Las locas de Buenos Aires (1880-1930)
Un acercamiento a las prácticas manicomiales en Argentina
Introducción
Abordamos el análisis del tema de la locura, las mujeres y
las prácticas manicomiales en la Argentina durante un periodo
caracterizado por el desarrollo del proyecto liberal agro-exportador.
El mismo incluyó la llegada masiva de inmigrantes y produjo cambios
sustanciales en el país, particularmente en su ciudad Capital,
Buenos Aires. En ella, la alta concentración urbana - producto
de la radicación de la mayoría de los extranjeros-produjo
una serie de desajustes y conflictos que obligaron a la elite dominante
a poner a punto una serie de mecanismos de control social y de exclusión
de todos los considerados no aptos para el trabajo, o que fueran sentidos
como una amenaza para el "orden" que garantizaría el
"progreso", según el discurso positivista de la época;
la figura social del pobre, el mendigo, el "alborotador",
el "vicioso" y el loco -entre otras categorías- fueron
vistos como una amenaza a la estabilidad del sistema que trabajosamente
se había conseguido imponer.
Fueron los niños y las mujeres pobres el foco de atención
de los discursos y las prácticas, tanto médicas como asistenciales.
El Estado debió decidir, no sin debates entre los miembros de
la elite, su postura ante la nueva realidad. O continuaba sosteniendo
una política liberal a ultranza o decidía su intervención,
aunque fuera indirecta, para evitar o aminorar el conflicto social.
Apareció sobre el tapete la llamada "cuestión social"
y los discursos moralizadores para erradicar la mendicidad, el alcoholismo
y la prostitución.
En su nombre, comenzó a construirse un aparato sanitario y de
higiene pública modelado sobre cánones europeos, que en
la esfera de la salud mental tuvo como expresión la reclusión
en manicomios. Así, mientras el discurso de la medicina se apoyó
en el asistencialismo para la conformación de un hombre "sano"
cuyo valor más importante debía ser el trabajo, base del
progreso individual y colectivo de la Nación, la lógica
del hospicio impuso la exclusión del "diferente", el
"desviado", el "anormal".
El Estado delegó buena parte de esa tarea asistencial en organizaciones
benéficas, especialmente en la Sociedad de Beneficencia de Buenos
Aires. Estas tuvieron objetivos no siempre explicitados pero que aparecen
muy claros a la distancia: religiosos (conversión al catolicismo
y moralización de las costumbres), económicos (fomentar
el interés y la aptitud para el trabajo) y políticos (evitar
el conflicto social). Se asistía a los pobres por que preocupaban
a los sectores dominantes en la medida que aumentaba la conflictividad,
no por que se los pensara como sujetos de la previsión social
.
Bruja de viaje - Goya
La situación de las mujeres
En este escenario, el papel de las mujeres fue muy importante. Más
allá de las discusiones sobre su inferioridad mental, supuesto
sobre el que se basaba ideológicamente su sometimiento al hombre,
estaba establecido para la mujer que su función en la vida estaba
determinada por la maternidad, y sobre su cabeza recayó la responsabilidad
de mantener la salud de la especie. En este sentido, no existieron distinciones
sociales: todas eran educadas para ser esposas y madres, sin incluir
ningún tipo de capacitación laboral. Por lo tanto, el
proyecto de vida de cualquier mujer de la época debió
girar necesariamente alrededor de la familia, excluyendo cualquier otro
camino de realización personal, tanto en lo profesional como
en lo laboral. De hecho, la transgresión de esta norma significó
muchas veces la descalificación social .
La situación de la mujer también se diferenció
según el lugar que ocupara en la pirámide social. Si las
señoritas de buena posición podían esperar al hombre
salvador que las mantuviera económicamente, aún a costa
de matrimonios mal avenidos, la situación crítica de las
más pobres - nativas o inmigrantes- obligó a muchas de
ellas a buscar empleo. Como trabajadoras, sufrieron los ataques de quienes
consideraban que su lugar era el ámbito privado del hogar, mientras
fueron vistas con preocupación por algunos hombres que temían
por sus propias fuentes de trabajo, debido a la competencia que significaban
sus salarios más bajos. Gracias a la prédica y el empeño
de los médicos higienistas y de las luchadoras sociales de diferentes
partidos y movimientos, las mujeres y los niños obtuvieron bastante
rápidamente leyes protectoras, aunque sólo fuera para
seguir manteniendo la ilusión de "mujeres sanas para tener
hijos sanos" . Sin embargo, las trabajadoras a domicilio, el servicio
doméstico y las prostitutas quedaron marginadas de las leyes
y fueron durante mucho tiempo más, símbolo de la explotación
femenina .
Sin duda, las mujeres de los sectores populares debieron realizar un
enorme esfuerzo de adaptación a la nueva realidad socio-económica.
En el caso de las extranjeras, la presión era doble: por un lado
la externa del Estado para integrar, adaptar y controlar a los que llegaban;
por el otro la presión interna de respetar las normas de la organización
familiar y sus propias pautas y tradiciones culturales. Era mucho lo
que se les pedía a las mujeres: que trabajaran en el hogar y
fuera de él si fuera era necesario, pero con la culpa de estar
haciendo algo que era mal visto; que fueran decentes y defensoras de
la moral de la familia; que obedecieran a su hombre, sumisamente y sin
quejas; que controlaran la reproducción de la fuerza de trabajo
criando y educando a sus hijos; que se integraran pero manteniendo las
tradiciones familiares; y además, que aceptaran felices y contentas
su papel subordinado y dependiente . No es difícil supone que
para muchas de ellas tantas presiones implicaran desequilibrios emocionales
y aún desórdenes de la conducta.
Creemos que de este universo femenino, de aquellas que no pudieron adaptarse
a las rígidas normas que les imponía la sociedad, de las
que padecieron el desarraigo y el extrañamiento, ya sea por causas
físicas o psíquicas, en fin, de las que eran diferentes,
se nutrió la población del Hospital Nacional de Alienadas,
dependiente de la Sociedad de Beneficencia de Buenos Aires.
El dispositivo psiquiátrico
El modelo de medicina psiquiátrica que se aplicó durante
el período analizado tenía sus referentes en los alienistas
franceses, quienes contribuyeron a la definición de una concepción
científica de la locura que tendió a mirar al loco como
el Otro, un ser diferente que había que apartar de la sociedad,
reforzando de ese modo la alienación y justificando el encierro
. Este modelo tuvo gran influencia en la creación de las instituciones
manicomiales europeas y americanas. Estaba basado en la organización
del espacio del asilo mediante la distribución y separación
de pacientes por sexo, por edades, por comportamiento o grado de agresividad,
etc. El hospital psiquiátrico se transformó en el lugar
de observación del enfermo, en un instrumento que permitió
establecer un saber (la Psiquiatría como rama de la medicina)
y una práctica (el llamado tratamiento moral, que necesitaba
de la comunicación directa entre médico y paciente), tanto
como en un laboratorio donde experimentar métodos de curación
. La práctica del asilo de dementes se fundó en la existencia
de un "orden" que se basaba en el aislamiento del paciente
del mundo exterior, en la minuciosa organización de los espacios,
los tiempos, las jerarquías, las ocupaciones, tanto como en el
aprendizaje de rutinas disciplinarias. Pero sobre todo en la autoridad
del médico, puesto en el lugar del saber y el poder, ley inapelable
dentro de los muros del hospicio. El paciente se convertía en
un "disminuido" que debía aceptarla, por lo menos hasta
alcanzar su autonomía racional, si es que la conseguía
alguna vez .
Este dispositivo comenzó a conformarse a partir aproximadamente
de 1880 - después de la construcción de los hospitales
de alienados para hombres y mujeres en Buenos Aires- deslindando modelos
de normalidad y anormalidad. Mientras al principio la locura fue vista
como un desorden moral, la relación de médicos argentinos
con pares extranjeros, lo mismo que el desarrollo del espacio manicomial
- que permitió la observación de conductas y el conocimiento
directo de patologías -, produjo la construcción de un
discurso específico. Surgieron publicaciones médicas,
cátedras universitarias y asociaciones profesionales. Se fue
generando un sistema teórico, así como la especialización
de médicos que ejercieron en instituciones publicas y privadas,
formaron profesionales en las universidades, dirigieron institutos de
investigación y sirvieron a la burocracia estatal, contribuyendo
a la idea de que la mirada médica era imprescindible. La Psiquiatría
se constituyó como rama autónoma dentro de la medicina,
más centrada en los recursos tradicionales del saber médico:
trabajos de laboratorio, estudios de anatomía patológica
y neurobiología, búsqueda de una clasificación
unificada de las enfermedades mentales -al menos para Latinoamérica
-, que si bien atendía las causas sociales ponía el acento
en el análisis de los síntomas y conductas de los pacientes,
con una tendencia al estudio de casos, es decir, a analizar enfermos
y no enfermedades. Pero por otra parte, al menos durante este período,
el discurso científico no perdió de vista el ideal del
hombre moral, del buen ciudadano que el sistema se proponía como
objetivo. Además debió enfrentarse con una realidad social
en la que se creyó necesario intervenir para disciplinar, ordenar
y en todo caso segregar en el hospicio a los que no se adaptaran a los
moldes previstos. Tal como sucedió en otros países, los
muros de los manicomios como centros de investigación y observación
de locos y locas ponían, ladrillo sobre ladrillo, la separación
entre lo normal y lo patológico.
Patio del Hospital Nacional de Alienadas
Foto: Todo es Historia Número 324 - Pág. 9
El Hospital Nacional de Alienadas
La prehistoria del Hospital está vinculada más bien a
actitudes filantrópicas que a preocupaciones médicas.
Los documentos indican que correspondió a una de las socias de
la Sociedad de Beneficencia de Buenos Aires , Tomasa Vélez Sarsfield,
llamar la atención de la misma sobre el penoso estado en que
se encontraban las mujeres dementes encerradas en la cárcel de
la ciudad, "encadenadas a la pared, metidas en el cepo, mendigando
por las calles o vagando por los cercos de las quintas" . Lo cierto
es que desde 1854, la Sociedad obtuvo que las mujeres dementes internadas
en el Hospital de Mujeres, detenidas en la Cárcel o encontradas
vagabundeando fueran entregadas a su cuidado. Se organizaron entonces
los primeros servicios en un antiguo espacio que albergaba barracones
utilizados como hospital en tiempos de guerras civiles o epidemias,
llamado la Convalecencia, que se encontraba situado en los arrabales
de la ciudad. Podemos decir que aquí comenzó la historia
del primer manicomio de mujeres que tuvo Argentina.
En él se atendió más que nada a las condiciones
higiénicas de las mujeres y al trabajo como método de
tratamiento, con escasa presencia de médicos y bajo el control
de religiosas. Se observa todavía una tendencia a conferir a
la demencia un contenido pecaminoso: la fuerza de voluntad, los buenos
hábitos y la oración harían posible la curación.
El número de asiladas creció rápidamente: de las
60 iniciales se llegó a 451 en 1878. Entre 1854 y 1878 ingresaron
2.310 mujeres, de ellas 1.519 fueron dadas de alta y 446 murieron internadas.
La mortalidad rondaba el 20% y se incrementó en años de
epidemias . Es interesante observar el elevado número de altas,
producidas probablemente más por una cuestión de espacio
que de restablecimiento, ya que no existía una planta permanente
de médicos y el tratamiento sólo se basaba en el trabajo
y la oración.
Podemos afirmar que desde su nacimiento el manicomio de mujeres estuvo
signado por el hacinamiento, es decir, por la acumulación de
un mayor número de pacientes que de camas disponibles, situación
que se volvió endémica con el correr de los años,
obligando en diferentes momentos a la suspensión de la admisión
de nuevas pacientes.
En 1894 y con recursos suministrados por el Gobierno nacional comenzó
la construcción de nuevos pabellones - calculados para 1.000
pacientes- en los terrenos de la antigua Convalescencia donde ya venía
funcionando muy precariamente (actuales calles Vieytes, Perdriel, Suárez
y Amancio Alcorta ). Los mismos se inauguraron en 1898, ya con el nombre
de Hospital Nacional de Alienadas.
El mismo estuvo incluido dentro de las diferentes instituciones de salud
controladas por la Sociedad de Beneficencia, conformada por mujeres
de la alta sociedad porteña. Ellas mismas eran parte de la elite
política y económica dominante, y el poder del que dispusieron
es un fenómeno pendiente de análisis.
En un contexto en que la representación social de la mujer se
asociaba a la maternidad, al hogar, a la dependencia masculina -como
señalábamos antes- éstas mujeres llegaron a controlar
una cuota de poder nada desdeñable, con el pretexto de realizar
una actividad patriótica. Manejaron un abultado presupuesto votado
todos los años por el Congreso; controlaron un elevado número
de instituciones (hospitales, escuelas, institutos de minoridad, asilos
de huérfanos, etc.); recibieron y administraron donaciones que
eran propias y de las que no debían rendir cuentas al Estado;
aprobaron el nombramiento del personal administrativo, pedagógico,
de maestranza y aún de los médicos y Directores de los
hospitales bajo su control. Fueron capaces de construir un inmenso aparato
benéfico que compitió con éxito con organismos
oficiales (como la Asistencia Pública, que dependía del
gobierno de la ciudad de Buenos Aires) y otras organizaciones de beneficencia.
Podría aducirse que sin la ayuda económica estatal no
hubieran podido realizar gran parte de sus tareas, pero es interesante
consignar que tanto los gobiernos conservadores como los de la Unión
Cívica Radical -que cubren el período que nos ocupa- respetaron
ese aparato y siguieron contribuyendo a su desarrollo. El poder político,
por acción u omisión, les permitió conservar ese
espacio de poder en tanto eran de utilidad para la moralidad y el disciplinamiento
de los sectores populares. Obviamente resultaron funcionales al proyecto
de país que la elite había diseñado y su sola presencia
marcó la diferencia entre pertenecer o no a los sectores de privilegio,
en el contexto de una sociedad en proceso de cambio.
En la documentación analizada no aparecen personas sino pacientes,
enfermas, pensionistas. Los informes mensuales de los sucesivos Directores
del hospital indican concienzudamente el movimiento general del mismo
en ese período: número de pacientes internadas, altas,
traslados, evasiones y defunciones; dinero recibido y gastado; movimiento
de ropa y mantenimiento edilicio. Incluso consignaron nacimientos de
hijos de las internadas (mucho más frecuentes de lo imaginado),
aunque sin incluir datos de filiación, ya que los mismos eran
entregados a la Casa de Expósitos, se supone que para entregarlos
en adopción. Considerados seguramente hijos del pecado, producto
de relaciones inmorales, estigmatizados por las teorías de la
degeneración tan en boga desde principios de siglo, a esos niños
se les quitaba el derecho de conocer su verdadera identidad.
Dos preocupaciones básicas aparecen recurrentemente en la documentación
analizada: el hacinamiento, excusa permanente para explicar la deficiente
atención que recibían las pacientes, y la falta de recursos
suficientes para superar esta situación .
El Hospital no tenía autonomía económica, se financiaba
con los fondos que le remitía la Sociedad de Beneficencia. Si
bien existían pensionistas -divididas en 4 categorías
-que pagaban una cuota mensual, representaban sólo el 20% del
total de las asiladas, por lo que se infiere que el resto eran atendidas
en forma gratuita, y por lo tanto seguramente pobres. Si bien sus familiares
eran instados a paga una Contribución de conciencia, el monto
recaudado era escaso.
A continuación nos ocuparemos de algunas cuestiones que nos aparecen
importantes con respecto a la situación del Hospital en este
período. - El hacinamiento
La severa concentración de pacientes internadas fue uno de los
problemas constantes. Si bien ésta se vinculó al crecimiento
de la población total del país para la época, no
es menos cierto que no es la única explicación posible.
Si bien durante muchos años fue el único manicomio de
mujeres existente en toda la Nación, la construcción de
nuevos pabellones y de un anexo en la provincia de Buenos Aires en 1908,
no lograron superar el problema, pues la capacidad operativa de los
mismos volvió a saturarse. En 1913/14 se construyeron pabellones
de madera (que tenían carácter provisorio pero terminaron
siendo definitivos, al menos en este período) para poder ubicar
más camas. Como consecuencia directa de la presencia de numerosas
internadas, que superaban holgadamente la capacidad de un hospital pensado
para albergar a 1.000 pacientes (a lo sumo 1.600 con las ampliaciones
realizadas) y que en algunos años llegó a superar las
3.000, la asistencia era insuficiente. El hospital se convirtió
en un lugar de reclusión y abandono, más que en un espacio
de curación.
El hacinamiento y la promiscuidad, la mezcla de pacientes de diferentes
patologías y la insuficiencia del personal, entorpecieron la
acción de los médicos. La psiquiatría hacía
tiempo que practicaba en Francia y otros países el llamado "tratamiento
moral", basado en una relación directa y habitual de diálogo
entre el médico y el paciente. Pero éste era impensable
en una institución colapsada, donde el número de pacientes
superaba ampliamente las posibilidades de atención de los escasos
médicos, lo que convirtió al hospital en una verdadera
"fábrica de crónicas".
Intentando remediar eta situación, el Director presentó
a la Comisión Directiva de la Sociedad un informe sobre la situación
en hospitales extranjeros y las medidas tomadas en ellos para impedir
el hacinamiento de pacientes . En él proponía la creación
de consultorios externos, dependientes del mismo y con personal supervisado
por él, ubicado en puntos estratégicos de la ciudad, pues
"no todas las enfermas mentales lo son en un grado que requieran
reclusión" . Estos funcionarían como intermediarios
entre la internación y la asistencia domiciliaria, atenderían
a las pacientes ambulatorias, analizarían cada caso antes de
aconsejar la internación y continuarían el tratamiento
de las pacientes dadas de alta, tal como se hacía en instituciones
de Francia y los EE.UU.
Estos informes permiten establecer las diferencias entre el Hospital
Nacional de Alienadas y otras instituciones de su tipo en el extranjero:
en ellas no se internaba a todas las pacientes que presentaran síntomas
de enajenación mental, sino solamente a las consideradas peligrosas
para sí mismas o para los demás. Pretender asilar a todas
implicó colapsar el sistema de atención, imposibilitar
un tratamiento adecuado y convertir al hospital en un depósito
de mujeres, la mayoría de ellas sin esperanza de curación,
y aún en situación de riesgo de empeorar sus patologías.
La situación lejos de mejorar, empeoró. En un Informe
del Director del hospital en 1927 se registra que sobre un total de
2.356 pacientes, 402 dormían en catres, 147 en colchones sobre
el suelo y 1807 en camas apiñadas en los diferentes pabellones
y edificios, muchos de ellos construidos para otros fines, como el espacio
que había ocupado la usina eléctrica o el edificio donde
antes se alojaban los peones .
Otra de las consecuencias del hacinamiento fue la propagación
de enfermedades como la tuberculosis, el paludismo y la fiebre tifoidea.
La tuberculosis, por ejemplo, produjo el 23% de la mortalidad en el
hospital en 1921 , y en cuanto a la fiebre tifoidea era considerada
endémica en el nosocomio. Se verificaron inspecciones del Departamento
de Higiene Municipal, temiendo no sólo que la epidemia creciera
dentro del hospital, sino que se irradiara al exterior, que era ya un
populoso barrio de trabajadores. Las mismas aconsejaron que se habilitara
un sistema de alcantarillas y que las ropas, objetos y utensilios fueran
lavados dentro del establecimiento .
A pesar de los informes médicos, de las denuncias periodísticas
que se realizaban y sin tener en cuenta la experiencia de países
más avanzados, es evidente que para las damas de la Sociedad
siguió primando su propio criterio, repitiéndose ad eternum
el hacinamiento crónico. Con una capacidad máxima para
albergar 1.600 pacientes, en 1934 se contabilizaron 3.054 internadas,
es decir, un 90% más de lo ediliciamente aceptable. Creemos que
esta cifra es suficientemente indicativa de lo que venimos afirmando. - El cuidado de las internas
Con respecto al personal médico y auxiliar, podemos decir que
siempre resultó insuficiente debido al constante aumento de las
pacientes. Por ejemplo, en 1921 el Hospital contaba con 12 médicos
y 6 practicantes internos para atender a 1.959 pacientes, cantidad a
todas luces insuficiente . Con respecto al personal de enfermería,
el número fue variable pero siempre escaso y, tal como sucedía
en los hospitales municipales, fueron pocas las que tenían la
preparación técnica adecuada . Como ejemplo nuestras fuentes
indican que para la década del 20 el hospital contaba con 14
Hermanas Celadoras (que eran enfermeras diplomadas) y 185 asistentas,
que no tenían título habilitante. Teniendo en cuenta la
cantidad de pacientes, podemos establecer un promedio de 17 pacientes
por asistenta y 215 por Celadora -suponiendo que éstas trabajaran
las 24 horas del día- cifras que hablan por sí solas e
indican severas deficiencias en la atención cotidiana de las
enfermas, a muchas de las cuales había que asear, alimentar y
proporcionar medicación, además de controlar y evitar
que se agredieran entre sí. La insuficiencia de personal suponía
exceso de trabajo, a lo que se sumaba un espectáculo seguramente
desolador, la posibilidad de contagio de enfermedades, el peligro de
convivir con alienadas con escasa vigilancia, y salarios más
bajos de los que se pagaban en los hospitales municipales; esto hizo
que muchas se quedaran el tiempo suficiente para aprender el oficio
y luego buscaran colocarse en otras instituciones, públicas o
privadas.
Como en otras instituciones de la Sociedad que se ocupaban de mujeres
y niñas, la congregación de Nuestra Señora del
Huerto aportó religiosas que se ocuparon de distintas tareas
y supervisaron el funcionamiento del hospital. La Hermana Superiora
controlaba el aprovisionamiento, la ropería y la cocina, así
como la asistencia y conducta del personal no médico. Había
también Hermanas enfermeras diplomadas de las que dependían
las asistentas; de acuerdo al primitivo Reglamento el número
de éstas se fijó en una cada diez o doce enfermas en las
secciones de alienadas indigentes, pero la realidad desvirtuó
la norma, debido al aumento creciente de pacientes pobres .
Las monjas también estaban a cargo de supervisar las tareas de
laborterapia para pacientes tranquilas. Se trató básicamente
de trabajos manuales como la fabricación de escobas, sombreros
y canastas de paja, trabajos en la quinta y los jardines, tareas de
costura, tejidos, etc. Muchas contribuyeron como mano de obra gratuita
en las tareas diarias del hospital (cocina, limpieza de los pabellones,
lavado y planchado de la ropa), en parte para subsanar la falta de personal
y en parte para cumplir con la figura del "loco colaborador"
que no se cura pero del cual se obtiene una respuesta sumisa, tal como
el dispositivo psiquiátrico requería.
Como es de suponer, la situación del establecimiento favoreció
incidentes y agresiones entre pacientes, acusaciones de malos tratos,
fugas y suicidios . Estos eran frecuentes y con diferentes métodos:
arrojándose por las ventanas o desde terrazas de los pabellones,
por intoxicaciones con medicamentos o por ahorcamiento con diferentes
elementos (sogas, sábanas, cinturones de chalecos de fuerza,
etc.). La falta de atención médica adecuada, la carencia
de personal suficiente y entrenado, las endemias y los suicidios que
se producían, explican la alta tasa de mortalidad en el establecimiento,
que fluctuó en el período entre el 9% y el 15% anual.
Si comparamos con la tasa bruta de mortalidad en Argentina, que para
el período 1880-1930 descendió del 29 por mil al 12 por
mil, vemos que la tasa en el hospital se mantuvo muy elevada. - Población extranjera en el Hospital
A tono con las características de Argentina en esa época,
la población del hospital creció no sólo con enfermas
provenientes del interior del país, sino también con mujeres
llegadas del extranjero. Los datos que poseemos son bastante escasos,
pero puede inferirse que la situación del mundo urbano se repetía
dentro de sus muros, con un alto porcentaje de extranjeras que fluctuó
entre en 50% y un 60 % en este período.
Como dato ilustrativo, según consta en un Informe presentado
a la Presidenta de la Sociedad sobre extranjeras internadas al 31 de
diciembre de 1934, la situación era la siguiente
Capacidad del hospital: 1.600 pacientes
Existencia: Argentinas 1.416
Extranjeras 1.638 3.054 pacientes
Analizando la composición por nacionalidades, encontramos 739
españolas y 448 italianas -demostrando el componente mayoritario
de españolas e italianas en el proceso inmigratorio-, aunque
es interesante observar que es significativamente mayor el número
de españolas, lo que no refleja la situación real fuera
del hospital, pues el aporte de inmigrantes italianos fue levemente
mayoritario . Es también notable la elevada presencia de francesas,
polacas, rusas, rumanas y austríacas. Donna Guy señala
que era muy alto el porcentaje de europeas en los burdeles de Buenos
Aires - sobre todo rusas, polacas y francesas- y no poseemos datos sobre
la prostitución clandestina . Creemos que seguramente había
prostitutas entre la población de las internadas. La sífilis
constituía la enfermedad venérea de mayor y más
rápida difusión en la ciudad, agravada por la escasez
de controles sanitarios en los burdeles. La Parálisis General
Progresiva o mal de Bayle era una enfermedad de grave compromiso neurológico
considerada de origen sifilítico; se la denominaba también
Demencia Paralítica, en razón de que producía alteraciones
intelectuales y motrices. La Memoria del hospital de 1921 señala
que en quince años se había duplicado la internación
de pacientes que lo padecían . Podemos por tanto, establecer
un correlato entre el aumento de los niveles de prostitución
y la difusión de la sífilis, con la relativamente elevada
presencia de mujeres francesas y europeas del este internadas. Aunque
de ninguna manera queremos sugerir que todas las extranjeras internadas
hubieran ejercido la prostitución. No sabremos nunca cuántas
inmigrantes habrán terminado allí víctimas de la
angustia de vivir en un país nuevo, desarraigadas del terruño
natal, algunas con dificultades de comunicación en un idioma
que no era el suyo, presionadas para cumplir los mandatos familiares
y sociales, en condiciones muchas veces de indigencia o con problemas
para integrarse a una ciudad desconocida y caótica, que no siempre
las recibió bien.
Hasta aquí hemos tratado de describir algunas de las problemáticas
del Hospital Nacional de Alienadas. Ellas no eran desconocidas ni para
las autoridades del mismo, ni por las damas de la Sociedad de Beneficencia
ni presuntamente por el Estado.
Si hasta el período analizado poco se hizo para remediarlos -y
lo que se hizo fue a todas luces insuficiente-, ello estaría
relacionado con la ausencia de una política de salud mental,
de aplicación racional de los recursos y de distribución
regional de las enfermas, que hubiera permitido un mayor porcentaje
de curaciones o, al menos, una mejor calidad de vida para las que no
tenían remedio.
Conclusiones
Creemos que en el importante aparato benéfico que comenzó
a afirmarse en Argentina a fines del siglo XIX, la Sociedad de Beneficencia
tuvo un papel central en la tarea de disciplinamiento y moralización
de los sectores populares, a través de las numerosas instituciones
para mujeres y niños que estuvieron bajo su control directo.
Si bien existían otras instituciones asistenciales, su importancia
radicaba en la enorme cantidad de fondos del Presupuesto nacional que
el Estado puso en sus manos, tanto como en la capacidad organizativa
que demostraron. A pesar de que mucho se ha escrito sobre la ausencia
de política social de los gobiernos conservadores en Argentina,
creemos que la situación descripta constituye en sí misma
una política social: El Estado no asumió para sí
el rol de benefactor, sino que delegó esa función en estas
instituciones. Los gobiernos de la Unión Cívica Radical
(que cubren el período 1916-1930) no intentaron cambiar el sistema
heredado. De cualquier manera, no se trataba de cuestionar los fundamentos
de la sociedad liberal reconociendo el derecho de los pobres, sino de
intervenir antes de que la enfermedad y la pobreza no les dejaran más
alternativa que la revuelta.
Una de las preguntas que hemos tratado de responder en este trabajo
es qué pasaba con las mujeres que no se adaptaban, que no entraban
en los moldes prefijados por la sociedad argentina durante el período
1880-1930. Creemos que una buena parte de ellas pasaban o terminaban
en el Hospital Nacional de Alienadas.
Pensamos que las locas encerraban en sí mismas una profunda contradicción
para la sociedad de la época. Eran mujeres y por tanto debían
responder al discurso social vigente sobre la maternidad y el hogar
como objetivos centrales de sus vidas, pero sufrían desequilibrios
psíquicos y por tanto no debían parir hijos que degradaran
la especie, tal como imponían las teorías de la herencia
y la degeneración sostenidas en ese momento por el discurso científico.
Entonces, si no debían tener hijos, si en el hogar no podían
cumplir con su función específica, si no encajaban en
el proceso productivo... ¿qué hacer con ellas?. Siguiendo
las normas vigentes en el mundo occidental en ese momento se las recluyó,
se las segregó detrás de los muros del hospital de dementes,
pasando a formar parte de un dispositivo psiquiátrico que funcionaba
como un mecanismo aceitado y del que el hospital era sólo una
parte. Un hospital proyectado para sacarlas de las calles y la cárcel
y que terminó convirtiéndose en un depósito donde
raras veces se curaba y siempre se malvivía. Creemos probable
también que el discurso que trató de excluir a las mujeres
del mundo laboral contribuyó a profundizar esta situación,
al no ser consideradas como mano de obra útil o necesaria.
Sostenemos que el crónico hacinamiento de pacientes, las condiciones
de vida en el lugar, la mezcla de enfermas con diferentes patologías
- salvo las peligrosas encerradas detrás de los barrotes del
pabellón para agitadas-, la imposibilidad de recibir tratamiento
eficaz por la disparidad entre el número de médicos e
internadas, el desprecio por su condición de mujeres no aptas
para cumplir sus funciones "naturales", marcaban el ritmo
de una curación ya bastante difícil para los conocimientos
científicos de la época y que la mayoría de las
veces no se producía.
La política de encerrar a todas las pacientes, aún a las
que hubieran podido recibir tratamiento ambulatorio, produjo el colapso
de la institución. El hacinamiento impedía el tratamiento,
sin tratamiento aparecía la cronicidad y la cronicidad aumentaba
el hacinamiento: ese era el círculo maldito en que se desarrollaba
la vida en el hospital. Hemos visto que hubo propuestas alternativas
- de hecho en otros países se habían adoptado - como la
creación de consultorios para tratamiento ambulatorio. Esto significa
que había otras posibilidades y que el no haberlas adoptado implicó
una política de abandono de las enfermas internadas, que se ejecutó
a través de la Sociedad de Beneficencia pero con dinero de los
contribuyentes, lo que indica una responsabilidad directa del Estado,
aunque sea por omisión y falta de controles.
Sabemos que en este proceso de reconstrucción de la vida en el
Hospital Nacional de Alienadas sólo tenemos la palabra oficial.
No tenemos, y probablemente no tengamos nunca, la palabra de las mujeres
internadas allí, a diferencia de la profusa existencia de las
palabras, las ideas y aún las imágenes de las damas de
la Sociedad de Beneficencia.
Sin contactos con el mundo exterior, aisladas, abandonadas la mayoría
de ellas por sus propias familias, nada pudo salvarlas del sometimiento
al dispositivo que se creó a su alrededor. Privadas ellas mismas
de la palabra, pues en tanto locas no eran escuchadas - o lo que decían
no debía tenerse en cuenta-, prácticamente sin voces que
salieran en su defensa o que cuestionaran sus sufrimientos, se vieron
condenadas para siempre a la invisibilidad.
De este modo, sólo pudimos aproximarnos al mundo de la mujer
y la locura y nuestras conclusiones se extrajeron de las fuentes consultadas
y analizadas. En cuanto al papel del Estado y la Sociedad de Beneficencia
creemos necesario señalar que la representación social
de la locura en esa época determinó que el loco (de cualquier
género) era una persona sin utilidad, una carga pública
que debía conformarse con lo que le daban (y lo que le daban
no era mucho). Esta idea se instaló en una sociedad en proceso
de cambio, cruzada por múltiples conflictos, que temía
por su futuro mientras se acercaba inexorablemente a la primera gran
crisis del capitalismo.
Seguramente terminar en "Vieytes" - como popularmente se conocía
a los hospicios de dementes para hombres y mujeres por estar ubicados
sobre esa calle - no era el mejor de los futuros posibles, pero para
muchos fue un destino inexorable.
[De Bayón, Silvia Simois de, Las locas de Buenos Aires
(1880-1930). Un acercamiento a las prácticas manicomiales en
Argentina, en Moreno, José Luis (comp.),La política
social antes de la política social (Caridad, beneficencia y política
social en Buenos Aires, siglos XVII a XX), Buenos Aires, Trama
editorial/Prometeo libros, 2000.]