Disertaciones
en torno al Seminario
"Neoliberalismo y Cultura: Perplejidades
del Nuevo Siglo"
- Proponer y organizar un Seminario supone un
desafío con sabor a final abierto, ya que
los ecos de lo expresado en cada disertación
inauguran un espacio de reverberancias que se
enriquece con la multiplicidad de voces y matices
reflexivos. Final abierto que cobrará real
dimensión si logra expandirse por los difíciles
senderos del pensamiento colectivo. Con ese propósito
es que se reproducen en esta edición de
La Tecl@ Eñe, las disertaciones ofrecidas
por Alfredo Grande, Enrique Carpintero, Vicente
Zito Lema y Horacio González en el marco
del primer encuentro organizado desde nuestra
publicación, el cual contó con el
apoyo físico y humano de Ático Cooperativa
de Trabajo. Ojalá estos textos traspasen
la barrera de la palabra escrita y encuentren
los interlocutores que los alojen en sus moradas
para darles nuevas significaciones.
Producción
y edición: Conrado Yasenza, Marcelo Luna,
Marcelo Rebón
Fotografía: Efraín Dávila
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El
Eternauta:
Metáfora del héroe colectivo.
Por
Enrique Carpintero Psicoanalista, Director
de la Revista Topia
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Cuando hablamos de “neoliberalismo”
nos estamos refiriendo a las características
sociales, económicas y políticas que ha tomado
la actual etapa del capitalismo mundializado.
Sus efectos se reflejan en la actualidad de
nuestra cultura.
Para explicar algunas de sus
manifestaciones voy a utilizar como metáfora
una historieta mítica de nuestro país: El Eternauta.
El
Eternauta fue una historieta escrita
por Héctor Germán Oesterheld que apareció a
mediados de la década del cincuenta.
La primera versión de El Eternauta
se comienza a publicar durante el año 1957 en
fascículos. Durante cien semanas H. G. Oesterheld
mantiene al público en suspenso a través de
esta historia dibujada por Solano López.
Una segunda versión dibujada por Alberto Breccia
es publicada por la revista Gente en 1969. Aquí
el argumento es más trabajado conceptualmente
y define posiciones más comprometidas, a tono
con el cambio político de su autor. El ganar
en un mayor posicionamiento con la realidad
política le hace perder un sentido metafórico,
presente -como analizaré más adelante- en la
primera versión.
La segunda parte la realiza a pedido
de ediciones Record en 1978 y, nuevamente, es
dibujada por Solano López. La historieta fue
terminada por otro guionista ya que Oesterheld
es detenido y desaparecido con sus cuatro hijas
por la dictadura militar.
Brevemente
recordemos el guión. Una noche, a la madrugada,
un guionista de historietas está trabajando
en su escritorio. De pronto, delante de él,
cruje una silla vacía. Sobre ella se corporiza
un hombre que dice llamarse el Eternauta. En
realidad se llama Juan Salvo y ese nombre, el
Eternauta, se lo han dado en un lejano mundo,
durante un lejano tiempo. El aparecido ve sin
sorpresa que está en la tierra y pide al guionista
que lo ayude. Pero antes le cuenta su historia.
La misma comienza en una casa y en un barrio
parecido al del guionista que vive en los suburbios
del Gran Buenos Aires. Cuatro amigos juegan
al truco: Juan Salvo, el dueño de casa y de
una pequeña empresa de transformadores, Favalli,
el profesor de la facultad de Ingeniería, Lucas
empleado bancario y Polsky jubilado y fabricante
de violines. Comenta Juan que todos estaban
"separados del mundo como si el chalecito
fuera una isla. Una isla a la que apenas si
llegaban los ruidos de la avenida cercana..."
De imprevisto se corta la
luz y comienza la historia de este grupo humano.
Afuera de la casa la gente se muere al ser tocada
por una especie de nieve fosforescente. Si la
nieve no toca, no mata. Por eso sobreviven ellos
y unos pocos más. Se trata de una invasión extraterrestre.
Esta es llevada a cabo por sometidos. Los amos
son los Ellos que durante toda la historia nunca
se ven. Para la invasión utilizan a seres de
otros planetas que manejan a través de teledirectores.
Estos son los Cascarudos, los Gurbos, los Hombres-robots
y los Manos, seres muy inteligentes y sensibles
que los Ellos dominan al colocarles cuando nacen
una glándula de la muerte. Cuando tienen miedo
esta glándula se activa y genera un veneno que
los destruye. De esta manera los Manos no pueden
traicionar a sus amos. Si lo hacen, el miedo
que este hecho les produce, los mata.
La nevada va matando a los porteños. Se suceden
historias memorables como el combate en la General
Paz, el combate en la cancha de River y el momento
en que el Mano muere, añorando la belleza de
su planeta, mientras canta una dulce canción.
Finalmente quedan Juan, su esposa Elena, su
hija Martita y un pequeño grupo de amigos. Todos
tratan de llegar a una zona de seguridad, que
en realidad es una trampa para eliminarlos.
El Eternauta y su familia se salvan al introducirse
en un extraño aparato que los proyecta al espacio-tiempo.
Pero Juan Salvo pierde a su familia por un error
en la máquina y así inicia su búsqueda por el
tiempo y el espacio. De esta manera llega a
la silla que está delante del guionista. El
desenlace anuncia una historia circular, pues
Juan encuentra a su familia en una casa vecina
al guionista. En el camino se le cruzan sus
tres amigos que van a jugar al truco a su casa.
La multiplicidad de metáforas
que plantea este relato me llevaría a un extenso
desarrollo. Para comenzar nada mejor que leer
lo que dice el propio Oesterheld: "Siempre
me fascino la idea de un Robinson Crusoe...
El Eternauta, inicialmente, fue mi
versión del Robinson. La soledad del hombre,
rodeado, pero, no ya por el mar sino por la
muerte. Tampoco el hombre solo de Robinson,
sino el hombre con familia, con amigos. Por
eso la partida de truco, por eso la pequeña
familia que duerme en el chalet de Vicente López,
ajena a la invasión que le viene. Ese fue el
planteo. Lo demás... lo demás creció solo… El
héroe verdadero de El Eternauta es un Héroe
colectivo, un grupo humano. Refleja así, aunque
sin intención previa, mi sentir intimo: el único
héroe válido es el héroe "en grupo",
nunca el héroe individual, el héroe solo".
Antes de continuar con el análisis
de la historia veamos que dice Freud en relación
a la cultura. Para Freud la cultura consistió
en un proceso al servicio del Eros que, a lo
largo de la historia, fue uniendo a la humanidad
toda. A este desarrollo se opuso y se opone
la pulsión de muerte que actúa en cada sujeto
y que Freud denominó el “Malestar en la cultura”.
De esta manera plantea que la cultura es la
lucha por la vida de la especie humana. Es decir,
se crea un imaginario social que se constituye
en lo que denomino un espacio-soporte de la
pulsión de muerte donde se establecen relaciones
libidinales que permiten los necesarios intercambios
simbólicos y afectivos para vivir en comunidad.
Sin embargo, en la actualidad
la cultura presenta una unión paradójica, una
unidad de desunión. En ella la ruptura de los
lazos libidinales, simbólicos y afectivos lleva
a los individuos a la contradicción, la ambigüedad
y la angustia. La fractura de ese soporte imaginario
para vivir en comunidad es lo que crea la sensación
de inseguridad y de miedo. Es la que crea una
comunidad destructiva. Una comunidad de todos
contra todos. Este malestar anuncia los efectos
de la pulsión de muerte como violencia destructiva
y autodestructiva cuya realidad se hace evidente
en los múltiples conflictos que existen en el
tejido social y ecológico, donde el desarrollo
de la sociedad se hace en nombre de la eficiencia.
¿Pero eficiencia para quién, con miras a qué
y para qué? Al igual que el crecimiento económico
que se intenta realizar, pero ¿De quién, de
qué, a que precio y para llegar a qué?. Es evidente
que esta situación es producto de una política
social y económica de los sectores sociales
hegemónicos que han llevado al hambre, la pobreza
y la exclusión de la mayoría de la población.
Mientras el mundo ha llegado al mayor desarrollo
económico en su historia paradójicamente 3.000
millones de sus habitantes, es decir la mitad
de la población, vive con 1 u/s diario. En nuestro
país esta proporción aumenta ya que el 60% vive
en condiciones de pobreza y casi el 20% esta
desocupado.
De esta manera nos encontramos
que la sensación de devastación es lo que define
la subjetividad colectiva e individual en amplios
sectores de la población. Su consecuencia son
procesos de desubjetivación y desidentificación
ante la percepción de que no es posible proteger
al psiquismo de una realidad desorganizante
donde el futuro no se lo puede imaginar. Es
interesante recordar que la palabra “enfermedad”
en hebreo significa falta de proyecto. Es esta
falta de proyecto la que genera formaciones
clínicas donde predomina lo negativo. Por ello
los psicoanalistas nos encontramos en nuestros
consultorios con demandas de atención donde
prevalecen los denominados “casos difíciles”.
Es decir, depresión, anorexia, bulimia, pacientes
limite, adicciones, suicidios, sensación de
vacío, etc.
En este sentido el imperio del capitalismo mundializado
se ha extendido de tal forma que el destino de
cada uno de nosotros depende de una complicada
red de relaciones del mercado mundial. La cultura
de McDonald´s usurpa subjetividades y afectos
en base a una expansión universal y a una nueva
alineación, donde el fetichismo de la mercancía
tiene las características de la seducción mediática.
Es así como regula ideológicamente una ficción
que evita al sujeto identificarse con su grupo
social (clase social, profesión, género, etc.).
Su resultado ha sido el debilitamiento de las
identidades individuales y colectivas.
Por ello al capitalismo no lo podemos
entender únicamente como una fría máquina de extraer
plusvalía. El capitalismo solamente puede realizar
su insaciable voracidad estableciéndose en órdenes
históricos y sociales, donde necesita de la complicidad
de sujetos para existir y perpetuar el poder que
garantiza su funcionamiento. Estos sujetos, a
diferencia de una fría máquina contable de aumentar
beneficios, actúan dando a sus acciones justificaciones
que generan una creencia desde la cual el colectivo
social explica su adhesión a una forma de vida
en la que se encuentran inmersos. De esta manera,
dicha aceptación, que puede ser explícita o implícita,
tiene un soporte imaginario y simbólico creado
por la cultura dominante. El peligro es que nos
estamos acostumbrando a un orden social cada día
más injusto y amenazante para los de abajo: la
precariedad laboral instituida como destino inevitable
del mundo del trabajo ya que ella es la condición
necesaria para la estabilidad de la economía capitalista
y el remedio milagroso para la rentabilidad empresaria.
La educación y la cultura se han reducido a ámbitos
de transacciones comerciales. La solidaridad es
utilizada para operaciones política a través de
los medios de comunicación y como materia para
rendir grandes beneficios comerciales. Es decir
el mundo y la vida convertidos en mercancia. De
esta manera, el poder no se agota en los aparatos
del Estado, los grupos económicos, los partidos
políticos y las instituciones sociales sino también
-deberíamos decir fundamentalmente- se encuentra
en como se relacionan los sujetos en la sociedad.
Es aquí donde la visibilidad del poder se hace
invisible.
Es
decir, como plantea Marx: “El capitalismo es
una relación social” y para que esta funcione
el poder ejerce su dominación generando formas
de control social cuyas características dependen
de cada etapa histórica.
Si
en los inicios del capitalismo la burguesía
necesitaba del proletariado como fuerza de trabajo,
en la actualidad el imperio del capital financiero
necesita para su reproducción mundializada de
estados nacionales que se subordinen y de un
sujeto solo y aislado de su clase social. Esta
lógica política, social, económica y cultural
genera una contradicción y lucha entre el capital
y el trabajo que no tiene precedentes en la
historia. Su resultado ha sido que la lucha
de clases no sólo no se ha extinguido, sino
adquiere una complejidad donde los dominados
también son controlados desde su subjetividad.
Esta dominación tiene diferentes formas en la
organización de la familia, la sexualidad, el
cuerpo, la importancia del espacio privado en
detrimento del espacio público, el peso de los
medios de comunicación, los desarrollos tecnológicos,
etc. Su consecuencia es una cultura hegemónica
donde -al decir de Spinoza- las pasiones tristes
(el odio, depresión y la melancolía) dominan
a las pasiones alegres (el amor y la solidaridad).
Los envoltorios ilusorios
postmodernos proponen que nada puede ser cambiado.
Lo posible es reformar algo para que todo siga
igual. Todos debemos comportarnos “reflexivamente”
ante las consecuencias de un sistema social
y político con un obrar destructivo. No se pretende
alcanzar una nueva forma de sociedad más allá
del mercado y del Estado. En el fondo su objetivo
es simplemente intentar componer la supresión
de las obligaciones sociales por medio de limosnas
privadas o estatales y una autoactividad moral
desprovista de un sentido critico.
Lo contrario no implica plantear la utopía
del paraíso en la tierra ni la construcción
de un nuevo ser humano, sino la superación de
las exigencias capitalistas hechas al ser humano.
Es decir, el fin de las catástrofes sociales
producidas por el capitalismo. Ni más ni menos.
El hecho de que esto sólo sería viable si fuese
superada la historia acontecida hasta el presente
como una historia de fetiches, no pertenece
a la arrogancia de la crítica, sino a la arrogancia
del propio capitalismo. Incluso después del
capitalismo, seguirá habiendo enfermedad y muerte,
envidia e individuos despreciables. Sólo que
ya no existirá una paradójica pobreza masiva,
producida por la producción abstracta de riqueza;
ya no existirá un sistema autonomizado de relaciones
fetichistas ni formas sociales dogmáticas. El
objetivo es grande, justamente porque, medido
por la exaltación utópica, se muestra relativamente
modesto, y no promete nada más que liberar de
sufrimientos completamente innecesarios.
Volviendo al análisis de la
obra de Oesterheld se pueden observar tres momentos
claramente diferenciados. El primero comienza
con la nevada mortífera donde el grupo humano
está rodeado de muerte y la ley que impera es
el "sálvese quién pueda". La única
manera de sobrevivir es afianzando los lazos
de solidaridad. Las características de funcionamiento
del grupo permiten dar cuenta que el yo es con
los otros y la diferencia es por temperamento
y capacidad.
El segundo momento se inicia cuando se encuentran
con los soldados sobrevivientes y se organiza
la resistencia contra el invasor. La lucha contra
el enemigo común posibilita unir a todos lo
humanos. Esta unión con el ejército, que inicialmente
es vista con alegría, rápidamente troca en una
permanente desconfianza por parte de Juan, al
darse cuenta que los civiles son utilizados
como vanguardia para ser los primeros aniquilados.
Aún más, el desastre final es debido a que el
Mayor del ejercito no tiene en cuenta las advertencias
de Favalli -el intelectual- y conduce a los
soldados a una trampa fatal donde los únicos
que se salvan son algunos civiles. En esta parte
de la historieta se describen las características
del invasor. Los Ellos son los amos representantes
del "odio cósmico", de la muerte y
la esclavitud. De esta manera se transforman
en una metáfora del poder y encarnación de miedos
profundos del hombre. Los Ellos dominan a los
Manos a través de la glándula del miedo. Estos
a su vez controlan con teledirectores a los
Cascarudos, los Gurbos y los Hombres-robots.
Es así como se establece una brillante metáfora
del sistema de dominación.
Luego de la aniquilación queda como sobrevivientes
un grupo paradigmático: Juan y su familia, Favalli
el profesor, Mosca el historiador, Pablo un
joven de 11 años y Franco el obrero, verdadero
héroe de la historia. Aquí comienza el tercer
y último momento de la historieta donde el hombre
se vuelve lobo del hombre.
Afianzar los lazos de solidaridad es una constante
que lleva al grupo a sacrificarse para que se
salve Juan y su familia. El error de la máquina
lo lleva a Juan a separarse de su familia y
recorrer el espacio-tiempo en su búsqueda permanente.
En este recorrido se encuentra con un viejo
filosofo Mano que expresa la ideología de la
historieta: "En el universo hay muchas
especies inteligentes... algunas más, otras
menos inteligentes que la especie humana. Todas
tienen algo en común: el espíritu. Así como
hay entre los hombres, por sobre los sentimientos
de familia o patria un sentimiento de solidaridad
hacia los demás seres humanos, descubrirás que
existe entre todos los seres solidaridad, un
apego a todo lo que sea espíritu, que une a
los marcianos con los terrestres..."
Esta concepción que denominaría de un humanismo
universal plantea la solidaridad entre todos
los hombres contra un poder que los somete.
Por ello -debería decir los Ellos- la circularidad
de la obra plantea una búsqueda permanente -que
llega hasta nuestra época- de una salida en
el afianzamiento de los lazos de solidaridad;
caso contrario nos invadirá la muerte, la soledad,
el miedo que nos destruye, en suma el sometimiento.
De esta manera al analizar esta obra, no podemos
reducirla a una lectura social y política de
un período histórico -las décadas de los 60
y los 70-, esto sería minimizar la dimensión
de un planteo más profundo. Es decir, Héctor
Germán Oesterheld pudo mostrar desde una dimensión
propia de esta región del planeta, problemas
que nos lleva a la actualidad de la metáfora
de El Eternauta: la invasión del poder no está
en los otros sino en nosotros, en tanto partícipes
de una cultura del mal-estar que no respeta
fronteras. Su universalidad -actualmente se
denomina mundialización capitalista- lleva a
la miseria, el abandono, la discriminación,
la exclusión y la muerte de millones de seres
humanos poniendo en peligro la habitabilidad
del planeta.
El permanente retorno de El Eternauta –debemos
decir que actualmente se acaba de editar la
tercera parte del Eternauta con un guión escrito
y dibujado por Solano López- nos invita a creer
que es posible un futuro diferente. En este
sentido se plantea el desafío -para decirlo
en términos de Spinoza- en como enfrentar las
pasiones tristes con una política liberadora
de las pasiones alegres. Es decir, encontrar
formas para resolver la tensión entre la pulsión
de muerte y la pulsión de vida, entre la fragmentación
y el reagrupamiento, entre la disolución y la
reconstitución de las identidades colectivas
e individuales. Para ello es necesario una política
que permita construir una democracia de la alegría
de lo necesario basada en una distribución equitativa
de los bienes materiales y no materiales. Para
lograrlo, nada mejor que recordar una frase
de Juan Salvo en un momento de la historia:
"Ahora no es tiempo de odiar, es tiempo
de luchar”
*Dr.
Enrique Carpintero
Psicoanalista,
director de la Revista Topía
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Variaciones
en torno al valor de las palabras: Neologismo
y confusión
Por
Vicente Zito Lema -
Escritor
y Poeta
<inicio>
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A partir de la propuesta
Neoliberalismo y Cultura el abordaje
de la reflexión es posible desde dos ejes: uno
es el neoliberalismo como término en sí, y el
otro, podríamos decir que es la posibilidad
de una identidad cultural dentro de ese marco
de referencia. En relación al neoliberalismo,
al término como tal, a “la propia palabra”,
me parece peligroso aceptar que se denomine
“neoliberalismo” a lo que en definitiva no es
mas que un momento histórico del capitalismo,
y concederle entonces una especie de identidad
que, en mi criterio, contiene el riesgo práctico
de ocultar la esencia, la estructura y finalidad
que encierra la utilización de nombres destinados
a volver difuso al capitalismo y la posibilidad
de generar cultura dentro de sí. Esto implica
lo siguiente: Pareciera que se puede hablar
de neoliberalismo como por fuera del capitalismo.
Ya la formación
de la palabra es confusa: término algo vago,
confuso; palabra no clara, degradada, no consumada
como esencia, no realizada como la forma (estructura)
de una cosa – esto planteado en sentido aristotélico
- ; y “Liberalismo”, que remite a la idea de
ser libre, que nos interpela desde la libertad.
En el decurso de la historia el liberalismo
ha tenido varias lecturas: una de ellas tiende
a priorizar la raíz económica del liberalismo,
de alguna manera, implica una visión de una
política económica que se opone a otras estructuras
un tanto mas rígidas, mas estatizadas del quehacer
económico. Por otra parte, dentro de la concepción
europea, el liberalismo no surgió como oposición
a formas mas avanzadas del progresismo, sino
como oposición a formas más conservadoras en
lo que tiene que ver con las relaciones sexuales,
en lo relativo a la comunicación de las ideas.
Es decir, el liberalismo no importa es en sí
mismo una carga negativa, al menos dentro de
una visión europea. Más aún: en el marco de
nuestro contexto, llamar a una persona “de
costumbres liberales” no indica que sea
una persona retrograda, sino todo lo contrario,
y hasta convalida el uso que se hace de una
exageración en lo que se podría entenderse como
la moral privada.
Entonces, concretamente:
¿por qué se denomina ahora neoliberalismo?.
Se ha aceptado el uso del término incluso desde
el campo de la izquierda, y cuando alguien acepta
una palabra está aceptando una realidad, y lo
que es peor, la está legitimando. Quiero dejar
en claro la preocupación que me invade cuando
veo que con la utilización del nombre “neoliberalismo”,
se esconde en definitiva, consciente o inconscientemente,
la aceptación y utilización de un término degradado,
modificado para que en realidad no cambie en
absoluto la cuestión de fondo: el capitalismo
como estructura que organiza la sociedad.
Yo no siento que el neoliberalismo es, en último
caso, lo que me arremete; sí siento que es la
palabra lo que desvirtúa algo mucho más esencial,
y eso sí daña. Por supuesto, puedo aceptar que
algunos de muy buena fe intenten clasificar
bajo esta mención de neoliberalismo una manera
mas explícita de calificar un momento histórico
del capitalismo, y aquí mi confusión se agrava,
porque se usa un término confuso para aclarar
algo que en definitiva produce más confusión.
Se podría hablar de “capitalismo financiero”.
En Francia, por ejemplo, se ha usado la definición
capitalismo tardío. En definitiva, reconocer
que lo que estamos planteando corresponde a
un momento concreto del capitalismo, pero no
de algo que exista como estructura por fuera
del capitalismo, porque insisto, siento que
se está agudizando una tendencia a demonizar
el neoliberalismo, o incluso a descartarlo como
algo que se utilizó y ya no sirve, descartar
nombres como si fuesen viejos trapos usados.
Habrá que plantearse
con mayor rigor de criterio si es posible una
identidad cultural más ligada a la noción de
país, de Estado; si se es más romántico, a la
noción de “patria”. Y hará también que plantearse
si esa identidad nacional, civil y cultural,
puede darse en un marco de relaciones económicas,
políticas, sociales y artísticas que se basan
en un modo concretamente capitalista de reproducir
la economía y la vida. Este planteo ya reconoce
un tradición que nos remite a trabajos de Hernández
Arregui. Ya en la década de los años 50 fueron
instaladas estas disputas con mucha fuerza;
en los años 60 y 70 se agudizaron y agravaron;
luego de la dictadura se vuelven a plantear
en los 80 y finalmente reaparecen en los años
90, y aún en la actualidad, y que se plantea
especialmente en los países como el nuestro
el cual tiene una relación de rigurosa dependencia
con las metrópolis económicas y políticas del
imperio.
En Francia o en
Holanda, no creo que alguien se plantee el tema
de si puede o no haber una entidad francesa
u holandesa en el marco del capitalismo. La
continuidad histórica de esta disputa implica
que no tenemos claro ni siquiera cual es nuestra
identidad, y desde esta confusión tratamos de
encontrar consuelo en la reflexión. Tanto es
así que incluso existe un texto bellísimo de
los años 60, de Jean Paul Sartre, el cual prologa
una antología de la poesía africana, y donde
lo que plantea es precisamente estos términos
de la discusión, que también se pueden ver en
la obra de Franz Fanon, quien también marcó
a nuestras generaciones. De todas formas, el
hecho de que sea una instancia de reiteración
en la discusión no implica que sea una discusión
negativa, porque volvemos a discutir con la
misma pasión y angustia aquellas cosas que siguen
obrando desde la duda: sospechamos que nuestra
identidad no esta definida, sospechamos que
esta estructura en donde organizamos nuestra
vida cotidiana es perversa. Y entonces, desde
la reflexión queremos acceder a una especie
de saber que puede servir para consolarnos en
sentido estrictamente filosófico, o desde otro
lugar, un saber ligado al pensamiento de Pichón
Rivière que vincula el conocimiento como preanuncio
de una praxis, y es aquí donde me interesa más,
porque volver 40 años atrás es como reflexionar
sobre lo que ya reflexioné. El tema es que quizás
reflexione muy mal, visto a la luz de las consecuencias
actuales, especialmente si uno cree que la reflexión
es útil para cambiar las cosas, porque las cosas
no han cambiado, siguen estando tan mal o peor
que cuando iniciamos 40 años atrás la reflexión
sobre estos temas. También podríamos decir
que hay una cantidad de temas que concurren
sobre la angustia existencial, sobre el sentido
del hombre, como pueden ser la libertad, el
amor, la fraternidad, la solidaridad, la belleza,
la justicia; en definitiva, desde Sófocles hasta
nosotros no hemos dejado de organizar respuestas
ante estas preguntas que sintetizan nuestra
angustia frente a dos temas que históricamente
nos preocupan: no entender el por qué estamos
vivos ante la sensación de estar muertos, y
no entender por qué somos desdichados si la
felicidad es la ambición máxima del hombre.
Siempre estaremos reflexionando sobre estos
temas, con distintos barriles pero en definitiva
con el mismo vino o la misma sangre.
Preguntas: ¿Hay
diferencias profundas en estas décadas que permitan
intentar una reflexión diferente de las ya existentes?;
¿se trata simplemente de repetir lo que ya se
planteaba Sartre y luego Hernández Arregui,
a quien es imposible dejar de lado en esta
discusión, ya que era su temática?. Podemos
releer los textos le Lennin o Marx, textos que
abordan también la cuestión de las nacionalidades
y el socialismo.
Para ir cerrando,
yo diría: el neoliberalismo trae confusión y
la confusión puede ser originada de buena y
mala fe, como bien planteaba Enrique Carpintero,
por los que en definitiva persiguen sin descanso
la permanencia velada de una estructura social
y política cerrada, y utilizan las apariencias
para evitar que esta estructura sea el objeto
de la verdadera mirada que anticipa el saber
y el cambio, una manera perversa de utilización
de la confusión, porque la confusión también
puede ser utilizada de una manera positiva.
Desde mí existe el deseo, la necesidad de recoger
el guante de la confusión, de enfrentarlo, de
dar respuesta, en definitiva, al tema que nos
convoca con férrea vigencia: Si esa diferencia
concreta que tiene el capitalismo en los días
de hoy, como forma acentuada en lo financiero,
puede ser objeto de un pensamiento auténticamente
hecho por quienes sufrimos las consecuencias
en ese cruce Pichoniano del hoy y aquí.
Argentina es un
país en el que gran cantidad de intelectuales
no terminaron de asumir el rol que les corresponde
de acuerdo al espacio, al sitio, al lenguaje,
a las necesidades de dar respuesta a la comunidad,
al país. Hay que reflexionar dando cuenta de
que asistimos a una nueva instancia política
en la vida de la Argentina, una instancia en
la que entra en juego un nuevo marco de relaciones,
sometido a embates que ya reconocen cierta tradición,
pero también a otros que se instauran como
la nueva fantasmática social.
Cómo enfrentamos
el tema, bueno eso es para el debate. Si se
me permite propongo algo que puede expresar
simplemente una esperanza, pero desde mi criterio
no como cuestión de fe, sino esperanza en el
sentido de la concepción de una historia que
demanda la organización de un proyecto de vida
social, colectiva; historia como drama, como
final abierto que no se decide por fuera de
nosotros sino que se decide en nosotros y con
nosotros. Organizar un pensamiento que mire
al mundo desde aquí, y esto sin negar que hay
un espacio que no es periférico sino común a
otros países latinoamericanos, para enfrentar
lo que representa en este momento histórico
nuestra mayor amenaza, una amenaza que atenta
contra la existencia común, contra las formas
más amorosas de pensar el mundo; una amenaza
que atenta contra la propia vida: la soberbia
arrogancia del poder expresada en el violento
imperio de los Estados Unidos.
Por Vicente Zito Lema - Escritor y Poeta
Creo que hay un nivel más de complejidad con
relación a la denominación neoliberalismo,
como en general hay un dilema muy interesante
con los nombres porque son también un terreno
de lucha. Un nombre cuando se constituye, su
uso en la rutina del habla cotidiana, o el modo
en que se constituyen lo que habitualmente llamamos
identidades, forman parte de nuestro
"paisaje lingüístico". Y son como
poderes constituidos, y algo domesticados. En
fin, no es cuestión de revisar un nombre todos
los días porque quizá no podríamos hablar. En
los nombres surgen un conjunto de luchas, a
veces muy oscuras, en los medios de comunicación,
que son temas tratados en ciertos ámbitos académicos
americanos y europeos. En Francia este mismo
fenómeno de la globalización se lo llama mundialización;
lo que revela, a mi parecer, una contienda entre
distintos campos históricos, económicos y culturales
que se transfieren a una disputa idiomática.
Es decir, hay un problema con los nombres. Y
todos sabemos bien que ese hecho bautismal,
profundo y cotidiano de dar nombre a algo, supone
un acto creativo, a veces irreflexivo pero que
por su profundidad nos obliga a pensar cuán
decisivo y dramático es ser portadores de un
nombre. Y, en ese sentido, ello está presente
en la lucha política: escuchar a unos globalización,
a otros mundialización, supone de alguna manera
pensar en personas y organizaciones según de
dónde provengan. Las europeas, en especial las
francesas, suelen decir mundialización;
el mundo anglosajón cuestiona esta nueva configuración
del poder, nunca fácil de definir, configuraciones
que pasan todas por el modo en que se usa en
"la palabra universalizada", representada
por los medios de comunicación. De alguna manera
tenemos que designar estos fenómenos en los
que estamos involucrados. Los medios comunicacionales
como industria permanente de la organización
de la vida, la cotidiana y la productiva, están
en un lugar nuevo: son empresas de la cultura
que están en un momento productivo nuevo, lo
que supone un combate por los nombres. El nombre
de Argentina, por ejemplo: es evidente que ahí
hay un problema si queremos revisar. Si quisiéramos
revisar la idea de neoliberalismo encontraríamos,
como decía Vicente, que es una construcción
que lleva a cierta forma de cuestionamiento,
a un giro que tomaron las razones económicas
del dominio capitalista en los últimos veinte
o treinta años, y que sugiere soluciones: toda
la socialdemocracia europea constituye su dilema
alrededor de la crítica al neoliberalismo. Considero
que hay un ciclo, con distintas vicisitudes,
que está desarrollándose en Argentina, Brasil
y otros países, siempre en torno al planteo
de la socialdemocracia europea, en relación
al análisis de lo que fue la flexibilización
laboral, la pérdida de la industria pública,
la quiebra del "Estado de Bienestar".
Terminología vinculada al habla de economistas,
sociólogos y periodistas sobre el neoliberalismo,
sin el cual es muy difícil hablar, pero con
el cual, también, se perjudican ciertas comprensiones
profundas de este momento histórico que nos
toca vivir. Vayamos a decirle esto a los políticos
del PT, o a sus pares argentinos, que precisan
"dar una señal" sobre la forma de
hacer cesar los modos más enfáticos o agresivos
de este denominado neoliberalismo que,
como sabemos, llevó a la destrucción del mundo
laboral que había sabido fundar, de alguna manera,
la Argentina contemporánea junto a otras, cuando
el ciclo del trabajo y el de la sindicalización
integraban una idea basal. Entonces, es evidente
que es una lucha para constituir formas de lenguaje.
Un resolución más exigente del mismo tema, como
entendimos que quiere Vicente, exigiría no definir
a partir de la palabra neoliberalismo
todo lo que se puede hacer en términos de la
crítica a la situación reinante. Pero es un
concepto de periodistas, políticos y comunicadores
sociales que utilizan expresiones factibles
de ser revisadas -como socialdemocracia, o "dar
una señal" como dije recién-, ya que en
la era de las técnicas comunicacionales complejas,
hablar es algo menos complicado en apariencia
que las largas enunciaciones discursivas y las
fuertes argumentaciones, pues se suele hablar
más "dando señales". Estas señales
suponen formas de lenguaje más crispadas, más
vinculadas a la temporalidad específica que
sugieren los medios de comunicación. Por lo
que este "sistema semiótico" también
impregna a los movimientos progresistas, que
ven ambiguamente y vacilan en encontrar el verdadero
gesto aglutinador de sus deseos más profundos.
Hablan y "dan guiños" que, si fueran
interesantes, uno se convierte también en un
intérprete interesante. Por el contrario, si
los "guiños" son rutinarios y están
mediados por el modo en que se constituye la
política en la televisión, no sólo son fáciles
de descifrar, incluso en su forma amenzadora,
sino que no constituyen ninguna reformulación
del lenguaje.
Antes dije Argentina. Es interesante revisar
este nombre: nos rigió siempre; es probable
también que no exista para siempre, junto a
otros que hayan dado lugar a largos ciclos de
formación de las nacionalidades. Así que pueden
ser revisados, con cuidado y suponiendo las
fuertes tramas de crecimiento, de sentimentalidad
y emotividad colectivas que asocian esos nombres.
Ahora esta revisión nos hace pensar en este
gentilicio que se ha creado la Argentina como
país que tenía "justicia", pensándola
todavía con su carga utópica, en todos los órdenes
de la vida. Y debemos repensar si el nombre
también nos puede seguir diciendo algo para
seguir haciendo digna la emotividad que asocia,
pues son palabras que se escriben en "formas
corporales", en sentidos simbólicos y colectivos
que tiene nuestra vida. Y están a nuestras espaldas:
no son revisables fácilmente. Porque uno puede
decir muchas cosas pero es difícil que, más
allá de momentos justificables donde uno manda
al diablo a su país, aún dejen de verse ciertas
formas entrañables, amorosas en ese acto de
repudio. En fin, son ámbitos de reclamo de revisión
del nombre colectivo como, creo, que es el gran
intento de "El Eternauta" -nombre
formidable-, que supone a un grupo humano que
busca formas de justicia en otro tiempo posible.
En "El Eternauta" no hay el tiempo
lineal que fundaron las naciones burguesas,
sino un tiempo circular, en una eternidad que,
curiosamente, no aleja ningún problema sino
que nos lleva a pensar en la cancha de River
Plate como lugar de combate, en el lenguaje
de la Argentina de los años '60, con colectivos
circulando y lugares que no nos parecen lejanos
sino cercanos: una eternidad que nos acerca.
Sobre el nombre de Argentina aprendí del lingüista
Rosenbach, en un hermoso libro, lo siguiente:
Argentina era el nombre que tenía otra ciudad,
Estrasburgo, que quiere decir justamente Argentina,
o sea la ciudad o región de la plata, llamada
Argentinorum bajo el imperio romano.
Cuando la toman los germanos le cambian el nombre
pero significando también que poseía minas de
plata. Con el descubrimiento se decía que había
un lugar donde había plata, éstos lugares justamente,
y es cuando reaparece ese nombre que estaba
como flotando, un nombre sin objeto, traído
por la memoria de frailes dominicos que comprueban,
de alguna manera, que hay menos nombres que
situaciones. Lo interesante, entonces, es que
el nombre que nos singulariza tanto es lo menos
singular que podía haber, lo cual no debe ser
motivo de preocupación. Al contrario: nuestra
singularidad está hecha de todos los poros de
una universalidad muy grande, insaciable. Porque
nuestra vida cotidiana, realmente, está hecha
de eternidad como bien dice Oestërheld. Entonces
ese nombre, Argentina, alude en primer lugar
a la explotación de la plata, como Brasil refiere
a otra explotación, la de la madera. Buena lección:
detrás de los nombres de los países hay razones
económicas vinculadas a la conquista, al aprovechamiento,
al sacrificio humano, al trabajo en las minas
donde también surgieron los primeros ejemplos
de organización social y política, y de movimientos
conspirativos por la justicia. De modo que los
nombres de los países surgen de poéticas que
tienen que ver con explotaciones. Pero después
ocurre algo maravilloso: aparecen interpretaciones
diferentes sobre ese hecho fundador que no pertenece
a nadie, que remiten a realidades crudas, de
la que ni siquiera quisiéramos que fueran la
base de la fundación de los mundos culturales,
y aquí Del Barco Centenera coloca el nombre
generando una identidad con cierta utopía. Esos
signos los vamos contrastando con otras realidades,
y vamos aprendiendo que lo que se dice "argentina"
-como gentilicio-, caracteriza a lo común y
a todas las diferencias que siguen siendo designadas
"argentinas". Es un dilema esa palabra.
Así como nació en algún momento, puede extinguirse
por razones que ni comprendamos, a lo mejor
por el de ALCA, o el Mercosur -en los pasaportes
dice Mercosur-. Si eso ocurre, habría que seguir
luchando si es que restituir el nombre Argentina
puede ser más interesante que llamarse "mercosureño"
o "alcaleño", porque nuestras identidades
están en juego. Y lo están también en menor
riesgo cuando hay astutos planificadores y agentes
de imágenes de las multinacionales que concluyen
en no sacar ese nombre, pues es una camiseta
de fútbol y despierta cosas. Al contrario, piensan
estas personas, "pongamos ese nombre en
lugares que sean cada vez menos argentinos",
en términos de la práctica real y de la propiedad.
Entonces por qué no suponer que las empresas
que antes eran argentinas y no se llamaban así,
se bauticen como "argentinas" cuando
ya no lo son. Porque el nombre es lleno, contundente,
concreto, nos lleva a heroísmos sociales y a
luchas políticas con esa carga de valores utópicos,
y puede decirse "argentina" justo
en el momento donde toda idea de soberanía social
y política desaparece. Por ejemplo, es el caso
de Obras Sanitarias de la Nación: nombre del
positivismo argentino, extraordinario, muy cuestionado
porque aludía a la Nación desde un contenido
sanitario. Y la "nación" para los
positivistas era algo más que eso. En fin, refiere
a un capítulo muy escrito de la historia
del nombre Argentina. Y ahora, lo que fuera
antes Obras Sanitarias, se llama Aguas Argentinas
cuando ya no es más nacional, y es menos "argentino"
en relación al sanitarismo higienista que la
precedió. Particularmente yo quiero mucho el
nombre Argentina; pero no para dejar de ver,
en nombre de ese nombre, cuánta represión hubo
y hay: todos lo vemos. Y qué misterio que lo
sigamos queriendo también. "Algo más deber
haber". No sé si será la batalla final
de Juan Salvo, pero hubo escritores como Echeverría,
Ingenieros y gran cantidad de personas que no
resignaron de ese nombre, con su carga problemática,
para asociarlo a formas de justicia y a la definición
de los sentimientos más generosos. Si para vender
más toda la publicidad de una marca de cerveza,
en especial cuando hay fútbol, se utilizan
banderas argentinas y formas muy emotivas pero
tan indiferenciadas del argentino, pues no sirven
para distinguir ningún problema, significa que
hay algo con las naciones: desde el punto de
vista de proveer justicia social, no cumplen;
sobre más democracia e igualdad, tampoco cumplen
con esas funciones. Sin embargo, cada vez parecen
estar presentes las naciones en una especie
de "discurso globalizador". ¿Qué es
esta globalización donde al mismo tiempo que
las naciones se mantienen como edificios "vacíos",
lugares que no tienen sentido, sin embargo están
muy presentes?. Son más símbolos de consumo.
Esta cuestión de los nombres es entonces muy
interesante. Siempre tenemos que preguntar si
el nombre bajo el cual luchamos es algo cuyo
entusiasmo real, presente e indesmentible por
cualquiera de nosotros, no pueda perfectamente
ser indagado de otro modo en el futuro. Argentina
es un nombre que nos mantiene, de alguna manera,
como una mínima brisa de unidad del pensamiento
social y político. La palabra funciona positivamente
en nuestro lenguaje, también críticamente, y
a veces en oscuras jornadas de odio, es el lugar
que nos queríamos sacar de encima. Pero, ¿para
ir a dónde, y para hacer qué?. Esa es la pregunta
última, radical, muy drástica, que no hay que
dejar de hacerse. Es decir, somos portadores
de nombres artificiales. Pero, ¿cuáles serán
menos artificiales?. Hay que inventarlos, y
en esos inventos quizá permanezcan los que más
queremos como Argentina, la plata: algo entre
miserable y divino, algo querible, deseable
por cualquier motivo que pueda imaginarse, basado
tanto en el vil metal como en la idea de una
poética que lleva a conglomerados humanos a
pensar en formas más profundas sus propias vidas.
Bien, hasta aquí he dejado muchas monedas, mucha
plata en el aire, pero la idea es la siguiente:
este momento, en Argentina es para pensar en
redefinir nombres, hacer las luchas más intensas
que supongan muchas cosas, buscando un nombre
que realmente aglutine. En el camino secreto
de esas luchas encontraremos también nuestros
propios nombres.
Vicente Zito Lema -
|
El
nombre como terreno de lucha
Por
Horacio González
Escritor,
Sociólogo y Docente de la Carrera
de Sociología en la Universidad
Nacional de Buenos Aires
<inicio>
|
 |
Creo que hay un nivel más de complejidad con
relación a la denominación neoliberalismo,
como en general hay un dilema muy interesante
con los nombres porque son también un terreno
de lucha. Un nombre cuando se constituye, su
uso en la rutina del habla cotidiana, o el modo
en que se constituyen lo que habitualmente llamamos
identidades, forman parte de nuestro
"paisaje lingüístico". Y son como
poderes constituidos, y algo domesticados. En
fin, no es cuestión de revisar un nombre todos
los días porque quizá no podríamos hablar. En
los nombres surgen un conjunto de luchas, a
veces muy oscuras, en los medios de comunicación,
que son temas tratados en ciertos ámbitos académicos
americanos y europeos. En Francia este mismo
fenómeno de la globalización se lo llama mundialización;
lo que revela, a mi parecer, una contienda entre
distintos campos históricos, económicos y culturales
que se transfieren a una disputa idiomática.
Es decir, hay un problema con los nombres. Y
todos sabemos bien que ese hecho bautismal,
profundo y cotidiano de dar nombre a algo, supone
un acto creativo, a veces irreflexivo pero que
por su profundidad nos obliga a pensar cuán
decisivo y dramático es ser portadores de un
nombre. Y, en ese sentido, ello está presente
en la lucha política: escuchar a unos globalización,
a otros mundialización, supone de alguna manera
pensar en personas y organizaciones según de
dónde provengan. Las europeas, en especial las
francesas, suelen decir mundialización;
el mundo anglosajón cuestiona esta nueva configuración
del poder, nunca fácil de definir, configuraciones
que pasan todas por el modo en que se usa en
"la palabra universalizada", representada
por los medios de comunicación. De alguna manera
tenemos que designar estos fenómenos en los
que estamos involucrados. Los medios comunicacionales
como industria permanente de la organización
de la vida, la cotidiana y la productiva, están
en un lugar nuevo: son empresas de la cultura
que están en un momento productivo nuevo, lo
que supone un combate por los nombres. El nombre
de Argentina, por ejemplo: es evidente que ahí
hay un problema si queremos revisar. Si quisiéramos
revisar la idea de neoliberalismo encontraríamos,
como decía Vicente, que es una construcción
que lleva a cierta forma de cuestionamiento,
a un giro que tomaron las razones económicas
del dominio capitalista en los últimos veinte
o treinta años, y que sugiere soluciones: toda
la socialdemocracia europea constituye su dilema
alrededor de la crítica al neoliberalismo. Considero
que hay un ciclo, con distintas vicisitudes,
que está desarrollándose en Argentina, Brasil
y otros países, siempre en torno al planteo
de la socialdemocracia europea, en relación
al análisis de lo que fue la flexibilización
laboral, la pérdida de la industria pública,
la quiebra del "Estado de Bienestar".
Terminología vinculada al habla de economistas,
sociólogos y periodistas sobre el neoliberalismo,
sin el cual es muy difícil hablar, pero con
el cual, también, se perjudican ciertas comprensiones
profundas de este momento histórico que nos
toca vivir. Vayamos a decirle esto a los políticos
del PT, o a sus pares argentinos, que precisan
"dar una señal" sobre la forma de
hacer cesar los modos más enfáticos o agresivos
de este denominado neoliberalismo que,
como sabemos, llevó a la destrucción del mundo
laboral que había sabido fundar, de alguna manera,
la Argentina contemporánea junto a otras, cuando
el ciclo del trabajo y el de la sindicalización
integraban una idea basal. Entonces, es evidente
que es una lucha para constituir formas de lenguaje.
Un resolución más exigente del mismo tema, como
entendimos que quiere Vicente, exigiría no definir
a partir de la palabra neoliberalismo
todo lo que se puede hacer en términos de la
crítica a la situación reinante. Pero es un
concepto de periodistas, políticos y comunicadores
sociales que utilizan expresiones factibles
de ser revisadas -como socialdemocracia, o "dar
una señal" como dije recién-, ya que en
la era de las técnicas comunicacionales complejas,
hablar es algo menos complicado en apariencia
que las largas enunciaciones discursivas y las
fuertes argumentaciones, pues se suele hablar
más "dando señales". Estas señales
suponen formas de lenguaje más crispadas, más
vinculadas a la temporalidad específica que
sugieren los medios de comunicación. Por lo
que este "sistema semiótico" también
impregna a los movimientos progresistas, que
ven ambiguamente y vacilan en encontrar el verdadero
gesto aglutinador de sus deseos más profundos.
Hablan y "dan guiños" que, si fueran
interesantes, uno se convierte también en un
intérprete interesante. Por el contrario, si
los "guiños" son rutinarios y están
mediados por el modo en que se constituye la
política en la televisión, no sólo son fáciles
de descifrar, incluso en su forma amenzadora,
sino que no constituyen ninguna reformulación
del lenguaje.
Antes dije Argentina. Es interesante revisar
este nombre: nos rigió siempre; es probable
también que no exista para siempre, junto a
otros que hayan dado lugar a largos ciclos de
formación de las nacionalidades. Así que pueden
ser revisados, con cuidado y suponiendo las
fuertes tramas de crecimiento, de sentimentalidad
y emotividad colectivas que asocian esos nombres.
Ahora esta revisión nos hace pensar en este
gentilicio que se ha creado la Argentina como
país que tenía "justicia", pensándola
todavía con su carga utópica, en todos los órdenes
de la vida. Y debemos repensar si el nombre
también nos puede seguir diciendo algo para
seguir haciendo digna la emotividad que asocia,
pues son palabras que se escriben en "formas
corporales", en sentidos simbólicos y colectivos
que tiene nuestra vida. Y están a nuestras espaldas:
no son revisables fácilmente. Porque uno puede
decir muchas cosas pero es difícil que, más
allá de momentos justificables donde uno manda
al diablo a su país, aún dejen de verse ciertas
formas entrañables, amorosas en ese acto de
repudio. En fin, son ámbitos de reclamo de revisión
del nombre colectivo como, creo, que es el gran
intento de "El Eternauta" -nombre
formidable-, que supone a un grupo humano que
busca formas de justicia en otro tiempo posible.
En "El Eternauta" no hay el tiempo
lineal que fundaron las naciones burguesas,
sino un tiempo circular, en una eternidad que,
curiosamente, no aleja ningún problema sino
que nos lleva a pensar en la cancha de River
Plate como lugar de combate, en el lenguaje
de la Argentina de los años '60, con colectivos
circulando y lugares que no nos parecen lejanos
sino cercanos: una eternidad que nos acerca.
Sobre el nombre de Argentina aprendí del lingüista
Rosenbach, en un hermoso libro, lo siguiente:
Argentina era el nombre que tenía otra ciudad,
Estrasburgo, que quiere decir justamente Argentina,
o sea la ciudad o región de la plata, llamada
Argentinorum bajo el imperio romano.
Cuando la toman los germanos le cambian el nombre
pero significando también que poseía minas de
plata. Con el descubrimiento se decía que había
un lugar donde había plata, éstos lugares justamente,
y es cuando reaparece ese nombre que estaba
como flotando, un nombre sin objeto, traído
por la memoria de frailes dominicos que comprueban,
de alguna manera, que hay menos nombres que
situaciones. Lo interesante, entonces, es que
el nombre que nos singulariza tanto es lo menos
singular que podía haber, lo cual no debe ser
motivo de preocupación. Al contrario: nuestra
singularidad está hecha de todos los poros de
una universalidad muy grande, insaciable. Porque
nuestra vida cotidiana, realmente, está hecha
de eternidad como bien dice Oestërheld. Entonces
ese nombre, Argentina, alude en primer lugar
a la explotación de la plata, como Brasil refiere
a otra explotación, la de la madera. Buena lección:
detrás de los nombres de los países hay razones
económicas vinculadas a la conquista, al aprovechamiento,
al sacrificio humano, al trabajo en las minas
donde también surgieron los primeros ejemplos
de organización social y política, y de movimientos
conspirativos por la justicia. De modo que los
nombres de los países surgen de poéticas que
tienen que ver con explotaciones. Pero después
ocurre algo maravilloso: aparecen interpretaciones
diferentes sobre ese hecho fundador que no pertenece
a nadie, que remiten a realidades crudas, de
la que ni siquiera quisiéramos que fueran la
base de la fundación de los mundos culturales,
y aquí Del Barco Centenera coloca el nombre
generando una identidad con cierta utopía. Esos
signos los vamos contrastando con otras realidades,
y vamos aprendiendo que lo que se dice "argentina"
-como gentilicio-, caracteriza a lo común y
a todas las diferencias que siguen siendo designadas
"argentinas". Es un dilema esa palabra.
Así como nació en algún momento, puede extinguirse
por razones que ni comprendamos, a lo mejor
por el de ALCA, o el Mercosur -en los pasaportes
dice Mercosur-. Si eso ocurre, habría que seguir
luchando si es que restituir el nombre Argentina
puede ser más interesante que llamarse "mercosureño"
o "alcaleño", porque nuestras identidades
están en juego. Y lo están también en menor
riesgo cuando hay astutos planificadores y agentes
de imágenes de las multinacionales que concluyen
en no sacar ese nombre, pues es una camiseta
de fútbol y despierta cosas. Al contrario, piensan
estas personas, "pongamos ese nombre en
lugares que sean cada vez menos argentinos",
en términos de la práctica real y de la propiedad.
Entonces por qué no suponer que las empresas
que antes eran argentinas y no se llamaban así,
se bauticen como "argentinas" cuando
ya no lo son. Porque el nombre es lleno, contundente,
concreto, nos lleva a heroísmos sociales y a
luchas políticas con esa carga de valores utópicos,
y puede decirse "argentina" justo
en el momento donde toda idea de soberanía social
y política desaparece. Por ejemplo, es el caso
de Obras Sanitarias de la Nación: nombre del
positivismo argentino, extraordinario, muy cuestionado
porque aludía a la Nación desde un contenido
sanitario. Y la "nación" para los
positivistas era algo más que eso. En fin, refiere
a un capítulo muy escrito de la historia
del nombre Argentina. Y ahora, lo que fuera
antes Obras Sanitarias, se llama Aguas Argentinas
cuando ya no es más nacional, y es menos "argentino"
en relación al sanitarismo higienista que la
precedió. Particularmente yo quiero mucho el
nombre Argentina; pero no para dejar de ver,
en nombre de ese nombre, cuánta represión hubo
y hay: todos lo vemos. Y qué misterio que lo
sigamos queriendo también. "Algo más deber
haber". No sé si será la batalla final
de Juan Salvo, pero hubo escritores como Echeverría,
Ingenieros y gran cantidad de personas que no
resignaron de ese nombre, con su carga problemática,
para asociarlo a formas de justicia y a la definición
de los sentimientos más generosos. Si para vender
más toda la publicidad de una marca de cerveza,
en especial cuando hay fútbol, se utilizan
banderas argentinas y formas muy emotivas pero
tan indiferenciadas del argentino, pues no sirven
para distinguir ningún problema, significa que
hay algo con las naciones: desde el punto de
vista de proveer justicia social, no cumplen;
sobre más democracia e igualdad, tampoco cumplen
con esas funciones. Sin embargo, cada vez parecen
estar presentes las naciones en una especie
de "discurso globalizador". ¿Qué es
esta globalización donde al mismo tiempo que
las naciones se mantienen como edificios "vacíos",
lugares que no tienen sentido, sin embargo están
muy presentes?. Son más símbolos de consumo.
Esta cuestión de los nombres es entonces muy
interesante. Siempre tenemos que preguntar si
el nombre bajo el cual luchamos es algo cuyo
entusiasmo real, presente e indesmentible por
cualquiera de nosotros, no pueda perfectamente
ser indagado de otro modo en el futuro. Argentina
es un nombre que nos mantiene, de alguna manera,
como una mínima brisa de unidad del pensamiento
social y político. La palabra funciona positivamente
en nuestro lenguaje, también críticamente, y
a veces en oscuras jornadas de odio, es el lugar
que nos queríamos sacar de encima. Pero, ¿para
ir a dónde, y para hacer qué?. Esa es la pregunta
última, radical, muy drástica, que no hay que
dejar de hacerse. Es decir, somos portadores
de nombres artificiales. Pero, ¿cuáles serán
menos artificiales?. Hay que inventarlos, y
en esos inventos quizá permanezcan los que más
queremos como Argentina, la plata: algo entre
miserable y divino, algo querible, deseable
por cualquier motivo que pueda imaginarse, basado
tanto en el vil metal como en la idea de una
poética que lleva a conglomerados humanos a
pensar en formas más profundas sus propias vidas.
Bien, hasta aquí he dejado muchas monedas, mucha
plata en el aire, pero la idea es la siguiente:
este momento, en Argentina es para pensar en
redefinir nombres, hacer las luchas más intensas
que supongan muchas cosas, buscando un nombre
que realmente aglutine. En el camino secreto
de esas luchas encontraremos también nuestros
propios nombres.
Por Horacio González
- Escritor, Sociólogo y Docente
|
Los
jefes de la nada
Por Alfredo Grande Psicoanalista, Director
de la cooperativa Ático
<inicio>
|
 |
(Aclaración: el Dr. Alfredo Grande se
refirió en el seminario al trabajo presentado
en el anterior número de La Tecl@ Eñe
bajo el título: "Los jefes de la
nada", el cual podrán consultar
desde este <<link>>,
muchas gracias)
|
| SE EQUIVOCO
LA Cigüeña
Escribe ALFREDO GRANDE (Especial para LA TECLA Ñ) |
|
La génesis social y política de las palabras
puede ayudar a comprender su lugar como encubridora
o descubridora de las cosas. “Amante”, “amigo”,
“amigovio”, dan cuenta de diferentes capas de
resistencia verbal para el ocultamiento del
fundamento sexual de un determinado vínculo.
La política también se organiza en un nivel
convencional encubridor cuando utiliza palabras
que intentan y casi siempre logran, ocultar
el fundamento depredador y genocida de teorías
y prácticas económico-sociales. Desde las Identidades
Empetroladas hasta las Jefas y Jefes de la Nada
,
el sistema productor de cosas y de hombres pone
mejor empeño en que la palabra, en el peor de
los casos, encubra a la cosa y, en el mejor,
directamente la reemplace. En términos más precisos
y por lo tanto mucho menos claros, diré que
el capitalismo para ocultar su contradicción
fundamental opera en tres registros:
1) el nivel traumático de la guerra 2) el nivel perverso de la tregua
3) el nivel psicótico de la paz. Devastación,
desmentida y alucinación organizando las
formas de presentación y representación de la
realidad y por lo tanto las formas de subjetivación
predominantes. La distancia mayor o menor entre
modos de producción de subjetividad y sujeto
permiten albergar pequeñas esperanzas pero desde
ya, ninguna certeza sobre la capacidad humana
de aceptar “el desierto de lo real”. Y aunque
lo acepte, no opera necesariamente con lógicas
yoicas de transformación y emancipación. En
términos más precisos, pero no necesariamente
más claros, frente al desierto de lo real nunca
faltan y mas bien siempre sobran aquellos que
comercializan diferentes tipos de oasis. También
denominados “primaveras”, opuestos a los duros
inviernos de los eternos ajustes que a pesar
de la profecía siniestra del capitán ingeniero,
nunca terminamos de pasarlos. Mas bien, nos
pasan por arriba.
Pero siempre están las palabras que aparecen
como si fueran cosas. Materialidades históricas,
vinculares, sociales, libidinales, organizadas
como modos superyoicos de producción de subjetividad
que construyen Ideales del Superyó que legitiman
y legalizan todos los crímenes: de la guerra,
de la tregua y los de la paz. Una de las palabras
que más eco ha tenido es
“neoliberalismo”. Tampoco hay demasiado acuerdo si se lo presenta
como “modelo”
o como “sistema”. Pero las
más feroces críticas al neoliberalismo, tanto
desde el socialcristianismo, desde el populismo,
desde el progresismo, eclipsan la realidad fundante.
Neoliberalismo
es capitalismo. No
me interesa demasiado si salvaje o serio,
porque las máscaras cambian pero el verdadero
rostro queda. Pero cual fantasma de la ópera,
es el rostro que hay que ocultar. Con el agravante
que no se trata en este caso del á
ngel de la música, el desgraciado Erik, sino de multiplicidad de ángeles
exterminadores. Por lo tanto se genera un mecanismo
paradojal, por el cual toda crítica por despiadada
que sea riega la tierra que pretende arrasar.
Usamos la misma palabra para la crítica que
el enemigo inventó para encubrir.
Al pretender demolerlo, en realidad le
damos poderosos cimientos. Para los Jefes y
Jefas de Todo, el éxito no es siempre triunfar,
sino dar la batalla en el propio terreno. Ellos
también saben que la batalla es cultural. Los
fabulosos gastos en publicidad así lo demuestran.
De tal modo que alguna ocasional derrota en
un terreno siempre pueda ser compensada con
otras victorias. Como una multinacional que
puede subsidiar pérdidas en un país por exorbitantes
ganancias en otros. Obvio: para las multinacionales
no hay fronteras nacionales que valgan. Seré
más preciso, aunque no necesariamente más claro.
En la actualidad del modo K de producción de
subjetividad, la economía de mercado y el ansia
desmedida de lucro es fuertemente cuestionada.
Por lo tanto, en esta Matrix postperonista tardía,
el neoliberalismo llora pero el capitalismo
ríe. Es una risa áspera,
burlona, agresiva, con el estilo inconfundible
del Guasón de Jack Nicholson. El éxito del enemigo
es haber colocado esa palabra “neoliberalismo”
en lugar de la palabra y la cosa “capitalismo”.
Por lo tanto, podemos hacer pedazos a la palabra
sin que la cosa sea cuestionada. Incluso en
la seguridad de que la palabra no la toca, la
cosa sigue inmutable ratificando a pesar de
sus más firmes detractores que la historia ha
llegado a su fin. Al menos, la historia en la
cual las palabras y las cosas eran una sola
y misma cosa.
Otro inquietante ejemplo de la
palabra en lugar de la cosa es “menemismo”.
Por supuesto, también habría que hablar de
“neomenemismo”, y no me refiero solamente
a Máximo Saúl, futuro emperador de las tierras
del sur, bebé mitológico, mitad chileno mitad
argentino. Y seguramente algunas otras mitades.
El “Menemismo” habría nacido de un repollo.
Se equivocó la cigüeña al traerlo junto con
el salariazo y la revolución productiva. Tenía
que haberlo dejado más al norte, quiero decir
al norte del Río Grande. Lo dejó acá, quizá
confundida por los aires de Anillaco y de
Perico. Se equivocó la cigüeña y detrás de
la cigüeña, se equivocaron todos. Dos veces.
Debería decir tres,
porque con un magro porcentaje electoral,
le alcanzó para ganar la primera vuelta de
los ciegos y el turco tuerto fue rey. Hasta
que las doce campanadas del ballotage le mostraron
que en realidad era un zapallo y por esa vez
resolvió que mejor boloco en mano que presidencia
volando. Todo esto es tan cierto como cierto
es que “menemismo” es una palabra encubridora
de la cosa. Y que la cosa es “peronismo”.
Hemos logrado olvidar, y esto ya no es culpa
de la cigüeña, que Menem es peronista. Todos
los discursos encubridores no tapan que además,
ni siquiera fue expulsado del partido al que
ostensiblemente traicionó. Mérito que comparte
con De la Rúa. Cuando propongo un psicoanálisis
como analizador de la cultura, es justamente
porque pretendo incluir la dimensión institucional y no meramente una crítica
organizacional. La afirmación “Menem no es
peronista” obtura el necesario análisis de
por qué ese movimiento nacional, esa doctrina
popular, engendró al monstruo privatizador.
Y por qué en diez años no se lo pudo destruir.
Y para colmo, se sigue reproduciendo. Pero
todo intento de realizar un análisis institucional
del peronismo era y es descalificado como
“gorilismo”. Macartismos populares, pero macartismos
al fin. Si es bien cierto que los comunistas
tendrán que seguir explicando ¿por qué Stalin?,
los socialistas ¿por qué Américo Ghioldi?,
los radicales ¿por qué Varela?, los peronistas
no podrán eludir ¿por qué Menem?. No se trata
de cargar con culpas, se trata de no descargar
responsabilidades. Un psicoanálisis implicado
rescata y pone en la superficie la génesis
social y política. Si no podemos establecer
determinismos, tampoco podemos resignarnos
a una incertidumbre de la probabilidad. El
primer acto político de una cultura de la
resistencia y la emancipación, es que las
cosas y las palabras tengan la melodía del
descubrimiento. Y no el ruido embrutecedor
del encubrimiento. De lo contrario, no será
la cigüeña solamente la que continúe equivocándose.
En la ciudad de los buenos desaires
a los 22 días de diciembre 2003.