| Editorial
La ciudad
de las filtraciones
Por Conrado
Yasenza
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Terminaba de pensar en ciertos monosílabos
y su obstinada manía de repetirse, de
filtrarse. Y es que todo se filtra en la ciudad,
todo se agita y descansa al ritmo de la ciudad.
Prendí un cigarrillo mientras escuchaba
(sin mirar) el glosario del noticiero televisivo:
sucintos recortes periodísticos hechos
sobre la realidad. Algo así como señales
de una realidad construida para el resumen del
día. Volví a pensar en las filtraciones,
en la dinámica recurrente de los actos
que ejercemos hasta el hartazgo, hasta el aburrimiento,
y que tienen que ver con ese compás relojero
de la ciudad. Compás relojero, ¡ja!...
Me acordé, de golpe, de los juegos de
la infancia: el Juego de la Oca... mueva las
fichas en el sentido de las agujas del reloj.
Todo reloj, todo circular. Diría - claro,
de no vivir en la Argentina - casi una obra
de ingeniería suiza. Terminar de comer
y prender un cigarrillo; terminar de hacer el
amor para encender el mismo cigarrillo. Porque
siempre es el mismo cigarrillo el que se enciende,
siempre es uno existiendo en la simultaneidad
de comer y amar fumando mientras las filtraciones
se esfuman y reaparecen: Manuales de cómo
proceder frente a un secuestro (express o extorsivo);
pases a disponibilidad de altos jefes policiales
comprometidos en causas de corrupción
-ya van, eh... no recuerdo bien - y nuevas designaciones
en el cargo para, tal vez nuevos pases a disponibilidad;
diputados que han concluido su mandato, corroídos
por la chantocracia, proponiéndose una
jubilación de 3.000 pesos mensuales;
el gobernador de la Pcia. de Buenos Aires sugiriendo
que ante un secuestro hay que pagar el rescate
(los secuestradores de para bienes); el presidente
y su firme marcha hacia la construcción
transversal del poder, lo que equivale a decir:
el presidente intentando sacarse de encima el
aparato duhaldista con el que llegó al
poder; el día de la militancia peronista
y el país peronizado (¿esperanzado?);
la AMIA y una causa en la que la verdad parece
esquiva entre expedientes y pruebas plantadas;
los asesinos de Cabezas ante la posibilidad
de la reducción en sus condenas; la pobreza
y su impasible manía de aumentar el océano
de seres que la alimentan. En definitiva, circulares
filtraciones de una ciudad y un país
que de no ser tan dramático sería
una comedia. En fin, noticias de ayer.
Parece extraño estar pensando en estas
cosas porque uno asocia, por lo común,
las filtraciones a las manchas de humedad aparecidas
en un techo o una pared. Y bien, la ciudad es
un poco eso; tiene algo de techo y de pared.
Entonces, filtraciones de una ciudad cuya ceresita
no resiste los humos y vapores que ella misma
exuda. Humos parecidos a la época. Tiempo,
vapores, humos y relojes perdidos para siempre
porque siempre la ciudad nos los roba sin que
terminemos de escuchar al locutor-periodista
en su hora de síntesis informativa.
Y ahí vamos nosotros, otra vez nosotros,
provistos de una buena cantidad de "sí",
"no", "claro", "ahá",
" bien", "mal", "bueno",
"¿así?", que acumulamos
como una maldición, como una sintaxis
válida con la que nos entregamos a la
idea de una vida de charlas en armonía;
una vida apacible en la circularidad que implica
negar dos veces el miedo que nos abraza: temer
a tener temor.
No sé si logro hacerme entender, pero
el lector sabe que de vez en cuando, a uno se
le da por pensar en estas cositas. Hecha la
aclaración, continúo.
La verdad es que nuestra gramática es
la sintaxis del amontonamiento de monosílabos.
Monosílabos en los que había estado
pensando durante la cena. Monosílabos
mentidores, rencorosos como el último
suspiro del día. Sintaxis del hipo que
permite escuchar sin quedarse quieto a pesar
de las sillas, las mesas, los manteles individuales
y los noticieros informativos, todo estático
en su final diario. Sin embargo trato, en la
medida de mis posibilidades, de estar prevenido
al canto de este lenguaje de sirenas deslenguadas.
Por eso el desorden, el caos que justifica la
inestabilidad de todo equilibrio. Mi teoría
es la siguiente: qué sentido tiene ordenar
un ropero si para buscar una camisa, por poner
un ejemplo, uno tiene que revisar entre los
estantes y elegir la camisa que desea, con lo
cual indefectiblemente el orden del ropero se
altera. Es decir, algo similar a encender un
cigarrillo luego de la tanda publicitaria, la
cual me devuelve a una noticia anunciada en
un orden posterior a la que ahora veo en la
pantalla del televisor.
Pero la idea que me arrojó a este mar
de desencuentros fue la de las filtraciones
de esta ciudad y el rumor de esos monos silbadores
fingiendo en la mitad del placer. ¡Ah!,
sí, todo lo que fingimos por placer y
lo que gemimos de verdad y lo que fumamos porque
es lo que todo el mundo hace después
de ciertos ejercicios como el amor. Sí,
todo lo que mentimos ante el abismo de la generosidad,
ante el falso optimismo que emana del puro terror.
En fin, la vida es en sí un refranero
popular. Uno juega con fuego hasta que se quema,
y puede pasar que nos quememos mal, muy mal.
Estamos unos frente a otros cuando oímos
la sirena de una ambulancia desplazándose,
a toda velocidad, por una avenida. Espantados,
pensamos en lo imposible de lo abundante. La
cantidad insuficiente de ambulancias que con
escasa suerte llegarán al final de una
cena, al comienzo de un monosílabo que
duele y se quiebra, al cierre de una noticia
que ya escuchamos; al fantasma nada elegante
de la pobreza golpeando nuestras puertas. Pensamos
en la gracia atroz que posee el hecho de pertenecer
a las filtraciones de la ciudad, de participar
en sus inflexiones de borrador, de ser un sinónimo
aburrido enquistado entre sus trópicos.
Es entonces cuando intentamos conciliar la prevención
y el ruego entre la resaca de una noche de alcoholes
diversos. Remontar el día y crisparse
junto a la tabaquera costumbre de fumarse con
pasión de bestias hasta que la ciudad
nos separe y nos salve de comer, dormir, amar,
charlar, temer o desteñirnos negociando
la acumulación de comentarios y deseos
parecidos al hecho de brindar por todas las
historias comunes de este mundo.
Es así como se empieza a caminar en un
mundo de actos señalizados, de falsos
gestos teatrales. Es así como comenzamos
a entender las filtraciones de una cuidad intuida
desde sus monosílabos, desde sus confusas
primicias las cuales constituyen en sí
mismas una segunda naturaleza. Una naturaleza
esclava del engaño que semeja el retrato
ideal de la realidad, cuando en verdad lo que
nos recibe a diario, al despertar, es un gran
cartel publicitario que reza con grosera crueldad
de época: bienvenidos a la jungla de
las presencias reales.
Por Conrado Yasenza