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Héctor Yánover
Por Amalia Inés Gieschen
Zarrabeitia
Foto:
Alejandro Vitelli
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Dicen que Héctor Yánover ha muerto. Y este dolor
-que sólo le pertenece a él, no permite
llorar los setenta y tres años de sonrisas
que Yánover prodigó sobre esta tierra ingrata.
"Tengo que recordarlo", pienso. Hago un
esfuerzo por evocar aquello
que a estragos de adolescencia y desidia olvidé.
Cierro los ojos, como él. Aparecen algunas imágenes,
todas descoloridas.
El
primer encuentro ocurre, aproximadamente, hace
dos años. Un incipiente estudiante de periodismo,
que conoce mis desviaciones literarias, me invita
a que lo acompañe a entrevistar al libreropoeta
en su departamento de la calle Vicente
López, cerca del cementerio. Héctor Yánover
sonríe con los ojos tan tristes. El casiperiodista
enciende el grabador; yo -luego lo lamentaré-
prefiero ir nada más que con el
corazón fanatizado. Días después, se borrará
por error el cassette, y la voz de Yánover quedará
relegada a este esfuerzo de mi memoria.
Su
departamento es una librería en miniatura.
Libros por todos lados, si claro, todos aparentemente
desordenados, con anotaciones; en el sillón,
en el suelo, libros ajados, usadísimos, como
corresponde a un libreropoeta. Los que él escribió
(tan humilde es) se acantonan y defienden de
los otros en un rinconcito que es casi un fortín,
en el extremo inferior, a la izquierda de esa legión
infinita de escaparates que revisten una pared
entera. Los ejemplares que aprendices de escritor han
remitido para pedirle una sentencia (tan
servicial es) están apilados sobre un tablón
blanco apoyado sobre pivotes de madera, que
hace las veces de mesa. La mesa se llama Prioridad.
Mi
compañero y yo aspirábamos a observar a
un hombre alegre desde la médula,
pero a primera vista descubrimos que su alegría
es un vestido, necesario para guarecerse lejos
de la fría fatalidad de la vida. Basta
ver sus hundidos y almendrados ojos claros
para percatarse de que allá lejos hace
frío, mucho frío, basta escuchar sus recriminaciones
a Perón y a la dictadura, en la que no quiere
ahondar demasiado, para sentir el frío penetrando
en nuestros propios huesos.
Y
ese pillo del tiempo, se filtra por debajo de
la puerta, igual que el frío, va desvistiéndolo
a Yánover, dejándolo desnudo con su desaliento
y su soledad, a veces interrumpida bella, alentadoramente
por su esposa Olga, como ahora, que le
toca el timbre para verlo, dado que, aunque
siguen siendo marido y mujer en los papeles,
en el corazón y en lo cotidiano, ya no viven
juntos.
El
poeta se merece el nombre que tiene. Héctor,
héroe troyanoargentino por excelencia, sonriente
ante la adversidad y compasivo con su familia,
homenajea a Olga en su librería privada.
No es difícil encontrar, cuando seguimos
con la mirada el recorrido de Yánover hacia
el teleportero por el cual escucha a Olga avisar
que subirá, decía, encontrar justo al lado del llamador una
foto de Ella, foto cuyas dimensiones panfletarias
son -estoy segura- una métafora del espacio
que la esposa ocupa en su alma.
Al
describirse para una supuesta entrevista, Héctor
predica un ejemplo del que yo -al menos- no
saldré inmune. Aunque usted no lo crea, consejos
del estilo "tenés que leer Babelia" o "Bernardo
Kordon", frases como "la librería es el
circo de Buenos Aires", podrán inferir en los
ríos interiores de inciertas vidas.
Después
de esa visita, en la que esta fan además de
irrumpir en la soledad de su fortín se fotografió
con él, no tardé mucho en sumarme a la horda
de muchachos y muchachas que le enviaron sus
poemas, poemas que en su mayoría -decía él-
no merecían demasiada atención. Le escribí algo
así: "Lo único que necesito saber es si -como
sospecho- debo agarrar el fratacho y dedicarme
a la albañilería o si, por el contrario, puedo
seguir escribiendo". El tampoco tardó mucho
en responderme, por mail. No importa lo que
me dijo ni lo que vino después, lo importante
es el gesto, piedra basal para las acciones
que de ahora en más voy a llevar a cabo,
una de las cuales será amarlo para siempre.
No
sé quién señalaba que, cuando alguien
"muere", en realidad fallecen ciertas facetas
de las personas que se toparon con ese alguien,
porque lo que ha desaparecido no es otra
cosa que la memoria del alguien en la que estas
personas eran recreadas. Seguramente el 8
de octubre de 2003 familiares, amigos, lectores,
periodistas, empleados de la Biblioteca Nacional,
libreros, productores de televisión y muchos
otros, hayamos dejado de existir.
Dicen
que Héctor Yánover ha muerto. Que fue un enfisema
pulmonar, aseguran.
Agüero
y Las Heras. Un cartel con letras negras anuncia:
"Ha fallecido Héctor Yánover, poeta,
un amante de los libros!/ Estará presente en
la memoria de los trabajadores de la Biblioteca
Nacional" . Alguien ha agregado, con impasible
birome azul: "Y de la CGT/CTA". En el
velorio, la casa está casi vacía. Dentro
del cajón -cubierto de un paño azul nomás, aureolado
por las nueve velas blancas- no está el
poeta.
Dicen
que Yánover ha muerto, porque no saben que el
recuerdo es tiempo presente. Que
los libros que publicó hablan. Y que la
memoria de los que lo hemos conocido,
dibuja su cuerpo. Por eso tengo que recordarlo.
Dicen
que Héctor Yánover ha muerto.
Es
imposible creerles.
Por Amalia Inés Gieschen Zarrabeitia