que a pesar de la profecía siniestra del capitán ingeniero, nunca terminamos de pasarlos. Mas bien, nos pasan por arriba.  Pero siempre están las palabras que aparecen como si fueran cosas. Materialidades históricas, vinculares, sociales, libidinales, organizadas como modos superyoicos de producción de subjetividad que construyen Ideales del Superyó que legitiman y legalizan todos los crímenes: de la guerra, de la tregua y los de la paz. Una de las palabras que más eco ha tenido es “neoliberalismo”. Tampoco hay demasiado acuerdo si se lo presenta como “modelo” [3] o como “sistema”. Pero las más feroces críticas al neoliberalismo, tanto desde el socialcristianismo, desde el populismo, desde el progresismo, eclipsan la realidad fundante. Neoliberalismo es capitalismo. No  me interesa demasiado si salvaje o serio, porque las máscaras cambian pero el verdadero rostro queda. Pero cual fantasma de la ópera, es el rostro que hay que ocultar. Con el agravante que no se trata en este caso del ángel de la música, el desgraciado Erik, sino de multiplicidad de ángeles exterminadores. Por lo tanto se genera un mecanismo paradojal, por el cual toda crítica por despiadada que sea riega la tierra que pretende arrasar. Usamos la misma palabra para la crítica que el enemigo inventó para encubrir.  Al pretender demolerlo, en realidad le damos poderosos cimientos. Para los Jefes y Jefas de Todo, el éxito no es siempre triunfar, sino dar la batalla en el propio terreno. Ellos también saben que la batalla es cultural. Los fabulosos gastos en publicidad así lo demuestran. De tal modo que alguna ocasional derrota en un terreno siempre pueda ser compensada con otras victorias. Como una multinacional que puede subsidiar pérdidas en un país por exorbitantes ganancias en otros. Obvio: para las multinacionales no hay fronteras nacionales que valgan. Seré más preciso, aunque no necesariamente más claro. En la actualidad del modo K de producción de subjetividad, la economía de mercado y el ansia desmedida de lucro es fuertemente cuestionada. Por lo tanto, en esta Matrix postperonista tardía, el neoliberalismo llora pero el capitalismo ríe. Es una risa áspera,  burlona, agresiva, con el estilo inconfundible del Guasón de Jack Nicholson. El éxito del enemigo es haber colocado esa palabra “neoliberalismo” en lugar de la palabra y la cosa “capitalismo”. Por lo tanto, podemos hacer pedazos a la palabra sin que la cosa sea cuestionada. Incluso en la seguridad de que la palabra no la toca, la cosa sigue inmutable ratificando a pesar de sus más firmes detractores que la historia ha llegado a su fin. Al menos, la historia en la cual las palabras y las cosas eran una sola y misma cosa.

Otro inquietante ejemplo de la palabra en lugar de la cosa es “menemismo”. Por supuesto, también habría que hablar de “neomenemismo”, y no me refiero solamente a Máximo Saúl, futuro emperador de las tierras del sur, bebé mitológico, mitad chileno mitad argentino. Y seguramente algunas otras mitades. El “Menemismo” habría nacido de un repollo. Se equivocó la cigüeña al traerlo junto con el salariazo y la revolución productiva. Tenía que haberlo dejado más al norte, quiero decir al norte del Río Grande. Lo dejó acá, quizá confundida por los aires de Anillaco y de Perico. Se equivocó la cigüeña y detrás de la cigüeña, se equivocaron todos. Dos veces. Debería decir tres,  porque con un magro porcentaje electoral, le alcanzó para ganar la primera vuelta de los ciegos y el turco tuerto fue rey. Hasta que las doce campanadas del ballotage le mostraron que en realidad era un zapallo y por esa vez resolvió que mejor boloco en mano que presidencia volando. Todo esto es tan cierto como cierto es que “menemismo” es una palabra encubridora de la cosa. Y que la cosa es “peronismo”. Hemos logrado olvidar, y esto ya no es culpa de la cigüeña, que Menem es peronista. Todos los discursos encubridores no tapan que además, ni siquiera fue expulsado del partido al que ostensiblemente traicionó. Mérito que comparte con De la Rúa. Cuando propongo un psicoanálisis como analizador de la cultura, es justamente porque pretendo incluir la dimensión institucional [4] y no meramente una crítica organizacional. La afirmación “Menem no es peronista” obtura el necesario análisis de por qué ese movimiento nacional, esa doctrina popular, engendró al monstruo privatizador. Y por qué en diez años no se lo pudo destruir. Y para colmo, se sigue reproduciendo. Pero todo intento de realizar un análisis institucional del peronismo era y es descalificado como “gorilismo”. Macartismos populares, pero macartismos al fin. Si es bien cierto que los comunistas tendrán que seguir explicando ¿por qué Stalin?, los socialistas ¿por qué Américo Ghioldi?, los radicales ¿por qué Varela?, los peronistas no podrán eludir ¿por qué Menem?. No se trata de cargar con culpas, se trata de no descargar responsabilidades. Un psicoanálisis implicado rescata y pone en la superficie la génesis social y política. Si no podemos establecer determinismos, tampoco podemos resignarnos a una incertidumbre de la probabilidad. El primer acto político de una cultura de la resistencia y la emancipación, es que las cosas y las palabras tengan la melodía del descubrimiento. Y no el ruido embrutecedor del encubrimiento. De lo contrario, no será la cigüeña solamente la que continúe equivocándose.

En la ciudad de los buenos desaires  a los 22 días de diciembre 2003.



[1] Médico psiquiatra, psicoanalista y cooperativista. Coordinador del Seminario Psicoanálisis Implicado (Buenos Aires – Mar del Plata)

[2] Confrontar notas publicadas en los números de LA TECLA Ñ.

[3] Muchos pensamos que apenas es un “mal ejemplo”.

[4] Profecía instituyente del Primer Encuentro El Espacio Institucional (Diciembre 1991) del cual me siento orgulloso de ser productor y producto. Me consta que Alfredo Caeiro, seguramente entre otros, ha continuado trabajando en esta perspectiva científica y política

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