¿Quiénes son los empresarios? La
pregunta abre espacio a las visiones que la historia de empresas
ha venido ensayando desde hace más medio siglo. Exponemos
panorámicamente algunas respuestas que incluyen, también,
al empresariado argentino.
Management, gerentes, hombres de negocios, business-men... Han
recibido diversos nombres pero, más que eso, desde hace algún
tiempo se ha buscado definir sus cualidades: ¿Quiénes
son los empresarios?
La historia de empresas surgió en EE.UU. hacia los años
20. Joseph Schumpeter (1883-1950) inició los primeros
ensayos académicos desde la Universidad de Harvard. Allí
fue promotor en 1948 del Research Center in Entrepreneurial History,
centro que tuvo por meta estudiar la práctica empresarial.
A Schumpeter le interesaban los empresarios como agentes innovadores
y creadores de una dinámica propia. Así, elaboró
un modelo que contenía, entre otras características,
la de ser intuitivo, voluntarista, la de conducir los medios de
producción a nuevos caminos, ser utilitarista, con voluntad
de conquistar, y disponer de un gozo creador y aventurero al hacer
las cosas (1) . Este arquetipo "individualista" fue revisado
tiempo después por el propio Schumpeter, y actualizado a
través de la relación de las empresas con el ambiente.
Empresa y ambiente
En efecto, un empresario no opera aisladamente sino que su presencia
está inserta en un sistema de valoraciones y sanciones
sociales. Estos elementos del ambiente son los que permiten que,
junto al desarrollo tecnológico y las acciones gubernamentales,
el papel de los empresarios signe la marcha de la economía.
Alexander Gerschenkron otro académico del Research
Center- puso en evidencia que los elementos preindustriales de
la Rusia zarista habían retardado la industrialización,
al tiempo que las orientaciones del empresariado francés
habían atrasado a ese país como potencia industrial
durante el siglo XIX. Para Gerschenkron el contexto empresa-ambiente
no debía ser funcionalista, pues "lo que debe mirarse
antes que nada es cuál es el grado de persistencia de los
sistemas de valor, y cuál su propensión al cambio
[ya que] los empresarios surgen en el escenario histórico
respondiendo al desafío que los grandes cambios producidos
en el ambiente económico y social suponen" (2). La
acción empresarial, entonces, es conciente, activa, dialéctica.
¿Vale también para el caso criollo
La "clase dominante" argentina
Jorge Federico Sábato (1938-1995) reinstaló
en los años 80 la discusión sobre la
capacidad innovadora del empresariado. Existía el
paradigma sobre que el estancamiento del país era
culpa de la mentalidad "colonial" de los terratenientes
criollos, "con olor a bosta" al decir de Sarmiento.
La obra de Giberti es referencial para esta interpretación.
Para Sábato, como historiador, había matices:
los grupos económicos del siglo XIX habían
tenido un comportamiento netamente capitalista, y no "colonial",
para obtener ganancias, gracias a "una vocación
comercial muy alerta para aprovechar las oportunidades de
un mercado internacional cambiante" (3). Ese comportamiento
consistió en aplicar un criterio racional a los factores
de producción disponibles: mucha tierra, poca gente
y poco capital. De lo que resultó la formación
de empresarios con inversiones diversificadas en agricultura,
ganadería e industria -según fueran las coyunturas
del mercado-, con altos ingresos y bajos riesgos. Según
Sábato, en la evolución económica de
nuestro país no hubo un sistema "puro"
sino uno "dominante", donde "junto a la cuestión
de la tierra, las actividades comerciales y financieras
constituyen la clave de la consolidación y comportamiento
de la clase dominante en la Argentina" de fines del
siglo XIX (4). Es ahí donde subyace en el autor la
idea del empresariado argentino como una clase "parasitaria",
que ha valorado -y aún valora- la centralidad de
los elementos financieros por encima de los de producción.
La repercusión académica del modelo de Sábato
fue amplia, y suscitó críticas cuando se realizaron
estudios de casos que no se correspondieron del todo al
esquema teórico (5). A pesar de ello, el perfil de
los actores económicos de nuestro país comenzó
a despejarse.
La mano visible
Sin duda este tema expone a la empresa como sujeto histórico,
y a los empresarios como sus mentores. Así, por ejemplo,
cada empresa cuenta con estrategias, una estructura, delinea
patrones de gestión y una manera de vincularse a
los mercados. Todo eso integra un cuerpo teórico
y metodológico específicos. Fue Alfred Chandler
jr. también de la Universidad de Harvard- quien
en 1977 estudió la historia de la economía
estadounidense desde la empresa moderna como organización.
Es así que pudo definirla como la institución
más poderosa de la economía de ese país.
Por estudios de casos y perspectivas comparadas, concluyó
que los big business al combinar las innovaciones
tecnológicas, las organizativas y los sistemas masivos
de distribución, habían podido asimilar mejor
las nuevas competencias de las empresas. "En muchos
sectores, la mano visible de la dirección sustituyó
a la que Adam Smith denominó la mano invisible de
las fuerzas del mercado" (6). Es por eso que la relación
estado-empresa enfoca la base política de las sociedades
modernas, y su adecuación constituye uno de los principales
desafíos del nuevo siglo.
Notas
1. Schumpeter, Joseph, Teoría del desenvolvimiento
económico, México, F.C.E., 1957, pág.
69-103. (El libro data de 1911)
2. Gerschekron, A., El atraso económico en su
perspectiva histórica, Barcelona, Ariel, 1968,
pág. 75-76.
3. Sábato, Jorge Federico, La clase dominante
en la Argentina moderna. Formación y características,
Buenos Aires, Imago Mundi, 1991, pág. 46.
4. Ibídem, pág. 39.
5. Palacio, Juan Manuel, Jorge Sábato y la historiografía
rural pampeana: el problema del otro; Rocchi, Fernando,
En busca del empresario perdido: los industriales argentinos
y las tesis de Jorge Sábato, en "Entrepasados",
año V, nº 10, 1996.
6. Chandler jr, A.D., The visible hand, Cambridge
(Mass.), The Belknap Press, 1977, citado en Barbero, María
Inés, Historia de empresas. Aproximaciones historiográficas
y problemas en debate, Buenos Aires, C.E.A.L., 1993,
pág. 13.