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Capitalismo
y desocupación
Los lunes al
sol
Por Marcelo
Manuel Benítez
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Muchas
veces el cine nos sirve de consuelo porque nos
muestra una realidad, a miles de kilómetros
de distancia, muy parecida a la nuestra y nosotros
hallamos alivio en la idea de que no somos los
únicos en soportar una desgracia. Y si, además,
nos topamos con una película de cierta calidad,
el alivio es mucho mayor porque los horrores
de la vida se encuentran suavizados, amortiguados,
por cierto grado de perfección estética. En
este caso no estoy pensando en “Matrix Revoluciones”,
naturalmente, ni en “Todopoderoso”, porque
me tocó ver “Los lunes al sol”, la película
española que se atreve con el tema de la desocupación
laboral.
El
film muestra el presente de un grupo de amigos
que en el pasado fueron compañeros de trabajo
en un astillero que, si bien conoció épocas
de esplendor, al fin su prosperidad colapsó
y quebró (allí quedan los restos inertes del
astillero que alguna transnacional oriental
ha obtenido). Estos cinco compañeros se encuentran,
pues, conque quedaron sin trabajo y además,
ya son viejos para reinsertarse en el sector
productivo, por demás escaso de vacantes y modificado
por la renovación tecnológica. Entonces, estos
hombres se hallan en un estado de “desocupación
crónica”.
Es
asombroso comprobar todo lo que implica el trabajo,
ya sea un oficio o una profesión, para cualquier
persona. Y esto es porque nuestro trabajo, nuestro
oficio, esa actividad que realizamos todos los
días y por el cual percibimos un sueldo, se
enraíza silenciosamente en la misma identidad
del sujeto (sea hombre o mujer), lo que significa
en términos más o menos psicoanalíticos, que
se implica en la misma administración de las
pulsiones. Es por eso que cuando la desocupación
se extiende en el tiempo la persona comienza
a tener la sensación de estar muerta. Se experimenta
un extraño sentimiento de no-persona. Y es peligroso,
por lo tóxicas que son estas emociones, pero
sobre todo porque no depende de nosotros liberarnos
de ellas sino de alguien que, por fin, nos dé
la posibilidad de un trabajo.
Los
lunes al sol muestra con mucho acierto cómo
la desocupación mata. Pero mata a hombres que
ya se sienten muertos. La falta de trabajo va
carcomiendo los afectos, los proyectos, los
roles en el matrimonio 8porque las esposas se
cansan y se van, los hijos le pierden el respeto
al padre que no tiene trabajo, y los amigos
se alejan porque resulta agobiante frecuentar
a alguien que siempre e invariablemente, necesita
algo). La desocupación crónica es un veneno,
y en especial para los varones, del cual es
muy difícil defenderse.
Naturalmente
que esa sensación de estar muerto, esa demolición,
en el ámbito de la economía de las pulsiones,
se resuelve por diversos caminos (todos nefastos):
unos terminan en la droga, otros el alcoholismo,
en la vagancia, la delincuencia, el suicidio,
o se pueden enquistar en un cinismo agrio que
impide u obstruye los vínculos con los demás.
En fin, trabajar cansa, como escribió Pavese,
pero la desocupación es aún más destructiva.
Ahora
bien, el film también roza la cuestión de qué
pasa con el capitalismo actual que expulsa a
la gente de los empleos y al mismo tiempo les
obstaculiza la obtención de otro. Lejos estamos
de aquellas épocas estables en que un trabajador,
si se esmeraba, podía ir ascendiendo en una
empresa e incluso terminar sus días él mismo
como empresario.
El
capitalismo en la actualidad se está volviendo
cada vez más especulativo, mafioso e improductivo,
y una sociedad, su Estado, o sus clases gobernantes
(al margen de sus contradicciones y antagonismos)
no deben permitir que sus habitantes no puedan
realizar sus proyectos. No estamos en esta vida
para padecer. Podremos tolerar, en el lapso
de esa vida, algún momento delicado o de angustia
intensa, pero la desocupación crónica nos va
agujereando y nos deja sin posibilidades de
solucionar el problema.
¡Que
lejos estamos ya de los ilusorios planteos que
se escuchaban en los prósperos años ´60 cuando
por ejemplo, Herbert Marcuse anunciaba que estaba
próxima la era en que la sociedad humana podría
liberarse del trabajo y la producción, que quedaría
en manos de máquinas!. Quimeras como esta parecen
ser típicas en momentos previos a las grandes
crisis económicas, como si ante la vista de
la debacle el hombre se empeñara en ver lo contrario.
No
voy a ser yo quién niegue la complejidad del
momento presente ni las dificultades que surgen
en una sociedad dividida en clases enfrentadas,
pero lo que sí sostengo con convicción es que
ningún país superó una gran depresión económica
si no implementó con seriedad y voluntad un
acuerdo entre los sectores ricos y los sectores
pobres. Porque la desarmonía política, económica
y social tampoco le conviene a los poderosos.
Por eso se vuelve imperioso alguna forma de
diálogo con los más necesitados con miras a
sacarlos de esta inactividad otorgándoles un
lugar efectivo en el mundo del trabajo pero
que al mismo tiempo los valorice y los enrole
nuevamente en el engranaje de la vida.
Por
eso se vuelve imprescindible que tanto los gobiernos
como los sectores económicos con poder de decisión
levantes la vista de sus libros de contabilidad
y restauren la dignidad de aquellos que por
sorpresivos e injustos desajustes tienen que
suspender su inteligencia, su juventud, su talento,
y se ven forzados a interrumpir su existencia
para tostarse al sol, un lunes de este largo
e interminable presente.
Por Marcelo
Manuel Benítez