Niñez y beneficencia.

Discursos y estrategias disciplinarias en torno a los niños abandonados. (Buenos Aires, 1900-1930)

"Hoy es día de visita.

Por ese portón vi salir a un muerto (iba de visita)

Era un viejo cochero, el padre de Antonio.

Detrás del muro del Asilo juegan los huérfanos.

¿Qué habrá sido de los Huérfanos de 1912? "

Raúl González Tuñón.


El tema

Este trabajo tiene como propósito estudiar la niñez y su relación con el control social en el Buenos Aires de principios del siglo. Intenta abordar el estudio de la llamada infancia abandonada, a través de los discursos que con status científico circularon en la sociedad desde finales del siglo XIX y principios del XX. Discursos que fueron la base de rígidos sistemas de exclusión y de prácticas sociales destinadas a encauzar los resultados, no deseados por la elite, del enorme crecimiento urbano provocado luego de la inmigración masiva.

Especificaremos algunos de los motivos por los cuales el niño se convirtió en causa de inversión y de políticas por parte del Estado, y la relación de dicha inversión con el crecimiento del aparato benéfico y el mantenimiento de un orden social.

Es nuestra intención vincular algunos de los discursos que caen sobre el niño desde diferentes saberes y demostrar la existencia de prácticas disciplinarias, de procedimientos y técnicas dirigidos a ellos en las tres primeras décadas del siglo. Si bien abordaremos la niñez dentro de un proceso global y amplio, utilizaremos el Asilo de Huérfanos de la Sociedad de Beneficencia para el análisis de su funcionamiento institucional. Esta decisión metodológica de utilizar un lente más preciso sobre dicha institución responde no sólo a la amplitud documental, sino también a una opinión formada acerca de que una historia de la niñez o de la infancia debe ser ante todo una historia de niños y niñas que pueda dar cuenta de ambos niveles de análisis: el social y el institucional y haga referencia a los dos géneros. En nuestro trabajo nos ocuparemos del género masculino entre los 10 y los 18 años de edad.

[...]

El espacio asilar


El niño debía ser controlado en su condición de ser incompleto, en su posibilidad de contagio tanto moral como físico, en su calidad de depositario del porvenir de la nación. Más aún si pertenecía a las llamadas clases desvalidas, es decir, a los pobres urbanos. Fue el espacio asilar la materialización institucional más completa de esta idea, el recurso óptimo para aquellos niños que lograban escapar a la moralización del Estado en forma indirecta a través de la mujer-madre y de las instituciones hospitalarias, o en forma directa a través de la escuela. Era el espacio más completo, pues en él era posible controlarse tanto la tuberculosis o la sífilis como la sexualidad misma. Podía clasificarse y observarse en detalle cómo se concretaba la tarea que el Estado delegaba en las familias, si éstas no las llevasen a cabo como corresponde. También en el asilo se cumplía con la escolarización, y además se enseñaba un oficio. De esta manera se concretaba el principio de "utilidad social" con la plena incorporación a la sociedad de aquellos individuos de difícil integración en el futuro por encontrarse en "peligro material, físico o moral".

[...]

Creemos que de aquí derivaron –en parte– las quejas del rector del Asilo de Huérfanos elevadas a la inspectora del mismo y luego a la presidenta de la Sociedad de Beneficencia sobre los niños recibidos del Asilo General Rodríguez El rector del Asilo argumentaba en marzo de 1920:

"En distintas ocasiones, la Señora Presidenta de la Sociedad me ha manifestado su extrañeza ante el hecho de que hubiera en el Asilo un número tan crecido de alumnos en 1er. grado, sobre todo teniendo en cuenta que todos ellos tenían más de 10 años cumplidos y por lo tanto habían cursado por lo menos cuatro años escolares antes de ingresar en este Asilo."


La queja es obvia: en algún punto de la serie alguna de las piezas de control disciplinario y educativo fallaba. No se obtiene el resultado esperado, por eso el informe refuerza :

"Esa observación lejos de molestarme me complacía, por cuanto me hacía ver a las claras que la Señora Presidenta se daba perfecta cuenta de que ese estado de cosas era un mal en sí, originador a su vez de otros mayores y que denotaba que algún resorte del engranaje de la Sociedad debía estar algo resentido, impresiones todas que coinciden con mi modo de pensar el asunto."

La metáfora de la máquina no es casual, la mención de palabras como resortes y engranajes en analogía con un gran dispositivo mecánico, con un gran aparato, resulta sugestiva. ¿Cómo no concebir a la Sociedad como una gran máquina disciplinaria si la disciplina es entendida como diría Foucault, no sólo como "un arte de distribuir los cuerpos, de extraer de ellos y acumular tiempo sino de componer fuerzas para obtener un aparato eficaz"?. ¿Cómo escapar a lo que el rector esperaba de los niños procedentes del Asilo General Rodríguez si el poder disciplinario consiste en ser un poder que en lugar de sacar y de retirar, tiene como función principal "la de enderezar conductas", o sin duda , de hacer esto para retirar mejor y sacar más?.

El mismo rector continuaba su relato diciendo que de los 117 alumnos 87 procedían del Asilo General Rodríguez y los 30 restantes provenían de la sucursal de la Casa de Expósitos, aunque varios de ellos habían sido remitidos desde Mercedes hacía un tiempo. Como todo poder disciplinario que apunta a la individualización y encauzamiento, en lugar de tomar a todo el grupo de alumnos como una masa se procede a individualizarlos, se los separa, analiza y clasifica a través de un instrumento simple del poder disciplinario: el examen.

"Como es práctica del Asilo, se procedió a tomarles examen, en mi presencia, por el cuerpo de profesores del establecimiento, obteniéndose el siguientes resultado:

A 1er Grado 61

A 2do Grado 26

A 3er Grado 27

A 4to Grado 3

-------------------

Total 117

El resultado es indudablemente poco halagador: más del 50% de los niños han tenido que volver a empezar el 1er grado."

El rector tiene en claro que en esta circulación ininterrumpida estaba fallando alguna pieza. Dejando de lado el hecho de atribuir la responsabilidad a la institución que sería el eslabón previo al Asilo de Huérfanos, nos interesa ver cómo se articulaba cada una de estas partes, qué se esperaba de estas técnicas, qué se deseaba obtener de este control minucioso, de estas intervenciones continuas y precisas.

 

El Rector argumentaba que:

"Deshabituados los alumnos a una verdadera disciplina intelectual extrañan al ingresar en este Asilo la disciplina reinante en él, constituyendo durante los primeros meses de su estadía una verdadera rémora en la marcha de la casa, hasta en muchos casos no pudiendo adaptarse al ambiente terminan fugándose del Asilo, con las pésimas consecuencias de todos conocidas. Ocasión ha habido en que han intentado fugarse en una misma noche 40 niños que hacía dos meses habían llegado de Mercedes. Interrogados después sobre la causa de su determinación manifestaban que ella se debía, no a que les faltara nada, ni a que recibieran mal tratamiento sino a que les resultaba `muy aburrida´ la vida en este Asilo."


Dejando de lado lo anecdótico del relato y teniendo en cuenta el deseo de diferenciar la institución por él dirigida y su gestión, además de no poder comprobar la frustrada fuga, resulta significativo el uso de la palabra "disciplina intelectual ". ¿No es acaso un poder disciplinario aquel que a través de un control minucioso de las operaciones del cuerpo garantiza una sujeción e impone una relación de docilidad–utilidad?. ¿No es lógico que el director del asilo afirmara lo que a continuación se cita?:

"No teniendo su mente adaptada para el estudio en una edad que ya debieran estarlo, hallan verdaderas dificultades para progresar a la par de los niños de su edad, y así llegan a la época en que debieran haber completado su instrucción primaria sin haber terminado más que los primeros grados de ellas. Esos alumnos, como han sido malos estudiantes, resultan siempre malos obreros y no progresan tampoco en el aprendizaje de un oficio. La experiencia enseña que los alumnos que resultan buenos trabajadores son solamente aquellos que han terminado en forma conveniente su instrucción primaria."


La analogía entre malos estudiantes y malos obreros tampoco es fortuita: esta técnica de la sujeción y el hábito, este mecanismo que vinculaba obediencia y utilidad, es el que nos interesa. En términos de Michel Foucault la disciplina no es más que es una anatomía política del detalle, una verdadera economía de la utilidad, una compleja combinación de técnicas ínfimas, pero no por ello menos importantes. Es el detalle, precisamente, lo que las fuentes transmiten, la examinación y clasificación constantes. Continuando con el informe a la inspectora el rector afirmaba que:

"Resulta evidente de los datos apuntados (que más o menos coinciden con los años anteriores) que los niños procedentes de Mercedes no traen la suficiente preparación y disciplina mental que es dable exigir a su edad."


No debemos perder de vista el interrogante sobre cuál debía ser el resultado final e integrado de este proceso. Qué resultado se esperaba de la integración y composición de todas las series institucionales por las que circularon los niños del género masculino desde que eran captados por la beneficencia. En este sentido la afirmación del rector no es un dato menor, la sociedad es una maquinaria que enseña, pero también vigila, jerarquiza y "ordena", coloca a los niños en su lugares, crea individuos útiles, "buenos obreros" fijados a un aparato productivo. De aquí puede inferirse claramente uno de los motivos por los cuales la mayor parte de la inversión benéfica estuvo localizada en los niños de los sectores populares.

[...]

De la infancia a la minoridad


[...] El trabajo de menores en la vía pública y su relación con la delincuencia fue el centro de la escena, en particular con la figura jurídica del abandono. En Buenos Aires –señala Ciafardo – la participación de los menores en el mercado de trabajo industrial distaba de asemejarse a los verdaderos ejércitos ocupados a principios de siglo XIX en la industria inglesa. Según datos extraídos y procesados por Suriano, en 1904 son algo más de 7.000 los menores que trabajaban en la industria porteña, decayendo a 6000 en 1909. Si bien el mismo Suriano dice que estas cifras debían revisarse –pues muchos patrones e incluso los mismos padres ocultaban información– estas cifras indican para él, no que los niños no trabajasen, sino que la envergadura de la industria no demandaba una fuerza de trabajo masiva. Motivo por el cual resulta razonable que las ocupaciones laborales de los niños se extendieran hacia una diversidad de actividades callejeras, como las de vendedores de diarios, lustrabotas, vendedores de lotería, mendigos, floristas, etc. En tanto ocupantes de la vía pública, los niños de los sectores populares se convirtieron en motivo de preocupación de los sectores dominantes y medios. Los niños en la calle eran vistos como criminales en potencia. Principalmente el llamado canillita, que como señala Ciafardo fue el paradigma del niño pobre, oficio considerado antesala del crimen y sobre el cual José Ingenieros realizaría un concienzudo informe, afirmando que:

"No menos de las dos terceras partes de los menores delincuentes asilados en la sección de detenidos del Refugio Nocturno, la Casa Correccional de Menores Varones, en el depósito de Contraventores, en el Cuadro III de ladrones conocidos, menores condenados por delitos diversos, etc. , han sido vendedores de diarios."

 

Otro de los peligros era el temor a que los niños callejeros se convirtieran en agitadores sociales, principalmente anarquistas. Una de las fuentes del Asilo de Huérfanos nos informa sobre el caso de un menor llamado Juan Manuel Rivas, que es devuelto a sus tíos. Estos intentan devolverlo nuevamente al Asilo y envían una correspondencia a la Presidenta de la Sociedad de Beneficencia en la que manifiestan que:

"Muy fácil, distinguidísimas señoras, me hubiera sido arrojar al menor a la calle, para que este fuera a parar seguramente a un centro sindicalista, a una casa donde se edictan uno de los tantos pasquines ávidos de un pretexto para hacer un escándalo é injuriar o hacer una novela."

Entre los posibles peligros a los que se encontraba expuesto el menor en la calle estaba el sexual. Un ejemplo de esta preocupación es la obra de Carlos Arenaza para quien la psicopatología de la pubertad constituye un capítulo fundamental de la delincuencia infantil. El instinto sexual suele despertarse antes de tiempo en los chicuelos de la calle y en los colegiales internados y conducidos muchas veces por el mal ejemplo. Mal ejemplo que los niños aprenden y ejercitan en la calle, los llamados vicios, la mala vida, todo lo que pueda llamar a la degeneración por la influencia del medio social. Veamos algunos casos que el propio Arenaza nos ofrece :

"Prontuario Nº 4703. José R, argentino, de doce años de edad, aprendiz de zapatero. Débil mental. Estigmas físicos de degeneración. Incontinencia nocturna de orina. Irresponsable .

Padres aparentemente sanos (...) .Declara que se masturba desde que tiene memoria, lo hizo por imitación y sin sentir placer por ello. A los nueve años tiene relaciones sexuales con una menor algo más joven que él. Actualmente se entrega a la pederastia pasiva. Ano infundibuliforme."

Según el mismo Arenaza la masturbación era frecuente en la infancia en general y habitual e inevitable en la infancia delincuente. Nuevamente encontramos a los canillitas como ejemplo de niños abandonados al peligro, en este caso sexual . La masturbación era considerada por este médico de la Policía como una de las tantas patologías sexuales:

"Pierde con demasiada frecuencia el carácter de `Vicio solitario´ pues se practica en rueda, sin consideraciones de lugar y oportunidad. Es una especie de justa, en la que un grupo de menores inician al mismo tiempo la operación, bajo el control mutuo y aquel que termina primero, recibe el premio convenido que consiste generalmente en cigarrillos y centavos, cuando no las hojas periódicas que vocean por nuestras calles.

El sitio, no reviste importancia, tanto puede ser la pieza de una fonda de dudosa moralidad donde se recogen a altas horas de la noche en promiscuidad con toda la escoria social, como en una casa abandonada, el terreno baldío, los bajos del Puerto (...) o rodeados de una verdadera muralla de "canillitas", como me ha sido dado observarlo a unas pocas cuadras de la Plaza de Mayo."

En la calle el menor se encontraba en peligro o en estado peligroso, sea el citado y paradigmático caso de los canillitas o el caso del menor Carlos C., prontuario Nº 65598, que de las fugas de su hogar "volvía en un estado de lamentable abandono y suciedad lleno de parásitos y con las ropas desgarradas". Según Carlos Arenaza :

"Hemos podido comprobar por sus declaraciones, así como por las manifestaciones de su familia, que en sus ausencias sujetos de mal vivir abusaban de él, luego de alcoholizarlo con algunas copas de grapa, lo llevaban a sitios apartados donde efectuaban todo lo que la degradación y la perversión sexual han podido crear."

 

En este marco aparece la figura del menor en peligro, figura con la cual se asociaba a aquella infancia que no se ha beneficiado de todos los cuidados de crianza y educación deseables, y por el otro lado, la infancia peligrosa, la delincuencia. Para Arenaza como para tantos de sus contemporáneos, los niños en la calle se encontraban envueltos en el doble juego del peligro y la peligrosidad. Concluye en su estudio que:

"La mayoría de los menores pervertidos son vagos –veintiocho de ochenta; otro gran porcentaje está constituido por los menores vendedores de diarios, que concurren a esta estadística con veintidós casos, once no tiene profesión determinada, seis son vendedores ambulantes, y solo quedan trece menores que han desempeñado otras ocupaciones."


El principal hecho que se desprendía para Arenaza de su estudio era que "las ocupaciones que requieren la permanencia del menor en la vía pública, son las que proveen el gran porcentaje de menores delincuentes pervertidos".


Asistimos a principios del siglo XX a la construcción socio-penal de la infancia, al concepto de "estado peligroso" como profilaxis del delito, a las reformas jurídicas sobre la minoridad delincuente que confieren amplias facultades a los jueces y permiten al Estado ejercer la patria potestad cuando se cree que la familia no ha cumplido con el rol que el Estado ha delegado en ella. La figura jurídica del abandono queda sellada con la ley 10.903 sobre el Patronato de Menores que dio al Estado la posibilidad de ejercer la patria potestad, como lo demuestra su artículo 21:

"A los efectos de los artículos anteriores, se entenderá por abandono material o moral o peligro moral, la incitación por los padres, tutores o guardadores a la ejecución por el menor de actos perjudiciales a su salud física o moral; la mendicidad, o la vagancia por parte del menor, su frecuentación a sitios inmorales o de juego, o con ladrones o gente viciosa o de mal vivir, o que no habiendo cumplido los 18 años de edad vendan periódicos, publicaciones u objetos de cualquier naturaleza que fueren, en las calles o lugares públicos, o cuando en estos sitios ejerzan oficios lejos de la vigilancia de sus padres o guardadores, o cuando sean ocupados en oficios o empleos perjudiciales a la moral o a la salud."

 

Dicha ley también institucionalizaba una práctica anterior a ella: el encierro masivo de los niños. En el período estudiado proliferaron instituciones de encierro, como los asilos y orfanatos para niños de las familias de los sectores populares. Cabe destacar que no se realizó la misma inversión en personas adultas y en edad productiva; la finalidad no era exclusión sino más bien la fijación a un aparato de producción y de saber. Podemos decir que se trataba no sólo de evitar un futuro criminal, también se deseaba conseguir al final del proceso un trabajador "virtuoso". El mismo Domingo Cabred afirmaba, con la anuencia de Arenaza "que el espíritu de la ley es de educación y no de castigo." Para Foucault, los asilos son "instituciones de secuestro", su finalidad no es excluir, sino integrar, fijar y disciplinar por medio de un trabajo correctivo, por lo cual no deben ser vistos como simples instituciones de reclusión. En nuestro caso es el Asilo de Huérfanos de la Sociedad de Beneficencia el que nos permite conectarnos con una pequeña parte de este proceso y descubrir procedimientos disciplinarios montados en torno a la infancia y la adolescencia de los sectores populares de principios de siglo. Sin embargo, en todas las fuentes el niño es el gran ausente, sólo aparece la mirada de los disciplinadores, de los médicos, policías, criminólogos, educadores, filántropos y políticos. Las alternativas diferentes al encierro no fueron la regla, el hecho de que la delincuencia sea cifrada en el campo de lo enfermo o de lo patológico justifica y refuerza la idea insostenible de la benignidad de las medidas tomadas para la infancia abandonada. En todo caso, la reacción de la clase política es de defensa y refuerzo de determinados valores considerados propios en una sociedad tan cambiante y dinámica, donde las ideologías extranjeras, los pobres urbanos y los extranjeros mismos eran sentidos como una amenaza. Esta es la contradicción latente en todos los discursos que pugnan por afirmar que el encierro de un niño abandonado, delincuente o sospechado de serlo significa una obra benéfica. Inculcar los valores que pertenecen a la elite o a los sectores medios con habilidades y destrezas de los sectores populares es otra contradicción no menos importante. Instituida y reglamentada la idea de minoridad, los niños tendrán un status distinto y asimétrico, que los colocará en el riesgo de perder ciertos elementos que antes compartieron con los adultos. Podríamos asegurar que la idea del tránsito de niño a menor abre un nuevo capítulo para la niñez, en particular para los sectores más pobres de la sociedad, lo que muchos han denominado "la otra infancia".

[...]


Conclusiones


[...] Para nosotros el Estado fue uno de los principales benefactores a la par que una cantidad importante de particulares –laicos y religiosos– que sentían la necesidad de tomar medidas para la fluctuante cantidad de población infantil. Entendemos que las manos que operaron lo hicieron en la urgencia. No puede comprenderse la irradiación benéfica y sanitaria de la época sin la ciudad. La ciudad era el escenario donde se representan en forma de drama los efectos sociales de la modernización económica del país. Era la receptora de hombres con otras lenguas, nacionalidades, pautas culturales y pertenencia de clase. Son emergencia de su crecimiento, caótico e informe, los conflictos permanentes que habitan en su desprolijo e incesante movimiento. El niño, como depositario de la futura nacionalidad, debía ser protegido de la mala vida, de la ciudad como reproductora de clases peligrosas. Controlar a los niños en cierta forma significaba controlar parte importante del futuro, era necesario integrar a la nación al inmigrante y a la vez combatir las prácticas sociales y políticas consideradas disolventes. La escuela fue sin duda uno de los medios más importantes –como institución– para el disciplinamiento y la integración indirecta de la inmigración. El desplazamiento conceptual de la idea de porvenir –antes depositada en el inmigrante idealizado– y ahora trasladada al niño, se justifica en la proliferación de instituciones dedicadas a la minoridad.

[...]

Este incompleto punto de partida para el estudio de los procedimientos disciplinarios aplicados a la niñez no puede responder la pregunta de González Tuñón: ¿Qué habrá sido de los huérfanos de 1912?, pero es posiblemente un intento de acercarse y colocar la mirada detrás del muro del asilo, allí donde a principios de siglo jugaron los huérfanos.

 



[De González, Fabio Adalberto, Niñez y beneficencia: Un acercamiento a los discursos y las estrategias disciplinarias en torno a los niños abandonados en Buenos Aires de principios del siglo XX (1900-1930), en Moreno, José Luis (comp.), La política social antes de la política social (Caridad, beneficencia y política social en Buenos Aires, siglos XVII a XX), Buenos Aires, Trama editorial/Prometeo libros, 2000.]


Por Fabio Adalberto González

mail@icarodigital.com.ar

Su opinión sobre esta nota
........................................
E-mail .............................
Nombre y Apellido...........
Ciudad ............................