Una historia de viajes, trabajo y arte

Yana y Odín, un amor autóctono.

Hace sesenta años, nada era como hoy, especialmente en el mundo humano, especialmente en la novísima Argentina.
Y fue hace sesenta años cuando Yana y Odín, partieron de la ciudad de San Juan, que había sido destruida por un terremoto, hacia La Rioja.
Fue el comienzo de una serie de viajes, que probablemente ni ellos mismos sospecharan, se convertiría en una travesía de integración cultural cuyos resultados hoy se pueden saborear en el Museo Indigenista Yana Kuntur.

Odín Gómez Lucero, era Inspector Nacional de Escuelas, y junto a su amor, Nélida Heli Acosta, emprendieron una serie de viajes por el interior del país, visitando escuelas Laínez (que cuentan con un solo docente para los alumnos de todas las edades) y en cada lugar, se relacionaron con aborígenes, quienes con sus historias y conocimientos, despertaron en ellos un interés cada vez más profundo por conocerlos.
El interés, pronto se convirtió en pasión, y los viajes para conocer los grupos aborígenes que la conquista no había arrasado, una constante. Y no era sencillo relacionarse con los aborígenes, porque a las travesías de varios días, había que sumarle la desconfianza y el rechazo que éstos sentían por los blancos, pero "la buena intención y el alma pura, era advertida y los indígenas se abrían a Yana y Odín", nos cuenta Jorge Ferrer Pelliza, que es el director del Museo.

Yana, que eligió su nombre estableciendo una alianza con las culturas nacidas en estas tierras, no se conformó con conocer las costumbres de los indígenas y comenzó a trasladar a sus cuadros una bellísima fusión de seres humanos con el paisaje, con las costumbres, con el espíritu ancestral. Yana Kuntur (que en quechua significa cóndor negro o servidora del cóndor) tuvo que adaptar la montura de su caballo para poder llevar el caballete y la caja con pinturas en los largos viajes, que en algunas oportunidades, duraron hasta seis días seguidos.
Yana, heredó el amor por la pintura de su madre, un amor que la llevó a retratar seres humanos empapados de su entorno natural. Y tanta fue su pasión, que al cabo de una vida, sus pinturas realistas, constituyen una obra que maravilla tanto por su belleza como por su valor cultural.
Un valor cultural, que no es el valor de cambio en el mercado del arte, porque como nos cuenta Ferrer Pelliza "No conocemos el precio de las obras, porque nunca pedimos una tasación ". Sino el valor que le otorga la integración de diversas culturas; el valor que dan el respeto y el asombro por lo distinto; el valor que implica interesarse por los habitantes autóctonos de nuestra tierra.
Yana hizo pintura documental. Hermosa pintura documental. Pintó maravillosos ojos, llenos de luz y de expresión. Retrató mujeres jóvenes y viejas, madres, niños, hombres. Yana retrató a la gente y su obra es un fantástico paseo por la historia de los aborígenes y personajes autóctonos de nuestra tierra. Una historia pictórica que está acompañada por los poemas que los cuadros fueron inspirando a Odín. Y en los poemas, Odín muestra pinceladas de historia oral y manifiesta un fuerte espíritu de confraternidad con los aborígenes.
Un día, la pareja, conoció a un minero, un minero que ya no trabajaba en las minas y se dedicaba a vender artesanías porque según sus propias palabras: "tengo los pulmones cansados".

Tan solo treinta y tres años tiene este pura toray
ya parecés un viejo minero del aguilar
la Mina de las Tres Cruces fue consumiendo tu ardor
y así quemaste tu vida en el pétreo socavón

De la entraña de la tierra arrancabas el metal
plata y plomo bajo el pico todo el día sin parar
A la plata no la viste, pero el plomo te clavó
su veneno en tus pulmones y tu vida anocheció

Este coya ya no sirve dijo el administrador
y sin rumbo, lentamente, te fuiste pensando en Dios
tu hijo que es casi un niño es quien te va a reemplazar
en el cielo de la puna, tu estrella no brilla más.

Yana y Odín consideraban tremenda la Campaña del Desierto, que objetivamente, aniquiló vaya uno a saber qué cantidad de aborígenes, heredando las violentas formas de los conquistadores españoles.
Ferrer Pelliza nos cuenta que los indios Quilmes fueron trasladados desde Tucumán hasta Buenos Aires, contra su voluntad, por tanto muchos aborígenes prefirieron suicidarse en el camino, despeñándose con sus caballos, antes de someterse.
Y, por supuesto, no estuvieron entre los que llegaron al lado del Río de la Plata, y establecieron lo que hoy conocemos como Quilmes.
"Lo que podría haber sido una fusión de razas, fue un exterminio. Nosotros el Día de la Raza no lo festejamos, porque ha quedado un dolor grande como resultado del sometimiento, lo que hacemos es un acto de desagravio al indígena".
Además, están tratando de complacer un deseo de Yana: que en el Museo exista un monumento en el que estén estrechados en un abrazo, el indígena y el blanco.

Entre viajes, trabajo y arte, Odín y Yana construyeron un valioso tesoro personal, compartían con amigos, porque durante su vida, Yana y Odín mostraron un intenso compromiso con distintas manifestaciones culturales como las jineteadas, muestras de pinturas, encuentros por los derechos de los aborígenes, por los derechos de los niños. Desde 1977, el tesoro de Yana y Odín se puede admirar en forma pública. Porque en ese año, la casa particular de la pareja se convirtió en el Museo que lleva el nombre Yana Kuntur.
En el Museo, Yana, con sus propias manos, construyó una apacheta, que es un montículo de piedras realizado para honrar a la Pachamama (Tierra Madre), que los indios Quilmes, en los Valles Calchaquíes, construyen para rendir culto a la tierra que los sustenta, vaya a saber uno desde qué tiempos. En la apacheta, los indígenas dejan su acuyico (hojas de coca masticadas que utilizan para no sufrir el "mal del soroche", más conocido por todos como apunamiento) y piden a la Pachamama que los ayude llamándola cusiya, cusiya.

Yana pintó a Las Chiriguanas, cuando estaban en Jujuy, en una zona donde crecen árboles de naranjas calilegua y los termómetros espantan: a la sombra, hacía 51grados de calor.
Y Yana, pintó una chiriguana con su guagua, sostenida contra sí, en la faja que ella misma tejió para portar a su niña, mientras las hermanas de la chiriguana estaban muqueando (masticando) maíz tostado para preparar chicha. Los chiriguanos mastican el maíz hasta molerlo, después lo escupen en recipientes llamados yuros y esperan hasta que fermente para obtener la bebida alcohólica.

Fervor yaveño
Iglesia vieja de Yavi
Patinada de centurias
Cuántos recuerdos encierras
En tu grave arquitectura

Un día de viernes santo
Yo te he visto florecer
Con el fervor religioso
De tu mismísima grey

Una canción angustiada
Te cantaban los nativos
Sollozo, queja, plegaria,
Mezcla de español y de indio

A la luz de tus velones
Refulgía el Cristo coya
Crucificado en la cruz
Con su sangrante corona

Alguna inilla lloraba
Mientras la canción seguía
Desangrando su dolor
Sobre las hondas heridas

Afuera la procesión
Era en la noche una sombra
Con faroles de papel
Y tristeza de paloma

Iglesia vieja de Yavi
Patinada de centurias
Yo te he visto florecer
Con el fervor de la Puna.

No fue un plan artístico de Yana y Odín, escribir poemas sobre los cuadros, para que se unieran dos formas de expresión en los hermosos retratos de la realidad que se disfrutan en el Museo. Quizás, el espíritu de integración que los movilizaba, haya impregnado todo lo que hicieron juntos.
"Odín y Yana se han querido tanto, que nosotros recibimos un ejemplo maravilloso de ellos, cuando con mi mujer viajamos por los lugares donde habían estado, a pesar de que a los inspectores no los querían mucho, mantenían un extraordinario recuerdo de Odín. Porque Odín iba fundando escuelas, promoviendo la Cruz Roja Infantil, estableciendo bibliotecas, en fin, fue un creador nato".
Un creador nato, cuya obra literaria consta de más de veinte libros, algunos escolares, otros artísticos, notas periodísticas y poemas. Obra que habla de su paso por la indianidad, por la raza sumergida y en extinción, humillada, famélica e injustamente golpeada. Una obra que habla de la tierra y de los seres humanos. Una obra que habla de la unidad.

Yana retrató a Andrés Chazarreta, un folklorista que trabajaba como Odín de Inspector de Escuelas, pero dedicado a los aspectos musicales. Conocieron al músico santiagueño, en Tucumán, en el agasajo donde Yana recibió una medalla de oro por toda la obra que había realizado durante 1949 en esa provincia.
Y, en Salta, pintó al poeta Juan Carlos Dávalos, padre de Jaime y abuelo de Julia Elena, quien no quiso recibir la obra de regalo "porque mis hijos son muy bohemios, prefiero que quede en sus manos, que la obra va a tener mucho más valor", frase que dejó encantada a Yana, que de ninguna manera quería desprenderse del cuadro.
Y pintó a Jorge Suárez, un paisano que ganó el festival de Cosquín, participando en danzas folklóricas. Pintó personajes sin nombre propio: un trenzador de cuero catamarqueño, un paisano de Buenos Aires, uno sanjuanino. Todos con maravillosos ojos, todos con los profundos y brillantes ojos que pintaba Yana.

Una espiral de trópico se adentra en el paisaje
en la selva jujeña florecida de sol
y enfrentando al misterio de la tierra aborigen
la joven madre india acuna una ilusión.

Morena como el trópico la noche no es tan negra
como su cabellera lustrosa y abismal
su rostro es de una esfigie, pero en sus ojos brilla
la sombra ultraterrena de la raza natal.

Cubre el bruñido cuerpo el suave terciopelo
es su talar atuendo el clásico tipoi
y cuelga de sus hombros la faja que ha tejido
para hamacar la guagua junto a su corazón.

Un techo de mal hoja, con su alero tinchado
cobija a otras morenas, hermanas del breñal,
que incansables muquean el maíz transformado
en la agridulce chicha que las hace soñar.

Ya regresan sus hombres de la ruda faena,
del ingenio, el obraje, el verde bananal,
al frente va el cimba luciendo su tembeta
y apresuran el paso porque es fiesta lunar.

Cual pétalos de cobre las indias los esperan
como vasos humildes colmados de candor
los yuros se han llenado del vino de la tierra
el indio también tiene derechos bajo el sol.

Ese polen sangriento del maíz hecho vino
pone estrellas nativas en sus noches de amor
y es como un ensalmo el tropel de los montes
y el palpitar del valle, semillando la flor.

Los poemas y los cuadros se suman, se potencian, y al final del paseo, queda un sabor fuerte, porque la conjunción del arte de Yana y Odín nos cuenta la historia de los habitantes de nuestra tierra de un modo infinitamente más intenso que los libros.
"Yana -nos cuenta Ferrer Pelliza- era una mujer muy dulce, muy tierna, una mujer con el corazón abierto. Todo lo daba, permanentemente, siempre tenía que entregar algo, a pesar que tenía una jubilación muy magra, de 160 pesos, y con eso, un poco de ayuda de la familia, y algunas «cositas» que vendía, se arreglaba para mantener el museo".
Odín dijo adiós en 1988. Hace un par de meses, Yana se fue de viaje para siempre. Gerónima, que compartió con Yana 70 años, siente dolor.
Y, al final, Yana, que siempre tenía que entregar algo, nos dejó, en los suburbios de La Plata, una fantástica obra marcada a fuego por el respeto, la tolerancia y la integración.

 

Por Rubén Daniel Fernández Lisso

mail@icarodigital.com.ar

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Museo Indigenista Yana Kuntur
Lo aborigen y lo blanco estrechados en un abrazo.
El Museo Indigenista Yana Kuntur es una institución privada, de bien público y sin fines de lucro, que cuenta con más de 300 obras en exposición y otras tantas rotando por diferentes lugares. Está reconocido por la Municipalidad de La Plata, por la Dirección General de Escuelas de la provincia de Buenos Aires, por el gobierno de la provincia de Buenos Aires y por el Registro Nacional de Escuela de Conservadores de Museos de la República Argentina, pero, como es de esperarse para las actividades culturales, no recibe ningún subsidio público ni privado.
El Museo está ubicado en la Calle 516 N° 2479, entre 19 y 20, La Plata, la entrada es gratuita y se lo puede visitar de martes a domingo de 15 a 18 horas.
Las escuelas deben solicitar turno de visita enviando una nota a: CC 369 (1900) La Plata.


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