Fue Greta Garbo la primera en advertir que esa máquina de producir
dioses y sueños que era Hollywood , también se aprestaba
a destruirlos y reemplazarlos. Al menos fue la primera en evitar los
peores males de esa destrucción al alejarse definitivamente de
la actuación. Pero el alcoholismo y la droga esperaban a una
buena parte de estas personas transformadas en estrellas rutilantes,
verdaderos modelos a imitar. "El estudio con más estrellas
que el cielo", así rezó un slogan de la Metro durante
décadas. Y no faltaban a la verdad, la Metro-Goldwyn- Meyer llegó
a ser la empresa cinematográfica más engalanada con estas
divinidades de celuloide. Sin embargo, a medida que pasaban los años
y la luz estelar de estos seres se iba apagando, muchos de ellos comenzaron
a dar muestras de degradación, casi el reverso de lo que habían
representado para el público. El alcoholismo hasta casi la psicosis
de Rita Hayworth, el tabaquismo de Humphrey Bogart, la muerte patética
de William Holden, quién murió desangrado a causa de las
heridas que se fue haciendo y que no advirtió por estar completamente
alcoholizado; así como resulta imposible no mencionar la adicción
a los hipnóticos de Marilyn Monroe o a la comida de Judy Garland.
La abundancia de estos casos despierta sospechas. ¿Existe, pues,
alguna explicación o, al menos, un mismo hilo conductor que arroje
luz sobre esta especie de crímenes sin asesinos como muy bien
podemos considerar a las muertes de estos astros del cine norteamericano?
Para dar respuesta a esta pregunta conviene dar un pequeño rodeo:
El siglo XX fue el lapso histórico en el que el Capitalismo dio
sus primeros mejores frutos. Durante el siglo anterior se había
consolidado, es verdad, pero abrumado por periódicas crisis económicas
que como todo sistema novedoso, fueron inexplicables e imprevisibles.
Pero ya desde las primeras décadas del novecientos, el Capitalismo
se abocó a producir, y a producir producción. Pero, no
sólo producía mercancías de toda índole,
también producía deseo en el campo social. Y esto se revelaba
en una fuerte excitación ( y cuando nos referimos al cuerpo social
estaremos aludiendo al mismo proceso en el cuerpo de cada individuo).
Producción y deseo, mercancías y goce, productos y libertad,
he aquí la estela que iba dejando el Capitalismo. Pero con una
consecuencia inmediata: la "desterritorialización",
pequeñas o grandes explosiones de energía deseante que
busca en la expansión un punto hipotético donde saciarse.
Sin embargo, este hecho no se lleva a cabo alegremente, va acompañado
necesariamente de tensión y angustia que impulsan al deseo a
una "territorialización" aunque más no sea en
la psicosis, de ahí que de la libertad que burbujeaba en el Capitalismo
de los años '20 se generó el nazismo como territorialización
paranoica. Porque estos nuevos flujos deseantes requerían de
un dispositivo que los contuviera en una nueva distribución neurótica.
Es que esta fuerza deseante que busca expansión, al hacerlo choca
con todas aquellas instituciones del orden que se crearon para dominarlo
y utilizarlo. La identidad es uno de los dispositivos de distribución
neurótica del deseo; pero a diferencia de otras instituciones
y dispositivos, la identidad no se opone al deseo, tampoco lo contiene,
no se trata de una guerra entre dos bandos, no es una pulseada. La identidad
más bien establece un nuevo "diálogo" con el
deseo para producir a un individuo y evitar así que la tensión
y la angustia lleven al sujeto a una "demolición".
Así, en los últimos años del siglo XIX comienza
a notarse precisamente una profunda crisis de las identidades. Freud
dio cuenta de esta crisis en uno de sus escritos ( "La moral sexual
cultural" y "La nerviosidad moderna" 1908). La esposa
insatisfecha, el marido infiel, el hijo homosexual, son algunos de los
personajes que surgen en esta época como síntomas de ciertos
cimbronazos que sacuden desde la base esa distribución del deseo
victoriano. Y esos dramas individuales o familiares de la identidad,
que resultan del sacudimiento del Capitalismo, no se resolverán
fácilmente. Llevará al menos los primeros sesenta años
del siglo XX.
Este fue el rol que cumplieron las estrellas de Hollywood: ofrecieron
a toda la sociedad modelos de identidad para que los millones de seres
que conformaban el público las copiaran. Se constituyeron pues
en modos de ser para administrar el deseo.
No se quiere insinuar aquí que se trató de un plan pergeñado
en los despachos de los productores (como lo sugiere Gore Vidal en su
novela Hollywood). Se trata más bien de un "acontecimiento"
que se lleva a cabo a pesar de quienes lo encarnan. Y fue así
que el impulso deseante deshizo el apretado rodete de la mujer victoriana
pero para crear las ondas doradas del cabello suelto de Verónica
Lake; al tiempo que el hombre victoriano con su aspecto de riguroso
bigote, se transformaba simultáneamente en el rostro con cabello
revuelto de Burt Lancaster. Valentino, Humphrey Bogart, Clarck Gable,
Cary Grant, no son más que "formas de ser un hombre"
en medio del remolino del deseo. Incluso, aunque esto implicaría
una investigación más minuciosa, los galanes que fueron
surgiendo en las sucesivas etapas de Hollywood expresaron un paulatino
desentumecimiento de la identidad masculina: de los recios cowboys del
comienzo se llega a esa mezcla de vitalidad y dulzura de Clarck Gable;
y la fría personalidad de un Alan Ladd deviene en los modelos
de debilidad propia de los rebeldes sin causa de un James Dean o Anthony
Perkins; hasta llegar a Jean Paul Belmondo que, desde el cine francés,
va representando el desparpajo del hombre moderno.
La territorialización se efectúa pues en el campo social,
pero también en el cuerpo de carne y hueso de cada individuo.
Si el dispositivo de distribución del deseo en la vida cotidiana
victoriana se hallaba desgastado y obsoleto, surgen estas nuevas imágenes
sociales, transportadas por el cine que impulsan la construcción
del nuevo hombre y la nueva mujer. Ahora bien, la identidad de ningún
modo es un fenómeno pasivo. No se trata de sentarse frente al
espejo y maquillarse a lo Glen Ford o a lo Marlene Dietrich. Para responder
a la pregunta configuradora de "quién soy" se debe
ensamblar el deseo con un código. Puede ser un código
individual, o bien, un código aceptado socialmente pero que de
cualquier manera va a obligar a someter el yo a una rigurosa vigilancia
sobre los propios actos. Aún la imagen de la mujer liberada implica
igualmente esa vigilancia. Que haya libertad pero no "libertinaje",
ésta fue la consigna durante todo el siglo XX; cosa que, si lo
pensamos un poco, y a nivel de la administración de las pasiones
de las que venimos hablando, no se trata más que de aquel "justo
medio" de los griegos. Porque tanto el descontrol como la absoluta
represión no requiren de nuestra atención, son fuerzas
que simplemente soltamos hacia fuera o anulamos fuertemente hacia adentro.
El "justo medio" o su equivalente "la libertad sin libertinaje"
es lo que nos va a mantener sigilosamente en esa tensión que
sostiene nuestra mirada sobre nuestra conducta. He aquí ese diálogo
entre la identidad y el deseo. Entonces, Hollywood contribuyó
con sus estrellas de cine a desentumecer las costumbres pero estableciendo
una nueva territorialización del deseo.
Bien, hasta aquí hemos observado el fenómeno desde el
ángulo del cuerpo social o, si se prefiere, desde la butaca de
la sala de proyección. Pero convendría igualmente mirarlo
desde el lugar que ocuparon las criaturas que encarnaron todos esos
modelos de identidad modernas. Todos aquellos seres que se constituyeron
en estrellas de cine debieron hacerse cargo de los embates de una necesidad
social que se traduciría en un voraz apetito de modelos tranquilizadores.
¿Qué pudo sentir Leslie Howard, Bette Davis, James Steward,
a quienes les cupo la tarea de absorber este apetito social.? Claro
que en un comienzo, todos ellos se sintieron halagados. El constituirse
en identidades o imágenes a ser imitadas debe acompañarse
de sensaciones placenteras. Sin embargo, es por este mismo intenso placer
que habrá resultado desgarrador con el transcurso de los años,
verse en la decadencia y el envejecimiento. Entonces, esta caída
de ese dios que ya no nos sirve va a implicar, para la criatura de carne
y hueso que ocupó ese lugar de estrella, un claro riesgo de demolición;
ante lo cual, para ciertos seres sensibles, el alcohol, el tabaco, las
drogas o la comida serán una cuerda para sostenerse.
El apetito social se siente en el cuerpo y esto significa, por un lado,
literalmente en la cabeza, el pecho, la espalda, los pies; pero también
en lo que podríamos llamar el alma con su secuela de angustia,
miedo, vanidad, pereza.
Ese apetito social que estimulaba la producción capitalista
durante el siglo XX desgarraba un pedazo de carne de muchas de estas
estrellas inventadas por Hollywood; y, de toda la constelación
de estrellas luminosas, los seres más sensibles o desprotegidos
resultaron dañados.
No quise entrar en el gastado dilema de quién mató a Marilyn
Monroe porque Marilyn ya estaba muerta hacía unos años;
mi reflexión se dirige más hacia todas aquellas estrellas
de Hollywood que tuvieron un final trágico y cuya cantidad es
tal que torna justificable la preocupación. Es decir, me interesa
más saber quién mató a Humphrey Bogart, quién
mató a William Holden o a Judy Garland.
Por último, y a modo de conclusión, si de pronto nos preguntamos
¿quién mató a Rita Hayworth? Pues, nada menos que
todos nosotros.