Cuidado con el bronce

No figura en ningún vademecum del arte de curar. Sin embargo, se la conoce y detecta fácilmente en encumbrados personajes de la medicina y otras profesiones universitarias. Usted, seguramente, no ha escuchado hablar de la enfermedad del bronce.

Por cierto, ya que la enfermedad del bronce no existe y es sólo una humorada de un distinguido cirujano cordobés, el profesor Dr. Narciso Hernández. Sin embargo, puede llegarse a imaginar el aspecto de los inspiradores, los modelos que dieron origen a la descripción de esta curiosa enfermedad que afecta, entre otros, a ciertos profesionales del arte de curar.

Es claro y notorio que este padecimiento no ataca solamente a los médicos. Se la observa en casi todas las profesiones y en cada una de ellas hay un caso que encaja adecuadamente en la descripción propuesta por el autor. Se trata, sumariamente, de una endemia. Es decir, una enfermedad que se presenta regularmente con un número determinado de casos.

Si fuera una epidemia -lamentablemente no lo es-, al menos se podría esperar su desaparición en algún momento. Se la conoce como una tesaurismosis. Es, entonces, un error innato del metabolismo que provoca la precipitación y consecuente depósito de una sustancia dada en el organismo. En este caso, el bronce. Las primeras manifestaciones suelen presentarse en el recién graduado. Tal como sucede con quienes tienen las defensas débiles, la posibilidad de contraer la enfermedad en ese momento es mayor. Es comprensible, ellos tienen frente a sí al hombre enfermo y no siempre es como lo mencionan los libros de texto.

La causa desencadenante de los primeros síntomas suele producirse cuando se aprecia la validez del viejo axioma "No hay enfermedades sino enfermos". Por alguna razón desconocida, imperceptiblemente, el bronce comienza a precipitar y forma depósitos. ¿Dónde? Sin duda, el primer lugar es en la laringe. Las cuerdas vocales se engrosan y adquieren resonancia suficiente como para modificar la natural voz de tenor hacia una barítono bajo impostado, que le asegura suficiente distancia entre su persona y el paciente. En esta etapa la enfermedad es aún reversible. La experiencia, los buenos maestros, la lectura de textos alejados de la medicina, la música, la plástica u otras expresiones del humanismo alejan el peligro.

No obstante, un porcentaje de ellos se convierte en crónicos. Con lo que el cuadro clínico se torna complejo. La rigidez se hace evidente. Las partículas del bronce en la columna cervical y en el tórax determinan una postura que los clásicos llaman "actitud real". El mentón elevado, el pecho henchido, con un gesto en el rostro similar al que adopta quien huele un desagradable olor. Es más, es fácil advertir en su lenguaje el uso reiterado del mayestático "nosotros" cuando se refiere a su trabajo como médico. La radiografía del tórax no aporta una visión clara para el diagnóstico, ya que el bronce impide el paso de los rayos equis y oculta la imagen cardíaca que, a esta altura, se ha transformado en pequeña y mezquina. Los músculos de la visión, endurecidos por el bronce, no le permiten, curiosamente, dirigir su mirada hacia abajo, a pesar de que un par de anteojos pequeños le ayuden, un cierto aire de mirada perdida en el horizonte no deja dudas sobre lo avanzado del mal.

El carácter se altera. Aparecen las obsesiones. Existe de hecho una manía prohibitoria: "No me fume", "No me coma tal o cual comida". Algunos llegan hasta prohibir que se pise el césped. Se sienten custodios y depositarios de la salud del prójimo como si ésta fuera de su propiedad y no del paciente al que atienden, quien, por otra parte, aparece ante ellos como un mero diagnóstico.

Con el paso del tiempo el bronce hace estragos. Se modifica la sensibilidad de la planta de los pies, lo que los hace sentrse como si estuvieran sobre un pedestal desde donde observan el resto de sus colegas. Desde ahí, con las manos tomadas de las solapas -los agobia el peso de los antebrazos- poco a poco, insensiblemente, sin darse cuenta, enfermos de solemnidad, ven con tristeza cómo la enfermedad ha llegado a los músculos de la cara impidiéndoles sonreír.

{En el diario "La Nación" del 28/08/89 se publicó este trabajo del Dr. Camilo H.G. Raffo.}

Colaboración de Iris Noemí Sánchez (Kinesióloga)

kinirisan@icarodigital.com.ar

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